Para muchos, la música forma parte de nuestras vidas de manera irrenunciable. Música en cualquier estado, de cualquier forma, en cualquiera de sus infinitas manifestaciones.La música es capaz de hacernos compañía, de modular nuestro carácter, de suavizarlo o acentuarlo según la ocasión. También es fuente inagotable de belleza que nunca se extingue, y nos recorre con pasión, esa misma que nos transmite, que nos provoca. Porque quizá sea la más transparente expresión de lo que sentimos, y lo ha sido así desde el inicio de los tiempos. Porque también es el transmisor más puro y directo para llegar al corazón, a todo aquello vertiginoso y desconocido que albergamos como humanos. Porque, en definitiva, nos hace mejores, sin duda alguna.
Os traigo un clip del famoso e infinitamente repetido final de la novena sinfonía de Beethoven, que no por conocido de memoria a estas alturas, nos deja de emocionar.
La interpretación que os traigo corresponde a un concierto extremadamente especial. Se celebró el 25 de Diciembre de 1989 en la el Schauspielhaus de Berlin-Este como parte de la celebración de la caída del Muro de Berlín. Se eligió como director al americano Leonard Bernstein, mi director favorito de todos los tiempos. Lenny, una de las personas que más han luchado por la difusión de la música en todo el siglo XX, reunió a músicos de las orquestas de Berlín Oriental y Berlín Occidental, más los de Orquestas de los 4 países que ocuparon el país al final de la segunda guerra mundial. A ello sumó la osadía de modificar sutilmente el texto de Friedrich Schiller para decir "libertad" (Freiheit) en lugar de "alegría" (Freude) en el famoso himno del cuarto movimiento. "Estoy seguro de que Beethoven nos hubiera dado su consentimiento", dijo el director. El concierto fue retransmitido a muchísimos países, y yo recuerdo haberlo visto absolutamente emocionado... Nadie podía imaginar que al pobre Leonard le quedaban sólo unos meses de vida. Su pasión nunca disminuyó con la edad. Su vigor y su carácter expansivo sobre el podio fueron los mismos hasta el final. Y esa expresión suya, enérgica y temperamental, que comunica cuando lo vemos, tiene mucho que ver con lo que sentimos muchos con la música, y explica sin palabra alguna el porque no podemos renunciar a ella.
Os dejo con este otro final. Un final que conmueve, que emociona, que redime, porque es, de alguna forma, símbolo de todo le que representa la música como evolución, como construcción, como superación, como elemento de fraternidad universal, como símbolo de la LIBERTAD del hombre frente a la existencia finita, como fuente de vida y de energía, de pasión, de verdad. Y que suene la música, que suene, que suene, que suene...