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14 de noviembre de 2012

Recuperando.

Recupero hoy aquí el único relato mío que ha visto la luz en una revista literaria, de la mano de mi amigo Un Extraño en MD.
Aunque el texto está en alguna entrada anterior de este blog, hace años ya, publico de nuevo la versión corregida que apareció en la revista literaria alex_lootz, hoy lamentablemente desaparecida.

Gracias, Iñaki, como siempre, por tus ánimos con mis escarceos literarios.



DULCE ANESTESIA



Carmen saca un poco la mano fuera de la ventanilla del coche para dejar correr la brisa entre sus dedos. Necesita aire. También su vida necesita aire nuevo, fresco, que renueve muchas cosas. Mientras Pedro conduce hacia la sierra, ambos son conscientes de que planificar un viaje para crear un punto de inflexión en la monotonía de su relación les impone también una exigencia que ninguno de los dos sabe si estará dispuesto a asumir. Por eso ambos callan. Callan y dejan pasar el paisaje casi sin mirar, ensimismados en sus pensamientos, como hacen a diario, pasando de largo por los paisajes de su día a día. Carmen, cansada de esperar que Pedro se implique mas en la relación, cada día se centra mas en su clase de Pilates, en su grupo de amigas cinéfilas y en Mario, con el que ha vuelto a tener hace poco un par de escarceos. Pedro, aburrido de la vida domestica, hace cada vez más horas extras para poder evadirse de casa, porque le asfixia estar toda la tarde con Carmen, planificando la compra o haciendo planes para esa interminable obra de reforma en la cocina. Así, cuando están juntos y no hay mas actividades a las que enfrentarse, terminan cada uno en un sillón, con un libro en la mano, o viendo la televisión, mirando a veces de soslayo al otro, pero incapaces de dirigirse ya una palabra que implique comunicación. Tal y como ahora se miran, de manera esquiva, evitándose en el fondo. Evitando palabras, evitando preguntas difíciles.

Carmen pone música, y Pedro se alegra, porque justo tenía ganas de escuchar esas canciones en ese momento. Y Carmen sonríe. Los arboles parecen dibujar la música a ambos lados de la autopista, y ambos piensan, con sinceridad, que su relación siempre tuvo algo de especial, de esa magia del azar que desde que se conocieron les persigue y les hace pasar buenos momentos, de esos que no comparten con nadie mas. Momentos que lamentablemente olvidan en su día a día, pero que en el fondo les cuesta poco recuperar.

Cuando llegan al hotel, uno de esos nuevos hoteles de diseño construidos en ciudades de provincia, ambos salen eufóricos del coche, animados por el impulso de la música. Y se dirigen a la recepción, con el pensamiento de que ese inicio sin dudas les va a deparar resultados muy especiales. Cuando el recepcionista les entrega la llave, Carmen repara en que Pedro lleva varios segundos con su mirada detenida en el botones. Ella también se fija, con cierta curiosidad. El chico no esta nada mal, y el uniforme atrevido y vanguardista que lleva, seguramente diseñado por algún modista conocido, le sienta a la perfección. Suben a su habitación en el cuarto piso. El ascensor es lo suficientemente grande para que nadie dude de que caben los tres, pero adecuadamente pequeño para que la estrechez de las distancias cree cierta sensación de ruptura de la intimidad.  En el, la sonrisa del chico se ha clavado incisivamente en retinas y espejos. Carmen se siente a gusto. Pedro también.

La habitación es preciosa, y Carmen siente nada mas entrar unas ganas enormes de usar el baño, cosa que hace con la rapidez y la curiosidad de una niña traviesa. Si, realmente el baño es el mejor rincón de la habitación. De curvas provocadoras y colores tenues, esta equipada con sales y velas, y resulta ideal para tomar un baño caliente. Así que antes de volver al dormitorio para buscar su bolsa de aseo, Carmen se preocupa de dejar abierto el grifo a una temperatura tibia, casi caliente.

Pedro ha desaparecido, y cuando se acerca a la puerta a mirar en el pasillo, casi se tropieza con el, que entra de nuevo en la habitación.

- La propina, nos habíamos olvidado de la propina-

Pero Carmen solo piensa en el baño caliente de sales que les espera. Sin dudarlo, se desnuda en un instante, y corre a la bañera sinuosa, en la que ya se levanta con abundancia la perfumada espuma. Dentro de esa bañera todo parece diferente. La luz, las miradas, incluso las palabras de uno y otro tienen un eco distinto. Ambos creen que el viaje si comienza a producir un cierto efecto de cambio en los dos. Y así, su particular teoría del azar comienza a desplegarse. Saben que cuando están de buen humor, la suerte siempre les favorece, y todo les sale bien. Y el fin de semana, con cierta complicidad, empieza a sonreírles...  Llegan a los monumentos en las horas de menor afluencia, escogen restaurantes especiales, encuentran a gente interesante en los bares, se sienten ocurrentes y predispuestos a sentir lo desconocido sin barreras, se llenan poco a poco de una sensación creciente de que la vida puede ser algo nuevo a cada instante, sintiéndose unidos por vivirlo juntos.

La noche del sábado deciden salir de copas y a bailar un poco. Hace tiempo que pasan los sábados en casa viendo cine o cenando con amigos, pero volviendo a casa siempre antes de las dos. Planear algo en el fondo tan banal les llena de ilusión, como si con ello rompieran esas reglas invisibles que sin querer se han impuesto. Mientras Carmen se arregla con esmero, Pedro rompe la etiqueta de su nueva camiseta de diseño, con la que esta francamente muy atractivo. Ambos vuelven a sentir de repente esas ganas de noche que no tenían desde la adolescencia.

La vida nocturna parece animada y los locales cuidados y con música bastante interesante... Con cierta sensación de novedad que la situación les provoca, entran en un local que Pedro comenta que le han recomendado en el hotel. Es ciertamente agradable. Pedro se dirige a la barra a pedir un par de gin-tonics mientras Carmen acude al baño, al tiempo que suena el último éxito de su grupo favorito. Al regreso, encuentra a Pedro hablando con alguien en la barra. No puede ser, piensa, ¡si es el botones de ayer! Supone que ha reconocido a Pedro y han comenzado a hablar.

-Mira Carmen, me he encontrado aquí a... ¿cómo te llamas?, disculpa, no nos hemos presentado-
-Jaime, me llamo Jaime-

Y Jaime resulta ser esa compañía perfecta que la noche requería. Estudiante de Filología en último año de carrera, se gana un sueldo extra haciendo horas en el hotel. Su conversación es agradable, casi tanto como su físico generoso y perfilado, de músculos curvos y geometría más que deseable. A lo que añadir un rostro mediterráneo muy atractivo, con una de esas sonrisas que provocan sin querer. Pero de el emana una fuerza especial, una capacidad de empatizar que en seguida les hace sentir cómplices. En un par de horas, tras varios gin-tonics más, ya se han hecho inseparables. Se dejan llevar de un bar a otro, parándose en las plazas de piedra de la ciudad vieja, y han hecho planes de viajes, de proyectos comunes y de escapadas de Jaime a las noches de Madrid con ellos. Carmen se siente libre, desprendida de todas sus obligaciones desagradables. Como si su viaje hubiera sido al otro lado del planeta, como si llevaran ya semanas y semanas de ruta, Pedro también se siente lejos de Madrid. Y se siente extraño, comprobando con sorpresa que por primera vez su atracción por un hombre no encuentra barreras ni busca esquinas en las que esconderse. Ha dudado mucho antes de dirigirle la palabra en el local, pero desde que lo vio en el hotel lo lleva incrustado en el pensamiento. Con aquella propina en el pasillo, sus miradas se habían cruzado con cierto deseo, y el, con un arrojo poco común en su comportamiento, le había pedido recomendación de algún sitio agradable donde tomar una copa. Y allí estaba. Le ha rozado ya un par de veces en la mejilla, y otra le ha tomado por la cintura, una cintura que ha comprobado tibia y acogedora. No le importa que Carmen le observe. Siente también en sus ojos cierta excitación. Indudablemente, Carmen debe sentirse atraída por Jaime. De hecho, le ha pasado ya la mano por la cadera y se ha detenido, sintiendo la blandura de su carne bajo la palma, mirando fijamente a Pedro, como buscando su aprobación. Carmen siempre ha sabido que a Pedro también le gustaban los chicos. No esta segura de que tenga relaciones con otros hombre, y tampoco ha osado sacar el tema. ¡Las tardes se pasan tantas veces sin hablar de nada realmente importante! Ella siempre evita hacerse a la idea. Siempre destierra de la cabeza imaginar una escena en la que Pedro tenga sexo con otro chico. Pero ahora que ve su atracción por Jaime, ahora que siente como coquetea con el, descubre que no le importa, que no le hace daño. Es mas, se siente cómplice en su competición por atraer su atención.

Los gin-tonics siguen su curso, continuos en su destello azulado sobre las barras por las que van pasando, bajando por las gargantas al ritmo de las músicas que les van habitando la noche. Mientras, las miradas se cruzan y se enredan entre los tres, como también sus manos han empezado a cruzarse y, poco a poco, detienen mas los segundos que mantienen el contacto, ese roce divino de la piel que comienza a despertar un deseo creciente. La ginebra sigue durmiendo sus prejuicios, al tiempo que sutilmente despierta esas libidos oscuras que descansan en rincones insospechados.

Al cierre del ultimo local, ninguno de los tres sabría decir como, pero sus pasos se dirigen hacia el hotel, llevados por una inconsciencia que parece no tener voluntad, pero que el agudo deseo mueve certeramente. Ninguno habla, todos se miran intensamente. Como si todo hubiera sido premeditado, entran los tres en el Hotel y suben a la habitación. La voluntad parece no tener dudas, y ninguno se atreve a decir nada, como con miedo de romper el camino tórrido de sus pasos. Silencio a pesar de lo inusual de la situación. Y entonces, como si hubiese mediado un escrupuloso guion en el desarrollo de sus actos, los tres se dejan caer en la cama abrasados de deseo, y se arrancan la ropa con avidez. Los besos derraman la amargura del alcohol en las bocas de todos, y las lenguas, al cruzarse, al enredarse, saborean el mismo zumo, la misma necesidad de sexo. Pedro abraza a Jaime y lo acaricia con una pasión que Carmen desconoce. Pero lejos de asustarla, le excita mucho. Les observa durante largos minutos en los que se masturba lentamente, desbordando de imágenes su fantasía, respirando profundamente mientras se acerca con una mano y toma ambos sexos con ella. Jaime la abraza y la posee, y Pedro les mira, excitado también, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo desnudo de verdad, y libre, inmensamente libre. Y se acerca a ellos enredándose entre sus sexos. Y se quedan así durante muchos minutos, convertidos en piel y deseo, sintiendo la excitación crecer, manteniendo el clímax durante un larguísimo éxtasis que colman tres orgasmos incontenibles, abundantes, ruidosos, como un océano de agua azul oscura... Y así quedan, enmarañados sobre la cama, con las manos aun pendientes de caricias lentas que se desplazan por muslos y caderas. Cayendo con lentitud en un sueno espeso y dulce, arropados por el calor de las pieles ajenas.

Al despertar, sienten el fresco de la mañana sobre sus espaldas. Jaime ya se ha vestido, y esta peinándose en el lavabo. Debe hacer turno de mañana y ya es la hora. Les sonríe por ultima vez y les deja su numero de móvil escrito en un papel. Se despide con un beso en el aire y sale con sigilo. Pedro y Carmen se miran. Sienten algo roto entre sus miradas. Pedro vuelve a sentirse desnudo, pero ahora ya no le gusta. Carmen desvía la mirada y se apresura a ir al baño. Durante la mañana, ninguno de los dos dice nada. Carmen es la primera en hablar.

-Si nos volvemos ya, no pillaremos atasco-
-

Y vuelven ambos al silencio. Entran despacio en el coche y se hunden en una sordina de la que no querrían despertar jamás. Ninguno quiere pensar en lo que ha pasado. Ambos saben que nunca mas lo van a hablar. Pedro, embriagado aun por el olor de Jaime, decide enterrarlo lentamente en su intimidad mas secreta mientras observa la carretera que se extiende delante de él. Áspera, descendiendo por la montana, como descienden poco a poco sus deseos, sus sensaciones de la noche. Piensa en la semana, en lo cómodo de la jornada laboral, en las agendas que esperan en la oficina, programadas de antemano, sin posibilidad de cambios, sin opción a la duda, al que hacer. Saborea ya el despertar del lunes, y su planificación semanal, fácil, sin complicaciones. Carmen mira los arboles del camino. Pasan rápidos y en seguida quedan atrás. En cada uno imagina una de las caricias de la noche anterior, una de las imágenes que aun conserva su retina, que también van quedando atrás poco a poco. El ronroneo del coche le trae sueno, y unas ganas enormes de volver a la monotonía, a las clases de Pilates, a quedar con Mario el martes a la salida de su oficina, o a volver a mirar aquellos muebles color beige que tanto le gustaron para la cocina. Piensa en el lunes, sana y salva mientras toma la ducha antes de partir para la oficina, y se deja invadir por esa dulce anestesia de la disciplina... Si, es eso lo que necesitan, piensa. Y cierra los ojos.

Sobre la mesilla del hotel, ninguno se ha atrevido a coger la nota con el teléfono de Jaime.

3 de julio de 2009

Pasión desde la pasión.


Nos confiesa Annie Liebovitz que es así, tal como aparece en esta foto, como le gusta recordar a Susan Sontag, la que fue su compañera durante 16 años en una relación que sorprendentemente nunca terminaron de confesar como sentimental.
Recortada, casi superpuesta sobre los bordes caprichosos del desfiladero, la minúscula imagen detenida de Susan, de espaldas, permanece absorta ante la magnitud del capricho fabuloso de los edificios de la ciudad de Petra, que surgen como espejismos, entre oníricos e imposibles. La instantánea es de una privacidad salvaje, si pensamos bien, pues nos hace penetrar directamente en el universo de la escritora americana, alter ego de uno de sus grandes protagonistas, Sir William Hamilton, apasionados ambos y llenos de una curiosidad y una avidez inmensa por el arte, por la belleza y por lo desconocido. Un juego de espejos en el que, como ocurría en el bellísimo Amante del Volcán, se nos confunde la mirada entre la pasión misma, y la mirada apasionada que la contempla. Annie Liebovitz ejerce de testigo apasionado de la pasión de la mirada curiosa, infinita de belleza y de conocimiento, de Susan Sontag.

Es un ejemplo bien ilustrado de la imprescindible muestra que la americana nos deja este año en PhotoEspaña. En ella, la fotógrafa se nos desnuda con un collage tan sólo aparentemente desordenado en el que vida privada, viajes, memoria y trabajos profesionales reconstruyen a modo de un impresionante puzzle un retrato de sí misma. En él tienen cabida desde sus trabajos para Vanity Fair o Rolling Stones, hasta fotos familiares y retratos de amigos, pasando por fotografía más comprometida o innumerables instantáneas de paisajes tomados en sus viajes, todo ello en los más dispares formatos y tamaño que se conjugan también sin aparente criterio. Entre ellas, casi sempiternas, los retratos de su padre o de Susan en sus últimos periodos de vida, cercanos ya a la muerte, en viajes a Venecia o a Long Beach, y en situaciones domésticas casi íntimas, como evidenciando ser auténtica médula del paso de Annie por el mundo. Muerte que se enlaza a la vida de manera necesaria a través de las fotos llenas de vida y esperanza de sus hijas, ya en el nuevo milenio. Su trabajo es abrumador y nos alcanza sobre todo por la sinceridad y honestidad que consigue en sus retratos, con una finísima capacidad para llegar a la esencia de los personajes y a la emoción misma que transportan. Su técnica tiene mucho que ver con una composición absolutamente impregnada de los grandes retratistas de la historia de la pintura. Su clasicismo y su limpieza son evidentes a la hora de componer espacios y miradas como si de un cuadro de Wermeer, Velázquez o Goya se tratase. Su mirada parte también de una absoluta pasión por la fotografía en sí, lo cual combinado por su incisiva capacidad para desnudar a sus modelos con una humanidad generosa y llena de asombro, nos ofrece un singular testimonio de vida, de humanidad, de pasión y de belleza que sin duda sobrecogerá a quien se acerque a observarla, hasta el 6 de septiembre, en la Consejería de las Artes de la Comunidad de Madrid, Alcalá 31. No os la perdáis.

25 de marzo de 2008

La electrididad del alma.






Siempre he defendido el Amor con mayúsculas, el que no entiende de deseos porque es Deseo, ni de posesión, porque posee sin voluntad. El que se reconoce lleno de pudor y de valentía pues no teme a la verdad, pero reconoce la fragilidad de su piel.
Amor cantado desde el pasado, porque nada ha cambiado, repetido en el presente, y continuamente moviendo el hilo de los dedos y de las palabras a lo largo del tiempo, habitando el descuido de una tarde, la grieta sincera de una amistad o el precipicio oscuro de las miradas que encajan como el aire entre las ramas.
Amor sin paredes, amor solidario e inevitable, amor cuando menos te lo esperas, amor desde todas las palabras, amor sin definir, amor en todos los que me llegan, amor voluptuoso, amor desde la oscuridad de la razón, amor procaz, amor en ti que me asaltas en tus silencios de mediodía.
El tormento dulce del que habla Monteverdi, herida inevitable que atraviesa la existencia y la ilumina para siempre, que detiene el tiempo y define la belleza.

Como un ejército de extraterrestres anclados en el olvido de ser, reconocidos entre las palabras, en los huecos de lo que no ocurre, en la electricidad del alma, te reconozco de mi misma raza y me uno secretamente a ti, portador del sueño que me turba y del que me libera. Y no te lo susurro porque no es necesario. Llevamos la mirada en la sangre y hacemos que el aire tiemble y se vuelva sólido, como la soledad de las abejas que zumban, como el agua torrencial que se deshace en la roca, como la nube que no respira mientras atraviesa el cielo.
Algún día, ese castillo de soldados extraños vendrá a poner paz a mi agitado corazón. Ese día, no hará falta que os diga nada más.

18 de marzo de 2008

Jacqueline Du Pré


Nunca he sido mitómano, a pesar de que los nombres de algunos artistas me han marcado profundamente. Es el caso de la violonchelista británica Jacqueline Du Pré, de la que he hablado aquí en alguna ocasión. Su figura está siendo revisada estos días en un ciclo que programa el Caixafórum de Madrid, en el que se proyectan las cinco películas documentales que el realizador y amigo suyo Christopher Nupen hizo sobre ella. El ciclo comenzó con una conmovedora conferencia que él mismo impartió en un bastante correcto castellano. Su cercanía personal a esta artista (recuerda él emocionado cómo le sostenía la mano en el momento de morir) le hace hablar con gran pasión de ella, pero su discurso no es sólo emotivo y nos transmitió un retrato de ella y del origen y el valor de estas películas que fue bastante interesante y objetivo.

Jacqueline Du Pré es una de esas figuras de la música que están quizá excesivamente rodeadas de mito y leyenda. Por resumir, para quienes no la conozcan, su carrera fue meteórica desde los 16 años que ya debutó en una de las grandes salas de concierto de Londres. Su talento y la desatada pasión con la que interpretaba la catapultaron a una fama que su matrimonio con el entonces también emergente pianista y director de orquesta Daniel Baremboim contribuyó a rodear de morbo. Su talento era realmente excepcional y todos los que la conocieron coinciden en señalar su inmensa musicalidad y su don para transmitir con pasmosa facilidad sus visiones de la música. También coinciden todos en destacar sus valores humanos, su energía vital, la musicalidad que la rodeaba en todo lo que hacía, así como su gran generosidad.
Las películas de Nupen (nos contaba él) así lo demuestran. La gran aportación del director es haber tenido la suerte de conocerla y ser consciente de su talento en un momento en el que el desarrollo tecnológico (fundamentalmente la aparición de nuevas cámaras de 10mm insonoras, que permitían la filmación en directo y en distancias cortas sin perturbar la música) le permitió un nuevo concepto de cine musical, capaz de acercarse a la interpretación desde ángulos tan próximos que desvelan a través de gestos y miradas las intenciones interpretativas de los músicos de una manera muy eficaz. Él, además, tuvo la ocurrencia de filmar a Jacqueline y todo el grupo de jóvenes músicos y amigos que tocaban en esa época (finales de los 60) con ella (ahora todos ellos músicos de primera fila como Baremboim, Zubin Metha, Pinchas Zukerman o Itzhak Perlman) en escenas de la intimidad del backstage. Hoy en día ese tipo de imágenes están más que explotadas en innumerables programas de televisión, pero en aquella época constituía toda una nueva forma de aportar otra visión a transmitir la esencia de los interpretes. Las imágenes de este tipo que Nupen filmó nos muestran a una Jaqueline de una perturbadora sonrisa llena de una energía y vitalidad arrolladoras. Las mismas que volcaba en la música. La expresividad de sus gestos era evidente y transparentaba de tal manera sus emociones que realmente se puede decir que el espectador se pierde mucho de lo que ella es si sólo se queda en la escucha de sus grabaciones. Nupen habló de la importancia de la imagen en la música como elemento fundamental de comprensión de la esencia interpretativa. Sus películas son incisivas en mostrar primerísmos planos de las manos, de los gestos, de las miradas, con una inspiración realmente asombrosa.

La técnica y personalidad músical de Jacqueline Du Pré son indudables, así como su precocidad, su talento artístico y su talla humana. No hay manera de explicar la madurez y profundidad que alcanzan sus interpretaciones, realizadas a una edad muy temprana (entre los 15 y los 28 años) en la que la mayoría de los músicos son meros estudiantes. La naturaleza nos brinda de vez en cuando estos misterios. Su interpretación más recordada es la del concierto de chelo del músico inglés Edward Elgar. No hay duda que Jacqueline Du Pré ha transformado no sólo la forma de interpretar esta partitura, sino que la ha hecho universal. Es increíble cómo una adolescente de tan solo 20 años (edad a la que grabó el concierto) pudo ser capaz de entender la oscura melancolía otoñal de esta página y mostrarla al mundo como nadie antes lo había hecho.

Al igual que una macabra alegoría, la vida de esta interprete excepcional se truncó a los 28 años cuando le fue diagnosticada esclerosis múltiple, una enfermedad que produce un deterioro progresivo del sistema nervioso central . Toda una triste metáfora de la existencia. Su vida dedicada a la música no se terminó y ella siguió grabando hasta los últimos periodos de actividad -intermitente- que le dejó la esclerosis, colaborando como narradora en grabaciones de otros, y enseñando hasta prácticamente su muerte, en 1987. La enfermedad, sin embargo, la postró en una silla de ruedas y le impidió volver a tocar a partir del año 71. Profundamente crítica con su trabajo, nunca dejó de escuchar sus grabaciones y películas, lo cual le tormentaba profundamente pues era una de esas personas que necesitaban tocar música como forma de expresión vital, como oxígeno para vivir. Las imágenes de alguna entrevista realizada al final de su vida, en momentos en los que la enfermedad le permitió una cierta normalidad para poder hablar y mover las manos sin demasiada dificultad nos muestran una desoladora Jacqueline que sin embargo no pierde esa sonrisa suya llena de vida.

Quiero dejar aquí mi homenaje particular a esta violonchelista que tanto ha marcado mi forma de sentir la música. Alguien verdaderamente excepcional e irrepetible.
Aún recuerdo la primera vez que la escuché, por casualidad, en la radio. Su especial forma de tocar era y es inigualable. Una vez la has escuchado sabes que nunca podrás oír tocar a nadie como ella. No sólo por la arrebatada pasión con la que interpreta (dinamita pura que quemaba literalmente los micrófonos de los estudios de grabación) sino también por el timbre personalísimo que conseguía del instrumento, que yo personalmente no he vuelto a escuchar a ningún otro chelista. Os animo a comprobarlo.
Destacaría de entre todas sus grabaciones la de las sonatas de Brahms, con Daniel Baremboim, el inigualable concierto de Schumann (su más honda interpretación en mi opinión) o su grabación del concierto de Dvorak, que cuenta con uno de los más tristes finales que se hayan grabado jamás, en el que ella parece presagiar que no volvería a grabar más esa música. Y por supuesto, su obra emblemática, el concierto de Elgar, con cuyo final os dejo. Os recomiendo verlo hasta el final y fijaros en la forma de interpretar, que se le escapa a través de la mirada y del movimiento de su cuerpo.

3 de marzo de 2008

Irremediable y secreta pasión

Por toda esa pasión que corre y vive entre líneas, invisible y prohibida. A veces más posible, a veces menos, pero siempre silenciosa, cautiva, rugiendo en el lugar más común, en el más bello, en el más sórdido. Escondida en medio de palabras que se pronuncian en la noche, entre intencionadas y tímidas, o adheridas a los dedos que se rozan en la tarde, bajo la mirada única de las primeras mariposas.

8 de febrero de 2008

Schubert, Cádiz, y la Felicidad






La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.

5 de septiembre de 2007

Volcanes Subterráneos


Han pasado casi todos los días de verano. Aquellos primeros titubeantes, llenos de imágenes y sol por estrenar sobre la piel. La extrañeza de sentir lo inevitable de la ingravidez con la que dejamos la rutina despacio, casi como si nos costase despegarnos de ella. Y se va haciendo más leve, casi imperceptible. Hasta que caminar desnudo se convierte en algo que no se percibe apenas. Ir aligerando el peso de nuestra ropa, tomar conciencia de la voluptuosidad propia. Ir contando noches que son las más cortas del año, pero que se alargan hasta el alba, ebrios de vida y ebrios de olores y de cuerpos que se entregan... Miradas que se acumulan en una tarde que no se extingue jamás. Deseos que brotan y caen como en cascada, errando su camino o lamiendo con furia los dedos amados. Minutos que no existen, interminables silencios de sol y de grillos en la noche. Cielos que se desploman sobre el estómago, y nubes de distancia que no encuentran palabras para salir...
Y ahora, cuando ya casi comienza la inevitable cuenta atrás, la curva de los días dibuja poco a poco el tono casi otoñal de algunas tardes y la ceguera súbita del hedonismo se va durmiendo entre nuestros cabellos, como si en su reino de piedras agostadas ya lo hubiesen olvidado, sustituido por nuevos e impecables libros de texto que hay que escoger y forrar cuidadosamente, con ese olor penetrante del plástico que los envolverá.
Es un secreto que día a día el vientre se llenó de aire sin sonido, de árboles que crecieron sin control, arañándolo todo, de ríos de palabras que caían unas sobre otras, ensartadas en las ramas frescas del recuerdo, de noches erradas sin aquel aliento que no olvidan mis sentidos, de espinas que me cosquillean, pero que no existen. Todas han ido trayendo este silencio en mis manos, y en mi habitual exceso... Falta virtual de inspiración, lo he llamado.
Fin de agosto, principio de septiembre. Nuevas hojas y sueños que sumar, aunque dentro todo sea confusión de lava que permanece callada, pero que va a terminar huyendo como el viento, abrasando todo aquello que alcance, quebrándose el metal candente en los oídos, crepitando el fuego infinito sobre los párpados, con la única mirada cómplice de las salamandras, que siempre lo supieron todo. Antes de que te traiga el viento, el volcán ha comenzado a hablar...

28 de agosto de 2007

De lo diminuto



Albergamos un reino de lo diminuto, de lo imperceptible. Un reino acorde con las múltiples dimensiones de la Naturaleza y del Universo. En el fondo, la dimensión es una cuestión de escalas. Átomo, Planeta, Molécula, Galaxia. Y entre ellos, un sinfín de equivalentes que conforman realidades sobrepuestas en cada momento. Si miramos con atención, hasta descubrimos cómo dentro de cada uno de nosotros existen también diferentes dimensiones. No sólo al observar la física naturaleza de nuestro cuerpo (que también acumula mundos que se hacen minúsculas partes de otro) sino también cuando observamos nuestra capacidad de sentir y de percibir la realidad. La teoría de las diferentes escalas también puede aplicarse a todo eso que sucede dentro de cada uno. Y así, junto al deseo y el temblor, perdido entre la cotidiana seguridad de lo que sentimos porque ocupa un gran espacio de acuerdo a la capacidad de nuestros sentidos, existe otra realidad de pálpitos diminutos, imperceptibles por su silencio, que no llegamos a escuchar, como si estuviesen en una de esas frecuencias que el oído humano es incapaz de descubrir. En su dimensión, se relacionan con otras pequeñísimas sensaciones que pasan inadvertidas. Visiones fugaces de las que no somos conscientes, miradas instantáneas en seguida olvidadas, eco de ardores intensísimos que, sin embargo, no somos capaces de adivinar, recuerdos sólo aparentemente olvidados, diminutas palabras que se filtran en la dimensión de lo que asimilamos, pero que aún así, etiquetamos como inocuas.
Conforman toda una legión de alfileres rojos sobre la que duermen los sentidos... Pero bajo ellos, oculto a la realidad aparente, existe otra forma de existir, independiente, una isla lejana en la que la piel recuerda sus otros universos, todos aquellos mundos que no suceden allí, pero aquí hierven, en su diminuta escala, sobre los sueños que, a su manera, son como reglas que, a veces también, tienen su trompe-l'oeil particular. Ínfimas pero intensas emociones que a veces, sin saber por qué, en la más soleada de las tardes, surgen y nos traspasan, y nos traen la sombra de la confusión y del vértigo. Supongo que son, a su manera, desajustes de escala...

9 de julio de 2007

Palabras y pasión

Las palabras se deshacen en el aire, y en la boca se transforman en pasión que alimenta el alma. O quizá sea la pasión la que las deshace antes de llegar a los labios. Quién sabe. Y es que es la pasión es un concepto que nos huye a la comprensión, y a la explicación...

La pasión, por ejemplo, no es como la energía, pues lo mismo se crea que se destruye... y sólo en algunos casos se transforma. Lo que sí hace es contagiarse. Se contagia a través de las manos, de las miradas, de los gestos, y de las palabras, esas mismas que a veces se deshacen nada más ser pronunciadas, pero que otras, nos llegan como dardos que hacen arder nuestros sentidos.
Dedicada a todos los que últimamente me alimentan con pasión. Pasión de palabras y de miradas, de momentos compartidos y de sonrisas, de complicidades y de abrazos, de preciosos abrazos. Y de besos. Y de piel...
Para ellos, bien saben quiénes son, esta canción. Parole di burro (palabras de mantequilla) de Carmen Consoli. Con un estribillo que bien podría ser un himno a la pasión.


"Cuéntame las historias que te gusta inventar, asústame
cuéntame las nuevas y exaltantes victorias
Conquístame, invéntame
Dame otra identidad
Atúrdeme, desármame, y al final golpea
abrázame y embriágame
de ironía y sensualidad
Abrázame y embriágame
de ironía y sensualidad"



Parole di Burro

Narciso parole di burro
si sciolgono sotto l'alito della passione
Narciso trasparenza e mistero
cospargimi di olio alle mandorle e vanità modellami…

Raccontami le storie che ami inventare spaventami
raccontami le nuove esaltanti vittorie
Conquistami inventami
dammi un'altra identità
stordiscimi disarmami e infine colpisci
abbracciami ed ubriacami
di ironia e sensualità

Narciso parole di burro
nascondono proverbiale egoismo nelle intenzioni
Narciso sublime apparenza
ricoprimi di eleganti premure e sontuosità ispirami.

Raccontami le storie che ami inventare spaventami
raccontami le nuove esaltanti vittorie
Conquistami inventami
dammi un'altra identità
stordiscimi disarmami e infine colpisci
abbracciami ed ubriacami
di ironia e sensualità
abbracciami ed ubriacami di ironia e sensualità

Conquistami