31 de julio de 2006

EMOCIONES


"Le Arti conducono al Regno della felicità, Al vero Amore/
Las Artes conducen al Reino de la felicidad. Al verdadero Amor"
Frase escrita sobre un banco de madera en un jardín de Ferrara (Italia).

Me quedo con esta fotografía como final de vacaciones De unas vacaciones intensas y llenas de luz y belleza. Me hubiera gustado detenerme en ese banco durante horas, durante días. En ese pequeño jardín en el que está, en la parte trasera del Palazzo Schifanoia de Ferrara, en cuyas paredes se esconden los maravillosos frescos de Francesco del Cossa, inquietantes y conmovedores como pocos he visto en mi vida, con un Triunfo de Venus tremendamente carnal y humano en su exhibición del placer, donde parece difícil creer su fecha de realización, a finales del Siglo XV, mientras por estas tierras la oscuridad y los motivos religiosos dominaban todas las artes.
Ferrara es la última ciudad que visité en mi viaje a Italia. Es una ciudad geométrica, ordenada, silenciosa, que emociona por su rigor, por su intenso color rojo ladrillo en los edificios, por lo desmedidamente abundante pero a la vez discreto y puro de su Renacimiento, impecable en su trazado e intacto en su conservación. Hay que tener en cuenta que la corte de los Duques de Este en Ferrara se convirtió en foco atractor de artistas que desarrollaron allí, durante el Renacimiento, una importante actividad artistica. El posterior declive, fruto de la huida de los Este a Mantova tras quedar la familia sin sucesión y sus dominios pasar de nuevo a los Estados Vaticanos, dejaron a la ciudad sin la mayor parte del legado artístico de la familia, repartido hoy en día por museos de todo el mundo, entre ellos El Prado, pero también preservó a la ciudad de una ulterior re-costrucción barroca que le habría hecho perder el caracter puramente medieval-renecentista que aún hoy conserva. Por ello, fue declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
Ferrara es una ciudad que se despliega al viajero con lentitud y elegancia, sin abrumar a pesar de su afilada belleza. Una ciudad demasiado vivible para poder arrebatar con el primer impacto visual, pero que se agarra con fuerza a la retina y a los sentimientos. Fue el perfecto destino final para poder asimilar todo lo que había vivido esos días. Y así, sentado en ese jardín, fueron desgranándose la belleza, sus razones y la emoción de la pasión que arrastró a los autores de todo aquello que vi. Porque detrás de cada escultura, de cada pintura, de cada edificio, siempre hay una intención, pero también una irremediable pasión, y un impulso humano que lo recoge y lo traduce. Y en Italia, esa traducción en imágenes, en formas, en colores, es la más intensa y perfecta que pueda uno imaginar. Por ello, al verlas, me he sentido humano, imperfecto, pero inmensamente feliz de poder sentir la belleza y, en cierta medida, reproducirla a veces. He vuelto cargado de una necesidad de escribir sobre lo que he visto, sobre lo que me ha sugerido, sobre las historias que han venido a mi mente... Lo haré poco a poco, con la tranquilidad del resto del verano en casa, disfrutando de la piscina y de los helados.
Y así, al caer la tarde, me subí en una de las bicicletas que amablemente nos prestaron en el hotel, y me dispuse a recorrer la Ferrara del atardecer, en la que la luz cae sobre los edificios rojos, y se crea una atmósfera indescriptible. Mientras la disfrutaba, con esa secreta felicidad con la que se saborea el último chocolate de la caja de bombones, recordé el cine de Antonioni, o la metafísica pictórica de Chirico (ferrarense uno y atrapado por el embrujo de la ciudad el otro) y me llenaba de las mismas preguntas que ellos trataron de exponer en sus obras, sobre el misterio de la belleza, su fugacidad, su lado oculto, sus ideales... y el rojo de los ladrillos iluminados me cegaba, y se mezclaba con la turbadora imagen de la catedral románica que me saludaba, y todo ello me transportaba a una felicidad dulce, como de anestesia. Y Ferrara, en esa elegancia de bicicletas antiguas que llena sus calles, me cercaba y me susurraba al oído la imposibilidad de su enigma, de la emoción de su orden. De repente llegué a la sinagoga. La única en la ciudad que conserva su función original para una reducida (imagino) comunidad judía actual. Una discreta lápida recordaba los nombres de los ejecutados durante la segunda guerra mundial en campos de concentración. El apellido Finzi-Contini estaba entre ellos, y me recordó la conmovedora historia del más ilustre de los literarios locales, el genial Giorgio Bassani, que Vittorio de Sica recreó en la película del mismo nombre, en 1970. ¿Quién sabe si ese jardín de los Finzi-Contini no correspondería a alguien más real de lo que imaginábamos? De repente, la belleza se hizo amarga en mi cabeza. Una bilis inexplicable que me recorría las venas, cuando en mi retina aún permanecían tibias las imágenes de los periódicos sobre los bombardeos en Beirut, que se mezclaban ahora con las de las obras de arte destruidas en la segunda Guerra Mundial, de la que uno se hace consciente cuando no puede ver in-situ lo que ya no existe en nigún lugar. La destrucción de las ideas y de la belleza, como ápice de la masacre humana, de la destrucción de la vida que las envuelve, en un acto sin sentido, sin piedad. Poco hemos avanzado, quienes fueron destruidos, ahora son destructores. Venganza y justicia son palabras vacías ante la hermosura de la vida. Armas verbales sutiles y engañosas, que se esgrimen lícitas en manos de quienes sólo buscan intereses personales con ellas. Algo sí me queda claro. Hacen falta más voces, más palabras, más belleza, más gestos... Y sobre todo, más acciones, más protestas, más denuncia, menos indolencia. Os animo a protestar desde vuestros blogs. Una pequeña contribución, que al menos signifique que no nos da igual lo que pasa...
Para terminar, os dejo ver la luz de Ferrara, ideal para calmar la sed de belleza.



8 de julio de 2006

La Serenissima...


Mientras se va apagando la extensa tarde de verano, muy despacio, tomo conciencia de la velocidad del tiempo. Desde la lentitud, determino la rapidez. La rapidez de estos últimos meses, en los que siento que han pasado muchas cosas, pero, a la vez, apenas ninguna. En el fondo, sólo la mente humana puede crear el tiempo, y éste es controlado a su capricho, sin tener mucho en cuenta las mediciones mecánicas que hemos hecho de él, por escrupulosas y exactas que éstas sean. Porque sólo viviéndolo, sintiéndolo mientras nos atraviesa, podemos sentir su velocidad.
En la trepidante última semana, Madrid ha tenido ocasión de despedirme, entre soles reflejados en cristales, hundido en el fondo de su verticalidad, sintiendo su calor áspero y ardiente. Diluyendo deseos que corrían subterráneos, apagando la piel que crujía con insólita insolencia. Aquí se queda por unos días, sin mis pasos para llenarse de su calor. Sin sus miradas torciendo esquinas o en la barra de un metro.
Sí, despego, me alejo de todos esos que mañana, que pasado mañana, que el día siguiente, despertaran con la sonrisa de la proximidad de las vacaciones, de las horas de piscina y sol, de las noches de insomnio o de placeres carnales. Este año, curiosamente, me voy de los primeros. Me voy, me voy, me voy, me voy, qué bien suena. Cada vez que uno parte, es para volver diferente, para sentir otras cosas, para sentir lo mismo de otra forma, para viajar por dentro y por fuera, para buscar placer, ya sea en lo ocioso, en la búsqueda de la belleza, en el dulce abandono, en la inmensidad de un helado, de la cresta de una ola, o de la carne tibia de alguien a quien amaremos como nunca.
A mí me espera la camiseta a rayas, y los palacios del Canal Grande. La arquitectura de Palladio, los frescos de Ghiotto en los Scrovegni, Aida en l’Arena, la fortaleza de los Este... y, sobre todo, la mejor de las compañías... Por no hablar de la posibilidad (que me emborracha ya sólo de pensarlo, la verdad) de practicar esa lengua que tanto me gusta... Y por último sin olvidarme de la belleza de los italianos, de la que acumularé todas las huellas sensitivas que pueda... A la vuelta os contaré...
A presto.
Baci.

4 de julio de 2006

Lo que más...

Siguiendo una petición de Mart-ini, expresada en su blog, que yo recojo y añado a la que me ha pedido personalmente, voy a dibujar yo también aquí la sonrisa que me despierta cada día.

Yo vivo con un personajillo especial, medio niño, medio adulto, que se despierta con los ojillos pegados y sin muchas ganas de hablar, pero que siempre me dedica una sonrisa cuando me ve. Que siempre tiene su mano preparada para abarcarme cuando mi sueño es difícil, que siempre tiene un beso dulce para mí, incluso cuando está dormido. Que alguien dormido te dedique un beso sí que es lo más grande que te puede pasar..




Es alguien que me sigue contrariando día a día, sorprendiendo día a día, enseñando día a día. Alguien absolutamente blanco en sus intenciones, repleto de valores, que me ha enseñado a plantear, a interrogar, a dudar, a reformular... Alguien que cree, como yo, que la vida desde la pareja se vive en una dualidad de compartir el crecimiento y crecer con la independencia. Alguien que me ama como nadie me ha amado nunca, y me lo demuestra cada día que pasa. Alguien imperfecto y con zonas oscuras, alguien que esconde en su mirada sombras y placer. Pero que me confiesa su humanidad con frecuencia, que encaja la desigualdad y la incoherencia, la imperfección de la vida, y que ha estado por encima de cualquier consideración a la hora de hacerme sentir con sutilidad que más allá de todo, despertarse conmigo cada día sigue siendo su primera prioridad. En resumen, alguien que para mí no puede ser sino excepcional. Alguien que me ha enseñado la verdadera dimensión de amar. Amar por necesidad carnal y personal, por deseo vital. Por eso, lo demás: las canciones, los libros, las películas, los sabores y olores, las imágenes, cabalgan siempre detrás. Han salido muchas, seguirán saliendo por aquí. Pero de él no hablo tanto, y sin embargo está ahí siempre, en el centro de mi vida. Y cuando regrese a la cama en unos minutos, me dará ese beso delicado desde su sueño, y yo seré de nuevo, como cada noche, feliz.

29 de junio de 2006

La Caricia Exacta.

(...) Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma sobre tu cintura,
en duelo de mordiscos y azucenas (...)
F.G.Lorca.

Mentiría si dijera que no quiero escuchar esta noche tu voz. Escucharla, aunque fuese encerrada en el auricular de mi teléfono. Porque su modulación se adapta perfectamente a la forma de mi cuerpo en noches de calor como ésta. Un calor que con la oscuridad se transforma de incómodo en deseable. Y que, avanzando la madrugada, me obliga a desprenderme poco a poco de pantalón y camiseta.
La ciudad por la noche no queda en silencio. Sus sonidos, en la sordina de una lejanía inconsciente, despiertan mi necesidad de tu voz sobre el reclamo de su recuerdo volcánico. Y la carne de mi espalda besa con ansia el aire espeso de la habitación. Un aire que no se mueve.
Al sacar mi torso por la ventana, el calor parece como detenido, estancado en un cálido letargo que trago en sobros lentos que, venenosos, anestesian mi voluntad. El teléfono sigue sobre la mesa. Mentiría si dijera que en el fondo no dudo que una noche así tu número terminará iluminando en destellos la pequeña pantalla del móvil.
Desde mi ventana inútil, el aire parece no existir. Como en un acto reflejo, deslizo lenta la última prenda que aún conservo, negra, ajustada, abrupta sobre mi sexo, a lo largo de mis piernas. Y recuerdo con exactitud cómo lo hiciste tú la última vez, en la estrechez del pasillo, fijándote en cada instante que el negro dibujaba una línea sobre mi carne blanca. Marcándola tú después con tu lengua envuelta en la humedad inmediata de nuestros besos. Brotando las caricias sobre mi piel y la tuya, como hierba dulce tras la lluvia torrencial. Y tus manos que abarcan el imposible. Que, oscuras, llegan a ese tramo de piel intocado por otros dedos que no sean esos: nunca, en las infinitas noches de luna llena que siempre ocupo de cuerpos sedientos, desvelo a nadie ese lugar, del que eres inconsciente, pero que sólo tú has alcanzado a habitar en el azar de tu deseo descendiendo por mi cadera, enredando tus piernas flexionadas entre las mías, en la ingravidez de mi vuelo a ras de tu apetito, en mi exhibición de onanismo privada para ti.
Guardo exacta mi postura de piernas plegadas, ahora sobre el sofá, y suena de repente ese tono grave del vibrador del teléfono. Sobre la pantalla, tu nombre pequeño, críptico, que empuja un temblor certero sobre el final de mi sexo. Nunca sé nada de ti, ni de tu oscura vida llena de esquinas imposibles de descifrar. Tus llamadas siempre llegan en momentos imposibles, y así nuestro deseo vive de la improbabilidad de saciar tigre y paloma sobre las cinturas. Al descolgar, sé que tu voz puede nacer del rincón más inverosímil de la ciudad. Hoy también. Se escuchan los latidos en el fondo grave de tu voz. Y me confiesas que estás abajo, en mi portal. Los latidos me contagian la garganta, me contagian la piel entera, mis dedos, el vientre intacto que presiente la flecha de tu sed. Abro el portal, giro lentamente el pomo de la puerta hasta dejarla entreabierta, y me hundo desnudo en la oscuridad de mi habitación.
El aire se ha detenido, espeso, aún más, y ya no es capaz de circular por mis pulmones. Esa minúscula ventana de piel se tensa súbita, esperando de nuevo ser vencida. En mi asfixia, sé que sólo tu llegada me salvará de ahogarme, sólo tu salvaje caricia en la oscuridad, sólo el saber mi cuerpo frágil, envuelto con deseo en la ropa del tuyo mientras rodemos febriles como bestias, sobre la madera tibia de mi habitación.

26 de junio de 2006

Quemados por el sol




"Todo hombre tiene dentro de sí una melodía, pero si sus actos no se corresponden con ella, no podrá ser jamás feliz"
Anton Chejov.


Este fin de semana he tenido el placer de redescubrir una de las películas que más me emocionó cuando la vi, el año de su estreno, hace ya más de diez. A veces, el recuerdo de la emoción desvirtúa la percepción con el paso del tiempo, y las revisiones no resisten el recuerdo. No me ha pasado así con "quemados por el sol", de Nikita Mihalkov. La he sentido mucho más clásica de lo que recordaba. Con esa fuerza de los clásicos de verdad para ser más innovadores y críticos que muchas vanguardias.
La historia se vertebra en dos ejes que chocan entre sí. El de la situación política del momento en el que se desarrolla la película (1936), con la purga Stalinista en la que millones de ciudadanos soviéticos fueron acusados de ser enemigos del pueblo, y el de la vida privada de Sergei Kotov, uno de los héroes de la revolución bolchevique, que pasa un tranquilo día de descanso en la casa de campo de la familia de su mujer.
La llegada de Mytia, antiguo amante de Marusia, mujer de Kotov, que había desaparecido años atrás en extrañas circunstancias, conmociona la reunión familiar. A lo largo del día vamos descubriendo los secretos que guardan los personajes, la agitación intensa de Marusia, que intenta reprimir, pero que la invade, que le devuelve un pasado tormentoso e incompresible, la oscura vida de Mytia que esconde su condición de agente del NKVD (policía política de Stalin) y que con su visita enmascara bajo una misión oficial un descarnado instinto de venganza, los vericuetos de la vida militar del general Kotov, que serán puestos en duda por el instinto aniquilador del régimen Stalinsta... La traición militar, las razones políticas, que sirven aquí de pretexto para un ajuste de cuentas personal sórdido y amargo. La oscuridad del régimen y la oscuridad del alma humana, en un mismo punto de convergencia. ¿Acaso no son vertientes de la misma perfidia?
La grandeza de la película está en saber ser crítica con el periodo totalitarista de Stalin, a través de un expresivo simbolismo que nos conmueve, pero a la vez saber penetrar con exhaustiva sensibilidad en el alma humana de sus personajes, desgranando con sutileza sus pasiones en toda su intensidad, sus vilezas y crueldades en todo su horror, sus contradicciones en su desconcierto. Con la habilidad de presentarnos unos personajes claroscuros que nos llegan bastante porque además están excepcionalmente interpretados y sus sentimientos expuestos con una sutilidad y una ironía verdaderamente magistrales. Pero sobre todo nos queda esa indescriptible sensación de sentirnos espectadores invisibles, pero inmersos, en ese fresco de realidad de la Rusia de los años treinta, donde la existencia del antiguo régimen (inolvidable el ambiente de la familia pequeño burguesa e intelectual de Marusia con sus reminiscencias Chejovianas) convive aún en la cultura con el espíritu de la revolución y con la oscuridad del totalitarismo de la época Stalin, que ya comienza a respirarse y que tan bien simbolizan las lágrimas del héroe bolchevique humillado en la escena final de la película, bajo el inmenso e inquietante cartel de Stalin, quemadas por el sol todas las ilusiones revolucionarias... En resumen, dos horas y media de baño ruso que no nos deja indiferente ni desubicados, porque siempre se sustenta sobre personajes y sentimientos de una humanidad arrolladora. Para la posteridad del cine quedarán las escenas de amor paternofilial de Mihalkov con su hija, verdadera prima donna de la película, en su inocencia y su frescura, inconsciente del torbellino de acontecimientos que se desarrollan a su alrededor. O aquella otra del cuento que Mytia cuenta a la pequeña Nadia, del que se sirve para que todos se enteren de las razones de su desaparición de manera velada. Y ese sol metafórico, que penetra en la casa, quemando y destruyendo las ilusiones que en su día creo...
La pena es que en España desgraciadamente aún no ha sido editada en dvd, así que los muy interesados (como yo) deberán acudir a las tiendas on line y verla con subtítulos en inglés o francés. Aún así, es altamente recomendable y el que lo haga, no quedará defraudado, También se admiten peticiones de préstamo (mi versión, en francés...)

20 de junio de 2006

Dulce Anestesia

Carmen saca un poco la mano fuera de la ventanilla del coche para dejar correr la brisa entre sus dedos. Necesita aire. También su vida necesita aire nuevo, fresco, que renueve muchas cosas. Mientras Pedro conduce hacia la sierra, ambos con conscientes de que planificar un viaje para crear un punto de inflexión en la monotonía de su relación les impone también una exigencia que ninguno de los dos sabe si estará dispuesto a asumir. Por eso ambos callan. Callan y dejan pasar el paisaje casi sin mirar, ensimismados en sus pensamientos, como hacen a diario, pasando de largo por los paisajes de su día a día. Carmen, cansada de esperar que Pedro se implique más en la relación, cada día se centra más en su clase de Pilates, en su grupo de amigas cinéfilas y en Mario, con el que ha vuelto a tener hace poco un par de escarceos. Pedro, aburrido de la vida doméstica, hace cada vez más horas extras para poder evadirse de casa, porque le asfixia estar toda la tarde con Carmen, planificando la compra o haciendo planes para esa interminable obra de reforma en la cocina. Así, cuando están juntos y no hay más actividades a las que enfrentarse, terminan cada uno en un sillón, con un libro en la mano, o viendo la televisión, mirando a veces de soslayo al otro, pero incapaces de dirigirse ya una palabra que implique comunicación. Tal y como ahora se miran, de manera esquiva, evitándose en el fondo. Evitando palabras, evitando preguntas difíciles.
Carmen pone música, y Pedro se alegra, porque justo tenía ganas de escuchar esas canciones en ese momento. Y Carmen sonríe. Los árboles parecen dibujar la música a ambos lados de la autopista, y ambos piensan, con sinceridad, que su relación siempre tuvo algo de especial, de esa magia del azar que desde que se conocieron les persigue y les hace pasar buenos momentos, de esos que no comparten con nadie más. Momentos que lamentablemente olvidan en su día a día, pero que en el fondo les cuesta poco recuperar.
Cuando llegan al hotel, uno de esos nuevos hoteles de diseño construidos en ciudades de provincia, ambos salen eufóricos del coche, animados por el impulso de la música. Y se dirigen a la recepción, con el pensamiento de que ese inicio sin dudas les va a deparar resultados muy especiales. Cuando el recepcionista les entrega la llave, Carmen repara en que Pedro lleva varios segundos con su mirada detenida en el botones. Ella también se fija, con cierta curiosidad. El chico no está nada mal, y el uniforme atrevido y vanguardista que lleva, seguramente diseñado por algún modista conocido, le sienta a la perfección. Suben a su habitación en el cuarto piso. El ascensor es lo suficientemente grande para que nadie dude que caben los tres, pero adecuadamente pequeño para que la estrechez de las distancias cree cierta sensación de ruptura de la intimidad.. En él, la sonrisa del chico se ha clavado incisivamente en retinas y espejos. Carmen se siente a gusto. Pedro también.
La habitación es preciosa, y Carmen siente nada más entrar unas ganas enormes de usar el baño, cosa que hace con la rapidez y la curiosidad de una niña traviesa. Sí, realmente el baño es el mejor rincón de la habitación. De curvas provocadoras y colores tenues, está equipada con sales y velas, y resulta ideal para tomar un baño caliente. Así que antes de volver al dormitorio para buscar su bolsa de aseo, Carmen se preocupa de dejar abierto el grifo a una temperatura tibia, casi caliente.
Pedro ha desaparecido, y cuando se acerca a la puerta a mirar en el pasillo, casi se tropieza con él, que entra de nuevo en la habitación.
- La propina, nos habíamos olvidado de la propina-
Pero Carmen sólo piensa en el baño caliente de sales que les espera. Sin dudarlo, se desnuda en un instante, y corre a la bañera sinuosa, en la que ya se levanta con abundancia la perfumada espuma.
Dentro de esa bañera todo parece diferente. La luz, las miradas, incluso las palabras de uno y otro tienen un eco distinto. Ambos creen que el viaje sí comienza a producir un cierto efecto de cambio en los dos. Y así, su particular teoría del azar comienza a desplegarse. Saben que cuando están de buen humor, la suerte siempre les favorece, y todo les sale bien. Y el fin de semana, con cierta complicidad, empieza a sonreírles... Llegan a los monumentos en las horas de menor afluencia, escogen restaurantes especiales, encuentran a gente interesante en los bares, se sienten ocurrentes y predispuestos a sentir lo desconocido sin barreras, se llenan poco a poco de una sensación creciente de que la vida puede ser algo nuevo a cada instante, sintiéndose unidos por vivirlo juntos.

La noche del sábado deciden salir de copas y a bailar un poco. Hace tiempo que pasan los sábados en casa viendo cine o cenando con amigos, pero volviendo a casa siempre antes de las dos. Planear algo en el fondo tan banal les llena de ilusión, como si con ello rompieran esas reglas invisibles que sin querer se han impuesto. Mientras Carmen se arregla con esmero, Pedro rompe la etiqueta de su nueva camiseta de diseño, con la que está francamente muy atractivo. Ambos vuelven a sentir de repente esas ganas de noche que no tenían desde la adolescencia.

La vida nocturna parece animada y los locales cuidados y con música bastante interesante... Con cierta sensación de novedad que la situación les provoca, entran en un local que Pedro comenta que le han recomendado en el hotel. Es ciertamente agradable. Pedro se dirige a la barra a pedir un par de gin tonics mientras Carmen acude al baño, al tiempo que suena el último éxito de su grupo favorito. Al regreso, encuentra a Pedro hablando con alguien en la barra. No puede ser, piensa, ¡si es el botones de ayer! Supone que ha reconocido a Pedro y han comenzado a hablar. "

-Mira Carmen, me he encontrado aquí a... ¿cómo te llamas?, disculpa, no nos hemos presentado-

-Jaime, me llamo Jaime-

Y Jaime resulta ser esa compañía perfecta que la noche requería. Estudiante de Filología en último año de carrera, se gana un sueldo extra haciendo horas en el hotel. Su conversación es agradable, casi tanto como su físico generoso y perfilado, de músculos curvos y geometría más que deseable. A lo que añadir un rostro mediterráneo muy atractivo, con una de esas sonrisas que provocan sin querer. Pero de él emana una fuerza especial, una capacidad de empatizar que en seguida les hace sentir cómplices. En un par de horas, tras varios gin tonics más, ya se han hecho inseparables. Se dejan llevar de un bar a otro, parándose en las plazas de piedra de la ciudad vieja, y han hecho planes de viajes, de proyectos comunes y de escapadas de Jaime a las noches de Madrid con ellos. Carmen se siente libre, desprendida de todas sus obligaciones desagradables. Como si su viaje hubiera sido al otro lado del planeta, como si llevaran ya semanas y semanas de ruta, Pedro también se siente lejos de Madrid. Y se siente extraño, comprobando con sorpresa que por primera vez su atracción por un hombre no encuentra barreras ni busca esquinas en las que esconderse. Ha dudado mucho antes de dirigirle la palabra en el local, pero desde que lo vio en el hotel lo lleva incrustado en el pensamiento. Con aquella propina en el pasillo, sus miradas se habían cruzado con cierto deseo, y él, con un arrojo poco común en su comportamiento, le había pedido recomendación de algún sitio agradable donde tomar una copa. Y allí estaba. Le ha rozado ya un par de veces en la mejilla, y otra le ha tomado por la cintura, una cintura que ha comprobado tibia y acogedora. No le importa que Carmen le observe. Siente también en sus ojos cierta excitación. Indudablemente, Carmen debe sentirse atraída por Jaime. De hecho, le ha pasado ya la mano por la cadera y se ha detenido, sintiendo la blandura de su carne bajo la palma, mirando fijamente a Pedro, como buscando su aprobación. Carmen siempre ha sabido que a Pedro también le gustaban los chicos. No está segura de que tenga relaciones con otros hombre, y tampoco ha osado sacar el tema. ¡Las tardes se pasan tantas veces sin hablar de nada realmente importante! Ella siempre evita hacerse a la idea. Siempre destierra de la cabeza imaginar una escena en la que Pedro tenga sexo con otro chico. Pero ahora que ve su atracción por Jaime, ahora que siente cómo coquetea con él, descubre que no le importa, que no le hace daño. Es más, se siente cómplice en su competición por atraer su atención.

Los gin tonics siguen su curso, continuos en su destello azulado sobre las barras por las que van pasando, bajando por las gargantas al ritmo de las músicas que les van habitando la noche. Mientras, las miradas se cruzan y se enredan entre los tres, como también sus manos han empezado a cruzarse y, poco a poco, detienen más los segundos que mantienen el contacto, ese roce divino de la piel que comienza a despertar un deseo creciente. La ginebra sigue durmiendo sus prejuicios, al tiempo que sutilmente despierta esas libidos oscuras que descansan en rincones insospechados.

Al cierre del último local, ninguno de los tres sabría decir cómo, pero sus pasos se dirigen hacia el hotel, llevados por una inconsciencia que parece no tener voluntad, pero que el agudo deseo mueve certeramente. Ninguno habla, todos se miran intensamente. Como si todo hubiera sido premeditado, entran los tres en el hotel y suben a la habitación. La voluntad parece no tener dudas, y ninguno se atreve a decir nada, como con miedo de romper el camino tórrido de sus pasos. Silencio a pesar de lo inusual de la situación. Y entonces, como si hubiese mediado un escrupuloso guión en el desarrollo de sus actos, los tres se dejan caer en la cama abrasados de deseo, y se arrancan la ropa con avidez. Los besos derraman la amargura del alcohol en las bocas de todos, y las lenguas, al cruzarse, al enredarse, saborean el mismo zumo, la misma necesidad de sexo. Pedro abraza a Jaime y lo acaricia con una pasión que Carmen desconoce. Pero lejos de asustarla, le excita mucho. Les observa durante largos minutos en los que se masturba lentamente, desbordando de imágenes su fantasía, respirando profundamente mientras se acerca con una mano y toma ambos sexos con ella. Jaime la abraza y la posee, y Pedro les mira, excitado también, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo desnudo de verdad, y libre, inmensamente libre. Y se acerca a ellos enredándose entre sus sexos. Y se quedan así durante muchos minutos, convertidos en piel y deseo, sintiendo la excitación crecer, manteniendo el clímax durante un larguísimo éxtasis que colman tres orgasmos incontenibles, abundantes, ruidosos, como un océano de agua azul oscura... Y así quedan, enmarañados sobre la cama, con las manos aún pendientes de caricias lentas que se desplazan por muslos y caderas. Cayendo con lentitud en un sueño espeso y dulce, arropados por el calor de las pieles ajenas.

Al despertar, sienten el fresco de la mañana sobre sus espaldas. Jaime ya se ha vestido, y esta peinándose en el lavabo. Debe hacer turno de mañana y ya es la hora. Les sonríe por última vez y les deja su número de móvil escrito en un papel. Se despide con un beso en el aire y sale con sigilo. Pedro y Carmen se miran. Sienten algo roto entre sus miradas. Pedro vuelve a sentirse desnudo, pero ahora ya no le gusta. Carmen desvía la mirada y se apresura a ir al baño. Durante la mañana, ninguno de los dos dice nada. Carmen es la primera en hablar.

-Si nos volvemos ya, no pillaremos atasco-

--

Y vuelven ambos al silencio. Entran despacio en el coche y se hunden en una sordina de la que no querrían despertar jamás. Ninguno quiere pensar en lo que ha pasado. Ambos saben que nunca más lo van a hablar. Pedro, embriagado aún por el olor de Jaime, decide enterrarlo lentamente en su intimidad más secreta mientras observa la carretera que se extiende delante de él. Áspera, descendiendo por la montaña, como descienden poco a poco sus deseos, sus sensaciones de la noche. Piensa en la semana, en lo cómodo de la jornada laboral, en las agendas que esperan en la oficina, programadas de antemano, sin posibilidad de cambios, sin opción a la duda, al qué hacer. Saborea ya el despertar del lunes, y su planificación semanal, fácil, sin complicaciones. Carmen mira los árboles del camino. Pasan rápidos y en seguida quedan atrás. En cada uno imagina una de las caricias de la noche anterior, una de las imágenes que aún conserva su retina, que también van quedando atrás poco a poco. El ronroneo del coche le trae sueño, y unas ganas enormes de volver a la monotonía, a las clases de Pilates, a quedar con Mario el martes a la salida de su oficina, o a volver a mirar aquellos muebles color beige que tanto le gustaron para la cocina. Piensa en el lunes, sana y salva mientras toma la ducha antes de partir para la oficina, y se deja invadir por esa dulce anestesia de la disciplina... Sí, es eso lo que necesitan, piensa. Y cierra los ojos.
Sobre la mesilla del hotel, ninguno se ha atrevido a coger la nota con el teléfono de Jaime.

19 de junio de 2006

El hechizo de la belleza



Este fin de semana he descubierto con gran placer la edición en DVD de una de mis películas favoritas. Lo cierto es que cierto cine americano de los años 40 y sobre todo 50 ha sido hasta la fecha bastante mal tratado por los editores del digital. Sí, me refiero a ese cine especialmente centrado en dramas obsesivos, rodado en un insultante (a veces) Technicolor, que directores como, Max Ophuls, Douglas Sirk, o el último Stahl convirtieron en verdaderos retratos del alma humana donde la inhóspita y reducida vida del interior de América se convierte en escenario de las más grandes y universales pasiones del hombre. PICNIC es, sin duda, una de esas películas. Un relato estremecedor sobre el brutal hechizo de la belleza sobre la vida. Sobre la atracción física, la sensualidad, la fugacidad de la juventud (y de la vida en general), así como sobre la visión moral estrecha de una sociedad aparentemente perfecta en la que sólo hay que rascar un poco para comprobar la podredumbre que oculta.
He vuelto a disfrutar enormemente viéndola de nuevo. Porque la película realmente no ha perdido vigencia, y nos habla de algo tan actual como la turbación que ejerce la belleza, y cómo el deseo de poseerla nos lleva a volcar nuestra naturaleza más vil. Cuando la vi de adolescente ya fui consciente de lo inquietante que resultaba para mí sexualidad aquel William Holden sin camisa en gran parte de la película (o con ella rasgada en la escena del pantalán, lo cual era incluso más excitante), además de la sensualidad arrolladora de Kim Novak bajando las escaleras al ritmo de un jazz envolvente que la llevaba con fatal seducción a los brazos de William Holden, en una escena en la que aún hoy en día siento que saltan chispas. Pero quizá lo que más me quedó de la película fue la asfixiante sociedad de esa ciudad perdida en medio de los infinitos llanos de campos de cereales de Kansas. La estricta moral que organiza las gentes y las enclaustra en vidas bajo las que discurren ríos cargados de oscuras frustraciones representadas a la perfección por las insatisfacciones de las tres mujeres que vertebran la historia, pero que me resultaba especialmente evidente en la amargura de la profesora Sydney, estigmatizada en su condición de solterona, y su conciencia de la pérdida de su juventud. Me resultaba agobiante también contemplar la necesidad de algunos de ver en el matrimonio una herramienta para escalar socialmente, para alcanzar una mejor vida en lo material, y cómo la belleza se imponía como único valor frente a los que sienten el matrimonio como una cuestión de honra a través de la cual debería resultar imprescindible al menos mantener la situación social.
Sin embargo, ahora me ha resultado más sobrecogedor el entramado de pasiones que se urden bajo ese apacible día de picnic, el deseo que se cruza implacable entre los personajes. Ahora, en la profesora Sydney he sentido sobre todo la frustración de no poder ser correspondida en la atracción sexual que siente hacia Hal (Holden). La escena en la que ella mira con deseo los pantalones de Hal a la altura de sus genitales es ciertamente tórrida. Su negativa a aceptar la pérdida de atractivo físico, toda su amargura de mujer que ha llevado una vida diferente, pero que en el fondo ansía con toda su alma llevar la vida convencional de sus vecinos y tener un marido al que esperar en casa. Su perfidia al arrojar su veneno sobre un Hal aparentemente fuerte, pero lleno de flaquezas. Su posterior y consiguiente arrebato al arrojarse a los brazos de un compañero del que no está enamorada, ni él de ella... Y esa forma en la que necesita gritarlo a la ciudad entera, no exenta de un hondo patetismo que la convierte seguramente en la escena más triste de la película. Por otro lado, la envidia intensa de la pequeña hermana de Madge, que se siente celosa de la belleza de su hermana mientras se reafirma en su deseo de ser diferente a ella: en el fondo su enorme necesidad de sentir la vida fuera de los libros en los que vive sumida. Ese sentimiento amargo de percibir que la vida sólo sucede fuera de nosotros, rozándonos con alevosía, pero sin atravesarnos, que seguramente todos hemos sentido alguna vez. La incoherencia de una madre que quiere que su hija se case con el rico del pueblo, para evitar la vida difícil que ella ha llevado, pero que se estremece (aunque sólo lo sintamos en su mirada) al ver la intensidad de lo que siente su hija por el descarriado de Hal. Todos envidian o desean a Madge y a Hal por una u otra razón. Y ellos aparecen a los demás como seres seguros de sí mismos, con esa seguridad que otorgamos a la belleza, cuando en el fondo son seres llenos de dudas y debilidades. Que se atraigan, rompe todo el equilibrio de pasiones, provocando la ira incontrolada de todos además de desafiar las profundas convicciones que rigen en esa sociedad provinciana y estricta del medio oeste americano. Pero al mismo tiempo, esa atracción genera un amor redentor que los separa de los demás, que los hace huir de ese agujero negro y buscar un lugar mejor donde no ser juzgados.
La película está llena de contrastes, destacando el ambiente festivo y cordial del pueblo durante la fiesta del trabajo, lo cual acentúa aún más la impotencia de los personajes, interpretados de forma destacable, todo hay que decirlo. Incluso la insulsa Kim Novak resulta convincente y turbadora, casi tanto como lo era en aquella imprescindible Vértigo del genial Hitchcock. Es cierto que la película también nos ilustra un Hal lleno de insatisfacciones y traumas, impulsivo y profundamente imprudente, excelentemente interpretado también por Holden, y ciertamentente interesante de analizar, pero para mí, el influjo de los personajes femeninos de la película puede con todo.
La película finalmente me ha conmovido de nuevo porque me remueve muchas sensaciones que han sido constantes en mi vida, como el deseo que inspira la belleza, la perfidia que puede llegar a generar esa humana sensación de injusticia que nos provoca la belleza a través del poder gratuito que otorga... Siempre tengo en la mente aquella primera vez que un guapo me confesó lo consciente que era del poder que le confería su belleza. Poder para conseguir cosas y personas. Espeluznante, pensé aquella vez. Y lo sigo haciendo. Poco a poco he ido construyendo otra idea de la belleza, más compleja y más subjetiva, pero que responde mejor a una estética que parte de la seguridad personal, de los principios, y de una consonancia entre interior y exterior personal. Bellezas creíbles, que las llamo yo. Es una cuestión de madurez de conceptos, que, sin embargo, no está nunca exenta de que la belleza retorne, como a veces hace, irracional e implacable, a inyectarme ese turbador e inexplicable magnetismo de la carne en estado salvaje... Disfrutémoslo al menos, siempre que podamos.

15 de junio de 2006

Tormenta de verano


Hay noches en las que el viento golpea en umbrales y ventanas, susurrando que le siga. O quizá es la luna que me mira inquieta e insistente desde las esquinas del cielo. Nada puedo hacer para evitarlos. Sólo abrir mi carne a sus huracanes y desatar la tempestad en mi interior.
Su furia entra en mí descolocando todo, abriendo todas las puertas, despertando todos los fantasmas pasados, tensando los nudos del dolor olvidado, retorciendo las nubes de la razón y exprimiéndolas hasta escupir su zumo de maldad oscura.
Esas noches, las barreras desaparecen, el vértigo de la existencia cabalga sobre la nada y los hilos de la consciencia se desdibujan para dejarme en encrucijadas de laberintos que no tienen salida. Perdido en ellos, me abandono a la fiebre de mi propia existencia que, como un virus, llega con sus tropas beligerantes para avasallar mi sueño, despertando caballeros negros que alzan sus armas de acero y me atrapan en una suerte de tela de araña que se cierra con parsimonia en su precisión.
Mis batallas las decido yo, pero en la confusión de estímulos de la noche, esa maraña de desorden existencial se agudiza en segundos interminables. Entonces, la espera amarga paraliza mi esperanza y contemplo, como en una estampa del Bruegel más oscuro, la inusitada independencia de mis temores. En el limbo difícil de la acción y la parálisis, me torno un estúpido cobarde de mi perversidad.
El primer rayo solar suele soplar con furia al desconcierto y establecer de nuevo los límites, las puertas y pasillos, las cerraduras, las estancias seguras del fantasma. Lo difícil es cuando el día trae la lluvia espesa y el crujir agudo de los truenos con él, como hoy. Entonces, sólo el olor de tu piel puede salvarme. Tu cuello blanco aún dormido, la esencia de tu oído, la blandura de tu boca plegada. Y sólo el frenético ritual del sexo desmedido impone la certeza de la carne en mi razón. Sexo en el abrir del día oscuro, deseo como salvación y espanto, amor desesperado como soplo de aire en mis desequilibrios. Sólo entonces abre el día en mi corazón, sólo entonces me redimo y me entrego de nuevo, doblado, a mi verdad, a mi dependencia del mundo y de quererte, sanado al fin.

14 de junio de 2006

¿Romanticismo?

















Jacqueline Du Pré y Robert Schumann


He leído alguna vez que cuando morimos, el último sentido que deja de transmitirnos estímulos es el oído. Imagino que eso mismo pensaba Daniel Baremboim cuando, el 19 de octubre de 1987, ponía en marcha cierta grabación discográfica para dejar a su entonces esposa morir en paz. Ella era Jacqueline Du Pré, una de las más grandes violonchelistas de todos los tiempos, y su muerte, el final de una tristísima agonía fruto de la esclerosis múltiple, que ya la había apartado de los escenarios en 1973, a la injusta edad de 28 años. A pesar de su juventud, tuvo tiempo de dejarnos un testimonio inigualable de versiones que en muchos casos no han sido igualadas ni probablemente lo serán jamás.
La grabación que en aquella ocasión sonó junto a su oído, su últmia petición de hecho, era una grabación de ella misma. Jacqueline fue siempre muy exigente consigo misma. Además, puede uno imaginar que tantos años de escuchar grabaciones de juventud desde la incapacidad de su silla de ruedas debió ser algo muy duro y que sin duda debió despertar en ella un acusado instinto crítico de amargo sabor . Pero con aquella versión siempre estuvo bastante satisfecha en vida. Y no era para menos, pues con tan sólo 23 años, había conseguido una interpretación que igualaba y superaba a la de sus ilustres profesores Tortelier o Rostropovich.
Jackie no escogió, como podría intuirse, la interpretación que la lanzó a la fama (la del concierto de Elgar). Esa partitura con la que tanto se identificaba y que en una tempranísima adolescencia reinterpretaba de una forma que ha marcado para siempre la suerte de esa música. Ni siquiera escogió el más bello concierto para violonchelo que se ha escrito nunca, el de Dvorak, que también interpretó, por supuesto, de manera inigualable.
No, Jackie escogió la grabación de su concierto de Schumann. Un concierto que forma parte indispensable del repertorio de ese instrumento. Pero teniendo en cuenta que el repertorio concertístico del violochelo es relativamente discreto, esto puede no decirnos mucho.
Para ser sinceros, no es éste un concierto que se interprete mucho en las salas de concierto. Tampoco muchos lo destacarían como una de las obras capitales del músico alemán. Y sin embargo, creo que yo también lo habría escogido. Porque creo que de verdad encarna como pocos las características esenciales del romanticismo, que es indudablemente el periodo en el que este instrumento alcanzó su esplendor tanto a nivel de desarrollo como de inspiración de obras musicales.
Curiosa palabra, romanticismo. Demasiado desvirtuada por el uso, tanto en su acepción sentimental, como en la artística. Por supuesto, no es cuestión de comparar, pero si bien es cierto que música como la de Brahms, máximo exponente del movimiento y quien supo llevarla hasta sus cotas más altas, Dvorak, especialmente dotado para la belleza o Tchaikovsky, el más inspirado melodista de la historia de la música, puede subyugarnos a través de las cimas que alcanzan la intensidad de la partitura o su desarrollo estructural, creo que obras más modestas en sus pretensiones, aunque de absoluta referencia, como ésta de Schumann, pueden plasmar de manera más sintética y sincera la esencia más auténtica del movimiento romántico. Porque el romanticismo no fue sólo pasión, no fue sólo intensidad ni reducción a lo sentimental. Creo que cuando se habla de romanticismo estamos hablando de una concepción del hombre, que decide enfrentarse a sus contradicciones y transmitir la eterna insatisfacción del ser humano frente a la impotencia de no ver realizado sus ideales, sus anhelos. Y el hombre romántico es un hombre que se aventura a explorar la oscuridad de su intimidad, la imperfección del alma, la vulnerabilidad de la carne y del espíritu, y por lo tanto, también tiene algo de diabólico, de monstruoso. El romanticismo ubica al hombre en una realidad interior más rica y lo conecta con sus deseos, pero también con sus miedos, sus debilidades y su perversidad. Es posible que Schumann, al borde de la locura como estaba, consiguiera una especial lucidez para hacernos descubrir esa realidad. Y lo hace en este concierto de una forma magistral a la vez que sutil. Porque desde el inicio, lo inquietante se mezcla con lo lírico al tiempo que la poesía juega con una oscuridad exuberante que nos seduce. El violonchelo pasa de la danza elegante a la descontrolada, se deja caer en la más intensa de las ternuras o nos deja sin respiro cuando baja a esos graves sin acompañamiento que nos estremecen en su misteriosa melancolía, en su oscuro abandono. Los agudos, a su vez, nos dejan marcada esa imborrable marca de la terrible impotencia.
Y todo ello sustentado en una estructura musical que descansa en formas clásicas, puras, sutil y perfectamente construidas, que dan a la obra un carácter sólido, profundamente musical ante todo. El resultado, un autentico gozo para el oído atento. Un hechizo que nos abandona en los infiernos para rescatarnos en una suerte de danza frenética que es el final, ese final que Jacky, en su arrebato, nos marcaba con una escalofriante nota rasgada final, sublime puerta de la sombra, que una simple niña de poco más de veinte años, inconsciente de su destino fatal, registraba para la posteridad.

12 de junio de 2006

El beso de Sheherezade

En la estrechez del angosto escenario, Javier temblaba mientras sostenía su marioneta. El pequeño habitáculo estaba sumido en una semi-oscuridad rota sólo por la luz que llegaba a través del foco trasero. De él, la luz emanaba hacia el tenso y tupido velo que se había colocado en el frontal. En el fondo, de rodillas sobre el escenario, esperaban él y Mar. El pequeño teatro de sombras en el que se encontraban parecía temblar mientras las marionetas se movían levemente en silenciosa expectación.

Javi aún no sabía qué era el amor. Con sólo 14 años y una timidez extrema, únicamente había leído de él en los libros. Sí, se habla mucho del amor en los libros. Javi solía cerrar los ojos e imaginar el ardor que sentían los personajes, a través de los cuales vivía más cosas de las que debiera.

Ese año, Javier debía escoger una actividad extraescolar para realizar por las tardes. Doña Ana, su profesora favorita, dirigía el taller de teatro, así que sin dudarlo escogió teatro. Mar también estaba en el grupo de teatro. En clase todos decían que ellos eran novios, pero no era verdad. En aquella época, Mar era la única chica con la que hablaba, e iban juntos a clases de inglés porque vivían muy cerca y les había tocado el mismo horario. Más allá de eso no había nada.
Hay que esperar unos minutos más, no os pongáis nerviosos”, dijo doña Ana. Javier miró a Mar, cuyo rostro iluminaba la luz que les llegaba desde abajo, y la sintió rodeada de una belleza diferente, sin duda atractiva. Le sonrió... Ella, aunque se lo acababa de negar, también estaba nerviosa.
Mar era una chica diferente. Poco femenina. Llevaba el pelo cortado como un chico y a éstos les hablaba directamente, casi con desafío, como si fuera uno de ellos. Era la única chica del colegio que jugaba con los chicos en el recreo. Pero aún no había sido novia de nadie. Ni siquiera, en realidad, de Javier. La familia de Mar también era diferente... Su padre trabajaba viajando por todo el país, y casi nunca estaba en casa. De su madre contaban muchas cosas, siempre en voz bajita, para que los niños no oyesen... Pero oían, aunque todavía no entendieran ni juzgaran, tan sólo repitieran los argumentos que escuchaban en casa. A Javi le gustaba la madre de Mar, y cuando iba a su casa, ella era siempre muy cariñosa. Le regalaba onzas de chocolate antes de irse.
Javier sentía el dolor de apoyar las rodillas sobre el escenario, pero sabía que cuando comenzase la obra cesaría, enmascarado por la emoción de manejar los muñecos de madera.
Como al resto de los chicos, Mar a Javier también le hablaba mirándole directamente a los ojos. Pero con él tenía una ternura especial y le contaba algunas cosas de sus hermanas, con las que no se llevaba muy bien, o de los viajes de su padre, al que veneraba. También sabía ser cruel con él algunas veces, y le ponía a menudo en evidencia delante de los otros chicos de clase. Javi no entendía muy bien por qué Mar se comportaba de formas tan diferentes, y con frecuencia se detenía a pensar en ello. Le inquietaba esa falta de lógica del comportamiento de Mar. Cuando estaba a solas con ella, la miraba con cautela, como esperando encontrar en sus ojos un signo de la respuesta que preparaba en cada momento... pero casi nunca acertaba.Ahora estaba nervioso. Después de tanto ensayo, era la primera vez que estaba a solas con Mar en ese espacio. En realidad, era la primera vez que estaba a solas con una chica en un espacio tan pequeño. Pero se sentía con una especial tranquilidad aquel día, a pesar de saber que ninguno de los dos podía hablar allí dentro, pues debían centrarse en manejar las marionetas y permanecer en absoluto silencio. Eran otros quienes, desde un micrófono, ponían las voces a los personajes.
Mar le acababa de devolver la sonrisa.

El primer día del taller de teatro, doña Ana les propuso escenificar un cuento popular para participar en el certamen de teatro infantil de la localidad, así que les pidió que, entre todos, eligieran uno que les gustara. Javier acababa de leer una adaptación infantil de las mil y una noches, y propuso uno de sus cuentos favoritos. Los demás chicos, que siempre se reían de sus ocurrencias, no dejaron de hacerlo aquella vez, pero una vez que Javier les explicó con detenimiento el cuento, lo aceptaron con cierto interés. La historia del príncipe con poderes mágicos y de la princesa prisionera, con luchas y amores redentores, encontró finalmente en los compañeros de clase bastante aceptación ... Doña Ana tuvo la ocurrencia de hacer con la historia un pequeño guiñol de sombras. Y durante meses se pusieron a trabajar en construirlo, en adaptar el cuento, en fabricar los personajes recortando sus siluetas sobre tablas y hasta en pintarlos.... Javier disfrutaba con las témperas, con su olor, extendiéndolas con parsimonia sobre la superficie de los personajes... Y todo ello a pesar de saber que de los personajes sólo importaba su perfil, ya que en la representación iban a ser sombras. Pero él quería que de todas formas lucieran brillantes y coloridos, como él los imaginaba cada vez que leía las historias exóticas del esas Mil y una Noches que tanto le habían gustado.
Aún recuerda el día que repartieron los papeles de la obra, un sorteo en el que doña Ana, valiéndose de unos pequeños papelitos con los nombres de todos escritos, sorteó las voces de los personajes y los intérpretes... A Mar y a Javier les tocó manejar las marionetas dentro del escenario. Por supuesto, las risas y comentarios de los demás fueron inmediatos, corroborando con maldad infantil que los novios iban a gozar de cierta intimidad metidos en ese pequeño cuarto oscuro del escenario... Mar, en uno de esos arranques imprevisibles que solía tener, se apresuró a decir a los otros, así en bajito, pero con la suficiente fuerza para que todos, salvo la profesora, se enterasen: “Claro, ahí nos vamos a tocar todo lo que nos dé la gana, ¿verdad Javier?” y le miro fijamente, como pidiendo su asentimiento. Pero Javier no pudo sino ponerse más colorado que nunca antes en su vida y provocar una enorme risotada del resto de la clase.
Desde entonces, cuando estaban en el escenario, tenía cierto temor a que Mar cumpliera su promesa. Durante los ensayos, siempre había tanta gente alrededor que era prácticamente imposible que ella pudiera hacerlo. A pesar de todo, Javier temblaba siempre que se quedaban en aquel pequeño espacio a solas. No podían hablar demasiado, y ella siempre conseguía comportarse con absoluta normalidad, como si aquella frase nunca hubiera salido de sus labios. Mientras, Javier, al mínimo susurro de Mar en su oído, sentía su pulso acelerar, como desbocado. En el fondo, le daba la impresión de que ella sabía aquello, y que con cuidado estudiaba cada palabra que le decía escogiendo incluso los momentos en que decidía pronunciarlas. Y aquello a Javier le confundía mucho.
Doña Ana había tenido el acierto de pensar que cierta música de fondo podría recrear un ambiente exótico que ayudase a componer con mayor facilidad un contexto para la historia. Había escogido el Sheherezade de Rimsky Korsakov, que hacía reproducir en cada ensayo con vehemente insistencia. “Dejaos llevar por la música, chicos, dejaos llevar...” Y eso hacía Javi, centrarse en la música, hacer que los movimientos de los personajes casi bailaran con ella. De aquella forma, además, olvidaba un poco la tensión que la presencia cercana y turbadora de Mar ejercía sobre él.

Empezamos”. Era la voz de doña Ana mientras, a través de la pantalla del escenario, se intuía de repente la luz de candilejas que el telón recién levantado acababa de descubrir. Y las primeras notas de Sheherezade sonaron en los oídos de Javier, como despertándole a la historia que debía representar. Ni una sola palabra suya en toda la obra. Sólo las notas de Sheherezade. Pero Mar se acercaba a él más de lo que solía hacer. La princesa, que se movía desde sus manos, se acercaba más que nunca a su príncipe. Y Javier, ante la tibieza de las manos de ella al situarse junto a las suyas, se sintió seguro, y dejó que la música entrara en él. Y así, se fueron acercando, poco a poco, al final. Ya no sentía las rodillas sobre la madera dura, ni tampoco el nerviosismo. Aquel pequeño escenario, dentro a su vez del otro mayor del gran teatro, le proporcionaba una sensación especial de protección. Allí, escondido de público, niños, profesora, del resto del mundo, se sentía bien, se sentía príncipe, como el que sostenían sus manos, y se dejaba hechizar por el influjo oriental que la música le iba dictando en su evolución. Y Mar seguía acercándose poco a poco, con sigilo. Ya sus manos se habían rozado un par de veces. Y él, casi quiso pensar que sí, que ella en el fondo era su novia.

Así llegaron al final mientras hacían volar a sus personajes, al tiempo que un mecanismo casero hacía pasar por detrás de las marionetas algunos objetos para crear la sensación de movimiento. Sonaba esa parte de la música que se había convertido en su favorita, que casi parecía hecha para imprimir la sensación de vuelo que intentaban reproducir. La música llenaba el teatro todo, con una potencia que le atravesaba la piel. Y entonces Javi cerró los ojos y casi se sintió él también volar con la marioneta en mano, en su guiñol, con sus calcetines de rayas, sin zapatos. Mientras, Rimsky Korsakov le susurraba al oído. Entonces sintió, con extrema dulzura, los labios de Mar posarse sobre los suyos. Las marionetas parecían abrazarse aún más en su vuelo y la partitura llegaba a su clímax . El público del teatro comenzó a aplaudir. Javier abrió los ojos y miró a Mar, que, indiferente, se entretenía ya en colocar los muñecos sobre un lateral mientras se disponía a bajar del pequeño guiñol. Cuando, finalmente, miró hacia él, le soltó: “Si cuentas lo que ha pasado, no te volveré a hablar en la vida

Javier cierra el diario de tapas verdes y respira hondo. Con su vocabulario de adolescente, la historia de aquella representación de sombras chinescas acaba de volver a su memoria casi como si acabara de suceder. El diario no vuelve a hablar de Mar. Pero él sabe bien por qué. A los pocos días de la representación, Mar dejó de ir al colegio. Doña Ana les contó que el padre de Mar había conseguido un trabajo fijo en otra ciudad y que toda la familia se había trasladado. Recuerda la extrañeza de aquella situación. El hecho de que ella jamás le hubiera comentado que se iban de la ciudad, que ni siquiera se despidiera de él. El temor de aquella amenaza en el final de la representación. Todo ello daba vueltas alrededor de Javier aquellos días. Era como un mareo del que no conseguía reponerse. Años después, volvieron a coincidir en la Universidad alguna vez. La primera, se saludaron, como dos viejos amigos, y compartieron juntos un trayecto de autobús. Pero ya no era lo mismo. Hablaron de sus familias y comentaron cómo le iban sus estudios. Sin embargo, a los pocos minutos, ya no tenían nada más de qué hablar. En los otros encuentros la cosa quedó en un simple gesto cordial, poco más que una sonrisa al cruzarse, y quizá alguna palabra. Y de nuevo la perdió de vista. Hasta esta tarde, en que se han vuelto a cruzar. Ella, de la mano de otra chica, presumiblemente su pareja. Javier, de la mano de su chico. No está seguro de que le haya reconocido... Él sí la ha reconocido a ella, con bastante claridad. Y se ha quedado mirándola con atención, mientras se paraban en un escaparate. Mar ha hecho un gesto extraño, como intentando recordar si le conocía de algo. Realmente han pasado muchos años y ambos han cambiado considerablemente. Finalmente ha esbozado una sonrisa, para volverse definitivamente de espaldas y seguir su camino. No, su sonrisa no ha cambiado, aún transmite esa extraña confianza.
"Qué te pasa, Javi, te has quedado parado..." pregunta Sergio. "Nada, nada, me pareció que conocía a alguien... pero no estoy seguro". "Anda, vamos, que llegamos tarde". Y de repente aquella claridad del telón abriéndose sobre el pequeño guiñol ha vuelto con fuerza. Al igual que Sheherezade, al igual que aquel primer beso, y todo aquel mareo. La vida, en realidad, no ha sido más que repetir aquel mareo una y otra vez, en distintos lugares, con otras personas. ¡Qué extraña es la vida!, piensa. Quizá debería haber parado, hablado con ella, intercambiado teléfonos para quedar un día y contarse sus vidas... Pero no, sabe que es imposible. Mar debe quedarse en su diario de tapas verdes, sellado por ese beso dulce, ese primer beso irrepetible y vertiginoso del que sólo ellos dos saben... Bueno, ellos dos y, por supuesto, Sheherezade.