Sonatas para violín de MozartDaniel Baremboim, piano
Itzhak Perman, violín.
Todo en esta vida es cíclico. Al menos, demasiadas cosas sí lo son. No me cuesta dejar de escuchar ciertas músicas de manera radical, porque sé que un día, de repente, vuelven a aparecer con fuerza y con necesidad en mi vida. Así sucede con la música de cámara de Mozart, a la que no retornaba con esta sed desde que hace justo un año me sumergiese voluntariamente en su balsámico influjo. Porque no es de otra manera que soy capaz de describir su efecto sobre mí. Bálsamo para la melancolía, para diluir el lado dramático de la vida, para borrar las sombras, para sobrevolar los precipicios.
En aquella ocasión escogí las sonatas para piano, que siempre para mí han sido esa suave anestesia contra el dolor. Porque en su gozo para la vida, en su incisiva melancolía, en su perfecto orden, en su desmedida humanidad, en su lírica hondura, me hacen despegar del dolor, y de la tierra herida. Y así, suspendido en esa aérea permanencia de las notas, la sangre vuelve a correr con sosiego, con firme aliento. Recuerdo tardes enteras con la mente en blanco, escuchando una y otra vez aquellas sonatas, como encerrado en una perfección que no quería que terminase jamás. Porque con ellas, Mozart me daba la vida, la pasión, el gozo de la existencia, pero desde una barrera suspendida en el cielo, enfundada en un aire protector que me permitía sentir sin dolor. Y así pasaban tardes y tardes, hasta que un día, sin saber por qué, las sonatas volvieron a su caja para no salir más que ocasionalmente.
Hoy me ha llamado esa salvaje necesidad de sacar otro de mis cofres favoritos de Mozart, el de las sonatas para violín. Mi necesidad es diferente a la de hace un año, quizá no tan radicalmente imperiosa, quizá más caprichosa y leve. Por eso han sido las (más ligeras) sonatas para violín que se han quedado pegadas a los dedos. Inevitablemente, mis manos han elegido el segundo de los compactos, y lo han accionado para que suene la deliciosa sonata K304 en mi menor. Una hermana menor, en tamaño, intenciones e importancia. Pero que sigue contando con mi irresistible debilidad para escucharla sobre todas las demás... Porque he soñado demasiado con ella, porque es en tonalidad menor y siempre me pareció que en las tonalidades menores era donde el genio Salzburgués ahondaba más en la irracionalidad de la existencia, en las sombras de la vida, pero sobre todo en él mismo y en sus inseguridades y fantasmas. Por ello no abusó demasiado de ellas, aprovechando también que la moda no las beneficiaba mucho. La versión de Itzhak Perlman y Daniel Baremboim para la Deutsche Grammophone es simplemente perfecta. Ligera y sutil, sin amaneramientos innecesarios ni efectismos inútiles. Los tempi son con justicia los más acertados que he escuchado en ninguna versión. El binomio Perlman/Baremboim ha hecho escuela en el terreno de la sonata para violín, y sus versiones, absolutamente todas, son de referencia, ya sea en el repertorio clásico o romántico. Es una pena que no se hayan vuelto a prodigar juntos en los últimos años (por no decir lustros). Escoger la forma en la que interpretar a Mozart es algo sumamente difícil, si lo que se pretende es transmitir la grandeza y la profundidad de sus edificios musicales, por eso el resultado de estas grabaciones es aún más valioso. La genialidad de Mozart necesita genialidad en los intérpretes para no perder su perfección. Estos dos grandes intérpretes, además de una técnica asombrosa, están dotados de un conocimiento y una inspiración fuera de lo común. Sus versiones se alejan de las (más al uso) “historicistas” de tiempos recientes. Pero en mi opinión, Mozart, como visionario que fue, no escribió para su época, y ello se refleja también en el aspecto técnico. Así, sus obras requerían particularidades en los instrumentos que no habían aún sido inventadas. De hecho, los músicos de la época tuvieron dificultades con algunas de sus obras. Así que me río yo a veces de algunas versiones historicistas que se defienden por ahí. Baremboim y Perlman llevan estas partituras a su límite, y llenan de arrebato contenido estas obras, incluso mi querida minúscula sonata K304, dejándolas siempre en el límite del precipicio de la desmesura, con elegancia y pasión, con intensa perfección...
(Chapeau!!)
Que suene, que suene, que suene...