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13 de diciembre de 2007

Cuartos separados


Respondeme la siguiente pregunta:
¿Termina el erotismo con el matrimonio?
La mujer y el hombre que, día a día,
reciben juntos la mañana,
que, de pie, lado a lado, se cepillan los dientes
que, igual como si estuvieran solos,
se despojan de la ropa
y se quedan desnudos
sin pudor o vergüenza
¿pueden aún albergar
el misterio del mutuo descubrimiento?

Nada es ya prohibido entre ellos.
Al contrario.
Tienen licencia, sello, para los desaforos;
un lugar perenne para estar solos,
todas las noches del mundo
para vivir la intimidad.

¿Sobrevive el asombro
esta absoluta carencia de restricciones,
esta revelación constante, cruel y permanente
de todas las funciones del cuerpo
los ruidos diurnos y nocturnos
la indiscreta pornografía de la cotidianidad?
Mis abuelos paternos
vivían en una casa señorial
frente a la Plaza de Correos.
No dormían juntos.
Sus cuartos y baños diferentes,
estaban situados a cada extremo
de un largo corredor.

(Por donde se filtraría la luz lunar al caer la noche)

Vi llorar a mi abuelo,
-mi abuelo que era duro y no expresaba los sentimientos-
solamente cuando ella murió.
Aulló como lobo. Sin recato su dolor.

Nunca sentí el secreto
de sus habitaciones distantes.
De niña exploraba la de la abuela
-curiosa-
esperando encontrar claves, señales
para desentrañar el acertijo.

Ahora me es fácil imaginar el escenario nocturno de sus vidas.
La espera de los pasos acercándose,
El pomo de la puerta cediendo,
El inesperado color de la bata de noche en el quicio entreabierto.

Ellos lo sabían, me digo.
Se evadían, se escondían.
Se negaban el uno al otro.

Batallaban contra el desamor.

Gioconda Belli

9 de marzo de 2007

No me arrepiento de nada

En el día de la mujer.
Invitada: Gioconda Belli


Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
—ellas habitando en mí queriendo ser yo misma—
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
—en horas de oficina—
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.