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25 de abril de 2007

La válvula

Es justo tener sed por la mañana. Nadie diría lo contrario. Una sed atroz que me abrasa la garganta al despertar, que me consume la boca, que la transforma en tierra amarga. Y corro a beber y saciarme, no importa la cantidad. La cantidad nunca me importó. Y luego, con esa sed de últimamente, llegan los desvaríos. Las trayectorias equivocadas. Mentir sin poder evitarlo. Decirte que no sin saber muy bien por qué. Hacer que no escucho, que no he mirado el número que aparece intermitente en la pantalla de tu móvil, mientras tú lo apartas violento de la vista de los demás. Decir que me gusta la sopa, que siempre quise tener una consola de videojuegos. Sonreírle mientras me cruzo con ella por el pasillo de mi despacho. Ir a tomar café a la máquina sin ganas. Enviarte un sms también sin ganas. Escribir por escribir. No ir a ver la película que más me gusta. Llamarte cuando no tengo ganas de hacerlo. Fingir que no me parece bien lo que has hecho cuando hablo con él. No decirle a nadie que te miro sin que tú lo sepas. No dejarme a mí mismo que el deseo tome lugar cuando pienso en ti. Desayunar siempre en esa cafetería para pasar por delante de tu antigua casa. Mentir para no quedar esta tarde. Querer estar solo. Llamar a alguien para quejarme de que estoy solo. Escribir tu nombre a escondidas y después borrarlo. Ver los programas de televisión que menos me interesan. No ser capaz de apagar el televisor. Imaginar tu sonrisa. Imaginar tu sonrisa más cerca. No tomar la última onza de chocolate que queda en la despensa. No encender la luz cuando se oculta el sol. Quedarme a oscuras. Sentir que la cámara blindada donde escondo el que no quiero ser se ha llenado de dobles míos. Y de cuchillos afilados. Y que la presión duele, aunque esté acorazada.
Y notar aliviado como suena un larguísimo piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip
La válvula de escape, como siempre a punto, deja escapar el vapor caliente en que se transforma la presión. Sí, esa presión de ser tantas personas que no me gustan. Pero suena la música y ya no son nada, sólo soplan con insistencia aguda en la habitación, impulsadas por el fuego lento que me lleva reproduciendo espinas todo el día.
Acciono la música. Tomo conciencia del cuerpo, que comienza a moverse lentamente, como sacudiéndose el vapor... las hojas se desploman, el ritmo me ocupa, la libertad se hace movimiento, y yo me recupero, poco a poco, como yo, y como todos los que soy y quiero ser... Suena algo así como Mercedes Peón, cuando se deja llevar por esta canción... tan sólo cerrad los ojos.