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1 de febrero de 2011

Colpo di fulmine.

(Colpo di fulmine: innamoramento immediato e intenso)

Io sono l'amore, Luca Guadagnino, 2010


No sé qué ha sido lo que me ha atrapado de esta película. Quizá que está muy bien contada, más allá de posibles carencias. Quizá que, a pesar de un tono demasiado épico y grandilocuente, sabe llegar a la médula de la historia de este colpo di fulmine arrebatado e inevitable que nos cuenta con gran sutilidad. Y que lo hace con una mirada, posiblemente criticable, pero inmensamente poderosa.

Como ocurre con la mayoría de las atracciones fatales, el azar más inocente e inesperado enciende de manera inicialmente inapreciable una curiosidad que en un momento dado empieza a rodar y a acelerarse, a ganar pasión, desconcierto y fuerza descomunal, siendo capaz de quebrar todo lo que se interpone en su camino.



La atracción se presenta aquí como lo que es muchas veces: Un vértigo poderoso que nos consume, que nos arrastra sobre todas las cosas. Que destapa de repente todos los vacíos existenciales, las insatisfacciones, los deseos ocultos e invisibles que nunca evidenciamos. Un sentimiento que, en definitiva, es capaz de hacer desmoronar el esqueleto de una vida entera que en realidad lleva muchos años sin funcionar. Un nudo que se va estrechando cada vez más hasta ahogar a la protagonista en su propia existencia.
Y aquí uno puede llegar a preguntarse si es posible que ese sentimiento, abrasador donde los haya, no nazca precisamente como respuesta a una frustración vital acallada durante años. Que el cuerpo y la mente respondan de manera salvaje haciéndonos experimentar lo más intenso que podemos imaginar, como revulsivo a una vida que no funciona, o a una insatisfacción que nos envenena. ¿O verdaderamente la pasión descontrolada de un colpo de fulmine como éste tiene una razón física o química que la sostenga? Seguramente hay un poco de ambas cosas. La pasión no es parangonable, imagino, y cada historia es única, con sus condicionantes y sus razones. Sin embargo no es difícil identificarse en ese tobogán de sentimientos que provoca la pasión de la protagonista. La película lo muestra de una forma sutil, pero carnal y volputuosa, en fusión con una naturaleza excesiva de belleza y esplendor, como lo es el éxtasis al que conduce.



Después viene el vacío, un vacío que comienza casi en sordina pero que después continúa como un ruido que se eleva por encima de todo y de todos, ensordecedor, aniquilante, visceral, simbolizado por una música estridente y desproporcionada, pero que nos conmueve hasta el agudo final. Y ya no hay nada que hacer: el golpe de pasión se transforma en golpe seco que hace desmoronar la familia, los vínculos, las rutinas, los cariños, evidenciando así la inhóspita y frágil naturaleza que los soportaba, a pesar del aparente halo con el que casi nos había cegado al inicio.

Después no hay nada más que contar. La continuación, el futuro, la fortaleza del amor que nace, ya no interesa. Es una historia quizá predestinada a acabar rápido. O no. Pero eso es ya otro cuento, uno que desde ese mismo instante empieza a contar hacia atrás. Y así, tras el estruendo, volvemos de nuevo a un silencio que nos deja mudos, absortos en la idea de un esplendor que no hace más que rondar nuestro propio deseo.

La mirada de Luca Guadagnino es abiertamente efectista, pero no deja de ser personalísima. Por el ángulo con el que nos muestra los espacios, por los silencios y las miradas, que encierran tantas cosas, por una lectura honda del poder de los sentidos, reflejado en un sólo aparente preciosismo que sin embargo oculta todo un universo de sensaciones, por una estética contundente, pero del todo coherente y llena de sentido. Un sentido que intenta provocar algo físico en nosotros, algo que nos evoque, aunque torpemente, el nudo en la garganta, el vacío, el vértigo que se produce en la vida de la protagonista. A mi juicio, lo consigue. Repito, la película tiene carencias, y se puede criticar desde muchos aspectos, pero también, si te dejas llevar, puede conquistarte, hacer que sientas, de repente un intenso y afilado colpo di fulmine hacia ella. Yo, así lo confieso, lo he sentido.

¿Qué opináis de los amores fatales?

9 de febrero de 2009

Del vacío a lo exultante en el camino de la libertad.

Semana llena de emociones, de propuestas y de miradas. Y de secretas formas de ser recompensado siempre por este Febrero que aunque me depare noches frías, alarga los días y parece que me quisiera hacer soñar con el fin de un invierno que, más que otros años, ha sido gris y frío.
Contento de seguir vivo para la intensidad, de atreverme aún a ser valiente y sincero más veces de las que habría imaginado, de admitir mi humana fragilidad, mis esquinas afiladas, o la amargura que aún se acumula en los silencios. Lleno aún del estupor de la mirada inteligente de Richard Yates en su Revolutionary Road, llevada recientemente al cine por Sam Mendes en un trabajo personal, como siempre en él, que no consigue la redondez de otras películas salidas de su mano, pero que encuentra en las asombrosas interpretaciones de unos DiCaprio y Winslet en estado de gracia la llave para no hacer de esta película un melodrama más, y hacer creíble todo el quid de la cuestión, el centro de gravedad de la punta de lanza de esta película, resumida en esta escena de apenas medio minuto.



Una frase que en realidad sobra, porque la película expresa muy bien de qué huyen o creen huir sus protagonistas. Pero que con esa contundencia y eficacia del inglés parece habersido escrita para no tener que ser ahorrada:

The hopeless emptiness of the whole life here (el irremediable vacío de la existencia aquí)

Hablamos de un matrimonio que cae en el vacío porque no sabe asumir el fracaso de su relación, y que se deja atrapar en las innumerables redes del sueño (de vida) americano para caer en un pozo sin fondo del que ser conscientes no les libra de, al intentar poner la solución, evidenciar su incompatibilidad de prioridades ante la vida, ante los sueños y ante la construcción de la propia identidad. No hay remedio. El pequeño y audaz prologo de la película ya presagia con fuerza la inutilidad de enfrentarse no sólo al fracaso, sino a la anestesia que la sociedad va a colocarles mientras se abandonan poco a poco a sí mismos.

El final, previsible y algo contaminado de moralina, me pareció que desmerecía el resto de la película, y su longitud, casi un fallo de principiante. Sin embargo, unos pequeños segundos sí que consiguen removernos del asiento. Los vecinos, personajes apenas dibujados pero maravillosamente sugeridos en su personalidad y en el papel que jugaban en la vida de los protagonistas, hablan de ellos con los nuevos vecinos. Aquellos ya no están allí. Se hace un silencio extraño y él sale de la casa al jardín porque se asfixia ante los sentimientos encontrados. Fuera, en el jardín, observa esa casa de Revolutionary Road que es el icono de esa vida maravillosa y especial que debían tener sus inquilinos, y hace prometer a su mujer, que ha salido en su búsqueda preocupada, que no volverán a hablar de los Wheeler.
En realidad la película se podía terminar ahí. Es escalofriante la evidencia de la propia necesidad de pasar de puntillas por lo que hasta ese momento era algo importante en sus vidas como ejercicio disciplinado de seguir adelante sin enfrentarse a ellos mismos y a sus problemas que en fondo son los mismos que los de los Wheeler. Es la vuelta de tuerca del engaño de la vida que los aprisiona y que además los educa contra la rebeldía. Un antídoto falso contra un vacío en el que, como en la escena se apunta, lo difícil es comprender que puede ser irremediable. Ellos se creyeron dioses por un instante, pero también sucumbieron, y el engranaje cuasiperfecto de la sociedad y de su propia fragilidad les hizo pagar por ello.


No hay que irse a Estados Unidos para constatar esta degradación que nos impone la necesidad de pareja, de familia, de estética social, como única vía para no ser considerado de alguna forma un fracasado y merecedor de consuelo. Y sin embargo lo que veo a diario es precisamente la constatación del fracaso de muchas parejas por el hecho de nacer como respuesta a la necesidad adquirida de no estar solos, y la posterior construcción de la familia en torno a esa huida que se va vistiendo de rutinas y deseos enterrados día a día. Me produce una tristeza enorme, porque sé además que en la raíz de todo está cómo la sociedad y sus patrones se perpetúan a través de la educación y la tiranía de la conciencia.

He sufrido desde que era adolescente por sentirme extraño y diferente al resto en prácticamente todos los aspectos de la vida. Un sufrimiento que, con la soledad que conlleva, y frente a otras cobardías que he practicado y practico, sí que encaré siempre con cierta dosis de valentía. Un sufrimiento y una soledad que, sin embargo, me han hecho tener un sistema de valores y creencias quizá marginal, pero que me ha acercado a mi visión del mundo y la construcción de mi verdad y de mi camino de felicidad, aunque para ello haya debido pisar (y pise) con frecuencia la difícil encrucijada del desconcierto y la responsabilidad, y no siempre el miedo me permita actuar como quiero o debería. Aún así, he eliminado conscientemente muchas de las redes de seguridad que la gente construye, y me he sumido en una libertad que a veces duele intensamente asumir y ejercer, pero de la que estoy orgulloso, porque creo que me permite, en cierta medida, escapar del vacío y la mediocridad que inundan injustamente el mundo. Y digo injustamente porque creo que no son naturales, y más bien impuestas como forma de otorgar el poder moral y económico a una minoría que siempre lo ha tenido. Sé que estaré equivocado en muchas de las cosas que digo y hago, pero creo hacerlas desde la sinceridad y en ellas intento dejar abierta la ventana a la duda y al cuestionamiento general aunque siga equivocándome bastante. Sí, al final uno vive siempre un poco con el vértigo rondando, pero creo que es honesto hacerlo así, no es cualquier cosa la vida. Por ello, desde la felicidad rotunda que significa construirse asumiendo la duda y la sinceridad, abro las puertas a un nuevo Febrero que, desde su tímido primer intento de crepúsculo del frío, me define y ha marcado para siempre la ruta de quien soy y de quien seré. Gracias también a mis habitantes de febrero favoritos.

Symphony No.41 in C major, K.551"Jupiter" IV Molto allegro. W.A. Mozart, Leonard Bernstein y la Orquesta Filarmónica de Viena.

1 de diciembre de 2008

L'Heure d'été

Cuando en días como los que vivimos leo el periódico o veo las noticias en la televisión me resulta un poco difícil desvincularme de este pánico global que la crisis económica está contagiándonos. Y parecería hasta frívolo pensar que uno puede reflexionar sobre algo importante sin tener en cuenta la omnipresencia del problema económico mundial. Y sin embargo pequeñas películas sin demasiadas pretensiones como la que vi ayer, en realidad, contribuyen a ahondar más de lo que uno podría pensar en los tentáculos infinitos de la globalización y en la puesta en duda de los paradigmas y las instituciones sociales que han sostenido el mundo hasta ahora.

El mundo evoluciona tan deprisa que saltamos a diario por abismos que ni siquiera paramos a mirar. Cuando nos detenemos y tomamos conciencia de quiénes somos y dónde estamos, más de uno siente un vértigo y una extrañeza que no puede eliminar sino con más velocidad y con menos toma de contacto con la realidad aún, alimentando así un proceso que seguramente no tendrá fin.

Seamos realistas: en una sola generación, casi con seguridad, se habrán desmontado la mayoría de las instituciones sociales que llevan construyéndose, fortificándose y sosteniendo el mundo occidental desde hace siglos. Y no digo que ponerlas en duda (en muchos casos) sea lo mejor. Pero es innegable que se está haciendo de manera automática y discreta, y que en este mundo de lo inmediato la mirada crítica, la reflexión y la comprensión del valor del pasado y de la memoria, no están efectivamente teniendo lugar.

La última película de Olivier Assayas lo intenta, a su manera. Sin ninguna intención de posicionarnos en ninguna opinión, nos abre una pequeña ventana a un momento de inflexión en la historia de una familia. Un momento en el que se va a poner de manifiesto una descomposición que de facto ya existe. La muerte de una madre que vive anclada en un mundo que ya ha desaparecido deja a sus tres hijos la no fácil tarea de enfrentarse al hecho de poner punto y final a la historia familiar. El pasado y la memoria (algo de lo que ella llevaba viviendo demasiados años) inevitablemente van a desaparecer por completo. Los hijos han construido vidas completamente diferentes, y cada uno (de alguna manera) representa un diferente modelo de éxito de la sociedad globalizada y actual. Uno director de producción de una empresa multinacional en expansión que se traslada a China para abaratar la mano de obra, la otra diseñadora de fama en Nueva York y sólo el mayor aún en París, padre de familia desbordado por el trabajo y la incomunicación. Sus vidas ya sólo estaban ligadas por las visitas a la casa materna en el campo unos pocos días de verano al año. Ella es una madre fría y algo excéntrica, hundida en un pasado con más de un secreto que sus hijos desconocen y heredera del legado artístico del tío abuelo de su marido, pintor de reconocido prestigio y hábil coleccionista de objetos de arte. Además, es ya la habitante única, junto con una criada que cuida de ella, de la mansión donde se atesoran todos estos objetos. A su muerte, el único hijo que aún vive en Francia intentará sin éxito salvaguardar la casa y el patrimonio artístico y sentimental de la familia, pero la causa está perdida, pues cada uno tiene su vida y sus intereses y ya nada de ese universo abultado, hermoso y desconocido en parte parece poder salvarse.

Con este punto de partida, Assayas nos deja ver las escenas que se suceden en esos días y que, más que mostrarnos la vida y la esencia de los personajes, nos dejan ver la realidad de la disolución de la familia y la pérdida de valor de la memoria y de sus iconos. Así, con la casa como símbolo de la familia que ya no interesa a nadie se provoca una reflexión sobre el valor de la memoria, el vacío en el que caen las vidas y sus secretos, el poder indestructible del proceso de individualización en el mundo, la falta de comunicación, los límites del arte, su pérdida de humanización y otras muchas que sin duda se me escaparon...

En realidad no ocurre nada que no tenga que ocurrir, pero Assayas nos coloca como espectadores evidentes de una visión que nos remueve porque la sentimos cercana (a pesar de la distancia social y personal que pueda haber con los personajes individuales). En el fondo lo importante aquí no es lo que pasa, sino que lo estamos viendo con mucha evidencia desde fuera, y podríamos así también vernos a nosotros mismos y a nuestro entorno cercano. Cómo cambia el mundo, las costumbres, los referentes, las redes vitales en las que nos refugiamos... y en medio de esa velocidad nosotros incapaces de pararnos en cada uno de esos cambios para valorar su naturaleza real.
El bisturí de Assayas es muy preciso, pero no ataca a las personajes ni a sus vicios, sino a los mecanismos y a las inercias que provoca el mundo actual. Por eso quizá nos deje un retrato algo vacío de los protagonistas (que también por ello requieren una brillante interpretación para sostenerse, y así la brindan absolutamente todos los personajes principales y secundarios) pero nos dibuja a cambio un espacio de reflexión muy lúcido y certero. Cada cual opinará lo que quiera, pero la evidencia dejará huella en cada uno de nosotros. Assayas no nos alecciona, sólo nos invita a darnos cuenta una inevitable realidad ante la que a menudo tendemos a pasar de largo. Nadie se sentirá decepcionado porque la película tiene la capacidad para que cada espectador la haga suya desde su sinceridad. La vuelta de tuerca irónica del final es todo un canto a que la vida sigue a pesar de que lo destruyamos todo: un guiño estupendo para terminar esta cinta que vuelve a demostrar de nuevo lo fino que sigue hilando el cine francés.

27 de octubre de 2008

ROMA


Desconcertante Roma.
Por el desafío que supone para los sentidos. Por su aguda belleza que se te clava en la retina a presión, inyectada por el sol infinito de un octubre casi estival. Y los pinos siempre en el horizonte, de larguísimos troncos y esféricas copas que con su verde oscuro refrescan la fantasía de la mirada. De todas las miradas que sobre ella se han posado a lo largo de su milenaria historia. Millones de miradas de todo el planeta, de todas y cada una de las épocas. Desde la Antigüedad al Futuro. Todas se han quedado allí, quizá sobrecogidas por el descaro de esa íntima grandeza que inspira este centro de gravedad del mediterráneo, alma profunda de lo latino, de la romanización, de toda esa forma de existencia que expandieron sus habitantes a través de las orillas antiguas del mare nostrum.

Continuamente reinventada desde su origen. Superpuesta como un rompecabezas tridimensional, donde las diferentes capas de la historia no se superponen sólo en vertical sino que se entremezclan y se fusionan como en un mosaico de teselas ínfimas y sin embargo indispensables. Roma que ha sido la capital de uno de los imperios políticos y humanos más grandes de la humanidad aún nos despierta seduciéndonos con la imaginación de su esplendor descomunal entre las piedras caídas, las estatuas desmembradas o las solitarias columnas que apoyan el sueño de los arquitrabes como una memoria que se recorta siempre en el naranja de esta ciudad que se llama eterna porque así lo es. Eterna en no rendirse al olvido ni al capricho de ser reino de Papas guerreros y déspotas, desmesurados e ingratos o ciudad provinciana y decadente a pesar de su refinada aristocracia .

Ciudad casi de mentira a veces en su personalidad ecléctica y teatral, sacra e infinitamente pagana a la vez. Cuidad que no se deja comprender, que se retuerce en el cliché y que esconde otras subterráneas realidades, como las del subsuelo hueco que sella su pasado. Roma invadida de ideas y de piedras que ocupan el espacio de los sueños de todos los que la aman y de todos los que la han vivido. Grandeza que no epata por el tamaño ni la simetría ni la perfección, sino por el caos espontáneo de su belleza desmedida y caprichosa, desparramada sin límite, pero siempre encerrada en el equilibrio de su milenario clasicismo. Copiada a sí misma en la arquitectura que se encaja en plazas y esquinas, en explanadas y avenidas, en lo grande y en lo pequeño, fundido con esa milagrosa inspiración que no existe más allá de sus siete colinas.

Roma llena de vida y de sonrisas, y de gestos al aire y olor intenso de queso pecorino sobre pasta con tomate y albahaca. Helados y miradas al fondo de los ojos, galantería en las aceras, elegancia y desmedida manera de significarse en ese sentido de la responsabilidad de tener que representar la originalidad del made in italy. La sonrisa de quien lo ve desde fuera, entre condescendiente y con sentido del ridículo, pero con secreta e inexplicable envidia.

Roma inexplicable e infinita, inigualable y desconcertante de nuevo, única entre las ciudades únicas, secreta y universal, pequeña y gigante, inagotable y rotunda. Antigua, siempre antigua. Milenaria y sabia, y por ello también futurista, trampolín de la cultura occidental, reflexión de lo que somos y de lo que seremos.

Humana y viva...
Eterna, siempre eterna.

11 de agosto de 2008

Caos Calmo


A veces son las pequeñas películas sin pretensiones las que nos llegan más dentro y las que más consiguen conectar con todas esas inquietudes desordenadas que llevamos y a las que les cuesta definirse en el seno de la vida pragmática y limitada de nuestro día a día. ¿Qué nos importa de verdad? ¿En qué momento nos sentimos más llenos de felicidad? ¿Qué percepción tenemos del tiempo que pasa? ¿Nos importa de verdad toda la vida que se desarrolla a nuestro alrededor, la de quienes queremos? ¿Interactuamos con nuestro entorno o nos limitamos a caminar por la senda que marca nuestra agenda? ¿Nos saltamos nuestras normas de vez en cuando? ¿Qué necesitamos para no sentirnos vacíos?

En un momento dado de nuestra juventud sentimos que todo el caos de la vida comienza a poner en peligro esa necesidad de construir algo sólido que va fructificando con la madurez. Un día, de repente, cae repentinamente sobre nosotros y se convierte en una especie de animal que de manera inconsciente necesitamos domar. Y así lo hacemos, creando una barrera propia entre nuestro camino y el resto del mundo. A partir de ese momento la vida comienza a fluir por un camino vallado en el que las puertas y posibilidades de intercambio con el exterior están siempre controladas. Y podemos caminar por él durante mucho tiempo. A veces, sin embargo, nos rebelamos contra él conscientemente, o simplemente ocurre algo que nos hace salir de él de manera imprevista.

Así ocurre en la última película de Antonello Grimaldi, protagonizada por el gran Nanni Moretti que realiza en esta cinta un grandísimo trabajo de actor. En ella se nos habla de la vida en general de una manera aparentemente leve, pero que obliga al espectador a emprender más reflexiones de las que cabría esperar.

Al protagonista, la tragedia le saca bruscamente de su camino y le arroja a un estado de extrañeza del que no consigue salir. En seguida somos conscientes de que el trazo grueso de la acción camina más por lo simbólico que por lo real, pero hay que reconocer que a pesar de ello, y quizá debido al ritmo pausado pero intenso que el director imprime a la película, la historia no nos hace caer casi nunca en la incredulidad.

La irracionalidad de necesitar tener la vida de su hijita bajo control lleva a Pietro a refugiarse en el microcosmos de la plaza en la que está situada la escuela de la pequeña. En él, la vida revuelta de su trabajo, de sus amigos, de sus familiares, parece diluirse en la rutina de los personajes que pueblan ese espacio. En esa calma de la vida de ese pequeño jardín, todo parece tener más sentido y así la vida de Pietro empieza a ordenarse a la vez que su catarsis personal toma lugar poco a poco sin drama alguno. La película, esbozada así, podría caer sin problemas en el dogmatismo y en la excesiva previsibilidad. Es, sin embargo, todo el universo de personajes que habitan ese espacio, casi mudos testigos apenas trazados en la película - una pena- y el de sus amigos y familia (inmensas y llenas de fuerza escénica Valeria Golino e Isabella Ferrari) que acuden a la plaza para estar con él -a pesar de no estar tampoco demasiado dibujados- los que van dando vida a todo ese microcosmos de la existencia de Pietro y los que con sus pequeños gestos, palabras y acciones van tocando colateralmente asuntos que obligan a reflexionar al espectador.

Al final, a pesar de la indefinición de los personajes secundarios, que redunda en el fracaso de la pretendida coralidad de la película, ésta termina dibujando un fresco de lo que puede ser la vida si nos paramos y miramos con honestidad alrededor, si rompemos esas barreras de nuestro camino y aspiramos el aroma de nuestros horizontes vitales y locales. La película, pese a sus irregularidades y a lo poco logrado de algunos personajes secundarios y de algunos momentos del guión, consigue trasladarnos bien un mensaje profundamente humanista y lleno de sutiles invitaciones a la reflexión, que alcanzan a casi todas esas preguntas que hacía yo al principio. Al salir de la sala seremos conscientes de que lo más profundo y lo más importante tiene siempre su reflejo en las cosas más simples y leves de la vida. Que todo el caos existencial puede ser vivido desde nuestros propios microcosmos de calma, pero que es esencial no perder la capacidad de ser libre y consciente de ello en cada momento. Como siempre, es una cuestión de sinceridad y de voluntad.

29 de julio de 2008

Concentrado de Kusturica.


He vuelto a Kusturica. Lo admito, sus películas me gustan a pesar de que su fórmula sea repetitiva y sin casi aparentes variaciones.
En su último metraje Prométeme, el director Serbio nos ofrece quizá uno de sus trabajos más mediocres y menos inspirados. Para quienes no gustan de su especial forma de narrar, la película podría llegar a ser hasta un tormento. Pero para quienes le seguimos con placer, la cinta, a pesar de ser floja, sigue cumpliendo el mismo efecto de siempre y nos deja esa inimitable sensación de gozo por la vida, de energía positiva, de necesidad de la existencia a pesar de todo.

En ella se cuenta la historia más o menos iniciática del despertar erótico-sentimental de Tsane, un niño de las montañas que llega a la ciudad para cumplir varios encargos de su abuelo, con el que vive.
En el fondo Kusturica, contándonos historias diferentes en sus películas, siempre nos habla de lo mismo: la imperfección de la vida, la inevitable dualidad de la existencia, el bien y el mal, la maldad y la ternura. Su visión pasa por la simplificación de la existencia para despojarla de inútiles gravedades y dejar, descarnada y apetitosa, la esencia sencilla de lo que en realidad nos importa. Sus personajes arquetípicos y deformados (mafiosos, prostitutas, sabios, mujeres llenas de belleza sensual, niños inocentes y otros que lo son menos, personajes casi circenses...) nos ayudan a ello y crean una atmósfera inimitable y onírica que sólo puede ser asimilada como lo que es: un cómic disparatado e irónico que nada tiene que ver con la realidad y que sigue la fórmula de una fábula entre postmoderna y ancestral de la que hay que extraer el fondo entre toda esa abultada parafernalia estética.

Así, en su último trabajo Kusturica recurre a sus elementos de siempre (violencia, esperpento, locura, desmesura, mal gusto, surrealismo, música balcánica) y los potencia al máximo (uno se pregunta en cada una de sus películas si aún puede aumentar el tono de su personal estilo. De momento parece que sí). Después lo siembra de esas hipnóticas escenas llenas de belleza a la que nos tiene acostumbrados y de su siempre especial ternura, con la que nos concede respirar del trepidante ritmo de sus historias. Finalmente el amor, como siempre, triunfa y redime toda la oscuridad.

El problema de esta película es que Kusturica no termina de ser redondo porque se ahorra mucha de la poesía a la que nos tiene acostumbrados. Se queda en momentos de poesía visual, pero sin trascender a otra -más importante- poesía, que es la conceptual.
A pesar de ello, me sigue sorprendiendo cómo es capaz de introducir en el corazón de ese disparate sin sentido que es su último trabajo la ironía y la crítica a la identidad serbia y su realidad política y social actual con tanta sutileza.
Pero en definitiva la película no es tan convincente como otras y al final uno sale del cine con la sensación de que no le han contado nada de interés. Eso quiere decir que a quienes nos gusta Kusturica, aún así, saldremos del cine llenos de energía y con la sonrisa en la boca, pero que a quienes resulte cargante lo sentirán como una auténtica tortura ya que el de esta película es sin duda un Kusturica que concentra al máximo todo su lado esperpéntico y desmedido, pero que huye del lirismo que lo ha caracterizado otras veces. Así que la conclusión dependerá de los gustos, pero seguro que indiferente no os deja.

17 de junio de 2008

¿Quién dirá lo que tiene el agua?


Nana, de "Bodas de Sangre", Federico García Lorca
(...)
Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua.
El agua era negra dentro de las ramas.
Cuando llega el Puente se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola por su verde sala?

(...)

Mujer

Duérmete clavel,
que el caballo no quiere beber,

Suegra

Duérmete rosal que el caballo se pone a llorar.

(...)



Música: Ennio Morricone
Voz: Dulce Pontes.

3 de marzo de 2008

Irremediable y secreta pasión

Por toda esa pasión que corre y vive entre líneas, invisible y prohibida. A veces más posible, a veces menos, pero siempre silenciosa, cautiva, rugiendo en el lugar más común, en el más bello, en el más sórdido. Escondida en medio de palabras que se pronuncian en la noche, entre intencionadas y tímidas, o adheridas a los dedos que se rozan en la tarde, bajo la mirada única de las primeras mariposas.

28 de febrero de 2008

Él

Cada mañana estaba ahí, en la esquina, mirándome fijamente. Nadie parecía darse cuenta de que su forma de observarme era ruda y al mismo tiempo llena de oscuridad. Echaba un vistazo alrededor y el mundo parecía seguir discurriendo como si nada sucediese. Yo solía apartar la mirada, pero sientía siempre la suya como fuego sobre mi nuca. Y si, por casualidad, me volvía a comprobarlo, ahí siguía, girada para alcanzarme, recorriéndome aún, llena de intenciones que no alcanzaba a traducir, de deseos que se escapaban de su retina. Ni un músculo más de su cuerpo se movía, sólo su cuello, buscándome ya en el final de la calle.
Un día desapareció para no volver. Lo olvidé rápido, lo admito. Pero nunca fui consciente de la semilla que aquella mirada había enterrado en mí hasta hoy.

Esta noche he vuelto a cruzarme con él, inesperadamente. El viento que se ha levantado de repente, aquellos cables rozándose con ese insoportable ruido metálico, el frío que me recorre el cuerpo. No, no he sido capaz de escuchar ninguna de las señales que llevan un rato queriendo anunciármelo. De golpe ha surgido, como entonces, de una esquina. Esta vez todo está oscuro y sus manos brillan bajo la débil luz de la farola. El viento sigue silbando, nada más se escucha. Parecemos los dos únicos seres sobre la tierra. Sé que está vez no se quedará parado. Sé que viene a por mí. Cada vez se escucha con más fuerza el ruido de los cables. Parece que los siento quemar sobre la piel. He debido tener cientos de pesadillas desde que aquella mirada suya se cruzó con la mía. Pesadillas en las que he perdido casi toda la inocencia de mis intenciones. No recuerdo ninguna, mi consciencia ha pasado por ellas como de puntillas. Pero esta noche, al verle de nuevo, se han despertado todas desde ese pozo infinito de lo inquietante, de lo que no osamos pensar que sucede, de todo lo que está más allá. Su mano me acaba de tomar por el hombro y la luna amarilla brilla insistentemente en sus uñas. Siempre supe que debía pagar por mi secreta perversidad, esa que nadie conoce. Su aliento llega a mi nuca, y sé que es ahora.

5 de febrero de 2008

Quiero huir.

Quiero huir hacia dentro,
detener el mundo y escapar por las venas,
navegar y eludir este invierno, aunque no haga frío.
Y ser fugitivo de la piel y del aliento,
y huir con las piedras lejos,
muy lejos,
dentro de mí.
En lo hondo de las nubes rojas,
en el fin de las miradas que se me enganchan
como ortigas de sal.
Escurrirme hasta que el tiempo se detenga,
hasta que se esfumen todos,
hasta no ser más que yo
y las horas detenidas.
Y entonces respirar despacio,
para seguir caminando.

31 de enero de 2008

Meridiana Belleza.

Una tarde fría de invierno es suficiente excusa para dejarse caer en el sofá y hacer una de esas excursiones por la belleza sin salir de casa con las que me gusta agasajarme.
Mozart e Italia en el reproductor de dvd. El chocolate lo pongo yo, la mirada, el director estadounidense Joseph Losey. A pesar de que el salzburgués (o más bien su libretista, en este caso Lorenzo Da Ponte siguiendo los textos de Molière y Tirso) sitúa la acción en Sevilla, al americano debía apetecerle más en ese momento rodar en el norte de Italia. Para ello eligió la espectacular ciudad de Vicenza y, como escenarios, algunos de los edificios y espacios más significativos de uno los arquitectos más notables del renacimiento italiano: Andrea Palladio.

Si alguno ha visto película me dirá que, a pesar de ser mítica, tiene deficiencias en la puesta en escena, en el concepto dramático y de la acción, en la forma en la que retrata a los personajes (en una ópera que como ninguna otra lo hace a través de la música) o en la rigidez de los planos (que no se adaptan del todo a las constantes modulaciones y humores de la música de Mozart). Entramos aquí en la eterna discusión de la Ópera en el Cine. Matrimonio imposible a mi parecer, pero que aquí, sin embargo, alcanza un nivel aceptable. Y eso porque más allá de discusiones, sinceramente, darse un paseo por la Piazza dei Signoria de Vicenza, recrearse en la espectacular Villa Rotonda o entrar en el escenario renacentista del Teatro Olímpico es siempre un placer para los sentidos. Y más si se hace de la mano de una de las grandes versiones de esta ópera de Mozart: la que firma el también americano Lorin Maazel (uno de mis directores fetiche), con entre otros el rotundo Ruggiero Raimondi, el elegantísimo José Van Dam, la siempre correcta Kiri Te Kanawa o nuestra siempre exquisita Teresa Berganza.
Al final todo anda un poco desajustado en esta producción pero la belleza intrínseca de cada elemento es tan poderosa que su visionado es siempre reconfortante.
En fin, sólo hay que ver algunas de las imágenes, que os dejo aquí... La cita en casa, que se apunte el que le apetezca.

23 de enero de 2008

de veranos en invierno, de pérdidas y de aniversarios.



Se ha abierto una brecha de primavera en este invierno que no había más que comenzado. Es posible caminar por el retiro sin abrigo, sentarse a leer en un banco como si fuera abril o comer en una terraza a mediodía. Como en aquella película del belga Stéphane Vuillet (si bien allí la cosa era aún más sorprendente porque se trataba de Bruselas en el mes de enero) en la que al personaje protagonista, de repente, parecía sucederle de todo en el mismo día en el que, para colmo -o afortunadamente- también se anunciaba una inusual ola de calor casi veraniego en pleno invierno.

Casi igual que a mí el sábado pasado en plena Gran Vía, rebosante de luz y actividad como si fuese abril, con el sol engañándonos a través de este anticiclón templado que parece haberse encariñado con nosotros. Y de repente estaba allí, igual que entonces: aquel banco en el que me senté dos veranos atrás, habitado ahora por unos adolescentes molestos y gritones a quienes ni por asomo se les ocurriría pensar que allí, en aquel preciso lugar, en otro momento, habitó el trozo de una caricia que no se terminó nunca. Allí, justo allí, casi con la misma luz y casi con el mismo calor.

La gente atraviesa y camina, se tropieza y mira, avanza y no para... Nuestra Gran Vía es así, no deja respiro a la intensidad, en seguida la borra con más y más vida que pasa y pasa sin fin. No sé si los bancos de madera tendrán memoria, ni si ésta será limitada, o incluso selectiva, pero lo cierto es que el atropello de la memoria, la densidad del recuerdo, la torre que me vigilaba, el calor inusual... todo ello a la vez hizo que me parara en seco. Nada más se detuvo, todos continuaban fluyendo. Pero aquel instante que me acababa de atravesar desde el pasado se había quedado allí, paralizado, como accionado por el “pause” inteligentemente usado de un reproductor de vídeo.

No sé por qué, pero precisamente en aquel momento, recordé mi blog. Un blog que cumple hoy justo dos años. Cómo y por qué nació, y quiénes han estado cerca de él todo este tiempo, o parte de él...
No sé cuántas palabras habré escrito desde entonces, esto parece que no tiene contador. Ahora que lo repaso, hago cuentas y me salen unas 280 entradas, de las cuales 61 relatos. Han sido palabras y palabras que no han dejado de salir de mi cabeza. Muchas veces he pensado que no tenía mucho sentido seguir, que la inspiración había desaparecido, que ya no tenía nada que contar, que se había convertido en algo aburrido y que ya no era capaz de volcar en él nada interesante. Pero seguí adelante, a veces no sé ni por qué.

Hago balance y observo que además de mis historias han ido apareciendo por aquí músicas, poesía, arte, viajes, reflexiones, cine... un conjunto de cosas importantes de mi vida que he intentado descifrar poco a poco, aunque me temo que en el fondo son ellas las que me han ido descifrando a mí, sin ni siquiera ser consciente de ello.
A pesar de que la intención inicial era más higiénica, y sólo pretendía ordenar mis escritos y disciplinar un ejercicio continuado de escritura, creo que al final, a través de estas líneas, se ha escapado más de mí de lo que nunca pensé. Mis elipsis, mis enigmas, mis guiños privados, mis entrelíneas... quizá no son fáciles, pero tienen sus razones y sé que llegan cuando deben llegar y a quién tienen que llegar. Forman parte de mi necesidad de tender relaciones únicas con las personas que quiero. Sin duda este espacio me ha permitido sumar y sumar en la cuenta de las personas que quiero y que aprecio. Y hablo sobre todo de las que me han acercado no sólo a sus palabras aquí, sino a sus vidas en el mundo de lo real, sea en la vertiente que sea. Son, con diferencia, lo más intenso e importante que me ha dado el blog. Sé que no hacen falta nombres, pero muchas gracias a todos.


El texto se está haciendo un poco largo, pero antes de terminar quería también aprovechar otra de esas incomprensibles coincidencias que tiene la vida. Y es que hoy, repasando textos, caí en la cuenta de que el primer texto que subí al amante del volcán, un 24 de enero de hace 2 años, fueron mis impresiones de la gran película de Ang Lee, Brokeback Mountain. Justo cuando esas palabras van a cumplir dos años, no quiero dejar de recordar que ayer desaparecía el actor Heath Ledger, co-protagonista de una cinta que a muchos nos ha proporcionado algunas de las escenas más emocionantes del cine de los últimos años.
Ennis abrazado a esa camisa, más allá de todo lo predecible que podría parecer, no deja de tener un significado especial y poderoso, ya que ahí, con esa brillante sencillez, está sutilmente representada toda una forma de sentir y de mirar la vida... la misma que respira bajo este volcán.


4 de enero de 2008

Nombres en azul

A veces hay nombres que se filtran al papel escondiendo miradas que nadie sabe. Existe un mundo de templos subterráneos donde descansan en silencio los gestos que se detuvieron en esa quietud incierta. El tiempo pasa sobre ellos y los destiñe, deshace poco a poco sus perfiles. Pero no puede jamás destruir el sueño que los ordenó existir, ni el deseo circundante de la lengua que los creyó degustar: esa velada lujuria que atravesó fugaz e incómoda la luz de unos ojos que no pudieron evitar caminar por los raíles fríos del apetito, pero que sortearon la inevitable curva desde la piel herida, brotando invisible su sangre en la distancia... y en el olvido.


Hace muchos años descubrí un nombre escrito del revés entre sus cosas, aparentemente olvidado. Algo me hizo intuir que un impulso latía allí más fuerte que ningún otro en el resto de la casa. Lo dejé donde apareció, como si nada hubiese pasado. Pero comencé a jugar a inventarme situaciones y personajes para pronunciarlo delante de ella. Su mirada temblaba levemente siempre que lo escuchaba. Tan imperceptiblemente que nadie hubiese nunca sospechado que su temblor descifraba la sonrisa de un amante invisible. O al menos eso creía yo, y hasta llegué a imaginarlo con fruición obsesiva. Después lo fui olvidando poco a poco. Hasta el día que ella se fue. El día que desapareció sí que volví a recordarlo. Y no encontraba el momento de quedarme a solas para volver hasta aquel prohibido rincón... Pero el nombre había desaparecido. Todo lo demás aún estaba allí, pero aquel nombre se había borrado definitivamente, como por arte de magia.


Mi primer nombre secreto lo escribí en azul oscuro, sobre un pedazo pequeño de papel color sepia. Lo guardé entre los recibos de la electricidad, como olvidado por casualidad. Después llegaron otros, en la contraportada de aquella guía turística de París que ya nunca consultábamos porque era muy vieja, o en interior del libreto del Pélléas de Debussy. Sobre todo existen en otros lugares de mi cabeza y de mi sueño. Allí, de donde no podrían partir nunca. Y sin embargo, sólo ahora comprendo esa obstinación por dejar la huella de esos nombres en algún lugar. Sus secretos están sellados con el celo de la intimidad más impenetrable. Pero saber que existen en ese lugar conocido me tranquiliza, me sosiega, me deja respirar. No sé si se irán conmigo cuando yo me vaya, pero saber que algún espía accidental puede dar con ellos un día me hace sonreír en silencio... sí, exactamente igual que ella.

3 de diciembre de 2007

El sexo y el espanto


Te miro y mi cuerpo se aproxima al tuyo. Te rozo casi sin querer y te persigo en la piel, caminando siempre por las calles que descienden, por los callejones más oscuros, esos que me hacen imaginar lo que no imagino. Y siempre me detiene la luz de una angustia que me siega los pulmones, que me paraliza al llegar a las yemas de tus dedos, que me abrasa cuando mi nariz roza tus pestañas. Sé que mis manos no entienden de posesión ni de conquista, que para ellas sólo cuenta el instante de cabalgar sobre tu espalda y navegar desde tu pecho a tus caderas. Y que atraquen otras naves llenas de piratas de olor a madera y sal. Mezclar nuestras lenguas con las suyas, y el aliento recorrerá las mentes llenas de inhóspitas mareas, y deshará todo el espanto contenido entre la espalda y la retina. Quiero librar ese sortilegio de latidos, quiero desatarme entre vuestros muslos, quiero brotar entre mis grietas y mis precipicios, y quiero sobre todo sentir que estoy vivo, aunque sea fugaz el verbo que nos define, y también el que nos deshace en el olvido. El instante, grabado a fuego con el viento de vuestros labios, durará por siempre.



Pensamientos y conexiones al hilo del ensayo "El Sexo y el Espanto" de Pascal Quignard (Ed. Minúscula, 2005). De él, traigo aquí un extracto del prólogo, para que meditéis y reflexionéis sobre esas turbadoras miradas llenas de estupor y espanto de los frescos de Pompeya, y de cómo se perpetúan en nosotros y en nuestra manera de entender el sexo.

(...)

Venimos de una escena en la que no estábamos.
El hombre es aquel a quién le falta una imagen.
Aunque cierre los ojos y sueñe de noche, aunque los abra y observe atentamente las cosas reales a la luz resplandeciente del sol, aunque su mirada se aleje y se extravíe, o vuelva sus ojos al libro que tiene entre sus manos, aunque espíe una película sentado en la oscuridad o se quede absorto contemplando un cuadro, el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve.

Las patricias representadas en los frescos que compusieron los antiguos romanos están como ancladas. Permanecen inmóviles, con la mirada oblicua, en una actitud de espera anonadada, paralizadas justo en el momento dramático de un relato que ya no comprendemos. Quiero meditar sobre una palabra romana difícil: la fascinatio. La palabra griega phallos se dice en latín fascinus. Los cantos que lo acompañan se llaman "fescenius". El fascinus atrapa la mirada, ya que no podrá apartarse de él. Los cantos que inspira están en el origen de la invención romana de la novela: la satura.
La fascinación es la percepción del ángulo muerto del lenguaje. Por eso la mirada es siempre oblicua

Trato de comprender algo incomprensible: el traspaso del erotismo de los griegos a la Roma imperial. Esa mutación no ha sido pensada hasta ahora, no tanto por una razón que ignoro como por un temor que concibo. La metamorfosis del erotismo alegre y preciso de los griegos en melancolía aterrada tuvo lugar durante los cincuenta y seis años del reinado de Augusto, que reorganizó el mundo romano bajo la forma del Imperio. Esta mutación tardó solo unos treinta años en imponerse (del año 18a.c. al 14 d.c.). Y sin embargo aún nos envuelve y domina nuestras pasiones. El cristianismo no fue más que una consecuencia de esa metamorfosis: retomó, por así decirlo, el erotismo en el estado en el que lo habían reformulado los funcionarios romanos que promovió el principado de Octavio Augusto y que el Imperio, en los cuatro siglos siguientes, se vio obligado a multiplicar con obsequiosidad.

Hablo de los terremotos

El eros es una placa arcaica, prehumana, totalmente bestial, que aborda el continente que emerge del lenguaje humano adquirido y de la vida psíquica voluntaria, adoptando las dos formas de la angustia y la risa. La angustia y la risa son las cenizas densas que caen lentamente de ese volcán. No se trata nunca del fuego abrasador ni de la roca aún incandescente y viciosa que sube del fondo de la tierra. Las sociedades y el lenguaje se protegen sin cesar de la amenaza de ese desbordamiento. En los hombres, la fabulación genealógica tiene el carácter involuntario de un reflejo muscular: son los sueños en los animales homeotermos entregados al sueño cíclico; son los mitos en las sociedades; son las novelas familiares en los individuos. Inventamos padres, es decir historias, a fin de dar sentido a lo aleatorio de un apareamiento que ninguno de nosotros -ninguno de sus frutos, tras diez oscuros meses lunares- puede ver.

Cuando los bordes de las civilizaciones se tocan y se superponen, se producen sacudidas. Uno de esos seísmos tuvo lugar en Occidente cuando el borde de la civilización griega tocó el borde de la civilización romana y el sistema de sus ritos: cuando la angustia erótica se convirtió en fascinatio y la risa erótica en el sarcasmo del ludibrium.
(...)

Pascal Quignard.

23 de octubre de 2007

Dobles



Un día, hace muchos años, yo también, de repente, me encontré de bruces con alguien físicamente igual a mí. Increíblemente igual a mí. Como en la película de Kieslowski, él iba dentro de un automóvil y yo me quedé mirándole sin que él percibiera que lo hacía.
No sé si los mecanismos que se desencadenan en momentos como estos son iguales para todos. Yo, personalmente, me quedé confuso, como invadido por una sensación de haber perdido de alguna manera, mi unicidad completa en el mundo. No sé por qué, preferí sentirme espía de aquel hallazgo. Creí hasta adivinar que alguno de los gestos que, por casualidad, conseguí ver en él, también lo era mío. Era una posible evidencia de la sospecha de que no sólo físicamente pudiésemos ser casi idénticos, sino que la similitud también se podía extender al terreno del pensamiento y (algo mucho más peligroso) al de los sentimientos. El hecho me violentó sin causa aparente. Necesité apartar la mirada de él, como si observarle con mayor descaro aumentase las posibilidades de que él se diera cuenta y yo quisiera evitar que aquello sucediese.

De aquella inconfesable pero irremediable atracción se desprendía una poderosa pregunta que yo no osaba pronunciar, pero que planeaba sobre mi cabeza. ¿Podría yo enamorarme de alguien exactamente igual a mí? Es curioso, un chico cargado de muchos pequeños traumas e inseguridades como era yo en aquella época y que, sin embargo, no podía evitar caer en la autocomplacencia de, por un instante, sentirse atraído por él mismo cuando, de repente, era capaz de verse desde fuera.

Aquello era todo un desafío, pero ambiguo, bordeado de prejuicios y lugares comunes, de moralinas y temores de esos que nos anclan a lo más oscuro de nuestro yo. No aceptarse del todo, ni en lo físico ni en lo espiritual (algo más que natural para el adolescente que era yo entonces) parece incompatible con sentirse extrañamente seducido por pensar en sentir ganas de lanzarse hacia esa especie de "uno mismo"... Y sin embargo, el deseo estaba ahí, en el borde de un vacío inescrutable que sólo el salto inconsciente parecía poder desvelar. No pudo ser, y me alejé de aquel lugar profundamente turbado. Aquella imagen aún me visita con frecuencia, y me sigue inquietando no saber aquello que pudo haber sucedido.

Mi vida después no ha dejado de ser un continuo lanzarse a lo que aparentemente la razón o el sentido común (social, cultural) dicta en primera instancia. Siempre he sentido una necesidad de tocar la realidad, de pisar la raya, de atravesar más allá de donde sólo la imaginación llegaba. He atravesado demasiados túneles, demasiadas selvas, demasiados océanos, para encontrarme con tormentas y trampas mortales, con sendas torcidas y noches sin alba. Pero también he visto la luz imprevista en mitad de la nada, miradas que escondían universos enteros, y palabras que se erigieron en castillos donde ahora habito. En uno de ellos, aún espero encontrame con aquel chico exactamente igual a mí, mirarle a los ojos, por fin besarle en los labios, respirar de su boca, y seguir adelante sin temor.

10 de octubre de 2007

Detrás de la puerta.

Se cerraba la puerta y nadie sabía por qué estaban allí, ni qué los mantenía unidos. A pesar de parecer desde fuera la pareja perfecta, todos los que de alguna manera estábamos cerca de ellos, todos los que compartíamos algún rato de intimidad de vez en cuando con ellos, nos habíamos preguntado alguna vez si en realidad se amaban, o era tan sólo que habían aprendido a vivir juntos. También habíamos llegado a pensar que el pobre Lorenzo vivía encadenado al influjo intelectual de David, o al de su cómoda posición económica. Y David... al del inmenso atractivo físico de Lorenzo, o al de su juventud y energía.
Alguno, incluso, se había atrevido a sugerirlo cuando no estaba ninguno de los dos presente. Nadie, sin embargo, sabía qué pasaba allí cuando se cerraba la puerta y se quedaban solos.

Lorenzo pasaba la mayor parte del día fuera, y no sólo por trabajo. Además, no siempre decidía pasar las vacaciones con David, lo cual nunca llegamos a entenderlo.
David, a su vez, vivía en su propio mundo, y en él Lorenzo apenas entraba. Nunca se le escapó una palabra de amor en público.
Jorge llegó a saber que algunas noches las pasaban fuera de casa, indistíntamente. Pero no se lo dijo a nadie, salvo a mí. A ninguno le habría sorprendido una cosa así. Tampoco a Luis, que siempre ha deseado a David en secreto, aunque nunca lo ha admitido, pero estoy seguro de que ha debido incluso fantasear con la idea de dormir alguna noche con él. A veces incluso sospecho que lo ha hecho alguna vez.
Íbamos con frecuencia a su casa, y siempre eran perfectos como anfitriones. Pero ni siquiera en la privacidad del propio hogar, en la compañía de los mejores amigos, fueron capaces de darse siquiera un abrazo. Y todos nos preguntábamos, aunque no lo dijésemos, qué pasaría detrás de aquella puerta cuando nos despedíamos y nos marchábamos. Cómo serían sus besos, cómo de cálida su intimidad, cómo de intenso aquel sentimiento que los mantenía unidos.

Durante los últimos meses, pasamos muchas veladas juntos. Y viajamos con frecuencia los fines de semana fuera de la ciudad. Disfrutamos de momentos inolvidables. A veces, hasta nos llegamos a olvidar de quiénes éramos. Sólo existían aquellas tardes de vino, miradas, risas y confidencias. Fue uno de esos periodos en los que la felicidad se instala, y uno querría que fuera así para siempre.
Pero casi nada dura para siempre, y aquella tarde de final de verano Lorenzo se nos fue detrás de aquella curva. En un segundo, y sí, para siempre.

Nadie vio jamás una tristeza más grande que la de los ojos de David cuando se quedó solo. Ninguno imaginó nunca tan hondos silencios ni miradas tan amargas.
Lloró como un niño desconsolado, como pocas veces vimos en nuestras vidas, como pocas veces seguramente veremos.
Aquellos días, más de uno, inconsciente, sintió arrugarse su estómago al intentar imaginar, una vez más, qué pasaba realmente detrás de aquella puerta.
(Inspiración libre de una de las historias de la película "Saturno contro" de Ferzan Ozpetek)

9 de agosto de 2007

Vidas soñadas

Dedicado a mi amigo Gatchan, por nuestras interminables charlas sobre la vida y los sueños, porque siempre me pierdo en su discreta mirada llena de vida.



Este clip de Yann Thiersen que traigo hoy se mezcla con secuencias de la película de Erick Zonca a la que servía de banda sonora, La vie rêvée des anges (la vida soñada de los ángeles), una de las películas más desoladoras del cine francés de los últimos diez años.

La película es una inmersión sin anestesia en el universo de la soledad, la falta de comunicación y lanza una sincera y profunda mirada al complejo mundo de los inadaptados. Es una película no apta para corazones sensibles, pues seguramente los devastará sin piedad.

El desolado e inhóspito paisaje urbano de la norteña ciudad de Lille (una de las ciudades de mi vida, por otra parte, y aseguro que no es tan fría) sirve de decorado para recrear el encuentro entre dos formas diametralmente opuestas de mirar la soledad y los sueños. Más que una reflexión, un desolador retrato de las búsqedas vitales y de la inadaptación al mundo, de lo inevitable de las almas que caminan incomprensiblemente hacia la autodestrucción, de la lección inmensa de los que siempre devuelven vida ante la adversidad, y de cómo el choque entre esos dos mundos puede ser infinitamente bello, pero camina sin remedio al desencuentro... Inolvidables las interpretaciones de Élodie Bouchez (siempre sublime en todo lo que hace) y Natacha Régnier.
(Gatchan, nos quedamos con Élodie, ya verás)

31 de julio de 2007

La belleza Inteligente.

Otro de los grandes del cine que se nos fue. Este verano el mundo del cine se queda muy huérfano. Nada más conocer la noticia de la desaparición de Michelangelo Antonioni no he podido evitar traer a mi memoria todas las imágenes (abundantes, rodeadas de una extraña perfección) que en mi memoria guardo de la visita que el año pasado hice a Ferrara, su ciudad natal. Una de las desconocidas de Italia, pese a ser patrimonio de la humanidad. Una ciudad (ya lo expliqué en su día) de una belleza extraña, escondida, sutil. Una ciudad donde la belleza lo inunda absolutamente todo, pero es como si no pesara. Porque no está basada en el la espectacularidad, en el desafío o en la perspectiva, sino que requiere una capacidad más allá de la convención para poder captar el equilibrio de su irregularidad, la cautivadora atracción de lo simple, de lo pequeño, de lo aparentemente normal.
Y es que a mí, que siempre me costó bastante conectar con esa distancia que impone el italiano en sus películas, me parece que su capacidad (inigualable) para plasmar la belleza en cada fotograma que filmó (aún en el más terrible de los lugares) tiene mucho que ver con esa silenciosa hermosura de Ferrara. La poesía que tiene cada uno de sus encuadres es inexplicable. Yo siento que su belleza tiene que ver un poco con la belleza del silencio, de la armonía, de lo cósmico... Ya sean las escenas de los suburbios de Roma, o la gris Londres, él siempre captaba en lo normal, en lo habitual, incluso en lo aparentemente feo, esa conexión que en todo hay con la capacidad para exprimir lo lírico, la belleza estricta. Tampoco he visto tantas películas de él, pero me quedo con esa capacidad única que para mí tiene, de fotografiar desde un inteligentísimo don para captar lo bello en la imagen. Dejo aquí, como recuerdo algunas de las fotos que hice el año pasado en aquel inolvidable paseo en bicicleta al atardecer, donde la ciudad entera plegaba furiosa su silencio, su color y su hermética belleza para nosotros... Seguro que le habrían gustado.
Adiós, Michelangelo, adiós.

La Linterna Mágica



30 de Julio de 2007. Fallece el director de cine sueco, Ingmar Bergman. No, por supuesto que no, la desaparición de uno de los más importantes e influyentes directores de la historia del cine no podía pasar desapercibido para ningún cinéfilo. Pero no voy a aprovechar aquí para ser riguroso en recordarle y ensalzar su trabajo, pues en muchos de los blogs de por aquí ya se ha hecho, y probablemente mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo. Aquí sólo quería dejar un pequeño homenaje a lo que han significado para mí algunas de sus películas. Toda una lección de cine con mayúsculas. Esa imitación de la vida misma, desde esa perspectiva quizá demasiado fría y "nórdica" para muchos, pero rotunda, sincera y francamente profunda como pocas. Recuerdo aquella primera película suya que vi, Sonata de Otoño, en su dramatismo seco y desolador, que me conmovió profundamente, porque descarnaba el conflicto humano con un bisturí aséptico e impecable. Aún me persiguen a veces esos diálogos entre Ingrid Bergman y Liv Ullman.
Fue tras leer su ensayo autobiográfico "la linterna mágica" cuando caí en la curiosidad de rastrear su cine. Llegaron Fresas Salvajes, El Séptimo Sello o El Manantial de la Doncella. Para mí su sentido del cine parte inevitablemente del teatro, mundo en el que también trabajó mucho, y trata de plantear desde una profunda intelectualidad, los más importantes dramas y conflictos de la existencia. Por sus fotogramas se pasean el sentido de la vida, la muerte, el amor, la crueldad, la ira, la tradición, la sangre, el misterio, lo atávico, la ambigüedad, lo inexplicable, el deseo, y tantos otros argumentos. Siempre con rigor, siempre con hondura.
De extremada calidad me pareció también su incursión en el mundo de la ópera. Su película "La Flauta Mágica", representación de la obra de Mozart es todo un prodigio de la unión de cine y ópera, que aún no ha sido igualada como propuesta. Pero de ella hablaré otro día.

La película que más me ha cautivado siempre de él es FANNY Y ALEXANDER. Por su grandeza y su humanidad. Por su extremada belleza, por la exquisita música (la música clásica era otra de las fuentes de su creación) de Schumann que tan bien escogió para envolverla. Porque me conmovieron aquellos niños y lo que significaban. Por esa descarnada y sencilla forma de mostrar la aniquilación de la infancia y la privación de la libertad, por todo lo que representa en su cuidado simbolismo, en su críptica magia: desde la cautivadora linterna mágica de los niños al amante judío de la abuela o su oscuro sobrino. La sigo viendo y me sigo fascinando de la gran obra que es para mí, de cómo me mueve por dentro y cómo me llega hasta el fondo de lo que siento, de cómo yo siento, de cómo entiendo la vida...
Adiós Ingmar, adiós.