Alguna que otra noche frente al televisor terminan de convencerme de la pésima calidad actual de este medio, al menos en lo que a producción patria se refiere. Salvo alguna que otra serie americana de excelente calidad (todo hay que decirlo) y de la que no digo nada pues ya se habla bastante por la blogosfera de ellas, he decidido que lo que más me cautiva últimamente en la pantalla pequeña es la publicidad.
Quizá porque está más obligada a atrapar nuestra atención... o simplemente porque vivimos una época de intensa inspiración... ¿qué sé yo? Esta semana me quedo con uno de los anuncios que más me han gustado últimamente.
Porque en poco más de un minuto consigue hipnotizarnos y transmitirnos esa extrañeza de lo fuera de lo común, esa magia de le belleza inesperada... En esta sociedad de comportamientos en serie, de caminos inquebrantables, de falta de perspectiva, donde podemos atravesar el mundo en unas horas, pero somos incapaces de viajar tan sólo unos metros fuera de nosotros mismos para saber quiénes somos o qué deseamos, un simple hecho extraordinario nos saca del túnel, y nos llena de sugerentes pensamientos, ya sea la embriaguez de lo estético, ya sea la necesidad de caer en la cuenta de que empleamos demasiado tiempo en cosas que nos importan bien poco.
¿Y si probamos todos a despegar?