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25 de mayo de 2010

La felicidad dionisíaca.

La felicidad tiene muchas formas de manifestarse. A veces la sentimos como una ausencia de problemas, como un estado de placidez y despreocupación. Otras como un placer, físico o intelectual, como la culminación de un empeño o de un deseo, como el premio de un esfuerzo realizado.
Otras, sin embargo, la felicidad es un estado de catarsis, una revolución que nos hace aflorar vivencias que corren más internas, sentimientos que se van gestando poco a poco y que, de repente, encuentran una fuerza dionisíaca, visceral y desatada, que nos agarra por dentro y nos entrega de manera febril al abandono de la razón. La música y la danza son proclives a despertar estos estados, y así lo han hecho este pasado sábado, llevándome a explotar de júbilo ante la felicidad de los que quiero, ante el cariño y la complicidad que siento por ellos, ante la suerte de tener relaciones tan ricas y tan llenas de pasado y de futuro, tan libres y comprensivas, tan auténticas. Por ello, como nunca antes había hecho, me dejé llevar por la música, y por la embriaguez de la felicidad. La resaca, dulce, aún me droga caminando firme por la nueva semana anodina. Hay que seguir viviendo, hay que seguir bailando, hay que seguir desatándose...




8 de febrero de 2008

Schubert, Cádiz, y la Felicidad






La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.