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1 de febrero de 2011

Colpo di fulmine.

(Colpo di fulmine: innamoramento immediato e intenso)

Io sono l'amore, Luca Guadagnino, 2010


No sé qué ha sido lo que me ha atrapado de esta película. Quizá que está muy bien contada, más allá de posibles carencias. Quizá que, a pesar de un tono demasiado épico y grandilocuente, sabe llegar a la médula de la historia de este colpo di fulmine arrebatado e inevitable que nos cuenta con gran sutilidad. Y que lo hace con una mirada, posiblemente criticable, pero inmensamente poderosa.

Como ocurre con la mayoría de las atracciones fatales, el azar más inocente e inesperado enciende de manera inicialmente inapreciable una curiosidad que en un momento dado empieza a rodar y a acelerarse, a ganar pasión, desconcierto y fuerza descomunal, siendo capaz de quebrar todo lo que se interpone en su camino.



La atracción se presenta aquí como lo que es muchas veces: Un vértigo poderoso que nos consume, que nos arrastra sobre todas las cosas. Que destapa de repente todos los vacíos existenciales, las insatisfacciones, los deseos ocultos e invisibles que nunca evidenciamos. Un sentimiento que, en definitiva, es capaz de hacer desmoronar el esqueleto de una vida entera que en realidad lleva muchos años sin funcionar. Un nudo que se va estrechando cada vez más hasta ahogar a la protagonista en su propia existencia.
Y aquí uno puede llegar a preguntarse si es posible que ese sentimiento, abrasador donde los haya, no nazca precisamente como respuesta a una frustración vital acallada durante años. Que el cuerpo y la mente respondan de manera salvaje haciéndonos experimentar lo más intenso que podemos imaginar, como revulsivo a una vida que no funciona, o a una insatisfacción que nos envenena. ¿O verdaderamente la pasión descontrolada de un colpo de fulmine como éste tiene una razón física o química que la sostenga? Seguramente hay un poco de ambas cosas. La pasión no es parangonable, imagino, y cada historia es única, con sus condicionantes y sus razones. Sin embargo no es difícil identificarse en ese tobogán de sentimientos que provoca la pasión de la protagonista. La película lo muestra de una forma sutil, pero carnal y volputuosa, en fusión con una naturaleza excesiva de belleza y esplendor, como lo es el éxtasis al que conduce.



Después viene el vacío, un vacío que comienza casi en sordina pero que después continúa como un ruido que se eleva por encima de todo y de todos, ensordecedor, aniquilante, visceral, simbolizado por una música estridente y desproporcionada, pero que nos conmueve hasta el agudo final. Y ya no hay nada que hacer: el golpe de pasión se transforma en golpe seco que hace desmoronar la familia, los vínculos, las rutinas, los cariños, evidenciando así la inhóspita y frágil naturaleza que los soportaba, a pesar del aparente halo con el que casi nos había cegado al inicio.

Después no hay nada más que contar. La continuación, el futuro, la fortaleza del amor que nace, ya no interesa. Es una historia quizá predestinada a acabar rápido. O no. Pero eso es ya otro cuento, uno que desde ese mismo instante empieza a contar hacia atrás. Y así, tras el estruendo, volvemos de nuevo a un silencio que nos deja mudos, absortos en la idea de un esplendor que no hace más que rondar nuestro propio deseo.

La mirada de Luca Guadagnino es abiertamente efectista, pero no deja de ser personalísima. Por el ángulo con el que nos muestra los espacios, por los silencios y las miradas, que encierran tantas cosas, por una lectura honda del poder de los sentidos, reflejado en un sólo aparente preciosismo que sin embargo oculta todo un universo de sensaciones, por una estética contundente, pero del todo coherente y llena de sentido. Un sentido que intenta provocar algo físico en nosotros, algo que nos evoque, aunque torpemente, el nudo en la garganta, el vacío, el vértigo que se produce en la vida de la protagonista. A mi juicio, lo consigue. Repito, la película tiene carencias, y se puede criticar desde muchos aspectos, pero también, si te dejas llevar, puede conquistarte, hacer que sientas, de repente un intenso y afilado colpo di fulmine hacia ella. Yo, así lo confieso, lo he sentido.

¿Qué opináis de los amores fatales?

19 de octubre de 2010

Como de otro planeta, pero en éste

Claudio Abbado.

La orquesta del Festival de Lucerna sólo ofrece dos o tres conciertos al año fuera del Festival, siempre con Mahler en el programa. Es una orquesta hecha por y para Claudio Abbado, que reúne jóvenes de las mejores orquestas europeas, y consagrados solistas que admiran al director italiano tanto como para ponerse bajo sus órdenes como un músico más. En resumen, un conjunto de ensueño el que hemos tenido la ocasión de escuchar los días 17 y 18 de Octubre pasados en el Auditorio Nacional de Madrid.
Para esta ocasión, Abbado ha escogido la última sinfonía completa del compositor bohemio. Una sinfonía inmensa y compleja, que destila todas las miradas de Mahler y las sublima en un tremendo viaje vital que representa la culminación de toda una etapa de la historia de la música a punto de llegar a su límite y desmoronarse para siempre. La dramática y angustiosa vida del compositor está siempre presente en la partitura melancólica y sombría de esta sinfonía, a pesar de que las incursiones pastoriles, tan propias de su música, también lo están. La sinfonía construye un universo aparentemente desordenado, como en forma de una amalgama que incluye casi todos los humores, pasiones y vicios humanos, desde lo grotesco y vulgar, hasta lo sublime, pasando por la pasión o el humor. Un verdadero retrato no sólo de la experiencia vital de Mahler, sino de toda una sociedad que se agotaba, en un momento, justo antes de las dos guerras mundiales, en el que se encontraba a punto de caer en un abismo de consecuencias insospechadas. La música de Mahler se impone aquí moderna, visionaria, obscenamente humana, en el borde de la ruptura de la tonalidad en muchas ocasiones. Un mundo que se terminaba, un universo que se extinguía. Y así la traduce Abbado, con una soberbia inteligencia, fruto de sus muchos años de peregrinaje mahleriano, de sus reflexiones en torno a la música. Abbado, pese a su edad y a los problemas de salud afortunadamente superados, está en un momento de madurez esplendoroso. No ha perdido la pasión a punto de descontrol con la que desconcertaba al mundo musical en los años 70 e inicios de los 80. Pero ahora su mirada ha ganado en hondura, en sinceridad, en profunda humanidad. Y la orquesta del Festival de Lucerna es el instrumento perfecto para traducirle. Una orquesta que exhibe una perfección que produce estupefacción, pero que al mismo tiempo suena humana y viva, vibrante, llena de vida y de expresividad. En el primer movimiento, el despliegue cromático que exhibieron de la que es una de las páginas sinfónicas más redondas de la historia de la música, fue casi desconcertante. El tiempo justo, los matices adecuados, el tono apropiado: sin estridencias ni efectos, dibujando el poder hipnótico que descansa en la esencia de la partitura. Después, la orquesta se hizo cada vez más y más grande, encajando el complejo mosaico del universo sonoro que imaginó Mahler con una genialidad que no he escuchado antes, destacando cada familia de instrumentos, casi cada instrumento, con identidad propia, pero sin perderse en ese océano sinfónico monumental que es la novena. Los movimientos segundo y tercero resultaron rotundos pero sin efectismos, apasionados y fervientes. La emoción iba creciendo, y con ella la sensación colectiva de que estábamos viviendo un sueño, casi irreal. El adagio final de la novena es una música bellísima y crepuscular, un canto de cisne que impone tras el viaje cósmico por la identidad compleja e irracional de lo humano, su melodía honda, perturbadora, como triunfo de la esencia espiritual del hombre. De un hombre y un mundo al borde del cataclismo de su destrucción. La batuta de Abbado exprime de la orquesta una delicadeza casi religiosa. El final, injustamente trufado de sonidos de móviles, no entorpeció, sin embargo, el éxtasis de un auditorio que dejó de respirar al unísono mientras la música se extinguía poco a poco y las luces, en un efecto hábil y sincero, con ella. Al final, silencio y penumbra. Como parte ineludible del final, de la metamorfosis intelectual, de la caída en el vacío, de la visión fascinante del límite de la realidad. Un silencio impagable que duró varios minutos, tras los cuales los aplausos y vítores llovieron de manera atronadora.
Pocas veces he sentido que asistía a algo tan trascendente, tan efímero a la vez, pero que marcará un antes y un después en la vida como melómano de gran parte de los que asistimos. Algo, como de otro planeta, pero en éste. Algo profunda y sinceramente emocionante. Mi deseo de inmensa gratitud a Claudio Abbado, sin duda el más grande director vivo.

23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

26 de enero de 2010

Zimerman, el cerebro de la pasión.



Es uno de los mejores intérpretes de piano del mundo en este momento. Eso ya lo sabíamos. Estuvo en Madrid hace menos de dos años y ya así lo demostró. Ayer regresó, para interpretar a su más internacional compatriota en una de las tardes más intensas que recuerdo en el ciclo de Grandes Intérpretes del Auditorio Nacional. Y es que cuando Krystian Zimerman interpreta Chopin se convierte en un gigantesco músico, en uno de los mejores traductores del polaco que ha dado la historia, seguramente.

La música de Chopin siempre ha encontrado vías muy divergentes de interpretación, y casi siempre bastante polarizadas entre el sentimentalismo que desdibuja la estructura musical y la desafectación al borde de la frialdad. Pero creo que Zimerman tiene una poderosa capacidad para tocar de un modo escrupulosamente cerebral sin perder musicalidad, ritmo ni capacidad de emocionar. Su equilibrio es casi milagroso, y lo hace desde su técnica perfecta y segura, de las más impecables que he visto nunca, sin una mínima nota en falso o en duda. Zimmerman tiene la esencia de Chopin en la cabeza con una nitidez que asombra, y es capaz de interpretar con el corazón, pero desde una contención y una inteligencia tan sutil que sólo deja lugar al asombro.

Empezó el concierto con el nocturno op15, nº2 , para entrar en calor, interpretado correctamente, pero sin ninguna concesión al romanticismo que para muchos parecen exigir estas piezas que, sin embargo, tienen mucho más que explorar bajo otras ópticas. Después, con la sonata nº2 comenzó el verdadero despliegue de talento. La mirada de Zimerman es exacta y limpia, y desgrana la partitura con minuciosidad, sin estridencias ni efectismos inútiles. Tan sólo rigor y convicción, exactitud y controlada pasión. La celebérrima marcha fúnebre quizá resultó algo lenta, pero sin perder ni ritmo ni musicalidad, con un sutilísimo refuerzo de lo marcial que la hizo inolvidable. El final, acelerado y rotundo, dejó boquiabierto a un auditorio que escuchaba, segundos después, una de las más originales versiones del segundo scherzo que he podido escuchar nunca. A pesar de su inusual elección de tiempos e intensidades, me resultó canónica, casi perfecta.

En la segunda parte, la (menos programada) sonata nº3 nos volvía a embriagar. Su lectura fue soberbia, iluminando con precisión y sensibilidad todo el edificio sonoro de esta partitura, llegando a todos sus rincones, explorando implacable cuantos pasajes cruzan esta catedral de sonido. Fue un momento grande para cualquier melómano que se tercie. El final, apasionado pero sin efectos, provocó una de las más grande ovaciones que recuerdo en este escenario. Para terminar, una hermosa traducción de la célebre Barcarola que nos dejaba una inmejorable sensación para terminar esta velada, que el pianista cerró regalándonos uno de los más conocidos valses del músico. De nuevo un Auditorio entregado que sabía que asistía a un concierto para recordar toda la vida, precisamente en el año Chopin, ¿qué mejor homenaje?

19 de enero de 2010

La dolce fiamma



Sin duda uno de los mejores recitales del 2009. El nuevo trabajo del contratenor francés Philippe Jaroussky, acompañado del conjunto Le Cercle de l’Harmonie de Jérémie Rhorer, es un disco indispensable para todo aquel que guste de la ópera con mayúsculas, especialmente recomendado para los amantes del siglo XVIII musical.

Como siempre, Jaroussky es un cantante que levanta pasiones y rechazos con la misma vehemencia. En mi opinión, éstos últimos parten casi siempre de aquellos a los que no termina de convencer la voz de contratenor. En su registro, sin embargo, Jaroussky es un cantante de impecable técnica, y que nunca defrauda en su capacidad dramática y expresiva. Siente la música, y eso se ve cuando le escuchamos cantar en directo (por cierto, que tendremos ocasión de hacerlo próximamente en Madrid, pues participa en el reparto de la próxima producción de L’incoronazione di Poppea de Monteverdi que traerá al Teatro Real de Madrid William Christie y Les Arts Florissants, cerrando el ciclo de óperas del compositor italiano que vienen representando en estos años en el escenario madrileño).

Pero en el caso de esta última grabación, hay más razones de peso para hacerse con el CD, ya que el programa está dedicado a recuperar parte del impresionante legado operístico de uno de los músicos más brillantes del siglo XVIII, Johann Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian, aunque siempre eclipsado por él y por sus hermanos mayores. Sin embargo, estamos ante uno de los compositores más apasionantes de todo el siglo de las luces, a camino entre el barroco y el clasicismo, y con una inspiración musical extraordinaria. El recorrido que Jaroussky hace, casi cronológico, por algunas de las mejores arias de sus óperas, se convierte en un viaje apasionante en el que somos conscientes del rico universo musical de Johann Christian Bach, de su sensibilidad extrema para la orquestación, de su depuración, equilibrio y esmerada inspiración melódica. Bach siguió un poco de manera casual la misma historia que Handel, formándose en Alemania pero con un viaje y estancia en Italia que le marca para siempre y le introduce en el mundo de la “dramma per musica” del que ya no escaparía jamás. Como el músico de Halle, Bach también terminó emigrando a Londres y haciéndose célebre en sus teatros con sus óperas italianas. Las arias que encontramos en el compacto, expresivas y brillantes, escritas para castrato, nos sitúan en un mágico momento de transición entre la coloratura barroca y la elegancia y sofisticación del clasicismo. Son, en definitiva, como un caramelo en la boca que no se cansa uno de saborearlo una y otra vez. El pobre Bach terminó sus días en una oscura decadencia provocada por la pérdida de interés del público por el “dramma per musica” (que él no abandonó jamás). Desapareció por tanto antes de haberse podido adaptar a la nueva corriente clasicista que se imponía. Por eso cayó en un olvido desmerecido del que es necesario sacarle. En su día, no obstante, fue conocidísimo y admirado en toda Europa. El propio Mozart lo consideraba uno de los más grandes, y de alguna forma se vio influenciado por él, lo cual nos resulta evidente cuando escuchamos este compacto.
En definitiva, un disco obligatorio y necesario, interpretado además con gran talento y entrega.


La Dolce Fiamma.

Cara, la dolce fiamma
dell’alma mia tu sei;

e negli affetti miei

constante ognor sarò


Serena il tuo bel core;

il lungo suo rigore

il fato già cangiò.




Hay músicas para quedarse a vivir en ellas, para no querer salir nunca, como un refugio a salvo de todo lo que no queremos. En una de las sorpresas discográficas del año que acaba de terminar llega este nuevo refugio, que lo está siendo en las últimas semanas. Refugio y paraíso de lo que pasa sin que nadie lo perciba, sin que el resto del mundo entre a ver qué sucede, girando y girando como siempre, y yo también girando, y haciendo como si fuera yo en el mundo, como siempre, caminando, sonriendo, hablando como si detrás de los párpados todo fuese como desde fuera se percibe. Y yo, sin embargo, dentro, en el torrente de neuronas y de sangre que me conforma, no hago más que nadar en estas notas, para salvarme de la mediocridad, para salvarme del gris y de la inmundicia, sólo borradas brevemente cuando, de repente, detrás de tu retina, veo la luz.

3 de julio de 2009

Pasión desde la pasión.


Nos confiesa Annie Liebovitz que es así, tal como aparece en esta foto, como le gusta recordar a Susan Sontag, la que fue su compañera durante 16 años en una relación que sorprendentemente nunca terminaron de confesar como sentimental.
Recortada, casi superpuesta sobre los bordes caprichosos del desfiladero, la minúscula imagen detenida de Susan, de espaldas, permanece absorta ante la magnitud del capricho fabuloso de los edificios de la ciudad de Petra, que surgen como espejismos, entre oníricos e imposibles. La instantánea es de una privacidad salvaje, si pensamos bien, pues nos hace penetrar directamente en el universo de la escritora americana, alter ego de uno de sus grandes protagonistas, Sir William Hamilton, apasionados ambos y llenos de una curiosidad y una avidez inmensa por el arte, por la belleza y por lo desconocido. Un juego de espejos en el que, como ocurría en el bellísimo Amante del Volcán, se nos confunde la mirada entre la pasión misma, y la mirada apasionada que la contempla. Annie Liebovitz ejerce de testigo apasionado de la pasión de la mirada curiosa, infinita de belleza y de conocimiento, de Susan Sontag.

Es un ejemplo bien ilustrado de la imprescindible muestra que la americana nos deja este año en PhotoEspaña. En ella, la fotógrafa se nos desnuda con un collage tan sólo aparentemente desordenado en el que vida privada, viajes, memoria y trabajos profesionales reconstruyen a modo de un impresionante puzzle un retrato de sí misma. En él tienen cabida desde sus trabajos para Vanity Fair o Rolling Stones, hasta fotos familiares y retratos de amigos, pasando por fotografía más comprometida o innumerables instantáneas de paisajes tomados en sus viajes, todo ello en los más dispares formatos y tamaño que se conjugan también sin aparente criterio. Entre ellas, casi sempiternas, los retratos de su padre o de Susan en sus últimos periodos de vida, cercanos ya a la muerte, en viajes a Venecia o a Long Beach, y en situaciones domésticas casi íntimas, como evidenciando ser auténtica médula del paso de Annie por el mundo. Muerte que se enlaza a la vida de manera necesaria a través de las fotos llenas de vida y esperanza de sus hijas, ya en el nuevo milenio. Su trabajo es abrumador y nos alcanza sobre todo por la sinceridad y honestidad que consigue en sus retratos, con una finísima capacidad para llegar a la esencia de los personajes y a la emoción misma que transportan. Su técnica tiene mucho que ver con una composición absolutamente impregnada de los grandes retratistas de la historia de la pintura. Su clasicismo y su limpieza son evidentes a la hora de componer espacios y miradas como si de un cuadro de Wermeer, Velázquez o Goya se tratase. Su mirada parte también de una absoluta pasión por la fotografía en sí, lo cual combinado por su incisiva capacidad para desnudar a sus modelos con una humanidad generosa y llena de asombro, nos ofrece un singular testimonio de vida, de humanidad, de pasión y de belleza que sin duda sobrecogerá a quien se acerque a observarla, hasta el 6 de septiembre, en la Consejería de las Artes de la Comunidad de Madrid, Alcalá 31. No os la perdáis.

21 de diciembre de 2008

Indiferencia.



A pesar de la expectación con la que siempre me enfrento a Shakespeare, y a las producciones del CDN, es indiferencia lo que me ha producido la actual versión que de su Hamlet representa en el María Guerrero.

Juan Diego Botto pretende hacer un Hamlet cercano y actual, un Hamlet que exige justicia ante lo que él denomina “equivalente a un golpe de estado en la actualidad” (y en eso él sabe bien de qué habla). En su intento de cercanía también ha eliminado muchas escenas de la obra con la intención de dinamizar la acción y no resultar aburrido.

Demasiados condicionantes quizá para una obra que no los necesita. Que necesita tan sólo rigor y sinceridad con las palabras. Así, la reducción de la obra a un espectáculo de poco menos de dos horas no sirve para condensar el drama, ni siquiera para acentuarlo o hacerlo más comprensible. Simplemente lo desdibuja y atropella la acción de tal modo que resulta poco creíble. Y menos aún cuando las escenas eliminadas rompen el esqueleto de esta inmensa obra de arte que, de este modo, queda reducida a un simple resumen (al estilo de “lo mejor de 2008”) que parece más interesado en contar qué pasa que en hacer que nos sumerjamos en el océano de perversiones y anhelos humanos que tiene el Hamlet. Y es que el tiempo en el teatro es como el silencio en la música, no debe desestimarse con tanta frivolidad.
A partir de ahí, de nada sirve una puesta en escena inteligente y convincente, ni los destellos de lucidez en la interpretación de algunas escenas o la corrección dramatúrgica de la acción... la obra queda exánime y el conflicto no nos llega. Porque el inmenso conflicto humano que supone Hamlet, el conflicto mismo de la existencia en un mundo imperfecto y donde el bien y del mal nos alcanzan sin piedad y se instalan sin remedio en nosotros... ese, no aparece.

El personaje le viene un poco grande a Botto, que exprime una vis adolescente y llena de rabia y venganza que puede llegar a conmover en algún momento, pero que deja aparte toda esa inmensa carga de conflicto, duda y desamparo, que también tiene (desde mi punto de vista) el príncipe de Dinamarca. José Coronado no pasa de la corrección, y es incapaz de transmitir la maldad cínica y llena de dobleces de Claudio. Marta Etura siempre me gusta, y supongo que también será por eso, pero me convenció más en su Ofelia llena de inocencia. La Gertrudis de Nieve de Medina, sin embargo, parecía una reina de función escolar, insípida y nada convincente en transmitir la evolución del personaje.
Para terminar, tras un final al que creo que le sobra la música (y eso que amo ese Mahler que han escogido para acompañarla) y la grandilocuencia cinematográfica, no sólo porque no es en absoluto necesaria sino porque resulta tremendamente impostada, aplausos sin mucho entusiasmo.
Yo no la recomendaría... pero para fans de los actores, supongo que compensa.

20 de noviembre de 2008

Antídoto Otoñal

Este semana ha estado plagada de conciertos. Demasiados, quizá, para poderlo asimilar todo. A veces las fechas de los eventos musicales que me interesan se agolpan en la misma semana. Si es una semana de esas en las que la prisa parece correr por las venas de uno, parece que se ve uno obligado a ir, algo en el interior le hace tomárselo como una especie de auto-condena.


A veces llego al lugar del concierto y, al sentarme en la butaca, con la velocidad aún en los pulmones, me cuesta entrar en la música. Si además tengo el día de humor extraño, como era el caso ayer, casi me dan ganas de levantarme y salir por la puerta a caminar un rato, con un sentimiento mezcla de rebeldía y de asfixia. Nunca lo hago, y pocas veces me arrepiento. Ayer, más que no arrepentirme, me alegré profundamente. La violinista alemana Anne Sophie Mutter no es cualquier músico. Su fama estratosférica la precede. Niña prodigio, protegida de Karajan y estrella de las últimas grabaciones del director alemán, su carrera, tras ese inicio fulgurante no ha hecho más que crecer y no sólo en perfeccionamiento técnico, sino en hondura de sus interpretaciones. Sus grabaciones de adolescencia eran ya de una brillantez impecable. Pero ahora, Anne Sophie ha sabido recrear sus propias lecturas con una sensibilidad exquisita, que desgrana la partitura con inteligencia sin desequilibrar las intenciones del pentagrama.





Ayer se dedicó al ciclo de sonatas de Brahms, quizá el más hermoso de todo el repertorio. También el más melancólico y otoñal. Perfecto para este otoño de manual que estamos viviendo en Madrid. El sonido de la Mutter, sin embargo, se escapa a cualquier manual. Es difícil conseguir hacer algo nuevo con estas sonatas, pues han sido infinitamente grabadas y ejecutadas. Aún así, son verdaderas joyas llenas de secretos entre sus notas pero a veces hacen falta grandes dosis de sensibilidad para explorarlas. Ella demostró tenerla a raudales. Si bien es cierto pasó por alto los recovecos llenos de posibilidades de la sonata nº2, que interpretó en primer lugar (haciéndome dudar por unos minutos de sus verdaderas capacidades más allá de su impecable técnica), pero desplegó con generosidad su impronta personal a partir de ese momento. Las otras dos sonatas (las más conocidas, las más generosas en belleza, aún así, yo me sigo quedando con la nº2 para muchas cosas) fueron todo un festival de sonidos y belleza. Su versión camina entre la suavidad otoñal y la enérgica virilidad que la partitura exige.



Cuando una "top-one" se inspira de esta forma el resultado no tiene que ver con nada de este mundo. El auditorio en pleno (salvo los mismos pacatos de las toses sin control y los móviles sin desconectar cuya proliferación en aumento es preocupante) fue capturado por ese magnetismo indescriptible de la versión rotunda y redonda que nos brindó. Literalmente proyectados a ese universo sonoro de Brahms que es uno de los más grandes creadores de música de cámara.
De adolescente fui un consumidor empedernido de su música. Recuerdo aún aquellas navidades hace muchísimos años, en que mi tía me regaló aquel compacto con las sonatas, con esa emoción de saber que me abría las puertas a un universo musical inigualable, y que tantas y tantas veces ha sido refugio de penas y oscuridades. Pero nunca hasta ayer había podido vivirlas tan intensamente. Con la fuerza del directo, pero también a través de las manos de una violinista cuya reputación no es vacía, que proyecta su elegancia personal (su presencia en el escenario, esbelta y contenida, es impresionante) en la música que interpreta. Y es que tocar a Brahms desde la elegancia que lo hizo, pero con esa incisiva y sutil recreación de la pasión melancólica que descansa en esas notas, es un ejercicio difícil y cuyo camino es muy estrecho y difícil de encontrar. Ella lo hace con una naturalidad pasmosa. Su acompañante, Lambert Orkis, se adapta a ella a la perfección, y hace una notable versión de la rica y bellísima parte de piano que tienen estas obras, muy desprendida de la gravedad de algunas versiones, muy centrada en su ritmo y su musicalidad.




El auditorio se comportó y le brindó una calurosa ovación, sin demasiados vítores, pero ciertamente muy especial, se sentía en la atmósfera que aún permanecíamos todos en esos universos ingrávidos y melancólicos de Brahms. De propina, un par de danzas húngaras con arreglo para violín y piano. Aquí, por si no nos había quedado claro, se encargó ella de demostrarnos que no sólo sabe transmitir la profundidad de la música, sino que su virtuosismo es también impecable y elegante como todo en ella.
No, no me arrepentí de no irme. Viajar un rato con una de las mejores miradas de Brahms que se pueden escuchar en la actualidad es un antídoto para casi cualquier mal día.

5 de noviembre de 2008

Sueño Breve


Llegó tan fugaz como se marchó, a pesar de volver al escenario hasta en tres ocasiones. Pero es que ella hace que todo sea leve y ligero. Su entrada discreta, como entre olas, fue con una caracola marina en la mano, como arrastrada por las mareas suaves que anuncia su nuevo trabajo discográfico que (incomprensiblemente) aún no ha sido editado en España.
Adriana Calcanhoto no es una artista brasileña al uso. Carece de los rasgos habituales de lo que tendemos a pensar que es un artista de aquella latitud. Ella proviene de un Sur que no es tropical, que tiene estaciones y cuyo carácter seguramente no se adhiere a la voluptuosidad propia de aquellas tierras. Su acento ya nos dice algo de ella. De su seriedad y su corrección. De su elegancia escueta. De su gesto casi circunspecto. En ella se une lo diminuto y lo inmenso. Lo diminuto de su melancolía, de su ironía, de su fino humor, de sus medidas palabras, de su sutilidad para todo. Inmensa su musicalidad, la aparente facilidad con la que parece cantar, el poder magnético de las letras de sus canciones, llenas de poesía y de sueños. Sueños como el de anoche, que se hizo breve, porque uno no se cansaría nunca de escucharla. Porque, a pesar de las grandes dimensiones del Teatro donde vino a cantar, ella sabe crear esa intimidad, esa relación directa con el espectador, ese clima como de salón, de estar con ella en casa. Y así pasaron sus nuevas canciones, que sonaron frescas y delicadas, como siempre en ella. Y las de siempre, sembradas de esas palabras que ella parece haber recogido de nuestra propia intimidad, como robadas en secreto a las almas sensibles. Porque ella lo es.
Comenzó sentada y casi inmóvil en su silla para ir poco a poco, despacio, como parece hacer todo ella, levantándose, moviéndose, jugando con sus compañeros y con el público, contagiándonos su espectáculo con orden y sentido. Regalándonos al final una sorpresa protagonizada por su amiga Misia cantando a capela para nosotros uno de sus fados de siempre. Elegante hasta el final, seria pero cercana, su concierto de ayer fue como un sueño, como un sueño breve e intenso en el ecuador de la semana. Gracias, Adriana.


SEU PENSAMENTO.

A uma hora dessas
por onde estará seu pensamento
Terá os pés na terra
ou vento no cabelo?

A uma hora dessas
por onde andará seu pensamento
Dará voltas na Terra
ou no estacionamento?

Onde longe Londres Lisboa
ou na minha cama?

A uma hora dessas
por onde vagará seu pensamento
Terá os pés na areia
em pleno apartamento?

A uma hora dessas
por onde passará seu pensamento
Por dentro da minha saia
ou pelo firmamento?

Onde longe Leme Luanda
ou na minha cama?

4 de septiembre de 2008

Las Troyanas


A pesar de no apasionarme, siempre he concedido a Mario Gas mi respeto porque creo que es un sabio traductor que suele estar a la altura con un razonable grado de dignidad. Tenía mucha curiosidad por conocer su montaje de las Troyanas de Eurípides que estrenada en el festival de Teatro Clásico de Mérida, se representa ahora y durante el resto del verano en el las naves del Español del Matadero de Madrid.

Este texto milenario de Eurípides contiene intacto después de todo el tiempo transcurrido por él la inmensa fuerza de la sinrazón de la guerra y sirve con plena vigencia aún hoy como reflexión sobre la crueldad humana, el dolor, la venganza y la piedad. Es un texto mayúsculo, elegíaco, desolador, que conmueve porque sus palabras nos muerden continuamente la conciencia.
Tengo que reconocer que la producción me pareció muy acertada, y que creo que resuelve con acierto el dilema que este tipo de textos supone para ofrecernos la obra de manera fiel y sin embargo actualizada. El secreto desde mi punto de vista está en la capacidad de no tocar el sentido del texto ni añadir elementos que nos alejen de él, pues es ahí donde reside la verdadera fuerza de un clásico de esta envergadura. La puesta en escena de Mario Gas es sobria, pero contiene los justos golpes de efecto para conmover sin distraer la atención de las palabras. Una escenografía entre moderna y atemporal que nos acerca palabras e imágenes a una identificación más directa por parte del espectador, pero que no sobresale ni enmascara nada. La sobriedad y elegancia de Mario Gas sólo es sutilmente transgredida para recrear los momentos de mayor tensión, como la entrada de Helena o la muerte de Astianacte. Pero aún así, me parece soberbio el manejo de la acción dramática que nos propone.

La versión del texto me pareció acertadísima, sobre todo porque el conjunto de actrices que lo soporta, especialmente las protagonistas Gloria Muñoz, Anna Ycobalzeta y Mía Esteve (Hécuba, Casandra y Andrómaca) realizan una gran interpretación que se mueve dentro del histrionismo necesario de una tragedia de estas características, pero sin forzar el tono más de lo necesario para no despegarse del texto. Un texto que pronuncian con una dicción extraordinaria que nos hace temblar ante el sonido y la contundencia de unas palabras que nos llegan llenas de infinita belleza y espanto.

El coro de secundarias es de mucha menor calidad, y a veces, cuando en algún momento salen de su silencio o de sus cantos, se nota mucho, bajando algo la tensión del texto, haciéndonos escapar un poco del sueño al que nos somete esta obra. Tampoco termino de entender la elección de Ángel Pavlovsky para el pequeño papel inicial de Atenea, que nos hace dudar por momentos de cuál va a ser el tono de la versión. Pero al final el trazo de Eurípides se impone, porque su fuerza solo necesita de un escenario justo y una correcta interpretación para poder desplegar ante todos el inmenso y hondo dolor de este fresco de la sinrazón humana.

11 de agosto de 2008

Caos Calmo


A veces son las pequeñas películas sin pretensiones las que nos llegan más dentro y las que más consiguen conectar con todas esas inquietudes desordenadas que llevamos y a las que les cuesta definirse en el seno de la vida pragmática y limitada de nuestro día a día. ¿Qué nos importa de verdad? ¿En qué momento nos sentimos más llenos de felicidad? ¿Qué percepción tenemos del tiempo que pasa? ¿Nos importa de verdad toda la vida que se desarrolla a nuestro alrededor, la de quienes queremos? ¿Interactuamos con nuestro entorno o nos limitamos a caminar por la senda que marca nuestra agenda? ¿Nos saltamos nuestras normas de vez en cuando? ¿Qué necesitamos para no sentirnos vacíos?

En un momento dado de nuestra juventud sentimos que todo el caos de la vida comienza a poner en peligro esa necesidad de construir algo sólido que va fructificando con la madurez. Un día, de repente, cae repentinamente sobre nosotros y se convierte en una especie de animal que de manera inconsciente necesitamos domar. Y así lo hacemos, creando una barrera propia entre nuestro camino y el resto del mundo. A partir de ese momento la vida comienza a fluir por un camino vallado en el que las puertas y posibilidades de intercambio con el exterior están siempre controladas. Y podemos caminar por él durante mucho tiempo. A veces, sin embargo, nos rebelamos contra él conscientemente, o simplemente ocurre algo que nos hace salir de él de manera imprevista.

Así ocurre en la última película de Antonello Grimaldi, protagonizada por el gran Nanni Moretti que realiza en esta cinta un grandísimo trabajo de actor. En ella se nos habla de la vida en general de una manera aparentemente leve, pero que obliga al espectador a emprender más reflexiones de las que cabría esperar.

Al protagonista, la tragedia le saca bruscamente de su camino y le arroja a un estado de extrañeza del que no consigue salir. En seguida somos conscientes de que el trazo grueso de la acción camina más por lo simbólico que por lo real, pero hay que reconocer que a pesar de ello, y quizá debido al ritmo pausado pero intenso que el director imprime a la película, la historia no nos hace caer casi nunca en la incredulidad.

La irracionalidad de necesitar tener la vida de su hijita bajo control lleva a Pietro a refugiarse en el microcosmos de la plaza en la que está situada la escuela de la pequeña. En él, la vida revuelta de su trabajo, de sus amigos, de sus familiares, parece diluirse en la rutina de los personajes que pueblan ese espacio. En esa calma de la vida de ese pequeño jardín, todo parece tener más sentido y así la vida de Pietro empieza a ordenarse a la vez que su catarsis personal toma lugar poco a poco sin drama alguno. La película, esbozada así, podría caer sin problemas en el dogmatismo y en la excesiva previsibilidad. Es, sin embargo, todo el universo de personajes que habitan ese espacio, casi mudos testigos apenas trazados en la película - una pena- y el de sus amigos y familia (inmensas y llenas de fuerza escénica Valeria Golino e Isabella Ferrari) que acuden a la plaza para estar con él -a pesar de no estar tampoco demasiado dibujados- los que van dando vida a todo ese microcosmos de la existencia de Pietro y los que con sus pequeños gestos, palabras y acciones van tocando colateralmente asuntos que obligan a reflexionar al espectador.

Al final, a pesar de la indefinición de los personajes secundarios, que redunda en el fracaso de la pretendida coralidad de la película, ésta termina dibujando un fresco de lo que puede ser la vida si nos paramos y miramos con honestidad alrededor, si rompemos esas barreras de nuestro camino y aspiramos el aroma de nuestros horizontes vitales y locales. La película, pese a sus irregularidades y a lo poco logrado de algunos personajes secundarios y de algunos momentos del guión, consigue trasladarnos bien un mensaje profundamente humanista y lleno de sutiles invitaciones a la reflexión, que alcanzan a casi todas esas preguntas que hacía yo al principio. Al salir de la sala seremos conscientes de que lo más profundo y lo más importante tiene siempre su reflejo en las cosas más simples y leves de la vida. Que todo el caos existencial puede ser vivido desde nuestros propios microcosmos de calma, pero que es esencial no perder la capacidad de ser libre y consciente de ello en cada momento. Como siempre, es una cuestión de sinceridad y de voluntad.

29 de julio de 2008

Concentrado de Kusturica.


He vuelto a Kusturica. Lo admito, sus películas me gustan a pesar de que su fórmula sea repetitiva y sin casi aparentes variaciones.
En su último metraje Prométeme, el director Serbio nos ofrece quizá uno de sus trabajos más mediocres y menos inspirados. Para quienes no gustan de su especial forma de narrar, la película podría llegar a ser hasta un tormento. Pero para quienes le seguimos con placer, la cinta, a pesar de ser floja, sigue cumpliendo el mismo efecto de siempre y nos deja esa inimitable sensación de gozo por la vida, de energía positiva, de necesidad de la existencia a pesar de todo.

En ella se cuenta la historia más o menos iniciática del despertar erótico-sentimental de Tsane, un niño de las montañas que llega a la ciudad para cumplir varios encargos de su abuelo, con el que vive.
En el fondo Kusturica, contándonos historias diferentes en sus películas, siempre nos habla de lo mismo: la imperfección de la vida, la inevitable dualidad de la existencia, el bien y el mal, la maldad y la ternura. Su visión pasa por la simplificación de la existencia para despojarla de inútiles gravedades y dejar, descarnada y apetitosa, la esencia sencilla de lo que en realidad nos importa. Sus personajes arquetípicos y deformados (mafiosos, prostitutas, sabios, mujeres llenas de belleza sensual, niños inocentes y otros que lo son menos, personajes casi circenses...) nos ayudan a ello y crean una atmósfera inimitable y onírica que sólo puede ser asimilada como lo que es: un cómic disparatado e irónico que nada tiene que ver con la realidad y que sigue la fórmula de una fábula entre postmoderna y ancestral de la que hay que extraer el fondo entre toda esa abultada parafernalia estética.

Así, en su último trabajo Kusturica recurre a sus elementos de siempre (violencia, esperpento, locura, desmesura, mal gusto, surrealismo, música balcánica) y los potencia al máximo (uno se pregunta en cada una de sus películas si aún puede aumentar el tono de su personal estilo. De momento parece que sí). Después lo siembra de esas hipnóticas escenas llenas de belleza a la que nos tiene acostumbrados y de su siempre especial ternura, con la que nos concede respirar del trepidante ritmo de sus historias. Finalmente el amor, como siempre, triunfa y redime toda la oscuridad.

El problema de esta película es que Kusturica no termina de ser redondo porque se ahorra mucha de la poesía a la que nos tiene acostumbrados. Se queda en momentos de poesía visual, pero sin trascender a otra -más importante- poesía, que es la conceptual.
A pesar de ello, me sigue sorprendiendo cómo es capaz de introducir en el corazón de ese disparate sin sentido que es su último trabajo la ironía y la crítica a la identidad serbia y su realidad política y social actual con tanta sutileza.
Pero en definitiva la película no es tan convincente como otras y al final uno sale del cine con la sensación de que no le han contado nada de interés. Eso quiere decir que a quienes nos gusta Kusturica, aún así, saldremos del cine llenos de energía y con la sonrisa en la boca, pero que a quienes resulte cargante lo sentirán como una auténtica tortura ya que el de esta película es sin duda un Kusturica que concentra al máximo todo su lado esperpéntico y desmedido, pero que huye del lirismo que lo ha caracterizado otras veces. Así que la conclusión dependerá de los gustos, pero seguro que indiferente no os deja.

3 de junio de 2008

De Orfeo al cielo, pasando por los infiernos.


En la última semana el madrileño Teatro Real ha vivido intensas jornadas con el punto final de uno de los ciclos que ha programado esta temporada, el dedicado al mito de Orfeo en la ópera. De aprobado con nota calificaría las dignísimas representaciones de L'Orfeo de Monteverdi que nos ha traído William Christie con su notable conjunto, Les Arts Florissants y un dúo protagonista ciertamente inspirado:un Dietrich Henschel sobrio pero apasionado, de una elegancia pasmosa en su movimiento, cuasi bailarín por el escenario, y una Maria Grazia Schiavo de correctísima y bellísima voz, que supo además modular con gran sutilidad. La versión de Christie se enmarca en un proyecto que lo liga al Real para la representación de las tres Operas completas de Monteverdi en años sucesivos. El inicio no ha podido ser más alentador, una versión más que digna con la que el Teatro Real, tras el fichaje de Paul McCreesh en el Tamerlano o la visita de Fabio Biondi con su Bajazet vivaldiano, parece dar el espacio que se merece en su programación a la ópera barroca, repertorio que vive actualmente toda una revolución, debido en gran parte a una serie de renovadores como los que nos han visitado este año y que esperamos ver pronto de nuevo desfilar por el Teatro de la Plaza de Oriente. Como decía, Chirstie brindó una bastante correcta y personal versión, que tuvo momentos de poesía musical verdaderamente inolvidables reforzados por la acertada y elegante si bien poco arriesgada puesta en escena del italiano Pier Luigi Pizzi, lo cual en mi opinión es de agradecer en una época en la que cada vez me asustan más las escenografías rompedoras, por su falta de rigor en las intenciones y de profundidad a la hora de argumentar la creatividad.

El lunes pasado se cerraba el ciclo con la última de las representaciones de otra de las grandes óperas de la historia. El Orphée et Euridice de William Gluck, esta vez en versión de concierto y a cargo de la orquesta, coro y director titulares del Teatro. La expectación estaba garantizada con la presencia del gran tenor peruano Juan Diego Flórez, quizá el más cotizado y aclamado de la actualidad. Era la primera vez que se enfrentaba al papel del Orfeo de Gluck, uno de los roles más difíciles del repertorio clásico. Además, constituía todo un desafío para un tenor más bien lírico y acostumbrado al belcanto el de asumir el reto de este rol en una ópera seria, honda y dramática como es ésta.
Tengo que reconocer que es una de mis óperas favoritas. A pesar de la reputación de aburrido que tiene Gluck yo encuentro en esta ópera absolutamente fascinante, más allá de la maestría y la modernidad que supone el definitivo paso que da Gluck desde la rígida ópera barroca a otro mundo lleno de posibilidades. No sólo por la belleza de su música y de sus arias, sino -y especialmente- por la extrema inspiración con la que Gluck da rienda suelta su interpretación de la acción del texto y convierte la partitura en toda una herramienta dramatúrgica de un resultado redondo como pocos en la historia del género. El papel de Orfeo es un papel difícil, porque exige cualidades que pocos tenores reúnen. Potencia, agudeza vocal, coloratura, timbre, agilidad, lirismo, dramatismo, flexibilidad, sutilidad... Es necesario un tenor que reúna características propias de tenor lírico y a la vez dramático. A Flórez lo suponía del primer grupo, aunque la representación de esta semana me hace verlo con nuevos ojos, y me hace suponer que su repertorio se abre a toda una serie de personajes y de estilos que le auguran un futuro deslumbrante.
Juan Diego llegó y venció en una ópera que exige al protagonista una presencia vocal prácticamente continua a lo largo de toda la duración de la obra. Su canto fue bellísimo en timbre y modulación, y su pasión a la hora de interpretar no se desbordó ni cayó en lo fácil. El peruano hizo gala de una contención bastante equilibrada. Creo que en esto tiene mucho que ver la mirada de Jesús López Cobos, que ofreció una versión absolutamente poética de la obra, quizá criticable por su abandono en algunos momentos de la fuerza dramática, pero que se compensaba con una maravillosa exploración de la melancolía y la belleza de la partitura. Flórez se dejó guiar por esta mirada eminentemente lírica y se enfrentó con igual emoción y elegancia a la coloratura del "L'espoir renaître dans mon âme", que a la hondura del "J'ai perdu mon Eurydice" o de los continuos e intensos recitativos que recorren la obra. Su halo parecía contagiar a todos en la escena: al coro del teatro -que estuvo ejemplar en sus contínuas apariciones- a sus compañeras de reparto Ainhoa Garmendia y Alessandra Marianelli (dos bellísimas voces que superaron la mera corrección) y a una Orquesta Sinfónica de Madrid que bajo la batuta de López Cobos desgranó la partitura con una elegancia exquisita y que llegó a momentos puntuales de intensísima inspiración. El conjunto hizo que la obra maestra de Gluck desplegara toda su capacidad teatral y musical, de manera que el hecho de que la versión fuese de concierto llegó a ser una mera anécdota, pues con una tan inspirada interpretación, la historia y la acción se recrearon sin problemas en la imaginación. Pocas veces sucede eso, que la ópera entre dentro de uno y se produzca ese milagro que todos los amantes de la ópera bien conocemos de sentir que de repente uno vive dentro de la ópera.
Inolvidable, repito.
Y para terminar, salir -como una nave que parte- del Teatro a pasear por esas calles silenciosas del barrio de ópera, con el mar de la música batiéndose entre las neuronas y la sangre, con esa inefable sensación de haber atrapado, aunque sea por unos breves instantes, la verdadera felicidad.

21 de abril de 2008

Música para la memoria.

No me gusta dejarme llevar por el exceso de expectativas. Por ello quizá entré con cierta incredulidad el sábado pasado en el Teatro Real, en una de las veladas que se anunciaban como históricas para el teatro madrileño. Todo un triunfo para sus directores el haber podido apuntarse el tanto de ser uno de los 5 teatros del mundo donde el mítico Claudio Abbado, a sus casi 75 años ya, dirige su primera aproximación al Fidelio de Beethoven. Esta ha sido, además, la primera visita del director italiano a España, como director de ópera.
Nunca me arrebató el milanés, a pesar de que sus discos de juventud al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres me parecen de lo mejor de la fonografía del siglo XX. Su Beethoven siempre me ha parecido brillante, aunque no sobresaliente como el de Fürtwangler o Kleiber. A pesar de todo había suficientes ingredientes para pensar que algo extraordinario podía ocurrir. Así lo auguraban las crónicas del estreno de la producción en el Teatro de Reggio Emilia. La obra beethoveniana no exige menos. Es una de esas grandes obras maestras infinidad de veces grabada, pero extrañamente poco representada. Es una pena que Beethoven no siguiera por ese camino del Singspiel pues de alguna manera, tomando el relevo de la Flauta Mágica mozartiana, llevó el género a su cumbre. La calidad y la hondura musicales se conjugan en esta obra con una acción dramática brillante que en escena resulta sobrecogedora.
La fidelidad y la libertad guían el mensaje de esta ópera: fidelidad sentimental, la de Leonora a Florestan, que siempre he querido ver en realidad como una metáfora de la fidelidad a las ideas y a lo que uno siente como forma de encontrar la libertad interior, la cual es, a su vez, la única manera posible de alcanzar cualquier otra forma de libertad. Hablando desde una concepción más objetiva de la libertad, el director milanés siempre se ha posicionado políticamente a la izquierda y son ya célebres sus conciertos en las fábricas como manera de democratizar la música o su participación en todo tipo de proyectos en pro de la difusión de la música sin barreras ni discriminaciones. Así, es de imaginar que el impulso de la lectura de esta obra maestra nace de la convicción ideológica personal de uno de los más grandes directores de orquesta vivos, que la transforma en un mensaje musical y vital que nos llega en todas las dimensiones de la sensibilidad. Y así fue desde su salida, abrumadora, la más calurosa y entregada que recuerdo yo para la salida de un músico a escena. Desde los primeros compases de la imponente obertura Abbado consigue un Beethoven fluido y dramático, que nos llega directo al corazón, que es donde tiene que llegar la música. La partitura beethoveniana no es fácil, porque su imponente entramado vocal y orquestal la hacen proclive a caer en lo pesado. Pero el milanés consigue ese milagro de hacer que parezca una música leve sin perder toda la hondura que tiene. Y da igual que el cuadro de solistas, aunque fuese de primera fila, no resultase perfecto y tuviese algún que otro desequilibrio (a destacar, con diferencia, la brillantísima voz de Anja Kampe como Leonore-Fidelio) o que la puesta en escena tuviese poca acogida en el teatro madrileño (aunque a mi parecer sólo adoleciese de un poco de rigidez y alguna que otra libertad de interpretación discutible, pues consiguió sin duda momentos memorables, como el de la bajada a las mazmorras de Fidelio y Rocco), o que los dos coros que participaron (todo un acierto juntar el Arnold Schoenberg Chor y el Coro de la Comunidad de Madrid) estuviesen soberbios, en una obra en la que es uno de los engranajes más importantes. Sí, en el fondo todo eso da un poco igual, porque el verdadero artífice del milagro fue sin duda el gran Claudio Abbado. Porque es su mirada la que estuvo impresa en toda la representación a través de su magnetismo especial, que se desplegó nada más salir a escena. Su aspecto aparentemente circunspecto se rompe nada más tomar la batuta. Porque detrás de ella están, no sólo años y años de estudio de la partitura y de análisis de la música del gran compositor alemán, sino toda una concepción de la música, del mensaje y de su manera de ser transmitido. Lo importante es ya no sólo emocionar, pues eso lo consiguen muchos músicos, sino trascender, conseguir hacer sentir que uno está viviendo algo que está más allá de nuestra comprensión racional, algo único y que es absolutamente irrepetible. Y así lo consigue Abbado. Su final es grande, inmenso... y nos sobrepasó. El reconocimiento final del público madrileño, arrebatado como nunca, fue honesto en este sentido. Acabábamos de presenciar uno de los momentos operísticos más redondos de la historia del Real, de la memoria de muchos de los que allí estábamos, uno de esos momentos que quedarán para siempre en la memoria. Y sino al tiempo.

29 de marzo de 2008

Noche barroca.


Discretamente casi escondido en la programación del Teatro Real de Madrid como complemento a las representaciones del Tamerlano, de Handel –ambas óperas barrocas y con el mismo libreto- nos encontramos el jueves noche con una de las veladas más deliciosas que recuerdo en el escenario madrileño. La versión del concierto de la ópera de Vivaldi Bazajet. Una sola representación que por lo tanto sólo pudimos disfrutar unos poquitos afortunados (comprar la entrada el día que salieron a la venta fue toda una odisea internauta)

El mundo de la ópera barroca necesita de una contextualización histórica y musical correcta y que nazca de una inmersión espiritual decidida. No es un tipo de ópera que suela ser demasiado apreciado por el público general de la ópera y más bien recoge adeptos entre los incondicionales de la música barroca en general. Todo esto era evidente en los comentarios que se podían escuchar en el intermedio a los asistentes. Yo mismo confieso que mi interés y comprensión de la música barroca es fruto de mi esfuerzo personal por asimilarla y dejarme llevar poco a poco por su intrínseca belleza.

Pero el jueves íbamos con los deberes hechos y la ópera escuchada en casa. Y el resultado fue realmente cautivador. Vivaldi es un mago de la música, capaz de inyectarnos la belleza en el aire que respiramos, toda la esencia de esa Venecia ya decadente del s. XVIII que retorcía hasta el infinito el hedonismo de sus habitantes y su incisiva recreación en la belleza, fruto del influjo abrumador de una de las ciudades más oníricas del mundo.

Fue un sueño de casi tres horas, y daba igual que no hubiese escenografía, pues el saber hacer de Fabio Biondi y su trouppe de la Europa Galante, rodeada de un conjunto de cantantes solistas de la mejor calidad en este tipo de repertorios nos dejó sin aliento y literalmente rendidos ante esta música de irregular hondura, pero de innegable magnetismo.


El Bazajet es un buen ejemplo de lo que se denomina Pastiche Barroco, en el que el autor recogía arias de otras óperas de él mismo e incluso de otros autores, y las añadía a alguna nueva compuesta ad hoc.
Fabio Biondi, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión con cierta pasión, ha recuperado y revisado esta partitura de innegable calidad y lleva varios años difundiéndola por el mundo en una prodigiosa prueba de su idilio con esta obra.

La música vocal de Vivaldi está extrañamente poco explorada, pero el ejercicio de una nueva generación de músicos como el propio Biondi, Rinaldo Alessandrini, o Christophe Rousset están contribuyendo a verla de otra forma a través de sus visiones renovadoras y serias de este tipo de repertorios, basadas en muchas horas de biblioteca estudiando partituras, anotaciones y demás documentos que son esenciales para poder interpretar una música que se compuso inevitablemente unida a una forma de interpretar que hasta ahora se desconocía bastante. A quien le interese este tipo de música yo recomendaría que escuchara alguna interpretación de estos nuevos (ya no tanto en realidad) músicos y renueve su visión de obras que creía monótonas, aburridas o exentas de pasión. No lo fue la interpretación del jueves del Bazajet vivaldiano, que a los que nos quedamos hasta el final nos robó espontáneos y desgañitados bravos a un conjunto que nos respondió sin divismo y con las sinceras expresiones de felicidad de quien es inmensamente feliz haciendo música.

Consiguieron que nos enamoráramos de Vivaldi.

Os dejo con un par de extractos, uno más dramático y otro más movido, para que os hagáis una idea de lo que os estoy hablando.


13 de marzo de 2008

King Lear


Mi primera visita al flamante Teatro Valle Inclán, segunda sede del Centro Dramático Nacional. Compañía que casi siempre creo que está a buen nivel, pero esto en los tiempos que corremos de facilidad de ideas y falta de creatividad eso no es demasiado difícil.
En el escenario, una de las mayores tragedias de Shakespeare, "El Rey Lear". Una obra inmensa, que recorre con una pluma impecable y una vitalidad sobrecogedora ese puñado de pasiones y perversiones humanas que siguen definiendo en gran medida el género humano. Pasiones carnales y ansias de poder, miedos, envidias, vanidades, egoísmos, temores... de todo ello está sembrada la obra, que además lo desarrolla a lo largo de una historia llena de escenas de puro placer dramático, llena de posibilidades escénicas. En suma, puro teatro, del mejor.
La versión de Juan Mayorga me pareció noble y ajustada, y muy en consonancia con la dirección de Gerardo Vera, que ha hecho un verdadero ejercicio de economía de medios, para despojar la historia de ropajes y escenarios grandilocuentes (los que uno imaginaría para una corte como la que describe esta obra). La escena queda desnuda, y aparte de algunos pocos muebles esenciales (los mínimos) y esas espadas que se ensartan en la pared para ser empuñadas cuando es necesario, la escena eran sólo volúmenes y algunos efectos (brillantísimos) de luz y sonidos que no protagonizaron sino más bien apoyaron a la acción de manera rotunda. Igual que el vestuario, de época indeterminada aunque de evidencia contemporánea, pero que no consistía en un ejercicio de pretendida "modernidad" sino más bien en un apoyo más a la deslocalización histórica, geográfica y social de una historia que tiene en las palabras argumentos suficientes como para agarrar nuestras entrañas de manera suficiente. Y es que en el texto está todo lo necesario para convencer, para emocionar, para hasta reconocernos y avergonzarnos... Una correcta interpretación del texto de Shakespeare es suficiente para desplegar lo que el Rey Lear tiene en sus páginas. Las interpretaciones de la presente producción del CDN son más que correctas, si bien hay un desequilibrio evidente entre los papeles masculinos y los femeninos, ya que estos últimos quedan por debajo de aquellos en intensidad y calidad, lo cual desmerece un poco esta tan brillante producción. El Lear de Alfredo Alcón es intenso y lleno de fuerza, pero no brillante, y en mi opinión convierte la locura final en un acto demasiado tendente a la ñoñería y el amaneramiento, en un signo de arrepentimiento que yo no creo (o quiero) ver en Lear. Aún así, es una interpretación a la altura. Para terminar, me gustaría resaltar el montaje de las escenas, dinámico, quizá tendente e lo efectista, pero que encaja perfectamente en la acción dramática. Dos horas y media de función prácticamente sin posibilidad de respiro ni aburrimiento.
En fin, una noche de verdadero teatro, de ese que tanto cuesta ya encontrar hoy en día. Siempre he sido defensor de los clásicos, porque por algo lo son. Pero el actual panorama del teatro y su tendencia a deformar los textos y las intenciones no me convence casi nunca, por eso soy proclive a preferir producciones correctas como ésta, que tocan poco el original y más bien tienden a realzar las palabras y la interpretación que a ensombrecerlas. En definitiva, una obra verdaderamente recomendable para los amantes del teatro clásico.

21 de febrero de 2008

Cuando el espíritu se hace carne.


La vida de la mayoría de nosotros nos coloca muchas barreras a la hora de despegarnos de la realidad, a pesar incluso de que la realidad de la mayoría incluya cada vez más elementos virtuales que tangibles. Así, el ejercicio de la espiritualidad se convierte en algo que no es para nada evidente, pues nos exige por un lado un abandono momentáneo de la realidad y de una cotidianeidad que a la mayoría se nos adhiere demasiado a la piel, y por otro una toma de perspectiva lo suficientemente alejada como para poder viajar sin rumbo ni condicionantes. La música antigua es un excelente vehículo para ello, y su fuerza es mucho mayor de la que la mayoría imagina. Las limitaciones de los instrumentos en la época obligaron a los compositores un ingenio especial para poder atraer a los oyentes de la época. En la música religiosa, el impacto psicológico imagino que era uno de los objetivos que se intentaban conseguir. Monteverdi está en la cima del desarrollo de este tipo de música, y la revolucionó hasta tal punto que sentó las bases de la evolución posterior en todo el periodo barroco. Su música religiosa se libera de la rigidez y la solemnidad para dar rienda suelta a la investigación de múltiples formas. Su fascinante resultado está lleno de contrastes y juega con la danza, el dramatismo y la teatralidad, envolviéndolo todo de un cromatismo espectacular, lo cual hace de sus obras espirituales un ejercicio de llegar al infinito místico, pero desde una evidente carnalidad.
Jordi Savall es uno de los músicos más brillantes de su generación, y sus abundantes y premiados trabajos discográficos dan buena cuenta de ello. Su maestría parte de un hondo conocimiento de la historia y del contexto en el que fueron escritas las obras, además de contar con un equipo fijo de músicos (La Capella Reial de Catalunya y Le Concert des Nations) que deben formar a estas alturas casi una familia.

Ayer presentó con ellos y con algunos de sus (excelentes) solistas colaboradores, las Vísperas de la Beata Virgen en el Auditorio Nacional. Esta monumental obra, en mi opinión, necesita de un aforo más reducido y de otro lugar de representación más adecuado a poder apreciar la inmensa riqueza de matices de la obra, no sólo por razones musicales, sino porque es una obra con un innegable carácter teatral, que el escenario de un Auditorio no contribuye nada a realzar. Precisa de un lugar más en penumbra, de una situación espacial de músicos y cantantes que el Auditorio madrileño no puede ofrecer (por poner un ejemplo, las abundantes escenas de eco que Monteverdi nos propone no consiguen su efecto) a pesar de que Savall hizo lo que pudo adaptando la colocación de solistas y músicos a cada uno de los fragmentos de la obra. Tampoco ayuda mucho la necesidad (no la comparto ni la entiendo) de tener que partir una obra así, que te va cuajando poco a poco en los sentidos, para hacer el intermedio, que en este concierto sobraba.

Así, con esta frialdad de partida, me costó bastante dejarme llevar por la música. Tengo la percepción, además, de que la mayoría de los músicos debieron también acusar todas estas dificultades, pues el inicio de la obra resultó un poco desbaratado, disperso, falto de la necesaria fusión de instrumentos y voces. Poco a poco, sin embargo, se fueron haciendo con la partitura y desplegando el inmenso talento que poseen todos, la milagrosa perfección con la que ejecutan la música, desde una equilibrada y contenida pasión, justo la que necesita esta obra para ir cristalizando en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Desde luego, la visión de Savall es discutible en muchos puntos, pero creo que es ante todo homogénea y sentida. La cohesión del conjunto llegó a su cima en el espectacular Magnificat final con el que consiguieron un momento de rotunda carnalidad, liberándose por fin de todas las limitaciones del espacio y del tiempo. Un final sobrecogedor, voluptuoso a la vez que profundamente espiritual, un auténtico viaje desde la ruptura de la realidad que finalmente fueron capaces de obrar. Siempre espero que las Vísperas me hagan abandonar la realidad, como tirando de mí desde una de esas rupturas de cielo tan del gusto pictórico barroco. Ayer, casí llegué a sentirlo, que no es poco. Magnífico Magníficat, Magnífico Savall.
Gracias.

21 de enero de 2008

Irme Kero...

Una de las cosas que más me llaman la atención de la música (aunque en realidad también se podría aplicar a la poesía o a la narrativa) es comprobar cómo después de miles de años el argumento para la música no ha cambiado apenas. Seguimos preocupándonos casi por lo mismo. Vibrando, soñando, llorando a causa de las mismas cosas. Y es con ese pensamiento que siempre me he interesado por las músicas más antiguas que existen. De entre ellas siempre me ha llamado poderosamente la atención el Cancionero Judío Sefardí. Una música que nació en esta tierra que pisamos ahora, y que surgió seguramente al calor de los mismos atardeceres, del mismo viento soplando en los mismos valles, de las mismas piedras que hoy nos rodean.

Los sefarditas se llevaron las palabras y las notas con ellos al marcharse. En su éxodo, junto con el lenguaje, también se llevaron y transmitieron las melodías, en un patrimonio de belleza intangible como pocos en la historia de la humanidad. Hay que acercarse a ellas desde la humildad y la apertura, teniendo en cuenta que pertenecen a otra época, pero que hablan de todo lo universal que hay en nosotros, y que de ellas brotan las mismas preguntas que galopan por nuestra inquietud. Lo hacen con una tristeza inmensa, como veleros de melancolía que surcan la sangre hacia el interior de nosotros, impulsándose con el inmenso gozo de la música, que aunque exprese dolor es ya liberación en sí misma. Y nos hablan de cosas que entendemos, de cosas que atravesamos día a día.

“Tu madre kuando te pario
I te kito al mundo
Korason ella no te dio

Para amar segundo”


Las dudas, el desamor, la necesidad de creer en algo, la pérdida, la esperanza y el vacío, la inexplicable existencia, la fuerza infinita del amor, la inevitable oscuridad del alma...

“Una ora en la ventana
Ora i media al balkon

La kulebra de tu ermana

Ah, no mos desha, Ah, no mos desha

Azer el amor

(...)

Yo la kero, tu la keres

Ya mos vamos a matar

Ven djugaremos a los dados
El ke la gana, el ke la gana

Su mazal

(...)

Ke komio la tu mama

En preniada de ti

Te kito morena y dulse

Amasada

Amasada kon la miel”


Para ello usan palabras bellas, que tardan más en llegarnos que las contemporáneas, las que fueron pronunciadas por los que viven exactamente como nosotros, pero que son igualmente una imagen de esas aristas del hombre, de sus grietas, de sus quiebros, de las interminables búsquedas...

“Komo la roza en la güerta
I las flores sin abrir
Ansi ez una donzea

A las oras de murir”


Ese inmensamente rico legado ha sobrevivido en el éxodo centenario de los judíos de Sefarad por el mundo, transmitiéndose de hogar en hogar, de generación en generación. Una tradición musical sin acompañamiento musical que sigue sin dejar indiferente a muchos. A mí entre ellos. Siempre me han interesado mucho estas melodías y estas palabras. Con ellas leo que lleva experimentando un tiempo la cantante Israelí Yasmin Levy, de la que me han regalado estas navidades su último trabajo, mano suave.


El resultado es sorprendente, por su equilibrio entre tradición, folclore y puesta al día, y nos deja también ver algunas composiciones suyas que si bien desentonan a veces un poco con el resto, se escuchan bien. Llevo un par de días nadando con ella por la ciudad, y es como si la música me llevara, como si necesitara huir porque de repente todas las historias que suceden dentro y fuera de mi se contagiasen de su ritmo y galopasen alrededor mío, atravesándome y susurrándome esa pena que nunca se borra, que nunca se calla, porque silva por entre las ramas y las piedras. Y aún predicando hacer frente a la vida, también me parece que caigo en ese vacío de sus palabras sinuosas gritando “irme kero madre, a Yerushalim..., komer de sus frutos, bever de sus aguas... en el me arrimo yo... i en el m’afalago yo... i en el senior de todo el mundo... i lo estan fraguando kon piedras presiozas... i lo estan lavorando kon piedras presiozas...

8 de enero de 2008

Lecciones de ópera

Monteverdi: L'Orfeo
favola in musica rappresentata in Mantova l'anno 1607
Concerto italiano. Dirección, Rinaldo Alessandrini.
Monica Piccinini, Furio Zanasi, Sara Mingardo, Sergio Foresti, Antonio Abete, Luca Dordolo.


A pesar de ser la ópera más antigua que existe, por ser (entre otras cosas) la primera que puede considerarse como tal, han tenido que pasar muchos años para encontrar una versión como la que nos regala el italiano y especialista en Monteverdi, Rinaldo Alessandrini. Uno diría, además, que después de la revolución de la vuelta a los instrumentos originales y a las formas de interpretar de la época que tan en boga han estado en los últimos 15 años (véanse las interpretaciones, por ejemplo, de Harnoncourt o, más recientemente, René Jacobs) , ya poco se podía aportar a una tan célebre como abundantemente interpretada obra. Pero Alessandrini ha sabido dar con la tecla, y nos ofrece una versión que puede gustar o no, pero que es absolutamente diferente a las que existen. En mi opinión ni las anula ni las supera, tan solo ofrece una visión hasta ahora no explorada de esta grandísima obra del final de Renacimiento musical italiano. El Orfeo no es una obra fácil, y detrás de ella no está sólo la simplificación de un complejo mito de la civilización occidental, sino que precisamente por ser Orfeo un personaje que representa la música en sí mismo y estar relacionado con muchos otros mitos y leyendas, es una obra que esconde multitud de rincones, matices e inflexiones en su aparentemente limpia apariencia. El acierto de Monteverdi de conseguir unir palabra y música sin que la última fuera un mero acompañamiento de la primera, sino que la argumentase con su riqueza, y se adaptase (además) en ritmo y textura, a la evolución de la narración (esto es, convirtiéndose ella misma en elemento dramático paralelo al texto) dio lugar al nacimiento de un género artístico que transformó el arte y la música: La Ópera.
Creo que Alessandrini consigue trasladarnos con mucho acierto a las sensaciones que debieron tener los primeros auditores de una obra como el Orfeo, que acierta apor primera vez a narrar una acción dramática donde texto y música se conjujaban encaminados a transmitir un mensaje único. La revolucionaria forma de interpretación de los recitativos que usa Alessandrini (no olvidemos que la mayor parte de esta ópera son recitativos, pero que a diferencia de lo que se había hecho antes, no sólo "mantienen" la música en la obra, sino que argumentan meticulosamente el texto) está convincentemente estudiada y explicada por el propio director en el delicioso libro que da soporte a los Cd’s. Además, se añade un curioso texto de Camille Laurens, donde a través de un diálogo-relato, recupera matices ya apuntados y ahonda en nuevos aspectos de la figura de Orfeo (como el de su posible falta de pasión por Euridice o incluso su homosexualidad). Las ilustraciones del mito a través de pinturas de la historia del arte occidental que se incluyen son igualmente hermosas y provocadoras. Por último, las interpretaciones de los cantantes son mucho más que correctas, y en el caso del Orfeo (el barítono Furio Zanassi) o la Mensajera (la siempre sublime Sara Mingardo) rozan lo conmovedor, en un pasmoso equilibrio de contención, corrección y pasión.
En fin, que al libro-cd no le falta nada para ser recomendado. Si lo adquieren, tendrán asegurada una versión nueva y llena de fuerza. Desde mi punto de vista, una versión ideal para exporar la obra y recuperar toda su fuerza: la fuerza de esta historia de amor que celebra sin paliativos el inmenso poder de la música. Porque oyéndoles, uno sólo puede sumergirse en su honda sencillez y gozar de la música en su estado más puro.



En este fragmento del inicio del segundo acto (quizá el acto más redondo de la obra), un duo de pastores inicia presentando el lugar donde los dioses vienen con frecuencia a buscar descanso. Así hace el semidios Orfeo, que siempre ha hipnotizado a bestias y humanos,a la naturaleza toda, con el magnetismo de la música de su lira. Pero si antes lo hacía para cantar el desconsuelo de su falta de amor, hoy lo hace para alegrarse por su boda con la bellísima Euridice. Entre ninfas y pastores que danzan en medio de una música rica en floreos y arabescos, interpretados con una profusión de instrumentos que la dotan (al menos para la época) de un tremendo poder, Orfeo recuerda la melancolía de su canto otrora, y cómo la naturaleza se contagiaba con él, y lo lejos que queda ahora aquello...
Vi ricorda, oh boschi ombrosi(...)? - ¿Os acordáis, bosques sombríos(...)?