El sonido de sus propios tacones en el suelo la golpea como un martillo en las sienes. Es imposible que no haya otro ruído más fuerte. Pero no, en plena canícula de agosto las calles, incluso ésta, tan céntrica, muestran un aspecto desolador, roto únicamente por el tac, tac, tac que imprimen sus tobillos, doblándose ligeramente a cada paso. Siempre ha considerado que es bastante ágil andando sobre tacones de esa envergadura, pero hoy su pericia parece haberse esfumado. Los golpes sobre el suelo la perturban, parecen significarla, como si la ciudad entera fuera a girarse para observar cómo camina, para intentar averiguar adónde se dirige. Marina se detiene y reflexiona un instante. Aún podría darse la vuelta y buscar un taxi en la esquina. Pero el silencio es absoluto, no parece que vaya a ser fácil tampoco. Y una vez que ha llegado hasta este punto... En casa sólo encontraría los platos sucios del desayuno en el fregadero, y esa imagen la aterra aún más. Sigue caminando, de nuevo el ruido seco sobre la acera, y de nuevo esa sensación de dividirse en dos, de ser solo una de las dos la que ha tomado una decisión amordazando a la otra. Pero continúa. Tac, tac, tac. En el día más cálido del verano, el sol cae a plomo, casi vertical sobre las aceras que no encuentran sombra que alivie su ardor. El aire pesa mucho, y se posa como un paño caliente, hirviendo sobre la piel de sus hombros. La ciudad entera está envuelta de ese aire denso que cuesta deshacer al caminar. Dentro también siente un calor insoportable, que le estalla en el pecho con fuerza. Ha salido de casa impecable, pero el sudor comienza a asomar por sus axilas. Las mira con pudor un instante y se toca la izquierda con un movimiento brusco, como queriendo ocultarla. Vuelve a mirar a su alrededor, pero la calle sigue siendo un desierto. No más desierto que su propia casa, piensa. Y la imagen de los platos desordenados en la cocina vuelve a ella, poderosa. Se reafirma y acelera el paso. Recuerda que debe pasar por el cajero. Localiza uno y se dirige a él. Las teclas queman con furia, pero el fuego sobre las yemas de sus dedos casi le gusta. Mientras teclea su clave no puede evitar pensar en Javi y en el niño. ¿Qué estarán haciendo? Por la mañana le han dicho que irían a la cala de levante que está más aireada los días de calor como hoy. Javi ha insistido en que tomara un avión y los acompañase el resto del fin de semana, pero ella ha repetido que tiene demasiado trabajo pendiente, que no iba a estar relajada. En el fondo no ha sido más que una excusa para quedarse sola, pero ahora, en este preciso instante, querría poder haber tomado ese avión y estar con ellos, tumbada tranquilamente en la cala, sintiendo la brisa del mar sobre la piel. Piensa en Septiembre y en retomar sus clases de natación. Y en las tardes con trabajo extra de nuevo, saliendo con el tiempo justo de pasar por el super antes de que cierren, de llegar a casa y que Javi tenga la cena preparada y se vaya pronto a la cama, y se quede ella sola en el salón viendo la tele o leyendo... Tan sola como ahora, pero sin estarlo. Sí, le gusta esa sensación. Ojalá termine pronto este maldito agosto, se dice. Y el calor, este calor malsano.
Los billetes salen calientes por la ranura, y huelen a nuevo. No puede evitar oler siempre los billetes cuando salen de una de estas máquinas. Pasa un coche veloz, calle abajo, rompiendo el silencio con violencia. Sabe que desde que tiene los billetes en la mano, ha dado ya el paso definitivo. Saca su teléfono móvil y repasa de nuevo el último mensaje recibido. Se sabe la dirección de memoria, pero necesita comprobarla de nuevo. El sol la aplasta insoportablemente, y una gota de sudor acaba de resbalar por su frente. Acelera el paso, quedan solo dos calles. Los últimos pasos los da como obligada. Llama al timbre, y tarda bastante en contestar la voz de Lorenzo. Pasa, dice. Suena tan masculina como al teléfono. La oscuridad repentina del interior del edificio la sumerge durante unos segundos en la confusión. Decide subir por la escalera, evitando el ascensor. Un frescor extraño y húmedo parece desprenderse de las paredes del viejo inmueble. Sube los primeros escalones cuando de repente suena su móvil. En la pantalla lee "Javi". Se detiene y lo silencia, pero no puede apartar sus ojos del nombre que se ilumina al ritmo del vibrador. Repasa mentalmente la conversación de esa mañana. Sí, le ha dicho que iría un rato a la piscina, a dormir la siesta junto al agua. Lo vuelve a meter en el bolso, sin contestar.
Cuando llega al segundo piso adivina una de las puertas del descansillo abierta, y supone que es la de Lorenzo. La empuja suavemente y entra. En el interior, casi tan oscuro como el rellano, un fuerte olor a incienso especiado la asalta con fuerza, desagradándole un poco. Más allá, el apartamento le parece sucio y destartalado. Hace mucho calor de nuevo. Aquel lugar no era para nada lo que tenía en mente. Lorenzo debe estar en el baño. Aún no es capaz de imaginárselo sobre la sábana roída color rojo que cubre el sofá. En menos de diez segundos aparece. Como en las fotos, intensamente bronceado, con el tatuaje que le recorre los hombros. Y el anillo en la mano. Sí, es casi lo primero que mira. Ancho plateado, con esa inconfundible onda negra circundándolo. Exactamente igual que el suyo. Un diseño exclusivo, o eso al menos pensaba ella. Ninguno media palabra. Se miran. Lorenzo no es tan atractivo como en las fotos. Al natural es más bien anodino, casi mediocre. Sonríe, pero tampoco así consigue despertar ninguna sensación especial en Marina. Él se acerca a sus labios, y ella le detiene con la mano. Ha sacado los billetes y los mantiene entre los dedos. Lo primero es lo primero, dice. Lorenzo los agarra aún calientes, y los deja sobre la mesa.
- ¿Tienes alguna pregunta?
- No, en el mensaje estaba todo claro.
- ¿Lo has borrado?
- Sí.
Lorenzo acerca sus labios a los de Marina y ella se deja besar. Lo hace tan suavemente, que casi no siente nada. No se mueve ni un milímetro. Y en cuanto Lorenzo se separa lo suficiente, ella, fruto ya de la metamorfosis, sin apartar la mirada del infinito, se da la vuelta lentamente y desaparece por la puerta.
- Adiós.
Mientras baja las escaleras desarma su teléfono móvil para extraer la tarjeta, que arrojará nada más salir por la puerta, en una alcantarilla. El aparato también lo arroja, en un contenedor. La calle parece haber recobrado algo de vida, y suena algún que otro coche avanzar veloz por la avenida. Es extraño, el sudor parece haberse evaporado de su cuerpo, justo ahora, en la hora de mayor sofoco. Con las llaves de casa en la mano, duda un instante, pero finalmente las arroja también a la alcantarilla con fuerza. Desde la esquina puede ver perfectamente el final de la avenida. A lo lejos, la minúscula luz verde de un taxi se acerca. Marina saca del bolso los dos billetes que ha sacado esta mañana en Internet. Los dos a la misma hora, cada uno a un destino muy diferente. El taxi para y Marina duda un instante antes de decir
- A la estación de Atocha, por favor. Deprisa, llego tarde.
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28 de agosto de 2009
1 de marzo de 2009
El rayo de sol.
A pesar de que el sol de la mañana brilla intenso sobre todos los objetos que alcanza la vista, Enrique sabe que en realidad es invierno y el aire frío del norte ha bajado desde las montañas. Los transeúntes que de vez en cuando cruzan por el escaparate de la cafetería lo hacen envueltos en bufandas y gruesos abrigos, y exhalan espesas nubecitas de vaho al respirar. A él casi no le da tiempo de enterarse, pues vive a escasas dos manzanas del café donde trabaja como camarero. El sol se empeña, a pesar de todo, en hacer pensar que la temperatura es más agradable.
Desde la estrecha calle del centro en la que está el café de Montecarlo no hay mucho espacio para ver ni luz del sol ni cielo alguno. Sin embargo, a esta hora de la mañana el sol incide sobre el limpiaparabrisas de uno de los automóviles estacionados en la puerta del establecimiento y refleja hacia su interior un desbordante caudal de luz que, creando un extraño efecto de claridad blanquísima en toda la zona cercana al cristal, transforma la atmósfera del café en los escasos minutos que dura. Enrique siente que es como si pudiese mirar la escena desde fuera, como si el lugar le pareciese, de repente, más acogedor, como en aquel cuadro que había sobre la portada del libro que leía Alberto el día que le conoció. Ahora coloca escrupulosamente las tazas sobre los pequeños platos después de haber depositado antes, una tras una, las cucharillas y los sobrecitos rojos de azúcar. Se detiene antes de colocar las dos últimas, cuando el borbotón de sol se expande por las mesas y el suelo de la esquina. Lleva sucediendo un par de días, a la misma hora. Siendo un lugar de toda la vida, los clientes suelen estar siempre a la misma hora en el mismo asiento. Es una sensación de tiempo detenido que le gusta. Hoy hay un chico nuevo, solo, que ojea ensimismado el periódico. Se queda pensando que le da un poco de envidia la gente que es capaz de sentarse sola en un café a leer o simplemente mirar a su alrededor. El haz de luz acaba de invadirle borrando cualquier rastro de sombra, como si una potente lámpara iluminase su rostro. Esa imagen del chico sentado y lleno de sol, parado mientras lee absorto las páginas del diario, le hace recordar aquella mañana que conoció a Alberto. Hace tiempo que aquella imagen no había vuelto a su memoria con tanta fuerza, y ya ni siquiera sabría precisar si ha sido premeditado o simplemente son cosas que han pasado a otro lugar del recuerdo. Lo cierto es que ha vuelto de nuevo. Aquella mañana era diferente. El café donde había quedado con él era mucho más bonito que éste. Más moderno y amplio, más claro y agradable. Además, era una de aquellas primeras mañanas radiantes de primavera y el sol les cegaba los ojos. Se veían las primeras camisetas cortas de la temporada y el aire entre fresco y tibio sobre la piel, después de tantos meses de frío, hacía pensar que el mundo se había reconstruido, más perfecto aún, para estrenarlo aquella mañana. Alberto tenía el cabello tan fino y rubio que aquel sol de fuerza nuclear lo hacía casi deshacerse entre sus rayos. Su piel era también blanquísima. Son las cosas que primero sintió cuando le vio. Curiosamente, también son ahora, después de tres años, las únicas que recuerda vivamente de él. Enrique deposita la última taza sobre el último plato, al que también ha alcanzado ya uno de los rayos de sol, y acierta a ver cómo el chico del periódico le hace un gesto para que se acerque. Al llegar, lo primero que nota Enrique es el olor de la piel del chico, como si el sol que lo envuelve hiciese evaporar una esencia entre frutal y profundamente masculina que lo atrapa, como si su olfato lo hubiese reconocido después de muchos años buscándolo, Enrique piensa que le gustaría que su hogar pudiese oler así, que su cama pudiese tener ese preciso aroma cada día.
El sol se está retirando poco a poco, pero aún ilumina los ojos profundamente azules del chico que de manera familiar, aunque con un cierto aire de timidez, le pide un café con leche. Su sonrisa es amplia y Enrique piensa que es más sonrisa que cualquier sonrisa. Se tuerce un poco hacia la derecha y eso le parece tierno y cercano, como si lo conociera de siempre. Le responde con otra y le mira fugazmente a los ojos, para retirarse enseguida antes de poder observar su reacción, y acudir veloz a la máquina a preparar el café.
Jesús ve alejarse al camarero. Su perfil con el jersey negro ajustado se sumerge en los últimos rayos del reflejo de sol, recortándose en su cadera. Es una imagen que se le queda grabada en la retina hasta que el sol se retira veloz, como por arte de magia. Es guapo - piensa -, seguro que es él. A Luis siempre le han ido los guapos. Además es muy moreno, con unos labios casos que le dan un gesto dulce y acogedor. No parece nada pretencioso. Sí, es de los que le gustan a él. Saca de nuevo del bolsillo el sobrecito de azúcar colorado con el diseño de olas sobre el rótulo alargado de la palabra Montecarlo, ya usada y medio arrugada. Lo hace como dudando de haber entrado en el local correcto. Pero no. Sabe que no. Lo sabe desde que ha reparado en el camarero moreno al que espía hace un rato, escondido detrás del periódico. Lo mira fijamente de nuevo. Siente una extraña mezcla de rabia y deseo. El camarero no sólo es guapo, sino que le gusta. Le gusta mucho. Si se lo pidiera ahora mismo, huiría con él lejos, muy lejos. Lejos de todo. Para contárselo todo. Para que le contara todo él también. Con Luis, en realidad, hace meses que ya no funciona nada. Son demasiado civilizados para hablar del tema con la sinceridad que deberían, pero su relación se ha convertido en una existencia gris que se encamina sin remedio a una cárcel de despertares llenos de angustia. A pesar de todo, piensa Jesús, es mala suerte que haya sido Luis el que primero haya encontrado a otro. A otro tan guapo, además. Piensa que en realidad no han sido los celos los que le han llevado hasta el Montecarlo, sino la necesidad de abrir una brecha por la que poder salir de la irremediable inmovilidad de su vida. Ahora, sin embargo, cree que sí, que siente celos. Pero celos del camarero, al que querría para sí. Es más, siente que en realidad le ha mirado de manera especial, con cierto brillo en los ojos. O eso le ha parecido, claro. Se siente hecho un lío ya no sabe lo que quiere.
- Perdona, ¿me dejas espacio en la mesa para poner el café?
- Ah, sí, claro, disculpa, no sé en qué estaría yo pensando.
- No pasa nada. Entre la hora que es y el frío que hace, supongo que es normal.
- No sé, no debería...
- ¿Quieres algo de desayunar con el café?
- Pues...
- Tenemos una bollería muy buena aquí, ¿sabes? De la panadería San Julio, no sé si la conoces.
-No, no vivo por aquí, estoy sólo de paso, para hacer unos recados. Es que he desayunado ya, ¿sabes?
- Ah, okey, no insisto entonces. En otra ocasión - y le guiña fugazmente un ojo.
Jesús se ha quedado sin saber qué decir. El camarero se ha vuelto ya. Sí, sin duda le ha mirado de forma especial. De alguna forma, piensa, ha intentado acercarse... Pero ocurre lo de siempre, que se queda bloqueado. Y sabe perfectamente, aunque ahora esté pensando en cómo decirle algo cuando se acerque a cobrarle, que tampoco entonces será capaz de articular palabra alguna. Respira hondo y mira el reflejo del sol que se desliza suavemente sobre sus manos, a punto ya de desaparecer. De hecho lo hace bruscamente, al sonido ronco del coche cuyo limpiaparabrisas lo provocaba, que acaba de ser arrancado y se mueve ya lentamente desde el pequeño hueco en el que estaba aparcado, frente al café.
Alberto se ha quedado detenido junto a la vitrina del Montecarlo. Iba a tomar un café antes de coger el coche hasta que algo le ha hecho cambiar de opinión. Alberto es bajito y bastante normal. Sus cabellos, clarísimos y desordenados, nunca se sabe si están despeinados por falta de cuidado o fruto de un buen rato de estudio frente al espejo. Por lo demás, es un chico de lo más discreto y aparentemente hermético, de esos en los que pocos se fijan.
Dentro del bar cree haber visto a Enrique sirviendo una de las mesas. De repente, aquellos dos años se le han venido encima. Aquellos años, y la sensación de culpa que siempre tuvo por marcharse sin dar explicaciones. Siempre se ha aliviado pensando que no tenía otra solución, que no podía ser de otra forma. Pero sabe bien que, al menos un tiempo después, podía haber vuelto y haberle ofrecido una explicación coherente. Sin embargo, no lo hizo.
Rápidamente se agacha, agazapado bajo la gran cristalera del café. No, no puede entrar, no puede... Lo piensa una vez más, pero no puede. Enrique sigue tan guapo como entonces. Incluso más. El jersey negro le sienta estupendamente. Le da rabia, porque tiene unas ganas horribles de tomarse un café bien cargado antes de meterse en el coche, que debe estar congelado. Quién le mandaría aparcarlo en aquel barrio al que en realidad nunca va. Si lo piensa bien no vuelve desde que dejó a Enrique. Supone que sigue viviendo allí, pues a él nunca le gustó vivir muy lejos del trabajo. De hecho, está seguro de que alguna vez estuvo en ese café con él, cuando estaban juntos. Recuerda que hace dos días, cuando tuvo que dejar el coche allí, en realidad, se acordó de Enrique fugazmente. Uno de esos pensamientos que cruzan la cabeza rápidamente, pero con la misma velocidad que entran, salen.
En realidad de Enrique sólo le quedó el olor, aquel olor tan especial suyo, adherido a la piel durante mucho tiempo. Es curioso porque hace poco, en casa de Luis, se confundió al ponerse el jersey cuando se estaba vistiendo, fue en una de sus citas a escondidas. Tomo por equivocación uno de su novio, que estaba también en la silla de la habitación sobre la que él dejó el suyo. Fue extraño, porque aquel jersey tenia casi exactamente el mismo olor que los de Enrique. Era un jersey muy parecido al suyo y, por unos segundos, fruto de un oscuro deseo de fetichismo que no termina de explicarse, pensó en llevárselo puesto. Finalmente no lo hizo.
En todas estas cosas, que bajan como un arroyo tempestuoso por su cabeza, está pensando Alberto cuando de repente se da cuenta que es precisamente el novio de Luis el que está sentado en una de las mesas más cercanas a la vitrina. No está seguro, pues en realidad sólo lo conoce por las fotos que ha visto en casa de él. Así que se queda parado y observa detenidamente desde su posición casi escondido tras una de las columnas externas, a pesar del frío que hace. Jesús, que así se llama, está pidiendo algo al camarero, a Enrique. Se dirigen un par de palabras. Sí, seguro que es él.
Siempre ha tenido una extraña fascinación por Jesús. Quizá por ser el novio de Luis. Pero sobre todo por ser el impedimento para poder hacer que su romance de tardes aisladas no pueda ir a algo más. Nunca se lo plantearía a Luis, sabe que no tiene ninguna posibilidad. Aún así, una extraña atracción le une a Jesús desde que lo vio en foto por primera vez. Casi está resuelto a entrar e intentar acercársele. En persona le gusta mucho más, sí. Y la posibilidad de conocerlo en secreto, sin que nadie sepa nada, le aturde pero le martillea sin parar desde que se le ha ocurrido. Sus manos sudan, a pesar del frío.
Los rayos del sol viajan a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo. Eso quiere decir que cualquier rayo que parta del sol tardará aproximadamente 2,7 minutos en recorrer los 48.781.000 kilómetros que lo separa de nuestro planeta. Los que acaban de llegar justo ahora al café Montecarlo, por ejemplo, nacieron justo en el momento en el que los ojos de Enrique se posaron sobre los de Jesús. En su largo viaje, tan sólo el choque con el limpiaparabrisas del coche de Alberto los ha desviado en parte hacia dentro del café tras atravesar la vitrina de cristal. Allí han han ido a parar justo a las manos de Jesús, pero enseguida se han derramado hacia la nada. En su ignorancia, ese ramo de fotones inquietos, no sabe que de ellos depende que el nudo de estas diminutas relaciones de una ciudad mediana de este pequeño planeta tierra se tense o se deshaga para siempre.
Una gran explosión en el sol acaba de estallar hace ahora poco menos de tres minutos... aunque desde aquí, hasta el ruido de una hoja cayendo sobre la yerba se escucharía con más intensidad. Millones de fotones de los que se acaban de liberar en esa magnífica explosión van ya camino del coche de Alberto. Sin embargo, Alberto ha decidido arrancar el coche y salir de allí a toda velocidad. Los fotones se estrellan, pues, contra el suelo frío. Y terminan ahogados en un charco que, a pesar de su efecto, continúa congelado a estas horas de la mañana. Enrique retornará a su trabajo y Jesús se irá a casa, para no volver nunca más. A casa donde le espera Luis, secretamente unido a Alberto y a Enrique, sin que ninguno de los dos sepa.
Aquellos fotones, destinados sin duda a obrar el milagro de cerrar el nudo, aún se retuercen sobre la superficie gélida del charco. Sus compañeros, 30 segundos después, chocarán con una nueva vitrina de automóvil, pero la inclinación de esta ya no los llevará al Montecarlo, sino al quiosco de Laura, que en ese momento despacha su diario dominical a Felipe sin saber lo que le espera... Pero esa, claro, es otra historia.
Desde la estrecha calle del centro en la que está el café de Montecarlo no hay mucho espacio para ver ni luz del sol ni cielo alguno. Sin embargo, a esta hora de la mañana el sol incide sobre el limpiaparabrisas de uno de los automóviles estacionados en la puerta del establecimiento y refleja hacia su interior un desbordante caudal de luz que, creando un extraño efecto de claridad blanquísima en toda la zona cercana al cristal, transforma la atmósfera del café en los escasos minutos que dura. Enrique siente que es como si pudiese mirar la escena desde fuera, como si el lugar le pareciese, de repente, más acogedor, como en aquel cuadro que había sobre la portada del libro que leía Alberto el día que le conoció. Ahora coloca escrupulosamente las tazas sobre los pequeños platos después de haber depositado antes, una tras una, las cucharillas y los sobrecitos rojos de azúcar. Se detiene antes de colocar las dos últimas, cuando el borbotón de sol se expande por las mesas y el suelo de la esquina. Lleva sucediendo un par de días, a la misma hora. Siendo un lugar de toda la vida, los clientes suelen estar siempre a la misma hora en el mismo asiento. Es una sensación de tiempo detenido que le gusta. Hoy hay un chico nuevo, solo, que ojea ensimismado el periódico. Se queda pensando que le da un poco de envidia la gente que es capaz de sentarse sola en un café a leer o simplemente mirar a su alrededor. El haz de luz acaba de invadirle borrando cualquier rastro de sombra, como si una potente lámpara iluminase su rostro. Esa imagen del chico sentado y lleno de sol, parado mientras lee absorto las páginas del diario, le hace recordar aquella mañana que conoció a Alberto. Hace tiempo que aquella imagen no había vuelto a su memoria con tanta fuerza, y ya ni siquiera sabría precisar si ha sido premeditado o simplemente son cosas que han pasado a otro lugar del recuerdo. Lo cierto es que ha vuelto de nuevo. Aquella mañana era diferente. El café donde había quedado con él era mucho más bonito que éste. Más moderno y amplio, más claro y agradable. Además, era una de aquellas primeras mañanas radiantes de primavera y el sol les cegaba los ojos. Se veían las primeras camisetas cortas de la temporada y el aire entre fresco y tibio sobre la piel, después de tantos meses de frío, hacía pensar que el mundo se había reconstruido, más perfecto aún, para estrenarlo aquella mañana. Alberto tenía el cabello tan fino y rubio que aquel sol de fuerza nuclear lo hacía casi deshacerse entre sus rayos. Su piel era también blanquísima. Son las cosas que primero sintió cuando le vio. Curiosamente, también son ahora, después de tres años, las únicas que recuerda vivamente de él. Enrique deposita la última taza sobre el último plato, al que también ha alcanzado ya uno de los rayos de sol, y acierta a ver cómo el chico del periódico le hace un gesto para que se acerque. Al llegar, lo primero que nota Enrique es el olor de la piel del chico, como si el sol que lo envuelve hiciese evaporar una esencia entre frutal y profundamente masculina que lo atrapa, como si su olfato lo hubiese reconocido después de muchos años buscándolo, Enrique piensa que le gustaría que su hogar pudiese oler así, que su cama pudiese tener ese preciso aroma cada día.
El sol se está retirando poco a poco, pero aún ilumina los ojos profundamente azules del chico que de manera familiar, aunque con un cierto aire de timidez, le pide un café con leche. Su sonrisa es amplia y Enrique piensa que es más sonrisa que cualquier sonrisa. Se tuerce un poco hacia la derecha y eso le parece tierno y cercano, como si lo conociera de siempre. Le responde con otra y le mira fugazmente a los ojos, para retirarse enseguida antes de poder observar su reacción, y acudir veloz a la máquina a preparar el café.
Jesús ve alejarse al camarero. Su perfil con el jersey negro ajustado se sumerge en los últimos rayos del reflejo de sol, recortándose en su cadera. Es una imagen que se le queda grabada en la retina hasta que el sol se retira veloz, como por arte de magia. Es guapo - piensa -, seguro que es él. A Luis siempre le han ido los guapos. Además es muy moreno, con unos labios casos que le dan un gesto dulce y acogedor. No parece nada pretencioso. Sí, es de los que le gustan a él. Saca de nuevo del bolsillo el sobrecito de azúcar colorado con el diseño de olas sobre el rótulo alargado de la palabra Montecarlo, ya usada y medio arrugada. Lo hace como dudando de haber entrado en el local correcto. Pero no. Sabe que no. Lo sabe desde que ha reparado en el camarero moreno al que espía hace un rato, escondido detrás del periódico. Lo mira fijamente de nuevo. Siente una extraña mezcla de rabia y deseo. El camarero no sólo es guapo, sino que le gusta. Le gusta mucho. Si se lo pidiera ahora mismo, huiría con él lejos, muy lejos. Lejos de todo. Para contárselo todo. Para que le contara todo él también. Con Luis, en realidad, hace meses que ya no funciona nada. Son demasiado civilizados para hablar del tema con la sinceridad que deberían, pero su relación se ha convertido en una existencia gris que se encamina sin remedio a una cárcel de despertares llenos de angustia. A pesar de todo, piensa Jesús, es mala suerte que haya sido Luis el que primero haya encontrado a otro. A otro tan guapo, además. Piensa que en realidad no han sido los celos los que le han llevado hasta el Montecarlo, sino la necesidad de abrir una brecha por la que poder salir de la irremediable inmovilidad de su vida. Ahora, sin embargo, cree que sí, que siente celos. Pero celos del camarero, al que querría para sí. Es más, siente que en realidad le ha mirado de manera especial, con cierto brillo en los ojos. O eso le ha parecido, claro. Se siente hecho un lío ya no sabe lo que quiere.
- Perdona, ¿me dejas espacio en la mesa para poner el café?
- Ah, sí, claro, disculpa, no sé en qué estaría yo pensando.
- No pasa nada. Entre la hora que es y el frío que hace, supongo que es normal.
- No sé, no debería...
- ¿Quieres algo de desayunar con el café?
- Pues...
- Tenemos una bollería muy buena aquí, ¿sabes? De la panadería San Julio, no sé si la conoces.
-No, no vivo por aquí, estoy sólo de paso, para hacer unos recados. Es que he desayunado ya, ¿sabes?
- Ah, okey, no insisto entonces. En otra ocasión - y le guiña fugazmente un ojo.
Jesús se ha quedado sin saber qué decir. El camarero se ha vuelto ya. Sí, sin duda le ha mirado de forma especial. De alguna forma, piensa, ha intentado acercarse... Pero ocurre lo de siempre, que se queda bloqueado. Y sabe perfectamente, aunque ahora esté pensando en cómo decirle algo cuando se acerque a cobrarle, que tampoco entonces será capaz de articular palabra alguna. Respira hondo y mira el reflejo del sol que se desliza suavemente sobre sus manos, a punto ya de desaparecer. De hecho lo hace bruscamente, al sonido ronco del coche cuyo limpiaparabrisas lo provocaba, que acaba de ser arrancado y se mueve ya lentamente desde el pequeño hueco en el que estaba aparcado, frente al café.
Alberto se ha quedado detenido junto a la vitrina del Montecarlo. Iba a tomar un café antes de coger el coche hasta que algo le ha hecho cambiar de opinión. Alberto es bajito y bastante normal. Sus cabellos, clarísimos y desordenados, nunca se sabe si están despeinados por falta de cuidado o fruto de un buen rato de estudio frente al espejo. Por lo demás, es un chico de lo más discreto y aparentemente hermético, de esos en los que pocos se fijan.
Dentro del bar cree haber visto a Enrique sirviendo una de las mesas. De repente, aquellos dos años se le han venido encima. Aquellos años, y la sensación de culpa que siempre tuvo por marcharse sin dar explicaciones. Siempre se ha aliviado pensando que no tenía otra solución, que no podía ser de otra forma. Pero sabe bien que, al menos un tiempo después, podía haber vuelto y haberle ofrecido una explicación coherente. Sin embargo, no lo hizo.
Rápidamente se agacha, agazapado bajo la gran cristalera del café. No, no puede entrar, no puede... Lo piensa una vez más, pero no puede. Enrique sigue tan guapo como entonces. Incluso más. El jersey negro le sienta estupendamente. Le da rabia, porque tiene unas ganas horribles de tomarse un café bien cargado antes de meterse en el coche, que debe estar congelado. Quién le mandaría aparcarlo en aquel barrio al que en realidad nunca va. Si lo piensa bien no vuelve desde que dejó a Enrique. Supone que sigue viviendo allí, pues a él nunca le gustó vivir muy lejos del trabajo. De hecho, está seguro de que alguna vez estuvo en ese café con él, cuando estaban juntos. Recuerda que hace dos días, cuando tuvo que dejar el coche allí, en realidad, se acordó de Enrique fugazmente. Uno de esos pensamientos que cruzan la cabeza rápidamente, pero con la misma velocidad que entran, salen.
En realidad de Enrique sólo le quedó el olor, aquel olor tan especial suyo, adherido a la piel durante mucho tiempo. Es curioso porque hace poco, en casa de Luis, se confundió al ponerse el jersey cuando se estaba vistiendo, fue en una de sus citas a escondidas. Tomo por equivocación uno de su novio, que estaba también en la silla de la habitación sobre la que él dejó el suyo. Fue extraño, porque aquel jersey tenia casi exactamente el mismo olor que los de Enrique. Era un jersey muy parecido al suyo y, por unos segundos, fruto de un oscuro deseo de fetichismo que no termina de explicarse, pensó en llevárselo puesto. Finalmente no lo hizo.
En todas estas cosas, que bajan como un arroyo tempestuoso por su cabeza, está pensando Alberto cuando de repente se da cuenta que es precisamente el novio de Luis el que está sentado en una de las mesas más cercanas a la vitrina. No está seguro, pues en realidad sólo lo conoce por las fotos que ha visto en casa de él. Así que se queda parado y observa detenidamente desde su posición casi escondido tras una de las columnas externas, a pesar del frío que hace. Jesús, que así se llama, está pidiendo algo al camarero, a Enrique. Se dirigen un par de palabras. Sí, seguro que es él.
Siempre ha tenido una extraña fascinación por Jesús. Quizá por ser el novio de Luis. Pero sobre todo por ser el impedimento para poder hacer que su romance de tardes aisladas no pueda ir a algo más. Nunca se lo plantearía a Luis, sabe que no tiene ninguna posibilidad. Aún así, una extraña atracción le une a Jesús desde que lo vio en foto por primera vez. Casi está resuelto a entrar e intentar acercársele. En persona le gusta mucho más, sí. Y la posibilidad de conocerlo en secreto, sin que nadie sepa nada, le aturde pero le martillea sin parar desde que se le ha ocurrido. Sus manos sudan, a pesar del frío.
*
Los rayos del sol viajan a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo. Eso quiere decir que cualquier rayo que parta del sol tardará aproximadamente 2,7 minutos en recorrer los 48.781.000 kilómetros que lo separa de nuestro planeta. Los que acaban de llegar justo ahora al café Montecarlo, por ejemplo, nacieron justo en el momento en el que los ojos de Enrique se posaron sobre los de Jesús. En su largo viaje, tan sólo el choque con el limpiaparabrisas del coche de Alberto los ha desviado en parte hacia dentro del café tras atravesar la vitrina de cristal. Allí han han ido a parar justo a las manos de Jesús, pero enseguida se han derramado hacia la nada. En su ignorancia, ese ramo de fotones inquietos, no sabe que de ellos depende que el nudo de estas diminutas relaciones de una ciudad mediana de este pequeño planeta tierra se tense o se deshaga para siempre.
Una gran explosión en el sol acaba de estallar hace ahora poco menos de tres minutos... aunque desde aquí, hasta el ruido de una hoja cayendo sobre la yerba se escucharía con más intensidad. Millones de fotones de los que se acaban de liberar en esa magnífica explosión van ya camino del coche de Alberto. Sin embargo, Alberto ha decidido arrancar el coche y salir de allí a toda velocidad. Los fotones se estrellan, pues, contra el suelo frío. Y terminan ahogados en un charco que, a pesar de su efecto, continúa congelado a estas horas de la mañana. Enrique retornará a su trabajo y Jesús se irá a casa, para no volver nunca más. A casa donde le espera Luis, secretamente unido a Alberto y a Enrique, sin que ninguno de los dos sepa.
Aquellos fotones, destinados sin duda a obrar el milagro de cerrar el nudo, aún se retuercen sobre la superficie gélida del charco. Sus compañeros, 30 segundos después, chocarán con una nueva vitrina de automóvil, pero la inclinación de esta ya no los llevará al Montecarlo, sino al quiosco de Laura, que en ese momento despacha su diario dominical a Felipe sin saber lo que le espera... Pero esa, claro, es otra historia.
12 de diciembre de 2008
Sofía
Sofía se levanta un sábado más sin pensar en nada. Abre la ventana para que se airee la habitación y se dispone a ordenar la cocina. Ayer no estaba de humor para recoger los cacharros de la cena. Deja después todo dispuesto para el desayuno y se dirige al baño para tomar su ducha. Le gusta hacerlo con calma el fin de semana, dejando que el agua muy caliente se recree por su cuerpo durante muchos minutos. Se seca con sumo cuidado, se aplica crema hidratante con parsimonia por todo el cuerpo, y antes de pasar a los cuidados del la piel de la cara se acerca a la cocina a poner la cafetera al fuego. En unos minutos el olor intenso de café se extenderá por la casa. Sin él no le parece que el día pueda ponerse en movimiento. En realidad no le gusta demasiado el café, y se lo sirve con una abundante cantidad de leche tibia, pero ese olor le recuerda a la niñez, a las mañanas antes de ir al colegio, cuando su madre se preparaba una taza mientras les ponía la leche y las galletas sobre la mesa. Aquellas mañanas en las que no había que pensar en nada más, sólo en ir a clase y hacer los deberes después. Jugar un rato, dibujar o leer, y nada más.
Ahora es diferente, las responsabilidades, ya se sabe. Tiene que pensar en otras muchas cosas más. Pensar por ejemplo en organizar la cena de navidad del grupo de amigos de la facultad. Si no fuera por ella, ya casi ni se verían. Esta mañana, además, tiene que hacerle la compra a su madre, que desde que se cayó ya no está para subirla por las escaleras. Tampoco puede dejar de ir al gimnasio para poder cumplir con la tabla de ejercicios semanal que le ha recomendado su monitor. Y después ha de pasar por casa de Marga, que la ha invitado a comer. No le apetece demasiado, pero Marga ha estado mal esta semana después de romper con Hugo y supone que seguro que quiere desahogarse.
Mientras toma el café tranquilamente vuelve a fijarse en la carta sobre la librería del comedor. El membrete de la Universidad de Lyon lleva ahí mirándola desde hace más de una semana. Dentro de él está la especificación de documentos que tiene que aportar para poder formalizar la plaza que le han otorgado. Supone que aún tiene varios días para que se acabe el plazo de aceptación, pero aún no ha sido capaz de abrirla. Inconscientemente lo va dejando de un día para otro. El membrete la espía sin piedad y la desconcierta. Sospecha –sin ser realmente consciente- que el día que la abra el plazo será ya tan corto que no le dará tiempo para completar todos los formalismos. Aún así, apura su plazo imaginario al máximo. Mira el sobre de reojo una vez más mientras mastica distraída el último pedazo de su tostada.
Sofía es callada y su pelo es bonito y abundante. Le cae en una cascada de ondas irregulares desde las sienes hasta los hombros. Oscuro y resistente, le brilla con mucha intensidad, especialmente después de lavárselo, como ahora. Se lo cuida mucho, siempre ha pensado que es lo único bonito que tiene, o eso le decía su madre de pequeña, como intentando poner en valor alguna característica suya. Siendo bajita como era y con exceso de acné, su cara de expresión triste no le ayudaba mucho a sentirse guapa y, aunque nunca se lo ha llegado a preguntar, siempre ha pensado que su madre alababa su pelo porque era lo único bonito que veía en ella. Con los años no ha dejado de sentirlo así, a pesar de que objetivamente se transformó en una atractiva joven y ahora, recién pasados los cuarenta, luce una madurez serena y bella que, sin haber perdido cierto aire de melancolía, continúa sabiendo generar sus dosis de deseo. Así lo sintió Alberto el jueves cuando volvió a coincidir con ella en la tienda de ultramarinos de debajo de la casa de los padres de ella. Vino a pasar unos días con sus padres y aprovechaba para saludar a Manolita, la tendera, que lo cuidaba de pequeño, cuando la descubrió junto a la caja. Hacía años que no se cruzaba con ella, desde aquella tarde en la que coincidieron en el centro y se la llevó al cine a ver una película a la que siguieron unas cañas, y tras éstas una tímida declaración de Alberto a la que ella, a pesar de sentirse también algo efusiva a causa del alcohol, evito responder cambiando de tema con agilidad, pensando que algo así sólo podría ser producto de una noche equívoca y de la confusión que les causaba la cerveza. Sofía había prometido ir a Madrid a verle un fin de semana, pero aquello nunca sucedió y Alberto había terminado por perder el contacto con ella.
No sabe muy bien por qué, pero Sofía no ha dejado de tener aquella percepción acerca de los comentarios de su madre sobre su pelo. Con 23 años se lo corto de pura rabia por aquellos sentimientos, y así lo ha mantenido hasta hoy, una melena corta que en realidad no termina de convencerle, pero cuyo cambio aplaza una y otra vez cuando va a la peluquería Spray, la misma a la que lleva años y años yendo. Marga le ha hablado de la nueva que han abierto junto a su casa, toda en colores crudos y con asistentas impecables, pero Sofía se siente cautiva de las manos de Aurora, y del champú con aroma a romero con el que sigue lavándole la cabeza desde que puede recordar. Al sentarse en el cómodo sillón, algo desvencijado ya, de su salón de belleza, Sofía nunca tiene fuerzas para decir que quiere otra cosa, y un lacónico "sí, claro, lo de siempre" se le escapa entre los labios, como si fuera otra la que lo pronunciara.
Sofía se da cuenta de que se ha entretenido demasiado en el desayuno y corre a enjuagar las tazas bajo el grifo. Ya terminará después, cuanto pueda. Mientras el agua resbala por sus dedos y los restos de leche diluidos se escapan por el desagüe, recuerda la expresión de despedida de Alberto el jueves. En el fondo, es un chico estupendo, piensa. Recuerda cuánto le gustaba de niña...¡a rabiar! y sonríe. De eso hace ya demasiados años. Eran ellos dos muy chicos, razona. Después intenta pensar qué ocurrió para que dejara de sentir aquello por él, pero lo cierto es que no logra recordarlo. Simplemente no ocurrió nada, se lamenta. Nada. O eso cree. Pero, siguiendo una de sus costumbres habituales, decide que lo pensará otro día con más calma.
Sofía repasa de nuevo las tareas de la mañana del sábado y se convence de que no tiene en realidad tiempo de abrir la dichosa carta y quizá comenzar a organizar el papeleo. "No..." se reafirma. Además, hacerlo significaría que ha elegido aceptar y en realidad eso aún no lo ha hecho. La elección se le retuerce dentro, muy dentro. Duda un instante si en realidad se trata de un problema con las decisiones en general. Pero no. Es más, en el fondo la plaza la pidió porque se lo dijo Marga, porque la convenció de que era lo que necesitaba, cambiar de aires, conocer a gente nueva, irse a Francia, con lo que le gustaba a ella. En el fondo, sin embargo, ella lo que quiere es estar aquí, en su casa, cerca de su madre. Lo que quiere es tener algo más de tiempo, estar en casa y dedicarse a leer, que es lo que realmente le gusta. Pero es que con tantas cosas que hacer casi nunca tiene tiempo de hacerlo. "Si sólo tuviera un poco más de tiempo... Sí, con eso sería suficiente" piensa. "Qué tontería, Lyon"
Sale a la calle y comprueba por última vez la lista de la compra que le ha dictado su madre al teléfono. Aún está a tiempo de llegar temprano al super, antes de que se llene de marujas armando alboroto. Al pasar por delante de la tienda de doña Manolita se encuentra con Alberto de nuevo y cruzan un par de frases.
- No nos vemos nunca o nos vemos todos los días, ¿eh?
- Sí. Es que como mamá está mal, vengo más por aquí.
-Yo ya no vengo mucho, la verdad...- dice dejando la frase en el aire, como si quisiera dar a entender algo más.
- Es que poco hay que hacer por aquí. Tú en Madrid tendrás tantas cosas que hacer...
- Sí, hombre, no me quejo. Ya sabes que estás invitada a comprobarlo desde hace mucho tiempo.
- Es verdad- sonríe tímidamente- lo que pasa que ahora, hasta que mamá mejore y eso... Lo tengo un poco complicado, la verdad. Además, a lo mejor me voy a vivir a Lyon, ¿sabes?- suelta sin saber muy bien por qué.
- ¿De veras? ¡Qué bien! ¿no?. A ti te gustó siempre mucho Francia.
Sofía asiente, sin decir nada.
- Bueno... pues nos veremos cuando coincidamos por aquí, espero - Alberto no sabe mirar a Sofía sin esa ternura inimitable que se le escapa en la mirada.
- Sí... A ver si vienes más - dice ella agarrándole la mano en un gesto de cariño incontrolable.
- A ver... De todas formas, Sofía, lo de Madrid, a pesar de todo... sigue en pie, ¿vale?
Sofía vuelve a asentir sin decir palabra.
Se besan en la mejilla y cada uno sigue su camino. Sofía siente que se le viene el mundo encima un momento. Respira hondo y piensa.
"Este pelo necesita un arreglo ya" se dice a sí misma, "pasaré por donde Aurora a pedir una cita".
Y retoma sus pasos pensando que quizá esta noche tenga un ratito para leer...
"Sí, tranquilamente, en el sofá..." casi susurra.
Ahora es diferente, las responsabilidades, ya se sabe. Tiene que pensar en otras muchas cosas más. Pensar por ejemplo en organizar la cena de navidad del grupo de amigos de la facultad. Si no fuera por ella, ya casi ni se verían. Esta mañana, además, tiene que hacerle la compra a su madre, que desde que se cayó ya no está para subirla por las escaleras. Tampoco puede dejar de ir al gimnasio para poder cumplir con la tabla de ejercicios semanal que le ha recomendado su monitor. Y después ha de pasar por casa de Marga, que la ha invitado a comer. No le apetece demasiado, pero Marga ha estado mal esta semana después de romper con Hugo y supone que seguro que quiere desahogarse.
Mientras toma el café tranquilamente vuelve a fijarse en la carta sobre la librería del comedor. El membrete de la Universidad de Lyon lleva ahí mirándola desde hace más de una semana. Dentro de él está la especificación de documentos que tiene que aportar para poder formalizar la plaza que le han otorgado. Supone que aún tiene varios días para que se acabe el plazo de aceptación, pero aún no ha sido capaz de abrirla. Inconscientemente lo va dejando de un día para otro. El membrete la espía sin piedad y la desconcierta. Sospecha –sin ser realmente consciente- que el día que la abra el plazo será ya tan corto que no le dará tiempo para completar todos los formalismos. Aún así, apura su plazo imaginario al máximo. Mira el sobre de reojo una vez más mientras mastica distraída el último pedazo de su tostada.
Sofía es callada y su pelo es bonito y abundante. Le cae en una cascada de ondas irregulares desde las sienes hasta los hombros. Oscuro y resistente, le brilla con mucha intensidad, especialmente después de lavárselo, como ahora. Se lo cuida mucho, siempre ha pensado que es lo único bonito que tiene, o eso le decía su madre de pequeña, como intentando poner en valor alguna característica suya. Siendo bajita como era y con exceso de acné, su cara de expresión triste no le ayudaba mucho a sentirse guapa y, aunque nunca se lo ha llegado a preguntar, siempre ha pensado que su madre alababa su pelo porque era lo único bonito que veía en ella. Con los años no ha dejado de sentirlo así, a pesar de que objetivamente se transformó en una atractiva joven y ahora, recién pasados los cuarenta, luce una madurez serena y bella que, sin haber perdido cierto aire de melancolía, continúa sabiendo generar sus dosis de deseo. Así lo sintió Alberto el jueves cuando volvió a coincidir con ella en la tienda de ultramarinos de debajo de la casa de los padres de ella. Vino a pasar unos días con sus padres y aprovechaba para saludar a Manolita, la tendera, que lo cuidaba de pequeño, cuando la descubrió junto a la caja. Hacía años que no se cruzaba con ella, desde aquella tarde en la que coincidieron en el centro y se la llevó al cine a ver una película a la que siguieron unas cañas, y tras éstas una tímida declaración de Alberto a la que ella, a pesar de sentirse también algo efusiva a causa del alcohol, evito responder cambiando de tema con agilidad, pensando que algo así sólo podría ser producto de una noche equívoca y de la confusión que les causaba la cerveza. Sofía había prometido ir a Madrid a verle un fin de semana, pero aquello nunca sucedió y Alberto había terminado por perder el contacto con ella.
No sabe muy bien por qué, pero Sofía no ha dejado de tener aquella percepción acerca de los comentarios de su madre sobre su pelo. Con 23 años se lo corto de pura rabia por aquellos sentimientos, y así lo ha mantenido hasta hoy, una melena corta que en realidad no termina de convencerle, pero cuyo cambio aplaza una y otra vez cuando va a la peluquería Spray, la misma a la que lleva años y años yendo. Marga le ha hablado de la nueva que han abierto junto a su casa, toda en colores crudos y con asistentas impecables, pero Sofía se siente cautiva de las manos de Aurora, y del champú con aroma a romero con el que sigue lavándole la cabeza desde que puede recordar. Al sentarse en el cómodo sillón, algo desvencijado ya, de su salón de belleza, Sofía nunca tiene fuerzas para decir que quiere otra cosa, y un lacónico "sí, claro, lo de siempre" se le escapa entre los labios, como si fuera otra la que lo pronunciara.
Sofía se da cuenta de que se ha entretenido demasiado en el desayuno y corre a enjuagar las tazas bajo el grifo. Ya terminará después, cuanto pueda. Mientras el agua resbala por sus dedos y los restos de leche diluidos se escapan por el desagüe, recuerda la expresión de despedida de Alberto el jueves. En el fondo, es un chico estupendo, piensa. Recuerda cuánto le gustaba de niña...¡a rabiar! y sonríe. De eso hace ya demasiados años. Eran ellos dos muy chicos, razona. Después intenta pensar qué ocurrió para que dejara de sentir aquello por él, pero lo cierto es que no logra recordarlo. Simplemente no ocurrió nada, se lamenta. Nada. O eso cree. Pero, siguiendo una de sus costumbres habituales, decide que lo pensará otro día con más calma.
Sofía repasa de nuevo las tareas de la mañana del sábado y se convence de que no tiene en realidad tiempo de abrir la dichosa carta y quizá comenzar a organizar el papeleo. "No..." se reafirma. Además, hacerlo significaría que ha elegido aceptar y en realidad eso aún no lo ha hecho. La elección se le retuerce dentro, muy dentro. Duda un instante si en realidad se trata de un problema con las decisiones en general. Pero no. Es más, en el fondo la plaza la pidió porque se lo dijo Marga, porque la convenció de que era lo que necesitaba, cambiar de aires, conocer a gente nueva, irse a Francia, con lo que le gustaba a ella. En el fondo, sin embargo, ella lo que quiere es estar aquí, en su casa, cerca de su madre. Lo que quiere es tener algo más de tiempo, estar en casa y dedicarse a leer, que es lo que realmente le gusta. Pero es que con tantas cosas que hacer casi nunca tiene tiempo de hacerlo. "Si sólo tuviera un poco más de tiempo... Sí, con eso sería suficiente" piensa. "Qué tontería, Lyon"
Sale a la calle y comprueba por última vez la lista de la compra que le ha dictado su madre al teléfono. Aún está a tiempo de llegar temprano al super, antes de que se llene de marujas armando alboroto. Al pasar por delante de la tienda de doña Manolita se encuentra con Alberto de nuevo y cruzan un par de frases.
- No nos vemos nunca o nos vemos todos los días, ¿eh?
- Sí. Es que como mamá está mal, vengo más por aquí.
-Yo ya no vengo mucho, la verdad...- dice dejando la frase en el aire, como si quisiera dar a entender algo más.
- Es que poco hay que hacer por aquí. Tú en Madrid tendrás tantas cosas que hacer...
- Sí, hombre, no me quejo. Ya sabes que estás invitada a comprobarlo desde hace mucho tiempo.
- Es verdad- sonríe tímidamente- lo que pasa que ahora, hasta que mamá mejore y eso... Lo tengo un poco complicado, la verdad. Además, a lo mejor me voy a vivir a Lyon, ¿sabes?- suelta sin saber muy bien por qué.
- ¿De veras? ¡Qué bien! ¿no?. A ti te gustó siempre mucho Francia.
Sofía asiente, sin decir nada.
- Bueno... pues nos veremos cuando coincidamos por aquí, espero - Alberto no sabe mirar a Sofía sin esa ternura inimitable que se le escapa en la mirada.
- Sí... A ver si vienes más - dice ella agarrándole la mano en un gesto de cariño incontrolable.
- A ver... De todas formas, Sofía, lo de Madrid, a pesar de todo... sigue en pie, ¿vale?
Sofía vuelve a asentir sin decir palabra.
Se besan en la mejilla y cada uno sigue su camino. Sofía siente que se le viene el mundo encima un momento. Respira hondo y piensa.
"Este pelo necesita un arreglo ya" se dice a sí misma, "pasaré por donde Aurora a pedir una cita".
Y retoma sus pasos pensando que quizá esta noche tenga un ratito para leer...
"Sí, tranquilamente, en el sofá..." casi susurra.
17 de octubre de 2008
Cine para olvidar.
Hace mucho tiempo que Julio no va al cine solo. Solía hacerlo hace años, y le gustaba especialmente esa sensación de silencio que llegaba con el final de los títulos de crédito que observaba religiosamente hasta el final, sobre todo si la película le había hecho reflexionar. Adoraba ese momento en el que las letras pasaban mientras la música contribuía a alargar un poco más la atmósfera de la película.
La gente se iba levantando de sus butacas y abandonando la sala, pero él se quedaba hasta que el ruido del cinematógrafo cesaba y disfrutaba de esos instantes de silencio y oscuridad que antecedían al encendido de la iluminación.
Le gustaba estar solo y dejar que la película madurase en su interior sin que nada ni nadie le perturbase, para así poder llenarse de esas otras vidas y sensaciones que la película le había sugerido.
Si la película le había gustado mucho, solía pasear durante horas. A veces sin rumbo fijo, perdido, caminando sin ser consciente de hacia donde iba, con la cabeza llena de colores y de músicas, de palabras y de pensamientos. Cuando volvía a la realidad descubría por fin dónde le habían llevado sus pasos. Madrid es tan grande que veces ni siquiera podía reconocer dónde estaba, así que se veía forzado a pedir un taxi para volver a casa.
No sabe cómo, pero dejó de hacerlo. Pasó a apreciar la compañía de otros para ir a ver pelis, y a veces incluso usó el cine para alguna que otra actividad que poco tenía que ver con la vista. Le terminó gustando compartir sus impresiones primeras con alguien y no le importaba sacrificar que la película se le escapase rápidamente de la cabeza devorada por las opiniones de los demás.
Julio ha olvidado la intensidad de aquellas tardes en las que iba solo a las salas de cine, y de cómo fueron importantes en su proceso de descubrir quién quería ser.
Julio no necesita ya pensar ni llenar su cabeza de colores, de belleza o de reflexiones. Se siente completo y cómodo con su vida. Más o menos desde que conoció a Andrés y se enamoró de verdad. Desde que vive con él y por fin ha conseguido llegar al final del camino de acercarse a quien quería ser.
La suerte le sonrío por partida doble ya que justo unos meses después de conocer a Andrés aquella multinacional le aceptó tras un arduo proceso de selección. Consciente de que en principio no era el trabajo que quería, les había enviado una respuesta a un anuncio de trabajo porque estaba harto de no obtener respuestas a las ofertas que en realidad le interesaban. Era un trabajo cualificado y le pagaban bien. Debía viajar, pero a él siempre le había gustado hacerlo. Los horarios tampoco eran muy humanos, pero imaginó que a fin de cuentas tampoco uno puede pedir mucho más cuando está empezando. El salario estaba muy bien, y eso sí que contaba. Contaba para dejar aquel cuchitril compartido con estudiantes de paso. Contaba para poder hacer muchas de las cosas que siempre había querido hacer. Contaba para llevar un nivel de vida como el que quería llevar con Andrés. En el fondo, de alguna forma, siempre consideró que aquel golpe de suerte estaba inevitablemente unido a haberle conocido.
Los años pasaron y poco a poco se incrementaron los viajes y las jornadas saliendo cada vez más tarde de la oficina. Pero también lo hicieron con creces sus ingresos. Lo consideraba algo normal, como la vida misma. Con Andrés las cosas iban bien, cada vez mejor, se atrevía a imaginar. También él tenía muchas horas de trabajo, así que cuando llegaban a casa, se dedicaban todo el tiempo y la energía que les quedaba. Ambas cosas, sin embargo, fueron poco a poco disminuyendo con los años, y lo hicieron tan sutilmente que nunca lograron llegar a hacerles cuestionar aquella sensación de plenitud que algún día sintieron.
Hace poco, en el transcurso de un viaje de trabajo a Londres, Julio tuvo un importante retraso en Heathrow, así que dedicó sus horas de espera en el hotel que le asignaron a chatear un poco en Internet. Lo hacía de vez en cuando, por mero pasatiempo, sobre todo cuando estaba solo. Le gustaba mentir e inventarse vidas que contar. Le gustaba incluso coquetear con otros. Pero se aburría rápido, en realidad nadie conseguía captar su atención más de veinte minutos, así que abandonaba las salas de chat pronto, cerrando aquellas vidas imaginarias de un golpe veloz y aséptico de tecla. Así lo hizo aquel día.
Fue entonces cuando comenzó a teclear nombres y frases sin mucho orden en google. Nombres de lugares primero. Lugares en los que había estado, lugares que quería visitar, lugares donde le habían sucedido cosas importantes. El tiempo pasaba, y le resultaba mucho más entretenido que ponerse a revisar trabajo para el día siguiente o volver al chat.
Pero con ese jueguecito aparentemente inofensivo, empezó a penetrar en un terreno que nunca supuso que tuviera prohibido. Pero lo tenía. Y las grafías por las que viajaba le condujeron a sus correspondientes semánticas personales que, de manera aplastante, le fueron llevando de un lugar a otro, de una persona a otra. Así hasta que se decidió a teclear aquel nombre, aparentemente olvidado desde hacía años, supuestamente inocuo.
Tras la pesquisa aparecieron una serie de entradas. Un par de la universidad y varias más en diferentes periódicos. Cuando pulsó sobre la primera de aquellas, la noticia, como un rayo, le dejó fulminado. Era la lista de víctimas mortales de un accidente de trenes del año anterior. Su nombre era uno de ellos. Siguió investigando y descubrió que en un periódico local de su ciudad se hacía una breve referencia a él y a su familia, pues era bastante conocido. Estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Hacía un viaje a Barcelona, por motivo desconocido. En noticias posteriores se especulaba con la posibilidad de que no hubiese hecho aquel viaje en solitario y hasta se le relacionaba con otro de los pasajeros que habían fallecido en el accidente y que viajaría a su lado. En otras declaraciones al periódico su mujer confesaba que desconocía el hecho de que su marido viajara en el tren accidentado. Parece que llevaba una vida normal. Sus vecinos apreciaban su generosidad y su simpatía.
Las tripas le hicieron un nudo a Julio. Un nudo muy fuerte, lleno de dolor y vacío. Cerró la página e intentó no pensar en ello, pero los recuerdos y los pensamientos, inevitablemente, se precipitaban en el estómago. Le faltaba el aire. Era como si media vida se le escapara entre los espacios de las palabras que acababa de leer.
Decidió que necesitaba salir a pasear. Lo hizo, y se lanzó a la calle sin mucha idea, caminando con prisa, como si sus pisadas pudiesen borrar el trazo de vida amarga que acababa de nacerle muy dentro. Al poco se dio cuenta que no sabía bien donde estaba, pues no conocía la zona. Fue cuando de repente recordó aquellos paseos que solía dar sin ninguna orientación después de las sesiones de cine. No sólo volvía a estar físicamente perdido. También era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba frente a un sentimiento que le hacía dudar de su sensación de seguridad con su vida aparentemente sin fisuras. Se sentía incómodo. No podía evitar pensar en aquel tren, en la sonrisa de Óscar, que nunca había en realidad olvidado, en las circunstancias en las que salió de su vida, en cómo tantas veces había querido volverle a ver para explicarle tantas cosas que ahora ya nunca podrían llegarle. Respiró hondo y miró al horizonte. Andrés se desdibujaba en su pecho, como un personaje secundario de una película. Sintió un terrible miedo frente a lo que sentía.
Fue entonces cuando decidió pensar que sólo había visto una película, como entonces. Una película desconcertante, pero una película al fin y al cabo. Y ya le había dado muchas vueltas a esta película. Demasiadas. Ahora debía volver a casa. Como entonces también. Sólo que entonces en casa no le esperaba nadie. Ahora sí. Alzó la mano con fuerza, para hacerse ver bien en la avenida donde los vehículos cruzaban a gran velocidad. Un taxi se detuvo y Julio entró en él.
- Sheraton Hotel, Heathrow, please. I am in a hurry.
Pensó así que Óscar desaparecería definitivamente, con su correspondiente silencio y su fundido en negro.
La gente se iba levantando de sus butacas y abandonando la sala, pero él se quedaba hasta que el ruido del cinematógrafo cesaba y disfrutaba de esos instantes de silencio y oscuridad que antecedían al encendido de la iluminación.
Le gustaba estar solo y dejar que la película madurase en su interior sin que nada ni nadie le perturbase, para así poder llenarse de esas otras vidas y sensaciones que la película le había sugerido.
Si la película le había gustado mucho, solía pasear durante horas. A veces sin rumbo fijo, perdido, caminando sin ser consciente de hacia donde iba, con la cabeza llena de colores y de músicas, de palabras y de pensamientos. Cuando volvía a la realidad descubría por fin dónde le habían llevado sus pasos. Madrid es tan grande que veces ni siquiera podía reconocer dónde estaba, así que se veía forzado a pedir un taxi para volver a casa.
No sabe cómo, pero dejó de hacerlo. Pasó a apreciar la compañía de otros para ir a ver pelis, y a veces incluso usó el cine para alguna que otra actividad que poco tenía que ver con la vista. Le terminó gustando compartir sus impresiones primeras con alguien y no le importaba sacrificar que la película se le escapase rápidamente de la cabeza devorada por las opiniones de los demás.
Julio ha olvidado la intensidad de aquellas tardes en las que iba solo a las salas de cine, y de cómo fueron importantes en su proceso de descubrir quién quería ser.
Julio no necesita ya pensar ni llenar su cabeza de colores, de belleza o de reflexiones. Se siente completo y cómodo con su vida. Más o menos desde que conoció a Andrés y se enamoró de verdad. Desde que vive con él y por fin ha conseguido llegar al final del camino de acercarse a quien quería ser.
La suerte le sonrío por partida doble ya que justo unos meses después de conocer a Andrés aquella multinacional le aceptó tras un arduo proceso de selección. Consciente de que en principio no era el trabajo que quería, les había enviado una respuesta a un anuncio de trabajo porque estaba harto de no obtener respuestas a las ofertas que en realidad le interesaban. Era un trabajo cualificado y le pagaban bien. Debía viajar, pero a él siempre le había gustado hacerlo. Los horarios tampoco eran muy humanos, pero imaginó que a fin de cuentas tampoco uno puede pedir mucho más cuando está empezando. El salario estaba muy bien, y eso sí que contaba. Contaba para dejar aquel cuchitril compartido con estudiantes de paso. Contaba para poder hacer muchas de las cosas que siempre había querido hacer. Contaba para llevar un nivel de vida como el que quería llevar con Andrés. En el fondo, de alguna forma, siempre consideró que aquel golpe de suerte estaba inevitablemente unido a haberle conocido.
Los años pasaron y poco a poco se incrementaron los viajes y las jornadas saliendo cada vez más tarde de la oficina. Pero también lo hicieron con creces sus ingresos. Lo consideraba algo normal, como la vida misma. Con Andrés las cosas iban bien, cada vez mejor, se atrevía a imaginar. También él tenía muchas horas de trabajo, así que cuando llegaban a casa, se dedicaban todo el tiempo y la energía que les quedaba. Ambas cosas, sin embargo, fueron poco a poco disminuyendo con los años, y lo hicieron tan sutilmente que nunca lograron llegar a hacerles cuestionar aquella sensación de plenitud que algún día sintieron.
Hace poco, en el transcurso de un viaje de trabajo a Londres, Julio tuvo un importante retraso en Heathrow, así que dedicó sus horas de espera en el hotel que le asignaron a chatear un poco en Internet. Lo hacía de vez en cuando, por mero pasatiempo, sobre todo cuando estaba solo. Le gustaba mentir e inventarse vidas que contar. Le gustaba incluso coquetear con otros. Pero se aburría rápido, en realidad nadie conseguía captar su atención más de veinte minutos, así que abandonaba las salas de chat pronto, cerrando aquellas vidas imaginarias de un golpe veloz y aséptico de tecla. Así lo hizo aquel día.
Fue entonces cuando comenzó a teclear nombres y frases sin mucho orden en google. Nombres de lugares primero. Lugares en los que había estado, lugares que quería visitar, lugares donde le habían sucedido cosas importantes. El tiempo pasaba, y le resultaba mucho más entretenido que ponerse a revisar trabajo para el día siguiente o volver al chat.
Pero con ese jueguecito aparentemente inofensivo, empezó a penetrar en un terreno que nunca supuso que tuviera prohibido. Pero lo tenía. Y las grafías por las que viajaba le condujeron a sus correspondientes semánticas personales que, de manera aplastante, le fueron llevando de un lugar a otro, de una persona a otra. Así hasta que se decidió a teclear aquel nombre, aparentemente olvidado desde hacía años, supuestamente inocuo.
Tras la pesquisa aparecieron una serie de entradas. Un par de la universidad y varias más en diferentes periódicos. Cuando pulsó sobre la primera de aquellas, la noticia, como un rayo, le dejó fulminado. Era la lista de víctimas mortales de un accidente de trenes del año anterior. Su nombre era uno de ellos. Siguió investigando y descubrió que en un periódico local de su ciudad se hacía una breve referencia a él y a su familia, pues era bastante conocido. Estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Hacía un viaje a Barcelona, por motivo desconocido. En noticias posteriores se especulaba con la posibilidad de que no hubiese hecho aquel viaje en solitario y hasta se le relacionaba con otro de los pasajeros que habían fallecido en el accidente y que viajaría a su lado. En otras declaraciones al periódico su mujer confesaba que desconocía el hecho de que su marido viajara en el tren accidentado. Parece que llevaba una vida normal. Sus vecinos apreciaban su generosidad y su simpatía.
Las tripas le hicieron un nudo a Julio. Un nudo muy fuerte, lleno de dolor y vacío. Cerró la página e intentó no pensar en ello, pero los recuerdos y los pensamientos, inevitablemente, se precipitaban en el estómago. Le faltaba el aire. Era como si media vida se le escapara entre los espacios de las palabras que acababa de leer.
Decidió que necesitaba salir a pasear. Lo hizo, y se lanzó a la calle sin mucha idea, caminando con prisa, como si sus pisadas pudiesen borrar el trazo de vida amarga que acababa de nacerle muy dentro. Al poco se dio cuenta que no sabía bien donde estaba, pues no conocía la zona. Fue cuando de repente recordó aquellos paseos que solía dar sin ninguna orientación después de las sesiones de cine. No sólo volvía a estar físicamente perdido. También era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba frente a un sentimiento que le hacía dudar de su sensación de seguridad con su vida aparentemente sin fisuras. Se sentía incómodo. No podía evitar pensar en aquel tren, en la sonrisa de Óscar, que nunca había en realidad olvidado, en las circunstancias en las que salió de su vida, en cómo tantas veces había querido volverle a ver para explicarle tantas cosas que ahora ya nunca podrían llegarle. Respiró hondo y miró al horizonte. Andrés se desdibujaba en su pecho, como un personaje secundario de una película. Sintió un terrible miedo frente a lo que sentía.
Fue entonces cuando decidió pensar que sólo había visto una película, como entonces. Una película desconcertante, pero una película al fin y al cabo. Y ya le había dado muchas vueltas a esta película. Demasiadas. Ahora debía volver a casa. Como entonces también. Sólo que entonces en casa no le esperaba nadie. Ahora sí. Alzó la mano con fuerza, para hacerse ver bien en la avenida donde los vehículos cruzaban a gran velocidad. Un taxi se detuvo y Julio entró en él.
- Sheraton Hotel, Heathrow, please. I am in a hurry.
Pensó así que Óscar desaparecería definitivamente, con su correspondiente silencio y su fundido en negro.
9 de septiembre de 2008
El libro de colores
Recogió sus cosas poco a poco. La ropa diseminada por el suelo del salón. Un calcetín aún descansaba, milagrosamente extendido en toda su longitud, sobre el brazo del sillón. Otro sobre la mesa, encima de un libro de pastas coloreadas. Las paredes pintadas de amarillo intenso, las estanterías llenas de libros, música, folletos de exposiciones. Todo un almacén de recursos para pasar horas y horas sin levantarse del sillón. Una vida aburrida, supuso. A pesar de que a veces sintiera envidia de quien podía pasar horas y horas delante de un libro sin aburrirse y hasta disfrutando, en el fondo él no lo entendía.
Éste de hoy, sin embargo, no le parecía igual que los otros (que los otros que vivían en casas llenas de libros, claro). No dijo nada extraño ni le habló de temas que le sonaran a chino. Le habló directamente de sus intenciones, y en la escasa conversación que mantuvieron hasta llegar a la cama, hasta comentó varios programas basura de la televisión. En la cama se comportó como un animal. Aún dormía mientras Dani pensaba todas estas cosas aprisa, al tiempo que se ponía los vaqueros, aún arrugados tras varias horas hechos una bola sobre el parquet.
Quizá no era su casa, sino la de algún amigo. No había fotos en las estanterías. En realidad Dani no conocía de nada a aquel chico. Luis, le había dicho que se llamaba. Tenía la cara triste. La mayoría de los tristes tienen libros en su casa. Pero era tan atractivo, que no le importó aquella melancolía que tenía su rostro.
Su piel le había encantado, sobre todo cuando se quedó dormido sobre su hombro, tras el orgasmo. Su respiración, la temperatura tibia, el olor, era todo tan balsámico. Pero cuando abrió los ojos y sintió que aún no se había hecho de día, Dani volvió a sentir ese peso en el pecho. El pavor de despertarse junto a un desconocido, la extrañeza de un abrazo en una cama ajena, esa sensación de difusa familiaridad que se le colaba, como un placer más, por la garganta.
Entonces, como tantas otra veces, se levantó y quiso salir en silencio.
Mientras se ataba el cordón del último zapato recordó que aún no había recuperado su reloj. Con sigilo se internó en el pasillo, donde creía haberse despojado de él antes de entrar completamente desnudo en el dormitorio, envuelto en el asedio de las manos de Luis. Sí, allí estaba, junto a la puerta del baño. Decidió entrar a beber un poco de agua y refrescarse la cara antes de salir. La respiración profunda de Luis se escuchaba aún con fuerza, desde el fondo del pasillo. No había peligro.
En oposición a la opulencia de la biblioteca, el baño era más bien espartano, y con cierto aire de suciedad. De un color feucho, daba una fuerte sensación de descuido. Dani se sintió triste en él. Era como si un alma oscura e invisible lo habitara. Sobre la estantería de cristal, lleno de polvo, un bote de gomina de la más barata, una colonia de marca impronunciable y un tubo de pasta dentífrica retorcido. En un vaso de plástico amarillo, dos cepillos de dientes. Nada más. Le pareció inhóspita aquella visión, casi asfixiante, y salió de allí sin haber abierto el grifo. Tomó su chaqueta y abrió la puerta muy despacio. Antes de salir, mientras cerraba muy despacito la puerta, sintió que el fondo del pasillo se hacía la luz. Luis debía haberse despertado. Se quedó quieto un par de segundos, esperando oír su voz, o algún ruido. Pero nada, el silencio no se rompió. Encajó la puerta suavemente y salió escaleras abajo, como poseído por una prisa extraña.
Al salir a la calle observó que el cielo comenzaba a clarear. Se sintió casi como una especie de hombre lobo, asustado y saciado a la vez. Caminó deprisa hasta la avenida más cercana y tomó un taxi. En el camino a casa, viendo los primeros transeúntes de la mañana acudir a sus trabajos, se sintió ajeno a todo, pero con cierta envidia de la normalidad que comenzaba a llenar la calle. Se olió las manos, que no terminó de enjuagar en el baño aquel. El sexo aún se adivinaba en ellas. Se sintió triste.
Pagó al taxista y subió las escaleras de su casa. Al entrar se quedó pensativo. En seguida decidió que llamaría al trabajo para decir que no se sentía bien, que no lo esperaran. En realidad calculaba que había dormido varias horas, pero se sentía revuelto, incapaz de enfrentarse al resto de la jornada.
Han pasado unos minutos. Ahora está sentado en el sofá y se vuelve a oler las manos. La imagen de la biblioteca de la casa donde acaba de estar le persigue por la mente desde que salió de allí. El libro de pastas de colores, los folletos y periódicos de arte, las postales de cuadros extraños. Todo le da vueltas en la cabeza. Y el olor de ese chico, Luis, o como se llame, que no se va de las manos. Tampoco quiere lavárselas. El cansancio comienza a invadirle y camina hasta el dormitorio. Pero se detiene ante su ordenador. Lo enciende y teclea la clave de su nick para entrar al chat de búsqueda de sexo. Es muy temprano, piensa, pero alguien habrá. Y con las pestañas cargadas de sueño comienza a teclear las mismas frases de siempre. Entonces, como bajo los efectos de una goma de borrar, los libros, las caras de los transeúntes por la mañana, los cepillos de dientes en el vaso de plástico... comienzan todos a borrarse. Y también, con ellos, se borra el olor de Luis. Poco a poco también su rostro, y sus caricias, y esa sensación de bienestar que tuvo durante el instante en que se durmió sobre él. La lujuria toma de nuevo el poder, y en breve correrá de nuevo a satisfacerlo. Dani aún no lo sabe, pero hoy, ese libro de colores sobre el que dejó el calcetín izquierdo, no se le podrá borrar de la cabeza con goma alguna.
Éste de hoy, sin embargo, no le parecía igual que los otros (que los otros que vivían en casas llenas de libros, claro). No dijo nada extraño ni le habló de temas que le sonaran a chino. Le habló directamente de sus intenciones, y en la escasa conversación que mantuvieron hasta llegar a la cama, hasta comentó varios programas basura de la televisión. En la cama se comportó como un animal. Aún dormía mientras Dani pensaba todas estas cosas aprisa, al tiempo que se ponía los vaqueros, aún arrugados tras varias horas hechos una bola sobre el parquet.
Quizá no era su casa, sino la de algún amigo. No había fotos en las estanterías. En realidad Dani no conocía de nada a aquel chico. Luis, le había dicho que se llamaba. Tenía la cara triste. La mayoría de los tristes tienen libros en su casa. Pero era tan atractivo, que no le importó aquella melancolía que tenía su rostro.
Su piel le había encantado, sobre todo cuando se quedó dormido sobre su hombro, tras el orgasmo. Su respiración, la temperatura tibia, el olor, era todo tan balsámico. Pero cuando abrió los ojos y sintió que aún no se había hecho de día, Dani volvió a sentir ese peso en el pecho. El pavor de despertarse junto a un desconocido, la extrañeza de un abrazo en una cama ajena, esa sensación de difusa familiaridad que se le colaba, como un placer más, por la garganta.
Entonces, como tantas otra veces, se levantó y quiso salir en silencio.
Mientras se ataba el cordón del último zapato recordó que aún no había recuperado su reloj. Con sigilo se internó en el pasillo, donde creía haberse despojado de él antes de entrar completamente desnudo en el dormitorio, envuelto en el asedio de las manos de Luis. Sí, allí estaba, junto a la puerta del baño. Decidió entrar a beber un poco de agua y refrescarse la cara antes de salir. La respiración profunda de Luis se escuchaba aún con fuerza, desde el fondo del pasillo. No había peligro.
En oposición a la opulencia de la biblioteca, el baño era más bien espartano, y con cierto aire de suciedad. De un color feucho, daba una fuerte sensación de descuido. Dani se sintió triste en él. Era como si un alma oscura e invisible lo habitara. Sobre la estantería de cristal, lleno de polvo, un bote de gomina de la más barata, una colonia de marca impronunciable y un tubo de pasta dentífrica retorcido. En un vaso de plástico amarillo, dos cepillos de dientes. Nada más. Le pareció inhóspita aquella visión, casi asfixiante, y salió de allí sin haber abierto el grifo. Tomó su chaqueta y abrió la puerta muy despacio. Antes de salir, mientras cerraba muy despacito la puerta, sintió que el fondo del pasillo se hacía la luz. Luis debía haberse despertado. Se quedó quieto un par de segundos, esperando oír su voz, o algún ruido. Pero nada, el silencio no se rompió. Encajó la puerta suavemente y salió escaleras abajo, como poseído por una prisa extraña.
Al salir a la calle observó que el cielo comenzaba a clarear. Se sintió casi como una especie de hombre lobo, asustado y saciado a la vez. Caminó deprisa hasta la avenida más cercana y tomó un taxi. En el camino a casa, viendo los primeros transeúntes de la mañana acudir a sus trabajos, se sintió ajeno a todo, pero con cierta envidia de la normalidad que comenzaba a llenar la calle. Se olió las manos, que no terminó de enjuagar en el baño aquel. El sexo aún se adivinaba en ellas. Se sintió triste.
Pagó al taxista y subió las escaleras de su casa. Al entrar se quedó pensativo. En seguida decidió que llamaría al trabajo para decir que no se sentía bien, que no lo esperaran. En realidad calculaba que había dormido varias horas, pero se sentía revuelto, incapaz de enfrentarse al resto de la jornada.
Han pasado unos minutos. Ahora está sentado en el sofá y se vuelve a oler las manos. La imagen de la biblioteca de la casa donde acaba de estar le persigue por la mente desde que salió de allí. El libro de pastas de colores, los folletos y periódicos de arte, las postales de cuadros extraños. Todo le da vueltas en la cabeza. Y el olor de ese chico, Luis, o como se llame, que no se va de las manos. Tampoco quiere lavárselas. El cansancio comienza a invadirle y camina hasta el dormitorio. Pero se detiene ante su ordenador. Lo enciende y teclea la clave de su nick para entrar al chat de búsqueda de sexo. Es muy temprano, piensa, pero alguien habrá. Y con las pestañas cargadas de sueño comienza a teclear las mismas frases de siempre. Entonces, como bajo los efectos de una goma de borrar, los libros, las caras de los transeúntes por la mañana, los cepillos de dientes en el vaso de plástico... comienzan todos a borrarse. Y también, con ellos, se borra el olor de Luis. Poco a poco también su rostro, y sus caricias, y esa sensación de bienestar que tuvo durante el instante en que se durmió sobre él. La lujuria toma de nuevo el poder, y en breve correrá de nuevo a satisfacerlo. Dani aún no lo sabe, pero hoy, ese libro de colores sobre el que dejó el calcetín izquierdo, no se le podrá borrar de la cabeza con goma alguna.
7 de agosto de 2008
Negro asimétrico
No sé lo que me hizo entrar en su habitación. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que necesitaba respirar su aroma cada vez que le servía el desayuno en la cafetería del hotel. Era un olor que me obsesionaba, que escapaba a mi control. Por ello, estaba seguro de que la habitación olería toda a él, como si su sueño y su cama fueran un frasco de perfume del que nacía esa fragancia que luego se iba desprendiendo de su piel a lo largo del día, pero que nacía ahí, junto a las sábanas. Cada mañana al inclinarme para dejar la taza sobre la mesa me fijaba en su cuello, de piel blanquísima, con dos o tres pecas alineadas, como una señal. Respiraba discreta pero profundamente y escuchaba su gracias, seco y contundente, sin ningún atisbo de necesidad de comunicación.
Fue mientras recordaba esto cuando reparé en el cuaderno. Estaba en la mesilla, perfectamente colocado, siguiendo el contorno del borde. Era un moleskine de color negro, cerrado con una goma también negra. En ese momento no había nadie en el pasillo. Los huéspedes habían salido y las limpiadoras se afanaban aún en el primer piso. La habitación estaba perfectamente recogida, no se veía ropa ni desorden alguno. La cama, sólo arrugada un poco, deba la impresión más bien de que hubieran dormido sobre ella, sin deshacerla. Me acerqué un poco más. El olor, aquel olor, me rodeó. Entonces lo tomé en mis manos y acaricié lentamente sus pastas negras y suaves. Su suavidad era como la continuación de ese aroma que casi me mareaba. Quise abrirlo, pero no pude. Sin embargo un impulso extraño me llevó a tomarlo entre mis manos y deslizarlo debajo de mi chaqueta. Así, con él en mi poder, volví a salir de la habitación cerrando la puerta con sigilo. Mientras me alejaba por el pasillo, sentí como su olor se iba desvaneciendo poco a poco.
Jorge Z. L. Así constaba su nombre sobre la hoja de registro. No la hice yo, pero reparé en su presencia al día siguiente de llegar, nada más cruzó el pasillo de las escaleras camino de la cafetería. Camiseta negra y pantalones estrechos, de color gris. Gafas de sol, a pesar de la relativa oscuridad. Y su voz, circunspecta y escueta, pidiendo un café solo y una rebanada de pan tostado. Después, tras beber el café de un sorbo, aquel cuaderno negro que abría y sobre el que dejaba caer su mirada durante larguísimos minutos, apuntando alguna breve palabra o garabato al margen.
No sé qué hace nacer la fascinación por las personas. Tampoco si se reproduce o tiene algún patrón común. Creo más bien que es algo insondable y que responde a todas esas necesidades que pasan inadvertidas a nuestra razón. Como un cuchillo de hoja dentada que espera nuestros momentos de vulnerabilidad para hundirse hasta los más oscuros objetos de nuestro deseo, provocado por algún reflejo de ese mismo deseo desconocido que no podemos controlar.
La fascinación nace con excusas que nos sorprenden, que nunca adivinaríamos, pero que nos sobrecogen, como una imagen de todo lo que desconocemos de nosotros mismos. Así lo hizo conmigo, en la forma de cerrar y abrir aquel cuaderno, en cómo dejaba los objetos sobre la mesa, como si calculara escrupulosamente la posición de cada uno, pero sobre todo en ese olor que quedaba cuando se marchaba, esbozando una media sonrisa.
Durante toda la mañana el cuaderno permaneció junto a mi pecho, y no veía el momento de llegar a casa para tomarlo de nuevo entre mis dedos. Sin embargo, poco a poco, las dudas me fueron consumiendo y empecé a mortificarme por mi comportamiento. Ciertamente no estaba bien haber hecho una cosa así. No tenía ningún derecho, estaba abusando claramente de mi trabajo. Lo sabía, estaba absolutamente seguro, pero mi mente era incapaz de ordenar a mi cuerpo que deshiciese lo que había hecho. Mi cuerpo no luchaba, mi cuerpo más bien desoía, pues sólo deseaba poseer aquel cuaderno. Al llegar a casa así lo intentó. Y no sé qué me retuvo cuando entre las yemas de mis dedos la gomilla estaba a punto de abrir aquellas páginas. Simplemente no lo abrí. Lo olí profundamente y la turbación de su aroma me excitó sobremanera, como si de una droga insospechadamente eficaz se tratara. Mi erección no se hizo esperar. En principio intenté apaciguarla pero mi deseo se derramaba sin poder evitarlo como en olas gigantes sobre mi mano que corrió a acariciarlo con violencia, con esa necesidad ciega del placer corrupto de la intimidad.
Miguel, el más veterano recepcionista, me había dicho que llevaba 3 años viniendo por aquellas fechas y que siempre se alojaba en la misma habitación. También fue él quien me comentó que coleccionaba esas bolas de cristal que al agitarse reproducen copos de nieve al caer y que se venden como souvenirs turísticos. Los iba adquiriendo allí donde iba, y los enviaba siempre por correo a casa, cuidadosamente envueltas en pequeñas cajitas de cartón. Para las que envió aquellos años que coincidí con él en el hotel me pidió ayuda a mí. Yo mismo las llevé a la oficina de correos y las certifiqué rumbo a aquel apartado de correos de Madrid.
Él no demostró nunca ningún interés especial en entablar conversación conmigo, ni siquiera en prolongar la charla nunca más allá de lo estrictamente laboral. Tampoco pude saber de qué manera me observaba ya que no pude ver su mirada tras las gafas oscuras que nunca se quitó.
Todo era tan extraño en torno a Jorge que mi interés por él se multiplicaba día a día. Aquel cuaderno negro se convirtió en la clave de todo, y así terminé obsesionándome hasta que aquella mañana me apropié de él.
Jorge nunca reclamó el cuaderno negro. La mañana que se marchó y al hacerlo le pregunté si estaba seguro de no haber dejado nada en la habitación. Solía hacerlo con los huéspedes que se quedaban más de dos o tres días. Me dijo que no, sin más explicaciones. Lo cierto es que ningún año más volvió al Hotel. Yo, pasados unos días de su partida, pensé en enviar el cuaderno a aquel apartado de correos, donde intuí que lo recibiría él o alguien que podría devolvérselo. Estaba arrepentido y de todas formas no había conseguido abrirlo, siempre me detenía antes de hacerlo. Su perfume, no obstante, me conducía inevitablemente a intensas fantasías mientras me masturbaba. No, nunca llegué a enviarlo. Pero tampoco a abrirlo.
Poco a poco me fui olvidando y con los años terminé dejando aquel trabajo y aquella pequeña ciudad de provincias al lado del mar. También dejé de usar el aroma del cuaderno para excitarme. Supongo que mi deseo se fue apaciguando. Pero lo cierto es que no he vuelto a sentirlo así, con tal fuerza e irracionalidad.
Hace unos años me volví a encontrar con él. Aquí, en Madrid. Llevaba años ganándose la vida como fotógrafo con no poco éxito. Ya era famoso cuando acudía al hotel, pero yo lo ignoraba.
No me gusta mucho la fotografía, pero el cartel de una de sus retrospectivas me llamó la atención cuando lo vi por la calle. En ella, una de aquellas bolas de nieve posaba en el borde de una ventana desde la que se divisaba el mar. La perspectiva, dejaba ver también algo del interior de la estancia donde sobre una mesilla descansaba, apenas imperceptible, una libreta negra. Reconocí todo en seguida. La habitación del hotel, la bola de nieve, el cuaderno... Bajo la foto, la leyenda Jorge Z, Antología. La inauguración era esa misma tarde. Decidí que quería ir, por curiosidad. Pero antes quería pasar por casa para buscar aquella libreta de la que me apoderé sin saber muy bien por qué. Me costó un buen rato. Tras varias mudanzas le había perdido la pista. Al final apareció. Lo primero que hice fue intentar aspirar su olor. Seguía conservando un levísimo aroma. Aquel aroma que tantos momentos de placer me había proporcionado. Sentí unas ganas terribles de abrirlo pero una vez más, como todas las otras, no pude.
Jorge apareció a última hora a su propia inauguración. Solo y provisto de sus gafas de sol, como la última vez. Era como si estos años no hubiesen pasado por él, seguía igual de atractivo que entonces. La soledad y el secreto parecían rodearle aún. Casi nadie se acercaba a él, y los que lo hacían, le felicitaban brevemente y se alejaban después. Yo, sin embargo, me propuse seducirle. No me reconoció, como imaginé. Es curioso, su olor, aquel olor, al aproximarme, no me dijo nada. Comencé a hablar con él y me di cuenta de que no me reconocía. Con sorpresa descubrí que no me resultaba difícil acercarme a él ni entrar cada vez más en confianza. La cosa terminó en una noche de desenfreno y varias copas de más. Terminamos en su casa donde por fin se quitó las gafas. Su mirada no tenía nada de especial. Era más bien inexpresiva. Comencé a besarle y fui consciente de que no sentía atracción alguna por él. Era extraño, igual que la fuerza que me impedía abrir el cuaderno negro, pero no pude evitar seguir besándole y buscando el calor con mi mano bajo su ropa. Él si parecía desearme. No entendía lo que estaba pasando. Me bajó los pantalones y acercó su sexo al mío. Yo no tenía erección ninguna. Nada, no podía seguir adelante. Él se agachó e intentó excitarme con su lengua. Parecía desatado en su pasión. Fue entonces cuando tuve que pedirle que paráramos. Intenté no ser demasiado brusco, pero creo que sí lo fui un poco final. Nos tiramos ambos sobre el sofá, semidesnudos. Él acercó su nariz a mi cuello y aspiró profundamente.
- Me vuelve loco cómo hueles.
Me pareció raro, casi una broma.
Fue entonces cuando decidí decirle la verdad.
- En realidad nos conocemos.
- ¿Por trabajo? No me suena.
- No... Bueno, fue hace unos años ya. Cuando solías ir al hotel Roma.
-¡Ah! Sí, hace años que no voy. En realidad no me gusta mucho ese lugar.
- Trabajaba allí, sé que ibas con frecuencia. Todos los años...
- Sí fui durante algunos años, pero... No, no te recuerdo
- Da igual, lo imaginaba. En realidad quería conocerte porque tengo algo tuyo
- ¿Algo mío?
Su voz sonaba con sorpresa, pero también con inquietud, la misma que había tenido yo en torno a él todos estos años y que sin embargo parecía estar ahora evaporándose.
Le hablé del cuaderno, de cómo no había podido resistir la tentación de tomarlo aquel último año, de cómo me había arrepentido, y de la misteriosa fuerza que me había impedido devolvérselo hasta hoy.
- Tampoco he podido abrirlo nunca. Pensé que leyéndolo averiguaría algo más de ti, de tu extrañeza, de todo ese misterio que veía en ti.
- ¿Es que ya no lo ves?
- Ahora te conozco. He hablado contigo, por lo menos. Eso cambia las cosas, ¿no?
- Y por qué has ve...
- Porque vi el cuaderno en la fotografía que anunciaba la exposición. Fue como una especie de resorte.
- ¿Sabes una cosa? En realidad, aunque no me acuerde de ti sí que recuerdo bien el Hotel Roma.
Yo no estaba bien en aquellos años. Necesitaba cambiar... El cuaderno, en el fondo, lo dejé conscientemente allí, en la habitación. Me extrañó que nadie me llamase para decirme que lo había dejado olvidado. En el fondo no lo quería. ¿Sabes? Tampoco era mío. En realidad yo también lo había robado.
Fui hasta la silla donde descansaba mi ropa y lo saqué. Él lo miró como con miedo un segundo y apartó la mirada.
- No, yo no lo quiero. De verdad, tíralo, destrúyelo, léelo, haz lo que quieras con él, pero apártalo de mi vista, te lo ruego. Es tuyo ahora
Me sentía extraño ahora con él en las manos, como dueño de un secreto que no me pertenecía.
- Dime al menos de quién es.
- No puedo... No quiero, en realidad no nos conocemos de nada.
- Pero... llevo años con él, y he llegado a ti de nuevo. Debe haber alguna razón, ¿no? No me puedes dejar así.
- Ese cuaderno fue el objeto de mi obsesión durante años. Todos los que acudí al hotel Roma. A su dueño lo conocí el primer año que fui.
- ¿Allí?
- Sí, allí... Fue una historia extraña. Terminó rápido, él no me quería. Pero, al igual que tú, sentí la necesidad de robar el cuaderno. No me preguntes por qué, me es muy difícil de explicar. La diferencia es que yo sí lo abrí. Abrí el cuaderno y quedé hipnotizado por lo que había en él
- ¿Qué era? ¿Qué es lo que hay ahí escrito? Dime
- Es tuyo, puedes comprobarlo tú. Es posible que a ti no te digan nada las palabras que hay ahí dentro, pero a mí me llenaron de deseo. A él no le volví a ver, claro. Y más después de lo que había hecho yo. Pero continué deseándole mucho tiempo. De hecho cada año volvía al hotel como una especie de exorcismo. Necesitaba olvidarle y olvidar nuestra historia. Pensaba que quemándolo podría hacerlo desaparecer. Pero en el fondo no era más que una excusa para cada año volver al mismo sitio donde le conocí y atormentarme con los recuerdos. Así año tras año, hasta que al final tuve fuerzas para terminar. No lo pude quemar, pero lo dejé olvidado adrede. Era ese resquicio que mi debilidad necesitaba. Ahora hace años que ya no me importa nada. Hasta he sido capaz de usar de nuevo una foto en la que aparece ese cuaderno. ¿Sabes? Era como una especie de reto, de pulso al destino. Y no quiero perderlo. Por favor, vete, no quiero perderlo...
No sabía qué contestar. Sobrecogido por sus repentinas lágrimas, sin una pregunta más que hacerme ni hacerle yo a él, recogí mi ropa y salí despacio, con el cuaderno en la mano. Al cerrar la puerta respiré hondo, como aliviado, casi como si saliera de una pesadilla. Me daba pena Jorge, pero al mismo tiempo era consciente de su fuerza, de cómo cuando hacía años lo había imaginado frío y misterioso, era en realidad alguien débil y lleno de tristeza. Y de cómo ahora acababa de dejarle llorando en un acto que sin embargo demostraba en el fondo una tremenda fuerza personal, una inmensa valentía por su parte.
Después pensé en todo ese deseo mío de años atrás que se dirigía en realidad hacía algo inexistente. Y en esa otra persona cuyas letras encerradas habían trastornado de alguna forma la vida de varias personas. Aquel cuaderno que tenía yo entre mis manos tenía algo extraño, como un exorcismo. En la calle se levantó viento de repente. Y yo sentí que debía abrirlo de una vez y desvelar su secreto. Suponía que cabía la posibilidad de que no me hiciese ningún efecto, de que me resultase indiferente. Pero necesitaba poner punto final a la historia de aquel desdichado cuaderno negro.
Cuando pasados unos interminables minutos por fin deslicé la goma de aquel moleskine, me encontré con la mayor sorpresa de toda mi vida.
En sus páginas reconocí en seguida mi propia escritura. Palabras y palabras salidas de mi mano hacía muchos, muchísimos años. Pequeños poemas y reflexiones. Algunas confesiones también, pero todo muy vago. Pertenecían al tiempo en que no me atrevía a llamar a todo por su verdadero nombre. Era uno de mis cuadernos moleskine de primera juventud. Nunca lo había echado en falta. Lo imaginaba en casa de mis padres, con todas mis cosas de cuando vivía allí. Cosas que hacía muchísimos años que no revisaba, que creo que llevé en alguna mudanza porque no me cabían o me estorbaban. Mis manos temblaban, y mis ojos hacían el ejercicio de buscar la época en la que fueron escritos. La intensidad de las palabras no ofrecía dudas. Fue la época de mi gran primer desamor. Sentimientos que supongo debí querer olvidar y que por ello desterré también al olvido. En ese momento volvían sin saber yo que se habían ido.
En los márgenes, como notas crípticas, como pequeñas oraciones, se repetía interminablemente un nombre escrito a lápiz una y otra vez. No era el mío. Tampoco era mi letra.
Y al final del cuaderno, como un presagio, escrito también en tinta negra la siguiente frase:
"todas las palabras se escapan como en globos de helio. Nada queda, ni el eco de la voz en las paredes del alma. Las palabras vuelan y se esconden durante vidas enteras y, de repente, precipitan como copos de nieve para tocar nuevas vidas, pero son las mismas con otra piel. Y el dardo siempre es asimétrico. Y las palabras retoman su vuelo otra vez, pero el deseo vaga interminablemente de una piel a otra hasta que al fin se ahoga bajo las aguas"
Las primeras gotas de lluvia emborronaron aquella última frase hasta hacerla ilegible. Yo me quedé mucho rato bajo la tormenta, aguantando el frío,.esperando pacientemente hasta que el agua deshizo cada una de las palabras. Todas corrieron calle abajo, en un pequeño hilo negro de tinta, hasta la cloaca más cercana. Aquellas últimas, sin embargo, no he podido olvidarlas jamás.
Fue mientras recordaba esto cuando reparé en el cuaderno. Estaba en la mesilla, perfectamente colocado, siguiendo el contorno del borde. Era un moleskine de color negro, cerrado con una goma también negra. En ese momento no había nadie en el pasillo. Los huéspedes habían salido y las limpiadoras se afanaban aún en el primer piso. La habitación estaba perfectamente recogida, no se veía ropa ni desorden alguno. La cama, sólo arrugada un poco, deba la impresión más bien de que hubieran dormido sobre ella, sin deshacerla. Me acerqué un poco más. El olor, aquel olor, me rodeó. Entonces lo tomé en mis manos y acaricié lentamente sus pastas negras y suaves. Su suavidad era como la continuación de ese aroma que casi me mareaba. Quise abrirlo, pero no pude. Sin embargo un impulso extraño me llevó a tomarlo entre mis manos y deslizarlo debajo de mi chaqueta. Así, con él en mi poder, volví a salir de la habitación cerrando la puerta con sigilo. Mientras me alejaba por el pasillo, sentí como su olor se iba desvaneciendo poco a poco.
Jorge Z. L. Así constaba su nombre sobre la hoja de registro. No la hice yo, pero reparé en su presencia al día siguiente de llegar, nada más cruzó el pasillo de las escaleras camino de la cafetería. Camiseta negra y pantalones estrechos, de color gris. Gafas de sol, a pesar de la relativa oscuridad. Y su voz, circunspecta y escueta, pidiendo un café solo y una rebanada de pan tostado. Después, tras beber el café de un sorbo, aquel cuaderno negro que abría y sobre el que dejaba caer su mirada durante larguísimos minutos, apuntando alguna breve palabra o garabato al margen.
No sé qué hace nacer la fascinación por las personas. Tampoco si se reproduce o tiene algún patrón común. Creo más bien que es algo insondable y que responde a todas esas necesidades que pasan inadvertidas a nuestra razón. Como un cuchillo de hoja dentada que espera nuestros momentos de vulnerabilidad para hundirse hasta los más oscuros objetos de nuestro deseo, provocado por algún reflejo de ese mismo deseo desconocido que no podemos controlar.
La fascinación nace con excusas que nos sorprenden, que nunca adivinaríamos, pero que nos sobrecogen, como una imagen de todo lo que desconocemos de nosotros mismos. Así lo hizo conmigo, en la forma de cerrar y abrir aquel cuaderno, en cómo dejaba los objetos sobre la mesa, como si calculara escrupulosamente la posición de cada uno, pero sobre todo en ese olor que quedaba cuando se marchaba, esbozando una media sonrisa.
Durante toda la mañana el cuaderno permaneció junto a mi pecho, y no veía el momento de llegar a casa para tomarlo de nuevo entre mis dedos. Sin embargo, poco a poco, las dudas me fueron consumiendo y empecé a mortificarme por mi comportamiento. Ciertamente no estaba bien haber hecho una cosa así. No tenía ningún derecho, estaba abusando claramente de mi trabajo. Lo sabía, estaba absolutamente seguro, pero mi mente era incapaz de ordenar a mi cuerpo que deshiciese lo que había hecho. Mi cuerpo no luchaba, mi cuerpo más bien desoía, pues sólo deseaba poseer aquel cuaderno. Al llegar a casa así lo intentó. Y no sé qué me retuvo cuando entre las yemas de mis dedos la gomilla estaba a punto de abrir aquellas páginas. Simplemente no lo abrí. Lo olí profundamente y la turbación de su aroma me excitó sobremanera, como si de una droga insospechadamente eficaz se tratara. Mi erección no se hizo esperar. En principio intenté apaciguarla pero mi deseo se derramaba sin poder evitarlo como en olas gigantes sobre mi mano que corrió a acariciarlo con violencia, con esa necesidad ciega del placer corrupto de la intimidad.
Miguel, el más veterano recepcionista, me había dicho que llevaba 3 años viniendo por aquellas fechas y que siempre se alojaba en la misma habitación. También fue él quien me comentó que coleccionaba esas bolas de cristal que al agitarse reproducen copos de nieve al caer y que se venden como souvenirs turísticos. Los iba adquiriendo allí donde iba, y los enviaba siempre por correo a casa, cuidadosamente envueltas en pequeñas cajitas de cartón. Para las que envió aquellos años que coincidí con él en el hotel me pidió ayuda a mí. Yo mismo las llevé a la oficina de correos y las certifiqué rumbo a aquel apartado de correos de Madrid.
Él no demostró nunca ningún interés especial en entablar conversación conmigo, ni siquiera en prolongar la charla nunca más allá de lo estrictamente laboral. Tampoco pude saber de qué manera me observaba ya que no pude ver su mirada tras las gafas oscuras que nunca se quitó.
Todo era tan extraño en torno a Jorge que mi interés por él se multiplicaba día a día. Aquel cuaderno negro se convirtió en la clave de todo, y así terminé obsesionándome hasta que aquella mañana me apropié de él.
Jorge nunca reclamó el cuaderno negro. La mañana que se marchó y al hacerlo le pregunté si estaba seguro de no haber dejado nada en la habitación. Solía hacerlo con los huéspedes que se quedaban más de dos o tres días. Me dijo que no, sin más explicaciones. Lo cierto es que ningún año más volvió al Hotel. Yo, pasados unos días de su partida, pensé en enviar el cuaderno a aquel apartado de correos, donde intuí que lo recibiría él o alguien que podría devolvérselo. Estaba arrepentido y de todas formas no había conseguido abrirlo, siempre me detenía antes de hacerlo. Su perfume, no obstante, me conducía inevitablemente a intensas fantasías mientras me masturbaba. No, nunca llegué a enviarlo. Pero tampoco a abrirlo.
Poco a poco me fui olvidando y con los años terminé dejando aquel trabajo y aquella pequeña ciudad de provincias al lado del mar. También dejé de usar el aroma del cuaderno para excitarme. Supongo que mi deseo se fue apaciguando. Pero lo cierto es que no he vuelto a sentirlo así, con tal fuerza e irracionalidad.
Hace unos años me volví a encontrar con él. Aquí, en Madrid. Llevaba años ganándose la vida como fotógrafo con no poco éxito. Ya era famoso cuando acudía al hotel, pero yo lo ignoraba.
No me gusta mucho la fotografía, pero el cartel de una de sus retrospectivas me llamó la atención cuando lo vi por la calle. En ella, una de aquellas bolas de nieve posaba en el borde de una ventana desde la que se divisaba el mar. La perspectiva, dejaba ver también algo del interior de la estancia donde sobre una mesilla descansaba, apenas imperceptible, una libreta negra. Reconocí todo en seguida. La habitación del hotel, la bola de nieve, el cuaderno... Bajo la foto, la leyenda Jorge Z, Antología. La inauguración era esa misma tarde. Decidí que quería ir, por curiosidad. Pero antes quería pasar por casa para buscar aquella libreta de la que me apoderé sin saber muy bien por qué. Me costó un buen rato. Tras varias mudanzas le había perdido la pista. Al final apareció. Lo primero que hice fue intentar aspirar su olor. Seguía conservando un levísimo aroma. Aquel aroma que tantos momentos de placer me había proporcionado. Sentí unas ganas terribles de abrirlo pero una vez más, como todas las otras, no pude.
Jorge apareció a última hora a su propia inauguración. Solo y provisto de sus gafas de sol, como la última vez. Era como si estos años no hubiesen pasado por él, seguía igual de atractivo que entonces. La soledad y el secreto parecían rodearle aún. Casi nadie se acercaba a él, y los que lo hacían, le felicitaban brevemente y se alejaban después. Yo, sin embargo, me propuse seducirle. No me reconoció, como imaginé. Es curioso, su olor, aquel olor, al aproximarme, no me dijo nada. Comencé a hablar con él y me di cuenta de que no me reconocía. Con sorpresa descubrí que no me resultaba difícil acercarme a él ni entrar cada vez más en confianza. La cosa terminó en una noche de desenfreno y varias copas de más. Terminamos en su casa donde por fin se quitó las gafas. Su mirada no tenía nada de especial. Era más bien inexpresiva. Comencé a besarle y fui consciente de que no sentía atracción alguna por él. Era extraño, igual que la fuerza que me impedía abrir el cuaderno negro, pero no pude evitar seguir besándole y buscando el calor con mi mano bajo su ropa. Él si parecía desearme. No entendía lo que estaba pasando. Me bajó los pantalones y acercó su sexo al mío. Yo no tenía erección ninguna. Nada, no podía seguir adelante. Él se agachó e intentó excitarme con su lengua. Parecía desatado en su pasión. Fue entonces cuando tuve que pedirle que paráramos. Intenté no ser demasiado brusco, pero creo que sí lo fui un poco final. Nos tiramos ambos sobre el sofá, semidesnudos. Él acercó su nariz a mi cuello y aspiró profundamente.
- Me vuelve loco cómo hueles.
Me pareció raro, casi una broma.
Fue entonces cuando decidí decirle la verdad.
- En realidad nos conocemos.
- ¿Por trabajo? No me suena.
- No... Bueno, fue hace unos años ya. Cuando solías ir al hotel Roma.
-¡Ah! Sí, hace años que no voy. En realidad no me gusta mucho ese lugar.
- Trabajaba allí, sé que ibas con frecuencia. Todos los años...
- Sí fui durante algunos años, pero... No, no te recuerdo
- Da igual, lo imaginaba. En realidad quería conocerte porque tengo algo tuyo
- ¿Algo mío?
Su voz sonaba con sorpresa, pero también con inquietud, la misma que había tenido yo en torno a él todos estos años y que sin embargo parecía estar ahora evaporándose.
Le hablé del cuaderno, de cómo no había podido resistir la tentación de tomarlo aquel último año, de cómo me había arrepentido, y de la misteriosa fuerza que me había impedido devolvérselo hasta hoy.
- Tampoco he podido abrirlo nunca. Pensé que leyéndolo averiguaría algo más de ti, de tu extrañeza, de todo ese misterio que veía en ti.
- ¿Es que ya no lo ves?
- Ahora te conozco. He hablado contigo, por lo menos. Eso cambia las cosas, ¿no?
- Y por qué has ve...
- Porque vi el cuaderno en la fotografía que anunciaba la exposición. Fue como una especie de resorte.
- ¿Sabes una cosa? En realidad, aunque no me acuerde de ti sí que recuerdo bien el Hotel Roma.
Yo no estaba bien en aquellos años. Necesitaba cambiar... El cuaderno, en el fondo, lo dejé conscientemente allí, en la habitación. Me extrañó que nadie me llamase para decirme que lo había dejado olvidado. En el fondo no lo quería. ¿Sabes? Tampoco era mío. En realidad yo también lo había robado.
Fui hasta la silla donde descansaba mi ropa y lo saqué. Él lo miró como con miedo un segundo y apartó la mirada.
- No, yo no lo quiero. De verdad, tíralo, destrúyelo, léelo, haz lo que quieras con él, pero apártalo de mi vista, te lo ruego. Es tuyo ahora
Me sentía extraño ahora con él en las manos, como dueño de un secreto que no me pertenecía.
- Dime al menos de quién es.
- No puedo... No quiero, en realidad no nos conocemos de nada.
- Pero... llevo años con él, y he llegado a ti de nuevo. Debe haber alguna razón, ¿no? No me puedes dejar así.
- Ese cuaderno fue el objeto de mi obsesión durante años. Todos los que acudí al hotel Roma. A su dueño lo conocí el primer año que fui.
- ¿Allí?
- Sí, allí... Fue una historia extraña. Terminó rápido, él no me quería. Pero, al igual que tú, sentí la necesidad de robar el cuaderno. No me preguntes por qué, me es muy difícil de explicar. La diferencia es que yo sí lo abrí. Abrí el cuaderno y quedé hipnotizado por lo que había en él
- ¿Qué era? ¿Qué es lo que hay ahí escrito? Dime
- Es tuyo, puedes comprobarlo tú. Es posible que a ti no te digan nada las palabras que hay ahí dentro, pero a mí me llenaron de deseo. A él no le volví a ver, claro. Y más después de lo que había hecho yo. Pero continué deseándole mucho tiempo. De hecho cada año volvía al hotel como una especie de exorcismo. Necesitaba olvidarle y olvidar nuestra historia. Pensaba que quemándolo podría hacerlo desaparecer. Pero en el fondo no era más que una excusa para cada año volver al mismo sitio donde le conocí y atormentarme con los recuerdos. Así año tras año, hasta que al final tuve fuerzas para terminar. No lo pude quemar, pero lo dejé olvidado adrede. Era ese resquicio que mi debilidad necesitaba. Ahora hace años que ya no me importa nada. Hasta he sido capaz de usar de nuevo una foto en la que aparece ese cuaderno. ¿Sabes? Era como una especie de reto, de pulso al destino. Y no quiero perderlo. Por favor, vete, no quiero perderlo...
No sabía qué contestar. Sobrecogido por sus repentinas lágrimas, sin una pregunta más que hacerme ni hacerle yo a él, recogí mi ropa y salí despacio, con el cuaderno en la mano. Al cerrar la puerta respiré hondo, como aliviado, casi como si saliera de una pesadilla. Me daba pena Jorge, pero al mismo tiempo era consciente de su fuerza, de cómo cuando hacía años lo había imaginado frío y misterioso, era en realidad alguien débil y lleno de tristeza. Y de cómo ahora acababa de dejarle llorando en un acto que sin embargo demostraba en el fondo una tremenda fuerza personal, una inmensa valentía por su parte.
Después pensé en todo ese deseo mío de años atrás que se dirigía en realidad hacía algo inexistente. Y en esa otra persona cuyas letras encerradas habían trastornado de alguna forma la vida de varias personas. Aquel cuaderno que tenía yo entre mis manos tenía algo extraño, como un exorcismo. En la calle se levantó viento de repente. Y yo sentí que debía abrirlo de una vez y desvelar su secreto. Suponía que cabía la posibilidad de que no me hiciese ningún efecto, de que me resultase indiferente. Pero necesitaba poner punto final a la historia de aquel desdichado cuaderno negro.
Cuando pasados unos interminables minutos por fin deslicé la goma de aquel moleskine, me encontré con la mayor sorpresa de toda mi vida.
En sus páginas reconocí en seguida mi propia escritura. Palabras y palabras salidas de mi mano hacía muchos, muchísimos años. Pequeños poemas y reflexiones. Algunas confesiones también, pero todo muy vago. Pertenecían al tiempo en que no me atrevía a llamar a todo por su verdadero nombre. Era uno de mis cuadernos moleskine de primera juventud. Nunca lo había echado en falta. Lo imaginaba en casa de mis padres, con todas mis cosas de cuando vivía allí. Cosas que hacía muchísimos años que no revisaba, que creo que llevé en alguna mudanza porque no me cabían o me estorbaban. Mis manos temblaban, y mis ojos hacían el ejercicio de buscar la época en la que fueron escritos. La intensidad de las palabras no ofrecía dudas. Fue la época de mi gran primer desamor. Sentimientos que supongo debí querer olvidar y que por ello desterré también al olvido. En ese momento volvían sin saber yo que se habían ido.
En los márgenes, como notas crípticas, como pequeñas oraciones, se repetía interminablemente un nombre escrito a lápiz una y otra vez. No era el mío. Tampoco era mi letra.
Y al final del cuaderno, como un presagio, escrito también en tinta negra la siguiente frase:
"todas las palabras se escapan como en globos de helio. Nada queda, ni el eco de la voz en las paredes del alma. Las palabras vuelan y se esconden durante vidas enteras y, de repente, precipitan como copos de nieve para tocar nuevas vidas, pero son las mismas con otra piel. Y el dardo siempre es asimétrico. Y las palabras retoman su vuelo otra vez, pero el deseo vaga interminablemente de una piel a otra hasta que al fin se ahoga bajo las aguas"
Las primeras gotas de lluvia emborronaron aquella última frase hasta hacerla ilegible. Yo me quedé mucho rato bajo la tormenta, aguantando el frío,.esperando pacientemente hasta que el agua deshizo cada una de las palabras. Todas corrieron calle abajo, en un pequeño hilo negro de tinta, hasta la cloaca más cercana. Aquellas últimas, sin embargo, no he podido olvidarlas jamás.
9 de abril de 2008
Desmontaje
Mientras la tarde se va apagando Miguel encuentra en el sofá uno de los momentos de inactividad de la semana. Necesita descanso porque en la oficina lleva varias semanas sin tener un minuto libre. O al menos eso es lo que dice a todos. No es que la situación sea para tanto, pero él no para de quejarse, como si así pudiese creerlo. Su acto reflejo de encender la televisión y ver uno tras otro todos los programas de la tarde noche se ha visto abortado, aún no sabe por qué. Desde ese rincón observa el salón en silencio, los muebles de diseño en color claro. El silencio le oprime, sabe que tras él todos esos pensamientos se agolpan esperando cogerle desprevenido. Teme que le asalten así, todos de golpe, enredados, asfixiantes. Toma el mando, todos los objetos de la sala impecablemente colocados en su sitio le observan amenazantes. Es fácil cuando la tele está ya encendida. Pero algo, no sabe bien qué, lo retiene. Se queda mirando la pantalla gris, sintiendo ese leve deseo de la inoperancia. Estoy cansado, se dice, intentando poner un poco de razón al momento.
Laura no ha pasado hoy por casa antes de su clase de yoga. O al menos no ha dejado ninguna nota, ella siempre suele dejarlas cuando no pueden verse. Se levanta, intenta comprobar si se le ha pasado por alto. En la cómoda de la entrada no hay nada. Laura se ha dejado su monedero pequeño junto a la bandeja de las llaves, casi no se ve. Sólo duda un instante, en el fondo no siente demasiada culpa mientras lo toma y abre la minúscula cremallera que lo bordea. Entre las monedas hay varios papeles. Tickets de compra de diferentes tiendas, un par de entradas de cine, la tarjeta del último restaurante donde han cenado. Siempre dejándose cosas por ahí, Laura es un desastre.
Como si no estuviese satisfecho, Miguel examina todo lo que ha sacado. Algo nervioso sí que está. Las monedas al caer sobre la mesa han sonado en la habitación con un estruendo que se le ha instalado en su oído con un incómodo eco. Al abrir una de las entradas de cine lo ve, escrito con una caligrafía torcida y rápida. Un número de teléfono. Lo primero que se le ocurre, como una intuición, es tomar su móvil y marcar las cifras que acaba de leer. Se lo piensa un segundo, pero marca el botón de llamada. En seguida el número se transforma en un nombre. Alfredo parpadea en la pantalla sólo un par de veces antes de que Miguel cuelgue. Un nudo terrible se le ajusta en el estómago y el silencio, sólo roto por sus propios pasos inquietos que han comenzado a caminar de un lado a otro, parece oprimirle más y más a cada segundo. Lo imagina desde hace tiempo. En realidad desde siempre, desde que invitó a Alfredo la primera vez a casa. En aquel momento no supo descifrarlo, pero siempre intuyó que algo extraño se había desencadenado entonces. Quizá hasta ahora no había visto con tanta nitidez que a Laura siempre le había gustado Alfredo. Por aquel entonces había pasado ya mucho tiempo desde que se había acostado con él por última vez. Pensó que había sido algo temporal, aislado. Creyó que llevándolo a casa, haciendo que conociese a Laura, mezclándolo con sus amigos, conseguiría hacer que todo cambiase, borrar aquellas tardes de junio, como si nunca hubiesen sucedido. Se han casi desvanecido ya. Pero hoy, sus sospechas, no teniendo nada que ver con aquello, se lo han hecho recordar con la más cruda de las cercanías. Los celos, ásperos, se apoderan de él, y no es capaz ni de entender de quién ni por qué.
En la calle llueve aún, cada vez con más fuerza. Las gotas alargadas dibujan aristas debajo de las farolas y el ruido, como en sordina, le atraviesa la garganta. Los fantasmas han salido en tropel desde la pantalla inerte del televisor. Ojalá pudiera encenderlo y olvidarse, inventarse que es una tarde cualquiera, como todas las demás, como siempre. Abre la ventana y el ruido de la lluvia entra, esta vez de lleno, invadiendo la habitación. Necesita salir, caminar, mojarse, espantar todos los pensamientos que no quieren huir de su cabeza y que a duras penas consigue esquivar. Sin pensarlo más toma las llaves y sale por la puerta, sin acordarse de cerrar la ventana o apagar las luces. Al girarse para encaminarse al ascensor descubre a Iván que acaba también de salir de su casa. Iván ha llegado tan sólo hace unos meses al edificio. Es joven y bastante aparente, además de tremendamente encantador. De los que lo son de manera inconsciente, como si estuvieran hechos de otra materia, más leve, más divina que la de los demás. Miguel se muestra alterado, incapaz de fingir lo que está sintiendo. Iván no le ha pasado desapercibido nunca, desde el día que llegó. Como con otros muchos hombres, su deseo, a la fuerza apagado, ha pasado a formar parte de esa otra realidad que conforma todo lo que no le sucede. Esa realidad que no existe y que lleva ya alimentando demasiados años sin poder probar.
Entran ambos en el ascensor y Miguel contiene la respiración. El olor corporal de Iván, en la estrechez de la cabina, lo atraviesa. Ambos hacen el gesto de abrir la puerta al llegar a la planta baja y sus manos se tocan al hacerlo. Miguel se queda paralizado. El rumor intenso de la lluvia sobre el portal se escapa a través de los pocos centímetros que se ha abierto la puerta. Iván, extrañado, se queda mirándole fijamente. Su piel es tan suave, casi la puede sentir. Se acerca un poco, pero finalmente abre la puerta del todo y le deja salir. Iván le sonríe, y Miguel le responde con un hasta luego que suena lleno de tristeza. Iván sale rápido, algo extrañado. Otro chico le espera en la puerta y ambos se introducen en un coche que se escapa calle abajo. Miguel sale y deja que las gotas le golpeen y le enfríen las mejillas. La calle le trae por fin el alivio que necesitaba. La soledad y la rabia se mezclan amargamente bajo su lengua. Los nudos se van deshaciendo mientras la cara y los cabellos se mojan más y más, casi impidiéndole ver por dónde camina. Sus pasos saben donde quieren ir. El olor de Iván no se le despega de las entrañas, y necesita saciar esa sed como sea. Sabe bien donde debe ir para hacerlo. Rápido, discreto, sin preguntas, en plena oscuridad. Sus piernas aceleran el paso aún más. Se siente empapado y lleno de fuego a la vez. Sin proponérselo, imagina qué le dirá a Laura esta vez.
Sabe que no le preguntará nada. Que cenarán como si nada hubiese pasado. Sabe que le ha prometido pensarse lo de tener el niño, probar al menos. Sabe que no sabrá decirle que no. La lluvia arrecia. Sabe que todo seguirá como siempre. Se baja la cremallera del pantalón con fuerza, su polla está dura ya. En seguida siente la humedad rodearla. En unos minutos se habrá desahogado. Respira hondo. Sabe que no debería, pero piensa en Laura, y sabe también que le dirá que sí, otra vez, sabe que le dirá que sí otra vez...
Laura no ha pasado hoy por casa antes de su clase de yoga. O al menos no ha dejado ninguna nota, ella siempre suele dejarlas cuando no pueden verse. Se levanta, intenta comprobar si se le ha pasado por alto. En la cómoda de la entrada no hay nada. Laura se ha dejado su monedero pequeño junto a la bandeja de las llaves, casi no se ve. Sólo duda un instante, en el fondo no siente demasiada culpa mientras lo toma y abre la minúscula cremallera que lo bordea. Entre las monedas hay varios papeles. Tickets de compra de diferentes tiendas, un par de entradas de cine, la tarjeta del último restaurante donde han cenado. Siempre dejándose cosas por ahí, Laura es un desastre.
Como si no estuviese satisfecho, Miguel examina todo lo que ha sacado. Algo nervioso sí que está. Las monedas al caer sobre la mesa han sonado en la habitación con un estruendo que se le ha instalado en su oído con un incómodo eco. Al abrir una de las entradas de cine lo ve, escrito con una caligrafía torcida y rápida. Un número de teléfono. Lo primero que se le ocurre, como una intuición, es tomar su móvil y marcar las cifras que acaba de leer. Se lo piensa un segundo, pero marca el botón de llamada. En seguida el número se transforma en un nombre. Alfredo parpadea en la pantalla sólo un par de veces antes de que Miguel cuelgue. Un nudo terrible se le ajusta en el estómago y el silencio, sólo roto por sus propios pasos inquietos que han comenzado a caminar de un lado a otro, parece oprimirle más y más a cada segundo. Lo imagina desde hace tiempo. En realidad desde siempre, desde que invitó a Alfredo la primera vez a casa. En aquel momento no supo descifrarlo, pero siempre intuyó que algo extraño se había desencadenado entonces. Quizá hasta ahora no había visto con tanta nitidez que a Laura siempre le había gustado Alfredo. Por aquel entonces había pasado ya mucho tiempo desde que se había acostado con él por última vez. Pensó que había sido algo temporal, aislado. Creyó que llevándolo a casa, haciendo que conociese a Laura, mezclándolo con sus amigos, conseguiría hacer que todo cambiase, borrar aquellas tardes de junio, como si nunca hubiesen sucedido. Se han casi desvanecido ya. Pero hoy, sus sospechas, no teniendo nada que ver con aquello, se lo han hecho recordar con la más cruda de las cercanías. Los celos, ásperos, se apoderan de él, y no es capaz ni de entender de quién ni por qué.
En la calle llueve aún, cada vez con más fuerza. Las gotas alargadas dibujan aristas debajo de las farolas y el ruido, como en sordina, le atraviesa la garganta. Los fantasmas han salido en tropel desde la pantalla inerte del televisor. Ojalá pudiera encenderlo y olvidarse, inventarse que es una tarde cualquiera, como todas las demás, como siempre. Abre la ventana y el ruido de la lluvia entra, esta vez de lleno, invadiendo la habitación. Necesita salir, caminar, mojarse, espantar todos los pensamientos que no quieren huir de su cabeza y que a duras penas consigue esquivar. Sin pensarlo más toma las llaves y sale por la puerta, sin acordarse de cerrar la ventana o apagar las luces. Al girarse para encaminarse al ascensor descubre a Iván que acaba también de salir de su casa. Iván ha llegado tan sólo hace unos meses al edificio. Es joven y bastante aparente, además de tremendamente encantador. De los que lo son de manera inconsciente, como si estuvieran hechos de otra materia, más leve, más divina que la de los demás. Miguel se muestra alterado, incapaz de fingir lo que está sintiendo. Iván no le ha pasado desapercibido nunca, desde el día que llegó. Como con otros muchos hombres, su deseo, a la fuerza apagado, ha pasado a formar parte de esa otra realidad que conforma todo lo que no le sucede. Esa realidad que no existe y que lleva ya alimentando demasiados años sin poder probar.
Entran ambos en el ascensor y Miguel contiene la respiración. El olor corporal de Iván, en la estrechez de la cabina, lo atraviesa. Ambos hacen el gesto de abrir la puerta al llegar a la planta baja y sus manos se tocan al hacerlo. Miguel se queda paralizado. El rumor intenso de la lluvia sobre el portal se escapa a través de los pocos centímetros que se ha abierto la puerta. Iván, extrañado, se queda mirándole fijamente. Su piel es tan suave, casi la puede sentir. Se acerca un poco, pero finalmente abre la puerta del todo y le deja salir. Iván le sonríe, y Miguel le responde con un hasta luego que suena lleno de tristeza. Iván sale rápido, algo extrañado. Otro chico le espera en la puerta y ambos se introducen en un coche que se escapa calle abajo. Miguel sale y deja que las gotas le golpeen y le enfríen las mejillas. La calle le trae por fin el alivio que necesitaba. La soledad y la rabia se mezclan amargamente bajo su lengua. Los nudos se van deshaciendo mientras la cara y los cabellos se mojan más y más, casi impidiéndole ver por dónde camina. Sus pasos saben donde quieren ir. El olor de Iván no se le despega de las entrañas, y necesita saciar esa sed como sea. Sabe bien donde debe ir para hacerlo. Rápido, discreto, sin preguntas, en plena oscuridad. Sus piernas aceleran el paso aún más. Se siente empapado y lleno de fuego a la vez. Sin proponérselo, imagina qué le dirá a Laura esta vez.
Sabe que no le preguntará nada. Que cenarán como si nada hubiese pasado. Sabe que le ha prometido pensarse lo de tener el niño, probar al menos. Sabe que no sabrá decirle que no. La lluvia arrecia. Sabe que todo seguirá como siempre. Se baja la cremallera del pantalón con fuerza, su polla está dura ya. En seguida siente la humedad rodearla. En unos minutos se habrá desahogado. Respira hondo. Sabe que no debería, pero piensa en Laura, y sabe también que le dirá que sí, otra vez, sabe que le dirá que sí otra vez...
2 de abril de 2008
Verdes sombras
Lleva varios días levantándose con una extraña sensación de prisa. Sabe que no es ansiedad, porque ya la tuvo otras veces, diagnosticada, y sabe que duele, en el pecho, como si te faltase el aire y los huesos todos se comprimieran para querer buscarlo en alguna parte.
No, ahora no es eso lo que siente. Ahora es diferente. Se toma el desayuno inquieta, como si la vigilasen. Mira con insistencia su gran maceta y las hojas anchas que de ella salen. Sobre todo mira la oscuridad que se escapa entre ellas. La mira una y otra vez, y desearía ser diminuta para poder internarse en esa frondosidad.
La prisa la invade de nuevo mientras baja la cuesta, camino del metro. Los días se están haciendo más largos y ya casi se ve el sol salir entre los edificios rosados antes de bajar las escaleras. Sin embargo, ella lleva la oscuridad de su maceta grabada en la retina como una aguja incisiva que la asfixia.
Los pasillos llenos de gente adormilada son como selvas llenas de lianas y de bostezos. De miradas tristes y somnolientas. La suya, indiferente y lejana, escapa de las que se posan sobre ella y sobre su cuerpo. Como si alguien la persiguiera, quiere huir de la ligera concupiscencia que siente que invade el subterráneo algunas mañanas. El murmullo de las voces encerradas es más ligero a esas horas, y el sordo rumor de decenas de auriculares de músicas machaconas se mezcla como un espeso caldo que cuesta beber. Sobre ellas, la música sombría de aquel piano que escuchó ayer suena martilleante en su cabeza. Una música que, en su imaginación, sale del corazón sombrío de su maceta como si alguien la tocase desde allí. Los graves le arañan el estómago cuando las puertas del vagón se abren y, empujada por la masa, sale a trompicones del tren, entre codazos y empujones de indiferencia. Siente desde la garganta esa prisa indefinible que le agarrota el cuello. Como si no llegase a tiempo y ya nada tuviese sentido, s ube las escaleras andando y adelantando a los que se dejan. Al salir, el primer sol ya ilumina las cumbres de los edificios más altos. Ella los mira con temor, aún siente la asfixia en su pecho. Se dirige con paso firme al Café Versalles y se sienta en uno de los desvencijados taburetes de la barra. Mira alrededor con avidez. Su mirada la encuentra. Como siempre, al final del pasillo, con la mirada perdida en las noticias del periódico. Pide un café y enciende un cigarrillo. Vuelve a su retina la imagen de las sombras de su planta, y casi siente el frescor de las ramas ocultas soplarle en los labios. El café le quema la garganta y parece que la alivia un poco. Por fin ella cierra las páginas y se dispone a pagar. De repente repara en ella y sonríe. Un mechón de su pelo se desliza de repente sobre su sien y el contraste con su piel blanca se le clava con fuerza en los ojos.
- ¿Otra vez aquí? - dice sonriendo - Creía que volvías a tu trabajo en las afueras ya hoy.
- Eh, no. Pues no. Me llamaron para decirme que aún me necesitaban aquí unos días más y... Bueno, pues aquí estoy - dice esforzándose por parecer natural, pero la mirada se le ha paralizado.
- No te he visto, sino me hubiera venido aquí a tomármelo contigo. Ahora ya no, que hoy llevo prisa, tengo que presentar un trabajo a primera hora.
- No te preocupes, es que se me ha hecho tarde, casi acabo de llegar.
- Pero mañana estaré atenta para no perderte. Tu conversación es mucho más interesante que las opiniones de los periódicos.
Sonríe temerosa.
- Yo... así, medio dormida, a estas horas, tampoco es que dé para mucho.
- Así estamos todas, maja - sonríe de nuevo - en fin, que me alegro de verte. Como el viernes te fuiste tan de repente, sin despedirte. Te iba a dar mi dirección de e-mail para que me siguieras contando cómo va lo de tu proyecto de viaje, ¡me pareció tan interesante! Pero con las prisas.
- No pasa nada, mujer, ya un día de éstos.
- Sí, ya te digo, ahora me voy corriendo, que fíjate qué horas.
- Sí, sí, vete, ya mañana hablamos.
- Venga, hasta mañana.
- Que tengas buen día.
Al salir, su falda le ha rozado levemente en su tobillo y al hacerlo se ha llevado consigo la música del momento. De nuevo las sombras verdes oscuras han invadido su cabeza al ritmo de los tacones de ella que se alejan, de nuevo se alejan.
Ella termina su café despacio, y apura su cigarrillo con tristeza, con inmensa tristeza. Paga y sale del local.
En la calle todo es movimiento y la luz del sol ocupa ya todo el espacio. Respira hondo, de nuevo sintiendo cómo la inquietud se instala en ella desde esas sombras a las que aún no termina de acostumbrarse. En su cabeza, la sonrisa de ella se ha paralizado y todas las mentiras que lleva semanas inventando se revuelven como envueltas de espinas. En el trabajo le deben estar echando de menos ya. Comienza a caminar y siente que su voluntad acaba de ser raptada por esa sensación que la oprime los últimos días. Por primera vez la idea certera de no saber qué hacer, de no saber a dónde dirigir sus pasos, se cruza con descaro por su cabeza. De repente siente que las sombras se desvelan y que el piano sordo que la persigue desde ellas le muestra la verdadera cara de una palabra que no quiere pronunciar, pero que se dibuja en sus labios con claridad.
- Miedo - susurra despacio.
Sus pasos se dirigen al trabajo. Enseguida imagina una excusa para la tardanza. En ese momento, desde su casa, solitaria, la maceta tiembla en su rincón.
No, ahora no es eso lo que siente. Ahora es diferente. Se toma el desayuno inquieta, como si la vigilasen. Mira con insistencia su gran maceta y las hojas anchas que de ella salen. Sobre todo mira la oscuridad que se escapa entre ellas. La mira una y otra vez, y desearía ser diminuta para poder internarse en esa frondosidad.
La prisa la invade de nuevo mientras baja la cuesta, camino del metro. Los días se están haciendo más largos y ya casi se ve el sol salir entre los edificios rosados antes de bajar las escaleras. Sin embargo, ella lleva la oscuridad de su maceta grabada en la retina como una aguja incisiva que la asfixia.
Los pasillos llenos de gente adormilada son como selvas llenas de lianas y de bostezos. De miradas tristes y somnolientas. La suya, indiferente y lejana, escapa de las que se posan sobre ella y sobre su cuerpo. Como si alguien la persiguiera, quiere huir de la ligera concupiscencia que siente que invade el subterráneo algunas mañanas. El murmullo de las voces encerradas es más ligero a esas horas, y el sordo rumor de decenas de auriculares de músicas machaconas se mezcla como un espeso caldo que cuesta beber. Sobre ellas, la música sombría de aquel piano que escuchó ayer suena martilleante en su cabeza. Una música que, en su imaginación, sale del corazón sombrío de su maceta como si alguien la tocase desde allí. Los graves le arañan el estómago cuando las puertas del vagón se abren y, empujada por la masa, sale a trompicones del tren, entre codazos y empujones de indiferencia. Siente desde la garganta esa prisa indefinible que le agarrota el cuello. Como si no llegase a tiempo y ya nada tuviese sentido, s ube las escaleras andando y adelantando a los que se dejan. Al salir, el primer sol ya ilumina las cumbres de los edificios más altos. Ella los mira con temor, aún siente la asfixia en su pecho. Se dirige con paso firme al Café Versalles y se sienta en uno de los desvencijados taburetes de la barra. Mira alrededor con avidez. Su mirada la encuentra. Como siempre, al final del pasillo, con la mirada perdida en las noticias del periódico. Pide un café y enciende un cigarrillo. Vuelve a su retina la imagen de las sombras de su planta, y casi siente el frescor de las ramas ocultas soplarle en los labios. El café le quema la garganta y parece que la alivia un poco. Por fin ella cierra las páginas y se dispone a pagar. De repente repara en ella y sonríe. Un mechón de su pelo se desliza de repente sobre su sien y el contraste con su piel blanca se le clava con fuerza en los ojos.
- ¿Otra vez aquí? - dice sonriendo - Creía que volvías a tu trabajo en las afueras ya hoy.
- Eh, no. Pues no. Me llamaron para decirme que aún me necesitaban aquí unos días más y... Bueno, pues aquí estoy - dice esforzándose por parecer natural, pero la mirada se le ha paralizado.
- No te he visto, sino me hubiera venido aquí a tomármelo contigo. Ahora ya no, que hoy llevo prisa, tengo que presentar un trabajo a primera hora.
- No te preocupes, es que se me ha hecho tarde, casi acabo de llegar.
- Pero mañana estaré atenta para no perderte. Tu conversación es mucho más interesante que las opiniones de los periódicos.
Sonríe temerosa.
- Yo... así, medio dormida, a estas horas, tampoco es que dé para mucho.
- Así estamos todas, maja - sonríe de nuevo - en fin, que me alegro de verte. Como el viernes te fuiste tan de repente, sin despedirte. Te iba a dar mi dirección de e-mail para que me siguieras contando cómo va lo de tu proyecto de viaje, ¡me pareció tan interesante! Pero con las prisas.
- No pasa nada, mujer, ya un día de éstos.
- Sí, ya te digo, ahora me voy corriendo, que fíjate qué horas.
- Sí, sí, vete, ya mañana hablamos.
- Venga, hasta mañana.
- Que tengas buen día.
Al salir, su falda le ha rozado levemente en su tobillo y al hacerlo se ha llevado consigo la música del momento. De nuevo las sombras verdes oscuras han invadido su cabeza al ritmo de los tacones de ella que se alejan, de nuevo se alejan.
Ella termina su café despacio, y apura su cigarrillo con tristeza, con inmensa tristeza. Paga y sale del local.
En la calle todo es movimiento y la luz del sol ocupa ya todo el espacio. Respira hondo, de nuevo sintiendo cómo la inquietud se instala en ella desde esas sombras a las que aún no termina de acostumbrarse. En su cabeza, la sonrisa de ella se ha paralizado y todas las mentiras que lleva semanas inventando se revuelven como envueltas de espinas. En el trabajo le deben estar echando de menos ya. Comienza a caminar y siente que su voluntad acaba de ser raptada por esa sensación que la oprime los últimos días. Por primera vez la idea certera de no saber qué hacer, de no saber a dónde dirigir sus pasos, se cruza con descaro por su cabeza. De repente siente que las sombras se desvelan y que el piano sordo que la persigue desde ellas le muestra la verdadera cara de una palabra que no quiere pronunciar, pero que se dibuja en sus labios con claridad.
- Miedo - susurra despacio.
Sus pasos se dirigen al trabajo. Enseguida imagina una excusa para la tardanza. En ese momento, desde su casa, solitaria, la maceta tiembla en su rincón.
16 de enero de 2008
La tercera vez
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... En la noche los pasos suenan nítidos sobre la acera mojada. No sé hasta cuando resistiré sin mirar. He decidido que simular una espera es lo único que tiene sentido para no sentirme idiota, así apoyado en la pared de esta esquina. Miro el reloj para resultar más convincente.
Enfundado en tu abrigo de marca, caminas con una elegancia que te hace diferente a todos. Me fijo en tus manos cerradas mientras sujetan un libro del que intento adivinar el título.
Te has detenido en el escaparate que hay junto a mí y miras con curiosidad los complementos de un maniquí. El libro que llevas por fin desvela su título. Lo conozco bien, siempre me ha gustado Mishima. Dejo de respirar, es un pequeño gesto que parece pedir al destino que te fijes en mí, que detengas esos ojos oscuros, aunque sólo sea un segundo, en los míos. Te llevas la mano a la barbilla, en un gesto que me parece tierno y fatal a la vez. Siento de repente que no puede existir nada en el mundo que me guste más.
Por fin reparas en mí. Me miras de abajo arriba, en uno de esos gestos que detesto generalmente, pero que en ti parecen acelerar mis latidos. Creo que me sonrojo y dejo de poder pensar. Sólo me preocupa no parecer estúpido. Te acercas un poco, con una expresión que parece decir que crees saber quien soy. Y yo miro de nuevo el reloj, como para fingir que la escena me es ajena.
- Perdona... ¿nos conocemos?
- Eh, pues... no sé, creo que no.
- Es que tu cara me suena de algo, pero no consigo saber de qué.
- La verdad es que no hace mucho que vivo aquí, así que me parece que no.
No me gusta mentir, pero es lo primero que se me ocurre para seguir manteniendo la situación, como si fuera la primera vez que te miro.
- Perdona entonces.
Te sonrío y, disimulando mi temblor, te pregunto tu nombre y me presento. No te digo mi nombre verdadero. Invento uno sobre la marcha, el de la última persona con la que he hablado por teléfono esta tarde. Aún no termino de creer que me hayas hablado, me parece mentira.
Y es que una puerta se acaba de abrir a una posibilidad que hasta este momento no me había parecido realista. La conversación continúa y a cada paso que damos todo me parece, cada vez más, algo soñado. Con esa sensación de que el suelo es tan blando que ni se escuchan las pisadas.
- ¿Esperas a alguien?
- Eh... sí, la verdad que sí. Pero no creo que venga.
No se me da bien improvisar y me pongo nervioso.
- ¿Te han dado plantón?
- Sí, más o menos. Se puede decir que sí.
- ¿Sabes una cosa? A mí también. No es que me sienta mejor por saber que no soy el único esta noche, pero reconozco que me siento un poco más... reconfortado.
- Bueno, a mí me da un poco igual, la verdad es que contaba con que no apareciese.
- Ya...
- De hecho, me iba ya.
Hago intención de comenzar a andar, entre asustado y deseoso de lo que está sucediendo
- ¿pero tienes prisa?
- No... La normal.
- ¿Sabes? en realidad no me han dejado plantado. He sido yo quien ha faltado a una cita. Lo acabo de decidir hace cinco minutos y aún no estaba muy seguro de qué hacer.
- ¿por qué me has dicho entonces que te sentías mal?
- No sé... por encontrar algo con qué identificarnos, por decir algo, por entablar conversación...
- Ah.
- Sí, ya sé lo que piensas... Piensas que quien te ha dejado plantado será igual de informal que yo. Pero en realidad mi historia es un poco más larga de contar que eso.
- No, no pienso nada de ti. Mi historia también es larga. En realidad, cualquier historia podría ser larga o corta, dependiendo de cómo se viva.
La verdad es que no quiero que me cuentes nada, y tampoco quiero yo que me preguntes y me obligues a seguir inventando una historia que no es la mía.
- Sí, en eso tienes razón. ¿En qué pensabas, entonces?
- Pues... pensaba que tú eres más previsor que yo, y que te has traído un libro para la espera. Pero claro, si eres tú el que estás haciendo esperar, pues ya no tiene mucho sentido decirlo...¿Crees que la persona que te está esperando ha traído también un libro para la espera?
- Mmm, lo dudo.
Lo dices arrugando la nariz, como haciendo ver que la decisión de no acudir a tu cita en realidad no es de hace cinco minutos.
- Veo que te gusta Mishima.
- Pues aún no sé. Es el primer libro que comienzo de él. ¿tú lo conoces?
- Personsalmente no, claro.
Sonrío.
- Ya, imagino...
También sonríes, por fin. Pero creo que no entiendes mi guiño.
- De hecho, no recordaba ni siquiera tenerlo. Hace unos días lo encontré por casualidad en mi casa. No sé ni cómo llegó allí. Sólo he leído unas líneas.
- ¡Qué curiso!, ¿y te suele pasar mucho eso?
Sonríes de nuevo. Y yo casi me siento temblar.
- ¿Qué, encontrar libros en casa que parezcan salir de la nada? No, no mucho... Pero sí que soy bastante despistado.
Me miras fijamente.
- Te gustará... el libro, me refiero.
- ¿Tan seguro estás?
Te acercas un poco.
- No, es tan sólo una corazonada.
- Si quieres me puedes hablar un poco de él. Me parece más interesante que empezar a leerlo
Lo dices con una medio sonrisa que me desconcierta.
- así empleamos los dos este tiempo de espera en algo más productivo e interesante que estar aquí en la calle sin hacer nada.
- ¿Qué me estás proponiendo? ¿Irnos a algún sitio? Me refiero a algún sitio que no sea la calle.
Las palabras han salido sin control por mi boca. Cuando quiero detenerlas, ya las he pronunciado.
- ¿Por qué no?
Y acercas tu mano hasta mi cadera.
Cada paso que doy, silencioso, me aleja más y más de esa puerta que se acaba de abrir. Es curioso, sigo sin escuchar los pasos que doy, como si estuviera en un sueño. No estoy seguro de querer seguir. Y sin embargo, sigo caminando. Lleno de fragilidad. Lleno de deseo también.
La historia, finalmente, no resulta tan especial como puede parecer. Terminamos inevitablemente en tu casa. Un par de vasos de vodka y ni siquiera hablamos de Mishima. Ya ni siento que siga dando pasos. Ya sólo te veo a ti. Sólo siento un deseo incontrolable, un deseo que se va mutando en lujuria poco a poco, transmitiéndose a mis manos, que ya han comenzado a tocarte.
Todo ocurre muy rápido. Los besos, atropellados, se suceden de mordiscos que se contagian al cuello, a la cadera, a los muslos. Breves momentos de sexo oral y ya me pides que le penetre.
Te corres en seguida. En resumen, un polvo rápido en el que casi no me entero de nada, en el que sólo consigo sentir el deseo que me produce mirarte. Un deseo obsceno que sin embargo no soy capaz de transformar en algo más que un polvo mediocre, en el que parece que nos devoremos a través de un cristal.. No me atrevo ni a preguntarte si estás satisfecho. No dices nada. Te tumbas y cierras los ojos. Tu piel está tibia, pero desde tus párpados, que no quieren mirar, sé que estáss ya comenzando a olvidar. A querer olvidar. No me importa, ¡me gustas tanto!
Supongo que debo admitir que nunca me había sentido tan atraído por nadie antes. Ocurrió la primera vez que te vi. Sentí como si de repente tu cabeza hubiese surgido entre la multitud, y yo hubiese sabido desde siempre que aquello iba a suceder. Una simple y veloz mirada que cruzaste conmigo fue suficiente para enredarme en ti con la obsesión del efecto de un filtro amoroso. El resto de la realidad, personas, conversaciones, argumentos, sonidos, pasaron a un segundo plano. Yo asentía, incluso respondía, pero mi cabeza no hacía más que buscar el siguiente momento en el que mirarte.
Es curioso cómo nace la atracción: extraña, como un sentimiento que hubiese existido siempre, como un recuerdo intenso de algo que ocurrió en otra vida, del que no tenemos conciencia y que cuando de repente surge, es como si siempre hubiese estado ahí, como si esa piel la hubiésemos tocado ya cientos de veces. Entonces brota ese deseo impetuoso, la necesidad de recuperar ese recuerdo como sea, ese hilo finísimo que hace girar todo nuestro cuerpo, toda nuestra mente, como una suave marioneta, hacia él, hacia ella, hacia ti.
Y así ha sido... Así lleva siéndolo todo este tiempo. Desde la primera vez que vine a esta casa, hace ya 4 años. Desde la primera vez que sospeché que nunca podrías dejar de atraerme como lo haces, de excitarme como lo haces. Aquel primer rollo duró un par de días. Es curioso, ahora mientras te tengo aquí delante, sin que tú puedas verme, siento pudor. Pudor de confirmar cómo desnudé lo que sentía ante ti sin razón, cómo me atropellé en intentar establecer un vínculo entre tú y yo que ahora sé claramente que nunca podrá existir. Hasta cometí esa imprudencia de regalarte este libro de Mishima porque me dijiste que buscabas algo nuevo que leer. Ese que ya no recuerdas ni de dónde salió, el mismo que ha servido de excusa para volver a poseerte y que reposa a los pies de esta cama donde acabo de follarte sin que aún puedas recordarme .
Me quedo quieto contemplándote, contemplando la belleza que siento que tiene todo tu cuerpo, como si hubiese sido construido y modelado minuciosamente para provocar a todas las partes de mi cuerpo, a todos los rincones de mi mente. Repaso en mi cabeza las tres veces que he estado en esta cama. Aquella primera. Luego, dos años después, cuando al igual que hoy, tampoco me reconociste. Aquel día era razonable. Todo estaba muy oscuro cuando nos encontramos y yo jugaba con ventaja porque te seguí hasta allí. Además, sólo intercambiamos un par de palabras. Y hoy. Hoy también te he seguido. En realidad, te sigo a menudo, sin razón, sin esperanza, sin objetivo... Como un acto obsesivo al que me entrego para pasar las horas de esos días que se me clavan con frecuencia como espinas en medio de todas las semanas.
Todas las veces han sido iguales, un coqueteo veloz, sexo rápido y un par de conversaciones sobre las sábanas. Nada especial. Bueno, salvo la primera vez, cuando me pediste que te aconsejara qué leer. Casi igual que hoy. Pero no te hablaré más de libros. Ni siquiera has leído a Mishima. En realidad, has cogido hoy ese libro como podías haber cogido otro cualquiera. Sólo hay un par de docenas de ellos sobre la estantería.
Me levanto despacio y comienzo a vestirme.
No quiero despertarte. Tampoco quiero despertarme yo. Necesito seguir caminando sin escuchar, pero la situación comienza a dolerme demasiado. Quiero salir por esa puerta que he abierto esta noche, y que necesito cerrar de una vez. Tomo con cuidado el libro de Mishima y camino descalzo hasta la puerta de la calle. Creo que serán mi últimos pasos silenciosos. Cierro la puerta con cuidado de no despertarte y desciendo rápido las escaleras. Tu imagen en el recuerdo fresco del sexo recién vivido, el olor de tu piel, se me atragantan todos como erizos inquietos en mi garganta. Salgo a la calle y respiro. Me alejo corriendo pero, antes de torcer la esquina, me vuelvo para mirar tu casa y busco en la ventana. Allí estás, mirándome. Hasta podría jurar que pareces triste. Me vuelvo y sigo corriendo.
Me acabo de levantar y siento que el sueño, reparador, me ha hecho bien. Me levanto y lo primero que veo sobre la mesilla es el libro de Mishima, como una señal de que no me despierto de un sueño, sino de una realidad. De una realidad de la que, además, necesito escapar. De la que ya he decidido escapar.
Creo que necesito quemar el libro, para que todo surta efecto. Tomo una cerilla y coloco la novela sobre una bandeja. Le prendo fuego y me quedo a contemplar cómo arde, crujiendo suavemente, como en una suerte de secreto que se comienza a liberar. Entonces veo todo al abrirse las hojas fruto del calor y la deformación del papel. Me asusto y lo tomo de una esquina. Lo que queda de él lo apago bajo el grifo para poder verlo mejor... El interior de la novela está lleno de anotaciones y de frases subrayadas.
Mi nombre, mi verdadero nombre, está escrito algunas veces en diferentes lugares. Hay frases al margen, la mayoría no las puedo leer porque están incompletas a causa del fuego o del agua. Pero sin duda son frases que evidencian que has leído el libro y que sabes quién soy, o al menos quién fui. Todo me da vueltas, y la sensación de que finalmente no puedo cerrar esa puerta se apodera de mí para dar paso, después, a la necesidad de volver a tu casa, de hablar contigo, de hacerte tantas y tantas preguntas.
Me visto despacio, no quiero parecer un desequilibrado ni un loco frenético. Intento ponerme lo más guapo que puedo. Salgo caminando, cruzando la ciudad. Es ya media mañana y las calles están llenas de sol. Intento pensar en qué razón voy a darte para justificar el hurto del libro y su destrucción. Pienso incluso en pararme en una librería y comprarlo de nuevo. Pero mis ganas de volver a verte se han hecho ya irrefrenables. Llego al portal y subo. Llamo al timbre pero nadie contesta. Habrás salido, pienso. Y espero. O estarás en la ducha y no me escuchas. Espero un poco más y sigo llamando, cada vez con más insistencia. Una insistencia tan desmedida como el desconcierto que comienza a invadir mi interior.
El sonido velado del timbre ha debido alertar al portero que en pocos minutos se presenta en el descansillo.
- ¿A quién buscas?, ahí no vive nadie.
- Eso es imposible, ayer noche mismo he estado aquí.
- Ah, ¿sí?
Parece querer saber más detalles. Evidentemente no puedo ofrecerle una versión coherente de lo que me está sucediendo.
- Bueno, yo no... Un amigo. En realidad ésta es la casa de un amigo de un amigo. Me ha encargado que le devuelva algo. Yo vivo cerca.
- Me temo que has llegado tarde. ¿no te había dicho tu amigo que Luis se mudaba esta misma mañana? Yo mismo le he estado ayudando a cargar las últimas cajas en la furgoneta.
- Eh... no, la verdad que no lo sabía.
- Pues no sé, chico, va a ser difícil que le devuelvas eso que le tienes que devolver. Creo que se iba esta misma tarde para Londres. No sé, si me lo quieres dejar a mí y yo se lo doy si...
- ¿Londres?- le interrumpo.
- Sí. Pero chico, tu amigo... ¿es muy amigo de él?
- Sí... No... Bueno, es igual, tampoco es tan importante. Se lo devolveré y ya que se entiendan ellos. Muchas gracias.
- De nada, hombre. Si quieres, puedo intentar averiguar su nueva dirección.
- Eh... No, no, no hace falta.
Salgo. El sol golpea con la misma fuerza que hace un momento las aceras. Pero yo ya no lo siento. Me vuelvo a casa caminando de nuevo. Tengo que terminar de quemar algo.
12 de noviembre de 2007
Las ocho y veinticinco
Raquel recoge los últimos cacharros de la cocina como cada día y al terminar alcanza con su mano suavemente la espalda. Este trabajo me está quitando la vida, piensa. Mientras dobla con delicadeza su delantal antes de guardarlo en el cajón de la encimera piensa en Jaime y en la discusión de anoche. No, no se merecía una respuesta así, pero algo le llevó a decir aquello. Quizá la infinita desidia en la que viven desde hace meses, cada uno por separado, durmiendo de espaldas, comiendo en silencio, viendo la televisión sin mediar palabra. Ninguno de los dos se atreve a hablar, y cuando lo hacen, tan sólo son capaces de desembocar en reproches. Raquel se detiene a mirar la cocina de los Flórez. Tan grande, tan luminosa, con el frigorífico siempre lleno de comida perfectamente envasada y convenientemente ordenada. Nunca falta nada, la compra se hace a diario y siempre se repone lo que se necesita cada día, para que esté todo fresco y a punto. Esta cocina le inspira una sensación confusa, porque la desea y la envidia, pero al mismo tiempo debe trabajar a diario en ella para que sean otros quienes la aprovechen. Ella tiene la idea de que la cocina es el corazón de la casa, y de que si allí todo funciona y está limpio, el hogar debe igualmente funcionar. Ojalá pudiese tener una cocina así en casa, siempre aprovisionada y limpia, dispuesta a poder satisfacer cualquier menú que se terciase.
La señora Julia le da siempre instrucciones a primera hora de la mañana, nada más llegar ella. Siempre tiene muy claro lo que hay que hacer, como si lo apuntase en un papelito el día anterior y se dedicase a aprender las órdenes de memoria durante la noche. A pesar de su frialdad al hablar, Raquel la siente cercana, y le gusta que la trate de tu y que termine siempre sus frases con un rotundo "¿te parece bien? La relación entre ambas nunca ha tenido tensiones, y Raquel nunca ha dado pie a comentarios ni recomendaciones de ningún tipo. Tan sólo una vez se había quedado con 20 euros que encontró limpiando debajo del gran sofá del salón, pero nadie los reclamó jamás. Este pequeño incidente secreto, sin embargo, la martiriza aún de vez en cuando, pero nunca se ha atrevido a confesarlo, ni siquiera a Sandra, su mejor amiga. Lo que sí le ha dicho a Sandra es lo de Roberto. Sandra no hace más que decirle que es un jodido boludo, un puto pijo cobarde, pero Raquel no lo ve así. En el fondo siente que fue ella la que se tomó la libertad aquella tarde en que se encontraron solos en la casa. ¿Qué iba a hacer el pobre después de aquello? con lo severos que son la señora Julia y el señor Ramón, que es que les viene de familia. Roberto se jugaba seguramente su doctorado en Princeton, y Raquel su empleo en la casa y probablemente las posibilidades de conseguir otro en todo el barrio. Así, siempre entendió el silencio de Roberto, y por qué dejó de hablarle y hasta de mirarle. Estaba segura de que él no había dicho nada nunca a los señores. Ella también había callado. Con Jaime, con su hermana Gloria, con todos. A veces, hasta le parecía que aquello no había sucedido nunca. Inconscientemente, hablar con Sandra de ello había sido como una forma de hacerlo real, de no tener todo el poder para olvidarlo.
Raquel mira el reloj y calcula que tendría que correr un poco para llegar al autobús de las ocho y veinticinco. Aún debe ordenar la despensa un poco y cambiarse de zapatos. La ciudad se ve tan fea desde la marquesina del autobús cuando es de noche y tienes que esperar por el autobús siguiente, piensa. Todos parecen tener dónde ir. Todo el mundo da la impresión de tener algo interesante que hacer, algún lugar especial donde ir o alguien esperando impaciente en algún sitio. La calle se convierte en un lugar de paso a esas horas, solitario, casi deshumanizado. Y eso a Raquel le pone muy triste, porque siente que a ella, en realidad, en ningún sitio la esperan, aunque sea mentira. También le hace sentir que su vida no tiene ningún atractivo desde hace meses. Pero hasta eso, en realidad, es mentira.
Mientras se apresura un poco se lleva la mano al vientre y lo acaricia con sumo cuidado. Es lo único que aún no sabe nadie. No sabe cómo decirlo, ni siquiera a Sandra. A Jaime tampoco. Sabe que es probable que no la crea. Que también es probable que quiera dejarla. Y el miedo la paraliza. Al llegar a casa cada noche lo intenta. Lo mira con insistencia desde la puerta de la cocina mientras él observa en silencio la televisión. Y parece que las palabras acuden hasta sus labios, pero se quedan ahí, detenidas, sobrecogidas. Hasta que Jaime, casualmente la mira, y entonces ella finge como que mira también la televisión desde la puerta. Y ninguno dice nada.
Seguro que lo voy a perder, se lamenta mientras termina de atarse los cordones de los zapatos. Y toma su bolso antes de pasar por el salón y dar las buenas tardes a la señora Julia. Hasta mañana, le dice. Y Raquel, en sus palabras, aún encuentra un algo familiar, una de las pocas cosas que la reconfortan sin saber muy bien por qué. Mientras cierra la puerta del piso, Roberto acaba de salir del ascensor. Y ella se ha detenido sin saber muy bien qué hacer. Después de varios meses evitándose, no les queda más remedio que cruzarse de una vez en la estrechez del descansillo. Roberto baja la mirada y dice buenas tardes, como si fuese la primera vez que se encontrase con ella. Raquel le responde, pero su voz tiembla mientras pronuncia esas palabras. El olor de Roberto al pasar aún le devuelve a aquella tarde, pero él abre la puerta y entra en la casa sin volver la mirada atrás. Raquel vuelve a pasar su mano por su vientre mientras respira profundamente. De repente no sabe si hace bien o no, y el mundo parece bascular un instante sobre el sonido que la puerta acaba de hacer al cerrarse. Sus latidos parecen retumbar en toda la escalera.
Lo pierdo, coño. Y toma el ascensor apretando insistentemente el botón de la planta baja. No puede evitar correr por la calle abajo hasta la avenida por donde pasa su autobús. Cuando llega lo ve detenerse en la parada anterior, más abajo en la avenida. Viene con retraso, menos mal. Se pregunta si el chico moreno estará hoy también. Es su particular forma de evadirse cada tarde, de vuelta a casa. Ese chico moreno y fuerte, más joven que ella, que la mira con descaro y sin apartar la mirada durante todo su recorrido, cada día. Ella le sonríe con inocencia, pero en sus ojos hay algo más que la sombra de un juego. Sin que ella lo perciba, esconde el filo de un vertiginoso precipicio. Él se baja mucho antes que ella, pero la persigue con la mirada fija hasta que el autobús gira en la última esquina. Y ella, sin ser consciente, se ha vuelto terriblemente exigente consigo misma para no perder el bus de las ocho y veinticinco. Aparentemente, sin embargo, nada sucede.
Sí, también está hoy, al fondo y de pie. Y la está mirando desde que entra, mientras pasa el billete por la anuladora, mientras se sienta en uno de los asientos laterales, justo frente a él, y se alisa el cabello tímidamente con los dedos. La sigue con la mirada y la desnuda con su oscuridad. Y ella, inconscientemente se lleva de nuevo la mano al vientre. Sería bonito bajar con él y dejarlo todo. Bajarme con él y dejar que me lleve, que me lleve donde quiera. Y él, que ya no sabe como disimular más el deseo, se levanta para dirigirse a la puerta, pues está llegando a su destino, y al pasar roza su brazo con el suyo, y le sonríe con descaro. Ella se estremece, pensando que quizá sea casual, pero se gira para ver cómo desciende. Y él, una vez abajo, no retoma su camino, sino que la mira, y parece que los ojos se salen de sus pestañas. Finalmente le hace un gesto firme, como de que lo acompañe, como de que baje y se vaya con él. Ella se levanta y lo mira, y sus pies quieren salir de allí, Salir y olvidar que la ciudad se ve tan fea desde el autobús. Quiere bajar para que sean los demás quienes la vean a ella caminar con él, caminar hacia un lugar bonito, hacia un lugar interesante. Sentirse también ella deseada, imaginada, fantaseada por los demás. Y parece que le falta el aire mientras se dirige a la puerta. Pero no es capaz de traspasarla. Y se cierran finalmente, delante de sus ojos, y con ellas la mirada del chico moreno que aún la observa desde el fondo de la calle mientras el autobús acelera. Debería coger el siguiente bus, piensa mientras las piernas aún le tiemblan, y saca su reproductor de música mientras vuelve a su asiento. Lo acciona para poner la música lo más alto que puede. No sabe aún si le gusta esa música tan machacona que le ha pasado Sandra, pero no puede evitar escucharla día a día.
Cuando llega a casa, casi se ha olvidado de todo lo que acaba de suceder en la tarde. Sólo quiere relajarse y fumar un pitillo mientras se hace la cena. Jaime querrá ver el fútbol. Bajaré a ver a Sandra un rato.
Pero al llegar Jaime no está. La habitación parece revuelta, como si alguien hubiera estado desordenando los armarios. Faltan algunas cosas de él. Pero nada más le extraña, todo lo demás está en su sitio. En el fondo, aunque muchos días desearía llegar a casa y que no hubiese nadie, no puede evitar sentir un miedo atroz, un miedo que la atrapa de repente y le araña el vientre. Rápidamente saca el móvil para llamar a Jaime, y entonces descubre que tiene un mensaje en la pantalla. Ni sabe desde cuándo estará ahí. Lo abre en seguida, es de Jaime. Pero el mensaje está vacío. Sin palabras. Es un vacío inquietante, que la amordaza, y que de repente abre otro vacío aún mayor. El que se extiende delante de ella.
Se lleva la mano al vientre, parece como si todo el mundo le doliera, de repente, ahí. Le duele la injusticia de la señora Julia, de repente descubierta. Le duele la indolencia de Roberto, su cobardía. Y la indiferencia de Jaime, y lo mucho que en realidad lo necesita. Y en el fondo le duele no quererle ya. Y le duelen los reproches de Sandra, y le duele que siempre le dé la razón. Y le duelen las confidencias y las miradas. Pero sobre todo le duele ella misma, y su propia cobardía. Y le duele su miedo cada tarde en el autobús. Y le duele cada silencio de casa que no es capaz de romper, y su vergüenza de sentirse gris mientras espera el autobús, y le duele la envidia malsana de la vida de los demás... Y le duele el vientre y le duelen sus dudas. Y de tanto dolor, por fin, se sienta y llora por todo... Mañana, imagina mientras las lágrimas le descienden por las mejillas y le llegan al cuello, será otro día.
La señora Julia le da siempre instrucciones a primera hora de la mañana, nada más llegar ella. Siempre tiene muy claro lo que hay que hacer, como si lo apuntase en un papelito el día anterior y se dedicase a aprender las órdenes de memoria durante la noche. A pesar de su frialdad al hablar, Raquel la siente cercana, y le gusta que la trate de tu y que termine siempre sus frases con un rotundo "¿te parece bien? La relación entre ambas nunca ha tenido tensiones, y Raquel nunca ha dado pie a comentarios ni recomendaciones de ningún tipo. Tan sólo una vez se había quedado con 20 euros que encontró limpiando debajo del gran sofá del salón, pero nadie los reclamó jamás. Este pequeño incidente secreto, sin embargo, la martiriza aún de vez en cuando, pero nunca se ha atrevido a confesarlo, ni siquiera a Sandra, su mejor amiga. Lo que sí le ha dicho a Sandra es lo de Roberto. Sandra no hace más que decirle que es un jodido boludo, un puto pijo cobarde, pero Raquel no lo ve así. En el fondo siente que fue ella la que se tomó la libertad aquella tarde en que se encontraron solos en la casa. ¿Qué iba a hacer el pobre después de aquello? con lo severos que son la señora Julia y el señor Ramón, que es que les viene de familia. Roberto se jugaba seguramente su doctorado en Princeton, y Raquel su empleo en la casa y probablemente las posibilidades de conseguir otro en todo el barrio. Así, siempre entendió el silencio de Roberto, y por qué dejó de hablarle y hasta de mirarle. Estaba segura de que él no había dicho nada nunca a los señores. Ella también había callado. Con Jaime, con su hermana Gloria, con todos. A veces, hasta le parecía que aquello no había sucedido nunca. Inconscientemente, hablar con Sandra de ello había sido como una forma de hacerlo real, de no tener todo el poder para olvidarlo.
Raquel mira el reloj y calcula que tendría que correr un poco para llegar al autobús de las ocho y veinticinco. Aún debe ordenar la despensa un poco y cambiarse de zapatos. La ciudad se ve tan fea desde la marquesina del autobús cuando es de noche y tienes que esperar por el autobús siguiente, piensa. Todos parecen tener dónde ir. Todo el mundo da la impresión de tener algo interesante que hacer, algún lugar especial donde ir o alguien esperando impaciente en algún sitio. La calle se convierte en un lugar de paso a esas horas, solitario, casi deshumanizado. Y eso a Raquel le pone muy triste, porque siente que a ella, en realidad, en ningún sitio la esperan, aunque sea mentira. También le hace sentir que su vida no tiene ningún atractivo desde hace meses. Pero hasta eso, en realidad, es mentira.
Mientras se apresura un poco se lleva la mano al vientre y lo acaricia con sumo cuidado. Es lo único que aún no sabe nadie. No sabe cómo decirlo, ni siquiera a Sandra. A Jaime tampoco. Sabe que es probable que no la crea. Que también es probable que quiera dejarla. Y el miedo la paraliza. Al llegar a casa cada noche lo intenta. Lo mira con insistencia desde la puerta de la cocina mientras él observa en silencio la televisión. Y parece que las palabras acuden hasta sus labios, pero se quedan ahí, detenidas, sobrecogidas. Hasta que Jaime, casualmente la mira, y entonces ella finge como que mira también la televisión desde la puerta. Y ninguno dice nada.
Seguro que lo voy a perder, se lamenta mientras termina de atarse los cordones de los zapatos. Y toma su bolso antes de pasar por el salón y dar las buenas tardes a la señora Julia. Hasta mañana, le dice. Y Raquel, en sus palabras, aún encuentra un algo familiar, una de las pocas cosas que la reconfortan sin saber muy bien por qué. Mientras cierra la puerta del piso, Roberto acaba de salir del ascensor. Y ella se ha detenido sin saber muy bien qué hacer. Después de varios meses evitándose, no les queda más remedio que cruzarse de una vez en la estrechez del descansillo. Roberto baja la mirada y dice buenas tardes, como si fuese la primera vez que se encontrase con ella. Raquel le responde, pero su voz tiembla mientras pronuncia esas palabras. El olor de Roberto al pasar aún le devuelve a aquella tarde, pero él abre la puerta y entra en la casa sin volver la mirada atrás. Raquel vuelve a pasar su mano por su vientre mientras respira profundamente. De repente no sabe si hace bien o no, y el mundo parece bascular un instante sobre el sonido que la puerta acaba de hacer al cerrarse. Sus latidos parecen retumbar en toda la escalera.
Lo pierdo, coño. Y toma el ascensor apretando insistentemente el botón de la planta baja. No puede evitar correr por la calle abajo hasta la avenida por donde pasa su autobús. Cuando llega lo ve detenerse en la parada anterior, más abajo en la avenida. Viene con retraso, menos mal. Se pregunta si el chico moreno estará hoy también. Es su particular forma de evadirse cada tarde, de vuelta a casa. Ese chico moreno y fuerte, más joven que ella, que la mira con descaro y sin apartar la mirada durante todo su recorrido, cada día. Ella le sonríe con inocencia, pero en sus ojos hay algo más que la sombra de un juego. Sin que ella lo perciba, esconde el filo de un vertiginoso precipicio. Él se baja mucho antes que ella, pero la persigue con la mirada fija hasta que el autobús gira en la última esquina. Y ella, sin ser consciente, se ha vuelto terriblemente exigente consigo misma para no perder el bus de las ocho y veinticinco. Aparentemente, sin embargo, nada sucede.
Sí, también está hoy, al fondo y de pie. Y la está mirando desde que entra, mientras pasa el billete por la anuladora, mientras se sienta en uno de los asientos laterales, justo frente a él, y se alisa el cabello tímidamente con los dedos. La sigue con la mirada y la desnuda con su oscuridad. Y ella, inconscientemente se lleva de nuevo la mano al vientre. Sería bonito bajar con él y dejarlo todo. Bajarme con él y dejar que me lleve, que me lleve donde quiera. Y él, que ya no sabe como disimular más el deseo, se levanta para dirigirse a la puerta, pues está llegando a su destino, y al pasar roza su brazo con el suyo, y le sonríe con descaro. Ella se estremece, pensando que quizá sea casual, pero se gira para ver cómo desciende. Y él, una vez abajo, no retoma su camino, sino que la mira, y parece que los ojos se salen de sus pestañas. Finalmente le hace un gesto firme, como de que lo acompañe, como de que baje y se vaya con él. Ella se levanta y lo mira, y sus pies quieren salir de allí, Salir y olvidar que la ciudad se ve tan fea desde el autobús. Quiere bajar para que sean los demás quienes la vean a ella caminar con él, caminar hacia un lugar bonito, hacia un lugar interesante. Sentirse también ella deseada, imaginada, fantaseada por los demás. Y parece que le falta el aire mientras se dirige a la puerta. Pero no es capaz de traspasarla. Y se cierran finalmente, delante de sus ojos, y con ellas la mirada del chico moreno que aún la observa desde el fondo de la calle mientras el autobús acelera. Debería coger el siguiente bus, piensa mientras las piernas aún le tiemblan, y saca su reproductor de música mientras vuelve a su asiento. Lo acciona para poner la música lo más alto que puede. No sabe aún si le gusta esa música tan machacona que le ha pasado Sandra, pero no puede evitar escucharla día a día.
Cuando llega a casa, casi se ha olvidado de todo lo que acaba de suceder en la tarde. Sólo quiere relajarse y fumar un pitillo mientras se hace la cena. Jaime querrá ver el fútbol. Bajaré a ver a Sandra un rato.
Pero al llegar Jaime no está. La habitación parece revuelta, como si alguien hubiera estado desordenando los armarios. Faltan algunas cosas de él. Pero nada más le extraña, todo lo demás está en su sitio. En el fondo, aunque muchos días desearía llegar a casa y que no hubiese nadie, no puede evitar sentir un miedo atroz, un miedo que la atrapa de repente y le araña el vientre. Rápidamente saca el móvil para llamar a Jaime, y entonces descubre que tiene un mensaje en la pantalla. Ni sabe desde cuándo estará ahí. Lo abre en seguida, es de Jaime. Pero el mensaje está vacío. Sin palabras. Es un vacío inquietante, que la amordaza, y que de repente abre otro vacío aún mayor. El que se extiende delante de ella.
Se lleva la mano al vientre, parece como si todo el mundo le doliera, de repente, ahí. Le duele la injusticia de la señora Julia, de repente descubierta. Le duele la indolencia de Roberto, su cobardía. Y la indiferencia de Jaime, y lo mucho que en realidad lo necesita. Y en el fondo le duele no quererle ya. Y le duelen los reproches de Sandra, y le duele que siempre le dé la razón. Y le duelen las confidencias y las miradas. Pero sobre todo le duele ella misma, y su propia cobardía. Y le duele su miedo cada tarde en el autobús. Y le duele cada silencio de casa que no es capaz de romper, y su vergüenza de sentirse gris mientras espera el autobús, y le duele la envidia malsana de la vida de los demás... Y le duele el vientre y le duelen sus dudas. Y de tanto dolor, por fin, se sienta y llora por todo... Mañana, imagina mientras las lágrimas le descienden por las mejillas y le llegan al cuello, será otro día.
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