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8 de junio de 2007

Revisitando a Álvaro de Campos

Y allá fuera la luz de la luna, como la esperanza que no tengo, es invisible para mí”
Álvaro de Campos



¿Dónde descansa todo aquello que no sucedió. Esos millones de instantes imaginados que terminaron por escapar deshechos en el aire?
Miradas y paredes, jardines y bosques que fueron tan reales... pero que nunca tocaron la piel de sus dueños. Porque los deseos pueden ser ligeros en peso, y los sueños casi ingrávidos, pero cuando se acumulan en los rincones, transforman el espacio que ocupan y lo dilatan en densidades que no todos perciben. Densidades que arañan la melancolía y el dulce abandono.
Están ahí, sin que lo sintamos. Ahí, detrás de una delgada pared invisible que se esconde en algún lugar indeterminado de cada ciudad, de cada bosque, de cada montaña, de cada casa.

A veces, cuando camino, siento que tengo justo delante de mí una de esas paredes transparentes. Lo siento con fuerza. De la misma forma que un agujero negro de la galaxia, estas paredes ejercen un magnetismo tal, que cualquier presencia inquieta puede quedar atrapada por ellas. Ahí, detrás de ese aire imperceptiblemente transformado, sé que habita algo que no sucedió. Y entonces, en algún lugar que tampoco existe, pero que vive en mí, todo se vuelve rojo y dilatado.

Hoy, estando en casa, he descubierto mi rincón. Ahí detrás del sofá, en un hueco que nunca utilizo, descansaba indiferente de mí. Me he acercado lentamente, con curiosidad, y he alargado la mano hasta tocar levemente su superficie mórbida. Entonces, de repente, he sentido que ahí no había ni sueños ni fantasías, ni imaginación ni deseo, ni siquiera lo que nunca podrá suceder. En ese pequeño rincón, agazapado, aún sintiéndose pequeño, estaba todo lo que nunca llegaré a imaginar, lo que olvidé soñar, aquello que jamás llegaré a conocer, ni a desear. Descubrirlo y sentirme atrapado por un intenso espacio negro, fue todo uno. Hoy ya camino con él. Es un hueco grande que, por momentos, no me deja respirar.