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4 de abril de 2011

Madrid y yo, doce años después.


Intento imaginar lo que tenía yo en la cabeza cuando hice el viaje que me trajo a vivir a Madrid, hace hoy doce años. Recuerdo la primavera que ya en el sur era abrasadora, y la operación retorno de Semana Santa por los llanos de Ciudad Real, con los atascos habituales de esa fecha. El descenso de temperatura que se iba notando kilómetro a kilómetro, a medida que avanzábamos hacia el norte.

Quizá el sentimiento más intenso que tenía yo en aquel momento era el de liberación. Liberación de una ciudad que me asfixiaba, de una historia que me torturaba, de mí mismo tal y como era allí. Con 26 años ya había probado varias veces lo que era vivir fuera de casa, ser independiente, pero era la primera vez que emprendía un proyecto personal de duración desconocida. Me iba a vivir a la gran ciudad, que a priori me atraía, aunque me daba algo de miedo también. Sin embargo la atracción superaba con creces todos los demás sentimientos.
Por un lado, sabía que la oportunidad laboral que se me ofrecía era inmejorable, y eso me daba energía y cierta seguridad. Pero mi ansiedad se alimentaba sobre todo de la incógnita que suponía construir una vida más o menos desde cero, y la oportunidad para poderlo hacer como yo quería. Y sí, me zambullí en Madrid con ansiedad y con la necesidad de romper con multitud de cosas: mis prejuicios, mis dudas acerca de mi orientación sexual, mis inseguridades en cuanto a mis relaciones sociales, etc. Necesitaba vivir y exprimir al máximo todo, necesitaba encontrarme con gente diferente de la que había estado rodeado durante tantos años, necesitaba alejarme de mi entorno familiar. Era tal la cantidad de cosas que necesitaba que supongo que a pesar de la intensidad con la que me lancé a ellas, anduve también un poco perdido aquellos primeros meses.

Ahora, doce años después, me cuesta un poco imaginar cómo era yo antes de llegar a Madrid. Miro atrás y veo un adolescente acomplejado, inseguro, temeroso, intenso, algo altivo, incomprendido y con poca capacidad para estar en el lugar y en el camino que quería.
Mirando con perspectiva, creo que lo más importante de este camino ha sido que me he ido conociendo poco a poco. Es curioso pensar en cómo nos reafirmamos con vehemencia cuando somos adolescentes, siento en el fondo tan poco conscientes de quiénes somos, y viviendo internamente la incoherencia vital con tanta fragilidad.
Yo, en estos años, siento sobre todo que me he ido recorriendo. Recorriendo y entendiendo: en mi lado irracional, en mis abundantes obsesiones, en lo que de mí me gustaría desechar, en lo que me apasiona... He intentado hacerlo a través de mí, pero también a través de las personas que han pasado por mi vida, y en cómo me han visto.
Siento que poco a poco he conseguido limar mis aristas, y he aprendido a usar la perspectiva para intentar entender las cosas, y la relatividad para vivirlas. He sufrido pasiones y abandonos, de esos que se quedan ahí para siempre. Y creo que, en fin, camino hacia entenderme cada vez más de una manera sincera, y darme al mundo desde esa sinceridad.

Y todo ello, casi siempre con el escenario de fondo de esta ciudad a la que ahora me siento tan intensamente unido. Porque sigo pensando que aunque haya muchas ciudades que tienen muchas cosas que no tiene Madrid, lo que tiene Madrid aún no lo he encontrado en ningún otro lugar. Quizá también porque Madrid forma parte ya de mí, y muchos rincones de ella se han enganchado a mi memoria con mucha fuerza. Sigue siendo esa ciudad de la que siempre hay multitud de cosas de las que quejarse, pero a la que se desea igualmente a pesar de ellas. Incoherente y vulgar, pero que es capaz de apasionarte con mil pequeñas cosas, inesperadamente. Que nunca duerme, que no conoce la tristeza, aunque a veces los que vivamos en ella sí lo estemos, que puede ser sucia e inhóspita, pero que de repente
te abrasa con una puesta de sol en otoño, con una mañana de domingo desbordante de primavera, o con encuentros casuales a los que la verticalidad de esta ciudad encierra en cápsulas de cristal que después atesoramos con un deseo casi cinéfilo. En fin, doce años ya... y que no pare el cuento…

8 de febrero de 2011

Nueve



El que acaba de empezar es un año que se inició de la manera más triste posible, y que además daba por terminado uno de los más anodinos y apagados de toda mi vida. A veces la pérdida nos sacude con tal violencia y fatalidad donde menos lo esperamos que el resto de la existencia cobra, de repente, una óptica diferente, aunque no lo pretendamos. Con la tristeza y la ausencia aún en muchos rincones de mi día a día, esa quiebra de la perspectiva de la realidad me ha dejado la sensación de que hay cosas que empiezan a moverse. Dentro de mí, de repente, siento que tras muchos meses de ausencia de motivación y de ganas de hacer cosas, por fin, algo comienza a inspirarme entusiasmo, energía, vitalidad. Me considero una persona vital, enérgica, contundente en ejercer lo que me apasiona, siempre atento a disfrutar de la vida, de aquellos a los que quiero y de todas las cosas en las que veo o siento belleza y por las cuales, irremediablemente, siento una sana obsesión. Aún no ha sucedido nada, pero me siento más responsable de intentar continuar la búsqueda de mí mismo, que creo que abandoné accidentalmente hace un tiempo, de manera gradual. Igual de gradualmente espero que surja de nuevo ese camino, donde lo dejé, y con quienes lo dejé. Estar en el mundo no es fácil, y sobre todo precisa de un cuidado continuo, que quizá desatendí, animado o preocupado por otras inquietudes que ahora ya ni recuerdo. En fin, así es la vida: perderse, para poder encontrarse de nuevo.

Así, esta semana recupero muchas cosas con entusiasmo y con intensidad. Es curioso cómo sin que apenas haya cambiado nada, el hecho de uno sea capaz de mirar las cosas de otro modo, que uno decida vivir con honestidad y con los ojos bien abiertos su vida, puede cambiar absolutamente la manera de sentir. Siempre he sido demasiado inquieto, demasiado exigente, demasiado precipitado con el deseo (a pesar de que quienes bien me conocen discreparían en algunos de estos puntos). No es fácil entender qué le hace a uno feliz, cómo, por qué y con quien; implica mirarse demasiado a uno mismo por dentro, y eso es algo que nos suele asustar. A mí el primero. Por ello, muchas veces lo más importante que tenemos, por obvio que sea (o quizá debido a ello) queda como escondido, y hasta termina por hacerse invisible.
Casi siempre tenemos ahí, al alcance de la mano, lo que más nos hace sentirnos bien. Sólo hay que cuidar de ello. Yo, acabo de empezar a hacerlo.

Y todo ello precisamente esta semana, una semana con mucho significado, que me llega con cifras que suman ilusiones, deseos, decisiones y voluntad. Me escapo a celebrar. A celebrar que vivo, que siento, que estoy con quien quiero estar. Con serenidad, como en uno de esos dúos maravillosos de felicidad que escribió Handel. Porque la felicidad más rotunda se escribe así, sin estridencias, con caligrafía discreta y serena, pero firme, sin artificios.

26 de enero de 2011

Cinco

Esta semana hace cinco años que comencé a escribir en este espacio. Iniciar un blog supuso para mí una aventura y un cambio importante en mi vida, porque era el primer paso en firme que daba para desarrollar una inquietud que tenía desde siempre, y que había practicado de manera discontinua durante mucho tiempo. El blog significaba en aquel momento, además, una apuesta por trasladar a las palabras la memoria y las búsquedas que más me asaltaban entonces. Y, sobre todo, una forma de recuperar una intensidad que había perdido, o creía haber perdido. Surgieron relatos, música, prosa pseudo-poética, reflexiones, viajes, crítica de espectáculos, guiños, etc. En suma, un conjunto de historias, pensamientos y sensaciones que me han ayudado no solo a construir quien he sido en este tiempo, sino a recuperar en mí una intensidad que yo consideraba perdida. En este tiempo aparecieron cómplices y compañeros de escritura que me aportaron cosas, pero sobre todo aparecieron personas con las que la química fue importante y especial. Algunas de ellas entraron también en mi vida y ocuparon (y continúan haciéndolo) lugares importantes en ella. Era un momento de auge, y muchos estábamos dispuestos a poner entusiasmo e imaginación en las palabras que volcábamos aquí, de manera que el conjunto hacía un efecto tremendamente reforzante, inspirador y motivador. Después esto empezó a perder aire. Al principio muy poco a poco. Después de manera casi dramática. Muchas de aquellas bitácoras fueron cerrando y otras disminuyendo el ritmo, especialmente desde la explosión del uso masivo de las redes sociales como vía de comunicación de ideas y emociones en la red. Así ocurrió un poco con el amante del volcán. Quise mantener un cierto ritmo, una cierta sinceridad con lo que ocurría dentro de mí. Pero lo cierto es que la batalla la ganaron la pereza, la inmediatez y la no necesidad de tener que elaborar ideas para crear algo único y sincero.

Tras unos meses inactivo, he estado pensando que de alguna manera, para mí, resultaba más satisfactorio y me llenaba más personalmente escribir aquí que dedicarme a cultivar redes sociales. Y a pesar de que parece que el mundo del blog no ha muerto, sí se ha transformado bastante, y resulta ahora más bien un medio de comunicación profesional, técnico o de especialización. Así que escribir hoy en un blog como se hacía antes es una aventura en solitario, y precisa de mucha fuerza de voluntad. La inmediatez y la potencia de otros medios nos han empujado a un proceso de invertir poco en esfuerzo y en reflexión sobre lo que comunicamos en la red. Y ha coartado mucho la iniciativa para ciertos tipos de creación.

Perro semihundido, Francisco de Goya.


Quiero empezar este año, y esta nueva etapa del blog con esta imagen en la que llevo pensando unos días, de uno de los frescos que Goya pinto en su “quinta del sordo”. Un cuadro calificado de rupturista y en el que se ha querido ver un retrato de inmensa soledad, de insignificancia frente al universo. Estudios recientes, basados sobre todo en fotos que se pudieron hacer antes de retirar el cuadro de la pared donde fue pintado para ser trasladado a un lienzo (proceso muy invasivo en el que se perdieron matices e incluso detalles enteros del cuadro) parecen indicar que podríamos estar simplemente ante una escena inacabada. En cualquier caso, lo importante de este cuadro para mí es lo seductor de la falta de límites y de la indefinición. Quiero situarme un poco en esa mirada, quizá algo desolada y lastimera, del perro ante un abismo que uno ni siquiera acierta a adivinar en cuál los dos planos que parecen abrirse se nos representa (¿cielo y tierra? ¿Tierra y horizonte? ¿Suelo y nada?). Un poco así me encuentro: agotado de no ser capaz de sacar palabras, argumentos e historias como lo era antes, hundido por la vorágine cibernética del universo 2.0 actual, estéril frente a mis necesidades vitales. Creo que me voy a volver a agarrar a este instrumento que tanta energía y deseo comenzó a proporcionarme en 2006. Aunque esta vez, lo sé, estaré más solo. Pero quiero volver a intentarlo. Me hundo, pues, en este albero espeso de Goya, sin límites ni reglas, esperando no perder ese incierto rumbo que parece esconderse en los ocres del horizonte de un perro semihundido.

31 de diciembre de 2009

Haydn y el camino a la luz en el final de 2009

Se trata de una variante que da curso musical a una de las ideas musicales haydnianas más recurrentes: el ascenso hacia la luz, o la recuperación de ésta en la victoria sobre las fuerzas de las tinieblas. Casi todo Haydn gravita en torno a la expectativa de un ascenso hacia la luz. Charles Rosen señala que uno de los grandes gestos musicales de Haydn consiste en una ascensión de notas muy breves escalonadas que llegan a alcanzar una atalaya tonal, expresión simbólica de ese impulso ascensional hacia la luz. Los introitos lentos de las grandes sinfonías últimas también presagian y presienten la oscuridad y tiniebla que se logrará esquivar y vencer. (…) En la sinfonía el reloj, el preludio es pura indeterminación tonal y temática; apenas se puede reconocer la melodía; no hay tema. Parece una página postwagneriana.

Eugenio Trías, El canto de las sirenas, ed. Galaxia Gutemberg.



En este año en el que se conmemoran los 200 años de la muerte del compositor austríaco, no quería dejar pasar la ocasión de usarlo para terminar el año. Un año que, entre otras muchas cosas, me ha servido para conocer a este grandísimo compositor mucho más. Nadie niega que sea uno de los grandes, pero también es cierto que casi nadie lo cita entre sus favoritos, ahogado por el efecto mucho más intenso y sentimental de su gran amigo Mozart o de los primeros románticos, como Beethoven o Schubert. Y sin embargo, todo el universo musical que usó el salzburgués, y la posterior ruptura que se produjo con el romanticismo musical, no tendrían sentido sin el orden y la forma que impuso Haydn. No sólo hablamos de que inventara la sinfonía o las sonatas, como formas de expresión musical que siguieron estando en el centro de la creación musical, sino que inventó una forma de escribir, una forma de hacer dialogar los instrumentos, tanto en la música de cámara como en las sinfonías, que a pesar de todo lo que se ha transformado la composición musical, sigue existiendo como un abecedario imprescindible en el mundo de la música.

Pero en el terreno de la intensidad, Haydn también ha sido objeto de una grandísima desconsideración, pues su inspiración afinada, su humor, y su vivacidad han de ser revisadas detenidamente para descubrir que su música es capaz de provocar una gran cantidad de emoción. Quizá siempre dentro de una fórmula, pero su inspiración es inagotable en su capacidad expresiva y en su fuerza. Así lo creo yo, y pienso que, este leif motiv del ascenso a la luz, si bien de raíz religiosa, es un grandísimo antídoto contra la frustración y el lado más oscuro de la vida. Su humor y su luminosidad pueden casi con todo. Por eso, he querido usarlo para despedir este año, como símbolo del viaje hacia la luz que debe ser, periódicamente, nuestra vida.


Ha sido un año extraño y de cambios para mí, el 2009. De personas nuevas, de emociones nuevas, de universos enteros que ahora también están dentro de mí. De frustraciones y de malos recuerdos, de olvidos y de celebraciones. Pero si algo siento con fuerza es que ha sido enormemente compartido, que he sentido una inmensa cercanía de quienes siempre han estado cerca y de aquellos a los que me he acercado.


En mi viaje anual, ha sido especialmente emotivo rescatar a alguien de un pasado en el que no pudimos encontrarnos para, más sabios, más comprensivos, más capaces de todo, emprender el duro camino de la catarsis y de la creación de una amistad nueva y llena de sinceridad como nunca, que ha sido quizá lo más importante que me ha ocurrido y que me ha enseñado muchísimo a saber, un poquito más, quién soy.


Quizá que con un año nuevo (qué más da la fecha) nos veamos sumidos de nuevo en una tiniebla de tiempo y de personas y situaciones que nos obligarán a vivir de nuevo en el día a día espeso y a veces gris que forma el tejido de la vida. Pero lo importante es que uno tenga la sensación de que se van cumpliendo los ciclos, que va pasando el tiempo y que uno va creciendo y transformándose. De momento, este año que acaba tiene un ascenso importante hacia una luz que es lo que hay que celebrar ahora. Con la del finale lleno de fuerza y luminosidad de esa misma sinfonía 101, llamada del reloj, lejos ya de ese titubeante inicio que he puesto antes, os dejo y os deseo un año de nuevos ascensos hacia la luz para todos.

10 de diciembre de 2009

Georg Friedrich Handel



Enfrentarse como melómano a hablar de Georg F. Handel no es fácil, sobre todo porque es un músico extraordinariamente popular, y por ello casi todo el mundo que conoce algo de música clásica tiene una idea preconcebida de quién es y qué tipo de música componía.

En mi caso, sin embargo, después de muchos años dedicado a escuchar música clásica, no ha sido hasta recientemente que el efecto mágico de sus composiciones ha llegado hasta mí de una manera intensa, y casi adictiva.

Desde hace un par de décadas vivimos un proceso de recuperación de todo su legado operístico y de oratorios escenificados, beneficiado por el creciente interés en el rescate y reinterpretación de de la música barroca que vivimos y al que han contribuido nombres tan destacados como René Jacobs, William Christie, Alan Curtis, o Mark Minkowski entre otros. Y es que, a pesar de que Handel ha seguido siendo bien conocido como músico desde su muerte, sólo algunas de sus obras se habían seguido interpretando ininterrumpidamente hasta el siglo XX. En este año 2009 en el que conmemoramos el 250 aniversario de su muerte este proceso de se ha intensificado con multitud de nuevas grabaciones y conciertos.

Me pregunto a veces, ¿qué he descubierto ahora en Handel que no había descubierto antes, para haberme lanzado como un poseso a comprar todas las obras de él que he podido y no perderme un solo concierto de los que se programan? No sabría explicarlo bien, pero creo que la palabra (aunque ambigua) que mejor lo define, es: un rotundo flechazo. Diría que tiene que ver con su capacidad dramática, con la humana espiritualidad de su música o con la belleza de sus melodías, que tienen un sello inconfundible que se te mete en el cuerpo y ya no te abandona.






Handel es, ante todo, uno de los músicos más grandes de le historia de la música. Su grandeza abarca varios géneros, para los que escribió innumerables obras maestras. Sus obras para clave o sus conciertos así lo prueban. Pero hay que reconocer que Handel es, sobre todo, uno de los más grandes compositores de ópera del periodo barroco. Dedicó su vida a ello, y de manera profesional. Tras su formación en Alemania y sus estancias en Italia, Handel se estableció definitivamente en Londres en 1712, llevando consigo las dos tradiciones musicales más importantes de Europa. A inicios del siglo XVIII Londres era ya la metrópoli más importante y activa de Europa, y su avidez de vida lírica la convertía en el destino ideal para alguien ambicioso como Handel. Allí retomó la tradición del teatro musical inglés, que tenía su máximo exponente en Henry Purcell (del que de alguna manera es continuador) para darle un estilo que conjugaba las tendencias musicales europeas del momento con su inconfundible talento personal y una de las inspiraciones más asombrosas de toda la historia de la música. Su primera obra londinense, Rinaldo, recogía material de sus obras anteriores, predominantemente italianas, y en ella, además, Handel quiso epatar al público de Londres con una puesta en escena espectacular y llena de efectos que incluían batallas, tormentas, pájaros cantando en el escenario y un sinfín de sorpresas que hicieron que esta obra lo catapultara a la fama. De esa obra quizá hoy en día sólo se recuerda el famoso “lascia ch’io pianga” (en realidad tomado de su oratorio anterior, “il triunfo del tempo e del disinganno”) pero la obra, a pesar de su flojo libretto (algo, por otro lado, habitual en Handel y que de hecho es uno de sus puntos flacos) tiene muchos otros hallazgos de espectacularidad.








No debemos olvidar que Handel era una persona muy ambiciosa y que al mismo tiempo que compositor, fue también empresario de teatro de sus propias producciones. A él le interesaba sobre todo la fama y la rentabilidad económica de las obras que estrenaba. No olvidó, no obstante, su necesidad compositiva, pues a lo largo de su vida siguió escribiendo muchísimas obras para otro tipo de encargos, e incluso para su propio disfrute.

En el terreno de la lírica, fue en la Royal Academy of Music primero y después en el teatro del Covent Garden donde dio rienda suelta a una capacidad compositiva que se nutrió de la moda londinense de la época en el gusto por la ópera en italiano. De esa época (1720-1738) son algunas de sus obras maestras, como Giulio Cesare, Tamerlano, Alcina, Rodelinda o Ariodante, que reflejan un absoluto dominio del género y en el que los personajes llenos de sentimientos y pasiones despliegan en sus arias una fuerza expresiva y dramática incomparable. Es ahí donde mejor se puede comprobar ese inefable imán de su música.












Con el tiempo, el teatro italiano dejó de estar de moda (e incluso prohibido en algún periodo), algo a lo que también contribuyó la popularidad de los oratorios escenificados en las iglesias, con libretos en inglés, comprensibles sin necesidad de traducción, y argumentos muy dramáticos, al límite de lo religioso, que intentaban recrear las mismas pasiones que enfervorizaban a la gente en los teatros (amor, celos, pasión, ira, odio…). Además, las intrigas políticas, las disputas con los divos, la bancarrota de su compañía teatral y la aparición de otras compañías nuevas hicieron que parte del público que hasta entonces le había aplaudido le volviera la espalda. En esa época, Handel también comenzó a componer oratorios y con gran inspiración. Algunos de sus mejores son de este periodo, como Saul o Israel en Egipto, pero sobre todo, y de manera espectacular, su obra más grandiosa, el oratorio El Mesias (1741), cumbre absoluta del género y de todo su arte compositivo, plagado de algunas de las mejores arias y coros que escribió nunca. Un milagro de una inspiración como pocas en la historia de la música. El maravilloso relato incluido en el libro “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig novela ese proceso de gestación de una forma conmovedora.









A partir de él, Handel se dedicó únicamente al oratorio en inglés, y su música, aunque quizá no evolucionó formalmente, adquirió una pureza, una depuración de estilo, una profundidad y una espiritualidad que son evidentes cuando escuchamos algunas de estas últimas obras, como Semele, Theodora, Hercules o Susanna.







Con ellos Handel llega a su madurez habiendo sido casi el equivalente a una estrella del pop actual. Sus obras habían arrebatado a Londres, cuyos habitantes de seguro tararearon muchísimas de sus melodías por la calle, y su fama se había extendido, aunque de forma irregular, por todo el continente. El poder y la fascinación de su música, de su capacidad para transmitir toda la intensidad dramática de la vida y de sus pasiones, nos llega hasta hoy casi intacta, y toda una hermandad de seguidores de su música continuamos enganchados a él sin remedio.
Os invito a conocerlo para quién no lo conozca y a profundizar en él a quien no lo tenga demasiado explorado. El riesgo es, como ya he dicho, la adicción que crea su música.

19 de mayo de 2009

100 años sin Albéniz.


Isaac Albéniz, 1860-1909

Me da por pensar últimamente en el poco cuidado que ponemos en tomar consciencia de nuestro Patrimonio. A veces parece que lo único que merece el rescate, la restauración o la puesta en valor es lo más tangible del pasado, es decir, la arquitectura. Y sin embargo hemos descuidado revisiones de importantes periodos de la historia de nuestro país, géneros literarios, científicos importantes, y otros tantos y tantos importantes creadores de las más diversas Artes...

La música, desgraciadamente, tampoco está entre los valores culturales por los que nos hayamos destacado mucho en cuidar como es debido. Últimamente estoy intentando descubrir nuevas obras y nuevos autores de nuestro país. Hay muy pocos, pero algún músico hay, que se está dedicando a rescatar y dar a conocer el inmenso patrimonio musical español encerrado en archivos de diferente naturaleza, olvidado y sin ser interpretado en muchos casos desde hace siglos. Al igual que hicieran hace años algunos con esa época de esplendor de la música española de los siglos XVI y XVII que ahora encandila a tantos melómanos de todo el mundo, se comienza a hacer ahora con el desconocido periodo (en lo musical, quiero decir) de los siglos XVIII y XIX. Intentaré hacer alguna entrada con lo que voy descubriendo.

Pero al hilo de lo que quería comentar, ayer fui plenamente consciente del desinterés que estos temas suscitan, ni siquiera entre las autoridades e instituciones que vertebran la vida cultural de nuestro país. Ayer se celebró el 100 aniversario de la muerte de uno de los músicos más importantes que hemos tenido, Isaac Albéniz. Casi nadie se ha hecho eco. Las celebraciones, a pesar de la rueda de prensa a bombo y platillo de la ministra de cultura, van a ser muy discretas. Y de muestra un par de botones. Ni siquiera la Orquesta Nacional de España (que la próxima semana ejecuta un programa de música española sin contar con él) lo ha programado este año. Tampoco el ciclo más importante de recitales de pianistas de este país, el de la revista Scherzo, ha intentado que su obra maestra, la suite Iberia, sea tocada en este año del aniversario de la muerte de su autor. Es cierto que existe un programa de actividades que pretende reivindicarlo, pero que si se mira detenidamente, tampoco aporta mucho, ni servirá para que efectivamente la figura de Albéniz sea más conocida y apreciada.

Y es que hablamos de un músico reconocido internacionalmente, no sólo como uno de los intérpretes de piano más importantes que hemos tenido, sino especialmente como uno de los más grandes compositores de música para piano del XIX. Su suite Iberia es considerada una de las cimas del instrumento.

Albéniz fue un músico formado en Francia, y estuvo en contacto con las élites y las vanguardias musicales de su época. Su modernidad es incuestionable, pero aquí nunca se le entendió, y eso que partió siempre de un conocimiento profundo y apasionado de la música popular, principalmente de aquellas del sur de la península ibérica. Él consiguió traducirlas a un lenguaje musical universal y moderno, a través de una escritura vibrante y honda sin dejar de ser profundamente folclórica. Y todo ello desde una complejidad formal fuera de lo normal, y una creatividad que simplemente nos desarma.

Para recordarle he elegido uno de los números de la suite Iberia menos conocidos, pero que está entre mis favoritos: Almería. Es la pura esencia del cante jondo, convertida en un impresionante ejercicio de ensoñación musical que desde una escritura nueva nos hace llegar igualmente ese lado hondo e infinitamente melancólico y oscuro que describe muy bien cómo no todo en este lugar del mundo es luz, alegría y buen humor...

La interpretación es la del pianista cordobés, Rafael Orozco, uno de los más grandes que hemos tenido en España en el siglo XX, y que se merece sólo él una entrada entera (quizá mi amigo Pe-jota se atreva a hacerlo, es de los que creo que encajan bien en su blog). No hace falta decir que es mi interpretación favorita.

4 de enero de 2009

Año H

Las conmemoraciones musicales, aniversarios, o como quiera llamarse, son un acontecimiento muy usado en el mundo de la música clásica. Son frecuentemente usados por las discográficas para desempolvar viejas grabaciones remozadas de cara a precios más populares, hacer recopilaciones conmemorativas, o nuevas grabaciones. Los festivales, orquestas y casas de ópera también aprovechan para programar títulos, sacar otros del olvido, o afrontar muevas miradas sobre músicas de sobra conocidas.

Aún consciente de la oportunidad de negocio que esto supone, creo más importante la labor que estas fechas tienen para contribuir a la difusión de la música, y a su renovación. Así, este año estamos de suerte, y nos toca conmemorar la desaparición de dos grandes de la música: las dos grandes “H” de la música clásica. Se trata nada menos que de Handel y Haydn. Del primero se conmemoran los 250 años de su muerte. Del segundo, un jubileo más redondo: el de los 200. Constituyen dos importantes músicos, no sólo por su numerosa e importante producción, sino por su papel determinante en el desarrollo de la música. El primero como paradigma de la cumbre del periodo barroco y cima absoluta de la ópera y de una capacidad hasta entonces insólita de ahondar en el drama y en las pasiones humanas a través de este género. El segundo, a veces considerado quizá algo monótono y plano en su producción, establece las bases del clasicismo musical, del que es absoluta referencia y su obra merece ser revisada para demostrar hasta qué punto su obra es imprescindible en la evolución hacia el romanticismo.

Espero por lo tanto que en 2009 los actos y conciertos programados, así como las nuevas grabaciones que sin duda verán la luz, contribuyan a enseñarnos más sobre estos dos inmensos “monstruos” de la creación musical que además son ambos, cada uno a su manera, portadores de una humanidad inmensa, de esas que han hecho sin duda hacer que el mundo sea un lugar mejor. Intentaré crear alguna entrada a propósito de ellos. De momento os dejo con una obra de cada uno, escogida con especial y diferente intención.

De Haydn, el maravilloso dúo de Adan y Eva de su Oratorio La Creación, en la clásica versión de Karajan, con una Jundula Janowitz y un Walter Berry que aportan la belleza increíble de sus voces. Una obra de arte mayúscula, que no puede sino llenarnos de optimismo y ganas de vivir. La Creación es un oratorio escrito ya en su último periodo y que quizá no ha tenido el reconocimiento que se merece, como obra llena de hallazgos y de una fuerza espiritual que va más allá de los límites del clasicismo (ya rotos de alguna manera por Mozart), precursor de mucho de lo que luego vendrían a decir los primeros románticos.

Enlace a vídeo aquí.

De Handel, uno de los últimos hallazgos, un redescubrimiento de una obra conocida, pero quizá pasada por alto, un fragmento de su oratorio Theodora, susurrado en medio de la noche (gracias) en un contexto inusual. Un Handel también en sus últimos años de composición, que ha destilado ya una maestría asombrosa en su capacidad de dibujar las emociones humanas más altas y las más ruines. La versión, magnífica, del festival de Glyndebourne.

6 de junio de 2008

Estación 36


La vida es como un viaje en un tren. Me lo escribieron ayer. Como un tren luminoso, quizá como aquel enigmático tren supersónico de la película 2046 en el que se podía viajar en el tiempo hacia el futuro con destino a aquel año, pero nadie había vuelto para poderlo contar. Se trata del tren particular de cada uno, con sus vagones transparentes y otros que no lo son. Con la máquina siempre visible y con rincones que sólo cada uno conoce. Pasan los años y la sensación del viaje es cada vez de mayor velocidad. Tanta que a veces cuesta plantearse si el trayecto que llevamos es el correcto, o habría que cambiar los ejes de los raíles y desviarse por otros lugares. A pesar de todo, esta velocidad, me gusta.

Hoy, además de un día más, como cada mañana, he cumplido un año más de vida. Lo he sentido nada más abrir los ojos, casualmente a la misma hora más o menos a la que debí nacer. Me he despertado con la mejor compañía, con el mejor beso. El tren se ha detenido en una estación. Una silenciosa y tan especial como la que recuerdo de pequeño, junto a casa de mi abuelo.
El revisor me ha dejado bajar un instante a respirar el aire puro, y casi me ha parecido que, como aquella otra estación, se sentía con intensidad el olor salvaje de la madera fresca y los mil acentos del bosque. Me he sentado un rato. No me he hecho preguntas, he sabido en seguida que me gusta esta estación. Me sonrío al pensar que cada estación a la que llego me gusta más, porque cada una se suma a las anteriores y es a su vez la suma de ellas. Y es que hace tiempo que dedico mi viaje a explorar lo que me hace sentir bien, las personas que me hacen sentir bien: las cosas y las personas con las que comparto ilusiones, cariño, ideas o desacuerdos, respeto, y libertad. Esas que conservo junto a mí porque son el mejor paisaje, el que merece la pena, el que le impone la velocidad y la belleza al camino.
Al final del viaje ninguno sabemos donde va todo eso a parar. Igual se deshace, o se archiva en algún lugar secreto donde nadie más tendrá acceso. Pero todo eso da igual ahora. Lo importante del ahora es sentirse vivo y hacer que ese sentimiento sea robusto, sincero, consciente. Asumiento que esperanzas y desilusiones forman ambas parte de él, que compartir el viaje es una obligación de quien quiere estar vivo, que luchar por lo que uno cree es la razón de que el tren se mueva, que conservar los sueños significa no perder el niño que llevamos dentro y que conviene acomodarlo en la máquina porque cuando todo pierde sentido es él el único que conoce la ruta que debemos seguir. La mía, detenida hoy un instante aquí, se llena segundo a segundo de plenitud y necesidad de seguir viviendo, porque a pesar de todo lo que no me gusta, de la mediocridad, de la tristeza, de la imperfección, de la injusticia y del dolor que también implica la existencia, cada instante de vida sigue siendo un regalo y no una pérdida. Y yo, hace mucho que decidí intentar llenarlos de intensidad. Continúo en el empeño. Muchas gracias a todos lo que lo hacéis posible.
Mi banda sonora de hoy, esa cancioncilla que escuché en el blog de Luis, y que me llena de felicidad instantánea:

17 de mayo de 2008

Dia das letras galegas 2008


Hoxe os galegos celebran a súa língua e a súa literatura: o día das letras galegas.

Sempre considereina unha das linguas románicas máis belas. A orixe das súas letras esta na Idade Media, e aínda que a evolución da súa literatura teña sido moi irregular, depois do inicio da democracia e da oficialidade do galego, tense desenvolvido moito a nivel de publicacións e número de escritores que a usan.
Cada ano dedico un anaquiño de espazo do blog a deixar testemuña destas palabras que tamén sinto miñas, porque están no meu sangue dende que eu lembre. Hoxe escollín un fragmento da miña novela favorita dun dos escritores actuais que máis me interesan.

BARLOVENTO

"A avoa sacábame a pasear cun cazo laranxa e eu recollía as gotas de chuvia. A avoa falábame das plantas e das flores que había na vila onde naceu, a vila que tiña un castelo que a defendía do medo. Eu nunca fun alí. Non queda ninguén. Quizá non quede nin o castelo. O tempo acaba con todo.
A avoa parolaba da borraxe brava e da sorbeira e dos toxos e do castigo e do piorno. A avoa falábame do olvido, e contábame contos. A avoa dicía que as árvores podían falar. Que as árvores e as flores podían falar cos animais. Eu, ata moi maior, pensei que a avoa non mentía. Creo que ainda o penso.

Cando lin os primeiros libros de piratas inventáballe batallas en barcos enormes. Faláballe de barlovento e sotavento. E ela ría, porque xa non podía pensar. Porque xa non me podía falar do olvido: o avó paseando unha noite de agosto do trinta e seis. E o mar que eu lle contaba, a mar talvez, salfería de gotas de auga o seu rostro. E a auga do mar, a mar, era a chuvia que nos mollaba.
A avoa tiña nos ollos o peso da memoria. E da chuvia."

Xosé Carlos Caneiro (Talvez melancolía)

8 de febrero de 2008

Schubert, Cádiz, y la Felicidad






La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.

31 de diciembre de 2007

Tránsitos invisibles


No me gusta poner inicio ni límite a los cambios, y el cambio de año no deja de ser una conveniencia que no marca demasiadas cosas en la vida diaria ni en la de los anhelos. El más importante, el inicio del crecimiento del día solar, ya comenzó hace días... Poco más importante va a cambiar que sea previsible, a parte de las inscripciones en los gimnasios para bajar estos quilos de más que las fechas y sus consecuencias nos han regalado. Pero, como cualquier otro momento, ¿por qué no también hacer recuento de lo que ha sucedido? que conste que yo lo hago por que sí, no porque lo haga la mayoría, que también...

Además, este año ha sido fácil de resumir. Para mí ha sido un año de tránsito, de recuperar el ritmo que había iniciado cuando me vine a vivir a mi terraza, y que de alguna forma se quebró un poco por el camino. Ha sido un año de asumir muchas situaciones, de incapacidad para olvidar la intensidad de lo que he vivido en estos últimos años, de hacerme amigo del silencio que siempre desdeñé, y de entender que hay dudas que, aunque duelan, nos hacen entender la vida mejor y eso siempre nos hace crecer como personas. Porque no es fácil soñar día a día sin dudar, y no es fácil tampoco buscar el lado intenso de la existencia sin equivocarse. Me equivoco continuamente, me pierdo con frecuencia, me distraigo y pierdo rumbo, me aburro, me hundo en la pereza... pero intento asumirlo cada vez más, porque es inútil hacer trascendencia de eso, siendo como somos tan frágiles, tan breves... Por eso, os invito a que seamos benévolos con la imperfección propia, porque así también podremos serlo con la ajena. Sólo somos bellos porque nos equivocamos, sólo aprendemos y crecemos porque no nos herimos con los errores, sino que los usamos para tomar conciencia de que ser humanos (con todo lo que ello conlleva) en ese minúsculo instante en que vivimos, es lo más intenso que nos puede regalar la existencia.

Ha sido un año rico en encuentros y en amistades de las que marcan. La mayoría se han iniciado aquí, pero han hecho su surco intenso en la realidad de mi vida. Sabéis quiénes sois. Este año habéis estado en el centro de mi vida y la habéis decorado como nunca habría imaginado. Desde los que entraron en la primavera, y se han ido forjando con la más sincera de las dedicaciones, a los que acaban de surgir y ya me llenan muchas tardes de sentimientos muy grandes, pasando por los que se van y vienen, pero tienen su huequito siempre en mi corazón. A todos vosotros un GRACIAS así, enorme y sincero. No hay mejor regalo en la vida, me siento afortunado de que se hayan cruzado nuestros hilos... Nos vemos en el 2008, seguiremos sin duda cruzando los hilos.

8 de abril de 2007

Olympia.

Para Efesor.

Hoy es un día especial para una persona especial. Una de esas personas que, por casualidad, se cruzan en tu vida y sin saber muy bien por qué, sabes que hay un pasado entre tú y él, aunque no puedas recordarlo.
Te conocí el día que partías, después de haber vivido años en esta ciudad sin saberlo. Y la distancia se hizo, palabra tras palabra, un hilo de historias en las que realidad y sueño tejieron sólas ese cuento a través del que nos desnudamos poco a poco. Eres una de esas personas en las que uno no puede evitar pensar casi todos los días. Una persona de mirada azul y sonrisa encarnada, que trae siempre azúcar en los dedos y sal en la garganta. Bajo barreras y murallas, sabemos que la palabra atraviesa la piedra, y nos llega, esquiva pero certera, al corazón.
A veces, sobre todo últimamente, me sirvo del silencio, un silencio casual que me proteje de la distancia y de la mirada. Ya sé que los hilos no son de aire, y ya sé que esa mirada y esta mirada no son de cristal cuando se miran de cerca. Pero por eso, porque es de verdad, dejamos que la historia se invente por sí sola, y que los hilos, en su dejadez o su insistencia, en su color y en su rebeldía, se crucen y se unan como ellos quieran hacer.
FELICIDADES, nene.
Mi regalo es un cuento. Un cuento que acabo de escribir ahora. Un cuento que ha resultado inquietante, y que podría bien ser el prólogo a la historia que poco a poco hemos estado escribiendo desde que estás en ahí, en tu círculo polar. Una historia que habla de lo que no podemos entender, de las historias que tienen un pasado que no podemos recordar ni tocar, un presente de búsqueda y un futuro que también tiene palabras escritas. De lo intangible y lo incomprensible, de la irracionalidad y la poesía, de la necesidad de la oscuridad... Y, como no, de Olympia, de nuestra querida Olympia. Es todo tuyo. Un beso bien fuerte.

OLYMPIA

Julia lleva años huyendo de parte de su pasado, vagando por diferentes partes de mundo. El olvido la lleva a cambiar de paisaje con frecuencia, porque los escenarios se le quedan pequeños muy rápido. En cuanto comienzan a acumular recuerdos, le resultan ya profundamente melancólicos. Y ella quiere huir de la melancolía. No sabe por qué. Le sucede desde que encontró a aquel portugués de ojos oscuros que recorría solitario las calles de Lisboa en aquel otoño de hace ya algunos años.

Ella se apresuraba para alcanzar a sus compañeras de viaje, que caminaban más adelantadas. Pero su mirada se cruzó con la de él. Una mirada que la desasosegó en sólo un instante, llenándola de todas las dudas que había estado acumulando en los últimos años. Un segundo sólo para llevarla al borde del abismo. No recuerda el tiempo que permaneció con él. Ni siquiera sabe si existió realmente aquel personaje oscuro. Tampoco recuerda bien qué hablaron, ni en qué idioma lo hicieron. Pero sí que recuerda cómo la infectó de tristeza, de una tristeza apegada al suelo, como una enfermedad que la llevaría a entristecer por todo lo que permanecía demasiado en sus manos. Aquella noche, de repente, las paredes que decoraban su vida desaparecieron y se encontró en un precipicio sin fondo aparente. La mirada de ese portugués sin nombre se le clava cada día en su pensamiento. Él desapareció esa misma noche, de la misma forma que apareció. Cuando recuperó la noción del tiempo, la única mirada que la escrutaba, allí sentada, muerta de frío en aquellas escaleras del Bairro Alto, era la oscura e indagante de aquel gato negro que elevaba provocante su cola. Supo que no lo encontraría más. Pero el secreto que le había revelado, había quedado sumido en su memoria en una niebla espesa de la que no podía recuperarlo.

A partir de ahí, Julia inició su viaje. Un viaje huyendo de la tristeza que la perseguía, de la melancolía que iba naciendo cada vez que permanecía demasiado en un lugar. Para vivir debió hacer de todo, trabajar con sus manos, y a veces con su cuerpo. Poco a poco aprendió a deshacer la frontera entre la realidad y el sueño. Algunas noches, un sueño recurrente la asaltaba. Siempre comenzaba en aquellas escaleras del Bairro Alto. Y en cada ocasión le iba revelando pistas. Nombres de ciudades, objetos, actividades, perversiones... Y ella, al despertar, se iba prestando a todos ellos: a los viajes, a las tentaciones y a las posesiones. El sueño, de alguna forma, le dictaba la fórmula para esquivar la melancolía.

El día que soñó con París, supo que ese era el destino final de su viaje. Soñó con París y con la vida oscura de sus calles en la noche. sabía que algo sórdido le esperaba en la ciudad del Sena. Esa noche se encontraba en Helsinki, y había vendido su cuerpo a un enorme chico de cabellos rubios, que la había tratado con bastante rudeza. Se había quedado dormida unos instantes sobre las sábanas de raso, sola un momento en el que el chico se había ausentado al baño. Fue entoncés, en es instante de inconsciencia, cuando vio la noche de Paris y supo que ése era su destino final.

Lleva 30 días en París, y ha visitado casi todas las calles a la medianoche. Ha trabajado de cajera en un café de Montmartre, y ha escuchado las historias de casi todos sus habituales. Ha vagado por locales y burdeles, por discotecas de moda y casas de encuentro, por jardines que no cierran al anochecer y por zonas oscuras de estaciones de tren. Y aún no encuentra nada. La melancolía de París está ya a punto de desbordarse dentro de ella. Y no sabe qué hacer, pues los sueños ya se han detenido. Por más que lo intenta, no han vuelto. Sólo sueña con Paris, y con el río que corre deprisa en sus paseos. Y nada más, sólo ella mirándose en el río. Ha recorrido el río una y otra vez, y se ha mirado en él con insistencia, pero nada ha pasado. ¿será éste el final del precipcio?, se pregunta mientras pasea por la orilla del Sena. La respuesta la encuentra al levantar la mirada y encontrarse con el gran edificio de la estación de Orsay, que atrapa repentinamente su atención. Recuerda ese edificio sin haber estado nunca en él, no sabe por qué. Acude a su puerta y descubre que el edificio ha sido transformado en Museo. Claro, uno de los museos más visitados de la ciudad. Entra, y, como si conociera el lugar de memoria, se dirige a la primera planta, y llega hasta el retrato de Olympia, de Edouard Manet.

La mirada de esa chica, desafiante, la absorbe por completo. Una mirada directa, provocadora, pero llena de melancolía al mismo tiempo. Su cuerpo desnudo, en pose de entrega, se encuentra sutilmente tocado tan solo por una flor en el cabello, un brazalete en el antebrazo, un zapato en actitud de deslizarse del pie, y ese lazo negro al cuello, profundamente vulgar y al mismo tiempo terriblemente turbador, porque curza la carne blanca y la muestra al apetito. Una criada negra que la mira con curiosidad mientras le ofrece un bouquet de flores que ella ni siquiera mira. Su mirada se dedica exclusivamente al espectador, como invitándolo a entrar en el cuadro, abarcándolo y haciéndolo cruzar la barrera de lo prohibido, de lo incomprensible. Y es Julia la que mira. La que mira y a quien mira. Y no sabe si la vida se puede volver a vivir, y si se pueden recordar otras vidas, pero ahora ella sabe con certeza que ha estado sobre esas sábanas alguna vez, y la sostenido en su mirada la de Edouard, que que en ese lugar sucedió algo que ya no puede recordar. De Edouard sólo recuerda la mirada intensa detrás de su pincel. La misma mirada de Lisboa, sin duda. Era él quien la interceptó aquella noche, quien detuvo su vida para recordarle que tenía otra vida pendiente de terminar. Y la condenó a vagar hasta encontrarla. Ahora, sólo le queda encontrar al nuevo Edouard.

A la derecha, dentro del cuadro, un gato negro de cola levantada la mira con sorpresa. Es el mismo gato negro que la asaltó en la noche lisboeta, es el reflejo de Edouard, su propia mirada de pintor sobre la escena, maldiciéndola, poseyéndola, ansioso de encontrar un lugar donde posar los ojos, eligiendo entre arrojarse a la mirada de Olympia o atravesar esa mano extendida que esconde con extraño pudor el secreto de su sexo. Tras haber sido poseída por tantos hombres, tampoco ella sabe cual es el secreto de su sexo voraz, no, tampoco lo sabe. El gato negro, que de repente cobra vida, le susurra un secreto en el silencio de la sala. La clave de la elección de Edouard. Dos ciudades que determinan cada una de ellas. La mirada es Madrid, en la noche. La mano sobre el sexo está en uno de los más recónditos canales de Venecia. Julia mira en su bolso y cuenta el dinero que ha ganado en los últimos días. Se dirige a la tienda y adquiere una reproducción postal del cuadro que acaba de contemplar. Después, sale del museo y toma un taxi, que la lleva rápido al aeropuerto. Mientras el Sena cruza veloz por la ventanilla del coche, aún no sabe dónde terminará esa noche. Lo único de lo que está segura es que sólo le queda una oportunidad para salvar el abismo, sólo una... De lo contrario, deberá arrojarse definitivamente en él.

8 de febrero de 2007

Cinco




Cinco años, sesenta meses, doscientas cuarenta semanas, mil ochocientos veinticinco días, cuarenta y tres mil ochocientas horas, dos millones seiscientos veintiocho mil minutos... recorridos casi todos ellos en la cercanía de tu mirada, aunque a veces estuvieras lejos, o lo estuviera yo, aunque a veces el corazón se ausente o se esconda, porque así es la vida cuando se decide vivirla siempre hacia adelante. Medir el tiempo es, de alguna forma, ser consciente de él y de la perspectiva que nos brinda para lanzar una mirada hacia el siguiente minuto, día, semana, mes...
Cinco años juntos. Y sigo teniendo casi tantas razones como ausencia de ellas. Porque, aunque razones las haya, es la necesidad de estar contigo la que siento y no puedo explicar, el deseo inevitable de caminar contigo. Porque contigo no me siento en ninguna parte, ni siento que lo nuestro sea algo definido o concreto. Haces más bien que me sienta en un viaje del que soy adicto, en un continuo viajar siendo conscientes del camino, aunque a veces nos detengamos. Un continuo mirarse y descubrirse, a veces callarse. Un algo que no se parece a nada de lo que conocía antes, que no se asemeja a nada de lo que veo alrededor, que hasta me cuesta explicar para que otros lo comprendan, pero que no me importa no poder hacerlo. Lo nuestro es algo que me gusta, algo que es lo que quiero y sé que es lo que quieres. Y algo, en definitiva, que nos construye como somos, que nos define y nos explica, que nos sitúa en el mundo, y que más allá de las dificultades, nos sigue estremeciendo y llenando de sonrisas al acercar tu piel a la mía, con esa inexplicable sencillez...
Por eso, nuestro amor, no va a parar de fluir...




O nosso amor não vai parar de rolar
De fugir e seguir como um rio
Como uma pedra que divide um rio
Me diga coisas bonitas
O nosso amor não vai olhar para trás
Desencantar, nem ser tema de livro
A vida inteira eu quis um verso simples
P'ra transformar o que eu digo
Rimas fáceis, calafrios
Furo o dedo, faz um pacto comigo
Num segundo teu no meu
Por um segundo mais feliz

Adriana Calcanhoto.

(Nuestro amor no va a parar de fluir
De huir y seguir como un río
Como una piedra que divide un río
Me diga cosas bonitas
Nuestro amor no va a mirar para atrás
Desencantar ni ser tema de libro
La vida entera yo quise un verso simple
Para transformar lo que digo.
Rimas fáciles, escalofríos
Pincho el dedo, haz un pacto conmigo
En un segundo tuyo en el mío
Por un segundo más feliz)

23 de enero de 2007

El amante del volcán, un año después.

Cuando en el Vesubio se acercaba otra erupción, el Cavaliere subía más a menudo, en parte para saborear cuán intrépido había llegado a ser. ¿Era por la predicción de la sibila respecto a una larga vida? En ocasiones se sentía más seguro en el ascenso a la montaña hirviente que en ningún otro lugar.
La montaña procuraba una experiencia distinta a cualquier otra, una medida diferente. La tierra se ha expendido, el firmamento ha crecido, el golfo se he ensanchado. Tú no tienes que recordar quién eres.

***

El Cavaliere saboreaba el tener un secreto, una pequeña debilidad que podía concederse: una debilidad estimulante. Nadie debería ser del todo consecuente. Como su siglo, el Cavaliere era menos racional de lo que se ha contado.

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Así pues, el coleccionista es un encubridor, alguien cuyas alegrías nunca están exentas de ansiedad. Porque siempre hay más. O algo mejor. Debes tenerlo porque es un paso para completar idealmente tu colección. Pero esta culminación ideal, que todo coleccionista anhela, es una meta ilusoria.

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El Cavaliere en su salón del tercer piso. Contemplaba levantarse la columna de humo gris, hincharse y balancearse contra el cielo. Cayó la noche. Contempló el ascenso de la masa rojiza. Catherine tocaba la espineta en una habitación próxima. La espesa corriente de lava se ensanchaba.

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Debajo de los estratos de la historia, todo habla de amor. Según el folclore local, el origen de muchos emplazamientos napolitanos es una desdichada historia de amor. En un tiempo, estos lugares fueron hombres y mujeres, quienes, debido a un infausto o desgraciado amor, sufrieron una metamorfosis en la que les vemos ahora. Incluso el volcán. El Vesubio fue en una ocasión un joven, que vio a una ninfa preciosa como un diamante. Ella le arañó el corazón y el alma, no podía pensar en nada más. Respirando con más y más vehemencia se abalanzó sobre ella. La ninfa, abrasada por sus atenciones, saltó al mar y se convirtió en una isla que hoy se llama Capri. Al ver esto, el Vesubio enloqueció. Se irguió amenazador, sus suspiros de fuego se esparcieron, poco a poco se convirtió en una montaña. Y ahora, tan inmóvil como su amada, para siempre más allá de su alcance, sigue lanzando fuego y hace que tiemble la ciudad de Nápoles. ¡Cómo lamenta la indefensa ciudad que el joven no consiguiera lo que deseaba! Capri está en el agua, totalmente a la vista del Vesubio, y la montaña quema, y quema, y quema...

***

El Cavaliere era un buscador de felicidad, no de arrobamiento. Nunca, en todas sus cavilaciones sobre la felicidad, había vislumbrado el abismo entre una vida feliz y una que persigue el éxtasis. El éxtasis no sólo supone, como diría el propio Cavaliere, una petición irracional a la vida. Tiene que volverse algo brutal, también.
Como las pulsiones sexuales, cuando pasan a ser un foco de dedicación o de devoción y de hecho son vividas en toda su capacidad de adicción y su vehemencia, así la sensibilidad al arte (o a la belleza) puede, al cabo de un tiempo, experimentarse únicamente como exceso, como algo que se ejercita al máximo en sobrepasarse a sí mismo, en ser aniquilado, en suma.

Extractos de "El Amante del Volcán", Susan Sontag, 1992



Todo empezó una noche de invierno, de carne y palabras hasta el amanecer. Una simple coincidencia. Una, como millones pudieron suceder. Pero fue aquella, y no otra. El comentario preciso, la clave perfecta.
Y llegaron aquellos días de verano, y las palabras se Susan sobre el césped de la piscina. Y el arrebato de la palabra sobre el sol. Y la palabra que desencadenó la búsqueda y la necesidad. Y de nuevo el tiempo, y los susurros. Y con él otra vez el invierno. Y las historias. Y en una tarde de enero, con unos versos sencillos de Pessoa, hace hoy justamente un año, nació mi Amante del Volcán. Y fue poco a poco albergando esas historias que se habían ido dibujando en mi fantasía desde hacía tiempo, y otras que nacieron después. También surgió la música. Pero, sobre todo, fuisteis surgiendo vosotros, inesperados, pero inevitablemente importantes. Y en el camino, me atrapó la pasión, intensa y oscura, esa inolvidable pasión. Y las manos, que arrastraron el hilo del futuro a través de un laberinto que se construía mientras yo seguía aquel. Era la Anti-Ariadna, deseando llegar al centro, al oscuro minotauro. Pero, a cada paso, el laberinto se hacía más grande, más inescrutable, más interminable aún. Y llegaron Teseos y Bacos, y muchos olvidos: necesarios unos, irrelevantes otros... Así, sin querer, mi vida se vio demasiado envuelta en este instrumento, al que poco a poco he ido colocando en el lugar que quiero para él. A estas alturas, y por el momento, demasiado vinculado a mí y a mi vida. Ha sido testigo de un año de transformaciones, de extrema felicidad y de dolorosas ausencias, de un pedazo de vida que me ha traído un poco también las vuestras, demostrándome una vez más que la palabra es algo que me conforma, algo a lo que soy adicto, y sin lo que no puedo vivir, porque me atraviesa y me determina, porque la amo y la necesito, y porque entre las mías y las vuestras, a veces, encuentro razones para creer que esto es todo un invento. Y porque toda palabra (no sólo la poética, como rezaba Celaya) es un arma cargada de futuro. Así pues, a por otro (año) más...
Gracias a todos los que estáis siempre ahí, detrás de la palabra. De la mía. De la nuestra...