Fui seguidor de sus películas desde la primera que vi. Siempre me fascinó su impecable manera de diseccionar la complejidad del comportamiento humano desde esa aparente ligereza que tienen sus películas, que a veces hasta parecen documentales sobre la vida de personas reales. Es un cine que odias o amas, no creo que tenga término medio. Éric Rohmer retrata la espesura de la condición humana desde un realismo casi indecente, desde un naturalismo en el que no hay ningún elemento extra, apenas música, ni efectos, ni planos innovadores. Su contundencia está en tirar del hilo de la historia y de sus personajes con una neutralidad que nos convierte en voyeurs llenos de perplejidad ante la extrañeza de sus soberbias elipsis, tan cautivadoras y obscenas como las de la vida real. Sus películas han llenado de curiosidad y análisis a toda una generación de cinéfilos que hoy nos lamentamos de esta pérdida que nos deja un vacío inmenso.
Hace 9 años, el Institut Français de Madrid programó un ciclo completo de sus largometrajes hasta aquella fecha. Fue mi ocasión para verlas todas y fascinarme con su visión sutil y compleja de las relaciones. Autor de las maravillosas “Ma nuit chez Maud”, “Pauline à la plage”, o “Les rendez-vous de Paris”, quizá sea su tetralogía de cuentos de las cuatro estaciones su obra más depurada y accesible. “Conte d’automne” está, desde mi punto de vista, entre las mejores películas de toda la historia del cine francés, y posiblemente sea mi favorita de él, aunque siempre le tendré un especial cariño a “Le rayon vert” (el rayo verde) pues la vi en un momento vital de búsqueda sin objetivo, un poco como la pacata y cursi protagonista del film, y me hizo reflexionar sobre muchísimas cosas. Milagrosamente, también fue a partir de ver un rayo verde cuando empecé a encontrarle sentido a todo, a (como dice la leyenda de la que se habla en la película) entender mis propios sentimientos y los de los demás. Algo de lo que Rohmer, efectivamente, siempre supo mucho.
Nos quedan sus películas, si no las conocéis, no os las perdáis. À bientôt, Éric!!!
Cuando en días como los que vivimos leo el periódico o veo las noticias en la televisión me resulta un poco difícil desvincularme de este pánico global que la crisis económica está contagiándonos. Y parecería hasta frívolo pensar que uno puede reflexionar sobre algo importante sin tener en cuenta la omnipresencia del problema económico mundial. Y sin embargo pequeñas películas sin demasiadas pretensiones como la que vi ayer, en realidad, contribuyen a ahondar más de lo que uno podría pensar en los tentáculos infinitos de la globalización y en la puesta en duda de los paradigmas y las instituciones sociales que han sostenido el mundo hasta ahora.
El mundo evoluciona tan deprisa que saltamos a diario por abismos que ni siquiera paramos a mirar. Cuando nos detenemos y tomamos conciencia de quiénes somos y dónde estamos, más de uno siente un vértigo y una extrañeza que no puede eliminar sino con más velocidad y con menos toma de contacto con la realidad aún, alimentando así un proceso que seguramente no tendrá fin.
Seamos realistas: en una sola generación, casi con seguridad, se habrán desmontado la mayoría de las instituciones sociales que llevan construyéndose, fortificándose y sosteniendo el mundo occidental desde hace siglos. Y no digo que ponerlas en duda (en muchos casos) sea lo mejor. Pero es innegable que se está haciendo de manera automática y discreta, y que en este mundo de lo inmediato la mirada crítica, la reflexión y la comprensión del valor del pasado y de la memoria, no están efectivamente teniendo lugar.
La última película de Olivier Assayas lo intenta, a su manera. Sin ninguna intención de posicionarnos en ninguna opinión, nos abre una pequeña ventana a un momento de inflexión en la historia de una familia. Un momento en el que se va a poner de manifiesto una descomposición que de facto ya existe. La muerte de una madre que vive anclada en un mundo que ya ha desaparecido deja a sus tres hijos la no fácil tarea de enfrentarse al hecho de poner punto y final a la historia familiar. El pasado y la memoria (algo de lo que ella llevaba viviendo demasiados años) inevitablemente van a desaparecer por completo. Los hijos han construido vidas completamente diferentes, y cada uno (de alguna manera) representa un diferente modelo de éxito de la sociedad globalizada y actual. Uno director de producción de una empresa multinacional en expansión que se traslada a China para abaratar la mano de obra, la otra diseñadora de fama en Nueva York y sólo el mayor aún en París, padre de familia desbordado por el trabajo y la incomunicación. Sus vidas ya sólo estaban ligadas por las visitas a la casa materna en el campo unos pocos días de verano al año. Ella es una madre fría y algo excéntrica, hundida en un pasado con más de un secreto que sus hijos desconocen y heredera del legado artístico del tío abuelo de su marido, pintor de reconocido prestigio y hábil coleccionista de objetos de arte. Además, es ya la habitante única, junto con una criada que cuida de ella, de la mansión donde se atesoran todos estos objetos. A su muerte, el único hijo que aún vive en Francia intentará sin éxito salvaguardar la casa y el patrimonio artístico y sentimental de la familia, pero la causa está perdida, pues cada uno tiene su vida y sus intereses y ya nada de ese universo abultado, hermoso y desconocido en parte parece poder salvarse.
Con este punto de partida, Assayas nos deja ver las escenas que se suceden en esos días y que, más que mostrarnos la vida y la esencia de los personajes, nos dejan ver la realidad de la disolución de la familia y la pérdida de valor de la memoria y de sus iconos. Así, con la casa como símbolo de la familia que ya no interesa a nadie se provoca una reflexión sobre el valor de la memoria, el vacío en el que caen las vidas y sus secretos, el poder indestructible del proceso de individualización en el mundo, la falta de comunicación, los límites del arte, su pérdida de humanización y otras muchas que sin duda se me escaparon...
En realidad no ocurre nada que no tenga que ocurrir, pero Assayas nos coloca como espectadores evidentes de una visión que nos remueve porque la sentimos cercana (a pesar de la distancia social y personal que pueda haber con los personajes individuales). En el fondo lo importante aquí no es lo que pasa, sino que lo estamos viendo con mucha evidencia desde fuera, y podríamos así también vernos a nosotros mismos y a nuestro entorno cercano. Cómo cambia el mundo, las costumbres, los referentes, las redes vitales en las que nos refugiamos... y en medio de esa velocidad nosotros incapaces de pararnos en cada uno de esos cambios para valorar su naturaleza real. El bisturí de Assayas es muy preciso, pero no ataca a las personajes ni a sus vicios, sino a los mecanismos y a las inercias que provoca el mundo actual. Por eso quizá nos deje un retrato algo vacío de los protagonistas (que también por ello requieren una brillante interpretación para sostenerse, y así la brindan absolutamente todos los personajes principales y secundarios) pero nos dibuja a cambio un espacio de reflexión muy lúcido y certero. Cada cual opinará lo que quiera, pero la evidencia dejará huella en cada uno de nosotros. Assayas no nos alecciona, sólo nos invita a darnos cuenta una inevitable realidad ante la que a menudo tendemos a pasar de largo. Nadie se sentirá decepcionado porque la película tiene la capacidad para que cada espectador la haga suya desde su sinceridad. La vuelta de tuerca irónica del final es todo un canto a que la vida sigue a pesar de que lo destruyamos todo: un guiño estupendo para terminar esta cinta que vuelve a demostrar de nuevo lo fino que sigue hilando el cine francés.
Cuando en 1993, Alain Corneau estrenaba en los cines su versión cinematográfica de la novela de Pascal Quignard Tous les matins du monde, yo vivía en Inglaterra y tenía tan sólo 1 año menos que él. La película me embriagó por su belleza, por la extrema delicadeza de su música, que en aquel momento contribuyó a acrecentar el interés por el hasta entonces aparentemente anodino barroco francés. Me fascinó cómo trataba la hondura que la música puede ejercer en la vida y en la búsqueda de uno mismo. Me impactó mucho, me influyó mucho, me magnetizó mucho. Escuché aquella música como un poseso durante meses. Sigue estando entre mis compactos favoritos.
Pero también recuerdo aquel jóven Guillaume. 20 años. 1 menos que yo. La viva imagen de su padre, el célebre Gérard. Qué juventud tenían aquellos ojos azules, tan sólo unos meses mayores que yo. Ese espacio de tiempo que hemos compartido muchos años, todos esos en los que alguna vez de pasada leí alguna vez de su vida al límite, de sus coqueteos con el alcohol y las drogas, de su accidente de automóvil... En fin, de su vida, de la que yo siempre he guardado aquel recuerdo del joven Depardieu interpretando a un adolescente Marin Marais. A partir de ahora esos meses que nos llevamos irán creciendo, agigantándose, porque para él su vida se ha detenido a causa de una neumonía fulminante (sic).
Su muerte, aunque no fuera un personaje cercano a mí, me ha causado especial estupor. Quizá por compartir generación. No sé. Me voy a dormir con cierta inquietud, con una extraña, aunque agridulce necesidad de seguir exprimiendo la vida con fuerza, hasta con ansia, mañana cuando me despierte. Mañana, antes de que la nada me trague, antes de que pueda tragarme fulminante como ella sería capaz de hacerlo. Ansia de vivir y de buscar la belleza cada vez que puedo, y de hacer todo aquello que a veces no consigo descifrar, pero que poco a poco voy sabiendo que me hace feliz: abrazar cada mañana a quien deseo, aprender cada día algo nuevo, besar todas las veces que puedo a quienes quiero, viajar hasta el fin del mundo, oler cuantas veces puedo a quien amo, emborracharme de todo aquello de me gusta, no menoscabar la intensidad, escucharme más a mí mismo, intentar cada día entender mejor a quien no soy capaz de entender... y por supuesto alargar siempre que pueda esta lista con paciencia.
Un estreno de André Téchiné siempre es un acontecimiento para los que seguimos con atención la carrera del director de "Les Roseaux Sauvages", película de culto para mí y para muchos de los que me leéis. Hablamos de un director que no siempre nos pone las cosas fáciles para digerir sus trabajos, pero yo siempre he sentido que habla desde la sinceridad y que nos presenta personajes a veces demasiado complejos, pero nunca maniqueos. Tampoco lo son los de "Les Témoins",su última y recién estrenada película. En ella, Téchiné recupera su mejor vertiente (ya apuntada en "Les Égarés") alejándose un poco de la frialdad expositiva de "Les Voleurs", "Loin" o "Les temps qui changent" para sumergirnos de lleno en unos parisinos años 80 marcados por la libertad sexual y la intensidad de vivir, a través de unos personajes rotundamente humanos. Pero a diferencia de otros cineastas, no se dedica a explotar esta vuelta a unos "maravillosos años", ya demasiado recordados y mitificados precisamente por muchas de las cosas que no fueron realmente la clave de esa época. Unos 80 que vemos con una perspectiva lúcida y honda, a través de una serie de personajes con los que el adolescente Manu, recién llegado a París procedente de provincias, entra en contacto de manera casual. Y así, como sin quererlo, se convierte de repente y durante un periodo en centro de gravedad de estas vidas, trastocándolas de alguna forma. Sin embargo, los vínculos personales que se crean entre ellos van a verse alterados muy pronto de manera brutal por la aparición del SIDA.
La película se inicia en 1984, un momento marcado por una libertad sexual sin precedentes. Esta realidad y el posterior drama de la aparición de la enfermedad son siempre tratados con un prisma objetivo y nítido, sin culpas ni complejos, con un profundo sentido de la responsabilidad narrativa. Además, Téchiné no juzga ni dirige opiniones, simplemente nos muestra lo complejo y difícil, tanto de las relaciones humanas como de las tragedias personales y colectivas.
Esta es una película densa y compleja, tanto por los giros y honduras conceptuales del argumento, como por la cantidad de matices de sus personajes. Unos personajes impecablemente interpretados que se nos muestran reales en su complejidad y en su incoherencia, y a los que casi podemos tocar en sus debilidades y en sus imperfecciones (a destacar la madurez de Emmanuelle Béart, que sin haberme gustado mucho nunca, cada día me convence más). A pesar de todo ello, la simplicidad expositiva de la película resulta pasmosa, sin estrépitos ni golpes de efecto, dejando que la historia se desarrolle con un ritmo contenido y regular de principio a fin.
Téchiné se convierte en un mago a la hora de dibujarnos con lirismo y brutal poesía el momento bellísimo del encuentro carnal de los personajes. El verano, el mar y los juegos de color intenso nos embriagan hasta un nivel al que creo queTéchiné no había llegado antes. Su esmero cuidando los planos, las secuencias, la música (para reforzar los momentos reflexivos) o incluso los silencios o los sonidos de la naturaleza (rotundos, envolviendo la carnalidad de los personajes: no se la pierdan en versión original, aunque sólo sea para escuchar el viento o las olas en su sonido "real") es inigualable. En todos estos detalles estamos ante la obra de un auténtico poeta del séptimo arte. Su madurez ante la cámara se explica por sí misma en este trabajo en el que nos regala algunas de las escenas más embriagadoras de toda su carrera. La acción se desarrolla a lo largo de un año, y en él las estaciones sirven de marco metafórico a la narración (dividida en tres capítulos). Quizá sea lo más fácil de la película, aunque se lo agradezco, porque a mí personalmente me parece que las estaciones sí que marcan el ritmo de la vida.
Desde mi perspectiva personal, lo más interesante de la película es la reflexión acerca de lo inevitable de la complejidad de la vida, de cómo se alternan e incluso se fusionan esplendor y drama, vida y destrucción en ella. También sobre lo inevitablemente difícil que es enfrentarse a esta dificultad desde la madurez. Estos personajes, al final, nos enseñan que para sobrevivir hay que estar por encima de las circunstancias del bien y del mal, tomando la vida como es, y las relaciones personales como son: eligiendo, equivocándose, sufriendo, haciendo sufrir, pero siempre asumiendo cada etapa, siempre conscientes de la fragilidad de la existencia, pero también de su intensidad. Así, el final de la película, del que he leído críticas que lo tildan de anticlimático, a mí me encaja perfectamente. Téchiné nos está diciendo que la vida sigue, que las aguas turbulentas se han hundido bajo la tierra y que, hasta que se decidan a volver (y sin duda lo harán) hay que vivir la vida de nuevo con fuerza, esa fuerza que él dibuja de Mediterráneo intenso y música ochentera...
Dedicado a mi amigo Gatchan, por nuestras interminables charlas sobre la vida y los sueños, porque siempre me pierdo en su discreta mirada llena de vida.
Este clip de Yann Thiersen que traigo hoy se mezcla con secuencias de la película de Erick Zonca a la que servía de banda sonora, La vie rêvée des anges (la vida soñada de los ángeles), una de las películas más desoladoras del cine francés de los últimos diez años.
La película es una inmersión sin anestesia en el universo de la soledad, la falta de comunicación y lanza una sincera y profunda mirada al complejo mundo de los inadaptados. Es una película no apta para corazones sensibles, pues seguramente los devastará sin piedad.
El desolado e inhóspito paisaje urbano de la norteña ciudad de Lille (una de las ciudades de mi vida, por otra parte, y aseguro que no es tan fría) sirve de decorado para recrear el encuentro entre dos formas diametralmente opuestas de mirar la soledad y los sueños. Más que una reflexión, un desolador retrato de las búsqedas vitales y de la inadaptación al mundo, de lo inevitable de las almas que caminan incomprensiblemente hacia la autodestrucción, de la lección inmensa de los que siempre devuelven vida ante la adversidad, y de cómo el choque entre esos dos mundos puede ser infinitamente bello, pero camina sin remedio al desencuentro... Inolvidables las interpretaciones de Élodie Bouchez (siempre sublime en todo lo que hace) y Natacha Régnier. (Gatchan, nos quedamos con Élodie, ya verás)