A pesar de no gustarme la nieve mucho, hay una cosa que sí adoro de ella... Su sonido. Mejor dicho, sus sonidos. El de la nieve crujiendo bajo los pies de uno, como si se quebrara suavemente el mundo, como si se deshiciera el suelo pero sin sufrir desperfecto alguno... Y luego el que es mi favorito, ese silencio sobrecogedor que se hace al caer la nieve, y esos infinitamente imperceptibles sonidos, como en sordina, de los copos estrellándose en el suelo, fundiéndose entre sí, como un lejano e crepitar que en realidad nunca llegáramos a escuchar, como si sólo existiese en la imaginación. plop, plop, plop, plop, y así hasta el infinito, como en un mundo paralelo e inextinguible...
Nos hundimos en lo más crudo del invierno envueltos en el descenso térmico y en ese otro descenso, casi armónico, a una melancolía salvaje de hogar y manta, de cristales empañados y gris más allá del pretil.
Hasta que pase, me escapo al paraíso sumergido de Vivaldi. Quién se atreva a bucear en esta sublime versión del portentoso Fabio Biondi, encontrará los sonidos perdidos de esta partitura, de todas las partituras del frío...
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10 de enero de 2009
4 de enero de 2009
Año H
Las conmemoraciones musicales, aniversarios, o como quiera llamarse, son un acontecimiento muy usado en el mundo de la música clásica. Son frecuentemente usados por las discográficas para desempolvar viejas grabaciones remozadas de cara a precios más populares, hacer recopilaciones conmemorativas, o nuevas grabaciones. Los festivales, orquestas y casas de ópera también aprovechan para programar títulos, sacar otros del olvido, o afrontar muevas miradas sobre músicas de sobra conocidas.
Aún consciente de la oportunidad de negocio que esto supone, creo más importante la labor que estas fechas tienen para contribuir a la difusión de la música, y a su renovación. Así, este año estamos de suerte, y nos toca conmemorar la desaparición de dos grandes de la música: las dos grandes “H” de la música clásica. Se trata nada menos que de Handel y Haydn. Del primero se conmemoran los 250 años de su muerte. Del segundo, un jubileo más redondo: el de los 200. Constituyen dos importantes músicos, no sólo por su numerosa e importante producción, sino por su papel determinante en el desarrollo de la música. El primero como paradigma de la cumbre del periodo barroco y cima absoluta de la ópera y de una capacidad hasta entonces insólita de ahondar en el drama y en las pasiones humanas a través de este género. El segundo, a veces considerado quizá algo monótono y plano en su producción, establece las bases del clasicismo musical, del que es absoluta referencia y su obra merece ser revisada para demostrar hasta qué punto su obra es imprescindible en la evolución hacia el romanticismo.
Espero por lo tanto que en 2009 los actos y conciertos programados, así como las nuevas grabaciones que sin duda verán la luz, contribuyan a enseñarnos más sobre estos dos inmensos “monstruos” de la creación musical que además son ambos, cada uno a su manera, portadores de una humanidad inmensa, de esas que han hecho sin duda hacer que el mundo sea un lugar mejor. Intentaré crear alguna entrada a propósito de ellos. De momento os dejo con una obra de cada uno, escogida con especial y diferente intención.
De Haydn, el maravilloso dúo de Adan y Eva de su Oratorio La Creación, en la clásica versión de Karajan, con una Jundula Janowitz y un Walter Berry que aportan la belleza increíble de sus voces. Una obra de arte mayúscula, que no puede sino llenarnos de optimismo y ganas de vivir. La Creación es un oratorio escrito ya en su último periodo y que quizá no ha tenido el reconocimiento que se merece, como obra llena de hallazgos y de una fuerza espiritual que va más allá de los límites del clasicismo (ya rotos de alguna manera por Mozart), precursor de mucho de lo que luego vendrían a decir los primeros románticos.
Enlace a vídeo aquí.
De Handel, uno de los últimos hallazgos, un redescubrimiento de una obra conocida, pero quizá pasada por alto, un fragmento de su oratorio Theodora, susurrado en medio de la noche (gracias) en un contexto inusual. Un Handel también en sus últimos años de composición, que ha destilado ya una maestría asombrosa en su capacidad de dibujar las emociones humanas más altas y las más ruines. La versión, magnífica, del festival de Glyndebourne.
Aún consciente de la oportunidad de negocio que esto supone, creo más importante la labor que estas fechas tienen para contribuir a la difusión de la música, y a su renovación. Así, este año estamos de suerte, y nos toca conmemorar la desaparición de dos grandes de la música: las dos grandes “H” de la música clásica. Se trata nada menos que de Handel y Haydn. Del primero se conmemoran los 250 años de su muerte. Del segundo, un jubileo más redondo: el de los 200. Constituyen dos importantes músicos, no sólo por su numerosa e importante producción, sino por su papel determinante en el desarrollo de la música. El primero como paradigma de la cumbre del periodo barroco y cima absoluta de la ópera y de una capacidad hasta entonces insólita de ahondar en el drama y en las pasiones humanas a través de este género. El segundo, a veces considerado quizá algo monótono y plano en su producción, establece las bases del clasicismo musical, del que es absoluta referencia y su obra merece ser revisada para demostrar hasta qué punto su obra es imprescindible en la evolución hacia el romanticismo.
Espero por lo tanto que en 2009 los actos y conciertos programados, así como las nuevas grabaciones que sin duda verán la luz, contribuyan a enseñarnos más sobre estos dos inmensos “monstruos” de la creación musical que además son ambos, cada uno a su manera, portadores de una humanidad inmensa, de esas que han hecho sin duda hacer que el mundo sea un lugar mejor. Intentaré crear alguna entrada a propósito de ellos. De momento os dejo con una obra de cada uno, escogida con especial y diferente intención.
De Haydn, el maravilloso dúo de Adan y Eva de su Oratorio La Creación, en la clásica versión de Karajan, con una Jundula Janowitz y un Walter Berry que aportan la belleza increíble de sus voces. Una obra de arte mayúscula, que no puede sino llenarnos de optimismo y ganas de vivir. La Creación es un oratorio escrito ya en su último periodo y que quizá no ha tenido el reconocimiento que se merece, como obra llena de hallazgos y de una fuerza espiritual que va más allá de los límites del clasicismo (ya rotos de alguna manera por Mozart), precursor de mucho de lo que luego vendrían a decir los primeros románticos.
Enlace a vídeo aquí.
De Handel, uno de los últimos hallazgos, un redescubrimiento de una obra conocida, pero quizá pasada por alto, un fragmento de su oratorio Theodora, susurrado en medio de la noche (gracias) en un contexto inusual. Un Handel también en sus últimos años de composición, que ha destilado ya una maestría asombrosa en su capacidad de dibujar las emociones humanas más altas y las más ruines. La versión, magnífica, del festival de Glyndebourne.
10 de diciembre de 2008
Un gran intérprete.

Ayer tarde, mientras observaba al pianista noruego Leif Ove Andsnes cerrar el ciclo de Grandes Intérpretes del Auditorio Nacional de una manera inmejorable, aprovechaba para certificar que ciertamente es uno de los pianistas que más me gusta de la actualidad. Además, escuchándole, intentaba descifrar un poco cómo se decide que alguien es un gran intérprete.
Evidentemente se trata de una cuestión muy subjetiva, y ya sólo restringiéndonos al campo de los intérpretes de piano las recetas serían múltiples y hasta opuestas entre sí. Hay tantas "escuelas" pianísticas o visiones de cómo interpretar al piano y tan bien argumentadas, que realmente uno no sabe por quién dejarse seducir. En ningún caso es fácil determinar qué significa interpretar.
Ayer, sin embargo, y más allá de todos los grandísimos intérpretes (Maurizio Pollini, Krystian Zimmerman o Grigori Sokolov entre otros) que han pasado en la presente temporada por el ciclo, veía algo grande en Andsnes, difícilmente explicable. Algo que, además, me gusta mucho, cada vez más. Me pasé la velada disfrutando de su visión contenida pero rotunda de un repertorio que nos llevó de un Beethoven ajustado y sin excesos líricos a un Schoenberg lúcido y hasta comprensible para oídos no demasiado hechos a las disonanancias, para terminar en un Mussorgsky contundente pero sin malabarismos, hondo y conciso. No obstante, al mismo tiempo, me cuestionada la razón de mi disfrute. Y poco a poco fui dando con la clave.
Leif Ove Andsnes es un pianista sin ganas de epatar, sin concesiones a la galería, que no pretende transfigurar demasiado las partituras. No digo que las visiones en exceso personales no supongan un acierto y contribuyan a aportar visiones y descubrir virtudes de las composiciones. Pero en un gran intérprete creo que debe estar el acierto de acercarnos al trabajo del compositor. Y Andsnes lo hace de una manera elegante y seria. Sus matices son levísimos, y nos exigen a los oyentes un ejercicio de comprensión de la obra para entender cómo nos la está leyendo él.
El noruego no abusa de retardandi ni efectos espectaculares: lee, traduce y nos subraya con una finísima capacidad lo mismo un tempo que un acorde o una escala. Todo en su sitio, aparentemente sin nada especial, pero uno no puede dejar de sentir que el intérprete conecta profundamente con la obra y que esa conexión nos llega casi intacta. Además, en el caso de Andsnes, lo hace desde una técnica impecable y que transmite una seguridad que se ve poco hoy en día. En suma, una gran noche de piano, con un programa estupendo que el noruego redondeó en las propinas añadiendo nuevos registros a lo que ya nos había mostrado, con un Debussy lleno de fuerza poética o un Scarlatti rotundamente folclórico.
Me hizo recordar, de alguna forma, a uno de mis pianistas de cabecera, Rudolf Serkin, del que siempre traté de comprender qué tenía para conseguir fascinarme de la manera que lo hace sin ser un pianista efectista ni demasiado personal. Se trata un poco de lo mismo, del rigor y de la sutilidad para saber matizar desde la fidelidad. Él es uno de los grandes olvidados del siglo XX. Discreto y nada mediático, no es fácil encontrar información sobre él. Tampoco hay tantas grabaciones suyas. Pero siempre he considerado que es uno de los más grandes, porque es de esos pocos que consiguen transmitir más que una mirada sobre la obra, la obra en sí misma, sin interferencias.
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5 de diciembre de 2008
Un día cualquiera.

6:20. Suena el despertador.
Abrazo, quizá beso.
Su olor por la mañana, mi favorito.
Ducha azul, agua caliente, ojos aún con el sueño que se derrama con el jabón por entre los pliegues de la piel.
Me quedo mirándome al espejo.
Los calcetines se me resisten siempre. La cafetera sólo a veces. Respiro su aroma justo cuando comienza a salir a borbotones. Escucharlo es lo que me decide a pensar que madrugar no es tan horrible.
Se me olvidó decidir qué me iba a poner. Mordisqueo una galleta, me peino, escojo qué voy a meter en mi bolsa.
Salgo de casa, siempre deprisa. Es triste hacer el trayecto solo en coche. Tampoco es ecológico. Es que son sólo quince minutos, me digo. Y cincuenta minutos más de sueño, me aseguro.
Llego a la ciudad gris, subo a mi puesto, me pongo algo de música bonita para empezar el día. Quiere amanecer. Voy sumergiéndome poco a poco en el trabajo, en la agenda, en la lista de tareas pendientes. El sol comienza a iluminar la inmensidad como si fuese una linterna gigante, emborronada sólo por el sarpullido de puntos-para-sol con los que han tratado todos los cristales. Será para que no veamos todas las cosas bonitas que hay ahí afuera.
No cuentan con la imaginación ni con el deseo...
Informes, correos, alguna reunión. Me ha vuelto a mirar desde la esquina. Me inquieta.
Un café y unas risas. Pocas confidencias.
Llamadas telefónicas, tareas monótonas.
Un sms que me dibuja una sonrisa.
Un respiro
La mañana que no se termina nunca.
Pereza y sueños cibernéticos.
Otro sms. Viaje al pasado. Otro universo me captura.
Salgo, pensando en otra cosa.
Camino de vuelta a casa. Jazz en las ondas de la radio, y el sol de la primera tarde que me apunta ese árbol solitario de la cuesta que me recibe cada día mientras amarillea despacio.
Una sopa y una ensalada pequeña en la bandeja, delante del televisor apagado. La soledad jugando a ser amiga o esquina amarga. La siesta me hunde en el sofá.
Me levanto y cojo la escoba. ¿Por qué las pelusas son tan inmensas en Madrid? Pongo Händel. ¡Qué bien se barre con Händel! Su melancolía está tan llena de grandeza que uno completa la tarea creyéndose el rey del mundo. Vuelvo a huir.
Me apresuro a bajar a la piscina. Azul, de nuevo azul. ¡Qué poco cívica es la gente nadando!
El agua me aleja, entre Händel y las palabras sobre la pantalla del teléfono móvil, aún adheridas a mi retina. En el ducha la piel me subyuga. Lo perfecto y lo imperfecto me parecen ajenos, como de otra raza. Yo sigo con Händel, pero no reconozco mi propia piel.
Vuelta a casa, son dos minutos. Libro en mano, vuelvo a mi esquina. Abrazos en cinco minutos, talvez diez. Besos y calor bajo la mejilla helada. Händel vuelve a lanzarnos a otro universo azul donde nadie más penetra.
Las calles de Madrid ya están oscuras y del sol sólo guardan un recuerdo de corazón lejano. Los charcos comienzan a salpicar mi paseo. Mil limpia-parabrisas se mueven al ritmo de Händel. La ciudad me engulle imparable. Veo a alguien, y los secretos surcan el cielo. Vino tinto en una esquina de madera. Los perfumes del vino tienen la elegancia de la noche que afila su frío. La mirada hace temblar al cosmos, porque no estamos solos. Ahora sí, confidencias...
Vuelta a casa, despacio. Mis ideas que precipitan en la cabeza, como una tormenta furiosa.
Hoy estoy callado al llegar. La cena se prepara crepitando sobre el sonido de la tele.
Cena y besos. Después de la cena, sobrecena cibernética. Intento escribir. La tormenta se me escapa, evaporada entre el rapto de las musas y las conversaciones sobre el teclado.
Un párrafo, tal vez dos. Dudo borrarlos. Un mensaje parpadea. Recuerdo noches donde todo parpadeaba. Y corro a dormir. La sábana fría, y él que dormido me abraza y me besa, sin ser consciente. Y de nuevo Händel que me hunde en el sueño, que nos hunde en el sueño. Enlazados primero, separados al final.
Un día cualquiera.
Tan pequeño... tan grande.
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20 de noviembre de 2008
Antídoto Otoñal
Este semana ha estado plagada de conciertos. Demasiados, quizá, para poderlo asimilar todo. A veces las fechas de los eventos musicales que me interesan se agolpan en la misma semana. Si es una semana de esas en las que la prisa parece correr por las venas de uno, parece que se ve uno obligado a ir, algo en el interior le hace tomárselo como una especie de auto-condena.
A veces llego al lugar del concierto y, al sentarme en la butaca, con la velocidad aún en los pulmones, me cuesta entrar en la música. Si además tengo el día de humor extraño, como era el caso ayer, casi me dan ganas de levantarme y salir por la puerta a caminar un rato, con un sentimiento mezcla de rebeldía y de asfixia. Nunca lo hago, y pocas veces me arrepiento. Ayer, más que no arrepentirme, me alegré profundamente. La violinista alemana Anne Sophie Mutter no es cualquier músico. Su fama estratosférica la precede. Niña prodigio, protegida de Karajan y estrella de las últimas grabaciones del director alemán, su carrera, tras ese inicio fulgurante no ha hecho más que crecer y no sólo en perfeccionamiento técnico, sino en hondura de sus interpretaciones. Sus grabaciones de adolescencia eran ya de una brillantez impecable. Pero ahora, Anne Sophie ha sabido recrear sus propias lecturas con una sensibilidad exquisita, que desgrana la partitura con inteligencia sin desequilibrar las intenciones del pentagrama.

Ayer se dedicó al ciclo de sonatas de Brahms, quizá el más hermoso de todo el repertorio. También el más melancólico y otoñal. Perfecto para este otoño de manual que estamos viviendo en Madrid. El sonido de la Mutter, sin embargo, se escapa a cualquier manual. Es difícil conseguir hacer algo nuevo con estas sonatas, pues han sido infinitamente grabadas y ejecutadas. Aún así, son verdaderas joyas llenas de secretos entre sus notas pero a veces hacen falta grandes dosis de sensibilidad para explorarlas. Ella demostró tenerla a raudales. Si bien es cierto pasó por alto los recovecos llenos de posibilidades de la sonata nº2, que interpretó en primer lugar (haciéndome dudar por unos minutos de sus verdaderas capacidades más allá de su impecable técnica), pero desplegó con generosidad su impronta personal a partir de ese momento. Las otras dos sonatas (las más conocidas, las más generosas en belleza, aún así, yo me sigo quedando con la nº2 para muchas cosas) fueron todo un festival de sonidos y belleza. Su versión camina entre la suavidad otoñal y la enérgica virilidad que la partitura exige.
El auditorio se comportó y le brindó una calurosa ovación, sin demasiados vítores, pero ciertamente muy especial, se sentía en la atmósfera que aún permanecíamos todos en esos universos ingrávidos y melancólicos de Brahms. De propina, un par de danzas húngaras con arreglo para violín y piano. Aquí, por si no nos había quedado claro, se encargó ella de demostrarnos que no sólo sabe transmitir la profundidad de la música, sino que su virtuosismo es también impecable y elegante como todo en ella.
No, no me arrepentí de no irme. Viajar un rato con una de las mejores miradas de Brahms que se pueden escuchar en la actualidad es un antídoto para casi cualquier mal día.
A veces llego al lugar del concierto y, al sentarme en la butaca, con la velocidad aún en los pulmones, me cuesta entrar en la música. Si además tengo el día de humor extraño, como era el caso ayer, casi me dan ganas de levantarme y salir por la puerta a caminar un rato, con un sentimiento mezcla de rebeldía y de asfixia. Nunca lo hago, y pocas veces me arrepiento. Ayer, más que no arrepentirme, me alegré profundamente. La violinista alemana Anne Sophie Mutter no es cualquier músico. Su fama estratosférica la precede. Niña prodigio, protegida de Karajan y estrella de las últimas grabaciones del director alemán, su carrera, tras ese inicio fulgurante no ha hecho más que crecer y no sólo en perfeccionamiento técnico, sino en hondura de sus interpretaciones. Sus grabaciones de adolescencia eran ya de una brillantez impecable. Pero ahora, Anne Sophie ha sabido recrear sus propias lecturas con una sensibilidad exquisita, que desgrana la partitura con inteligencia sin desequilibrar las intenciones del pentagrama.

Ayer se dedicó al ciclo de sonatas de Brahms, quizá el más hermoso de todo el repertorio. También el más melancólico y otoñal. Perfecto para este otoño de manual que estamos viviendo en Madrid. El sonido de la Mutter, sin embargo, se escapa a cualquier manual. Es difícil conseguir hacer algo nuevo con estas sonatas, pues han sido infinitamente grabadas y ejecutadas. Aún así, son verdaderas joyas llenas de secretos entre sus notas pero a veces hacen falta grandes dosis de sensibilidad para explorarlas. Ella demostró tenerla a raudales. Si bien es cierto pasó por alto los recovecos llenos de posibilidades de la sonata nº2, que interpretó en primer lugar (haciéndome dudar por unos minutos de sus verdaderas capacidades más allá de su impecable técnica), pero desplegó con generosidad su impronta personal a partir de ese momento. Las otras dos sonatas (las más conocidas, las más generosas en belleza, aún así, yo me sigo quedando con la nº2 para muchas cosas) fueron todo un festival de sonidos y belleza. Su versión camina entre la suavidad otoñal y la enérgica virilidad que la partitura exige.
Cuando una "top-one" se inspira de esta forma el resultado no tiene que ver con nada de este mundo. El auditorio en pleno (salvo los mismos pacatos de las toses sin control y los móviles sin desconectar cuya proliferación en aumento es preocupante) fue capturado por ese magnetismo indescriptible de la versión rotunda y redonda que nos brindó. Literalmente proyectados a ese universo sonoro de Brahms que es uno de los más grandes creadores de música de cámara.
De adolescente fui un consumidor empedernido de su música. Recuerdo aún aquellas navidades hace muchísimos años, en que mi tía me regaló aquel compacto con las sonatas, con esa emoción de saber que me abría las puertas a un universo musical inigualable, y que tantas y tantas veces ha sido refugio de penas y oscuridades. Pero nunca hasta ayer había podido vivirlas tan intensamente. Con la fuerza del directo, pero también a través de las manos de una violinista cuya reputación no es vacía, que proyecta su elegancia personal (su presencia en el escenario, esbelta y contenida, es impresionante) en la música que interpreta. Y es que tocar a Brahms desde la elegancia que lo hizo, pero con esa incisiva y sutil recreación de la pasión melancólica que descansa en esas notas, es un ejercicio difícil y cuyo camino es muy estrecho y difícil de encontrar. Ella lo hace con una naturalidad pasmosa. Su acompañante, Lambert Orkis, se adapta a ella a la perfección, y hace una notable versión de la rica y bellísima parte de piano que tienen estas obras, muy desprendida de la gravedad de algunas versiones, muy centrada en su ritmo y su musicalidad.
El auditorio se comportó y le brindó una calurosa ovación, sin demasiados vítores, pero ciertamente muy especial, se sentía en la atmósfera que aún permanecíamos todos en esos universos ingrávidos y melancólicos de Brahms. De propina, un par de danzas húngaras con arreglo para violín y piano. Aquí, por si no nos había quedado claro, se encargó ella de demostrarnos que no sólo sabe transmitir la profundidad de la música, sino que su virtuosismo es también impecable y elegante como todo en ella.
No, no me arrepentí de no irme. Viajar un rato con una de las mejores miradas de Brahms que se pueden escuchar en la actualidad es un antídoto para casi cualquier mal día.
17 de noviembre de 2008
hilo argumental para un visionario.


Estos días puede verse en Madrid un interesante exposición sobre las vanguardias de la pintura en torno a la gran guerra. La muestra es muy completa pues abarca muchos motivos, transformaciones y nuevos caminos que se abrieron en esa época y a raíz del pesimismo que envolvió al mundo a raíz de estos conflictos bélicos. Siempre he pensado que el Arte, como elemento de conciencia social y político que siempre ha sido, jugó un papel importante en esa época, pero creo que también la realidad política contribuyó a su desarrollo, a su evolución. Las grandes guerras del siglo XX no eran algo nuevo en su esencia, pero sí las formas de destrucción masiva que desarrollaron y, lo que es más importante, la posibilidad de unos medios de comunicación nuevos que podían llevar el terror, la amenaza, la destrucción, el dolor, a todos los lugares del mundo. Eran las primeras guerras en las que la conciencia de sus efectos era mundial y además en forma de imágenes.
Creía que en la exposición iba a haber más literatura en torno a este concepto, pero al final han optado por pequeños textos que dirijan un poco al espectador haciendo que la expresividad de los cuadros que han elegido haga de la muestra algo más o menos auto-explicativo. Pero es una muestra necesaria que nos pasea por el amanecer de las vanguardias pictóricas del siglo XX desde un punto de vista muy interesante.
La música también tuvo una importante transformación en esos años, quizá la más grande de su historia. Una vez que Debussy (el gran renovador de la música moderna) había construido los cimientos del nuevo camino de la música, no fue hasta los años de las guerras mundiales que músicos como Arnold Schoemberg o Alban Berg cruzaron la frontera de la atonalidad a través del sistema dodecafónico lo cual supuso un ruptura inmensa con el pasado, no tanto por lo interesante de lo que nos intentaron contar, sino porque llevaron las posibilidades de la música hasta el infinito. Y pienso que ello fue en parte posible debido al pesimismo profundo que trajo consigo la primera de las guerras mundiales.
Otro músico, sin embargo, ya había estado a punto de cruzar la línea años antes que ellos. No sólo la de la atonalidad, sino de la propia naturaleza expresionista del movimiento postromántico al que de alguna manera también aquellos habían pertenecido.
Estos días, a raíz de escuchar el sábado pasado en el auditorio la primera sinfonía de Mahler, lo venía pensando. Su música, olvidada durante tantos años del siglo XX por causa de su origen judío, que le valió la prohibición del régimen nazi, es el fruto de un carácter atormentado por los traumas de infancia y juventud y por una intensa conciencia de la fragilidad de la condición y del destino humanos. Su primera sinfonía es brillante, y ya supone un aire de modernidad que no se supo entender. Pero su progresión hasta la incompleta décima o el maravilloso ciclo de canciones (casi en forma de sinfonía también) Das Lied Von Der Erde (La canción de la Tierra) constituye un camino lleno de contradicciones que nos conduce sin duda al abismo de la existencia.
Después de muchísimos años de vacío durante y tras la segunda guerra mundial, no fue hasta mediados del siglo XX cuando algunos de sus discípulos (además de compositor fue quizá el más grande director de orquesta de la historia, y entre sus alumnos caben destacar batutas de la importancia de Bruno Walter y Otto Klemperer) comenzaron a recuperarlo y a grabar su ciclo sinfónico. Uno de los discípulos de Walter, Leonard Bernstein, ya a partir de la década de los 60, se erigió en profundo defensor del compositor y difusor de su música, elevando esta pasión casi a rango de movimiento de fans. Realizo dos integrales de sus sinfonías que tardarán mucho tiempo en poderse superar, pues en ellas está la herencia directa de la propia mirada del compositor unida a la inefable pulsión apasionada del director americano. La popularidad de Mahler a partir de ahí fue en aumento, llegando a alcanzar el lugar que merecía en el mundo de la fonografía y en de las salas de concierto.
Pero a lo que iba. En la evolución de la música de Mahler se van conjugando una serie de factores que desembocan, a través de su mente lúcida y atormentada al mismo tiempo, en una especie de trampolín hacia el vacío por el que nunca llegó a saltar pues la depresión y la enfermedad le condujeron a una muerte relativamente temprana en la que sin duda la sombra de hasta dónde podía haber llegado y la premonición oscura del destino del mundo debieron a mi juicio jugar un importante papel.
En mi opinión Mahler fue un visionario, y en su música se vio reflejada esa ruptura de la que hablaba más arriba. Las tres características más intensas de su música nos llevan en primer lugar a un descomunal aparato sinfónico que requirió de una orquesta de un tamaño que llegó con él a su límite físico (sinfonía 8, de los mil). Por otro lado, a la incisiva recreación de la belleza, en un estilo postromántico que llega a resultar casi asfixiante (Das Abschied, de La Canción De La Tierra), y que hace contrastar de manera a veces violenta por un lado con un estruendoso gusto por las marchas militares y un desatado uso de la familia de metales en sonoras fanfarrias, así como con su delicado gusto por la recreación de la Naturaleza. Y finalmente un progresivo pesimismo que se va filtrando en forma de avisos oscuros y llamadas del destino que aparecen sobre todo a partir de su sinfonía 6 (Trágica), compuesta casi como premonición de la muerte de su hija mayor a causa de la escarlatina.
Sin embargo es ya al final de su vida, en el único movimiento que escribió completo de su sinfonía 10 (que tanto miedo le provocaba componer, pues los dos grandes sinfonistas románticos, Beethoven y Schubert no habían podido llegar a es número, él finalmente tampoco) donde de repente casi toca la frontera. Es en un pasaje en el que está casi a punto de rozar (e inventar con ello) el dodecafonismo, quizá uno de los instantes más apocalípticos de la historia de la música. Su salto al vacío se queda ahí, contenido, pero tremendo, lleno de horror. Casi parece imposible creer que haya sido compuesto antes que las atroces imágenes de las guerras del siglo XX tuvieran lugar. En el fondo siento que debió presentirlo en sueños. En esos acordes está, de manera velada, una visión futura hacia el lado más oscuro y amargo del siglo XX que acababa de comenzar.
Como dice el gran Ricardo Chailly en el vídeo que os dejo (donde se explica un poco mejor este pasaje terrible de su última sinfonía, que además podéis escuchar entre los minutos 3:25 y 4:48) es prácticamente inconcebible cómo pudo componer esta sinfonía, que termina con ese sutil glissando al que hace referencia el italiano como su “grande urlo di disperazione”, su grito de desesperación a un mundo que se venía abajo y que además le iba a llevar a la muerte demasiado pronto.
Con ese grito nos dejaba uno de los mayores monstruos del mundo sinfónico, creador de universos imposibles, de belleza inexplicable, de una música casi cósmica, de otro mundo, porque él pertenecía a otro mundo sin duda, el de los visionarios.
Con su muerte desaparece uno de los músicos que de haber seguido escribiendo habría sin duda cambiado sustancialmente el curso de la Música. ¿Qué habría podido componer? Casi produce escalofríos imaginarlo.
¿Qué nos espera a nosotros ahora?
7 de noviembre de 2008
Noche de jueves.
Cada noche de jueves, al filtrarse la oscuridad por las calles de Madrid, se inicia el sortilegio que quiebra el hilo. La luz de neón parece espiarnos desde la altura en que se hace esquina para dejar hueco a la noche que comienza. Y los edificios parecen infinitas pupilas que pasan de largo, extrañas amigas que nos cobijan como en un escenario, antes de que se alce el telón. Las historias descansan entre sus piedras frías, bajo los andamios, detrás de los portales. A veces pueden permanecer así años y años, bostezando cada semana al olor de la lejana mañana de viernes, al acecho de la afilada concupiscencia que sesga la semana y con ella el aliento.
El hilo se ha hecho cuerda, se ha casi transformado en roca suave, ligera, volcánica. De nuevo columna inmensa. En secreto aún conserva su espeso magnetismo. Pero la cuchilla inevitable del jueves la ha vuelto a quebrar con un ruido breve y seco que ha estremecido las aceras. Y los dedos, desnudos y huérfanos, te han recorrido en otra piel, en otra noche sin amanecer, en otra vuelta a casa pisando la frontera de la realidad casi vomitando otra vida hasta su límite, en el vértigo de la primera luz del alba iluminando incisivamente la fractura. Fue entonces cuando reparé en que las estrellas, de nuevo, habían vuelto a precipitarse sobre los charcos del suelo.
El hilo se ha hecho cuerda, se ha casi transformado en roca suave, ligera, volcánica. De nuevo columna inmensa. En secreto aún conserva su espeso magnetismo. Pero la cuchilla inevitable del jueves la ha vuelto a quebrar con un ruido breve y seco que ha estremecido las aceras. Y los dedos, desnudos y huérfanos, te han recorrido en otra piel, en otra noche sin amanecer, en otra vuelta a casa pisando la frontera de la realidad casi vomitando otra vida hasta su límite, en el vértigo de la primera luz del alba iluminando incisivamente la fractura. Fue entonces cuando reparé en que las estrellas, de nuevo, habían vuelto a precipitarse sobre los charcos del suelo.
5 de noviembre de 2008
Sueño Breve

Llegó tan fugaz como se marchó, a pesar de volver al escenario hasta en tres ocasiones. Pero es que ella hace que todo sea leve y ligero. Su entrada discreta, como entre olas, fue con una caracola marina en la mano, como arrastrada por las mareas suaves que anuncia su nuevo trabajo discográfico que (incomprensiblemente) aún no ha sido editado en España.
Adriana Calcanhoto no es una artista brasileña al uso. Carece de los rasgos habituales de lo que tendemos a pensar que es un artista de aquella latitud. Ella proviene de un Sur que no es tropical, que tiene estaciones y cuyo carácter seguramente no se adhiere a la voluptuosidad propia de aquellas tierras. Su acento ya nos dice algo de ella. De su seriedad y su corrección. De su elegancia escueta. De su gesto casi circunspecto. En ella se une lo diminuto y lo inmenso. Lo diminuto de su melancolía, de su ironía, de su fino humor, de sus medidas palabras, de su sutilidad para todo. Inmensa su musicalidad, la aparente facilidad con la que parece cantar, el poder magnético de las letras de sus canciones, llenas de poesía y de sueños. Sueños como el de anoche, que se hizo breve, porque uno no se cansaría nunca de escucharla. Porque, a pesar de las grandes dimensiones del Teatro donde vino a cantar, ella sabe crear esa intimidad, esa relación directa con el espectador, ese clima como de salón, de estar con ella en casa. Y así pasaron sus nuevas canciones, que sonaron frescas y delicadas, como siempre en ella. Y las de siempre, sembradas de esas palabras que ella parece haber recogido de nuestra propia intimidad, como robadas en secreto a las almas sensibles. Porque ella lo es.
Comenzó sentada y casi inmóvil en su silla para ir poco a poco, despacio, como parece hacer todo ella, levantándose, moviéndose, jugando con sus compañeros y con el público, contagiándonos su espectáculo con orden y sentido. Regalándonos al final una sorpresa protagonizada por su amiga Misia cantando a capela para nosotros uno de sus fados de siempre. Elegante hasta el final, seria pero cercana, su concierto de ayer fue como un sueño, como un sueño breve e intenso en el ecuador de la semana. Gracias, Adriana.
SEU PENSAMENTO.
A uma hora dessas
por onde estará seu pensamento
Terá os pés na terra
ou vento no cabelo?
A uma hora dessas
por onde andará seu pensamento
Dará voltas na Terra
ou no estacionamento?
Onde longe Londres Lisboa
ou na minha cama?
A uma hora dessas
por onde vagará seu pensamento
Terá os pés na areia
em pleno apartamento?
A uma hora dessas
por onde passará seu pensamento
Por dentro da minha saia
ou pelo firmamento?
Onde longe Leme Luanda
ou na minha cama?
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musica
2 de noviembre de 2008
Y mi mirada...
Es imposible aportar una mirada nueva sobre Roma, y cuanto más veo mis fotografías, más me doy cuenta de lo difícil que es despegarse de las fotografías y de las miradas que sobre esta ciudad hay en tantos y tantos lugares, y que inevitable forman parte de la imagen colectiva y universal de esta ciudad. Es, no obstante, curioso cómo nada más llegar se deshace esta imagen guardada en mil archivos de la memoria visual para dar lugar a esa visión personal de cada uno, que es capaz de incorporar lo tantas veces observado en fotografía de manera que parezca nuevo, como recién nacido. Pero supongo que forma parte del secreto de la ciudad eterna. De todas formas, y con la humildad que merece, os dejo aquí parte de mi mirada, la propia y la ajena sobre mí. Y esas grandes y pequeñas cosas que cautivaron mi retina.
2 de septiembre de 2008
Ricordi di Puglia.
Como antídoto postvacacional estoy recopilando mis memorias del viaje a Puglia, menos reflexivas que otras veces, más como un cuaderno de viaje. No sé si lo terminaré subiendo pues me está quedando demasiado largo y lleno de detalles y anécdotas que no sé si tienen en realidad cabida aquí.
Pero mientras lo pienso, he decidido traer el pase de fotos que había seleccionado para ilustrarlo, y así recrearme un rato la vista con las cosas que estuve viendo en Julio, y también compartirlas con vosotros.
Con un poco de música italiana, y el que pueda que le añada el sonido del mar...
Pero mientras lo pienso, he decidido traer el pase de fotos que había seleccionado para ilustrarlo, y así recrearme un rato la vista con las cosas que estuve viendo en Julio, y también compartirlas con vosotros.
Con un poco de música italiana, y el que pueda que le añada el sonido del mar...
21 de junio de 2008
21 de Junio

El sol comienza a hervir sobre la piedra del patio ya a primera hora de la mañana. Es el día más largo del año y Fran aún lleva el sueño sobre los pómulos. Se ha quedado solo y al regresar a casa, con la brisa de la noche, se ha entretenido y ha hecho perder sus pasos entre las calles del centro. Le cuesta trabajo encajar las decisiones, sobre todo se le hace difícil tener que marcharse y dejar la ciudad. Probablemente para siempre. Se querría quedar eternamente allí, detenido en la noche, habitando la espera. El amanecer, sin embargo, no tiene freno, y comenzará por clarear la oscuridad, pero trepará por las paredes sin remedio. Y Fran querría que la noche durase para siempre.
No le da tiempo de saborearlo, al llegar a casa ya la luz le ciega la retina. Los tres veranos anteriores se le derraman por las sienes y le aprietan fuertemente, como una prensa magnífica, en su cráneo: los bosques y el verde templado de las montañas, el aire entrando por la ventanilla del coche, su mano encima de su rodilla, la embriaguez de las rutas no previstas, las tardes de silencio y piel sobre la mejilla, las cenas eternas, inconscientes del mundo, todo ello corre veloz por la memoria. Y Fran querría que cabalgasen lejos, que no le visitaran más.
Un par de pájaros cantan insistentemente y la tierra, justo en ese instante, llega al extremo de su eje, y se desliza de nuevo hacia su nuevo rumbo. Sobre la tierra callada las piedras crujen en secreto. Se precipita el verano sin remedio.
Entonces, tras un ruidillo casi mudo, brota de repente el olvido, como un minúsculo germen que le crepita desde la garganta. Y Fran, por primera vez en semanas, siente un ligero alivio, como de un río que se aleja y que desliza en su superficie, en forma de infinitos barcos de papel, toda la tinta negra de la noche y de las preguntas inútiles. El sol empuja el calor sobre sus esquinas afiladas, y la flota de veleros se despide poco a poco. Comienza de nuevo la estación, y Fran empienza a respirar, y a limpiar hojas de memoria para el futuro. La vida sigue, piensa. Y sin saberlo si quiera, muda de piel en un instante.
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17 de junio de 2008
¿Quién dirá lo que tiene el agua?
Nana, de "Bodas de Sangre", Federico García Lorca
(...)
Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua.
El agua era negra dentro de las ramas.
Cuando llega el Puente se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola por su verde sala?
(...)
Mujer
Duérmete clavel,
que el caballo no quiere beber,
Suegra
Duérmete rosal que el caballo se pone a llorar.
(...)
Música: Ennio Morricone
Voz: Dulce Pontes.
(...)
Música: Ennio Morricone
Voz: Dulce Pontes.
6 de junio de 2008
Estación 36

La vida es como un viaje en un tren. Me lo escribieron ayer. Como un tren luminoso, quizá como aquel enigmático tren supersónico de la película 2046 en el que se podía viajar en el tiempo hacia el futuro con destino a aquel año, pero nadie había vuelto para poderlo contar. Se trata del tren particular de cada uno, con sus vagones transparentes y otros que no lo son. Con la máquina siempre visible y con rincones que sólo cada uno conoce. Pasan los años y la sensación del viaje es cada vez de mayor velocidad. Tanta que a veces cuesta plantearse si el trayecto que llevamos es el correcto, o habría que cambiar los ejes de los raíles y desviarse por otros lugares. A pesar de todo, esta velocidad, me gusta.
Hoy, además de un día más, como cada mañana, he cumplido un año más de vida. Lo he sentido nada más abrir los ojos, casualmente a la misma hora más o menos a la que debí nacer. Me he despertado con la mejor compañía, con el mejor beso. El tren se ha detenido en una estación. Una silenciosa y tan especial como la que recuerdo de pequeño, junto a casa de mi abuelo.
El revisor me ha dejado bajar un instante a respirar el aire puro, y casi me ha parecido que, como aquella otra estación, se sentía con intensidad el olor salvaje de la madera fresca y los mil acentos del bosque. Me he sentado un rato. No me he hecho preguntas, he sabido en seguida que me gusta esta estación. Me sonrío al pensar que cada estación a la que llego me gusta más, porque cada una se suma a las anteriores y es a su vez la suma de ellas. Y es que hace tiempo que dedico mi viaje a explorar lo que me hace sentir bien, las personas que me hacen sentir bien: las cosas y las personas con las que comparto ilusiones, cariño, ideas o desacuerdos, respeto, y libertad. Esas que conservo junto a mí porque son el mejor paisaje, el que merece la pena, el que le impone la velocidad y la belleza al camino.
Al final del viaje ninguno sabemos donde va todo eso a parar. Igual se deshace, o se archiva en algún lugar secreto donde nadie más tendrá acceso. Pero todo eso da igual ahora. Lo importante del ahora es sentirse vivo y hacer que ese sentimiento sea robusto, sincero, consciente. Asumiento que esperanzas y desilusiones forman ambas parte de él, que compartir el viaje es una obligación de quien quiere estar vivo, que luchar por lo que uno cree es la razón de que el tren se mueva, que conservar los sueños significa no perder el niño que llevamos dentro y que conviene acomodarlo en la máquina porque cuando todo pierde sentido es él el único que conoce la ruta que debemos seguir. La mía, detenida hoy un instante aquí, se llena segundo a segundo de plenitud y necesidad de seguir viviendo, porque a pesar de todo lo que no me gusta, de la mediocridad, de la tristeza, de la imperfección, de la injusticia y del dolor que también implica la existencia, cada instante de vida sigue siendo un regalo y no una pérdida. Y yo, hace mucho que decidí intentar llenarlos de intensidad. Continúo en el empeño. Muchas gracias a todos lo que lo hacéis posible.
Mi banda sonora de hoy, esa cancioncilla que escuché en el blog de Luis, y que me llena de felicidad instantánea:
3 de junio de 2008
De Orfeo al cielo, pasando por los infiernos.

En la última semana el madrileño Teatro Real ha vivido intensas jornadas con el punto final de uno de los ciclos que ha programado esta temporada, el dedicado al mito de Orfeo en la ópera. De aprobado con nota calificaría las dignísimas representaciones de L'Orfeo de Monteverdi que nos ha traído William Christie con su notable conjunto, Les Arts Florissants y un dúo protagonista ciertamente inspirado:un Dietrich Henschel sobrio pero apasionado, de una elegancia pasmosa en su movimiento, cuasi bailarín por el escenario, y una Maria Grazia Schiavo de correctísima y bellísima voz, que supo además modular con gran sutilidad. La versión de Christie se enmarca en un proyecto que lo liga al Real para la representación de las tres Operas completas de Monteverdi en años sucesivos. El inicio no ha podido ser más alentador, una versión más que digna con la que el Teatro Real, tras el fichaje de Paul McCreesh en el Tamerlano o la visita de Fabio Biondi con su Bajazet vivaldiano, parece dar el espacio que se merece en su programación a la ópera barroca, repertorio que vive actualmente toda una revolución, debido en gran parte a una serie de renovadores como los que nos han visitado este año y que esperamos ver pronto de nuevo desfilar por el Teatro de la Plaza de Oriente. Como decía, Chirstie brindó una bastante correcta y personal versión, que tuvo momentos de poesía musical verdaderamente inolvidables reforzados por la acertada y elegante si bien poco arriesgada puesta en escena del italiano Pier Luigi Pizzi, lo cual en mi opinión es de agradecer en una época en la que cada vez me asustan más las escenografías rompedoras, por su falta de rigor en las intenciones y de profundidad a la hora de argumentar la creatividad.
El lunes pasado se cerraba el ciclo con la última de las representaciones de otra de las grandes óperas de la historia. El Orphée et Euridice de William Gluck, esta vez en versión de concierto y a cargo de la orquesta, coro y director titulares del Teatro. La expectación estaba garantizada con la presencia del gran tenor peruano Juan Diego Flórez, quizá el más cotizado y aclamado de la actualidad. Era la primera vez que se enfrentaba al papel del Orfeo de Gluck, uno de los roles más difíciles del repertorio clásico. Además, constituía todo un desafío para un tenor más bien lírico y acostumbrado al belcanto el de asumir el reto de este rol en una ópera seria, honda y dramática como es ésta.
Tengo que reconocer que es una de mis óperas favoritas. A pesar de la reputación de aburrido que tiene Gluck yo encuentro en esta ópera absolutamente fascinante, más allá de la maestría y la modernidad que supone el definitivo paso que da Gluck desde la rígida ópera barroca a otro mundo lleno de posibilidades. No sólo por la belleza de su música y de sus arias, sino -y especialmente- por la extrema inspiración con la que Gluck da rienda suelta su interpretación de la acción del texto y convierte la partitura en toda una herramienta dramatúrgica de un resultado redondo como pocos en la historia del género. El papel de Orfeo es un papel difícil, porque exige cualidades que pocos tenores reúnen. Potencia, agudeza vocal, coloratura, timbre, agilidad, lirismo, dramatismo, flexibilidad, sutilidad... Es necesario un tenor que reúna características propias de tenor lírico y a la vez dramático. A Flórez lo suponía del primer grupo, aunque la representación de esta semana me hace verlo con nuevos ojos, y me hace suponer que su repertorio se abre a toda una serie de personajes y de estilos que le auguran un futuro deslumbrante.
Juan Diego llegó y venció en una ópera que exige al protagonista una presencia vocal prácticamente continua a lo largo de toda la duración de la obra. Su canto fue bellísimo en timbre y modulación, y su pasión a la hora de interpretar no se desbordó ni cayó en lo fácil. El peruano hizo gala de una contención bastante equilibrada. Creo que en esto tiene mucho que ver la mirada de Jesús López Cobos, que ofreció una versión absolutamente poética de la obra, quizá criticable por su abandono en algunos momentos de la fuerza dramática, pero que se compensaba con una maravillosa exploración de la melancolía y la belleza de la partitura. Flórez se dejó guiar por esta mirada eminentemente lírica y se enfrentó con igual emoción y elegancia a la coloratura del "L'espoir renaître dans mon âme", que a la hondura del "J'ai perdu mon Eurydice" o de los continuos e intensos recitativos que recorren la obra. Su halo parecía contagiar a todos en la escena: al coro del teatro -que estuvo ejemplar en sus contínuas apariciones- a sus compañeras de reparto Ainhoa Garmendia y Alessandra Marianelli (dos bellísimas voces que superaron la mera corrección) y a una Orquesta Sinfónica de Madrid que bajo la batuta de López Cobos desgranó la partitura con una elegancia exquisita y que llegó a momentos puntuales de intensísima inspiración. El conjunto hizo que la obra maestra de Gluck desplegara toda su capacidad teatral y musical, de manera que el hecho de que la versión fuese de concierto llegó a ser una mera anécdota, pues con una tan inspirada interpretación, la historia y la acción se recrearon sin problemas en la imaginación. Pocas veces sucede eso, que la ópera entre dentro de uno y se produzca ese milagro que todos los amantes de la ópera bien conocemos de sentir que de repente uno vive dentro de la ópera.
Inolvidable, repito.
Y para terminar, salir -como una nave que parte- del Teatro a pasear por esas calles silenciosas del barrio de ópera, con el mar de la música batiéndose entre las neuronas y la sangre, con esa inefable sensación de haber atrapado, aunque sea por unos breves instantes, la verdadera felicidad.
1 de junio de 2008
Sentir...
Detrás de cada mañana azul, del desayuno sobre la loza inmaculada, de la mesa recogida al terminar y del sol pausado en la terraza se esconde el bastidor espeso de las preguntas que se clavan en la garganta. Y las sombras caminando descalzas y silbando entre las cuerdas del telón.
El engranaje secreto de los ríos que me impulsan se hace torrente cuando la mañana sin horas se transforma en abismo, y a mí me gustaría poder huir sólo un minuto hasta el fin del mundo imaginado, y ver los tulipanes limpios y alineados de los jardines de Estambul, o las pequeñas flores de un templo olvidado entre las arboledas de Kyoto. No ser yo un instante y volar sobre mi carne para sentir, desde el no sentir, que existir es lo único que tenemos a pesar de las espinas, a pesar de la asfixia de lo no elegido, a pesar de las nubes oscuras que cobija la responsabilidad, a pesar de la inevitable mediocridad de tantas horas.
Y volver para elegir la intensidad de la sonrisa, el azul sobre el gris, el descontrol de espaldas a la razón que -a pesar de ello- nunca se evapora. En el fondo de la recámara, en el lugar donde cabe el engaño y los muros opacos, sabemos que podemos decidir, más allá de todo, la felicidad. Tras la filosofía y las palabras sólo la carne, al final, nos redime, y sólo la intensidad la fija en la endeble memoria. No cabe más sabiduría que esa, no valen más engaños que el de engañar a la propia vida y sentir, sentir, sentir...
El engranaje secreto de los ríos que me impulsan se hace torrente cuando la mañana sin horas se transforma en abismo, y a mí me gustaría poder huir sólo un minuto hasta el fin del mundo imaginado, y ver los tulipanes limpios y alineados de los jardines de Estambul, o las pequeñas flores de un templo olvidado entre las arboledas de Kyoto. No ser yo un instante y volar sobre mi carne para sentir, desde el no sentir, que existir es lo único que tenemos a pesar de las espinas, a pesar de la asfixia de lo no elegido, a pesar de las nubes oscuras que cobija la responsabilidad, a pesar de la inevitable mediocridad de tantas horas.
Y volver para elegir la intensidad de la sonrisa, el azul sobre el gris, el descontrol de espaldas a la razón que -a pesar de ello- nunca se evapora. En el fondo de la recámara, en el lugar donde cabe el engaño y los muros opacos, sabemos que podemos decidir, más allá de todo, la felicidad. Tras la filosofía y las palabras sólo la carne, al final, nos redime, y sólo la intensidad la fija en la endeble memoria. No cabe más sabiduría que esa, no valen más engaños que el de engañar a la propia vida y sentir, sentir, sentir...
20 de mayo de 2008
Música y Fuego

El fuego en la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín nos ha asaltado en todos los telediarios y páginas de noticias de internet. Aún no se sabe el alcance del mismo, pero ya he leído que el edificio no será destruido por las llamas, aunque los daños serán considerables. En el momento del incidente el mítico Claudio Abbado, anterior director de la Orquesta -a quien hemos disfrutado recientemente con gran emoción en Madrid- y los músicos de la Filarmónica estaban ensayando, y han tenido que ser evacuados rápidamente. Poco más se sabe aún. Pero no puedo evitar pensar en otros teatros míticos como la Fenice veneciana o nuestro Liceu barcelonés, destruidos ambos fruto de las llamas en incendios más que polémicos que se saldaron con reconstrucciones aún si cabe más polémicas que muchos no terminan de comprender ni de sentir sinceras. El espacio es algo más que la materia para muchos de nosotros.
Sobre todo me da pena no haber visitado todos esos lugares maravillosos antes de que desaparecieran, cuando sé que pude haberlo hecho, como en el caso de ésta, la "Berliner Philharmonie", construida en los años 60 durante el "reinado" del director alemán Hertbert von Karajan en la orquesta alemana. Fue el modelo para muchas otras sedes de orquestas, y su disposición con la orquesta en el centro de un espacio en forma de un perfecto pentágono permite una visibilidad inmejorable para todos los espectadores, además de una interrelación entre los músicos y el público mucho más auténtica y cercana. Su sonoridad también es reconocida como de las mejores del mundo. Recuerdo haber tenido en la cabeza todo el tiempo haber visitado este edificio cuando estuve en Berlín, hace más de 10 años, pero al final no lo hice.
De nuevo el fuego destructor de la materia y de la belleza. Las notas que deben aún resonar en algún lugar, los recuerdos que alberga quien alguna vez la disfrutó, los instantes irrepetibles que se han vivido en ese lugar... esos no podrán ser jamás eliminados, porque en eso sí es indestructible el poder de la música. Momentos como el que os dejo, en el concierto aniversario de los 100 años de la Orquesta Filarmónica de Berlín, con el inefable Karajan traduciendo como bien sabía hacer él al gran Beethoven.
12 de mayo de 2008
Mozart y el Teatro.

Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica.
Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.
Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.
"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía.
La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas.
Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartolo adivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.
Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.
En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro!
Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."
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23 de enero de 2008
de veranos en invierno, de pérdidas y de aniversarios.
Se ha abierto una brecha de primavera en este invierno que no había más que comenzado. Es posible caminar por el retiro sin abrigo, sentarse a leer en un banco como si fuera abril o comer en una terraza a mediodía. Como en aquella película del belga Stéphane Vuillet (si bien allí la cosa era aún más sorprendente porque se trataba de Bruselas en el mes de enero) en la que al personaje protagonista, de repente, parecía sucederle de todo en el mismo día en el que, para colmo -o afortunadamente- también se anunciaba una inusual ola de calor casi veraniego en pleno invierno.
Casi igual que a mí el sábado pasado en plena Gran Vía, rebosante de luz y actividad como si fuese abril, con el sol engañándonos a través de este anticiclón templado que parece haberse encariñado con nosotros. Y de repente estaba allí, igual que entonces: aquel banco en el que me senté dos veranos atrás, habitado ahora por unos adolescentes molestos y gritones a quienes ni por asomo se les ocurriría pensar que allí, en aquel preciso lugar, en otro momento, habitó el trozo de una caricia que no se terminó nunca. Allí, justo allí, casi con la misma luz y casi con el mismo calor.
La gente atraviesa y camina, se tropieza y mira, avanza y no para... Nuestra Gran Vía es así, no deja respiro a la intensidad, en seguida la borra con más y más vida que pasa y pasa sin fin. No sé si los bancos de madera tendrán memoria, ni si ésta será limitada, o incluso selectiva, pero lo cierto es que el atropello de la memoria, la densidad del recuerdo, la torre que me vigilaba, el calor inusual... todo ello a la vez hizo que me parara en seco. Nada más se detuvo, todos continuaban fluyendo. Pero aquel instante que me acababa de atravesar desde el pasado se había quedado allí, paralizado, como accionado por el “pause” inteligentemente usado de un reproductor de vídeo.
No sé por qué, pero precisamente en aquel momento, recordé mi blog. Un blog que cumple hoy justo dos años. Cómo y por qué nació, y quiénes han estado cerca de él todo este tiempo, o parte de él...
No sé cuántas palabras habré escrito desde entonces, esto parece que no tiene contador. Ahora que lo repaso, hago cuentas y me salen unas 280 entradas, de las cuales 61 relatos. Han sido palabras y palabras que no han dejado de salir de mi cabeza. Muchas veces he pensado que no tenía mucho sentido seguir, que la inspiración había desaparecido, que ya no tenía nada que contar, que se había convertido en algo aburrido y que ya no era capaz de volcar en él nada interesante. Pero seguí adelante, a veces no sé ni por qué.
Hago balance y observo que además de mis historias han ido apareciendo por aquí músicas, poesía, arte, viajes, reflexiones, cine... un conjunto de cosas importantes de mi vida que he intentado descifrar poco a poco, aunque me temo que en el fondo son ellas las que me han ido descifrando a mí, sin ni siquiera ser consciente de ello.
A pesar de que la intención inicial era más higiénica, y sólo pretendía ordenar mis escritos y disciplinar un ejercicio continuado de escritura, creo que al final, a través de estas líneas, se ha escapado más de mí de lo que nunca pensé. Mis elipsis, mis enigmas, mis guiños privados, mis entrelíneas... quizá no son fáciles, pero tienen sus razones y sé que llegan cuando deben llegar y a quién tienen que llegar. Forman parte de mi necesidad de tender relaciones únicas con las personas que quiero. Sin duda este espacio me ha permitido sumar y sumar en la cuenta de las personas que quiero y que aprecio. Y hablo sobre todo de las que me han acercado no sólo a sus palabras aquí, sino a sus vidas en el mundo de lo real, sea en la vertiente que sea. Son, con diferencia, lo más intenso e importante que me ha dado el blog. Sé que no hacen falta nombres, pero muchas gracias a todos.
El texto se está haciendo un poco largo, pero antes de terminar quería también aprovechar otra de esas incomprensibles coincidencias que tiene la vida. Y es que hoy, repasando textos, caí en la cuenta de que el primer texto que subí al amante del volcán, un 24 de enero de hace 2 años, fueron mis impresiones de la gran película de Ang Lee, Brokeback Mountain. Justo cuando esas palabras van a cumplir dos años, no quiero dejar de recordar que ayer desaparecía el actor Heath Ledger, co-protagonista de una cinta que a muchos nos ha proporcionado algunas de las escenas más emocionantes del cine de los últimos años.
Ennis abrazado a esa camisa, más allá de todo lo predecible que podría parecer, no deja de tener un significado especial y poderoso, ya que ahí, con esa brillante sencillez, está sutilmente representada toda una forma de sentir y de mirar la vida... la misma que respira bajo este volcán.
21 de enero de 2008
Irme Kero...
Una de las cosas que más me llaman la atención de la música (aunque en realidad también se podría aplicar a la poesía o a la narrativa) es comprobar cómo después de miles de años el argumento para la música no ha cambiado apenas. Seguimos preocupándonos casi por lo mismo. Vibrando, soñando, llorando a causa de las mismas cosas. Y es con ese pensamiento que siempre me he interesado por las músicas más antiguas que existen. De entre ellas siempre me ha llamado poderosamente la atención el Cancionero Judío Sefardí. Una música que nació en esta tierra que pisamos ahora, y que surgió seguramente al calor de los mismos atardeceres, del mismo viento soplando en los mismos valles, de las mismas piedras que hoy nos rodean.
Los sefarditas se llevaron las palabras y las notas con ellos al marcharse. En su éxodo, junto con el lenguaje, también se llevaron y transmitieron las melodías, en un patrimonio de belleza intangible como pocos en la historia de la humanidad. Hay que acercarse a ellas desde la humildad y la apertura, teniendo en cuenta que pertenecen a otra época, pero que hablan de todo lo universal que hay en nosotros, y que de ellas brotan las mismas preguntas que galopan por nuestra inquietud. Lo hacen con una tristeza inmensa, como veleros de melancolía que surcan la sangre hacia el interior de nosotros, impulsándose con el inmenso gozo de la música, que aunque exprese dolor es ya liberación en sí misma. Y nos hablan de cosas que entendemos, de cosas que atravesamos día a día.
“Tu madre kuando te pario
I te kito al mundo
Korason ella no te dio
Para amar segundo”
Las dudas, el desamor, la necesidad de creer en algo, la pérdida, la esperanza y el vacío, la inexplicable existencia, la fuerza infinita del amor, la inevitable oscuridad del alma...
“Una ora en la ventana
Ora i media al balkon
La kulebra de tu ermana
Ah, no mos desha, Ah, no mos desha
Azer el amor
(...)
Yo la kero, tu la keres
Ya mos vamos a matar
Ven djugaremos a los dados
El ke la gana, el ke la gana
Su mazal
(...)
Ke komio la tu mama
En preniada de ti
Te kito morena y dulse
Amasada
Amasada kon la miel”
Para ello usan palabras bellas, que tardan más en llegarnos que las contemporáneas, las que fueron pronunciadas por los que viven exactamente como nosotros, pero que son igualmente una imagen de esas aristas del hombre, de sus grietas, de sus quiebros, de las interminables búsquedas...
“Komo la roza en la güerta
I las flores sin abrir
Ansi ez una donzea
A las oras de murir”
Ese inmensamente rico legado ha sobrevivido en el éxodo centenario de los judíos de Sefarad por el mundo, transmitiéndose de hogar en hogar, de generación en generación. Una tradición musical sin acompañamiento musical que sigue sin dejar indiferente a muchos. A mí entre ellos. Siempre me han interesado mucho estas melodías y estas palabras. Con ellas leo que lleva experimentando un tiempo la cantante Israelí Yasmin Levy, de la que me han regalado estas navidades su último trabajo, mano suave.

El resultado es sorprendente, por su equilibrio entre tradición, folclore y puesta al día, y nos deja también ver algunas composiciones suyas que si bien desentonan a veces un poco con el resto, se escuchan bien. Llevo un par de días nadando con ella por la ciudad, y es como si la música me llevara, como si necesitara huir porque de repente todas las historias que suceden dentro y fuera de mi se contagiasen de su ritmo y galopasen alrededor mío, atravesándome y susurrándome esa pena que nunca se borra, que nunca se calla, porque silva por entre las ramas y las piedras. Y aún predicando hacer frente a la vida, también me parece que caigo en ese vacío de sus palabras sinuosas gritando “irme kero madre, a Yerushalim..., komer de sus frutos, bever de sus aguas... en el me arrimo yo... i en el m’afalago yo... i en el senior de todo el mundo... i lo estan fraguando kon piedras presiozas... i lo estan lavorando kon piedras presiozas...”
Los sefarditas se llevaron las palabras y las notas con ellos al marcharse. En su éxodo, junto con el lenguaje, también se llevaron y transmitieron las melodías, en un patrimonio de belleza intangible como pocos en la historia de la humanidad. Hay que acercarse a ellas desde la humildad y la apertura, teniendo en cuenta que pertenecen a otra época, pero que hablan de todo lo universal que hay en nosotros, y que de ellas brotan las mismas preguntas que galopan por nuestra inquietud. Lo hacen con una tristeza inmensa, como veleros de melancolía que surcan la sangre hacia el interior de nosotros, impulsándose con el inmenso gozo de la música, que aunque exprese dolor es ya liberación en sí misma. Y nos hablan de cosas que entendemos, de cosas que atravesamos día a día.
“Tu madre kuando te pario
I te kito al mundo
Korason ella no te dio
Para amar segundo”
Las dudas, el desamor, la necesidad de creer en algo, la pérdida, la esperanza y el vacío, la inexplicable existencia, la fuerza infinita del amor, la inevitable oscuridad del alma...
“Una ora en la ventana
Ora i media al balkon
La kulebra de tu ermana
Ah, no mos desha, Ah, no mos desha
Azer el amor
(...)
Yo la kero, tu la keres
Ya mos vamos a matar
Ven djugaremos a los dados
El ke la gana, el ke la gana
Su mazal
(...)
Ke komio la tu mama
En preniada de ti
Te kito morena y dulse
Amasada
Amasada kon la miel”
Para ello usan palabras bellas, que tardan más en llegarnos que las contemporáneas, las que fueron pronunciadas por los que viven exactamente como nosotros, pero que son igualmente una imagen de esas aristas del hombre, de sus grietas, de sus quiebros, de las interminables búsquedas...
“Komo la roza en la güerta
I las flores sin abrir
Ansi ez una donzea
A las oras de murir”
Ese inmensamente rico legado ha sobrevivido en el éxodo centenario de los judíos de Sefarad por el mundo, transmitiéndose de hogar en hogar, de generación en generación. Una tradición musical sin acompañamiento musical que sigue sin dejar indiferente a muchos. A mí entre ellos. Siempre me han interesado mucho estas melodías y estas palabras. Con ellas leo que lleva experimentando un tiempo la cantante Israelí Yasmin Levy, de la que me han regalado estas navidades su último trabajo, mano suave.

El resultado es sorprendente, por su equilibrio entre tradición, folclore y puesta al día, y nos deja también ver algunas composiciones suyas que si bien desentonan a veces un poco con el resto, se escuchan bien. Llevo un par de días nadando con ella por la ciudad, y es como si la música me llevara, como si necesitara huir porque de repente todas las historias que suceden dentro y fuera de mi se contagiasen de su ritmo y galopasen alrededor mío, atravesándome y susurrándome esa pena que nunca se borra, que nunca se calla, porque silva por entre las ramas y las piedras. Y aún predicando hacer frente a la vida, también me parece que caigo en ese vacío de sus palabras sinuosas gritando “irme kero madre, a Yerushalim..., komer de sus frutos, bever de sus aguas... en el me arrimo yo... i en el m’afalago yo... i en el senior de todo el mundo... i lo estan fraguando kon piedras presiozas... i lo estan lavorando kon piedras presiozas...”
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