30 de agosto de 2006

Enigmático Adriático.


"La idea del amor es impensable sin el mar del que nació, fecundado por los genitales de Urano, a quien castró el hijo de Kronos con la guadaña. Se podría creer, si atendemos a una etimología desenvuelta, que es el tiempo, Cronos, el que mutila el cielo, el infinito, haciendo caer de él un fragmento en el mar, que junto al amor, es un eco del infinito y un desafío al tiempo. La etimología es falsa, pues Kronos, la divinidad que derroca al padre de Urano, no tiene nada que ver con Cronos, pero de vez en cuando nos gusta llevarnos una concha al oído y simular que el rumor de aquel vacío es el mar. No es, sin embargo, tan vacío, pues basta levantar la vista y el mar está ahí delante, inagotable e inexplicable. Marisa sale del agua -la primera vez, la centésima; cada verano es único e irrepetible, uno tras otro desfilan como las cuentas de un rosario, el tiempo las redondea como piedras en la playa, entre uno y otro se abre un infinito."

Claudio Magris.


Leo estos días un bonito ensayo de Claudio Magris, que comencé este invierno y dejé casi al inicio. Ahora lo he retomado con fuerza y estoy buceando en él con cierto placer. Se llama Microcosmi (Microcosmos) y se divide en diferentes capítulos, en los que el autor trata de dibujarnos diferentes pequeños universos del Norte de Italia en los que las continuas divisiones nacionales y el pasar de poderes gobernantes con diferentes culturas e identidades nacionales, han supuesto un continuo trasiego y mezcla de lenguas, costumbres, nombres, formas de pensar, etc, que han durado hasta prácticamente nuestros días. Ello ha propiciado que en estos lugares se hayan creado microcosmos humanos, formas absolutamente únicas y excepcionales desde las que enfrentarse a la vida a pesar del cambiar de gobernantes, idiomas y ejércitos que sobre ellos han intentado dibujar una forma determinada de ver la realidad.
Magris parte de la vivencia de personajes anónimos y escritores locales para mostrarnos una imagen absolutamente conmovedora de cada uno de estos microcosmos, a través de las palabras, de los recuerdos, y de la poesía. Estoy disfrutando mucho con él, y aprendiendo mucho de lo que es una conciencia propia, determinada por el lugar en el que uno ha nacido. Al final, uno no puede sino llegar a la conclusión de que cuando el lugar de origen ha sido muchas cosas, y nuestros vecinos también, por un lado perdemos una referencia clara del poder, de la autoridad, de la identidad como nacionalidad, pero por otro ganamos una libertad extraña que (curiosamente en esos lugares) ha sido inspiradora de un florecimiento literario bastante fecundo.
En el caso del extracto que os he copiado, traduciéndolo directamente del italiano (espero haber hecho una traducción decente) Magris nos habla de las Islas adriáticas que están entre la península de Istria y Fiume (actual Rijeka, en Croacia). Antigua región de recreo estival de la aristocracia centroeuropea, estas tierras han sido muchas cosas, pero resumiendo, en el último siglo, a saber: Italiana, después Yugoslava y finalmente Croata

En ellas se mezcla la arquitectura veneciana, la influencia austro-húngara, el influjo cosmopolita de la aristocracia centroeuropea, y la confrontación de población de origen fundamentalmente italiano y eslavo.
La Marisa del extracto es Marisa Madieri, la esposa del escritor, y también escritora. Nacida en Fiume y exiliada en Italia tras la anexión de Istria a Yugoslavia en 1945. He encontrado un blog que habla un poco de ella (pincha aquí)

Todo esto que leo, más allá de la poética simbólica de Magris, que riega todo el texto, y que es maravillosa como lectura, me hace pensar en la realidad de difícil identidad de estas tierras, pero que sin embargo nace con fuerza de las personas, de los habitantes singulares, y no de una autoridad o nacionalismo, tantas veces inútil. En España leemos a diario el duro debate acerca del camino que deben tomar los nacionalismos territoriales, que, ciertamente, han sido olvidados y masacrados durante mucho tiempo, pero que a veces enarbolan unos argumentos muy preparados y con frecuencia alejados de la realidad diaria de los individuos de estos microcosmos que habla Magris. En Istria podemos hablar de habitantes exiliados, perseguidos, incluso asesinados, de convivencia de eslavos e italianos que han debido enfrentarse en sus culturas, en sus idiomas, por causa de una serie de identidades nacionales consecutivas que no contemplaban su realidad diaria. Pero han sabido estar muchas veces por encima de eso, sin dejar de crear una identidad absolutamente propia y particular. No, seguramente no hacen manifestaciones ni cometen atentados para reivindicar nada. Quizá no han tenido esa capacidad de rebeldía. Pero por otro lado sí han sido capaces de labrase una identidad cultural real, que con grandes dosis de tolerancia se ha agarrado desde la convivencia a la palabra, al trabajo, a la cotidianeidad, y al mar, a ese profundamente azul mar adriático y a sus veranos consecutivos que, como dice Magris, abren el infinito entre ellos. Creo que algo podríamos aprender, ¿no?

29 de agosto de 2006

Las dos caras de la moneda

Suena el telefonillo. Descuelgo con la certeza de que es él. Siempre fue puntual, y son ya las diez en punto. "Sí, soy yo, sube" he dicho, intentando sacar de mí un tono de indiferencia que me cuesta fingir.
Vuelvo al lavabo, a mirarme al espejo, toco con los dedos mis cabellos, como queriendo colocarlos aún mejor de lo que lo he hecho ya varias veces en la última hora. Miro mi camiseta, la misma que llevaba puesta la última vez, aquella última vez. He pasado media tarde del armario al espejo, del espejo al salón, del salón a la ventana, de la ventana al armario... Mis pasos van tan deprisa como mis pensamientos. No sé muy bien por que le dije que volviéramos a vernos. Pensé que era para siempre, que a pesar de todo no era aquella la vida que yo quería. "No", me digo, mejor me pongo otra camiseta, y corro de nuevo al armario a buscar una de las que suelo llevar en casa, una más discreta, que no me favorece demasiado. No quiero que piense nada raro. Mientras el algodón se desliza por mi piel reconozco todas las veces que le he echado de menos estos meses. A pesar de todo, a pesar de Luis, a pesar de mi felicidad, esas noches de lluvia, siempre ha vuelto a mi memoria. Tampoco he pasado ningún día sin poder evitar comprobar si está esperando su autobús bajo la marquesina. Lo hago cada vez que paso delente de esa parada de autobús con mi coche. A veces, incluso me desvío de mi itinerario para poder hacerlo.
Escucho sus pasos subir la escalera, despacio, como si en realidad estuviese pensando en volver atrás. No sé por qué me aseguré que Luis no estuviera en casa. La excusa del encuentro no exigía una cita a solas. Pero lo he hecho así. Sé que no debo acercarme demasiado, sé que no debo preguntarle si aún siente algo, sé que no debo, sé que no debo..." No, no quiero que me vea así, quiero que me vea con la camiseta naranja, como la última vez", decido de repente, y dirijo mis pasos a la habitación, donde aún descansa sobre la cama. Mientras la recojo, un escalofrío me recorre. Escucho sus pasos en el tramo final de la escalera. Exactamente igual que la última vez. Silencio. El corazón late, casi se sale del pecho. Por fin suena el timbre, y mis pupilas se ensanchan, como si por ellas saliese la sangre que mi corazón bombea con furia. En el último instante, decido cambiar de nuevo la camiseta. Y abro la puerta, inentando mostrar indiferencia, mientras aprieto con fuerza los puños.

No resisto verle tan guapo, corro a abrazarlo para que no vea la expresión de mi cara... Sé que aún sería capaz de reconocerla. Me detengo en el abrazo, le estrecho y tímidamente respiro de nuevo en su nuca. Las yemas de mis dedos crujen sobre su piel. Mi aliento se desploma, y mis labios se escapan para darle un beso pequeño, en la mejilla. El deseo me golpea y muerdo mis labios para no huir en los suyos. "Pasa, pasa..." Intento sonreír, intento parecer feliz. La melancolía y el deseo se quedan detrás de la piel, como amordazados. "La casa no la vas a conocer ya. Luis y yo hemos hecho muchos cambios" le digo, con tono seguro. Sí, la seguridad se crece, va apaciguando la sangre. La felicidad va instalándose, poco a poco, escueta y perfecta, sobre mi boca. . Sin embargo, detrás de ella, mi corazón se está rompiendo a cada segundo, a cada segundo, a cada segundo...

28 de agosto de 2006

No quedan días de verano

Si tuviera que capturar en un instante parte de mi felicidad para hacerla física, supongo que me hundiría en la memoria del verano. Cerraría los ojos y buscaría en el recuerdo de las horas tibias bajo el sol, de las miradas bajo la sombra azul de las tardes calladas. Buscaría seguramente el sonido del Mediterráneo sobre la piel, el beso carnoso sobre la arena, el viento agitando los dedos mientras se deslizan entre las páginas de un libro en el que se hunden mis deseos.
Pero, al final, llegaría con certeza a un momento como este:





Lugar: Padova, Italia.
Compañía: rodeado de belleza, diluido en la humana desidia de la hora del aperitivo. Con mi chico frente a mí
Boca: en la boca, un spritz, aperitivo amargo típico de la ciudad, que sus habitantes acostumbran a deslizar por sus gargantas a la hora del atardecer, entre miradas de placer estivo y risas que dibujan ya la noche.
Sobre la mesa: el último libro de Umberto Eco, y el placer de haberme perdido en una librería para encontrarlo, oliendo con detenimiento el papel de cada novela, acariciando los lomos de la fantasía con mis dedos.
En mi mirada: la suya, que toma la foto mientras me sonríe.
En mi pensamiento: algo parecido a la felicidad.

26 de agosto de 2006

L'ultimo Bacio

Elección difícil encontrar una canción para dedicar... Inicialmente para Nat, pues se lo prometí... Pero tras rastrear lo que me apetecía poner, escuchándome a mí y escuchando sus sugerencias, he elegido algo para lo que creo que hay más personas de por aquí a las que tiene que ser dedicado, cada uno que se autoelija si así lo siente. Querida Nat, me puede lo italiano, me temo.
También para todos los que estamos así un poco melancólicos en este final de agosto. Yo, en un fin de semana que camina peligrosamente en el precipicio que separa el desenfreno y la melancolía, la mirada que paraliza y su sombra que te hunde, entre risas frenéticas y lecturas que me tenía prohibidas, pero en las que me arriesgo a entrar, me he detenido en este vídeo, de una película muy menor, casi mediocre por momentos, pero que reune tres cosas que me gustan mucho.

  1. La cantautora Carmen Consoli, y una de sus canciones más hermosas.
  2. La actriz Giovanna Mezzogiorno (la morena, para quien no la conozca), que adoro, porque es una gran actriz, y porque desde que vi esa mirada final de "La finestra di fronte" la tengo clavada en el alma.
  3. Stefano Accorsi, que es uno de los hombres que más me gustan del mundo. Por su belleza, por su hermosa voz, por sus formas elegantes y profundamente seductoras(ays)

"de esos violines sonando al viento,
el último beso, mi dulce niña,
quema en la cara, como gotas de limón
La heroica valentía de un adiós feroz.
Pero son lágrimas,
mientras llueve,
llueve,
llueve."

Para todos. Besos... que no sean los últimos, por favor.




24 de agosto de 2006

RESPIRO...

Una de las noches de mi viaje a Italia, mientras rastreaba en la televisión del hotel intentando escuchar algo de italiano, aparecieron las imágenes de esta película que ya había visto yo hace unos años cuando la pasaron por aquí. Película extraña y difícil, que pone diálogo, pero sobre todo imagen, a una vieja leyenda de pescadores de Lampedusa que cuenta cómo toda la isla consideraba loca a una joven madre que vivía con sus hijos pero que no se adaptaba bien. Todos deseaban que se fuera para curarse y un día sus ropas aparecieron en la orilla del mar y no había ni rastro de ella. Todos se sintieron tan culpables que empezaron a rezar y a desear su vuelta. Unos días más tarde, la mujer regresó y pudo llevar una vida normal, aceptaba por la comunidad a pesar de sus rarezas.
Valeria Golino es Grazia, madre de dos adolescentes y un niño. Sólo desea la libertad y no se lleva muy bien con la vida aburrida y previsible de sus vecinos, en una primitiva y excesivamente machista y castrante sociedad de pescadores de la casi africana isla italiana de Lampedusa. Una especie de oveja negra en una comunidad totalmente cerrada.
La famosa canción de Patty Pravo, la bambola, recorre las escenas de un personaje que la Golino interpreta de forma cautivadora y sensual. Grazia es pura esencia de mujer, de madre, necesitada de cariño y de belleza, pero sobre todo de libertad, Una libertad que intenta ejercer en un paraíso de isla mediterránea que es un auténtico goce para los sentidos, algo de lo que nadie salvo ella parece darse cuenta. Así, cual muñeca (bambola), es lanzada y casi pisoteada de un lado a otro por marido, hijos y vecinos... Película de pocos diálogos, en donde la acción gira en torno a la bellísima y cautivadora fotografía de Fabio Zamarion, que nos llena la vista de sensualidad y simbolismo, para casi hacernos vivir la agreste belleza de una sobrecogedora Lampedusa. La imagen y la mirada son también principales conductores de esa introspección psicológica en la esencia de una Valeria Golino que ciertamente está sublime mientras nos transporta por ese himno a la diferencia y a la lucha por la libertad del ser humano que es, en realidad, la película.
En fin, terminamos a altas horas de la madrugada, pero es que esta película tiene uno de los finales más bellos e hipnóticos de la historia del último cine europeo... Les dejo con un trailer, para que sientan ganas de verla los que no lo hicieron o de revisarla los que la conocen. Sensualidad para el verano, ¿les provoca?
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23 de agosto de 2006

Metamorfosis de la Melancolia (2) Tristeza Glam.


Hay días en los que todo ese amor, toda esa intensidad, toda esa entrega que hemos dado de más alguna vez a alguien que no lo recibió, que no lo quiso recibir, que no supo recibirlo... vuelve, como una lava espesa de volcán, como un maremoto lento que nos envuelve y nos hunde.
El amor no recibido vaga sin rumbo por el océano infinito de la energía universal, y, a veces, vuelve para recalar en el puerto de nuestras penas más íntimas, ese que siempre guarda un mirador al interior de nosotros mismos.
Esos días, la vida nos parece por momentos algo injusto, inexplicable, rotundamente hostil. Y buscamos esa vía de la anestesia, de la mirada oblicua, como nave por la que traspasar el recuerdo de tantas retóricas de silencio, de tantas e inexplicables esperas, de tanto eco de nada en las manos.
Sólo nos queda esperar... esperar mientras miramos la vida pasar... Yo, esos días, la vida la prefiero a ritmo de glam. Con la que mejor sabe hacerlo:



(la imagen no se ve bien, pero no he encontrado otra copia)

21 de agosto de 2006

Aquellos días de Diciembre

La vida está llena de giros y de precipicios. Los acontecimientos y, sobre todo, las personas, llegan cuando llegan, y no siempre lo hacen en el momento apropiado. Sin embargo, el deseo y la atracción actúan siempre como ineludibles motores de la carne y del intelecto. Hay historias de noches fatales, de sueños rotos, de besos nunca dados, de miradas no continuadas, que nos hilvanan la vida y retornan en trazos de sueño y recuerdo, en forma de puertas cerradas que de repente se abren y nos arrojan a súbitas caídas al vacío de la existencia, a la extrañeza de nosotros mismos.
Aquella noche yo no te esperaba. En aquella época yo solo esperaba cuerpos sobre la luna, y frívolas garras de carne sobre la sábana. Yo quería vivir la noche y la mirada sobre la piel recién saciada; convertirme tras el ocaso en un Don Juan sin escrúpulos que vivía sin más el placer de la seducción de los otros, recorriendo los amaneceres de camino a casa lamiéndome aún los labios con concupiscencia ante el taxista. Tú tampoco me esperabas. Hundido en tu ruptura sentimental, en tu huida de vida en común, de trabajo, de vida entera. Con poca vida en los bolsillos y la cabeza llena de incógnitas y cristales rotos. Pero desde nuestra primera mirada ninguna de esas dos vidas oblicuas se amedrentó. Los caminos de la literatura y la inevitable caricia de la seducción nos llevaron al sortear, no sin dificultad, las personas que nos unían inevitablemente. Jugando a no reconocernos, sorteamos pruebas, presencias y miradas ajenas, para, de repente, fugarnos sin salir de un Madrid que recorrimos como gatos. Con nadie he recorrido esta ciudad como contigo, en aquel diciembre soleado. Tu piel apenas rozaba la mía en aquel abigarrado café, y, sin embargo, la sexualidad del momento me erizaba los sentidos. Fueron días anaranjados de recorrer la Latina entre risas y miradas silenciosas, de visitas a librerías y a oscuras discotecas. Fueron días de invierno que nunca se han ido, que se quedaron ahí, como caricia abundante de un recuerdo siempre vivo bajo la piel. Y no pudo ser, nunca podría ser, nunca podrá ser. Pero ante la ceguera de la evidencia, ambos negamos con igual evidencia la realidad y nos entregamos al momento... El deseo no se desató, no nos atrevimos a desatarlo. Siempre quedó, como letargo de la no-realidad de lo que sucedía, como un territorio prohibido donde la inmersión podía producir que todo se disipase, recuerdo y realidad, mirada y poesía. Así cumplimos el pacto implícito y sólo jugamos hasta el límite nítido de la boca del deseo. Aquella fría noche de la despedida, con el hielo temblando en mis manos y el fuego quemándome las ideas, el abrazo fue leve, y el beso, sutil, en la mejilla. Mi estómago sentía un feroz aleteo que necesitaba la carne oscura de tu boca, pero el taxi esperaba, y mis brazos no pudieron hacer nada por retenerte. Así te fuiste, a tu país lejano, a tu nueva vida. Y tras cinco o seis correos, desapareciste. Yo encontré también una vida, otra de las miles que pudieron ser. A pesar de todo, aquellos días de diciembre viven continuamente en algún lugar de mi piel, con el magnetismo intacto de nuestro engaño inteligente.
Varios años después nos reencontramos, cada uno con su vida a medio hacer. Cada uno con una pasión bajo el brazo. Y hemos construido una relación del todo distinta. De complicidades evidentes y de vericuetos repentinos que nos asaltan entre miradas furtivas. La piel sigue siendo nuestra barrera, y no sé si algún día dejará de serlo, aunque sea sólo un instante. Sólo podría serlo durante un instante, lo sabes. Pero me gusta pensar que en cualquier momento, de forma inesperada, ese precipicio que sé que hay detrás de tu mirada, puede ser el escenario de mi caída. De una caída en el más allá de tu piel y de tu aliento. Mientras tanto, en cuanto llegues esta tarde, volveremos a quemar Madrid con el impulso de nuestras manos infinitas.

18 de agosto de 2006

Cuando la voz del poeta calló...

Hoy se cumplen 70 años ya del vil asesinato de uno de los más grandes poetas del siglo XX. Federico es un Universo en sí mismo, capaz de subyugar como pocos, con una capacidad para el simbolismo poderosamente magnética, poseedor de un lenguaje poético demoledor, que casi cruje en la boca de placer y misterio cuando lo leemos en voz alta.
En mi familia hay cierta tradición de magisterio, que comienza con mi abuela, una de las pocas maestras de su época en Galicia, a la que no conocí, pues murió demasiado joven, pero de la que mi madre siempre cuenta que adoraba a Lorca, a pesar de vivir en un entorno más bien falangista. Ella, sin embargo, se preocupó siempre de leerlo en la escuela, aún estando "mal considerado" hacerlo, aún no apareciendo sino apenas mencionado en libro escolar alguno. Lo leía y contagiaba a los pequeños de un interés y una pasión excepcionales por el poeta granadino. Mi madre, apasionada y vehemente por naturaleza, siempre ha amado a Federico. En su 17 cumpleaños, su madre le regalo el que probablemente sea el regalo más especial de su vida, las obras completas de Lorca, en la edición (hoy mítica) de Aguilar. Amor por la poesía y por la belleza transmitido con mimo y con pasión. El libro, de papel biblia, de Aguilar sigue en una de las estanterías de la casa de mis padres.
Como ya he contado alguna vez por aquí, a mi madre le ha dado ahora por escribir su vida y sus recuerdos. Parece que ya ha terminado. En una de sus confesiones, declara con cierto placer que está orgullosa de haber transmitido a sus hijos ese amor por Lorca, y que sabe (porque así lo hemos dicho nosotros alguna vez) que el único objeto de la casa que será objeto de disputa de herencia cuando ella muera, será ese ejemplar de las obras completas de Lorca. Ese que, recuerda ella, aún sigue conservando una rosa seca cogida en un verano gallego de hace ya muchos años, marcando la poesía favorita de su hijo mayor (yo). La rosa, oscura como Federico, también tiene su historia, aunque ella no lo sepa. La poesía que marcaba, la dejo hoy como testimonio de una voz que nunca debió apagarse.


ROMANCE DE LA LUNA, LUNA

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.


En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.


Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.


Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.


Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.


El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.


Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.


¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.


Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.

17 de agosto de 2006

Estranha forma de vida. Metamorfosis de la melancolía entre Lisboa y Belgrado.


Foi por vontade de Deus
Que eu vivo nesta ansiedade
Que todos os ais são meus
Que é toda minha saudade
Foi por vontade de Deus

Que estranha forma de vida
Vive este meu coração
Vive de vida perdida
Quem lhe daria um condão
Que estranha forma de vida

Coração independente
Coração que eu não comando
Vive perdido entre a gente
Teimosamente sangrando
Coração independente
Eu não te acompanho mais
Pára, deixa de bater
Se não sabes aonde vais
Por que teimas em correr?
Eu não te acompanho mais

Bajo la piel de este gato lunático que soy, siempre se escondió la sombra alargada y espesa de la melancolía. Como si de un destino se tratase, albergo esa magnética atracción por la belleza serena de la tristeza desde que mi razón me permite recordar. Desde mi adolescencia, rendido en exceso a un sentimiento que se torció demasiado en fatalista y oscuro, en icono de una supuesta profundidad que no merecía. También sufriendo la negación de su existencia: frente a los demás, y frente a mí mismo, en una lucha de engaños que me hundía en otra melancolía paralela, y también inexistente. La lucha terminó por agotarme, y resultar inútil. Ahora dejo que fluya, como parte ineludible de mi identidad, como determinante de mi visión de la belleza y del sosiego, como vía de liberación de una frustración que nace con la vida misma, y que es causa y remedio del éxtasis de la vida. He aprendido a mirar la melancolía de frente, sin miedo, con los ojos firmes y decididos de quien se sabe vital por naturaleza, apasionado por necesidad y profundamente carnal por decisión. La melancolía, en el fondo, es un estado, una sensación, una actitud... Voluble y débil, como lo son todos los estados humanos, como lo es su íntima naturaleza. La vida y nuestro apego a ella nace de esos desequilibrios, de la conciencia de un estado carencial y de la seguridad de la posibilidad de su satisfacción. Mi actitud ante este sutil misterio de la existencia siempre ha sido de extraña atracción, de profundo estupor. Necesito la vida y su irracionalidad, y planteármela de esta forma día a día, en cada pequeña imperfección que me asalta, me hace sentir más vivo y más consciente de la inutilidad de las respuestas, pero también más necesitado de seguir consumiéndola. Igual que no me he parado ante mi instinto felino y he husmeado en la noche y en el deseo, en la mirada turbia y en la debilidad de la carne. De la misma forma que no he evitado la felicidad ni el desenfreno, el límite ni la procacidad, de la misma forma, tampoco he huido de la melancolía. Cuando llega, así, en días como hoy, le abro la puerta y la dejo pasar como un río desbocado, rugiendo a mi costado. La veo pasar, y busco mis discos de música portuguesa, busco esa sangre lusa que corre por mis venas y me reflejo en esa identidad insatisfecha de la saudade, del errar infinito, del olvido y del abandono. Dejo que me arañe, que me marque la piel con esa aguda espina de la incomprensión, del deseo que late sin poder ser piel. Y dejo que corra, que galope hacia el mar, que se deshaga en el infinito azul. Y entonces, con la distancia de que soy capaz, descubro de nuevo el concepto de la vida en el que creo, más ligado a una de esas películas desenfrenadas y surrealistas de Emir Kusturica. Una locura, como debe ser la vida. También una cruel imagen de la existencia, donde no evitar el lado amargo de la existencia (la violencia, la corrupción, la maldad, la muerte, el egoísmo...) pero donde siempre nos quede la necesidad del otro, la carne dulce y espesa, oscura y tibia del amor inevitable, como triunfo sobre nuestra propia mezquindad. Y así, todos, en un frenético girar, disolvernos en esa música desmedida y vital, pero a la vez melancólica, de los gitanos balcánicos. Nacer y morir, de la nada a la nada. Y en este fugaz instante... VIVIR


14 de agosto de 2006


A Costa de Morte, en la provincia de Coruña, es uno de mis lugares en el mundo, y lo lleva siendo más de 30 años. Es uno de los más bellos parajes que conozco, y por él siento un especial amor, porque sus olas y sus rocas, pero también sus bosques, han sido el marco de demasiados momentos importantes y felices de mi vida, y han sido además cómplices de mi crecimiento personal, de mis decisiones de vida. Los que me conocen saben bien lo que siento por Galicia y por esta comarca en particular. Porque además es el entorno de vida de mi familia, de quienes tienen mi propia sangre. Con su desaparición, me quitan una parte de mí, de mi vida y de mis sueños. Por eso hoy, estoy triste.
No puedo quitarme las imágenes de la cabeza... Primero me negué a verlas en la televisión o en los periódicos. Es muy duro ver los incendios, cuando éstos destruyen algunos de los lugares donde más feliz has sido. Los lugares de la niñez, los que llevas en el corazón, los lugares donde reina parte de tu sentido de la belleza, de tu forma de entender la naturaleza. Hoy me he querido enfrentar con las imágenes. He entrado en periódicos, en vídeos, en blogs... Y las imágenes me han causado un enorme impacto, porque tienen dimensión de tragedia, de devastación. Esta ola de incendios tiene los tintes de un atentado terrorista. Sí, porque comparte con él la impotencia ante la destrucción. Nada se puede hacer. Se puede trabajar más, mejor... pero el fuego destruye a pesar de todo. Sin embargo, este fenómeno al que estamos asistiendo en Galicia carece por el momento de autores claros
¿Es un movimiento espontáneo? ¿Hay una trama? ¿los incendiarios están coordinados?
Nada sabemos aún de ello. Aunque de alguna forma, las condiciones para que una algo así sucediera, estaban sobre la mesa, y a ello apunta bien el escritor Suso de Toro, en su artículo de opinión del viernes 11 en El País. El artículo es de pago y no me lo puedo bajar, así que si alguno sabe o puede, y lo quiere colgar, se lo agradezco, pero AQUI tenéis un pequeño resumen de él. No quiero darle la razón ni quitársela. Simplemente me parece que apunta con razonable lucidez no sólo a una situación compleja de intereses enfrentados que está presente en Galicia tras la marcha de los populares del gobierno de la Xunta, sino también a los efectos de una política agrícola que a lo largo de mchos años ha dejado algunas provincias como Pontevedra y Coruña, sin microestructuras productivas primarias. El monte ha quedado prácticamente abandonado y las políticas forestales, injustamente poco preventivas, no han fomentado ni el cuidado de los bosques ni un plan serio para devolver a Galicia un hábitat autóctono, dejando que las masas de eucaliptos sigan extendiéndose sin control por la geografía gallega . Al final, como siempre, el perjudicado es el pueblo. Los que se quedan sin los árboles, los que se quedan sin naturaleza, sin vida, los que se quedan sin oxígeno, los que se quedan sin espacios para soñar, para imaginar, para vivir. De nuevo muchos pensarán en la tradicional indiferencia gallega. Un pueblo que parece no reaccionar, no despertar... Los que conocemos Galicia desde dentro sabemos que decir algo así es injusto. Y mucho. Ahora todos están con Galicia, es imposible no estarlo... Pero tendremos que estar con Galicia también cuando se apaguen los incendios. El apoyo pasa por no olvidar, por no cancelar nuestros viajes a Galicia, por no dejar de consumir productos gallegos, por tantas pequeñas cosas que sí podemos hacer.
A los gallegos, sin embargo, les toca hacer un ejercicio responsable de poder. Un atentado así es difícil de prever y de minimizar, pero una gran parte del esfuerzo por hacer, parte de las políticas municipales, y ahí los ciudadanos sí podrían tener cierta capacidad para cambiar el rumbo. También de exigir soluciones y políticas para prevenir que estas situaciones se produzcan de nuevo. Me temo que luchamos contra algo que tiene una dimensión mayor de lo que pensamos. Pero me consta que asociaciones ciudadanas, grupos ecológicos, y demás movimientos sociales están haciendo una importante labor de movilización y a ellos quiero dar todo mi apoyo, porque el lamento no vale, ya sólo vale la respuesta, la responsabilidad, la acción. Y sin dejar por ello de recordar, animar y agradecer a tantas personas y voluntarios que a pie de fuego están haciendo un trabajo titánico y lleno de valentía para salvar el bosque.
LUMES NUNCA MAIS.