Era un día de finales de mayo y en el frigorífico de Joaquín quedaban algunas cerezas en un bol verde, tapadas con una de esas finas mallas de plástico protectoras que, tras toda una mañana cerrando el recipiente, recogía ya unas minúsculas gotas de agua en su parte interior.
Cuando salió del metro subiendo lentamente las escaleras que daban a la calle Sagasta, Joaquín aún tenía los labios húmedos y su espalda guardaba algo del frescor metálico de la columna sobre la que Juanjo le había empujado en aquel rincón oscuro del andén.
Un gran termómetro digital sobre la acera marcaba con precisión la temperatura (veintiséis grados y dos décimas) y sus pasos rotundos sobre el granito de los escalones comenzaban a fundirse ya con el bullicio de la calle, con los cientos de pasos de zapatos, tacones y chanclas que pisaban sobre el pavimento.
Fue entonces cuando se detuvo, y miró hacia arriba. El azul oscuro se derramaba abundante y opulento, invadiendo el perfil de los edificios, y el sol rozaba los brazos de los transeúntes. No llegaba a abrasarlos, pero cegaba sus miradas lo suficiente como para embriagarlos. Mayo se desvanecía ya ante la llegada del verano y aquel día parecía haber sido creado para una indescriptible eternidad.
Sacó su lengua puntiaguda y compacta y la deslizó lentamente sobre los labios. Aún conservaba el sabor en la boca, casi idéntico al de las cerezas de su desayuno.
Comenzó a caminar, y fue entonces cuando sintió que la felicidad, tras un instante detenida en su garganta, se quedaba a pasear perezosa por su estómago. Encendió su ipod, y todo el caudal de música de ese barroco sublime andaluz recién descubierto con entusiasmo aquellos días, cayó sobre él, sobre el azul, sobre las ramas y sobre los brazos peinados por el sol. Las gotas de agua sobre las cerezas, sin que él lo supiera, acababan de evaporarse sobre el bol.

