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9 de junio de 2009

El tiempo de las cerezas.



Era un día de finales de mayo y en el frigorífico de Joaquín quedaban algunas cerezas en un bol verde, tapadas con una de esas finas mallas de plástico protectoras que, tras toda una mañana cerrando el recipiente, recogía ya unas minúsculas gotas de agua en su parte interior.
Cuando salió del metro subiendo lentamente las escaleras que daban a la calle Sagasta, Joaquín aún tenía los labios húmedos y su espalda guardaba algo del frescor metálico de la columna sobre la que Juanjo le había empujado en aquel rincón oscuro del andén.
Un gran termómetro digital sobre la acera marcaba con precisión la temperatura (veintiséis grados y dos décimas) y sus pasos rotundos sobre el granito de los escalones comenzaban a fundirse ya con el bullicio de la calle, con los cientos de pasos de zapatos, tacones y chanclas que pisaban sobre el pavimento.
Fue entonces cuando se detuvo, y miró hacia arriba. El azul oscuro se derramaba abundante y opulento, invadiendo el perfil de los edificios, y el sol rozaba los brazos de los transeúntes. No llegaba a abrasarlos, pero cegaba sus miradas lo suficiente como para embriagarlos. Mayo se desvanecía ya ante la llegada del verano y aquel día parecía haber sido creado para una indescriptible eternidad.
Sacó su lengua puntiaguda y compacta y la deslizó lentamente sobre los labios. Aún conservaba el sabor en la boca, casi idéntico al de las cerezas de su desayuno.
Comenzó a caminar, y fue entonces cuando sintió que la felicidad, tras un instante detenida en su garganta, se quedaba a pasear perezosa por su estómago. Encendió su ipod, y todo el caudal de música de ese barroco sublime andaluz recién descubierto con entusiasmo aquellos días, cayó sobre él, sobre el azul, sobre las ramas y sobre los brazos peinados por el sol. Las gotas de agua sobre las cerezas, sin que él lo supiera, acababan de evaporarse sobre el bol.



29 de marzo de 2008

Noche barroca.


Discretamente casi escondido en la programación del Teatro Real de Madrid como complemento a las representaciones del Tamerlano, de Handel –ambas óperas barrocas y con el mismo libreto- nos encontramos el jueves noche con una de las veladas más deliciosas que recuerdo en el escenario madrileño. La versión del concierto de la ópera de Vivaldi Bazajet. Una sola representación que por lo tanto sólo pudimos disfrutar unos poquitos afortunados (comprar la entrada el día que salieron a la venta fue toda una odisea internauta)

El mundo de la ópera barroca necesita de una contextualización histórica y musical correcta y que nazca de una inmersión espiritual decidida. No es un tipo de ópera que suela ser demasiado apreciado por el público general de la ópera y más bien recoge adeptos entre los incondicionales de la música barroca en general. Todo esto era evidente en los comentarios que se podían escuchar en el intermedio a los asistentes. Yo mismo confieso que mi interés y comprensión de la música barroca es fruto de mi esfuerzo personal por asimilarla y dejarme llevar poco a poco por su intrínseca belleza.

Pero el jueves íbamos con los deberes hechos y la ópera escuchada en casa. Y el resultado fue realmente cautivador. Vivaldi es un mago de la música, capaz de inyectarnos la belleza en el aire que respiramos, toda la esencia de esa Venecia ya decadente del s. XVIII que retorcía hasta el infinito el hedonismo de sus habitantes y su incisiva recreación en la belleza, fruto del influjo abrumador de una de las ciudades más oníricas del mundo.

Fue un sueño de casi tres horas, y daba igual que no hubiese escenografía, pues el saber hacer de Fabio Biondi y su trouppe de la Europa Galante, rodeada de un conjunto de cantantes solistas de la mejor calidad en este tipo de repertorios nos dejó sin aliento y literalmente rendidos ante esta música de irregular hondura, pero de innegable magnetismo.


El Bazajet es un buen ejemplo de lo que se denomina Pastiche Barroco, en el que el autor recogía arias de otras óperas de él mismo e incluso de otros autores, y las añadía a alguna nueva compuesta ad hoc.
Fabio Biondi, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión con cierta pasión, ha recuperado y revisado esta partitura de innegable calidad y lleva varios años difundiéndola por el mundo en una prodigiosa prueba de su idilio con esta obra.

La música vocal de Vivaldi está extrañamente poco explorada, pero el ejercicio de una nueva generación de músicos como el propio Biondi, Rinaldo Alessandrini, o Christophe Rousset están contribuyendo a verla de otra forma a través de sus visiones renovadoras y serias de este tipo de repertorios, basadas en muchas horas de biblioteca estudiando partituras, anotaciones y demás documentos que son esenciales para poder interpretar una música que se compuso inevitablemente unida a una forma de interpretar que hasta ahora se desconocía bastante. A quien le interese este tipo de música yo recomendaría que escuchara alguna interpretación de estos nuevos (ya no tanto en realidad) músicos y renueve su visión de obras que creía monótonas, aburridas o exentas de pasión. No lo fue la interpretación del jueves del Bazajet vivaldiano, que a los que nos quedamos hasta el final nos robó espontáneos y desgañitados bravos a un conjunto que nos respondió sin divismo y con las sinceras expresiones de felicidad de quien es inmensamente feliz haciendo música.

Consiguieron que nos enamoráramos de Vivaldi.

Os dejo con un par de extractos, uno más dramático y otro más movido, para que os hagáis una idea de lo que os estoy hablando.