De su pequeña guarida escapó la palabra, que lo llenaba todo, que todo lo contagiaba con sus zapatos azules sobre la acera.
Se hizo grande, inhóspita, Desbaratada. Ignorante de ser de nadie, más grande aún sobre el aire que la medraba sobre las sombras que la nada ahogaba.
Ya no es de nadie, la palabra, sólo de ella, pero la usamos, como si fuera de plata, como si siempre hubiese estado ahí en el pecho encerrada, en las sienes escrita, en el corazón, dibujada.
Donde pongo la vida pongo el fuego de mi pasión volcada y sin salida. Donde tengo el amor, toco la herida. Donde dejo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego vuelvo a empezar, sin vida, otra partida. Perdida la de ayer, la de hoy perdida, no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza. Al siempre va. Mantengo mi postura. Si sale nunca, la esperanza es muerte.
Si sale amor, la primavera avanza. Pero nunca o amor, mi fe segura: jamás o llanto, pero mi fe fuerte.
Ángel González.
Y en la frontera de nunca o amor, el fuego se divide y se multiplica, y se repite desde el fuego en el que pongo la vida, desde la fe segura con la que me arrojo al nunca, desde la postura de la esperanza con la que toco la herida, cada partida, cada perdida, perdida la de ayer, la de hoy perdida. Y no me doy por vencido, y sigo, y juego.
Sin duda uno de los mejores recitales del 2009. El nuevo trabajo del contratenor francés Philippe Jaroussky, acompañado del conjunto Le Cercle de l’Harmonie de Jérémie Rhorer, es un disco indispensable para todo aquel que guste de la ópera con mayúsculas, especialmente recomendado para los amantes del siglo XVIII musical.
Como siempre, Jaroussky es un cantante que levanta pasiones y rechazos con la misma vehemencia. En mi opinión, éstos últimos parten casi siempre de aquellos a los que no termina de convencer la voz de contratenor. En su registro, sin embargo, Jaroussky es un cantante de impecable técnica, y que nunca defrauda en su capacidad dramática y expresiva. Siente la música, y eso se ve cuando le escuchamos cantar en directo (por cierto, que tendremos ocasión de hacerlo próximamente en Madrid, pues participa en el reparto de la próxima producción de L’incoronazione di Poppea de Monteverdi que traerá al Teatro Real de MadridWilliam Christie y Les Arts Florissants, cerrando el ciclo de óperas del compositor italiano que vienen representando en estos años en el escenario madrileño).
Pero en el caso de esta última grabación, hay más razones de peso para hacerse con el CD, ya que el programa está dedicado a recuperar parte del impresionante legado operístico de uno de los músicos más brillantes del siglo XVIII, Johann Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian, aunque siempre eclipsado por él y por sus hermanos mayores. Sin embargo, estamos ante uno de los compositores más apasionantes de todo el siglo de las luces, a camino entre el barroco y el clasicismo, y con una inspiración musical extraordinaria. El recorrido que Jaroussky hace, casi cronológico, por algunas de las mejores arias de sus óperas, se convierte en un viaje apasionante en el que somos conscientes del rico universo musical de Johann Christian Bach, de su sensibilidad extrema para la orquestación, de su depuración, equilibrio y esmerada inspiración melódica. Bach siguió un poco de manera casual la misma historia que Handel, formándose en Alemania pero con un viaje y estancia en Italia que le marca para siempre y le introduce en el mundo de la “dramma per musica” del que ya no escaparía jamás. Como el músico de Halle, Bach también terminó emigrando a Londres y haciéndose célebre en sus teatros con sus óperas italianas. Las arias que encontramos en el compacto, expresivas y brillantes, escritas para castrato, nos sitúan en un mágico momento de transición entre la coloratura barroca y la elegancia y sofisticación del clasicismo. Son, en definitiva, como un caramelo en la boca que no se cansa uno de saborearlo una y otra vez. El pobre Bach terminó sus días en una oscura decadencia provocada por la pérdida de interés del público por el “dramma per musica” (que él no abandonó jamás). Desapareció por tanto antes de haberse podido adaptar a la nueva corriente clasicista que se imponía. Por eso cayó en un olvido desmerecido del que es necesario sacarle. En su día, no obstante, fue conocidísimo y admirado en toda Europa. El propio Mozart lo consideraba uno de los más grandes, y de alguna forma se vio influenciado por él, lo cual nos resulta evidente cuando escuchamos este compacto. En definitiva, un disco obligatorio y necesario, interpretado además con gran talento y entrega.
La Dolce Fiamma.
Cara, la dolce fiamma dell’alma mia tu sei; e negli affetti miei constante ognor sarò
Serena il tuo bel core; il lungo suo rigore il fato già cangiò.
Hay músicas para quedarse a vivir en ellas, para no querer salir nunca, como un refugio a salvo de todo lo que no queremos. En una de las sorpresas discográficas del año que acaba de terminar llega este nuevo refugio, que lo está siendo en las últimas semanas. Refugio y paraíso de lo que pasa sin que nadie lo perciba, sin que el resto del mundo entre a ver qué sucede, girando y girando como siempre, y yo también girando, y haciendo como si fuera yo en el mundo, como siempre, caminando, sonriendo, hablando como si detrás de los párpados todo fuese como desde fuera se percibe. Y yo, sin embargo, dentro, en el torrente de neuronas y de sangre que me conforma, no hago más que nadar en estas notas, para salvarme de la mediocridad, para salvarme del gris y de la inmundicia, sólo borradas brevemente cuando, de repente, detrás de tu retina, veo la luz.
La pasión no se explica ni se entiende. Se contagia al espiarla, cruda, en noches como ésta. Su fiebre perturba cuando la piel se queda a un centímetro, o se espera, tan sólo un segundo más, abrazando un dedo con la yema del tuyo; vaciando de paso mis pulmones a pesar de ser viejos amigos de noches interminables. La pasión se vive en la hoja que cae del aire, en la blancura de una mano sobre la página, en la incrédula fuerza que me desabrocha junto a la nuca, en el olor que llega a la puerta, que nos hace alienígenas recién nacidos a un planeta por estrenar, a una noche por evitar, a las fauces salvajes de la curiosidad, a un hilo que se teje sobre el estómago, que cose cicatrices extrañas en la memoria, que continúa aún dormido, entre un aliento y otro, esperando que alguno tire de una vez, para abrir el telón de los lejanos sueños.
No sé desde cuando deben estar batiendo sus alas esas mariposas. En Singapur, o sobre las montañas del Atlas, pero lo hacen con fuerza, con un sonido sordo que a veces siento en el estómago, espeso y pesado, haciendo nudos con las palabras que nacen del aire que respiro, del mismo que respiras tú, ahora, en este coche que rueda despacio en la noche, que alarga lo que puede su destino para que al salir tú no entre de pronto esa ausencia fría que viajará conmigo de camino a casa y me borrará las luces de las farolas que tan intensas se sienten ahora.
Mi propio relato me da vueltas y vueltas, me llega a la sangre que de repente circula mucho más veloz que las ruedas de este coche, con el agitar de las alas blancas de esas mariposas de Singapur. No, no me salen las palabras, se tropiezan en mi pecho, que se ha quedado estrecho, casi sin espacio, y no encuentran la sintáctica adecuada. Las tuyas salen también rebeldes, incontroladas. Y se hace un silencio de esos de coche en la noche, como si el resto del mundo no existiese ya. Pero sí que existe, y de repente te traga en esa calle que hoy me parece más oscura que nunca. Y me deja con un silencio que trato de romper buscando torpemente una emisora que me acompañe de vuelta. Pero no encuentro ninguna. No acelero, no tengo prisa en llegar, no tengo ya prisa en nada. Como temía, las luces de la ciudad casi no brillan ya. Nada es como hace unos minutos. Las palabras, ahora sí, martillean en mis sienes. De repente, casi como un milagro, encuentro en las ondas esa voz que tanto nos hemos cruzado, rotunda, ordenando de nuevo la ciudad, las palabras, las mariposas que observan allá en la distancia, el año que comienza, y la evidencia de algo que me empuja y me llena cada vez más, a ritmo de bolero, y con la respuesta que me llega casi a los labios.
Hace unos días, atravesando las montañas de Córdoba en el tren, camino de casa, quedé sobrecogido por el agua que bajaba torrencialmente por todas las laderas. La cantidad excesiva de lluvia caída en los últimos días no había dejado que la tierra la pudiese asimilar, y torrentes tumultuosos bajaban amenazadores por cualquier pliegue del terreno. Era como si el agua brotase de la misma montaña y, enfurecido, iniciase una carrera en la que la velocidad y la potencia no hiciesen más que aumentar, sin saber hasta dónde. Se me quedó grabada la imagen, algo inquietante, en la retina. Como tantas otras cosas que se quedan prendidas, quién sabe por qué, en la memoria sensorial. Al igual que aquella música que surgió una noche de invierno, fulminante, hace demasiados años ya. Fue una mirada en aquella ocasión, ya no es importante por qué fue ni a causa de quién. Lo importante era la música. Aquellas notas hipnóticas que aún no he sabido descifrar, pero que sé que llegan al final de mí mismo, al centro de mí, a todo lo que soy aún sin saber, a todo lo que temo, a todo lo que deseo y, sin embargo, escondo. Aquella música vuelve de vez en cuando, acompañada de alguien o, simplemente, en un momento de soledad. Sigo sin entenderla, a pesar de sentirla casi mía, a pesar de no poder evitar escucharla una y otra vez, como un mantra, cada vez que cae sobre mí. Como lo harán los torrentes embarrados y salvajes, como lo hará aquel olor o aquella mañana de luz. Sólo que, con estas notas, sólo con ellas, sé que llego al inicio de todo, al núcleo, al nudo mismo del enigma que soy yo, y que temo atravesar, de una vez por todas.
All I really wanted was one night with him, just one night -one hour, even- if only to determine whether I wanted him for another night after that. What I didn't realize was that wanting to test desire is nothing more than a ruse to get what we want without admiting that we want it.
André Aciman (Call me by your name)
Abandona la senda de arena, con tus huellas tú, en la arena nada, salvo las agujas de los pinos.
La rama se deshace al viento, no quiere seguir paralela al mar, con la fuerza de la palma de la mano sobre la piel de la incógnita.
Se hunde el sueño, sobre el tiempo, sobre la puerta erguida, desdibujada, sobre el futuro que borra ya, despacio, el pasado que nunca hubo.
Aria de Horacio, de la zarzuela “Amor aumenta el valor”, de José de Nebra Blasco
Adiós prenda de mi amor que tú lograrás vencer pues mi alma has de temer Y ella te dará valor. Tu esposo pretendí ser, no lo quiso hado traidor con morir, con fallecer, satisfaré tu rigor.
La ducha fría ha deshecho ya el ardor consumado, el sudor huye veloz por el desagüe, los humores regresan tras filtrar en el agua su disfraz.
Retorna la mirada perdida y la normalidad. La sonrisa no huye, se incrusta rebelde sobre las cejas No la doblega ni el hidratante aplicado con ahínco.
El temblor se ha agarrado con fuerza al guante de la tarde, en silencio. Se duerme entre tus dedos, viaja lento, sedado entre las horas, jugando en el olvido, en la desidia y la memoria, camuflada la mentira, la estéril normalidad.
No sabes cuándo, Pero intuyes que el deseo se despega en su cloaca la máscara de sudor y navega afilando su quilla subterránea. En sus colmillos se respira de nuevo tu nuca mojada, tu olvido, tu desidia, tu memoria, tu mentira, tu jodida normalidad.
Aquella era una herida que atravesó el frío hundiéndose en la piel, disolviendo su cicatriz en la sangre, retando insolentemente a su causa, contagiando el futuro como una maldición atávica.
Su pecado fue averiguar que el miedo lo habían inventado otros. Su condena, descubrir que tenían razón. Su existencia lo probaba cada vez que el viento del norte soplaba y sus gargantas se llenaban.
Sin miedo, ya no supo qué hacer, y su vivir se perdió entre pasos frágiles, mirando de soslayo las serpientes. Encarcelado pues, en su propio paraíso.
El calor aún invade la noche y los cuerpos, los tejados arañan la luna allá en lo alto. No quedan demasiadas noches de verano y esta ciudad que lo mismo vibra con el ardor que con el hielo, se vuelca discretamente en las esquinas. El humo y el alcohol se pierden en la oscuridad, la vida muerde los dedos, las bocas, las miradas. No quiero que se termine nunca la noche, no quiero que te termines nunca tú, ni el hilo de palabras que se nos queda sobre los posos. Tiemblan aún los recuerdos, oscuro se cierra el vértigo sobre el pecho, y se desprende la frágil naturaleza, llena de estupor, de olvido, de vida... Ebria de nosotros y de tiempo. Ebrios nosotros de vacío y de futuro.
Secrecy: One charming night Gives more delight, Than a hundred lucky days. Night and I improve the taste, Make the pleasure longer last, A thousand, thousand several ways.
(extracto de "The Fairy Queen" de H. Purcell, basado en textos de "A Midsummer Night's Dream" de W. Shakespeare).
En verano las noches de placer surgen así, repentinamente, sin previo aviso. Quemando la intuición y devorando la mirada. Imprevistamente desabrochadas, hundiéndose en el laberinto que se agota, desordenando el alma a la vez que calmándola, posando la mano suave sobre la balanza vencida.
Noches equívocas de permitida lucidez, llamas bajo la lengua, aliento que se guarda en la memoria y pasos en silencio.
Silencio sobre los pasos, silencio bajo el tambor del pecho. Sábanas limpias y sueños imposibles. Y de nuevo el amanecer, diáfano sobre la frente. Una mañana más, con el acecho de la noche que nos persigue, la pasada, enredada en el capricho la futura, agazapada de nuevo en el calor del verano.
Comienza la estación de la noche, la del deseo y la incógnita, la del olvido y la distancia. Se nos van despegando lentamente las vendas del hábito y el ancla que agarra los apetitos insospechados. Las lunas crecerán más blancas y lechosas, y su influjo lloverá sobre las aceras tibias, invisible a los sonidos de la noche. Y nos atravesará el silencio como una daga en mitad de la metamorfosis, para recordarnos esa piel que tan sólo rozamos una vez, pero que se quedó sumida en la amnesia de nuestros dedos, atada únicamente al perfume aquel que vendrá a despertar, como un milagro inesperado, en el inicio de cualquier noche de sábado, el único soplo que podremos recordar en las largas noches de invierno.
Buscando en la primavera perfecta. Buscando entre sus nubes abultadas. Buscando en el instante de la brisa fresca, aún sin agostar. Buscando a través del tráfico, surcando el anhelo entre los humos y los cuerpos llenos de deseo y de olvido. Buscando entre las pieles que se saludan y se saben recién estrenadas. Buscando en las ramas del sol cegador. Buscando, alcanzado de sonrisas anónimas.
Buscando entre las palabras, sobre las aceras, sobre las esquinas, sobre los iconos, en la tarde diminuta y sola.
Buscando en la memoria que me asalta, en el aliento que me atrapa, en el latido que me alcanza. Buscando, sobre las llamas buscando.
¿Cuáles son los límites del amor anárquico, cuáles los del oscuro objeto de la intención que esquiva lo consciente? ¿Son acaso sus bordes sólidos, o es que se hunden en un imposible continuo? ¿Dónde está el final, dónde se quiebra el hielo alrededor de la botella?
Entre los barrotes amplios de mi morada se escapa el aire en huracanes deshechos, libremente deshechos. Entre ellos, frágiles, cabe mi mano, lo sé. Mis labios también. Sienten el agua del arroyo al otro lado cuando suena, fresca, las tardes de verano, aún sin tocarla. Mis pies alargados siempre se quedan dentro, arrastrándose como serpientes a lo largo del borde, en el vértice mismo de la esquina de la vida. Les gusta sentirse en el margen, descuidados, siempre al acecho del otro lado, siempre escondiéndose del silencio y del hastío.
No saben que el verdadero pozo interminable del deseo está dentro del límite, dentro de la misma cárcel que no evito. Sus más sinceros secretos no están en el más allá que alguna vez pisé (lo confieso) sino en el presente que no es secreto porque nunca nada fue. Discretamente agazapado en lo que nunca podrá siquiera ser inconfesable porque carece de existencia, y ni aún el ansia lo puede construir porque se deshace antes de ser dentro del aliento, antes de ser palabra en el vacío de la memoria oscura, antes mismo de brotar a la no-vida, en el imposible de una mano que casi no toca, de un olor breve sobre la piel del cuello o del roce imperceptible de los átomos de un pantalón y otro antes de pulverizarse en nada y ser borrados con la furia del olvido consciente, antes incluso de abrazar la verdad del presente convenido, como un universo que desaparece detrás de un gesto para no haber existido jamás.
Hay días en los que, que sin saber muy bien por qué, ciertas lecturas, ciertas imágenes o ciertas músicas se hunden hasta el fondo de mí, haciéndome también hundirme a mí con ellas. Y entonces me alejo, me pierdo entre mis propias olas, como bajo los efectos de un narcótico o de la parálisis que provocan los estados de hipnosis. Se abre ante mí todo el universo de millones de minutos acumulados, dormidos entre los pliegues de mi memoria esquiva.
Las razones de estos estados no importan. Será mi extrema sensibilidad ante la belleza de lo humano, o la facilidad con la que la intensidad, el dolor o la incomprensión del pasado son capaces de romper la frágil membrana de mi olvido. Extraña alquimia del alma que me empuja a bucear a través de mis abismos personales, como si de un deporte de riesgo -pero de placer inevitable y adictivo- se tratase.
Casi nadie entiende. Ni mi mutismo, ni la melancolía que emana de mí cuando me ocurre. No es grave, les digo, pero siento que no me creen. Debo continuar, me digo a mí mismo. Llegaré al final, y continuaré. Y no habrá sucedido nada.
Cuando estos estados cristalizan, las historias que de ahí nacen, los pensamientos, las imágenes, las melodías con las que viajo, surcan toda la oscuridad de la que parten y con ellas atravieso los mapas de mi desconocido interior, y desciendo a los valles más recónditos. En mi viaje sumo ejércitos de miradas en las que se funden todo aquello que sucedió y también lo que nunca llegó a suceder. Las lanzas son sueños e imposibles. Los caballos galopan mudos, llenos de soledad. Y las armaduras reflejan en azul recuerdos y deseos. Todo se mezcla y todo se ramifica, y la literatura que brota es como un río al que no puedo dejar de escuchar. Y siento que me alejo más, desde la piel hacia dentro, y que mis ojos se pierden en una tristeza que en realidad es sólo distancia. Distancia que me aleja del mundo y que no puedo evitar, pues ese mundo hipnótico me seduce y me enseña quién soy detrás de todos los pliegues.
El tiempo poco a poco me calma, y la epidermis comienza a respirar de nuevo, retomando la realidad, sedando ese río sobre el que caminan descalzas las palabras, hacia ninguna parte. Así lo hacen, y aunque muchas se pierdan atravesando esa selva oscura que me separa de mí mismo antes de llegar al sol, algunas, muy pocas, llegan, heridas e impuras, hasta el papel.
Siempre por el borde de la calle oscura, Sin mirar, Sin escuchar las flores rotas.
Detrás de las esquinas, Como cuchilla fría, Ese vacío que crece cuando lo escucho.
Impenetrable, Incrustado en las entrañas, Inútil.
Algunas tardes me traen descalza la extrañeza Como un virus, sin tarjeta de visita, Como un contagio casual que no tiene explicación Ni cura que no sea el reposo.
Extraña la tarde azul, Extrañas las nubes cruzando. Extraña hasta tu piel templada, Extraña mi propia sangre.
Y mi vacío que medra Que sin remedio se escapa Y se derrama Sobre los dedos.
Con el sol se pasa, Me digo, Con el sol. Sana, pequeño, sana.
Siempre he defendido el Amor con mayúsculas, el que no entiende de deseos porque es Deseo, ni de posesión, porque posee sin voluntad. El que se reconoce lleno de pudor y de valentía pues no teme a la verdad, pero reconoce la fragilidad de su piel. Amor cantado desde el pasado, porque nada ha cambiado, repetido en el presente, y continuamente moviendo el hilo de los dedos y de las palabras a lo largo del tiempo, habitando el descuido de una tarde, la grieta sincera de una amistad o el precipicio oscuro de las miradas que encajan como el aire entre las ramas. Amor sin paredes, amor solidario e inevitable, amor cuando menos te lo esperas, amor desde todas las palabras, amor sin definir, amor en todos los que me llegan, amor voluptuoso, amor desde la oscuridad de la razón, amor procaz, amor en ti que me asaltas en tus silencios de mediodía. El tormento dulce del que habla Monteverdi, herida inevitable que atraviesa la existencia y la ilumina para siempre, que detiene el tiempo y define la belleza.
Como un ejército de extraterrestres anclados en el olvido de ser, reconocidos entre las palabras, en los huecos de lo que no ocurre, en la electricidad del alma, te reconozco de mi misma raza y me uno secretamente a ti, portador del sueño que me turba y del que me libera. Y no te lo susurro porque no es necesario. Llevamos la mirada en la sangre y hacemos que el aire tiemble y se vuelva sólido, como la soledad de las abejas que zumban, como el agua torrencial que se deshace en la roca, como la nube que no respira mientras atraviesa el cielo. Algún día, ese castillo de soldados extraños vendrá a poner paz a mi agitado corazón. Ese día, no hará falta que os diga nada más.
Me gusta el tránsito de las tardes de febrero, que nunca se escapa sin dejar su imperceptible hendidura sobre las manos. Febrero loco de viento y sombras detrás de la mirada, de noches pisando charcos, de esquinas de vacío, de mar que llega hasta la luna, de secretas primaveras escondidas, de olvidos y reencuentros. Y de pinos. Pinos que arañan entre los minutos de la tarde que pasa al sol de un invierno que a pesar de todo, derrite...