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23 de enero de 2012

HERMANO, José Luis Serrano (elputojacktwist), Editorial Egales, 2011


Conozco a José Luis hace ya unos cuantos años. Virtualmente, de esa manera extraña y fascinante por la que comenzamos a conocernos algunas personas hace unos años, especialmente aquellos que nos unimos a aquel movimiento tan motivador y efervescente que fue el mundo de los blogs personales de hace unos 6-7 años, desplazado después por la inmediatez y facilidad que impusieron las redes sociales. Y digo José Luis, porque para mí fue casi desde el principio José Luis, ya que mi interés por aquellas cosas que escribía "Elputojacktwist" en su blog me hicieron más pronto que tarde entrar en contacto personal (aunque aún electrónico) con él. Intercambiamos muchas ideas e intereses a través de chat y sobre todo e-mails, pero aquello fue, poco a poco, diluyéndose. La misma maldición de las redes sociales que nos hizo (a algunos) abandonar bastante el mundo del blog, nos volvió a unir, de otra manera, como observador y espía mutuo de lo que el otro piensa, le interesa, le hace gracia, descubre...

En cualquier caso, mi primer contacto real con José Luis fue precisamente en la presentación de su primera novela, "Hermano", hace menos de dos meses. La generosidad de José Luis hizo que saliese del acto con uno de los ejemplares bajo el brazo, debidamente dedicado, y que me producía cierto temor leer. Porque no suelo leer novela española actual, vete tú a saber por qué, unido a que siempre me produce pavor leer lo que ha escrito alguien conocido por temor que no me guste y a ser demasiado crítico con la opinión que uno se siente obligado a dar en estos casos. Así, lo he dejado reposar un tiempo. Pensaba que iba a ser aún más. Pero ayer, con la intención más de hojearlo que de leerlo en serio, me sumergí en él.
Hoy a mediodía he terminado. Sencillamente lo he devorado de dos tacadas, algo que supongo que dice mucho del libro, pero también de mí, que no me dejo absorber por cualquier lectura.

Me ha gustado, creo que está muy bien escrito, lo cual ya suponía de un libro salido de su mano.
A pesar de que, como también se ha dicho por ahí, me parece que sobran cosas en la novela, creo que consigue no despegarse demasiado de su esencia, que no es otra que la de ser una preciosa mirada hacia algo tan universal como el amor y la fascinación.
En mi opinión, sobran demasiadas explicaciones del protagonista en una historia que es pura elipsis, a través de la obligada falta de comunicación entre los dos personajes, y al tiempo pura metáfora en la que la fascinación que nace y se despliega poco a poco hacia el país (las descripciones son sencillamente maravillosas, literatura de alto nivel), se va mezclando, enredando, emulsionando con esa otra hacia el chico. Por ello, a veces encuentro innecesarias las explicaciones algo torpes del narrador, en una historia en la que nada de lo esencial, en realidad, se dice. Quizá sea una mirada inocente hacia la propia inocencia que supone siempre enfrentarse a algo tan inmenso como el amor.

El amigo español también me sobra, a pesar de que con algunos pasajes me he reído sobremanera, pero creo que tampoco era necesario hacer respirar dentro de la otra novela. O las reflexiones y denuncias acerca de la homofobia, siempre necesarias, pero que creo que el autor ya ejerce mejor en otros contextos y que en mi opinión distraen demasiado de la historia que se cuenta.

A pesar de todo ello (algo que quizá en otra novela no habría perdonado), sigo pensando que ha escrito un gran libro, una gran historia: una exquisita mirada hacia el abismo del amor, la fragilidad de la existencia y la alegría de vivir, los tres pilares de la historia que, con la solidez de su verbo, quedan sobradamente defendidas (con esa maestría para la narración, aunque sobre, en realidad nada sobra).

Sobre todo me deja muy buen sabor de boca el final (más allá del accidente de la despedida y la excusa para el título de la novela) en ese equilibrio inestable que supone la duda mayúscula, la tristeza de la pérdida, y lo que a lo largo de todo el libro hemos visto que desencadena: una honda obsesión que ha paralizado al protagonista, pero que no lo destruye, sino que (al menos yo lo veo así) lo hace crecer en saber quién es él, y cómo quiere estar en el mundo. Esa felicidad sin causa que salpica la novela, al principio como algo nuevo que descubre en Birmania, pero que poco a poco se va incorporando a su vida, a su manera de ser y de estar, y que es el regalo con el que yo veo que el protagonista se queda. Un amor que no existió, ¿quién sabe? (como decía Mendicutti en la presentación, los amores que no fueron, pero que nos hicieron amar, también son amores), pero que ha hecho crecer al protagonista, haciéndole consciente de ser capaz de amar, pero sobre todo de gozar de la vida en este instante tan corto en el que vivimos. En la frontera de haber vivido una historia de amor inolvidable, que se quedó en ese limbo de la culminación, pero que precisamente por ello da valor a todo lo demás: a la vivencia de por sí, a la riqueza de su fascinación, y sobre todo a esa sensación de ESTAR VIVO que creo que es lo más importante de la novela.
En fin, que la he disfrutado mucho y se lo agradezco doblemente: por haberla escrito y por habérmela regalado.

26 de julio de 2009

Un Figaro "de verano".


Vuelta a Madrid. Fin de las vacaciones y broche mozartiano para este intenso mes de Julio. Esperaba con muchas ganas la producción madrileña de las Bodas de Fígaro, una de las óperas más brillantes, perfectas e intensas de la historia de la música, acaso tal vez no superada en su capacidad de fusionar teatralidad, acción, caracterización musical e introspección de personajes y atmósferas.
Una pena que la propuesta del Real no esté a la altura de lo que pretende ser este teatro nuestro. Aún así, creo injusto usar el descrédito con ella, porque tiene muchos hallazgos. Lo que ocurre es que no comparto el enfoque de partida que subyace en la propuesta de Daniel Bianco y Emilio Sagi. A pesar de haber argumentado en varias entrevistas su elección “tradicional” para la puesta en escena porque el conflicto social subyacente tiene sentido sobre todo en ese momento histórico y en esa localización (la Sevilla del siglo XVIII), intuyo que se trata más bien de una apuesta personal, ya que en una ópera tan conocida como esta, donde muchos de los elementos contextualizadores son de sobra conocidos y asumidos por la inmensa mayoría de los espectadores, es donde precisamente más cabe una apuesta más arriesgada, una lectura más fina de una obra, que vaya más allá de la mera ópera buffa que nos han querido servir.

Comenzar un programa de mano subrayando el carácter revolucionario de una historia donde la clase oprimida de alguna forma triunfa (por inteligencia y humanidad) sobre la dominante, no es coherente con una propuesta que se recrea en el carácter cómico (a veces de una manera bastante simplona) de la acción y en un acentuado carácter folclórico que no añade realmente nada a la obra. Es por eso que considero que se trata de una apuesta muy personal. Pero tiene, no obstante, algunos aciertos. La idea inicial parte de una escenografía con cierta influencia de Strehler en la elegancia de algunos espacios y el uso (muy acertado, de lo mejor de la representación) de la luz, pero que termina desdibujada por un abuso excesivo de elementos muy barrocos (flores, blasones, personajes innecesarios en escena…) que desvirtúan el resultado.
Tras un primer acto muy confuso escénicamente, el acto segundo es el más conseguido, por su sencillez, desde la inicial y deslumbrante apertura de las ventanas de la habitación de la condesa, lo cual permite que podamos centrarnos en la acción de este acto sublime (quizá el momento cumbre de la ópera) y en la música en sí. Después, el tercero se les va de las manos (no termino de ver la danza goyesca “con castañuelas” en la boda ni a las dos pesadas que se dedican a fregar el suelo del patio durante medio acto, por poner un par de ejemplos. En el cuarto nos pretenden sorprender con alguna innovación, como el uso del telón transparente (el inicio del acto es complejo de situar físicamente, así que no está del todo equivocado, creo), el encendido de luces en el “aprite un po’ quegli occhi uomini incauti e sciocchi” o el jardín sevillano, con fuente (sonando demasiado alto en mi opinión) y perfume de azahar incluido (eso sí me sorprendió). De todas formas, creo que es un exceso de elementos que más bien estorban para una escena final en la que la música dibuja ya a la perfección las turbaciones que sufren los personajes.

El enfoque musical me convenció mucho más, a pesar de la mediocre calidad de orquesta y solistas. Pero creo que en la cabeza de López Cobos la idea era de darnos una versión muy equilibrada entre la teatralidad y la musicalidad, una elección que es fundamental a la hora de plantearse esta obra. Elección que en pocas ocasiones se decanta por un extremo u otro, pero que tampoco es abordada con visión unitaria. La mayoría de los directores toman elecciones diferentes para las diferentes escenas e incluso para arias o momentos específicos, lo cual desemboca en versiones muy irregulares donde la música termina pareciendo ser encajada como si de un collage se tratase. López Cobos adopta un tempo justo, que no apaga la teatralidad de la acción, y que nos permite asumir la inmensa belleza de la música al mismo tiempo. Además, mantiene su criterio a lo largo de toda la ópera, logrando una homogeneidad que en pocas versiones he visto. Desde mi punto de vista es todo un acierto, más allá de que las intervenciones de los solistas no estuvieran a la altura de un teatro de primera (asistí al segundo reparto, pero intuyo que el primero estaba en la misma línea), salvo quizás el Conde de Mariusz Kwiecien y por supuesto el Bartolo del gran Carlos Chausson. De todas formas, fallos de entonación tan graves como los de Ketevan Kemoklidze no deberían tolerarse en un teatro de primera (con precios, además, de teatro de primera, claro).

Afortunadamente Las Bodas de Figaro está llena de conjuntos vocales que constituyen el verdadero corazón de la trama y de la acción. Y éstos fluían con tal musicalidad y elegancia, con tal fusión, que verdaderamente era una delicia poderla escuchar sin sobresaltos, dejando que la lucidísima partitura de Mozart fuera instalando en el espectador todos esos matices de la inmensa humanidad de sus personajes. Es en la partitura donde se despliegan los celos, los temores, los deseos, las incertidumbres, la felicidad, las dudas… Poco a poco, a fuerza de melodías, de matices de los instrumentos de viento (que estuvieron en general quizá más a la altura que la cuerda), de ritmos y marchas. Y en eso, a pesar de la irregular ejecución, el planteamiento era inteligente y lleno de honestidad. López Cobos apuesta por un Mozart con cierta (hermosa) tendencia a la melancolía, pero que se nos instala dentro con fuerza, con esa intensidad que esta obra tiene para hacernos desear vivir en ella para siempre.
En definitiva, una versión que aporta poco (en una obra que debe contarse entre las más representadas del mundo de la ópera) pero que no deja de ser una absoluta obra de referencia, y que siempre gusta ver, aunque deba ser en una versión que no le termina de hacer justicia. Será cosa del verano y de no querer hacernos pensar demasiado…

9 de febrero de 2009

Del vacío a lo exultante en el camino de la libertad.

Semana llena de emociones, de propuestas y de miradas. Y de secretas formas de ser recompensado siempre por este Febrero que aunque me depare noches frías, alarga los días y parece que me quisiera hacer soñar con el fin de un invierno que, más que otros años, ha sido gris y frío.
Contento de seguir vivo para la intensidad, de atreverme aún a ser valiente y sincero más veces de las que habría imaginado, de admitir mi humana fragilidad, mis esquinas afiladas, o la amargura que aún se acumula en los silencios. Lleno aún del estupor de la mirada inteligente de Richard Yates en su Revolutionary Road, llevada recientemente al cine por Sam Mendes en un trabajo personal, como siempre en él, que no consigue la redondez de otras películas salidas de su mano, pero que encuentra en las asombrosas interpretaciones de unos DiCaprio y Winslet en estado de gracia la llave para no hacer de esta película un melodrama más, y hacer creíble todo el quid de la cuestión, el centro de gravedad de la punta de lanza de esta película, resumida en esta escena de apenas medio minuto.



Una frase que en realidad sobra, porque la película expresa muy bien de qué huyen o creen huir sus protagonistas. Pero que con esa contundencia y eficacia del inglés parece habersido escrita para no tener que ser ahorrada:

The hopeless emptiness of the whole life here (el irremediable vacío de la existencia aquí)

Hablamos de un matrimonio que cae en el vacío porque no sabe asumir el fracaso de su relación, y que se deja atrapar en las innumerables redes del sueño (de vida) americano para caer en un pozo sin fondo del que ser conscientes no les libra de, al intentar poner la solución, evidenciar su incompatibilidad de prioridades ante la vida, ante los sueños y ante la construcción de la propia identidad. No hay remedio. El pequeño y audaz prologo de la película ya presagia con fuerza la inutilidad de enfrentarse no sólo al fracaso, sino a la anestesia que la sociedad va a colocarles mientras se abandonan poco a poco a sí mismos.

El final, previsible y algo contaminado de moralina, me pareció que desmerecía el resto de la película, y su longitud, casi un fallo de principiante. Sin embargo, unos pequeños segundos sí que consiguen removernos del asiento. Los vecinos, personajes apenas dibujados pero maravillosamente sugeridos en su personalidad y en el papel que jugaban en la vida de los protagonistas, hablan de ellos con los nuevos vecinos. Aquellos ya no están allí. Se hace un silencio extraño y él sale de la casa al jardín porque se asfixia ante los sentimientos encontrados. Fuera, en el jardín, observa esa casa de Revolutionary Road que es el icono de esa vida maravillosa y especial que debían tener sus inquilinos, y hace prometer a su mujer, que ha salido en su búsqueda preocupada, que no volverán a hablar de los Wheeler.
En realidad la película se podía terminar ahí. Es escalofriante la evidencia de la propia necesidad de pasar de puntillas por lo que hasta ese momento era algo importante en sus vidas como ejercicio disciplinado de seguir adelante sin enfrentarse a ellos mismos y a sus problemas que en fondo son los mismos que los de los Wheeler. Es la vuelta de tuerca del engaño de la vida que los aprisiona y que además los educa contra la rebeldía. Un antídoto falso contra un vacío en el que, como en la escena se apunta, lo difícil es comprender que puede ser irremediable. Ellos se creyeron dioses por un instante, pero también sucumbieron, y el engranaje cuasiperfecto de la sociedad y de su propia fragilidad les hizo pagar por ello.


No hay que irse a Estados Unidos para constatar esta degradación que nos impone la necesidad de pareja, de familia, de estética social, como única vía para no ser considerado de alguna forma un fracasado y merecedor de consuelo. Y sin embargo lo que veo a diario es precisamente la constatación del fracaso de muchas parejas por el hecho de nacer como respuesta a la necesidad adquirida de no estar solos, y la posterior construcción de la familia en torno a esa huida que se va vistiendo de rutinas y deseos enterrados día a día. Me produce una tristeza enorme, porque sé además que en la raíz de todo está cómo la sociedad y sus patrones se perpetúan a través de la educación y la tiranía de la conciencia.

He sufrido desde que era adolescente por sentirme extraño y diferente al resto en prácticamente todos los aspectos de la vida. Un sufrimiento que, con la soledad que conlleva, y frente a otras cobardías que he practicado y practico, sí que encaré siempre con cierta dosis de valentía. Un sufrimiento y una soledad que, sin embargo, me han hecho tener un sistema de valores y creencias quizá marginal, pero que me ha acercado a mi visión del mundo y la construcción de mi verdad y de mi camino de felicidad, aunque para ello haya debido pisar (y pise) con frecuencia la difícil encrucijada del desconcierto y la responsabilidad, y no siempre el miedo me permita actuar como quiero o debería. Aún así, he eliminado conscientemente muchas de las redes de seguridad que la gente construye, y me he sumido en una libertad que a veces duele intensamente asumir y ejercer, pero de la que estoy orgulloso, porque creo que me permite, en cierta medida, escapar del vacío y la mediocridad que inundan injustamente el mundo. Y digo injustamente porque creo que no son naturales, y más bien impuestas como forma de otorgar el poder moral y económico a una minoría que siempre lo ha tenido. Sé que estaré equivocado en muchas de las cosas que digo y hago, pero creo hacerlas desde la sinceridad y en ellas intento dejar abierta la ventana a la duda y al cuestionamiento general aunque siga equivocándome bastante. Sí, al final uno vive siempre un poco con el vértigo rondando, pero creo que es honesto hacerlo así, no es cualquier cosa la vida. Por ello, desde la felicidad rotunda que significa construirse asumiendo la duda y la sinceridad, abro las puertas a un nuevo Febrero que, desde su tímido primer intento de crepúsculo del frío, me define y ha marcado para siempre la ruta de quien soy y de quien seré. Gracias también a mis habitantes de febrero favoritos.

Symphony No.41 in C major, K.551"Jupiter" IV Molto allegro. W.A. Mozart, Leonard Bernstein y la Orquesta Filarmónica de Viena.

5 de febrero de 2009

In Crescendo

Daniel Harding

Partía con gran interés en mi primer acercamiento al directo del jovencísimo director británico Daniel Harding, que visitó el martes pasado el Auditorio Nacional con un doblete de orquesta y repertorio de lo más apetitoso. La Orquesta Gustav Malher es un valor en alza y a pesar de su juventud su sonido es impecable como el de cualquiera de las más grandes orquestas europeas. No en vano la mano de su fundador, Claudio Abbado, ha ejercido sin duda ese saber hacer de los que ya son mitos vivientes de la música. Por otra parte, un repertorio en torno al último Mozart siempre es un universo insondable en el que escudriñar algunas de las páginas más hondas e inspiradas de la música, aunque también un océano donde es fácil hundirse en el lugar común o en la mediocridad de la mirada.

De Harding se ha oído mucho hablar en el mundo de la música clásica. Ayudante de Simon Rattle en su época de la orquesta de Birmingham, parece ser uno de los jóvenes con una carrera de director más prometedora de la actualidad, aunque las críticas de sus grabaciones (acaba de ser fichado por el sello amarillo) son ciertamente desiguales. En Madrid también estuvo sonando su nombre el año pasado como posible candidato a ser sustituto de López Cobos, en la dirección musical del Teatro Real.

Su Mozart puede resultar más o menos criticable, pero es sin duda personal, manteniendo un equilibrio considerable entre las acostumbradas versiones de referencia y la nueva visión profundamente renovadora de ese historicismo tan en boga en los últimos lustros. Para enfrentarse a sus últimas obras, sin embargo, es necesario prestar mucha atención ya que lo visionario que encierran esos pentagramas puede verse aprisionado por una visión demasiado encajada en un momento histórico al que la música de un Mozart joven de edad, pero maduro en lo musical y sobre todo apuntando ya la gran transformación que se avecinaba, quizá le viene demasiado grande. Pero no, lo de Harding es otra cosa. Lo de Harding es una visión rendida a un sentido fuera de lo común para la musicalidad y el sentido de la danza. Sólo hay que ver cómo se mueve, con qué sofisticación y elegancia se comunica con los músicos. La obertura de Don Giovanni sonó quizá un poco falta de ese sentido trágico y demoníaco que esconde su primera parte, pero su desarrollo fue tan grácil y dinámico... ¡tan mozartiano!, que se le puede perdonar.

El concierto de piano nº 27, el último que compuso, es una especie de testamento musical donde el salzburgués por un lado se desvinculaba de una coherencia harmónica "clásica" y por otro jugaba en una ambigüedad con la que supo hundirse hasta lo más hondo de la esencia del hombre, en la dicotomía de su soledad frente a sí mismo en contraste con la grandeza inequívoca de la existencia. Como interprete contó con el gran Paul Lewis, que ya nos asombraba el año pasado en solitario en el ciclo de grandes intérpretes y que ahora nos vuelve a demostrar que su mirada flexible y delicada, pero segura, también puede ser genuinamente mozartiana. Pecó quizá de un exceso de floritura en el adagio central, cuya sencillez no necesita de nada más para proclamar su belleza inmensa. Pero funcionó muy bien en atrapar lo esencial de las notas de este grandísimo concierto y hacerlas enormemente vivas. Harding, por su parte, se mostró en todo momento atento a esos giros sombríos, a esa sutileza del lenguaje de los silencios que pueblan la obra, y el resultado fue una versión muy correcta y emotiva. Su sentido del ritmo y de la elegancia le hacen quizá perder expresividad y coherencia, pero su batuta es nítida en trasmitirnos lo que quiere.

Tras la transición del memoriale para flauta y ocho instrumentos de André Previn, como un interludio de rica atmósfera a modo de aperitivo entre las intensidades de ese Mozart de madurez, llegaba el colofón con ese monumento sinfónico sin igual que es su última sinfonía, nº 41, la Júpiter, que condensa de alguna forma casi todo lo que este gran músico significó, pero que constituye ante todo uno de los más vibrantes y emocionantes retratos del goce de la vida, una exaltación desbordada y exultante de la felicidad.


Y aquí Harding no es que se hiciera grande, es que fue inmenso desde los primeros compases. Qué dominio de la orquesta, qué crescendi, qué diminuendi, qué silencios, qué perfección en el ensamblaje de las familias instrumentales, qué ejercicio de perfección, qué redondez de fraseo... La Mahler Chamber Orchestra es una de las mejores del mundo sin duda, pero no siempre esto garantiza que cualquiera pueda sacar de ella ese sonido y esa expresividad que pueden hacer de un concierto esa experiencia tan inigualable, ese más allá musical al que desgraciadamente pocas veces accedemos en una sala de conciertos. No fue así el martes pasado. Harding tradujo un Mozart mucho menos dubitativo (si cabe) que en la primera parte. Puede gustarnos más o menos su visión, pero lo que oímos llega directamente de su cabeza y de su corazón. Y el milagro por el que es capaz de dirigir a la orquesta para que ésta lo interprete de una manera tan nítida es tal, que resulta casi desconcertante escuchar un arrebato tan compacto de sonidos, texturas y ritmos. Sin fisuras de ningún tipo, la orquesta era un puro y rotundo ejercicio de felicidad, como ésta ha de ser. El finale, absolutamente desbordado de fuerza, pero sin perder un ápice de precisión ni de cohesión, nos dejó a más de uno sin respiración. Y se hizo el milagro. Uno de esos que hacen de la música un alivio único y libertario contra la, a veces, insoportable sinrazón de la existencia

25 de enero de 2009

Hipnosis fallida.



Desde que Stravinsky la estrenó en 1951, The Rake’s Progress (el ascenso del libertino) ha sido una ópera que siempre ha generado polémica y debate en el mundo de la música. Considerada por algunos como una de sus obras maestras, símbolo absoluto del periodo neoclásico del compositor, otros no dejan de ver en ella un pastiche, un mero capricho banal que no aporta nada al mundo de la música.

En parte ambas opiniones son válidas y tienen suficientes argumentos para sostenerse. De todas formas, en mi opinión la música no sólo tiene valor por lo que aporta a la propia música como Arte y evolución, sino por lo que nos aporta y nos transmite a nosotros como seres humanos. En el caso del Rake’s Progress, estamos ante una obra experimental que retoma la forma de la Opera del dieciocho, sobre todo con una evidentísima influencia mozartiana, pero también con elementos formales y vocales inspirados en músicos como Monteverdi o Donizetti, y que construye sobre ellos una música a la que no se le puede negar que sea plenamente del siglo XX,que juega entre el musical, la melodía en su esplendor y ciertos (más que) coqueteos con el mundo de las disonancias. Es una ópera única porque no se ha hecho otra igual. Puede gustar o no. Puede emocionar o no. En el último caso, sólo podrán percibirse los defectos y las fallas de un experimento que se desvía del curso histórico de la evolución de la ópera, pero será más difícil apreciar la cantidad de hallazgos que posee.

Zanjada la discusión, debo admitir que es una ópera que me ha fascinado desde siempre. La calidad musical de la partitura aún en su pastiche es notable, como lo es también la línea dramática de la historia y los dos planos en los que la música nos transmite la lucha humana entre la sinceridad de los sentimientos y el vacío de la desmesura en los placeres de la vida. No en vano Stravinski invirtió tres años de su vida en componerla. Eso, en un autor de su talla, nunca es causual.

La historia nos cuenta como Tom, pobre mediocre enamorado de Anne, encuentra la forma de progresar a través del pacto y la oferta de riquezas que le ofrece un extraño personaje, Nick Shadow. Tom, en la creencia que podrá hacerse rico y así contar con la aprobación del padre de Anne para casarse con ella huye a Londres donde Nick lo conducirá a una vida de libertinaje y perdición, con el verdadero objetivo de robarle su alma, pues en realidad se trata del mismo diablo. Anne, ante la ausencia de noticias de Tom, acude a buscarlo y lo encuentra en la cima de la fama y casado con una popular mujer barbuda a la que en realidad no ama. Aún así es rechazada por él. Anne insistirá y a pesar de que Tom ya se ha perdido para siempre, su amor verdadero por ella terminará convirtiéndose en el único sentimiento que éste podrá conservar en el camino de perdición al que le llevará Nick, el cual conseguirá finalmente que Tom se arruine y le exigirá su alma a cambio de sus servicios. Se la jugarán en una partida de cartas diabólica en la que Tom ya ha empezado a enloquecer, pero en la que el recuerdo de Anne le lleva milagrosamente a evitar el engaño de Nick para ganar en la partida de cartas. Tom se salvará, pero terminará sus días de manera triste y agónica en un manicomio, pensando que es Adonis y soñando con una Venus que lo único que podrá hacer por él será cantarle una nana y dejarle que se extinga. Al final, al modo del de DonGiovanni de Mozart, el conjunto de personajes canta un final festivo en forma de moraleja.

La historia, inspirada en una serie de pinturas del XVIII de William Hogarth sobre la que el escritor W.H. Auden hizo un libreto estupendo, nos crea una dicotomía (dudosa) entre el ejercicio del placer amoral y la fidelidad a la sinceridad de los sentimientos auténticos, representados por el amor verdadero, todo ello en forma de cuento moral. Así, en una serie de escenas muy diversas, a modo de cuadros, la acción nos va dibujando ambos motivos con diferentes atmósferas musicales. Desde el momento en que el amor va a estar dibujado casi desde el inicio por una profunda melancolía ya intuimos que el malvado diablo Shadow, de una manera u otra, va a hacerse con la suya.





Creo que esta melancolía que va penetrando en la historia poco a poco es la que desde el principio hizo que esta obra me hipnotizase, y siento que es en ella donde reside el hallazgo entre líneas de esta historia sólo aparentemente galante y moral, que si escuchamos con un poco de atención nos transmite una terrible inquietud, pues de alguna forma nos susurra entre festivos acordes y dilemas humanos a veces poco creíbles la infinita angustia de la limitación de la vida, del tempus fugit que nos asedia y nos obliga a enfrentarnos a nuestro íntimo vacío existencial. Un vacío que termina por llenar las vidas de Tom y Anne, fruto de las elecciones erróneas, de la incomprensión, de las esperas... y que, pese a que su amor les salve de alguna manera, no encontrará sentimiento ni circunstancia que lo detenga.






La escena final del manicomio, larga y tristísima, bañada de una esperanza de tono irreal, nos hunde poco a poco en una irracionalidad que sólo a través de la broma con moralina del final nos hace poder respirar finalmente tranquilos, como si nada hubiese pasado. Sin embargo ya es demasiado tarde, la melancolía de la obra ya se ha colado dentro de nosotros y nos ha hipnotizado de manera irremediable. O así al menos debería ser.



La producción del Real de Robert Lepage ya se ha exhibido con éxito en otros teatros, pero yo no la veo redonda. Creo que cuenta con muchos aciertos en escenas concretas (especialmente en la del encuentro de Anne con Tom y Baba the Turk y la escena final del manicomio). Pero no me convence su intención de hilarlas todas y de desdibujar así un poco esa sensación de cuadros que en realidad sí está en la intención del autor. Para pasar de una escena a otra el compositor ya ha ideado unos interludios musicales que son (además) los que nos permiten acceder a ese segundo plano de la fatalidad melancólica que nos dibuja poco a poco la tragedia. Por ello, no convencen demasiado las aparatosas transformaciones que Lepage propone y que no hacen otra cosa que epatar y desviarnos de la fuerza de la partitura orquestal que ya funciona estupendamente como interludio y reflexión de la historia. Lepage ve esta obra como una película, como una obra global y continua y creo que ese es el error, pues su esencia formal neoclásica le impide serlo. A pesar de ello, algunos cambios de escena, como la del coche en movimiento, tienen una gran fuerza.


Otro de los errores de la producción es hacer el descanso en medio de un acto y no dos, donde deben ser, es decir, al final de cada acto. En concreto, la distancia temporal que media entre el segundo y el tercer acto hacen necesaria una pausa en ese momento, para que el espectador pueda asimilarlo. Ahí, evidentemente, no hay música, y sin embargo Lepage, a sabiendas de que no va a haber interrupción en forma de descanso no idea nada para salvar este problema.

El gran Christopher Hogwood, director musical, hace lo que puede para solventar estas carencias, y nos transmite un libertino intensamente triste, ralentizando los tiempos para hacer más asfixiante aún la melancolía, pero con ello no consigue transmitir lo que pretende, pues su lentitud hace perder el el hilo de la acción en numerosas ocasiones, lo cual va en perjuicio sobre todo del espectador que no conoce la obra (omito los comentarios que hube de escuchar en los pasillos en el entreacto).
A pesar de todo, Hogwood consigue un sonido sutil y muy perfecto de la Sinfónica de Madrid, especialmente brillante en la sección de viento que tanta partitura tiene en esta obra.


Los protagonistas están a un gran nivel, especialmente el Tom de Tobby Spence, que convence bastante con su gran trabajo no sólo vocal sino también de actor, en un personaje que se transforma brutalmente a lo largo de la obra. María Bayo está correcta y siempre es de agradecer la belleza de su voz, pero creo que no está hecha para este personaje, que requiere una voz más clara y sin dubitaciones, que no se muestre frágil y que acometa las dificultades de la partitura sin atisbos de duda, pues la forma en la que Anne (que en el fondo no deja de ser una especie de recreación de Orfeo) ha de transmitir su desilusión, pero al mismo tiempo la fuerza de la fe de su amor, son claves para que la obra resulte creíble. Ella está en el extremo del tándem de sentimientos de esta obra.
Daniela Barcellona está muy grande en una Baba the Turk (la mujer barbuda de Tom) en la que se recrea y a la que interpreta con una facilidad abrumadora. Finalmente Johan Reuter da vida a un Nick Shadow bastante creíble y seductor en su diabólica misión.

Como colofón, subrayaría de nuevo que debido a todas las complejidades que presenta la obra es muy difícil conseguir una representación que consiga transmitirla de manera convincente y además, emocionarnos. La del Real lo consigue sólo a veces, pero no en su totalidad. Es una pena, que además habrá contribuido a reafirmarse a los detractores de esta obra que merece muchas horas de escucha y atención para conseguir que ejerza esa hipnosis melancólica que en el fondo atesora pero que se quedó esta vez en la partitura, bellísima partitura con una portada representando el rostro de Stravinsky en negro sobre un fondo en rojo que exhibía el atril del clave, ya terminada la representación, que llamó mi atención por su vistosidad y belleza, y me hizo sonreír mientras el Teatro aún aplaudía y yo comenzaba a pensar ya en todas estas cosas.

Las imágenes son de la misma producción con otro elenco de cantantes y músicos, en La Monnaie de Bruselas el año pasado, pero son perfectamente válidas para ilustrar lo que comento.

17 de diciembre de 2008

Pobre Katia.


En un intento por reparar los errores musicales que en el siglo XX nos han llevado a estar (aún hoy) a la cola de cultura y vanguardia, El Teatro Real de Madrid se ha propuesto dar a conocer las óperas del gran músico checo Leoš Janáček (1854-1928), considerado hoy en día como uno de los grandes renovadores de la ópera del siglo XX, pero bastante olvidado en nuestro país. Si el año pasado nos embriagaba con la arrebatadora propuesta de Krzysztof Warlikowski para El caso Makropoulos, en la presente temporada afila aún más la mirada, trayéndonos una de las óperas más interesantes de su repertorio (KATIA KABANOVA) en una impecable puesta en escena de Robert Carsen que demuestra con rotundidad que para transmitir y emocionar no hacen falta grandes decorados ni efectos espectaculares, sino ideas acertadas. Como las que recoge para contarnos esta tremenda adaptación de la obra de teatro La Tormenta, de Alexander Ostrovsky.

Estamos ante una indudable obra maestra del género, que resume de manera concisa y efectiva, en poco más de hora y media, el tremendo drama de Katia, una de tantas mujeres retratadas por la literatura del siglo XIX en su ausencia de libertad, en su castración vital por una sociedad que no tolera salirse de los estrechos límites de rol que se establecen para una mujer joven casada y sin patrimonio económico. La obra se basta por si sola para trasladarnos el anhelo de libertad de la protagonista, sumida en un vida gris de la que no parece tener derecho a escapar, sometida a un marido sin personalidad que no la satisface ya, y sobre todo a una suegra dominante, opresiva y cínica que ejerce una perversidad velada con todos los que la rodean.

Katia se enamora de verdad de otro hombre y desde el inicio uno sabe que la atmósfera anuncia la tragedia amarga de la culpa para la que ha sido educada. Sin embargo, su ansia de ser feliz, de realizarse, la lleva a ser capaz de romper con su mundo a través del pecado, que posteriormente pagará con el remordimiento atroz al que la propia sociedad la va a obligar. Todo en una noche tórrida que terminará en tormenta (¡¡qué operística la tormenta, qué sería de la Ópera sin ella!!) y suicidio.

El aparato sinfónico de Janáček es de por sí magnífico y poético, y nos sumerge desde el inicio en una densidad lírica y llena de atmósferas portentosas y de fina psicología que nos susurran la historia como en una extraordinaria banda sonora de cine. Y es que el mundo operístico de Janacek tiene mucho que ver con el cine y su capacidad de hundirnos con todos los sentidos en la acción dramática. La Orquesta Sinfónica de Madrid realizó un estupendo trabajo, si bien requiere aún, en mi opinión, una mayor intensidad y poesía. Es lo que le falta para pasar de ser una gran orquesta como ya es a ser una de las grandes. Los solistas, impecables, no desentonaron en ningún momento, matizando sus voces de acuerdo con un estupendo trabajo de actores que potenció en gran manera el sentido teatral de la obra, que es mucho.

Carsen se limita aquí a subrayar de una manera inteligente y sutil, con gran delicadeza, los elementos más simbólicos de la acción. Su escena es sobria y elegante, y parte de un escenario que simula todo él el agua del Volga. Un agua que refleja como un espejo en todo momento el drama, y que no nos deja olvidar el destino funesto de Katia, cuyo sentimiento de culpa le hará terminar arrojándose a él para redimirse. Sobre esta lámina de agua, tableros de madera que componen diferentes espacios sobre los que la escena parece estar siempre limitada por esa agua que parece representar más que la muerte, la propia sociedad que asfixia a Katia poco a poco, llegando a su punto culminante en la escena de la confesión en la que estalla la tormenta que da titulo a la obra de teatro original, impecablemente representada con una increíble economía de medios, pero de gran efecto. Tan sólo con estos elementos, magistralmente matizados por una iluminación ajustada en todo momento al tono de cada escena, consigue un efecto que sin las opulencias escénicas de la anterior Caso Makropoulos, nos deja igualmente embriagados, no quizá de ese espíritu de liberación que respiraba aquella, sino de la oscura y amarga historia del destino de la pobre Katia.
Una velada memorable, sin duda. Pero pobre Katia, pobre...

Os dejo con un extracto de una interesante versión del festival de Glyndebourne, por si os apetece acercaros a esta música.

10 de diciembre de 2008

Un gran intérprete.


Ayer tarde, mientras observaba al pianista noruego Leif Ove Andsnes cerrar el ciclo de Grandes Intérpretes del Auditorio Nacional de una manera inmejorable, aprovechaba para certificar que ciertamente es uno de los pianistas que más me gusta de la actualidad. Además, escuchándole, intentaba descifrar un poco cómo se decide que alguien es un gran intérprete.

Evidentemente se trata de una cuestión muy subjetiva, y ya sólo restringiéndonos al campo de los intérpretes de piano las recetas serían múltiples y hasta opuestas entre sí. Hay tantas "escuelas" pianísticas o visiones de cómo interpretar al piano y tan bien argumentadas, que realmente uno no sabe por quién dejarse seducir. En ningún caso es fácil determinar qué significa interpretar.

Ayer, sin embargo, y más allá de todos los grandísimos intérpretes (Maurizio Pollini, Krystian Zimmerman o Grigori Sokolov entre otros) que han pasado en la presente temporada por el ciclo, veía algo grande en Andsnes, difícilmente explicable. Algo que, además, me gusta mucho, cada vez más. Me pasé la velada disfrutando de su visión contenida pero rotunda de un repertorio que nos llevó de un Beethoven ajustado y sin excesos líricos a un Schoenberg lúcido y hasta comprensible para oídos no demasiado hechos a las disonanancias, para terminar en un Mussorgsky contundente pero sin malabarismos, hondo y conciso. No obstante, al mismo tiempo, me cuestionada la razón de mi disfrute. Y poco a poco fui dando con la clave.

Leif Ove Andsnes es un pianista sin ganas de epatar, sin concesiones a la galería, que no pretende transfigurar demasiado las partituras. No digo que las visiones en exceso personales no supongan un acierto y contribuyan a aportar visiones y descubrir virtudes de las composiciones. Pero en un gran intérprete creo que debe estar el acierto de acercarnos al trabajo del compositor. Y Andsnes lo hace de una manera elegante y seria. Sus matices son levísimos, y nos exigen a los oyentes un ejercicio de comprensión de la obra para entender cómo nos la está leyendo él.
El noruego no abusa de retardandi ni efectos espectaculares: lee, traduce y nos subraya con una finísima capacidad lo mismo un tempo que un acorde o una escala. Todo en su sitio, aparentemente sin nada especial, pero uno no puede dejar de sentir que el intérprete conecta profundamente con la obra y que esa conexión nos llega casi intacta. Además, en el caso de Andsnes, lo hace desde una técnica impecable y que transmite una seguridad que se ve poco hoy en día. En suma, una gran noche de piano, con un programa estupendo que el noruego redondeó en las propinas añadiendo nuevos registros a lo que ya nos había mostrado, con un Debussy lleno de fuerza poética o un Scarlatti rotundamente folclórico.

Me hizo recordar, de alguna forma, a uno de mis pianistas de cabecera, Rudolf Serkin, del que siempre traté de comprender qué tenía para conseguir fascinarme de la manera que lo hace sin ser un pianista efectista ni demasiado personal. Se trata un poco de lo mismo, del rigor y de la sutilidad para saber matizar desde la fidelidad. Él es uno de los grandes olvidados del siglo XX. Discreto y nada mediático, no es fácil encontrar información sobre él. Tampoco hay tantas grabaciones suyas. Pero siempre he considerado que es uno de los más grandes, porque es de esos pocos que consiguen transmitir más que una mirada sobre la obra, la obra en sí misma, sin interferencias.

1 de diciembre de 2008

L'Heure d'été

Cuando en días como los que vivimos leo el periódico o veo las noticias en la televisión me resulta un poco difícil desvincularme de este pánico global que la crisis económica está contagiándonos. Y parecería hasta frívolo pensar que uno puede reflexionar sobre algo importante sin tener en cuenta la omnipresencia del problema económico mundial. Y sin embargo pequeñas películas sin demasiadas pretensiones como la que vi ayer, en realidad, contribuyen a ahondar más de lo que uno podría pensar en los tentáculos infinitos de la globalización y en la puesta en duda de los paradigmas y las instituciones sociales que han sostenido el mundo hasta ahora.

El mundo evoluciona tan deprisa que saltamos a diario por abismos que ni siquiera paramos a mirar. Cuando nos detenemos y tomamos conciencia de quiénes somos y dónde estamos, más de uno siente un vértigo y una extrañeza que no puede eliminar sino con más velocidad y con menos toma de contacto con la realidad aún, alimentando así un proceso que seguramente no tendrá fin.

Seamos realistas: en una sola generación, casi con seguridad, se habrán desmontado la mayoría de las instituciones sociales que llevan construyéndose, fortificándose y sosteniendo el mundo occidental desde hace siglos. Y no digo que ponerlas en duda (en muchos casos) sea lo mejor. Pero es innegable que se está haciendo de manera automática y discreta, y que en este mundo de lo inmediato la mirada crítica, la reflexión y la comprensión del valor del pasado y de la memoria, no están efectivamente teniendo lugar.

La última película de Olivier Assayas lo intenta, a su manera. Sin ninguna intención de posicionarnos en ninguna opinión, nos abre una pequeña ventana a un momento de inflexión en la historia de una familia. Un momento en el que se va a poner de manifiesto una descomposición que de facto ya existe. La muerte de una madre que vive anclada en un mundo que ya ha desaparecido deja a sus tres hijos la no fácil tarea de enfrentarse al hecho de poner punto y final a la historia familiar. El pasado y la memoria (algo de lo que ella llevaba viviendo demasiados años) inevitablemente van a desaparecer por completo. Los hijos han construido vidas completamente diferentes, y cada uno (de alguna manera) representa un diferente modelo de éxito de la sociedad globalizada y actual. Uno director de producción de una empresa multinacional en expansión que se traslada a China para abaratar la mano de obra, la otra diseñadora de fama en Nueva York y sólo el mayor aún en París, padre de familia desbordado por el trabajo y la incomunicación. Sus vidas ya sólo estaban ligadas por las visitas a la casa materna en el campo unos pocos días de verano al año. Ella es una madre fría y algo excéntrica, hundida en un pasado con más de un secreto que sus hijos desconocen y heredera del legado artístico del tío abuelo de su marido, pintor de reconocido prestigio y hábil coleccionista de objetos de arte. Además, es ya la habitante única, junto con una criada que cuida de ella, de la mansión donde se atesoran todos estos objetos. A su muerte, el único hijo que aún vive en Francia intentará sin éxito salvaguardar la casa y el patrimonio artístico y sentimental de la familia, pero la causa está perdida, pues cada uno tiene su vida y sus intereses y ya nada de ese universo abultado, hermoso y desconocido en parte parece poder salvarse.

Con este punto de partida, Assayas nos deja ver las escenas que se suceden en esos días y que, más que mostrarnos la vida y la esencia de los personajes, nos dejan ver la realidad de la disolución de la familia y la pérdida de valor de la memoria y de sus iconos. Así, con la casa como símbolo de la familia que ya no interesa a nadie se provoca una reflexión sobre el valor de la memoria, el vacío en el que caen las vidas y sus secretos, el poder indestructible del proceso de individualización en el mundo, la falta de comunicación, los límites del arte, su pérdida de humanización y otras muchas que sin duda se me escaparon...

En realidad no ocurre nada que no tenga que ocurrir, pero Assayas nos coloca como espectadores evidentes de una visión que nos remueve porque la sentimos cercana (a pesar de la distancia social y personal que pueda haber con los personajes individuales). En el fondo lo importante aquí no es lo que pasa, sino que lo estamos viendo con mucha evidencia desde fuera, y podríamos así también vernos a nosotros mismos y a nuestro entorno cercano. Cómo cambia el mundo, las costumbres, los referentes, las redes vitales en las que nos refugiamos... y en medio de esa velocidad nosotros incapaces de pararnos en cada uno de esos cambios para valorar su naturaleza real.
El bisturí de Assayas es muy preciso, pero no ataca a las personajes ni a sus vicios, sino a los mecanismos y a las inercias que provoca el mundo actual. Por eso quizá nos deje un retrato algo vacío de los protagonistas (que también por ello requieren una brillante interpretación para sostenerse, y así la brindan absolutamente todos los personajes principales y secundarios) pero nos dibuja a cambio un espacio de reflexión muy lúcido y certero. Cada cual opinará lo que quiera, pero la evidencia dejará huella en cada uno de nosotros. Assayas no nos alecciona, sólo nos invita a darnos cuenta una inevitable realidad ante la que a menudo tendemos a pasar de largo. Nadie se sentirá decepcionado porque la película tiene la capacidad para que cada espectador la haga suya desde su sinceridad. La vuelta de tuerca irónica del final es todo un canto a que la vida sigue a pesar de que lo destruyamos todo: un guiño estupendo para terminar esta cinta que vuelve a demostrar de nuevo lo fino que sigue hilando el cine francés.

18 de septiembre de 2008

La vida que soñamos


En estos momentos se entrega en Barcelona el IV Premio de narrativa gay y lésbica. El ganador de la presente edición es el joven escritor de Terrassa Raúl Portero, y la novela con la que ha conseguido convencer al jurado se titula “la vida que soñamos”.

No suelo hacer mención ni crítica aquí a novelas ni premios relacionados con la denominada literatura gay, literatura gltb, o similares, pues no entiendo muy bien que deba hablarse de un subgénero en la literatura en función del comportamiento sexual de sus protagonistas. Creo que la literatura es literatura en base a otros criterios y los subgéneros de la misma así deberían serlo.

No obstante, no puedo dejar de mencionar una novela que conozco bien porque conozco a Raúl y la he leído varias veces. Una novela que desde el principio me pareció no sólo un ejercicio notable de narrativa, sino poseedora de elementos por los que quien la lea no puede quedar indiferente.

Raúl nos habla en ella del amor, de la pérdida y de la memoria. Y lo hace de una manera simple y directa, pero al mismo tiempo con un extraño lirismo.
Desde el principio me gustó su prosa, porque es muy depurada, y consigue, con una economía de adjetivos que sorprende, ser enormemente bella a la vez que contundente.


A través un juego en el que el narrador nos va guiando desde diferentes pasados a diferentes futuros, el lector va componiendo el puzzle de una historia que conmueve, pues nos enfrenta a nuestro propio miedo a la ausencia y a la soledad. Y lo hace a través no de la evidencia, sino de la descripción de pequeños detalles de la cotidianeidad, aparentemente insignificantes, pero que se convierten en otros narradores, que de manera paralela y sutil nos van susurrando acerca del dolor, de la incredulidad, del recuerdo como alivio vital, de la necesidad del duelo...

Por todo ello siempre he apostado por esta novela, porque pienso que es literatura y eso hoy en día no se da con mucha frecuencia. Y da igual que el protagonista sea o no homosexual porque aquello de lo que nos habla es lo importante de la vida y le llegará igual a una lesbiana que a un transexual, o a un heterosexual, lo mismo que a un joven o a un anciano. Porque en ella nos podemos reconocer todos, y eso es lo grande de esta novela.

Creo que más allá de eso, también contribuye a la normalización de (en este caso) los gays en la sociedad, pero precisamente lo hace por eso, porque los coloca sin ningún tipo de máscara ni tópico, desnudos ante la vida, como lo estamos todos.

Por eso, desde aquí mi felicitación a Raúl, a quien además me une una amistad muy fructífera en lo personal y en lo artístico. Y mis deseos de que aquí comience una carrera de escritor, porque sé lo que viene después de la vida que soñamos, y sinceramente lo merece.

Y a los lectores, no dejéis de comprarlo cuando se edite, ya os mantendré informados. De momento, y esperando que su autor no lo tome a mal, aquí os dejo con unos brevísimos fragmentos.


se besan en mitad de la pista mientras cierran los ojos y por primera vez en algún tiempo no están pensando en otros

(...)

carlos sostiene la mirada sobre enrique como si fuera un desafío. no quiere que le den ánimos. sabe que josep no se va a despertar nunca más.
-¿cómo se puede vivir después? -susurra.
-es difícil al principio –contesta enrique, moviendo la cabeza.
carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca

(...)

carlos se reclina en el asiento, llevándose el cigarrillo a la boca.
-me gustan tus pies –añade josep, señalándolos con la mirada.
carlos baja la vista para mirárselos. está descalzo y son unos pies pálidos, sin vello, con unos dedos perfectos. carlos mira a josep desconcertado y sorprendido.

(...)

-¿sabes lo que más me asusta ahora mismo?
ernesto niega con la cabeza, secándose los ojos con las manos. ha intentado no llorar, pero las lágrimas se acumulan en los párpados y resbalan lentamente por su cara.
-¿qué?
-todas las cosas que he olvidado –responde carlos,