Donde pongo la vida pongo el fuego de mi pasión volcada y sin salida. Donde tengo el amor, toco la herida. Donde dejo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego vuelvo a empezar, sin vida, otra partida. Perdida la de ayer, la de hoy perdida, no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza. Al siempre va. Mantengo mi postura. Si sale nunca, la esperanza es muerte.
Si sale amor, la primavera avanza. Pero nunca o amor, mi fe segura: jamás o llanto, pero mi fe fuerte.
Ángel González.
Y en la frontera de nunca o amor, el fuego se divide y se multiplica, y se repite desde el fuego en el que pongo la vida, desde la fe segura con la que me arrojo al nunca, desde la postura de la esperanza con la que toco la herida, cada partida, cada perdida, perdida la de ayer, la de hoy perdida. Y no me doy por vencido, y sigo, y juego.
Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y la definitivas defender la alegría como un principio defenderla del pasmo y las pesadillas de los neutrales y de los neutrones de las dulces infamias y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera defenderla del rayo y la melancolía de los ingenuos y de los canallas de la retórica los paros cardíacos y de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino defenderla del fuego y de los bomberos de los suicidas y los homicidas de las vacaciones y del agobio de la obligación de estar alegres
defender la alegría como un certeza defenderla del óxido y la roña de la famosa pátina del tiempo del relente y del oportunismo de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho defenderla de dios y del invierno de las mayúsculas y de la muerte de los apellidos y las lástimas del azar y también de la alegría.
Nana, de "Bodas de Sangre", Federico García Lorca (...) Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua. El agua era negra dentro de las ramas. Cuando llega el Puente se detiene y canta. ¿Quién dirá, mi niño, lo que tiene el agua
Respondeme la siguiente pregunta: ¿Termina el erotismo con el matrimonio? La mujer y el hombre que, día a día, reciben juntos la mañana, que, de pie, lado a lado, se cepillan los dientes que, igual como si estuvieran solos, se despojan de la ropa y se quedan desnudos sin pudor o vergüenza ¿pueden aún albergar el misterio del mutuo descubrimiento?
Nada es ya prohibido entre ellos. Al contrario. Tienen licencia, sello, para los desaforos; un lugar perenne para estar solos, todas las noches del mundo para vivir la intimidad.
¿Sobrevive el asombro esta absoluta carencia de restricciones, esta revelación constante, cruel y permanente de todas las funciones del cuerpo los ruidos diurnos y nocturnos la indiscreta pornografía de la cotidianidad? Mis abuelos paternos vivían en una casa señorial frente a la Plaza de Correos. No dormían juntos. Sus cuartos y baños diferentes, estaban situados a cada extremo de un largo corredor.
(Por donde se filtraría la luz lunar al caer la noche)
Vi llorar a mi abuelo, -mi abuelo que era duro y no expresaba los sentimientos- solamente cuando ella murió. Aulló como lobo. Sin recato su dolor.
Nunca sentí el secreto de sus habitaciones distantes. De niña exploraba la de la abuela -curiosa- esperando encontrar claves, señales para desentrañar el acertijo.
Ahora me es fácil imaginar el escenario nocturno de sus vidas. La espera de los pasos acercándose, El pomo de la puerta cediendo, El inesperado color de la bata de noche en el quicio entreabierto.
Ellos lo sabían, me digo. Se evadían, se escondían. Se negaban el uno al otro.
"Hai nas ribeiras verdes, hai nas risoñas praias e nos penedos ásperos do noso inmenso mar, fadas de estraño nome, de encantos non sabidos, que só con nós comparten seu prácido folgar." Rosalía de Castro.
Estás aquí y allí, y en todas esas grietas del deseo donde se refugia el silencio. Te mueves despacio y escueto, liberado de temblores, abrigando el aliento invisible, enmascarándolo de lluvia y descuidos. Pero profundo en mi estómago me abrasas como lava naranja que no se escucha, aunque veloz resbala sobre el recuerdo del recuerdo. Camino entre tus dedos como si no existieran y, sin embargo, se clavan en mi piel, allí donde nacieron, allí donde aún descansan cada madrugada que retorna ese aroma que no se despega. Como si nada sucediera me despierto cada día, y habito mi felicidad con calma. Nada se quiebra entre mis rutinas, tampoco en mi caminar sin rumbo. Las hadas me acompañan con sus bocas invisibles. Ellas saben, pero no dicen. Tan sólo observan. Y acompañan. Entornan su mirada frente a los precipicios, e incluso algún suspiro se les escapa, pero sus dedos están cosidos. Sin decir, ellas me dicen tanto...
Siempre me ha sorprendido la fabulosa obsesión de la poesía lusa con el placer de saborear la derrota de los sueños. Diríase fruto de una visión oscura y pusilánime de la vida, inmovilista y triste. Y sin embargo casi todos hemos sentido esa tentación del deseo frente a la melancolía, ese secreto placer dramático frente a la estética del dolor y de la pérdida. Esa alegre fiesta de llanto-alegre festa de pranto- que nos recorre y nos atrapa, que nos araña obsesivamente, como verdes garras de los sentidos -verdes garras dos sentidos- (en palabras de Agustina Bessa-Luís), pero que nos lleva a entregarnos con la furia de un sádico a nuestras heridas. Quizá sea que la extinción de los sueños deja aún más espacio a sueños nuevos que brillar en nuestro firmamento particular. Quizá sea admitir que la perfección del sueño se redondea con su fracaso en el mundo de lo real. Los sueños hechos realidad son siempre distintos a como los deseamos, y alguno diría que hasta ensucian su luz. No sé qué pensar yo de todo esto. Creo que me quedo en ese limbo perfecto entre la entrega y la renuncia, en ese instante en el que todo es posible y dos universos infinitos y divergentes, se persiguen y hasta se fusionan con voracidad por un corto espacio de tiempo , estremeciendose nuestra piel ante el leve rozar de la realidad y el sueño.
ESTÁTUA FALSA - (Mário de Sá Carneiro)
Só de ouro falso os meus olhos se douram; Sou esfinge sem mistério no poente. A tristeza das coisas que não foram Na minh'alma desceu veladamente.
Na minha dor quebram-se espadas de ânsia, Gomos de luz em treva se misturam. As sombras que eu dimano não perduram,
Como Ontem, para mim, Hoje é distância.
Já não estremeço em face do segredo; Nada me aloira já, nada me aterra: A vida corre sobre mim em guerra, E nem sequer um arrepio de medo!
Sou estrela ébria que perdeu os céus, Sereia louca que deixou o mar; Sou templo prestes a ruir sem deus, Estátua falsa ainda erguida ao ar...
* * * * * *
Sólo de oro falso mis ojos se doran Soy esfinge sin misterio en el poniente La tristeza de las cosas que no fueron Por mi alma cayó veladamente
En mi dolor se quiebran espadas de ansia Gajos de luz en tiniebla se mezclan Las sombras que de mí brotan, no perduran Como Ayer, para mí, Hoy es distancia.
Ya no me estremezco de cara al secreto Nada me puede dorar ya, nada me aterra: La vida corre sobre mí en guerra ¡Y ni siquiera un escalofrío de miedo!
Soy estrella ebria que perdió los cielos Serena loca que dejó el mar Soy templo dispuesto a desmoronarse sin dios Estatua falsa, todavía erguida al aire.
See, even the Night herself is here To favour your design, And all her paceful train is near That men to sleep incline.
Y se hizo la primera noche tibia del verano. Y el viento, imperceptible, pasó a levantar el recuerdo sobre nuestras pieles. Mas, qué extraño, era un recuerdo de algo que no había sucedido, que tal vez no llegase a suceder... Y sin embargo comenzaba a latir debajo de la piel como si quemase las venas, como si quisiese salir del cuerpo y gritar y evaporarse y soplar hasta las montañas frías y hasta el mar. Y un ejército de salamandras ha partido en busca de los sueños que se nos escapan por los dedos. Y serpentean en la noche, con su lengua ávida de ingrávidos secretos, de luz que no ciega, de vino que deshoja la muralla. Y detrás de cada cola que susurra en la pared, olvidada en su caza, van los animalitos perdiendo trozos de sombra, de sombra oscura que se nos clava en las manos, y en las esquinas de los ojos. Y cada noche que se detiene el viento del norte, cada noche que el viento tibio de las salamandras invade la calle, despiertan todas esas sombras, y dejan de serlo un instante, para tener nombre -un nombre pequeño-, para tener mirada y para ser sólidas sobre las pestañas, bajo las sábanas, enredadas en las almohadas. Y entonces, de repente, caminamos por la calle silenciosa, juntos. De repente, rozándonos un instante el sortilegio, sabemos que cualquier cosa, cualquiera, puede suceder esa noche. Olvido, encuentro, palabras a quemarropa, silencio, desenfreno... Pero las sombras retornan, y desaparecen si no las tomamos. Hay que estar atentos, antes de que la noche de agosto deshaga los hilos a fuerza de estrellas que precipiten, antes de que los instantes para decidir se acaben, antes de que el frío viento del norte se sitúe ya detrás de la puerta y nos susurre por las noches, para espantar el hechizo de la reina de la noche.
OBERÓN Muy bien, vete. De este bosque no saldrás hasta que te haya atormentado por tu afrenta. – Mi buen Robín, acércate. ¿Recuerdas que una vez, sentado en un promontorio, oí a una sirena montada en un delfín entonar tan dulces y armoniosas melodías que el rudo mar se volvió amable con su canto y algunas estrellas saltaron locas de su esfera oyendo a la ninfa de los mares? ROBÍN Lo recuerdo. OBERÓN Aquella vez yo vi (tú no podías), volando entre la fría luna y la tierra, a Cupido todo armado. Apuntó bien a una hermosa virgen que reinaba en Occidente y disparó con energía su amoroso dardo cual si fuera a atravesar cien mil corazones. Mas yo vi que los castos rayos de la luna detenían la fogosa flecha de Cupido y que la regia vestal seguía caminando con sus puros pensamientos, libre de amores. Observé en dónde caía el dardo: cayó sobre una florecilla de Occidente, antes blanca, ahora púrpura por la herida del amor. Las muchachas la llaman «suspiro». Tráeme esa flor: una vez te la enseñé. Si se aplica su jugo sobre párpados dormidos, el hombre o la mujer se enamoran locamente del primer ser vivo al que se encuentran. Tráeme la flor y vuelve aquí antes que el leviatán nade una legua. ROBÍN Pondré un cinto a la tierra en cuarenta minutos. [Sale.] OBERÓN En cuanto tenga el jugo esperaré a que Titania esté dormida para verter el líquido en sus ojos. Al primer ser vivo que vea cuando despierte, sea un león, un oso, un lobo, un toro, el travieso mono, el incansable simio, lo seguirá con las ansias del amor. Y antes que yo quite de sus ojos el hechizo (y puedo quitárselo con otra planta), haré que me entregue su paje.
Sospechan de nosotros. Ha pasado el primer autobús, y nos sorprende en el lugar del crimen, desatados los cuellos y las manos a punto de morir, abandonándose. Nos da el alto la luz, sentimos su revólver por la espalda, demasiado indeciso, su temblor en nosotros, encubierto bajo el pequeño bosque de las sábanas.
¡Corre! ¡Coge el amor y corre cuerpo adentro! Hay un desfiladero sin leyes en los labios, un laberinto ardiendo de salidas. Mira tu corazón o tu cintura, ese castillo en alto que mis muslos coronan como un lago de niebla. ¡Corre! Atiende sólo al viento de la piel pasando y regresando. y que suenen las ráfagas, que suenen los disparos, que las sirenas suenen a tu espalda.
LUIS GARCÍA MONTERO.
A veces sueño ser fugitivo y corro. Corro sin razón y sin esperanza. Corro por las calles atestadas, y por las desiertas avenidas. Y no sé si llegas detrás de mí o te alcanzaré en la próxima esquina. Pero te descubro prohibido y oscuro, surgiendo de las aceras, con una distancia que no atravieso nunca, doblado en el recóndito infinito de mi deseo. Y mi dedo que no te toca, se transforma en polvo fino que se dispersa mientras la lengua se desploma seca sobre tu ausencia. Nada es más prohibido que lo que no osamos imaginar. Sólo a veces, en estas noches de salvaje calor, consigo traspasar el umbral que da paso a tocar tu piel y sentir la mirada atónita de las murallas de piedra que circundan nuestro secreto. En ese pequeño instante en el que bajo la máscara de lo que no sucede retiramos el plástico denso que nos hace olvidar, sólo en ese instante, sería posible tomar ciegos nuestro aliento y huir. Escapar del sueño, romper ese recuerdo que precipita afilado sobre las pestañas cuando se hunden en las aguas negras, y atravesar al otro lado, donde nace esa luz que no cesa nunca tras la realidad. Y atender sólo a nuestro viento sobre la piel. A veces, mientras sueño, no me importaría que las sirenas sonasen a mi espalda.
“Vende sonhos e maresia, Tempestades apregoa... Seu nome próprio:Maria... Seu apelido: Lisboa...”
David Mourão-Ferreira/Alain Oulman
Hoje acordei com tantas saudades de Lisboa, que até parecia que ia surgir assim, azul e branca, feiticeira tras os límites dos meus olhos.
Nació de un sueño, y ni recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché hablar de ella. Un puente inmenso que llegaba a ella, rojo de corazón deshecho, envuelta de océano y sal. Y es que así te llega Lisboa, despacio, antigua, mirándose a sí misma, surgiendo de las brumas atlánticas, suavemente ondulada de blanco. Oliendo a marea y café. Y acercándose poco a poco a ti, a medida que el sol la va dibujando de ocres y atardeceres imposibles, como en aquella escena bellísima de la película “Lisboa, faca no coraçao” en la que una misteriosa Misia tomaba el trasbordador con el sol del ocaso incendiando las aguas, y esa mirada de deseo y trsiteza que la observa sin ser visto, que la persigue, mientras suena un fado tristísimo.
Então que a sombra agite E assim a imagem faça Os rostos de nós dois Tocados pela graça
Amor é muito cedo E tarde uma palavra A noite uma lembrança Que não escurece nada
Amor, o que será Se nele é para habitar A escolha do mais puro.
Já fuma o nosso fumo Já sobra a nossa manta Já veio o nosso sono Fechar-nos a garganta
Então que os cílios olhem E assim a casa seja A árvore de Outono Coberta de cereja.
LIDIA JORGE.
Porque Lisboa es ciudad para huir, y para perseguir. Para perseguir la ciudad misma, y no prenderla jamás, porque nunca se llega al fin de Lisboa. Porque se nos muestra y se esconde. Porque oculta misterios que no deben ser revelados, porque su belleza es esquiva y difícil, porque sólo quien sabe pasear entre las sombras puede intuirla. Pero ella consigue traspasar la piel y quedarse ahí, entre la epidermis y la sangre, susurrándonos su nombre despacio, casi envuelto de silencio.
Una de las películas que mejor capta la esencia de la ciudad es la del alemán Wim Wenders,Lisbon Story, en el que un ingeniero de sonido (Rüdiger Vogler) a la acude a la ciudad a causa de la llamada de ayuda de un amigo que nunca aparece finalmente. y en la larga espera, termina indagando poco a poco la esencia de la bella Lisboa (¿acaso no la de él mismo?). En su particular recorrido, plagado de escenas simplemente maravillosas, conoce a la también enigmática y hermosa Teresa. Una Teresa Salgueiro (vocalista del grupo Madredeus) que nos canta y nos introduce en el delicado mundo de la saudade, de la mano de su exquisita voz.
Porque hablar de Lisboa es, inevitablemente, hablar de música. De la guitarra portuguesa en tono menor que nos arroja al profundo abismo de la belleza. Danzas atropelladas bajando por las calles de Alfama. Fado oscuro, que nos asoma al destino, a lo que no sucedió, al infinito precipicio del deseo que no alcanzamos.
Porque hay en Lisboa una continua sensación de melancolía, de suspiro que nos captura como en una falta de algo. Es algo que tiene que ver con la esencia del espíritu portugués, un pueblo en continua necesidad de buscar su identidad, una identidad marcada por su tierra y su lengua. Arraigada profundamente en la palabra, bajo el yugo de la pérdida, siempre buscando, siempre añorando, destilando una melancolía que nace de la propia melancolía, y que ellos llaman saudade. Saudade del amor, saudade de la belleza, saudade del placer... Saudade de Lisboa. Y enfrentada a ella, la Lisboa moderna. y cosmopolita ruge y vibra como una criatura que siente la vida como una herida que quema, que se deshace de pasión desbocada, pero que siente cómo la atrapa la cuerda de la melancolía.. y es que quizá la melancolía más pura nazca del Tejo caprichoso, que se ensancha rebelde para morir desafiando al inmenso mar.
La brisa recorre Lisboa, y sueño paseando sus calles que parecen moverse como si de la cubierta de una fragata se tratase. Y la senda no se termina nunca, porque los secretos de esta ciudad nunca se agotan, ni se agota la belleza repartida en añicos por todos sus rincones. Desvencijada y olvidada, sucia a veces y desgastada. Pobre Lisboa, radiante y decadente, azul y melancólica, enredada en miradas y aún desconocida. Sueña, Lisboa sueña, y despierta por la noche para haber olvidado todo, y llorar por no saber qué has perdido... pero sueña. En tus sueños, como un secreto, descansan los sueños olvidados de todos los amantes de la belleza, de todos los corazones desbocados, de todos los amantes que nunca conocieron el amor...
Meu amor, meu amor, Foste-me sonho e pão, Foste febre e fervor, Razão e sem razão, E sede e sabor Das manhãs de verão, Mas minha prisão, Ah não E em tanto calor Nada foi em vão, Mas minha prisão, Ah não Meu amor, meu amor, Não te peço perdão, Não te peço favor, Não te peço aversão, Não te peço dor, Nem a contrição, Nem o coração, Ah não Agora ao sol-pôr Meus olhos se vão E não voltarão Ah não
CARLOS PAREDES
La primera vez que dejé Lisboa, cruzando el puente del 25 de Abril, era una radiante mañana de verano, y las azoteas ondulaban enfrente, a lo lejos. Sentí la mano posarse sobre mi hombro, mientras miraba hacia atrás alejarse las suaves colinas. El amor actúa así, en momentos muy concretos, de manera certera. Me sentí lisboeta, me sentí ahogar, me sentí enamorado, con un arrebato incomprensible y casi adolescente. Desde entonces siempre vuelvo, como en ritual secreto, para que no me eche de menos tanto como la echo de menos yo a ella.
Desde la mujer que soy, a veces me da por contemplar aquellas que pude haber sido; las mujeres primorosas, hacendosas, buenas esposas, dechado de virtudes, que deseara mi madre. No sé por qué la vida entera he pasado rebelándome contra ellas. Odio sus amenazas en mi cuerpo. La culpa que sus vidas impecables, por extraño maleficio, me inspiran. Reniego de sus buenos oficios; de los llantos a escondidas del esposo, del pudor de su desnudez bajo la planchada y almidonada ropa interior. Estas mujeres, sin embargo, me miran desde el interior de los espejos, levantan su dedo acusador y, a veces, cedo a sus miradas de reproche y quiero ganarme la aceptación universal, ser la "niña buena", la "mujer decente" la Gioconda irreprochable. Sacarme diez en conducta con el partido, el estado, las amistades, mi familia, mis hijos y todos los demás seres que abundantes pueblan este mundo nuestro. En esta contradicción inevitable entre lo que debió haber sido y lo que es, he librado numerosas batallas mortales, batallas a mordiscos de ellas contra mí —ellas habitando en mí queriendo ser yo misma— transgrediendo maternos mandamientos, desgarro adolorida y a trompicones a las mujeres internas que, desde la infancia, me retuercen los ojos porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños, porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable, que se enamora como alma en pena de causas justas, hombres hermosos, y palabras juguetonas. Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada, e hice el amor sobre escritorios —en horas de oficina— y rompí lazos inviolables y me atreví a gozar el cuerpo sano y sinuoso con que los genes de todos mis ancestros me dotaron. No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones. No me arrepiento de nada, como dijo Edith Piaf. Pero en los pozos oscuros en que me hundo, cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos, siento las lágrimas pujando; veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo, blandiendo condenas contra mi felicidad. Impertérritas niñas buenas me circundan y danzan sus canciones infantiles contra mí contra esta mujer hecha y derecha, plena. Esta mujer de pechos en pecho y caderas anchas que, por mi madre y contra ella, me gusta ser.