Comienza la estación de la noche, la del deseo y la incógnita, la del olvido y la distancia. Se nos van despegando lentamente las vendas del hábito y el ancla que agarra los apetitos insospechados. Las lunas crecerán más blancas y lechosas, y su influjo lloverá sobre las aceras tibias, invisible a los sonidos de la noche. Y nos atravesará el silencio como una daga en mitad de la metamorfosis, para recordarnos esa piel que tan sólo rozamos una vez, pero que se quedó sumida en la amnesia de nuestros dedos, atada únicamente al perfume aquel que vendrá a despertar, como un milagro inesperado, en el inicio de cualquier noche de sábado, el único soplo que podremos recordar en las largas noches de invierno.
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17 de junio de 2009
9 de junio de 2009
El tiempo de las cerezas.
Era un día de finales de mayo y en el frigorífico de Joaquín quedaban algunas cerezas en un bol verde, tapadas con una de esas finas mallas de plástico protectoras que, tras toda una mañana cerrando el recipiente, recogía ya unas minúsculas gotas de agua en su parte interior.
Cuando salió del metro subiendo lentamente las escaleras que daban a la calle Sagasta, Joaquín aún tenía los labios húmedos y su espalda guardaba algo del frescor metálico de la columna sobre la que Juanjo le había empujado en aquel rincón oscuro del andén.
Un gran termómetro digital sobre la acera marcaba con precisión la temperatura (veintiséis grados y dos décimas) y sus pasos rotundos sobre el granito de los escalones comenzaban a fundirse ya con el bullicio de la calle, con los cientos de pasos de zapatos, tacones y chanclas que pisaban sobre el pavimento.
Fue entonces cuando se detuvo, y miró hacia arriba. El azul oscuro se derramaba abundante y opulento, invadiendo el perfil de los edificios, y el sol rozaba los brazos de los transeúntes. No llegaba a abrasarlos, pero cegaba sus miradas lo suficiente como para embriagarlos. Mayo se desvanecía ya ante la llegada del verano y aquel día parecía haber sido creado para una indescriptible eternidad.
Sacó su lengua puntiaguda y compacta y la deslizó lentamente sobre los labios. Aún conservaba el sabor en la boca, casi idéntico al de las cerezas de su desayuno.
Comenzó a caminar, y fue entonces cuando sintió que la felicidad, tras un instante detenida en su garganta, se quedaba a pasear perezosa por su estómago. Encendió su ipod, y todo el caudal de música de ese barroco sublime andaluz recién descubierto con entusiasmo aquellos días, cayó sobre él, sobre el azul, sobre las ramas y sobre los brazos peinados por el sol. Las gotas de agua sobre las cerezas, sin que él lo supiera, acababan de evaporarse sobre el bol.
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27 de mayo de 2009
Buscando
Buscando en la primavera perfecta.
Buscando entre sus nubes abultadas.
Buscando en el instante de la brisa fresca, aún sin agostar.
Buscando a través del tráfico, surcando el anhelo entre los humos y los cuerpos llenos de deseo y de olvido.
Buscando entre las pieles que se saludan y se saben recién estrenadas.
Buscando en las ramas del sol cegador.
Buscando, alcanzado de sonrisas anónimas.
Buscando entre las palabras,
sobre las aceras,
sobre las esquinas,
sobre los iconos,
en la tarde diminuta y sola.
Buscando en la memoria que me asalta,
en el aliento que me atrapa,
en el latido que me alcanza.
Buscando,
sobre las llamas buscando.
Buscando,
siempre buscando.
8 de febrero de 2008
Schubert, Cádiz, y la Felicidad

La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.
18 de diciembre de 2007
Algunas noches.
La noche te trae muchas veces detrás del secreto, a través de la misma puerta que atravesaste una vez.
Delante surge mi piel sonámbula, acercándose hasta el límite del calor, como esas notas de Ravel que siempre parecen caer al suelo, como palabras derramadas sobre el sueño. Palabras infinitas que ocupan mapas y sobrevuelan soledades. Palabras que hilan fino el silencio que traza el agua que no se detiene, que me arrastra aunque yo no quiera porque mi deseo nace como ella, de lo más oscuro, de lo más profundo, de lo más inevitable.
Después, como la luna pálida que me recorre, viajas lento sobre la marca de tus dedos, despegas de nuevo y te alejas, dejando sólo tu rumor callado de mariposas acuáticas.
21 de noviembre de 2007
Besos imposibles.
Siempre quise besarles, aunque ellos no lo supieran. Desde que los conocí. Suelen tener el color de sus labios ligeramente acentuado en un tono más claro de lo normal. Es mi pequeña obsesión, acercarme a ellos y posar los míos lentamente, casi morderlos y deslizar mi lengua lenta, casi imperceptible, entre ellos. La mayoría se quedan ahí, en deseo que envuelve mi garganta. Algunos casi los he conseguido. Es una cuestión de arrojo, de ese que me abunda en el verbo pero que se repliega cuando la atracción me desgarra. He estado a milímetros de distancia, para retirarme después, como si se tratase de puertas de bronce oscuro que no he osado abrir. Están todos a buen recaudo, encerrados en el palacio que mi deseo ha construido mirada tras mirada, estupor tras estupor. Secretos, ocultos en la más remota sala, disfrazados de color y memoria.
Esos que miro ahora no son los mismos. Pero han invadido la ciudad, y nos observan a todos desde lo alto y desde lo bajo, a ras del suelo o desde las esquinas del subterráneo. Labios puros, imaginados castos, impolutos, apenas rozados por otros. No tengo la menor idea de dónde los sacó Alberto, ni de si los imagino o los tomó del natural, de alguien que pasó a su lado atrapando su aliento, o de alguna dama que a él los expuso alguna noche de invierno frío. Y sin embargo no puedo evitar pensar que aunque sean reales, sólo existieron en su deseo, y jamás cruzaron el umbral de la realidad. Me lo delata esa mirada fija y esquiva que los protege, que levanta ese muro invisible envolviendo el beso imposible. Esos ojos desafiantes guardan con celo la cuerda que ciñe el impulso, que lo paraliza. Lo sé porque lo he vivido, porque lo vivo en los que a mí me persiguen, en los que arden en mi estómago silbando entre los cabellos que me rozan, sobre la piel que me precipita al olor, sobre el vértigo sutil que me borra el olvido.
Esos labios... tan cerca y a veces tan lejos. Esos labios (estos días reproducidos en avenidas, multiplicados sobre nuestras cabezas) los conozco. Los conozco porque los deseo. Los deseo tanto, que sigo sin poder besarlos.
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3 de octubre de 2007
De gatos...
Me perdí en las horas de la noche. Me perdí entre las calles que nunca retornan, porque no quería volver. Y todas las esquinas me trajeron de nuevo a ti. Cada paso que di, disuelto en aire, fue como la arena de una playa que no termina nunca, como la línea del horizonte que nunca se acerca, que permanece y que no existe, pero que siempre está ahí.
Y llego de nuevo, atravesando la misma puerta de siempre, herido como un gato callejero, brotando sangre entre mis pestañas, ausente sobre mis dedos tibios, usados, cercados de sexo y silencios. Llego y no dices nada, sólo acercas tus labios, como fraternales, y rozas apenas los míos. Huyes a tu espacio, esquivo, a mirar con atención el infinito que se extiende un instante aquí, alargando el mundo, estirando el deseo hasta casi quebrarlo en un hilo que se hace invisible para los demás. Hasta dejarlo áspero sobre las manos, agazapado a la hora del café, sediento de la lengua que inevitable se lanza envuelta entre tus inquietudes, deshecha en un océano salvaje que nos hunde y nos devuelve a la realidad, indescifrada detrás de tus ojos. Revuelta pero certera cada vez que la noche se queda, de repente, detenida junto a tu espalda.
19 de septiembre de 2007
As fadas de estraño nome
"Hai nas ribeiras verdes, hai nas risoñas praias
e nos penedos ásperos do noso inmenso mar,
fadas de estraño nome, de encantos non sabidos,
que só con nós comparten seu prácido folgar."
Rosalía de Castro.
Estás aquí y allí, y en todas esas grietas del deseo donde se refugia el silencio. Te mueves despacio y escueto, liberado de temblores, abrigando el aliento invisible, enmascarándolo de lluvia y descuidos. Pero profundo en mi estómago me abrasas como lava naranja que no se escucha, aunque veloz resbala sobre el recuerdo del recuerdo.
Camino entre tus dedos como si no existieran y, sin embargo, se clavan en mi piel, allí donde nacieron, allí donde aún descansan cada madrugada que retorna ese aroma que no se despega.
Como si nada sucediera me despierto cada día, y habito mi felicidad con calma. Nada se quiebra entre mis rutinas, tampoco en mi caminar sin rumbo. Las hadas me acompañan con sus bocas invisibles. Ellas saben, pero no dicen. Tan sólo observan. Y acompañan. Entornan su mirada frente a los precipicios, e incluso algún suspiro se les escapa, pero sus dedos están cosidos.
Sin decir, ellas me dicen tanto...
14 de agosto de 2007
La belleza de la brevedad
Son las flores de los cactus de mi casa. Nacen como un tallo terminado en un pequeño bulbo que se eleva por encima del cuerpo. Durante muchos días va creciendo y engrosando, irguiéndose hacia el sol poco a poco. De repente un día se abren. Tan súbitamente que si uno es cuidadoso y acontece que esté cerca, casi puede escuchar su corto crujido al hacerlo. Se abren, y son así de bonitas. Pero (alegorías de la naturaleza) tienen una breve existencia... Tan sólo unas horas. Menos de un día y ya se mustian, se doblan y caen, ya cerradas, sobre las espinas de su madre.
Ayer noche, se abrieron cinco a la vez. Ya estaba oscuro y ni la lluvia de las Perseidas ni la tenue luz de mi terraza fueron suficientes para poder contemplarlas bien... Es duro que su belleza sea tan breve. Quizá por ello su esplendor es tan radiante, tan blanco, tan tentador.
Es un blanco que me ha acompañado toda la mañana, aunque no haya sido hasta esta tarde en la piscina cuando me he dado cuenta que no les he prestado atención a la hora de la comida. Ha sido al ver el horizonte de nubes espesas que se cernían sobre la sierra, como presagiando algo. Eran tan blancas que me han hecho recordar la belleza de las flores de mis cactus. Eran también extrañas y voluptuosas, como las horas de este verano que nos visita: ardiente sin ser tórrido, procaz, pero de manera velada. Un verano que ha entrado sigilosamente, fragmentando rutas y deseos, barajándolos a su antojo para trazar un mapa de sigilo y estupor, de confusiones frente a las señales, de pérdidas impalpables y encrucijadas que pasan desapercibidas. Mientras, las salamandras, las únicas que lo saben todo, observan desde el borde. Me observaban a mí también, antes de zambullirme, como sonriendo, como susurrándome mientras trepan por los muros acariciando sus pieles opacas.
Splash...
La masa de agua siempre me protege y me acaricia, como dedos de sirena dispuestas a besar la extrañeza que se disuelve lentamente bajo mi piel.
Entonces ha surgido de la superficie, rasgando la onda que su brazo levantaba al nadar. Lo hacía rápido, maquinalmente, como sin respirar. Al detenerse a dar la vuelta me ha mirado un segundo, con fijación, como intentando llegar al fondo de mi pensamiento. Y entonces ha ido hasta el final, nadando sin tregua, y ha vuelto. Y al girar de nuevo, me ha vuelto a clavar el fondo de esos ojos oscuros. Y yo he comenzado a nadar también, desorientado, atolondrado entre la espuma de los bañistas, y él que surcaba el perímetro como una flecha, que dejaba exponer su piel sólo un instante a mi mirada, que me perseguía una y otra vez, que me devoraba con sus dedos breves mientras abrían el agua. Y yo que me dejaba perseguir, aún en la extenuación.
Cuando he salido todo me daba vueltas. Al caer sobre la toalla, el cielo parecía acercarse peligrosamente. He sentido todo moverse, como si la tierra girase más veloz que nunca. Me he agarrado con fuerza al césped, como para no caer de este verano que me sacude cuando menos lo espero. Entonces lo he visto, saliendo del borde sobre sus brazos, despacio, tan despacio que detenía el aire a su paso. Y se ha dirigido a la ducha, abriendo con un impulso rápido el grifo, hasta el final. Y la lluvia de finísimos y potentes hilos ha caído sobre su piel, y al estrellase en ella ha levantado una gran nube de agua ingrávida que le ha borrado un instante. Entonces, el mismo viento caprichoso que sigue reteniendo las nubes (observo que comienzan a ser negruzcas) la desplaza suavemente hacia mí, rozándome apenas. Y yo la veo pasar. Y es todo como en un sueño, como en una película. Y al pasar él junto a mí, el frescor de su cuerpo perfecto me invade, pero su mirada me abrasa, y yo siento que me mareo. Una vez más. Y debo agarrarme al césped de nuevo, porque todo se inclina. Porque su mirada no es sólo su mirada, son todas las miradas. Son todas esas palabras forradas de silencio de estas semanas, y es tu mirada esquiva y tu mano sobre los labios, como distraída, y es tu miedo y el mío, y ese tren que partió sin mí, y es tu abrazo fuerte y todas esas caricias que no he llegado a darte, porque mi mano se paraliza.
Y entonces todo da más y más vueltas. Y ya ni el césped evita mi vértigo... De repente, me acuerdo de mis flores, a punto de marchitarse. Y algo me dice que necesito huir rápido, que debo cruzar la ciudad salpicada de sombras y correr hasta ellas. Correr como si huyese. Igual que si huyese de este verano raro del que en realidad estoy prendado. Llego aún con la prisa sobre los dedos, con el temblor en la mirada y en las sienes. Y ahí están, breves y perfectas, blancas, bellísimas justo antes de morir, reservando su última perfección para mí. Y así, sin saber entender porqué tiene que ser así, me quedo frente a ellas, pensando que me gustaría poder detener el tiempo para que no se acabasen, para que no se acabase nunca este verano, para que nunca dejasen las rutas de esconderse, y nosotros de perder la consciencia de ellas y entregarnos a lo efímero desde la eternidad.
12 de agosto de 2007
Piedras Naranjas
Habla la Consoli en esta canción compuesta por Goran Bregovic de lo difícil de la inclinada cuesta del abandono. De cómo la vida nos entrega riquezas y miserias y ambas son indisolubles, del olvido como remedio a la impotencia... Palabras en las que no termino de creer. Porque en el fondo nunca se olvida lo que te construye, lo que te cambió o quien te hizo tocar la eternidad.
Y aunque ella diga que un viento cálido anuncia siempre el despertar de tiempos mejores, a mí el viento cálido me devuelve también siempre a un recuerdo cada vez más sano y del que soy consciente de que no deseo borrar porque, a su manera, también me hace bien.
El Mediterráneo, de alguna forma, es un poco el abandono. El abandono del vestigio que nos une a lo que somos. Porque en el Mediterráneo están gran parte de nuestras raíces culturales e intelectuales. Por eso me gusta acercarme en verano a esos sitios en los que lo que queda de ese pasado parece querernos hablar. Para imaginar entre piedras caídas una existencia que quizá olvidé, pero que siento que me habla cuando en silencio las toco y las escucho. Ahí está Ovidio en cada esquina, imaginando lo que sigue repitiéndose una y otra vez transformado y metamorfoseado desde entonces: personajes, dramas, dilemas, tentaciones, traiciones... Y sólo tocando las piedras, mirándolas, en ese inevitable y aristotélico acto, consigo alcanzar ese íntimo placer de entender la intensidad de la vida.
Por eso, este verano, más allá de visitar de nuevo mi adorada Italia, de hablar su lengua y mezclarme con sus gentes, más allá de contemplar la maravilla del Barroco Siciliano o de su abrupta costa noroccidental o de subir a sus escarpadas y pintorescas villas, necesitaba llegar a sus piedras. A todas esas piedras de los pueblos antiguos del mediterráneo que la poseyeron, que hicieron de ella su hogar y el reino de sus deseos, y que también a muerte la defendieron, entre tierras de profundo amarillo y verdes desiguales, intensos de las viñas y pálidos de los sabios olivos ancianos. Entre ellos, sin duda, destacan los griegos, que desde que en el año 734 antes de cristo establecieran allí su primera colonia en lo que hoy es Giardino Naxos, convirtieron esta isla paradisíaca del Mediterráneo en su sueño dorado. La Magna Grecia llegaron a nombrarla.
Y la isla, que ha visto pasar pueblos e identidades durante siglos y siglos como en pocos lugares del mundo, no ha dejado de olvidar aquellos bellos helenos que levantaron templos y palabras, sueños y belleza. Aquellos que sin embargo debieron olvidar allí la blancura impoluta de la piedra del Egeo, y entregarse a ese naranja, bellísimo también, de la tierra siciliana. Un naranja que sobrecoge al atardecer, que te llena de su esencia y te acompaña para siempre. Sicilia ha cuidado tanto estas piedras que quizá sea aquí donde podemos encontrar los más completos y cuidados restos arqueológicos del mundo griego... qué curioso.
He recorrido la mayoría de ellas este verano. Casi todas me han gustado, por su poder de evocación, por su belleza, afilada y abundante a pesar del calor que siempre cayó a plomo sobre nosotros. Sin embargo, sólo las ruinas de Segesta consiguieron conmoverme.
Quizá por esa sensación aguda de abandono que que se transforma en eco. Porque está ubicada lejos de la civilización e incluso ni en verano está abarrotada de turistas. Porque en ella hay silencio. Porque su templo está inacabado y nunca se llegó a terminar, como asumiendo la belleza de la imperfección, como susurrando que la belleza absoluta duele bajo la piel. Porque su teatro tiene una de las ubicaciones más melancólicas que jamás he visto, mirando hacia colinas de verde y amarillo, como sobrevolando el mundo.

Me senté a admirar el templo desde su parte trasera, la que da sobre un elevado precipicio desde el que Agathocles, una vez los Cartagineses hubieron conquistado la ciudad tras casi cien años de intentarlo, arrojó a unos 8.000 habitantes de la misma en el curso de tres días. Una colonia de grajos parece querer, aún hoy en día, recordar aquella tragedia. La destrucción y la crueldad, como siempre, han sido indisolubles a la civilización y a la belleza en la antigüedad. Ahora, desde que en el siglo XIII los árabes decidieran abandonar la ciudad, sólo queda eso, abandono.
A pesar de todo, una extraña paz se respiraba allí. No sé... me quedé muchos minutos. Las voces de aquellos ya no se escuchaban. De repente, comencé a escuchar aquella otra, que me hablaba de distancia y deseo, de isla y de intensidad. Y aquel sol de la tarde que descendía, y me llenaba de luz anaranjada, y de palabras que siguen flotando siempre en el aire del atardecer. Y recordé el invierno y el olvido, y el silencio que guarda palabras secretas. Y entonces todo comenzó a precipitar sobre el Mediterráneo.
Desde Madrid, miro cada tarde a la ventana, esperando que lleguen las piedras. Deben haber equivocado ruta. Sin duda vuelan hacia su casa en el oriente.
"Ma un vento caldo annuncerà il risveglio di tempi migliori
Ma un vento caldo plasmerà il rigori di spietati inverni..."
11 de julio de 2007
Fantaseando en wifi
El personal de apoyo informático del edificio donde trabajo es el único que osa romper el rígido código de vestuario que, sin ser oficial, es religiosamente seguido por la práctica totalidad de empleados. Los informáticos suelen ser gente joven, y muchas veces acogidos a contratos de tan corta duración que su rotación hace casi imposible reconocerlos porque a la segunda incidencia que vienen a ayudarle a uno, ya se trata de una nueva persona.
Hoy no era uno sino dos los que han venido. Yo no los había visto nunca. Me ha llamado la atención lo jóvenes que parecen. Con sus camisetas de rayas de colores y su pelo encerado y peinado con tanto estilo se hacen notar más en medio del tono gris general de la planta. Pero no, no venían a reparar ningún equipo. Traían en sus manos un extraño aparatito, equipado con una prominente antena, que iban dirigiendo a diferentes lugares, al tiempo que apuntaban una serie de valores en un teclado. Les he preguntado, lo admito, más por el interés de hablar con ellos que por el de saber qué estaban haciendo.
-Medimos la cobertura del wifi en el edificio- me ha dicho uno de ellos. He notado cierta sonrisa pronunciándose en la comisura de sus labios, aunque ha sido tan sutil, que es posible que haya sido más producto de mi fantasía que de la realidad. Es que el muchacho es sin duda atractivo. Y su tono de voz, aún lo hace más. Desafectado, pero con cierta concesión a una oscuridad entre seductora y correcta.
-- Ah -- he dicho, devolviéndole una sonrisa que, como digo, no estoy seguro de haber recibido. Después de esto sí que ha sonreído, y la sonrisa le sienta francamente bien. Tanto como su camiseta, ciertamente ceñida a un cuerpo que, al acercarse, me ha hecho temblar la imaginación. Y es que al apoyarse suavemente en mi mesa para hacer una de sus anotaciones, las curvas de su cadera, delimitadas por el intenso color naranja de su camiseta, han cambiado su ángulo con una levedad que no ha hecho más que despertar inevitablemente el ardor de mi mirada. Al salir de la sala le ha hecho un comentario en voz baja a su compañero, apoyando despacio la palma de la mano sobre su hombro. El otro, de complexión algo menos robusta, pero innegablemente atractivo, ha dirigido su mirada hacia mí, sólo un instante, justo al momento de cerrar la puerta de la planta.
En seguida me he puesto a continuar mi tarea. De todas formas, he de reconocer que lo aburrido del informe de seguimiento de actividad que realizaba esta mañana ha facilitado que las imágenes de estos dos chicos me hayan estado distrayendo de alguna manera, durante un par de horas.
A media mañana me he bajado a tomar un café a la máquina de la planta 6, donde no hay nadie, pues de momento está en obras. Voy ahí cuando no me apetece hablar con nadie, porque siempre está vacía. Hoy, sin embargo, he escuchado unos pasos mientras saboreaba mi café... He levantado la mirada, mientras, sin dejar lugar a que mi imaginación iniciase ya su habitual mecanismo de concupiscencia en estos casos de zonas a medio iluminar, han aparecido los informáticos de antes. Lo primero que he notado es que la semioscuridad del lugar reforzaba sin duda las sombras que dibujaban los músculos de sus torsos, creando una escena que no podía sino convertirse en objeto de deseo. Les he mirado fijamente un segundo, como de pasada, para bajar después los ojos hacia el suelo, arrepentido del atrevimiento. Ellos han seguido con sus mediciones aquí y allá, delante y detrás mío. Mientras, yo he ralentizado el terminar el poco café que quedaba ya en el vasito de plástico.
Es increíble la cantidad de rincones a los que puede llegar la conexión inalámbrica. ¿Serán necesarias tantas mediciones en una planta donde de momento no trabaja nadie?, me pregunto. Pero los chicos no hacen más que ir de un lado a otro anotando. De frente a mi, detrás, en una de las esquinas. Y yo los veo pasar con mi vasito en la boca, y mis ojos corriendo por la habitación detrás de sus espaldas, de sus pechos, de sus pantalones...
Finalmente han dejado el aparatito sobre una mesa, y se han internado en la zona que está propiamente en obras, dejando cerrar la puerta como con cautela. He visto la mano del último, blanquísima, como sellada en la madera, para después deslizarse y desaparecer despacio, casi como en una grabación a cámara lenta. He apurado con violencia el último trago de café, y me he quedado de nuevo en silencio, paralizado... Tras un par de minutos he abierto con cuidado la puerta, casi temblando. La oscuridad en esa zona es aún mayor. Me interno con cuidado. Los chicos parecen haber desaparecido. El silencio es casi preocupante. Pero la planta es diáfana, y de ellos no hay ni rastro. Hasta que mis ojos se detienen en la puerta del fondo, la única aparte de aquella por la que acabo de entrar, y que da acceso a los baños. Sin duda han ido al baño. Doy un par de pasos y dudo si seguir... Me acuerdo del informe, que debo entregar a última hora de la mañana, y que está a medio hacer en mi ordenador.
-- ¿Qué diablos hago aquí? -- me digo.
Pero no puedo evitar seguir hasta la puerta de los baños. La abro con cuidado y entro. Al principio no parece que haya nadie, pero en seguida percibo una respiración, primero casi imperceptible, y poco a poco haciéndose sentir más y más. ¿Agitada? No sé... Creo que sale de una de las puertas de los cubículos. Una que está entreabierta, situada al fondo, que se mueve un poco, como en una especie de balanceo. Me acerco aún más. El movimiento de las sombras que parece intuirse desde fuera me agita la respiración a mí también. Sobre el suelo, una de las dos camisetas. Un pie descalzo sobre ella. La espalda desnuda de uno de los dos, curvilínea y perfecta surge de repente inundándolo todo. La primera imagen que aparece ante mis ojos es la de la lengua del otro sobre sus hombros, deslizándose despacio, como saboreando la piel salada. Y su mirada de placer, que se desvía un instante para fulminarme de un golpe certero. El otro no se gira, pero extiende sus brazos hasta alcanzar las paredes de ambos lados. hacia uno de ellos se dirige aquella lengua, y me invita a mí a seguir por el otro. Lo hago temblando, agotando mi aliento al morder sus hombros y degustar los brazos duros, tensionados. Siento que bajo mi camisa se desliza también una mano. Y consigo con la mía traspasar su pantalón. Y tras el pantalón lo harán cremallera, licra, vello y piel. Y continúan las manos traspasando y bañándose en saliva, y en sudor. Y también los labios se unen a deslizarse hacia lo prohibido, a probar las diferentes texturas de las diferentes pieles, de las diferentes bocas, de los diferentes tactos de la carne, de sus curvas, de sus huecos... Y terminamos los tres flexionados en el suelo, con las bocas jadeantes y las manos bien apretadas, aún febriles de placer, aún húmedas, bañadas de semen. De nuevo, el de la camiseta naranja me dibuja su imaginaria sonrisa con un leve gesto de la comisura de su boca. No hay palabras. El otro se viste ya con rapidez. Y lo único que me viene a la cabeza es el wifi, como único testigo de lo que acaba de suceder... No sé por qué presiento que justo en ese lugar la cobertura debe ser máxima. Y que ellos lo saben. Las ondas electromagnéticas he debido absorberlas yo todas, pues al llegar a mi ordenador, los dedos han volado literalmente sobre las teclas para redactar del tirón el informe más exhaustivo que he preparado en los últimos meses. Lo hago entre suspiros de esfuerzo por el trabajo hecho a toda prisa y el placer de recordar lo que me acaba de suceder.
Mi Jefa ha pasado y ha preguntado que dónde me había metido, que si ya estaba listo en informe.
--Sí -- le contesto, -- en una hora lo tienes en tu bandeja de correo--.
Al final, hasta me ha felicitado y todo.
-- Es que con la nueva conexión inalámbrica tengo un acceso mucho más rápido a los datos -- le digo. Me ha mirado extrañada, como si no comprendiese. -- ¿Conexión wifi? -- me pregunta. -- Pero si precisamente se ha caído la red durante toda la mañana. Aún no la han arreglado, creo -- me comenta. -- Y parece que la avería es grave... Han venido unos chicos a arreglarla--.
-- ¿De verás? -- pregunto extrañado. Ahora soy yo el que traza una sonrisa imaginaria. -- Definitivamente sí, el wifi me lo he quedado todo yo. Y alguna cosa más, de paso, también.
Hoy no era uno sino dos los que han venido. Yo no los había visto nunca. Me ha llamado la atención lo jóvenes que parecen. Con sus camisetas de rayas de colores y su pelo encerado y peinado con tanto estilo se hacen notar más en medio del tono gris general de la planta. Pero no, no venían a reparar ningún equipo. Traían en sus manos un extraño aparatito, equipado con una prominente antena, que iban dirigiendo a diferentes lugares, al tiempo que apuntaban una serie de valores en un teclado. Les he preguntado, lo admito, más por el interés de hablar con ellos que por el de saber qué estaban haciendo.
-Medimos la cobertura del wifi en el edificio- me ha dicho uno de ellos. He notado cierta sonrisa pronunciándose en la comisura de sus labios, aunque ha sido tan sutil, que es posible que haya sido más producto de mi fantasía que de la realidad. Es que el muchacho es sin duda atractivo. Y su tono de voz, aún lo hace más. Desafectado, pero con cierta concesión a una oscuridad entre seductora y correcta.
-- Ah -- he dicho, devolviéndole una sonrisa que, como digo, no estoy seguro de haber recibido. Después de esto sí que ha sonreído, y la sonrisa le sienta francamente bien. Tanto como su camiseta, ciertamente ceñida a un cuerpo que, al acercarse, me ha hecho temblar la imaginación. Y es que al apoyarse suavemente en mi mesa para hacer una de sus anotaciones, las curvas de su cadera, delimitadas por el intenso color naranja de su camiseta, han cambiado su ángulo con una levedad que no ha hecho más que despertar inevitablemente el ardor de mi mirada. Al salir de la sala le ha hecho un comentario en voz baja a su compañero, apoyando despacio la palma de la mano sobre su hombro. El otro, de complexión algo menos robusta, pero innegablemente atractivo, ha dirigido su mirada hacia mí, sólo un instante, justo al momento de cerrar la puerta de la planta.
En seguida me he puesto a continuar mi tarea. De todas formas, he de reconocer que lo aburrido del informe de seguimiento de actividad que realizaba esta mañana ha facilitado que las imágenes de estos dos chicos me hayan estado distrayendo de alguna manera, durante un par de horas.
A media mañana me he bajado a tomar un café a la máquina de la planta 6, donde no hay nadie, pues de momento está en obras. Voy ahí cuando no me apetece hablar con nadie, porque siempre está vacía. Hoy, sin embargo, he escuchado unos pasos mientras saboreaba mi café... He levantado la mirada, mientras, sin dejar lugar a que mi imaginación iniciase ya su habitual mecanismo de concupiscencia en estos casos de zonas a medio iluminar, han aparecido los informáticos de antes. Lo primero que he notado es que la semioscuridad del lugar reforzaba sin duda las sombras que dibujaban los músculos de sus torsos, creando una escena que no podía sino convertirse en objeto de deseo. Les he mirado fijamente un segundo, como de pasada, para bajar después los ojos hacia el suelo, arrepentido del atrevimiento. Ellos han seguido con sus mediciones aquí y allá, delante y detrás mío. Mientras, yo he ralentizado el terminar el poco café que quedaba ya en el vasito de plástico.
Es increíble la cantidad de rincones a los que puede llegar la conexión inalámbrica. ¿Serán necesarias tantas mediciones en una planta donde de momento no trabaja nadie?, me pregunto. Pero los chicos no hacen más que ir de un lado a otro anotando. De frente a mi, detrás, en una de las esquinas. Y yo los veo pasar con mi vasito en la boca, y mis ojos corriendo por la habitación detrás de sus espaldas, de sus pechos, de sus pantalones...
Finalmente han dejado el aparatito sobre una mesa, y se han internado en la zona que está propiamente en obras, dejando cerrar la puerta como con cautela. He visto la mano del último, blanquísima, como sellada en la madera, para después deslizarse y desaparecer despacio, casi como en una grabación a cámara lenta. He apurado con violencia el último trago de café, y me he quedado de nuevo en silencio, paralizado... Tras un par de minutos he abierto con cuidado la puerta, casi temblando. La oscuridad en esa zona es aún mayor. Me interno con cuidado. Los chicos parecen haber desaparecido. El silencio es casi preocupante. Pero la planta es diáfana, y de ellos no hay ni rastro. Hasta que mis ojos se detienen en la puerta del fondo, la única aparte de aquella por la que acabo de entrar, y que da acceso a los baños. Sin duda han ido al baño. Doy un par de pasos y dudo si seguir... Me acuerdo del informe, que debo entregar a última hora de la mañana, y que está a medio hacer en mi ordenador.
-- ¿Qué diablos hago aquí? -- me digo.
Pero no puedo evitar seguir hasta la puerta de los baños. La abro con cuidado y entro. Al principio no parece que haya nadie, pero en seguida percibo una respiración, primero casi imperceptible, y poco a poco haciéndose sentir más y más. ¿Agitada? No sé... Creo que sale de una de las puertas de los cubículos. Una que está entreabierta, situada al fondo, que se mueve un poco, como en una especie de balanceo. Me acerco aún más. El movimiento de las sombras que parece intuirse desde fuera me agita la respiración a mí también. Sobre el suelo, una de las dos camisetas. Un pie descalzo sobre ella. La espalda desnuda de uno de los dos, curvilínea y perfecta surge de repente inundándolo todo. La primera imagen que aparece ante mis ojos es la de la lengua del otro sobre sus hombros, deslizándose despacio, como saboreando la piel salada. Y su mirada de placer, que se desvía un instante para fulminarme de un golpe certero. El otro no se gira, pero extiende sus brazos hasta alcanzar las paredes de ambos lados. hacia uno de ellos se dirige aquella lengua, y me invita a mí a seguir por el otro. Lo hago temblando, agotando mi aliento al morder sus hombros y degustar los brazos duros, tensionados. Siento que bajo mi camisa se desliza también una mano. Y consigo con la mía traspasar su pantalón. Y tras el pantalón lo harán cremallera, licra, vello y piel. Y continúan las manos traspasando y bañándose en saliva, y en sudor. Y también los labios se unen a deslizarse hacia lo prohibido, a probar las diferentes texturas de las diferentes pieles, de las diferentes bocas, de los diferentes tactos de la carne, de sus curvas, de sus huecos... Y terminamos los tres flexionados en el suelo, con las bocas jadeantes y las manos bien apretadas, aún febriles de placer, aún húmedas, bañadas de semen. De nuevo, el de la camiseta naranja me dibuja su imaginaria sonrisa con un leve gesto de la comisura de su boca. No hay palabras. El otro se viste ya con rapidez. Y lo único que me viene a la cabeza es el wifi, como único testigo de lo que acaba de suceder... No sé por qué presiento que justo en ese lugar la cobertura debe ser máxima. Y que ellos lo saben. Las ondas electromagnéticas he debido absorberlas yo todas, pues al llegar a mi ordenador, los dedos han volado literalmente sobre las teclas para redactar del tirón el informe más exhaustivo que he preparado en los últimos meses. Lo hago entre suspiros de esfuerzo por el trabajo hecho a toda prisa y el placer de recordar lo que me acaba de suceder.
Mi Jefa ha pasado y ha preguntado que dónde me había metido, que si ya estaba listo en informe.
--Sí -- le contesto, -- en una hora lo tienes en tu bandeja de correo--.
Al final, hasta me ha felicitado y todo.
-- Es que con la nueva conexión inalámbrica tengo un acceso mucho más rápido a los datos -- le digo. Me ha mirado extrañada, como si no comprendiese. -- ¿Conexión wifi? -- me pregunta. -- Pero si precisamente se ha caído la red durante toda la mañana. Aún no la han arreglado, creo -- me comenta. -- Y parece que la avería es grave... Han venido unos chicos a arreglarla--.
-- ¿De verás? -- pregunto extrañado. Ahora soy yo el que traza una sonrisa imaginaria. -- Definitivamente sí, el wifi me lo he quedado todo yo. Y alguna cosa más, de paso, también.
2 de julio de 2007
Luar
Cuando era yo pequeño, existía en la aldea de mi madre un pequeño jardín, en una de esas casas con aspecto de abandono que pueblan todo el norte del país. Una verja de media altura separaba aquel jardín de la calle. Yo siempre me detenía en ella a mirar a través. Se contaban historias acerca de la familia que habitó allí. Historias de esas que un niño no termina de entender, porque un niño sólo entiende lo sencillo, lo simple, lo que tiene sentido. Las paredes grises de la casona, cubiertas de líquenes y grietas oscuras, transmitían el abandono de la casa casi con más insistencia que aquellas ventanas despintadas, perpetuamente cerradas. En contraste, el jardín siempre estaba impecable. Las flores ordenadas por colores y formando tramos perfectamente recortados sobre la hierba impoluta. Los setos de boj impecablemente podados delimitaban pequeños caminos que se cruzaban en el centro. Un olor a verde y fresco siempre se desprendía de aquel rincón extraño. El sol, cuando caía oblicuo en la tarde sobre aquel lugar, me transmitía una extraña sensación de perfección. Es una sensación que se ha quedado grabada en mi mente para siempre.
Aquella noche de verano tendría yo unos quince años. Volvía solo a casa por el camino de la ladera cuando, al pasar por el borde de la casona y ver la luz de la luna llena caer de pleno sobre el jardín, un deseo incontrolable se apoderó de mí. Debía traspasar aquella verja y cruzar al jardín.
Así lo hice, con cuidado de no ser visto; con cuidado de no ser escuchado. La mala fortuna quiso que una de las agujas de aquella reja traspasara mi camiseta rasgándola completamente. En un instante, la luz blanquecina que caía del cielo me había bañado por completo, embriagándome profundamente. Caí al suelo, y la hierba fría resbaló por mi piel mezclada con la luna. Al levantarme, sentí cómo se despertaba en mí el desconcierto y la desorientación. Desde dentro del jardín todo era diferente: la casa, el verde oscurecido por la noche, el camino exterior... No había terminado de situarme, cuando desde una de las esquinas de la casa surgió aquella mirada intensa, fija sobre mi piel. Me acerqué lentamente, poseído por su sombra incipiente, pero sin temor alguno. A medida que me acercaba, su piel, también despojada de ropa, fue poco a poco dibujándose tras la esquina. Era de un azul tenue, casi dulce, y recortaba la oscuridad con el apetito de un deseo que hasta entonces desconocía. Extendió su brazo, y alcanzó con su mano mi cadera, dejándome sentir de repente que la electricidad intensa de mi incipiente sexualidad se desvelara sobre mi piel. La luna misma descendió para llenar mi cuerpo y mi boca. Sobre su lengua me llegó un extraño zumo de oscuridad: voluptuosas imágenes de ansia que precipitaban a través de mis dedos, de mis labios, de mi cuerpo todo.
No sé cuánto tiempo duró aquello. Después de aquel primer instante, no recuerdo más. Sólo la noche de verano sobre mi piel y sobre mi sueño. Y el despertar en medio de la hierba, con la semilla de la extrañeza en el cuerpo. De repente, sentí que todo era imperfecto. Casa, jardín, camino, momento... Me sentí desnudo, me levanté y huí. Salí corriendo camino abajo, con el silencio de la noche silbando en mi oídos.
Ya nada volvió a ser lo mismo. Al día siguiente el jardín ya no era el mismo jardín. Casi no quedaban flores, y las que había, crecían anárquicamente, sin criterio. Y la hierba ya no parecía como recién cortada, y lo invadía todo. Tampoco el boj, que súbitamente había crecido sin control hasta formar espesas marañas que se cruzaban entre sí, ocultando lo que habían sido pequeñas sendas entre la hierba. Todo tenía el mismo aspecto de aquella casa gris. Y nunca más volvió a ser como yo la recordaba. Nunca. Recuerdo habérselo comentado años después a mi madre. Ella me respondió que no era posible, que aquel jardín siempre había estado así, descuidado y salvaje, desde que los dueños dejaron la casa, y que aquello había ocurrido años antes de nacer yo.
¿Lo habría soñado? ¿Será que sólo de niños somos capaces de percibir la perfección? El caso es que nunca después fui capaz de sentir que algo pudiese tener la perfección de aquel jardín cuando, en la tarde, caía sobre él el último sol. Siempre que algo me gusta mucho no puedo evitar que aquella imagen me venga a la cabeza, insistentemente, pero nunca consigo que la realidad la iguale. Y es que supongo que, de alguna forma, aquella noche también perdí al inocencia.
Aquella noche de verano tendría yo unos quince años. Volvía solo a casa por el camino de la ladera cuando, al pasar por el borde de la casona y ver la luz de la luna llena caer de pleno sobre el jardín, un deseo incontrolable se apoderó de mí. Debía traspasar aquella verja y cruzar al jardín.
Así lo hice, con cuidado de no ser visto; con cuidado de no ser escuchado. La mala fortuna quiso que una de las agujas de aquella reja traspasara mi camiseta rasgándola completamente. En un instante, la luz blanquecina que caía del cielo me había bañado por completo, embriagándome profundamente. Caí al suelo, y la hierba fría resbaló por mi piel mezclada con la luna. Al levantarme, sentí cómo se despertaba en mí el desconcierto y la desorientación. Desde dentro del jardín todo era diferente: la casa, el verde oscurecido por la noche, el camino exterior... No había terminado de situarme, cuando desde una de las esquinas de la casa surgió aquella mirada intensa, fija sobre mi piel. Me acerqué lentamente, poseído por su sombra incipiente, pero sin temor alguno. A medida que me acercaba, su piel, también despojada de ropa, fue poco a poco dibujándose tras la esquina. Era de un azul tenue, casi dulce, y recortaba la oscuridad con el apetito de un deseo que hasta entonces desconocía. Extendió su brazo, y alcanzó con su mano mi cadera, dejándome sentir de repente que la electricidad intensa de mi incipiente sexualidad se desvelara sobre mi piel. La luna misma descendió para llenar mi cuerpo y mi boca. Sobre su lengua me llegó un extraño zumo de oscuridad: voluptuosas imágenes de ansia que precipitaban a través de mis dedos, de mis labios, de mi cuerpo todo.
No sé cuánto tiempo duró aquello. Después de aquel primer instante, no recuerdo más. Sólo la noche de verano sobre mi piel y sobre mi sueño. Y el despertar en medio de la hierba, con la semilla de la extrañeza en el cuerpo. De repente, sentí que todo era imperfecto. Casa, jardín, camino, momento... Me sentí desnudo, me levanté y huí. Salí corriendo camino abajo, con el silencio de la noche silbando en mi oídos.
Ya nada volvió a ser lo mismo. Al día siguiente el jardín ya no era el mismo jardín. Casi no quedaban flores, y las que había, crecían anárquicamente, sin criterio. Y la hierba ya no parecía como recién cortada, y lo invadía todo. Tampoco el boj, que súbitamente había crecido sin control hasta formar espesas marañas que se cruzaban entre sí, ocultando lo que habían sido pequeñas sendas entre la hierba. Todo tenía el mismo aspecto de aquella casa gris. Y nunca más volvió a ser como yo la recordaba. Nunca. Recuerdo habérselo comentado años después a mi madre. Ella me respondió que no era posible, que aquel jardín siempre había estado así, descuidado y salvaje, desde que los dueños dejaron la casa, y que aquello había ocurrido años antes de nacer yo.
¿Lo habría soñado? ¿Será que sólo de niños somos capaces de percibir la perfección? El caso es que nunca después fui capaz de sentir que algo pudiese tener la perfección de aquel jardín cuando, en la tarde, caía sobre él el último sol. Siempre que algo me gusta mucho no puedo evitar que aquella imagen me venga a la cabeza, insistentemente, pero nunca consigo que la realidad la iguale. Y es que supongo que, de alguna forma, aquella noche también perdí al inocencia.
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24 de junio de 2007
Sospechan de nosotros...
Sospechan de nosotros. Ha pasado
el primer autobús, y nos sorprende
en el lugar del crimen,
desatados los cuellos y las manos
a punto de morir, abandonándose.
Nos da el alto la luz,
sentimos su revólver por la espalda,
demasiado indeciso,
su temblor en nosotros, encubierto
bajo el pequeño bosque de las sábanas.
¡Corre!
¡Coge el amor y corre cuerpo adentro!
Hay un desfiladero sin leyes en los labios,
un laberinto ardiendo de salidas.
Mira tu corazón o tu cintura,
ese castillo en alto
que mis muslos coronan como un lago de niebla.
¡Corre!
Atiende sólo al viento de la piel
pasando y regresando.
y que suenen las ráfagas,
que suenen los disparos,
que las sirenas suenen a tu espalda.
LUIS GARCÍA MONTERO.
A veces sueño ser fugitivo y corro. Corro sin razón y sin esperanza. Corro por las calles atestadas, y por las desiertas avenidas. Y no sé si llegas detrás de mí o te alcanzaré en la próxima esquina. Pero te descubro prohibido y oscuro, surgiendo de las aceras, con una distancia que no atravieso nunca, doblado en el recóndito infinito de mi deseo. Y mi dedo que no te toca, se transforma en polvo fino que se dispersa mientras la lengua se desploma seca sobre tu ausencia.
Nada es más prohibido que lo que no osamos imaginar. Sólo a veces, en estas noches de salvaje calor, consigo traspasar el umbral que da paso a tocar tu piel y sentir la mirada atónita de las murallas de piedra que circundan nuestro secreto. En ese pequeño instante en el que bajo la máscara de lo que no sucede retiramos el plástico denso que nos hace olvidar, sólo en ese instante, sería posible tomar ciegos nuestro aliento y huir. Escapar del sueño, romper ese recuerdo que precipita afilado sobre las pestañas cuando se hunden en las aguas negras, y atravesar al otro lado, donde nace esa luz que no cesa nunca tras la realidad. Y atender sólo a nuestro viento sobre la piel.
A veces, mientras sueño, no me importaría que las sirenas sonasen a mi espalda.
el primer autobús, y nos sorprende
en el lugar del crimen,
desatados los cuellos y las manos
a punto de morir, abandonándose.
Nos da el alto la luz,
sentimos su revólver por la espalda,
demasiado indeciso,
su temblor en nosotros, encubierto
bajo el pequeño bosque de las sábanas.
¡Corre!
¡Coge el amor y corre cuerpo adentro!
Hay un desfiladero sin leyes en los labios,
un laberinto ardiendo de salidas.
Mira tu corazón o tu cintura,
ese castillo en alto
que mis muslos coronan como un lago de niebla.
¡Corre!
Atiende sólo al viento de la piel
pasando y regresando.
y que suenen las ráfagas,
que suenen los disparos,
que las sirenas suenen a tu espalda.
LUIS GARCÍA MONTERO.
A veces sueño ser fugitivo y corro. Corro sin razón y sin esperanza. Corro por las calles atestadas, y por las desiertas avenidas. Y no sé si llegas detrás de mí o te alcanzaré en la próxima esquina. Pero te descubro prohibido y oscuro, surgiendo de las aceras, con una distancia que no atravieso nunca, doblado en el recóndito infinito de mi deseo. Y mi dedo que no te toca, se transforma en polvo fino que se dispersa mientras la lengua se desploma seca sobre tu ausencia.
Nada es más prohibido que lo que no osamos imaginar. Sólo a veces, en estas noches de salvaje calor, consigo traspasar el umbral que da paso a tocar tu piel y sentir la mirada atónita de las murallas de piedra que circundan nuestro secreto. En ese pequeño instante en el que bajo la máscara de lo que no sucede retiramos el plástico denso que nos hace olvidar, sólo en ese instante, sería posible tomar ciegos nuestro aliento y huir. Escapar del sueño, romper ese recuerdo que precipita afilado sobre las pestañas cuando se hunden en las aguas negras, y atravesar al otro lado, donde nace esa luz que no cesa nunca tras la realidad. Y atender sólo a nuestro viento sobre la piel.
A veces, mientras sueño, no me importaría que las sirenas sonasen a mi espalda.
28 de mayo de 2007
Besos de cine (1)
La vida es a veces así. Inexplicablemente así. Y es quizá por ello que a veces merece la pena. Uno de los besos más conmovedores de toda la historia del cine...
15 de marzo de 2007
Y qué...
¿Y qué si os deseo a todos?
A los escondidos, a los que no se atreven a mirar, pero les duele el impulso de no hacerlo. A los que viven detrás de las palabras o bajo la indefinible pared que envuelve los sueños. A los que miráis de reojo en el metro, o de soslayo al sentaros dos asientos más allá en el autobús, A los que miráis por encima de vuestra lectura para encontraros con mi mirada, sobre la mía. A los que escribís por aquí sin rostro, a los que dejáis imágenes que clasifico en el archivo de mi memoria privada de perversiones. A los que me hacéis temblar y soñar, a los que pasáis un segundo junto a mi y me hacéis olvidar que existo, a los que observo en la distancia mientras callo, a los que no me atrevo a mirar de frente, a los que me claváis con la mirada esa aguja afilada, a los que arañáis con palabras mi garganta, a los que escucho en secreto acelerado, a quienes no confieso que su piel me estremece con solo mirar de cerca, a aquellos que mojan su lengua junto a la mía un instante... o dos, a ti, con quien recorrí de incógnito la noche y los portales, a los que me sirven un café sonriendo tras la cuerda invisible que nos une un segundo, a quien escribe cifrando el aliento desde lo más profundo, a quien se cruza o con quien me cruzo en una esquina, o en una palabra, o en un impulso electrónico de la red de redes, dejando ese sonido del desgarro extenderse un momento sobre la boca...
¿Y qué?
¿y qué si os deseo a todos,
ya sea un instante o unas horas,
o un día o dos,
o tal vez meses o años,
de manera continua o intermitente...?
¿Y qué? Para eso existe el deseo...
Quien así desee, que tome mi piel y mi sueño,
y que se adentre conmigo en ese túnel oscuro y mórbido
hacia lo que sólo existe donde deja de existir.
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