26 de septiembre de 2009
Se extinguió el prodigio.
Probablemente la mejor intérprete de piano que hemos tenido en España en todo el siglo se nos ha ido hoy. Prodigiosa en su técnica impecable y perfecta, en su estilo cálido, pero siempre contenido, en sus tempi, siempre correctísimos, en su fraseo espectacular, en sus matices sublimes. La escuché varias veces, sobre todo en su última etapa pública, y recuerdo sus salidas a escena, discretísimas (apenas gesticulaba, tan sólo una leve inclinación) con aquel andar desgarbado suyo, con aquella estética, como de ama de casa aburrida. Pero en cuanto sus dedos tocaban el teclado, uno no podía más que fascinarse ante su rigor al tocar, ante su respeto a las partituras y su pasmosa capacidad para transmitir la esencia de la obra con una musicalidad que en pocos pianistas (y he visto muchos y muy buenos en mi vida) he vuelto a encontrar. Y todo con una aparente facilidad que aún hoy me sigue pareciendo imposible. Es una pena que de su inmenso repertorio fonográfico, poco se haya reeditado en los catálogos hoy en día.
Alicia ha supuesto una contribución como ninguna otra a la difusión de la música clásica española, y sus interpretaciones, sobre todo de Granados, Albéniz o Falla, de altísima calidad, han sido cruciales para que estas músicas estén en los repertorios de los pianistas de todo el mundo. Pero ella era una artista versátil, y era excelente en todo lo que se proponía, desde el repertorio romántico alemán, a los franceses, e incluso algún que otro barroco tremendo le llegué a escuchar.
Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven, con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción, y cómo desde su inglés españolizado, con esa dulzura que tenía ella al hablar, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecuta a Beethoven.
Pero sin duda fue siempre su Mozart el que me apasionó. Cristalino como pocos, inimaginablemente lleno de musicalidad, fresco y profundo a la vez. Ella fue niña prodigio, al igual que el salzburgués, y siempre manifestó un apasionado amor por él. Es una pena, no he podido encontrar grabaciones de sus sonatas de piano (olvidadas casi hoy en día, pero una de las mejores versiones del ciclo que se han grabado nunca). Quizá sólo cuando tocaba a su (también) amado Granados, me llegó a emocionar tanto. Recuerdo una Danza de Granados en el Teatro de la Maestranza, que puso en pie a todo la audiencia sin la mínima duda. Y ella, tan tímida siempre, que casi sin más gesto que el de inclinar un poco la cabeza, era como si casi no se sintiera digna de tanto elogio.
Aquí os dejo con una admirable versión del final de esa obra maestra que es el último concierto de piano de Mozart, a quien en mi corazón de melómano empedernido, siempre la tendré asociada.
Gracias por ser música en estado puro, y haberlo compartido con nosotros
Enlazo también el emotivísimo artículo de despedida que escribe en El País hoy, la gran pianista Rosa Torres-Pardo.
8 de febrero de 2008
Schubert, Cádiz, y la Felicidad

La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.
20 de diciembre de 2006
Lecciones de Interpretación
Cerrando el ciclo de grandes intérpretes de la revista Scherzo de este año hemos tenido la suerte de contar esta semana en el Auditorio Nacional con la presencia del pianista francés Pierre-Laurent Aimard, dispuesto a enfrentarse a dos monumentos de la arquitectura pianística. Y lo ha hecho con soltura y personalidad, dejando un inmejorable sabor de boca como final de ciclo.
Cuando un pianista convence, no hace falta mucha literatura argumental para demostrarlo. Tampoco mucha lucidez ni sabiduría musical, como probaron la escasez de toses (continuas en los últimas conciertos de Brendel o Zacharias) y la entregada y emotiva ovación de un Auditorio que literalmente se le rindió a los pies. Y con razón.
La primera obra del programa, los Estudios Sinfónicos op 13 de Schumman, es uno de los edificios musicales más portentosos del romanticismo pianístico. Una obra de estas características está más que explorada y reproducida en grabaciones y conciertos. Es una obra que el amante del instrumento conoce casi de memoria en sus indagaciones expresivas y dramáticas. La partitura se presta al camino más fácil para la cautivación del espectador. Aimard sin embargo consiguió ofrecernos una lectura muy personal desde la sinceridad, en una ejecución no exenta de pequeños defectos y notas en falso, pero interpretada desde una visión madura y global de la obra, más o menos atractiva, pero definitivamente convincente. Dubitativo en las primeras variaciones, su lectura se fue haciendo progresivamente segura. Aimard es tremendamente contenido, pero desde esa contención desgrana con absoluta pulcritud la pasión desbocada que esconde la obra. Pasión contenida, y sin embargo contundente, exenta de efectismos e imposturas, que en un trepidante y lúcido final dejaba a más de un espectador sin aliento. Y es que la sinceridad de la interpretación es la piedra base para que pueda tener sentido el solista, su trabajo y la inclusión de obras como esta, tan conocidas ya, en salas de concierto.
En la segunda parte, Aimard nos regaló su versión de referencia de una obra de la que con indudable seguridad es el mejor intérprete. Una partitura poco conocida para mí, los "Vingt regards sur l'Enfant-Jesus" de Olivier Messiaen. Una obra compleja y que no había acaparado antes mi atención, seguramente por su inspiración religiosa, pero que ayer, en las manos del discípulo casi directo de su creador, produjo una extraña revelación en mí. Un misticismo y un ejercicio de indagación rítmico y conceptual fuera de toda duda, que necesité abordar apartado de las imágenes del fresco programático al que corresponden (y que sinceramente encuentro ñoño y cursilón).
La lucidez de este intérprete alcanzó aquí cotas de verdadero virtuosismo interpretativo. De nuevo nos asombró con una contundencia arrolladora, visionaria, rotundamente nítida. Esta vez, además, acompañada de una ejecución implacable y sin fisuras, rayando una perfección sobrehumana. El engranaje oculto de esta obra, llena de cromatismos tímbricos cuasi impresionistas y propuestas rítmicas desconcertantes se nos reveló simple en sus manos, como nacida con naturalidad, en un ejercicio que de nuevo no pretendió impostura ni manierismo alguno.
Fue un final casi rozando el cielo de la interpretación y de la hondura expresivas, que dejo un auditorio absolutamente desconcertado de placer. Bien le recompensó el público al francés, con abundantes y expresivos vítores que él pareció acoger con gratitud, desde su tímida pose de músico de otro planeta. Seguramente lo es. Al menos, ayer lo fue.
22 de noviembre de 2006
Música en conserva.
Ayer pasó por Madrid el pianista de origen indio Christian Zacharias, dentro del ciclo de grandes intérpretes del Auditorio Nacional. El programa escogido recorría algunas de las vértebras más significativas del repertorio romántico. A pesar de los vítores (la gente, como siempre, aplaude a los nombres más que al trabajo real de interpretación realizado y este señor, reconozcámoslo, tiene un nombre) la velada resultó de lo más sosa y aburrida. Comenzar con una de las piezas clave del opus de Schumann, como son sus escenas para niños op 15, no es precisamente hacerlo discretamente. Y sin embargo, Christian consiguió deshacer ese encantador mosaico de poesía y ensoñaciones, y reducirlo a simples melodías tocadas en un (sinceramente) aburrido y engolado estilo. Nunca me gustó la música enlatada, ligera y lista para saborear. La música de Shumann exige sin duda más carácter poético, más inflexiones y matices que indaguen hasta la raíz de esa poesía hecha música, de las inmensas posibilidades expresivas de esta partitura que camina entre el juego y la ternura, el olvido y la inocencia, pero siempre por esas delgadas cuerdas del prisma de la melancolía. Lo mejor de la noche sin duda vino con la segunda obra, una de las sonatas primerizas de Beethoven, la número 4,.en la que supo encontrar acentos dramáticos y ritmos algo más inquietantes que en el resto de la noche. El tono romántico indudable de esta sonata que, sin embargo, aún arrastra el peso del formalismo clásico quizá sea el marco perfecto para que Zacharias se suelte y dé algo más de rienda suelta a su capacidad expresiva mientras la disciplina del pentagrama lo mantiene sujeto sobre las notas.
Mantenía la esperanza de que mi impresión fuera el resultado de una mala noche que podía aún recuperarse con Schubert, pero no fue así. Zacharias simplemente no está hecho para este repertorio. La penúltima de las sonatas del alemán ( D 959) es una de las más grandes composiciones pianísticas de todos los tiempos. Pero ciertamente precisa de una gran perspectiva y madurez para su interpretación. Como en otras de las composiciones últimas de Schubert, éste nos induce a acompañarle en un viaje interior que disecciona la existencia entre nieblas y oscuridades. La continua alteración de ritmos, humores, notas dominantes y melodías, estructuran un viaje lleno de luces y sombras, pliegues, grietas, belleza y misterio, abismo y vértigos... Las transiciones no pueden suavizarse. No pueden aclararse las sombras. Tampoco tornarse amables los precipicios. Zacharias, sin embargo, apuesta por una visión modulada en torno a la musicalidad, a la cristalinidad del sonido, limando con desatino las innumerables aristas que pueblan la partitura, dándoles una uniformidad que no tienen, negándoles el carácter de introspección humana que pretenden ser, evitando el acento dramático que salpica la obra en obligado contraste con los pasajes de dulzura. Su uso del pedal para suavizar los tránsitos, para disfrazar, casi esconder, esos maravillosos silencios (en los que se roza extraordinariamente la nada) que nos asaltan en esta partitura, terminan resultando hasta insultantes. El resultado pasó por aburrido y sofocante. Una pena ante semejante obra. Me dieron ganas de salirme de la sala, pero uno aún guarda respeto por el trabajo de los músicos. A este chico le hace falta revisar lecturas básicas de esta partitura, como las de Brendel, Pires, Horowitz o Planès, por orientarle en un abanico de muy diferentes posibilidades de interpretación, todas grandiosas. Sin olvidar el magnífico Schubert que se ha oído este año en el Auditorio de la mano de Richard Goode o Leif-Ove Andsnes. No, definitivamente la música enlatada con etiqueta de diseño y contenido standard no es lo mío.

