13 de febrero de 2006

Mozart y el abismo del mar


Concierto nº 20 para piano y orquesta en Re menor, K466.

Cuando yo era adolescente, vivía en una casa que miraba al sur, a un sur de cielos azul blanquecinos, desvirtuados por el poder del sol. Me gustaba desde allí mirar al final del horizonte, a los tejados del centro, a la magnética giralda que se torcía para mirar de soslayo. Los campanarios, los colores y las antenas.
Desde mi discreta pasión por el entonces obligado vinilo, adquiría con fervor aquellos discos de la sección del círculo de lectores de los que mi madre me dejaba elegir cada mes un ejemplar. La colección tenía un diseño que imitaba el papel de periódico y en ella las obras e interpretes también aparecían según la disposición de un diario. Eran versiones que era capaz de identificar como diferentes a las que lucían los discos (ya en aquella época comenzaban los flamantes compactos a exhibirse en las estanterías) de la Deutsche Grammophone, con fotos seductoras y artistas que siempre parecían tener un punto de glamour. No adivinaba yo que aquellos, en el fondo extraídos de los fondos de RCA, correspondían a grabaciones de esa época histórica en la que las orquestas americanas se vieron tocadas por el halo mágico de los músicos que huyeron de la Guerra Mundial y se terminaron exiliando después en los Estados Unidos, y que constituían una gran élite de la música en la Europa de antes del 40. Así, orquestas aparentemente poco sofisticadas como la de Dallas, Detroit, Pittisburgh, Marlboro o Columbia se vieron convertidas en orquestas de primer rango, competidoras de las grandes americanas y europeas. Fue un sueño que el dinero americano contribuyó a hacer de américa una continuación en general del mundo intelectual europeo de la primera mitad del siglo XX.
Aquel mes no había nada que me interesase, y decidí, a pesar de todo, pedir un disco con los conciertos para piano de Mozart, que cuando llegaron a casa, admito que pasaron una temporadita en la estantería, sin abrir. En aquel momento yo no sabía deducir que nombres como George Szell y Rudolf Serkin, eran nombres mucho más grandes de lo que imaginaba. Ellos miraban con pose antigua e hierática desde la cubierta, fundidos en el diseño austero que les habían elegido. Y yo los tuve olvidados en aquella estantería durante meses. Mozart era aún para mí ese músico bromista de la pequeña serenata nocturna, lejos de las melancolías románticas de veinteañero que me invadían en aquellos años y que más se acercaban a lo que me podía proponer Brahms o Schumann.
Una mañana de domingo, sin embargo, me quedé solo en casa. Era una mañana de invierno, llena de luz, casi irreal, que redondeaba la perfección estética de sentirme solo en un espacio, de disfrutar de que mis pensamientos se expandiesen por toda la casa. Y caí sobre ese disco, amarillo y negro. Lo abrí y decidí que tenía que darle una oportunidad. Era la versión del concierto número 20 de Mozart por Rudolf Serkin y la orquesta de Columbia dirigida por el (ahora lo sé) gran George Szell.
Desde que las primeras notas, confusas, de la cuerda comenzaron a sonar, algo profundo se conmovía dentro de mí. Porque aquella no era la música del clasicismo que yo esperaba. Era una música sutilmente profunda, que entraba dentro de mí. Y mi casa con ella se convirtió de repente en playa infinita, y el cielo en mar que me lamía los pies, en espuma que llegaba y partía, y Serkin que acariciaba ese desconcierto imposible que sentía yo con la vida. Nunca antes ni nunca después he sentido que una música pudiera representar, en su absoluta falta de vinculación con la palabra o las ideas, de forma tan nítida, lo que yo soy, cómo yo siento. El mar, continuamente cerca, significando el borde de ese abismo que es a la vez deseado y temido, pero que en los días de calma amansa infinitamente, seda los sentidos, los envuelve, y te deja deambular por su orilla hasta el infinito. Con el Romance que le sucede, descubrí que cada vez que el mundo me aturdiese, podía volver a él, porque me sosegaría, como aún sigue haciéndolo, en mis ratos de incomprensión con el mundo. Con el rondó final, sentí lo que probablemente habría sentido alguien de la época escuchando esa furia, más propia de un Beethoven (no en vano era su concierto mozartiano favorito) que se desataba y que concentraba y proyectaba hacia fuera toda esa tempestad, toda esa lava dormida que siempre he guardado dentro de mí. Imagino a alguien del siglo XVIII acostumbrado a las artes de un Haydn o de un Boccherini, verse totalmente atrapado por la furia de este movimiento, de esos violines y ese viento que desde una renovada forma de describir, hurga en nuestros rincones y nos desata desde los instintos más recónditos. ¡Dios!, me dije, y no podía creer lo que sucedía. La música salía por ventanas, por puertas, y yo quería gritar, quedar exhausto de probar esa belleza intensa y sensual, era mi primera iniciación, mi primer escarceo con el lado carnal de la música. Brahms me dejaba esa ansia profunda de belleza que me hundía en la melancolía. Pero Mozart no, me proyectaba, me realizaba, me lanzaba al mar y a las estrellas, sin melancolía, con intensidad. Era la vida que me atravesaba, que me invitaba a vivir cuando yo aún no sabía que me estaba esperando en la siguiente esquina.
Aquel disco desapareció hace muchos años, olvidado por no ser compacto y sustituido por las más modernas versiones de Serkin de los conciertos mozartianos, con Claudio Abbado en los ochenta... Pero tengo que confesar que no es lo mismo, Aquel Serkin anciano sacaba de sus manos un Mozart dulce y cristalino, perfecto, pero se había olvidado de aquellas oscuridades de juventud. Así, esta mañana, cuando he ido a por el País, recordando que el concierto 20 de piano era uno de los que ofrecía en su colección de Mozart, he recordado violentamente aquel sonido de Serkin en juventud, y he debido pasar de largo. Amazon me asegura que en pocos días tendré en casa la versión histórica de juventud, con esa orquesta de Columbia que ya nadie sabe qué es de ella...

12 de febrero de 2006

Apolo

Hiciste bien en escaparte. En doblegar la realidad a los deseos de Apolo, que esperaba con mirada fría que nuestros besos le acercasen su carnalidad olvidada. Y reír por nuestra calle, que sube y que baja, y que nos hace esquivar la mirada al ruido y a las otras miradas, pero que acelera tu boca en un instante. Y recorrer nerviosos la oscuridad dentro de la luz, y llegar a la frontera de la piel, para dejar en ella la marca del futuro deseo.
Dos océanos se persiguen en su redondez. El círculo quiere cerrarse pero la tierra seca sus bordes. Y las corrientes submarinas, en su espesor, en su turgencia, en tu indecente tibieza, siguen acelerando haces de luz azul, como en una película de Lynch. Y los coches siguen su recorrido, las parejas sus besos, los curiosos sus miradas... El ritmo de la ciudad, que sigue su vertiginoso descenso a un sábado en el que olvidar la mediocridad de la semana.... cada uno en su danza y en su veneno, pero con nubes de Apolo aún en la memoria. Ella, en su azotea, seguro que se sonríe.

10 de febrero de 2006

Mozart y las estrellas


En los charcos de las calles de Madrid, los gatos han visto esta noche reflejadas las estrellas. ¡Qué raro!, habrá pensado algún lúcido, que siempre los hay, si en Madrid no se ven las estrellas nunca. Son aquellos dos locos, ¿no los ves? Se les caen de los bolsillos.

Esta mañana, con el sueño pegado a mis párpados, y el temblor de besos de imposible definición aún agarrándose a mi deseo, distingo todavía las estrellas que nadaron entre los charcos, mientras caminábamos en inútiles rutas hacia la negación del amanecer. Y, sin embargo, el sol está levantándose ya, rozando levemente los tejados y formando nubes en mi estómago. Nubes de manos y miradas, lluvia de palabras torrenciales pronunciadas en mi noche de gato, de felino minúsculo que se funde con los estados de la luz caprichosa que nacen de una farola vertical o que se cuelan entre las franjas irreales de una persiana para recortar tus movimientos. Mi memoria no puede detenerse, recorre veloz los estados de mi ánimo, que ayer viajaron por la longitud de un día inolvidable. Y Mozart, en su alquimia poliédrica, se defragmenta, en drama y comedia, existencia y júbilo. Y sobre todas las melodías escuchadas ayer, mi nuevo Exultate Jubilate, incidiendo con alevosía en mis neuronas, abriendo un camino de ternura melancólica en la que recorrer la noche de deseos que juegan a esconderse entre miradas tímidas. Y se fragmenta de nuevo, en un sonido único que nace y se despliega como las olas del minueto de la sinfonía 40, escrito desde la necesidad de crear, de llegar más allá. En un mar que funde, que atrapa la carne, que extiende la espuma, que cubre y descubre, que enlaza. Como mis manos y las tuyas, como mi mirada y la tuya, como mi boca y la tuya.

9 de febrero de 2006

Un coeur en hiver

Algunas noches de invierno, sin razón aparente, retorna, de ese otro invierno, tu mano sobre mi espalda. Y entonces recojo en mi memoria las palabras que, sí, me dijiste la primera vez, en tu coche, debajo de mi casa: yo intentando convencerte de que subieras, con el corazón acelerado al sentir tus dudas que yo las imaginaba sólo como resistencias. Pero lo dijiste bien claro, "si subo, es para pasarlo bien, pero no va a significar nada". El corazón enamorado no escucha algunas palabras. Sólo las he recuperado en su correcta pronunciación muchos años después. Yo deseaba amarte, y dejar que esa sensibilidad con la que me sedujiste, cerrara su círculo en nuestra piel y en nuestras entrañas. Y quizás sí lo fue aquella primera vez, en aquel descaro con el que dejé entrar a mi amante en mi casa compartida. Con el salvaje dulzor de tu lengua y el leve sonido de tu respiración.. Te quedaste a dormir. Ahora entiendo que en realidad sí fuiste mi amigo, y por eso pudiste. Porque lo necesitabas en tu asfixia existencial, en la soledad del abismo que se abría en tu vida de aquellos años. Llegaron los siguientes acercamientos, y yo me sentía una Jessica Lange que quería destrozar la mesa de tu cocina mientras mezclábamos nuestros sexos con ritmo volcánico. Y tu, desatabas mi arrebato con tu mano sobre mi espalda. Recogías mi deseo y lo transformabas en ternura. Los enamorados somos miopes y no podemos entender la obviedad de la no correspondencia. Fuiste generoso, supongo, porque fueron muchos meses los que me sosegaste con tus dedos. E incluso, en un engaño conseguido por mi inteligencia, en el fondo equivocada, llegaste a pensar que aquel sexo frenético y aparentemente carente de amor, en el que explorábamos y nos divertíamos con frivolidad, se terminaba ahí. Y sin embargo nunca supiste de las noches de insomnio y ansiedades que sufrí compartiendo tu almohada. Mis reflexiones siempre me traían a la cabeza aquella mirada profundamente inquietante y frágil de Daniel Auteil en "un corazón en invierno". Yo sabía que tu corazón estaba en invierno, que no podías amarme. Pero en una inexplicable vuelta de tuerca que mi mente era capaz de formular para mí, me dejaba arrastrar por ese sentimiento, sólo aparentemente femenino, de ser redentor del alma amada, y soñar con que el invierno terminaría, y yo te llevaría a esa primavera en la que finalmente entenderías que era irremediable que te enamoraras de mí. Entonces llegó aquella primavera injusta de año impar, y fuiste deslizándote de mi vida, de mis dedos, de mi obsesión. Quisiste hacerlo poco a poco, por mitigar mi dolor en un proceso progresivo que pudiera deshacer todos los vínculos que habíamos creado. Siento aún el peso de aquellas noches en las que me faltaba el aire, en las que sentía escapar la vida, y la ilusión. Y el desconcierto que me provocaba la incomprensión. Me sentía Emmanuelle Béart en su vórtice de desconcierto ante la frigidez sentimental de un Daniel Auteil que sólo sabía mirar en su curiosidad, pero que intuía esconder un secreto que nunca podíamos conocer. Pero esa omisión no era ningún engaño. Era una omisión que no omitía más que la nada, o quizá sólo las barreras indestructibles de quien no se lanza a la vida ni a la pasión con convencimiento. Durante todos estos años de consciente olvido, siempre he querido dejar la puerta semiabierta, porque la omisión de tu secreto me seguía inquietando, creando espacio en mi deseo para imaginar que me recordarías y que podrías volver.
Tuvieron que llegar mis inviernos de año par, y el amor verdaderamente correspondido y liberador, para que la razón me devolviese mis gafas para verte. Sí, ahora te miro y te veo como eres, y como fuiste. Alguien herido, quizá, por la vida. Pero definitivamente no ese ayudante de Luthier que lanzaba miradas equívocas a la intérprete de Ravel. No me puedo engañar. Tú buscabas a alguien a quien desear. Y yo, no era el objeto de tu deseo.

8 de febrero de 2006

Cinéma

Cuando yo era pequeño, en casa, veíamos todas las películas de la televisión. En esa época en la que sólo había dos cadenas y las películas que se emitían eran en su inmensa mayoría películas de hacía más de 15 años en el más reciente de los casos. La hora de la película era sagrada, y en muchos casos, si la película lo merecía, hasta excusa para no tener que acostarse temprano. He descubierto más tarde que en otras familias no era así. Que en otras casas no se veían las películas de la tele (de aquella época) y que el "blanco y negro" era considerado un verdadero tostón (yo, sin embargo, tenía la percepción de la las pelis en Blanco y Negro eran las "buenas").
En fin, en aquella época no era yo consciente de que cada casa, cada familia, tiene su forma particular de ver las cosas y que ésta difiere profundamente en muchas ocasiones de una puerta a la vecina. Tampoco era yo consciente de que mi madre era una cinéfila empedernida y que ese amor por el cine, tenía mucho que ver en la percepción que del cine nos hizo tener. Mi madre siempre ha sido muy vehemente en sus gustos, algo que creo haber heredado (por fortuna) y las películas que le gustaban a ella, siempre venían precedidas de grandes augurios por su parte... Ella siempre había visto las películas en el cine, en "su época". Y sabía transmitirnos esa necesidad de ver el cine y sentirlo con la pasión que lo sentía (y lo siente) ella.
Con este precedente, me encomiendo a la tarea que yo mismo propuse: resaltar 5 películas.
En mi caso, he decidido apostar por películas que no tienen que ser las mejores ni siquiera mis favoritas, pero son en todos los casos películas que me han cautivado en su primera vez (quizás no después) y que han contribuido con rotundidad a alimentar mis pasión por el CINE. También he decidido renunciar a mencionar películas más recientes, porque en los últimos 15 años yo he sido ya totalmente consciente de que el cine era algo importante en mi vida... Quizá en otros textos deje caer (sin duda lo haré) películas más recientes.
Doctor Zhivago. Porque para mí supuso el descubrimiento de la fascinación visual y plástica del cine y su capacidad para recrear paisajes físicos y humanos absolutamente cautivadores: fue el descubrimiento de lo que el cine podía sorprenderme.
Porque me sentía demasiado identificado con ese Yuri poeta que se sentía incomprendido y que buscaba intensidad en la vida. Porque la música de Jarre me arrebataba y me descubrió ese importante papel que la música juega en el cine. Yo creo que esta película, a pesar de quizás no ser la más redonda de David Lean, apunta muchos elementos que después se han desarrollado mucho en el cine posterior.
Gilda. Para mí fue el descubrimiento de la sensualidad y de la fatalidad del amor. Yo quedé abrasado literalmente por esa relación tormentosa de Glenn Ford y Rita Hayworth en la que sólo se adivinaban los hechos, pero que mantenía un secreto oscuro que nos inquietaba y nos hacía estremecernos. Recuerdo sentarme sólo ante el vídeo y repetir innumerables veces la escena donde ella brinda por la mala suerte de la mujer que había herido a Glenn Ford, con ese arrebato que nos revelaba el secreto de ese Don Juan Femenino que se lanza al desastre sin temor. A mí me temblaba el interior al verla y reconocer yo dentro de mi una fatalidad latente que aún no había comenzado a "sentir". Esta película sirve un poco de representante de otras muchas (Perversidad, por ejemplo de la que ya ha hablado alguna vez con alguno de vosotros...Laura, la mujer del cuadro...)
Vértigo. El cine americano de los años 50 y 60 me fascina. Las películas de Ophüls, Stahl, Ray, Hitchcock y tantos otros. Para mí vértigo tuvo esa fascinación del personaje de Kim Novak, con su doble personaje, ese provocador voyeurismo que inyecta Alfred, esa fascinación arrebatada, aún desde la frialdad de su prisma. Pero esta es una representante de innumerables películas más o menos contemporáneas que me gustaría poner en un lugar de honor (Picninc, La noche de la Iguana, Que el cielo la Juzgue... Aquí la lista sería interminable).
La ragazza con la valigia. Una película quizás menor, pero que a mí me cautivó tremendamente, por ese modo especial de hacer del cine europeo, en su descarnada sinceridad y en su apuesta por dejar fluir una mirada no convencional sobre las cosas. Por su lírica y por la fuerza de los personajes en una adolescencia retratada con maravillosa delicadeza por Zurlini. Acaba de salir en DVD y la he comprado... Y creo que hay alguien por ahí que está invitado especialmente a verla conmigo. Esta película representa aquí de alguna forma al cine europeo de los 50 y 60, los franceses y la nouvelle vague, el neorrealismo italiano... ¡tanto cine estupendo!
Bleu. La película de Krzysztof Kieslowski me resultó también todo un sobresalto, una manera diferente de mostrar historias "de otra forma" en el cine. El poder de lo visual, la plástica escénica conducida a hacernos sentir con fuerza. La elipsis y las incomprensiones, ese cine que deja que el espectador entre en le película y se implique en ella. Fue mi convencimiento del apasionado fervor que profeso por la cultura y el cine francés, que en aquella época ya se complementaba bastante con su literatura. En fin, es mi pequeño homenaje a la cultura que más admiro. Al concepto de civilización que han inspirado y a los valores que nos han aportado, que forman parte irremediablemente de nuestra europeidad. Bleu para mí representa también en esta lista a tantas y tantas películas que en los últimos 15 años me han fascinado.

7 de febrero de 2006

Inflexiones


En la contraportada de la vida de estos días, he olvidado leer el argumento, la síntesis de lo que me está pasando. La naturaleza, en un imperturbable continuo de noches heladas y tardes de sol, no me envía signos ni advertencias. Ha habido una distancia que ha ocupado toda nuestra cercanía. Una distancia que se ha instalado entre miradas, periódicos leídos a destiempo y cenas en la cocina. En la cama y en los desayunos descoordinados y sin miradas comunes. Bebo con nostalgia un vaso de agua, después del café, y en él se ahogan mis palabras. De repente las tuyas te han salido ásperas y nos hemos ahorrado el “te quiero” que esperaba en los labios. El camino hasta el autobús es frío cuando no me miras a través de esas gafas como otras veces, desde esa profunda ternura que me hace olvidarme del mundo. Mis pensamientos se han ido cayendo por la calle oscura, a ritmo de los frenazos del conductor. Leo mi historia en los ojos de esa chica que cada mañana se tropieza conmigo al irse a sentar en el asiento de al lado. Hoy no ha sacado su libro de lectura. Yo tampoco. Nos hemos mirado y ella ha sonreído. Después ha vuelto la cabeza hacia el cristal, hacia la noche, y sé que se la ha escapado una lágrima.
Cuando duermo de espaldas a ti mis sueños no son bonitos, amor. Necesito tus manos cerca, y tu respiración tibia de frente a mí, para fundir nuestros deseos no confesados, que se pasean juntos por la sábana mientras jugamos en sueños. Sabemos que necesitamos perdernos, alejarnos de vez en cuando, cuando no entendemos que la vida sigue siendo extraña. Sabemos que somos felinos que necesitan la soledad con capricho, y volver cuando se termina la noche de las palabras. La vida no nos deja tiempo para sentir sus leves mecanismos, sus incomprensiones.
Ver salir del vagón del metro, de vuelta a casa a mi hermano de secretas palabras, a mi felino favorito, en simétrica mirada y negro jersey, como en un imposible desafío a lo que puede suceder, me ha zarandeado con firmeza. El río de palabras y mi emoción desbordada han templado al sol del mediodía una confidencia sutil y llena de reflexión, de inteligencia siempre compartida. El desbloqueo de mis palabras ha fluido y ha encontrado inflexión en un abrazo inmenso en el que discretamente he querido embriagarme de su piel un instante. Nuestras estrellas se han separado y el día encuentra, lentamente, su significado. Has vuelto a casa con una sonrisa de las que brillan. Y lleno de intensidad para mí. He respirado dentro de ti y has entendido que mi animal ha regresado. Cargado de ríos de lava, de historias, de miradas. Y hemos salido a vaciar la tarde de Madrid con ansia, corriendo por la calle como niños, los que siempre somos cuando estamos solos. Después hemos recorrido las distancias con las frases y con las preguntas. Y me has dado la mano muy fuerte, y a los dos se nos ha acelerado el corazón, ese que nunca se gasta desde que hace 4 años (sí, mañana hace ya 4 años) se encontraron nuestras miradas en esa noche fría de Granada . Esa nieve blanca que brillaba en la noche, como un cielo imposible, siempre ha estado gravitando sobre nosotros. Llenando nuestras miradas de esa curiosidad infinita del estupor extraño del amor. Mi niño, corro a buscarte, despierta de tu ovillo de sueño, necesito amarte ya.

5 de febrero de 2006

De Omnes


W.A.Mozart. Misa en do menor Kv417a. "Gran misa"

Hoy he salido a pasear solo. Lo necesitaba. A veces necesito salir de mi vida y entrar las otras, no porque mi vida no me parezca adecuada o porque la sienta aburrida, nada más lejos de la realidad. Pero, a veces siento en mi piel la llamada del universo, que me recuerda la infinitud de la existencia, a pesar de su limitación temporal. Y siento que cada calle, cada rincón, cada café, está lleno de vida de la que, de repente, puedo también yo formar parte. He paseado por el sol y la belleza dominical, y por la sombra de las calles alargadas, por las descarnadas y empinadas aceras del desengaño de la ciudad. He ido cruzándome historias, miradas, suspiros, retazos de conversaciones, alguna música, y muchas ilusiones dibujadas en rostros. He observado, he intentado sonreír, he intentado sumarme a alguna de las estelas que dejaban a mi paso, pero no he podido. A veces, la vida sólo ocurre más allá de ti. Y me he limitado a observar. He ojeado el periódico, reparando en el compacto de mañana... La gran misa de mozart... He imaginado la primera vez que en silencio, aquella amiga me descubrió el secreto de ese “et incarnatus est” que cantaba una impecable Barbara Hendricks. Mozart siempre tuvo una especial sensibilidad para describir ese momento de la misa en la que el texto recoge la encarnación de Jesucristo en su madre. Era la primera pista que me llegaba para intentar descifrar ese lado religioso de un Mozart que en aquel momento, sólo comenzaba a conocer de cerca. La iglesia, en el siglo XVIII no era, efectivamente, una institución que pudiera uno evitar así como así, no sólo por su poder espiritual y moral sobre los hombres, sino también por su poder económico que para un músico caprichoso y despilfarrador como era nuestro Wolfgang debía ser una razón decisiva a la hora de ponerse a componer misas o motetes. Sí, porque al chico, mucha espiritualidad no se le veía a la hora de musicalizar el evangelio. No llegó a la rebeldía de mi querido Schubert, sutilmente eliminando las frases que no le convencían de los textos. Pero Mozart, hacía suyas las palabras de la misa y las reinterpretaba con la ayuda de la música convirtiéndolas en verdadera expresión del grito profundo del hombre que era. Grito de incomprensión, grito de placer y de júbilo, de ternura, de melancolía, de vida. La misa quedó, desafortunadamente, incompleta (para mí que no le llegaba a motivar el tema y en mitad de la composición se le hizo aburrido terminar una misa que se adivinaba de dimensiones más grandes de lo esperado). Aún así, el resultado de lo que dejó, es de un espíritu poco “escolástico”, pero encuentro que más allá de todo, es un vehículo por el que conocer un poco la relación que Mozart debía tener con la religión, y con la espiritualidad. La misa, en su línea melódica y en su teatralidad y dramatismo nos ofrece un fresco arrebatador del hombre como ser que es incapaz de entenderse y de entender el mundo al que se enfrenta con todas sus virtudes y todos sus defectos. Cuando empecé a conocer esta obra, siempre sentí que en el fondo estaba, más allá del texto, ante una verdadera ópera en la que la humanidad se expresaba con infinita claridad y belleza. Desde el profundo kyrie inicial que nos deja estupefactos ante la (físicamente al límite) melodía de la soprano que nos lleva del cielo a las oscuridades en unos segundos, los coros se van alternando con escenas de dúos, tríos, cuartetos, en una creciente simbiosis operística que casi recuerda al “crescendo” vocal del segundo acto de Las Bodas de Fígaro. El resultado es sinceramente irregular a ojos de “lo que debería ser una misa”, pero es innegable el efecto embriagador de esas voces que nos llevan del júbilo de la existencia en el Gloria, a la arrebatadora musicalidad festiva del Laudamus te, para hundirnos acto seguido en la irremediable tristeza de ese breve Gratias que en un minuto consigue un efecto dramático insospechado. Mozart lo enlaza, desafiante, con un dueto, el Domine, de elegancia y morbosidad desbordadas, en un juego de 2 sopranos que nos lanza a la belleza en estado puro, a la contemplación como camino del éxtasis. Pero la inexorable condición humana nos arrastra a ese Qui tollis peccata mundi, que nos sumerge en la profundidad de tristeza desgarrada que sin embargo, se descubre con grietas bellísimas de esperanza. Para recuperarnos de esa sima de triste intensidad Mozart nos regala a continuación una de las páginas “operísticas” más bellas que salieron de su mano: Quoniam tu solus sanctus, maravillosa pieza en la que los cuatro solistas se apasionan en un crescendo musical de vitalidad y bellezas embriagadoras en su humanidad y en un frenetismo que nos arroba y nos arroja al pecado musical. El pequeño intermedio del Jesu Christe, nos enlaza al Cum Sancto spiritu, que nos acelera lentamente en un casi canon desbordado de vitalidad y júbilo. Ese camino nos abre la puerta de un Credo que nos va a dejar sorprendidos, en su exultante grito de principios, que Mozart, a pesar de optar por el coro para representarlo, lo vuelve a dotar de un engranaje absolutamente operístico que nos empuja a una melancolía que fusiona tristeza y alegría en una atmósfera no carente de ambigüedad. Pero la gran sorpresa del Credo la tenemos una vez que el coro deja la palabra a la soprano, que recita el et incarnatus est en una verdadera aria operística llena de inmensa ternura, en la que quizás sea la más excelsa representación de la maternidad del arte occidental. La soprano juega con todos los instrumentos de viento a ser uno más. De nuevo Mozart, osado, se arriesga en una fusión imposible con el estilo concertante, creando un verdadero “concierto” para voz humana. Como siempre, con un resultado que está más allá de la lógica. Maternidad y fusión con la naturaleza, en una melodía en la que Mozart deja salir toda su humanidad, su infinita humanidad. Y la destila a través de ese genio compositor e inventivo. En fin, que esta obra, bien merece una misa, je je je.
Una pena que Mozart, a pesar de todo, abandonara el proyecto, que continúa con un contenido Sanctus, que sin embargo nos abre las puertas de un cielo que, precedido del Hosanna, verdadero, esta vez sí, canon, nos enmarca el BENEDICTUS final, fragmento verdaderamente impecable de genialidad que resume toda la inconmensurable humanística de la obra en un delicado y aéreo juego operístico (de nuevo) e imposible de los solistas que verdaderamente juegan en una página de melancolía casi romántica que nos salva la vida a toda la humanidad con su cristalina musicalidad. Una página que nos anuncia ya lo que va a ser el Réquiem inigualable del Tuba Mirum o del Recordare
En cada mirada un sentimiento, un grito de existencia, una inútil llamada a la irrevocable brevedad de la vida. Mientras lo he vuelto a escuchar esta mañana, arropado de esta ciudad que me acompaña también en su humanidad dulce de domingo, he comenzado el primer capítulo del “Microcosmi” de Claudio Magris, que a su manera, retratando al inicio el complejo universo (verdadero microcosmos humano) del café San Marco de Trieste, retrata también, irremediablmente a toda la humanidad. Me he sentido furiosamente feliz de formar parte de este experimento de la existencia, desde la intimidad de mi voz que se enlaza a la de los otros, de ti que estás preocupado, de ti que estás triste, de ti que me amas sin que yo pueda amarte, de él al que amo sin saberlo yo aún, de ellos que están dejando de amarse, de ella, que siente celos, y de ella, que se siente cansada, de él que lee sin saberlo su futuro, de ellos que crean y de ellas que se ilusionan, de nosotros que jugamos, de él que cierra los ojos para no ver lo que no quiere ver, de ellos que tienen tanto amor que no saben cómo beberlo, de ella que se siente, en esta mañana de domingo, sola, y va a pasear al parque, donde se mezclan los colores de los abrigos de solitarios, vividores y enamorados. Y el sol se acuesta lentamente, y deja que las sombras se hagan crujientes, y las acaricie el viento de la tarde, y de nuevo llegue a su fin un día más de la humanidad, un día más de aliento universal, tal y como nos lo cuenta Mozart.

3 de febrero de 2006

La Discordia de la Belleza


Del día que lo conocí, recuerdo sus ojos oscuros y profundos, y recuerdo también que los míos se hundían en ellos como si fuesen pozos de agua fresca abiertos al calor de agosto. Nos encontrábamos por casualidad, siempre cruzándonos por la calle, cuando yo iba con María y él se paraba a saludarla, pues también era amiga suya. En cada encuentro hablábamos más y, sobre todo, yo intervenía más. Y así, una tarde tibia, los tres bajo un árbol que susurraba la llegada del verano, lanzó él dos flechas en forma de palabra, que pararon bruscamente mi tiempo, y rompieron el muro de mi más profunda intimidad durante unos segundos de ingravidez, que yo viví con ese vértigo acelerado de la adolescencia. Aquellas palabras las convertí en memoria de piedra, en un recuerdo que ya nunca he conseguido desalojar de mi secreta lista de principios de vida y que, inconscientemente, llevan guiándome en la mayoría de mis caminos. Ahora, cuando lo pienso, con la distancia del tiempo, creo que realmente nunca conseguí entenderle. En nuestras escasas conversaciones, sólo quise entender a alguien que yo fabriqué en mi cabeza, en esa especie de egoísmo salvaje que yo sentía cada vez que el túnel de salida de la mediocridad del mundo brillaba en los ojos de alguien. Por ello, aquellas palabras formaron un concepto sólido y esférico que sentí desde entonces gravitar en el fondo de mi pecho: Vivir para buscar la belleza. El concepto me llegaba como un rumor sordo que me inundaba, como una ansiedad que sólo podía saciarse con esa extraña sensación de la contemplación de la hermosura. Esa idea, no obstante, se convirtió con el paso de los años en condena y en liberación al mismo tiempo, dolor y éxtasis, melancolía e incomprensión. Una especie de secreta religión capaz de abrir distancias infinitas con aquel que no creía en ella. Supongo que la semilla que hizo crecer esos sentimientos siempre debí tenerla, pero fue aquella tarde de mayo cuando sus palabras la hicieron brotar, con ese dolor seco, como de nacimiento. Tocaba el violín, a pesar de que nunca llegué a escucharlo. Y tenía ese dulce y a veces displicente aspecto bohemio que le correspondía como músico. Aquellas palabras suyas, que también tenían mucho de musical, se enredaron en las frías puntas de las estrellas de la noche que ya apuntaba cuando nos separamos, y , en aquel ocaso que me conmovía, sólo supe asentir, creyendo haber dejado claro que una complicidad indestructible acababa de nacer entre nosotros. Aquel encuentro produjo en mi interior un maremoto intenso y salvaje de emociones, sueños e hipótesis de belleza del que tan sólo supe salir con vida escribiéndole una larga carta que, como pude, enmascaré de comentarios musicales, pero que en el fondo escondía una subterránea declaración de amor. Pensándolo ahora, casi me resulta curioso esto que voy a decir, porque juraría que era más probable que fuera yo quien hubiese intentado quedarme con algún recuerdo físico de él. Pero la vida es así, y en el fondo yo tan sólo guardo sus palabras, aquellas eternas palabras que afortunadamente ya he aprendido a domesticar. Él, sin embargo, sí se quedó con algo mío: unas grabaciones de las sonatas de Brahms que le presté para preparar una audición. El día que me llamó para pedirme el favor, conocedor de mi discoteca, sentí que era el momento. Escondí en el CD aquella carta, con mis palabras, en el fondo, descarnadas. Nunca las comentó, ni las mencionó, y la devolución del disco compacto se convirtió en un eterno juego de excusas que he perdido en la memoria. Creo que sólo volví a tener dos o tres conversaciones más con él. La complicidad de aquella tarde se esfumó, casi como si nunca hubiera existido. ¿Escuchará a menudo aquella grabación? ¿me recordará cada vez que las oiga? ¿Permanecerán olvidadas en algún rincón de su discoteca? Son preguntas que me hago a menudo, en una evocación no exenta de cierta amargura y siempre marcada por la sombra de una incógnita que inconscientemente agranda el poder de su magnetismo en mi recuerdo. Hace un par de días lo he vuelto a ver, después de más de diez años. Iba con una mujer, los dos callados, y con un niño que jugaba a su alrededor con entusiasmo, pero al que él parecía no hacer mucho caso. Se sentaron, por casualidad, en una mesa cercana a la mía, en un café del centro. Quise saludarle, pero no tuve valor. El peso de mi dios particular, buscador de la belleza, me paralizó los brazos. Lo vi cariñoso con ella, con esos gestos cargados de una dulzura que no ha perdido. Pero algo había en él que faltaba. Algo que, en aquel rato que pasé inadvertidamente junto a ellos, quebró un tenue hilo que aún quedaba en mi interior. Su sonrisa le delató. Una sonrisa cansada y torcida, carente de brillo. Unos gestos llenos de monotonía que con seguridad no pertenecían ya al que yo conocí. Sus manos ya no tenían esa luz que brillaba cuando exhibía sus gestos elegantes de músico. Ni el cabello le dotaba de ese toque despreocupado de poeta. He sabido hoy (le pregunté por él a María, y me lo contó) que dejó el instrumento hace años, y que ejerce de profesor de primaria en una escuela. Vive con esa chica con la que le vi, al parecer una compañera de trabajo discreta y poco habladora. Tienen un hijo, se llama Jaime, igual que la intérprete del compacto que le presté en aquella ocasión, ¡qué curiosa es a veces la vida!. Me ha dicho que no salen mucho, que hacen más bien una vida familiar. Ella sólo los ve cuando se cruza con ellos por el centro, de compras, y nunca se deciden a sentarse en algún sitio y hablar un poco más. Llevo algunas horas inquieto y triste... El otro día, cuando le observé, es posible que fuera sólo un anhelo mío, pero a pesar de todo, creí todavía ver en el fondo de su mirada la sombra de sus ilusiones. Y, sin embargo no, no se trataba de una sombra, ni del signo de ningún letargo. He comprendido por fin que lo suyo es una elección, un camino ya emprendido que nos ha separado del todo. Un camino de hecho ya emprendido cuando nos conocimos, sin ni siquiera saberlo ninguno de los dos.Los encuentros, como las notas musicales, tienen su momento único para acordar. Y el milagro se produce tan sólo en ese instante y en ese lugar. Nunca antes, nunca después. Yo me equivoqué de momento y lugar. Pero mi búsqueda particular de la belleza sigue ahí, animándome día a día a vivir y a indagar en la vida. Algo me dice que él, sin embargo, no debe conservar ya aquel Brahms maravilloso que le regalé y que yo he soñado con desvelo tantas noches de primavera.

2 de febrero de 2006

The Secret Life of Words

Com o que será que sonha a mulher barbada?
Será que num sonho ela salta, como a trapezista?
Será que sonhando se arrisca, como o domador?
Vai ver ela só tira máscara como o palhaço.
O que será que tem, o que será que hein?
O que será que tem a perder a mulher barbada?

Adriana Calcanhoto.




Los sentimientos, con el tiempo, se transforman en palabras propias. Palabras que, a veces, se transforman a su vez en ríos ocultos, como aquel de Granada que nos contaba Lorca. Ríos que recorren los labios encarnados de las heridas del alma. Detrás de mi seguridad, sé que siempre supiste que corrían ríos de palabras secretas. Porque eres inteligente e intuitivo. y porque habita entre nosotros esa rara capacidad de la comunicación en silencio.
Ayer dejé que el agua brotase para ti, porque es agua para ti. Y en cada paso que me descubro, que me quito la máscara, encuentro que ese río es un mar, y que ese mar es único y diferente. Que te has quedado ahí, donde quiera que estés, y vas a quedarte, para siempre, presente o ausente, unido por una delgada línea que continuará dibujando conmigo ese mar, como el de Baricco que te di en navidades. Te he regalado mi aliento para que sea tu ancla. Tu ancla aquí, detrás de ese océano que separa nuestro origen, que te deja, lo sé, diluído en tu río subterráneo, ese difícil desarraigo vital que te marea. De nuevo la mañana, la ducha tibia y el eco de las palabras escritas, me han traído con violencia la vida secreta de las palabras que te he regalado. Ahora sé que existen, brotando de la herida que tus zarpas dejaron. Herida solitaria durante tanto tiempo sobre la que hoy, mientras caminaba por Madrid, he sentido la blandura de tu mano.
Gracias, my nice to meet you

1 de febrero de 2006

El Estupor de la Existencia.


W.A. Mozart. Quinteto de cuerdas en Sol menor, Kv 516

Para todos lo que por aquí se pasean, no quería dejar de pasar hoy la oportunidad de recordaros que El País, en su edición de hoy, permite comprar el volumen 12 de su edición Mozart, dedicado a sus quintetos de cuerdas. Entre ellos, el número 3 en sol menor.
No voy a enumerar la cualidades de un músico al que me he dedicado a adorar en múltiples escritos y comentarios por estas páginas. Simplemente quiero expresar que no estamos ante una obra cualquiera. Estamos ante una de las más demoledoras, arrebatadoras e intensas declaraciones de la existencia humana, en la infinita soledad del hombre ante la nada. Mozart exploró innumerables aspectos del ser humano, siempre con precisión quirúrgica, con intensidad inusitada para la época. En este caso, nos abre una ventana al interior reflexivo de la contemplación de la existencia, como acto finito y declaración truncada de deseos. Por supuesto, la maestría del autor nos hunde en la angustia de la existencia, en ese afilado borde que nos recuerda que el abismo hacia la nada existe perpetuamente desde que nacemos, y que enfrentarnos a nosotros mismos como seres en absoluta soledad es un acto de profundo desgarro interior. Esta mirada, esta ventana abierta al interior, es afilada y certera. No podemos sino dejarnos caer en esa melancolía inicial del quinteto, que nos va sumiendo poco a poco en una profundidad espesa y sombría, con cimas de dolor que se van desplegando con sutilidad y belleza aplastantes. El minueto nos deja un leve respiro, no exento de elegancia contenida, que nos introduce en el primer adagio. Con él, nos deslizamos por una música de silencios imaginarios, que con una sencillez que nos aplasta, nos va preparando para el terrible zarpazo de la soledad que nos ataca de improviso. Vendría Beethoven en el futuro a recordarnos que las cimas del género de cuerda estaban aún por escribir. Es posible. Pero la inspiración inigualable de Mozart nos deja en este adagio esa insuperable sencillez con la que esa (literalmente) garra de las violas, con sólo tres notas, nos hiere a muerte, tatuándonos a fuego ese estupor intenso de la existencia, de la más absoluta soledad frente a un Universo inexplicable que nos paraliza en la desolación. Después de haber oído esos compases, ya nada es igual, a pesar de que Wolfgang, con su sutileza, nos intente levantar, para de nuevo herirnos, con certero golpe. Para terminar, tuvo la tremenda osadía de (en un siglo de las luces, de la ilustración) encadenar otro adagio a continuación. No sé si os lo podéis imaginar, pero para la época es un absoluto desafío a lo establecido. Si el adagio anterior nos hería de muerte ante la contemplación cruda de la soledad de la existencia, el siguiente adagio nos hunde en un mar de absoluta belleza, provocadoramente triste y decadente, conmovedor, oscuro, grave, de melancolía infinita y jamás igualada: absolutamente escalofriante. Que nos abandona al placer de un orgasmo musical, y enlaza (es Mozart, ¡¡¡¡cómo sino!!) con un allegro exultante, que nos devuelve triunfantes y arrolladoramente frenéticos a un gozo de vivir, a una celebración de la existencia, de la vida, de las pasiones, si cabe, más rotundamente delirante, después de las simas de las que salimos...
Desde mi primera audición de esta obra, se quedó grabada dentro de mí, con profunda convicción de ser una de las obras de arte más arrebatadoras, sinceras, y bellas de la historia de la humanidad. No quiero exagerar, pero de verdad que la obra está más allá de nuestra capacidad de asimilación, siendo, sin embargo, el más claro espejo del abismo inexplicable de la existencia. Para mí, el verdadero testamento musical del salzburgués. Ya sé que están las Óperas, y el Réquiem. Pero aquí no hablamos de grandes orquestas, voces, un libreto y una serie de posibilidades dramáticas, contamos con 5 instrumentos y su capacidad cromática y expresiva, una desnudez con la que Mozart es capaz de llevarnos al límite. Os animo a compartirlo conmigo. Escuchadlo, y respirad hondo, el misterio de la vida está ahí, explicado.