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15 de marzo de 2009
Realidad, noche y deseo.
Hay momentos en los que no hay instante para el deseo, y nos ocupamos en vivir la realidad, hasta en sus más cotidianos detalles. Tomar el sol, estos días que hay tanto, saborear un rico zumo de naranja por la mañana, pasear y sentir el aire en la piel, reírse sin sentido, decir alguna sinceridad sin filtro de la razón, bailar porque sí, sin necesidad de que haya música, rozar el brazo eléctrico de un cuerpo tibio a tu lado mientras suena Mozart. Capaces de actuar sin que la consciencia del paso siguiente, de las acciones supuestas o de las ramificadas repercusiones nos ate a la voluntad. Como peces sin memoria... y sin recuerdo del deseo.
Entonces llega la noche, y en la oscuridad silenciosa de una calle trasera, sin posibilidad de charcos que reflejen las pocas estrellas que consiguen sobrevivir al neón salvaje de la metrópolis, levantas la mirada y ahí está el cielo, oscuramente quebrándose a tu paso, como dispuesto a hacer llover su tinta espesa sobre tus neuronas dormidas, aún drogadas por el sol. Y entonces, toda la podredumbre te asalta, la insondable irregularidad de la calle fría, las sombras mudas detrás de la esquina, la espada afilada del ecuador de la noche. Y tras ellos, como un salto al vacío, el deseo amordazado, que te ahoga implacable, al paso de las sirenas.
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7 de marzo de 2009
Francis Bacon (1909-1992)
Study from the Human Body (1981) by Francis Bacon¿qué somos? ¿A dónde vamos?
(somos carne comestible, no vamos a ninguna parte. Nacemos, comemos, fornicamos, morimos... y ya está)
Rotunda y grandiosa, la retrospectiva que le dedica el Museo del Prado hasta el día 19 de Abril, conmemorando el centenario de su nacimiento en una ciudad que, curiosamente, le vio morir.
Se hace necesaria la visita a una exposición que celebra a uno de los grandes pintores del siglo XX. Un indudable maestro de todos los recursos de la pintura, que además, convirtió su carrera en una contínua reflexión no sólo de la naturaleza humana, sino de las posibilidades de la pintura y de su evolución en la era de la imagen. La exposición, además, es de las más redondas que se han montado en los últimos años, tanto en los criterios de su elaboración y en la elección de obras como en las breves pero acertadísimas notas que acompañan el recorrido, que nos brindan las claves para descubrir a este genio de la pintura desde la sensibilidad de cada uno.
Se hace necesaria la visita a una exposición que celebra a uno de los grandes pintores del siglo XX. Un indudable maestro de todos los recursos de la pintura, que además, convirtió su carrera en una contínua reflexión no sólo de la naturaleza humana, sino de las posibilidades de la pintura y de su evolución en la era de la imagen. La exposición, además, es de las más redondas que se han montado en los últimos años, tanto en los criterios de su elaboración y en la elección de obras como en las breves pero acertadísimas notas que acompañan el recorrido, que nos brindan las claves para descubrir a este genio de la pintura desde la sensibilidad de cada uno.
27 de diciembre de 2008
Giovanni Bellini
Hablaba de él la guía de Venecia, pero no recuerdo haberle prestado mucha atención cuando la hojeé para preparar mi viaje de hace dos años. Y sin embargo había más de una recomendación para admirar mejor su trabajo. Cuando regresé, se había convertido sin duda en uno de mis descubrimientos de aquel viaje. Y eso hablando de una ciudad como la de los canales, supone mucho. Hablo de Giovanni Bellini, también conocido en Italia como "Il Giambellino".
Recuerdo que su retablo, en uno de los laterales de la iglesia de San Zaccaria, me retuvo más de media hora sentado en uno de los bancos cercanos. Éramos tres o cuatro turistas nada más, con esa sensación tan difícil de tener en Venecia de sentir que uno está descubriendo algo. Pero así sucedió. Aquellas americanas y nosotros nos alternábamos en depositar monedas que accionasen el foco que permitía una visión mucho más nítida de formas y colores de la tela. Al final, el propio sacristán se percató de que no éramos turistas al uso y nos habíamos literalmente enamorado del cuadro, así que tuvo la gentileza de encender la luz definitivamente con una sonrisa.

Fue un momento único de esos que a veces uno vive con extraños. Aquel pintor tenía algo magnético que no sabría explicar, pero que me atrapaba de una manera muy intensa. En aquellos días nos dedicamos a buscar cada una de sus pinturas por las iglesias y museos de la ciudad. A la vuelta me documenté y descubrí que se trataba de un pintor del Quattrocento italiano, mucho más importante de lo que había imaginado, si bien con menos reputación fuera de Italia que otros contemporáneos suyos. Una especie de pintor más de minorías pero que en Italia representó no sólo un modelo para muchos pintores de la época, sino que consiguió en un estilo absolutamente personal una reelaboración de varios lenguajes pictóricos de la época para crear el primer estilo auténticamente "italiano".

Coincidir en Roma con la gran retrospectiva de este pintor (la primera después de casi 50 años) en las Scuderie del Quirinale supuso toda una sorpresa para mí. La muestra es muy grande y recoge prácticamente tres cuartos de toda su producción. Recorrerla fue, no sólo un acto de afirmación de la Belleza con mayúsculas (que para mí es una de las características más determinantes de este artista), sino un interesantísimo y didáctico recorrido por la obra de este pintor del que tras salir de la exposición, descubrí que sabía en realidad bien poco.
Las retrospectivas no siempre consiguen ser capaces de ofrecer una visión de la evolución del trabajo de un autor. Sí lo es en el caso de ésta, en la que se ilustran impecablemente los cerca de sesenta años de vida productiva. Desde sus inicios, casi imbuidos en un estilo más parecido al Trecento de Giotto, hasta las obras finales, de un modernismo abrumador que apunta ya a Tiziano. Además, la colocación de obras, la ordenación de las mismas, la introducción de los diferentes temas que aborda, unida a la estupenda miniguía de mano que se entrega a todos los visitantes (y que va explicando de una manera concisa y didáctica cada una de las salas) permite un viaje apasionante por la obra de este personaje.
Las retrospectivas no siempre consiguen ser capaces de ofrecer una visión de la evolución del trabajo de un autor. Sí lo es en el caso de ésta, en la que se ilustran impecablemente los cerca de sesenta años de vida productiva. Desde sus inicios, casi imbuidos en un estilo más parecido al Trecento de Giotto, hasta las obras finales, de un modernismo abrumador que apunta ya a Tiziano. Además, la colocación de obras, la ordenación de las mismas, la introducción de los diferentes temas que aborda, unida a la estupenda miniguía de mano que se entrega a todos los visitantes (y que va explicando de una manera concisa y didáctica cada una de las salas) permite un viaje apasionante por la obra de este personaje.

Nacido en el seno de una familia de artistas, Bellini tuvo la suerte de vivir en una Venecia por la que llegaron a circular en aquella época, pintores de la talla de Antonello da Messina, Giorgione o incluso Leonardo. Pintores que aportaron sus visiones maravillosas, pero que también le permitieron conocer los estilos de los lugares donde aquellos habían trabajado, lo cual supone hablar más o menos de todo lo que se hacía en Europa en aquel momento. En aquella época, sin embargo, él era considerado como el "maestro de todos"
La pintura de Bellini parte de una recreación poética de la belleza misma a través de las figuras y la forma en la que las rodea de contexto. Esta forma suya de pintar fue poco a poco evolucionando para producir una visión muy personal. Es muy interesante cómo en su pintura se observa un especial vínculo de la acción al lugar físico en el que se sitúa, prestando una atención muy precisa y delicada a la naturaleza y las arquitecturas de los fondos, un poco en la línea de la técnica de la pintura flamenca que debió conocer a través de Da Messina que había trabajado mucho en los países del norte. Sin embargo, Bellini siempre recreó estos elementos de una forma esencialmente veneciana a través de una luz extremadamente delicada y colores intensos que hacía destacar sobre el realismo sobrio de los personajes que representaba. Me gusta mucho en él esa minuciosidad en el detalle de todas las pequeñas cosas, especialmente aquellas relacionadas con la naturaleza.
La pintura de Bellini parte de una recreación poética de la belleza misma a través de las figuras y la forma en la que las rodea de contexto. Esta forma suya de pintar fue poco a poco evolucionando para producir una visión muy personal. Es muy interesante cómo en su pintura se observa un especial vínculo de la acción al lugar físico en el que se sitúa, prestando una atención muy precisa y delicada a la naturaleza y las arquitecturas de los fondos, un poco en la línea de la técnica de la pintura flamenca que debió conocer a través de Da Messina que había trabajado mucho en los países del norte. Sin embargo, Bellini siempre recreó estos elementos de una forma esencialmente veneciana a través de una luz extremadamente delicada y colores intensos que hacía destacar sobre el realismo sobrio de los personajes que representaba. Me gusta mucho en él esa minuciosidad en el detalle de todas las pequeñas cosas, especialmente aquellas relacionadas con la naturaleza.

Este estilo, sin embargo, va después transformándose y adaptándose su nuevas formas de pintar, con trazos más amplios y abstractos, con un uso directo del óleo sobre el lienzo para hacer las figuras. Al final de su carrera incluso dibujaba directamente con los dedos, creando inusitadas suavidades cromáticas que a veces incluso son capaces de transportarnos a la pintura de casi un siglo después. En definitiva, una de las carreras más interesantes y evolutivas de toda la historia de la pintura, a mi parecer.

El cierre de la muestra nos acerca a una de sus últimas y más intensas pinturas, l'Ebrezza di Noè, donde uno no sabe si sorprenderse más ante las formas suaves y difuminadas de las figuras, inmersas en una luz tenue que casi parece irreal, o con el sorprendente ejercicio simbólico que nos apunta la guía, como una mofa amarga que quiere representar la pérdida del papel y la dignidad del padre de familia como metáfora del fracaso de una sociedad debilitada por las crisis de estado y de la justicia y amenazada por la discordia familiar y civil. Una obra, en suma, maestra, que partiendo de un lenguaje simbólico tradicional y al uso en la época, es capaz de convertirlo en uno nuevo que nos habla de forma desvergonzadamente libre y sarcástica. Al terminar esta última sala sólo pudimos reconocer nuestras miradas, silenciosas y cómplices, y escuchar más de un suspiro con lectura privada, de esas que jamás podrían ser descritas con palabras.
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17 de noviembre de 2008
hilo argumental para un visionario.


Estos días puede verse en Madrid un interesante exposición sobre las vanguardias de la pintura en torno a la gran guerra. La muestra es muy completa pues abarca muchos motivos, transformaciones y nuevos caminos que se abrieron en esa época y a raíz del pesimismo que envolvió al mundo a raíz de estos conflictos bélicos. Siempre he pensado que el Arte, como elemento de conciencia social y político que siempre ha sido, jugó un papel importante en esa época, pero creo que también la realidad política contribuyó a su desarrollo, a su evolución. Las grandes guerras del siglo XX no eran algo nuevo en su esencia, pero sí las formas de destrucción masiva que desarrollaron y, lo que es más importante, la posibilidad de unos medios de comunicación nuevos que podían llevar el terror, la amenaza, la destrucción, el dolor, a todos los lugares del mundo. Eran las primeras guerras en las que la conciencia de sus efectos era mundial y además en forma de imágenes.
Creía que en la exposición iba a haber más literatura en torno a este concepto, pero al final han optado por pequeños textos que dirijan un poco al espectador haciendo que la expresividad de los cuadros que han elegido haga de la muestra algo más o menos auto-explicativo. Pero es una muestra necesaria que nos pasea por el amanecer de las vanguardias pictóricas del siglo XX desde un punto de vista muy interesante.
La música también tuvo una importante transformación en esos años, quizá la más grande de su historia. Una vez que Debussy (el gran renovador de la música moderna) había construido los cimientos del nuevo camino de la música, no fue hasta los años de las guerras mundiales que músicos como Arnold Schoemberg o Alban Berg cruzaron la frontera de la atonalidad a través del sistema dodecafónico lo cual supuso un ruptura inmensa con el pasado, no tanto por lo interesante de lo que nos intentaron contar, sino porque llevaron las posibilidades de la música hasta el infinito. Y pienso que ello fue en parte posible debido al pesimismo profundo que trajo consigo la primera de las guerras mundiales.
Otro músico, sin embargo, ya había estado a punto de cruzar la línea años antes que ellos. No sólo la de la atonalidad, sino de la propia naturaleza expresionista del movimiento postromántico al que de alguna manera también aquellos habían pertenecido.
Estos días, a raíz de escuchar el sábado pasado en el auditorio la primera sinfonía de Mahler, lo venía pensando. Su música, olvidada durante tantos años del siglo XX por causa de su origen judío, que le valió la prohibición del régimen nazi, es el fruto de un carácter atormentado por los traumas de infancia y juventud y por una intensa conciencia de la fragilidad de la condición y del destino humanos. Su primera sinfonía es brillante, y ya supone un aire de modernidad que no se supo entender. Pero su progresión hasta la incompleta décima o el maravilloso ciclo de canciones (casi en forma de sinfonía también) Das Lied Von Der Erde (La canción de la Tierra) constituye un camino lleno de contradicciones que nos conduce sin duda al abismo de la existencia.
Después de muchísimos años de vacío durante y tras la segunda guerra mundial, no fue hasta mediados del siglo XX cuando algunos de sus discípulos (además de compositor fue quizá el más grande director de orquesta de la historia, y entre sus alumnos caben destacar batutas de la importancia de Bruno Walter y Otto Klemperer) comenzaron a recuperarlo y a grabar su ciclo sinfónico. Uno de los discípulos de Walter, Leonard Bernstein, ya a partir de la década de los 60, se erigió en profundo defensor del compositor y difusor de su música, elevando esta pasión casi a rango de movimiento de fans. Realizo dos integrales de sus sinfonías que tardarán mucho tiempo en poderse superar, pues en ellas está la herencia directa de la propia mirada del compositor unida a la inefable pulsión apasionada del director americano. La popularidad de Mahler a partir de ahí fue en aumento, llegando a alcanzar el lugar que merecía en el mundo de la fonografía y en de las salas de concierto.
Pero a lo que iba. En la evolución de la música de Mahler se van conjugando una serie de factores que desembocan, a través de su mente lúcida y atormentada al mismo tiempo, en una especie de trampolín hacia el vacío por el que nunca llegó a saltar pues la depresión y la enfermedad le condujeron a una muerte relativamente temprana en la que sin duda la sombra de hasta dónde podía haber llegado y la premonición oscura del destino del mundo debieron a mi juicio jugar un importante papel.
En mi opinión Mahler fue un visionario, y en su música se vio reflejada esa ruptura de la que hablaba más arriba. Las tres características más intensas de su música nos llevan en primer lugar a un descomunal aparato sinfónico que requirió de una orquesta de un tamaño que llegó con él a su límite físico (sinfonía 8, de los mil). Por otro lado, a la incisiva recreación de la belleza, en un estilo postromántico que llega a resultar casi asfixiante (Das Abschied, de La Canción De La Tierra), y que hace contrastar de manera a veces violenta por un lado con un estruendoso gusto por las marchas militares y un desatado uso de la familia de metales en sonoras fanfarrias, así como con su delicado gusto por la recreación de la Naturaleza. Y finalmente un progresivo pesimismo que se va filtrando en forma de avisos oscuros y llamadas del destino que aparecen sobre todo a partir de su sinfonía 6 (Trágica), compuesta casi como premonición de la muerte de su hija mayor a causa de la escarlatina.
Sin embargo es ya al final de su vida, en el único movimiento que escribió completo de su sinfonía 10 (que tanto miedo le provocaba componer, pues los dos grandes sinfonistas románticos, Beethoven y Schubert no habían podido llegar a es número, él finalmente tampoco) donde de repente casi toca la frontera. Es en un pasaje en el que está casi a punto de rozar (e inventar con ello) el dodecafonismo, quizá uno de los instantes más apocalípticos de la historia de la música. Su salto al vacío se queda ahí, contenido, pero tremendo, lleno de horror. Casi parece imposible creer que haya sido compuesto antes que las atroces imágenes de las guerras del siglo XX tuvieran lugar. En el fondo siento que debió presentirlo en sueños. En esos acordes está, de manera velada, una visión futura hacia el lado más oscuro y amargo del siglo XX que acababa de comenzar.
Como dice el gran Ricardo Chailly en el vídeo que os dejo (donde se explica un poco mejor este pasaje terrible de su última sinfonía, que además podéis escuchar entre los minutos 3:25 y 4:48) es prácticamente inconcebible cómo pudo componer esta sinfonía, que termina con ese sutil glissando al que hace referencia el italiano como su “grande urlo di disperazione”, su grito de desesperación a un mundo que se venía abajo y que además le iba a llevar a la muerte demasiado pronto.
Con ese grito nos dejaba uno de los mayores monstruos del mundo sinfónico, creador de universos imposibles, de belleza inexplicable, de una música casi cósmica, de otro mundo, porque él pertenecía a otro mundo sin duda, el de los visionarios.
Con su muerte desaparece uno de los músicos que de haber seguido escribiendo habría sin duda cambiado sustancialmente el curso de la Música. ¿Qué habría podido componer? Casi produce escalofríos imaginarlo.
¿Qué nos espera a nosotros ahora?
8 de abril de 2007
Olympia.
Para Efesor.
Hoy es un día especial para una persona especial. Una de esas personas que, por casualidad, se cruzan en tu vida y sin saber muy bien por qué, sabes que hay un pasado entre tú y él, aunque no puedas recordarlo.
Te conocí el día que partías, después de haber vivido años en esta ciudad sin saberlo. Y la distancia se hizo, palabra tras palabra, un hilo de historias en las que realidad y sueño tejieron sólas ese cuento a través del que nos desnudamos poco a poco. Eres una de esas personas en las que uno no puede evitar pensar casi todos los días. Una persona de mirada azul y sonrisa encarnada, que trae siempre azúcar en los dedos y sal en la garganta. Bajo barreras y murallas, sabemos que la palabra atraviesa la piedra, y nos llega, esquiva pero certera, al corazón.
A veces, sobre todo últimamente, me sirvo del silencio, un silencio casual que me proteje de la distancia y de la mirada. Ya sé que los hilos no son de aire, y ya sé que esa mirada y esta mirada no son de cristal cuando se miran de cerca. Pero por eso, porque es de verdad, dejamos que la historia se invente por sí sola, y que los hilos, en su dejadez o su insistencia, en su color y en su rebeldía, se crucen y se unan como ellos quieran hacer.
FELICIDADES, nene.
Mi regalo es un cuento. Un cuento que acabo de escribir ahora. Un cuento que ha resultado inquietante, y que podría bien ser el prólogo a la historia que poco a poco hemos estado escribiendo desde que estás en ahí, en tu círculo polar. Una historia que habla de lo que no podemos entender, de las historias que tienen un pasado que no podemos recordar ni tocar, un presente de búsqueda y un futuro que también tiene palabras escritas. De lo intangible y lo incomprensible, de la irracionalidad y la poesía, de la necesidad de la oscuridad... Y, como no, de Olympia, de nuestra querida Olympia. Es todo tuyo. Un beso bien fuerte.
OLYMPIA
Julia lleva años huyendo de parte de su pasado, vagando por diferentes partes de mundo. El olvido la lleva a cambiar de paisaje con frecuencia, porque los escenarios se le quedan pequeños muy rápido. En cuanto comienzan a acumular recuerdos, le resultan ya profundamente melancólicos. Y ella quiere huir de la melancolía. No sabe por qué. Le sucede desde que encontró a aquel portugués de ojos oscuros que recorría solitario las calles de Lisboa en aquel otoño de hace ya algunos años.
Ella se apresuraba para alcanzar a sus compañeras de viaje, que caminaban más adelantadas. Pero su mirada se cruzó con la de él. Una mirada que la desasosegó en sólo un instante, llenándola de todas las dudas que había estado acumulando en los últimos años. Un segundo sólo para llevarla al borde del abismo. No recuerda el tiempo que permaneció con él. Ni siquiera sabe si existió realmente aquel personaje oscuro. Tampoco recuerda bien qué hablaron, ni en qué idioma lo hicieron. Pero sí que recuerda cómo la infectó de tristeza, de una tristeza apegada al suelo, como una enfermedad que la llevaría a entristecer por todo lo que permanecía demasiado en sus manos. Aquella noche, de repente, las paredes que decoraban su vida desaparecieron y se encontró en un precipicio sin fondo aparente. La mirada de ese portugués sin nombre se le clava cada día en su pensamiento. Él desapareció esa misma noche, de la misma forma que apareció. Cuando recuperó la noción del tiempo, la única mirada que la escrutaba, allí sentada, muerta de frío en aquellas escaleras del Bairro Alto, era la oscura e indagante de aquel gato negro que elevaba provocante su cola. Supo que no lo encontraría más. Pero el secreto que le había revelado, había quedado sumido en su memoria en una niebla espesa de la que no podía recuperarlo.
A partir de ahí, Julia inició su viaje. Un viaje huyendo de la tristeza que la perseguía, de la melancolía que iba naciendo cada vez que permanecía demasiado en un lugar. Para vivir debió hacer de todo, trabajar con sus manos, y a veces con su cuerpo. Poco a poco aprendió a deshacer la frontera entre la realidad y el sueño. Algunas noches, un sueño recurrente la asaltaba. Siempre comenzaba en aquellas escaleras del Bairro Alto. Y en cada ocasión le iba revelando pistas. Nombres de ciudades, objetos, actividades, perversiones... Y ella, al despertar, se iba prestando a todos ellos: a los viajes, a las tentaciones y a las posesiones. El sueño, de alguna forma, le dictaba la fórmula para esquivar la melancolía.
El día que soñó con París, supo que ese era el destino final de su viaje. Soñó con París y con la vida oscura de sus calles en la noche. sabía que algo sórdido le esperaba en la ciudad del Sena. Esa noche se encontraba en Helsinki, y había vendido su cuerpo a un enorme chico de cabellos rubios, que la había tratado con bastante rudeza. Se había quedado dormida unos instantes sobre las sábanas de raso, sola un momento en el que el chico se había ausentado al baño. Fue entoncés, en es instante de inconsciencia, cuando vio la noche de Paris y supo que ése era su destino final.
Lleva 30 días en París, y ha visitado casi todas las calles a la medianoche. Ha trabajado de cajera en un café de Montmartre, y ha escuchado las historias de casi todos sus habituales. Ha vagado por locales y burdeles, por discotecas de moda y casas de encuentro, por jardines que no cierran al anochecer y por zonas oscuras de estaciones de tren. Y aún no encuentra nada. La melancolía de París está ya a punto de desbordarse dentro de ella. Y no sabe qué hacer, pues los sueños ya se han detenido. Por más que lo intenta, no han vuelto. Sólo sueña con Paris, y con el río que corre deprisa en sus paseos. Y nada más, sólo ella mirándose en el río. Ha recorrido el río una y otra vez, y se ha mirado en él con insistencia, pero nada ha pasado. ¿será éste el final del precipcio?, se pregunta mientras pasea por la orilla del Sena. La respuesta la encuentra al levantar la mirada y encontrarse con el gran edificio de la estación de Orsay, que atrapa repentinamente su atención. Recuerda ese edificio sin haber estado nunca en él, no sabe por qué. Acude a su puerta y descubre que el edificio ha sido transformado en Museo. Claro, uno de los museos más visitados de la ciudad. Entra, y, como si conociera el lugar de memoria, se dirige a la primera planta, y llega hasta el retrato de Olympia, de Edouard Manet.

La mirada de esa chica, desafiante, la absorbe por completo. Una mirada directa, provocadora, pero llena de melancolía al mismo tiempo. Su cuerpo desnudo, en pose de entrega, se encuentra sutilmente tocado tan solo por una flor en el cabello, un brazalete en el antebrazo, un zapato en actitud de deslizarse del pie, y ese lazo negro al cuello, profundamente vulgar y al mismo tiempo terriblemente turbador, porque curza la carne blanca y la muestra al apetito. Una criada negra que la mira con curiosidad mientras le ofrece un bouquet de flores que ella ni siquiera mira. Su mirada se dedica exclusivamente al espectador, como invitándolo a entrar en el cuadro, abarcándolo y haciéndolo cruzar la barrera de lo prohibido, de lo incomprensible. Y es Julia la que mira. La que mira y a quien mira. Y no sabe si la vida se puede volver a vivir, y si se pueden recordar otras vidas, pero ahora ella sabe con certeza que ha estado sobre esas sábanas alguna vez, y la sostenido en su mirada la de Edouard, que que en ese lugar sucedió algo que ya no puede recordar. De Edouard sólo recuerda la mirada intensa detrás de su pincel. La misma mirada de Lisboa, sin duda. Era él quien la interceptó aquella noche, quien detuvo su vida para recordarle que tenía otra vida pendiente de terminar. Y la condenó a vagar hasta encontrarla. Ahora, sólo le queda encontrar al nuevo Edouard.
A la derecha, dentro del cuadro, un gato negro de cola levantada la mira con sorpresa. Es el mismo gato negro que la asaltó en la noche lisboeta, es el reflejo de Edouard, su propia mirada de pintor sobre la escena, maldiciéndola, poseyéndola, ansioso de encontrar un lugar donde posar los ojos, eligiendo entre arrojarse a la mirada de Olympia o atravesar esa mano extendida que esconde con extraño pudor el secreto de su sexo. Tras haber sido poseída por tantos hombres, tampoco ella sabe cual es el secreto de su sexo voraz, no, tampoco lo sabe. El gato negro, que de repente cobra vida, le susurra un secreto en el silencio de la sala. La clave de la elección de Edouard. Dos ciudades que determinan cada una de ellas. La mirada es Madrid, en la noche. La mano sobre el sexo está en uno de los más recónditos canales de Venecia. Julia mira en su bolso y cuenta el dinero que ha ganado en los últimos días. Se dirige a la tienda y adquiere una reproducción postal del cuadro que acaba de contemplar. Después, sale del museo y toma un taxi, que la lleva rápido al aeropuerto. Mientras el Sena cruza veloz por la ventanilla del coche, aún no sabe dónde terminará esa noche. Lo único de lo que está segura es que sólo le queda una oportunidad para salvar el abismo, sólo una... De lo contrario, deberá arrojarse definitivamente en él.
Hoy es un día especial para una persona especial. Una de esas personas que, por casualidad, se cruzan en tu vida y sin saber muy bien por qué, sabes que hay un pasado entre tú y él, aunque no puedas recordarlo.
Te conocí el día que partías, después de haber vivido años en esta ciudad sin saberlo. Y la distancia se hizo, palabra tras palabra, un hilo de historias en las que realidad y sueño tejieron sólas ese cuento a través del que nos desnudamos poco a poco. Eres una de esas personas en las que uno no puede evitar pensar casi todos los días. Una persona de mirada azul y sonrisa encarnada, que trae siempre azúcar en los dedos y sal en la garganta. Bajo barreras y murallas, sabemos que la palabra atraviesa la piedra, y nos llega, esquiva pero certera, al corazón.
A veces, sobre todo últimamente, me sirvo del silencio, un silencio casual que me proteje de la distancia y de la mirada. Ya sé que los hilos no son de aire, y ya sé que esa mirada y esta mirada no son de cristal cuando se miran de cerca. Pero por eso, porque es de verdad, dejamos que la historia se invente por sí sola, y que los hilos, en su dejadez o su insistencia, en su color y en su rebeldía, se crucen y se unan como ellos quieran hacer.
FELICIDADES, nene.
Mi regalo es un cuento. Un cuento que acabo de escribir ahora. Un cuento que ha resultado inquietante, y que podría bien ser el prólogo a la historia que poco a poco hemos estado escribiendo desde que estás en ahí, en tu círculo polar. Una historia que habla de lo que no podemos entender, de las historias que tienen un pasado que no podemos recordar ni tocar, un presente de búsqueda y un futuro que también tiene palabras escritas. De lo intangible y lo incomprensible, de la irracionalidad y la poesía, de la necesidad de la oscuridad... Y, como no, de Olympia, de nuestra querida Olympia. Es todo tuyo. Un beso bien fuerte.
OLYMPIA
Julia lleva años huyendo de parte de su pasado, vagando por diferentes partes de mundo. El olvido la lleva a cambiar de paisaje con frecuencia, porque los escenarios se le quedan pequeños muy rápido. En cuanto comienzan a acumular recuerdos, le resultan ya profundamente melancólicos. Y ella quiere huir de la melancolía. No sabe por qué. Le sucede desde que encontró a aquel portugués de ojos oscuros que recorría solitario las calles de Lisboa en aquel otoño de hace ya algunos años.
Ella se apresuraba para alcanzar a sus compañeras de viaje, que caminaban más adelantadas. Pero su mirada se cruzó con la de él. Una mirada que la desasosegó en sólo un instante, llenándola de todas las dudas que había estado acumulando en los últimos años. Un segundo sólo para llevarla al borde del abismo. No recuerda el tiempo que permaneció con él. Ni siquiera sabe si existió realmente aquel personaje oscuro. Tampoco recuerda bien qué hablaron, ni en qué idioma lo hicieron. Pero sí que recuerda cómo la infectó de tristeza, de una tristeza apegada al suelo, como una enfermedad que la llevaría a entristecer por todo lo que permanecía demasiado en sus manos. Aquella noche, de repente, las paredes que decoraban su vida desaparecieron y se encontró en un precipicio sin fondo aparente. La mirada de ese portugués sin nombre se le clava cada día en su pensamiento. Él desapareció esa misma noche, de la misma forma que apareció. Cuando recuperó la noción del tiempo, la única mirada que la escrutaba, allí sentada, muerta de frío en aquellas escaleras del Bairro Alto, era la oscura e indagante de aquel gato negro que elevaba provocante su cola. Supo que no lo encontraría más. Pero el secreto que le había revelado, había quedado sumido en su memoria en una niebla espesa de la que no podía recuperarlo.
A partir de ahí, Julia inició su viaje. Un viaje huyendo de la tristeza que la perseguía, de la melancolía que iba naciendo cada vez que permanecía demasiado en un lugar. Para vivir debió hacer de todo, trabajar con sus manos, y a veces con su cuerpo. Poco a poco aprendió a deshacer la frontera entre la realidad y el sueño. Algunas noches, un sueño recurrente la asaltaba. Siempre comenzaba en aquellas escaleras del Bairro Alto. Y en cada ocasión le iba revelando pistas. Nombres de ciudades, objetos, actividades, perversiones... Y ella, al despertar, se iba prestando a todos ellos: a los viajes, a las tentaciones y a las posesiones. El sueño, de alguna forma, le dictaba la fórmula para esquivar la melancolía.
El día que soñó con París, supo que ese era el destino final de su viaje. Soñó con París y con la vida oscura de sus calles en la noche. sabía que algo sórdido le esperaba en la ciudad del Sena. Esa noche se encontraba en Helsinki, y había vendido su cuerpo a un enorme chico de cabellos rubios, que la había tratado con bastante rudeza. Se había quedado dormida unos instantes sobre las sábanas de raso, sola un momento en el que el chico se había ausentado al baño. Fue entoncés, en es instante de inconsciencia, cuando vio la noche de Paris y supo que ése era su destino final.
Lleva 30 días en París, y ha visitado casi todas las calles a la medianoche. Ha trabajado de cajera en un café de Montmartre, y ha escuchado las historias de casi todos sus habituales. Ha vagado por locales y burdeles, por discotecas de moda y casas de encuentro, por jardines que no cierran al anochecer y por zonas oscuras de estaciones de tren. Y aún no encuentra nada. La melancolía de París está ya a punto de desbordarse dentro de ella. Y no sabe qué hacer, pues los sueños ya se han detenido. Por más que lo intenta, no han vuelto. Sólo sueña con Paris, y con el río que corre deprisa en sus paseos. Y nada más, sólo ella mirándose en el río. Ha recorrido el río una y otra vez, y se ha mirado en él con insistencia, pero nada ha pasado. ¿será éste el final del precipcio?, se pregunta mientras pasea por la orilla del Sena. La respuesta la encuentra al levantar la mirada y encontrarse con el gran edificio de la estación de Orsay, que atrapa repentinamente su atención. Recuerda ese edificio sin haber estado nunca en él, no sabe por qué. Acude a su puerta y descubre que el edificio ha sido transformado en Museo. Claro, uno de los museos más visitados de la ciudad. Entra, y, como si conociera el lugar de memoria, se dirige a la primera planta, y llega hasta el retrato de Olympia, de Edouard Manet.

La mirada de esa chica, desafiante, la absorbe por completo. Una mirada directa, provocadora, pero llena de melancolía al mismo tiempo. Su cuerpo desnudo, en pose de entrega, se encuentra sutilmente tocado tan solo por una flor en el cabello, un brazalete en el antebrazo, un zapato en actitud de deslizarse del pie, y ese lazo negro al cuello, profundamente vulgar y al mismo tiempo terriblemente turbador, porque curza la carne blanca y la muestra al apetito. Una criada negra que la mira con curiosidad mientras le ofrece un bouquet de flores que ella ni siquiera mira. Su mirada se dedica exclusivamente al espectador, como invitándolo a entrar en el cuadro, abarcándolo y haciéndolo cruzar la barrera de lo prohibido, de lo incomprensible. Y es Julia la que mira. La que mira y a quien mira. Y no sabe si la vida se puede volver a vivir, y si se pueden recordar otras vidas, pero ahora ella sabe con certeza que ha estado sobre esas sábanas alguna vez, y la sostenido en su mirada la de Edouard, que que en ese lugar sucedió algo que ya no puede recordar. De Edouard sólo recuerda la mirada intensa detrás de su pincel. La misma mirada de Lisboa, sin duda. Era él quien la interceptó aquella noche, quien detuvo su vida para recordarle que tenía otra vida pendiente de terminar. Y la condenó a vagar hasta encontrarla. Ahora, sólo le queda encontrar al nuevo Edouard.
A la derecha, dentro del cuadro, un gato negro de cola levantada la mira con sorpresa. Es el mismo gato negro que la asaltó en la noche lisboeta, es el reflejo de Edouard, su propia mirada de pintor sobre la escena, maldiciéndola, poseyéndola, ansioso de encontrar un lugar donde posar los ojos, eligiendo entre arrojarse a la mirada de Olympia o atravesar esa mano extendida que esconde con extraño pudor el secreto de su sexo. Tras haber sido poseída por tantos hombres, tampoco ella sabe cual es el secreto de su sexo voraz, no, tampoco lo sabe. El gato negro, que de repente cobra vida, le susurra un secreto en el silencio de la sala. La clave de la elección de Edouard. Dos ciudades que determinan cada una de ellas. La mirada es Madrid, en la noche. La mano sobre el sexo está en uno de los más recónditos canales de Venecia. Julia mira en su bolso y cuenta el dinero que ha ganado en los últimos días. Se dirige a la tienda y adquiere una reproducción postal del cuadro que acaba de contemplar. Después, sale del museo y toma un taxi, que la lleva rápido al aeropuerto. Mientras el Sena cruza veloz por la ventanilla del coche, aún no sabe dónde terminará esa noche. Lo único de lo que está segura es que sólo le queda una oportunidad para salvar el abismo, sólo una... De lo contrario, deberá arrojarse definitivamente en él.
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6 de abril de 2007
Utopía de Viernes Santo.
Desde mi inexistente religiosidad y mi acercamiento al arte como mero aficionado, como simple buscador de belleza, la aproximación que tengo al arte religioso, siempre ha sido guiada por el convencimiento de que muchas de las ideas que se expresaban a través del universo iconográfico y legendario del cristianismo iban mucho más allá de la religiosidad. Pienso en creadores de todo tipo, y llego a entender la necesidad de crear para las instituciones eclesiásticas pues sólo quienes sustentaban el poder podían financiar el arte. Pero también creo que los artistas burlaron muchas veces la limitación conceptual para ir más allá y expresar muchas de las ideas que corrían por sus cabezas, adaptándolas a las figuras y escenas de las Escrituras. El Nuevo Testamento y la Pasión de Jesucristo, en su dramatismo y violencia, en su representación de la condición humana, de la vulnerabilidad y la duda, el dolor y la incomprensión, el perdón y la necesidad, desplegaban toda una paleta de posibilidades, y dejaban inmensas grietas para poder también hablar del deseo y de la carne, del mal y el hedonismo, de la naturaleza y la brevedad de la vida, de la pasión humana... Hoy, día en el que la Cristiandad rememora todo eso, cae en mis manos esta pintura de Antonello da Messina, pintor italiano del Quattrocento que me ha asaltado con su profunda expresividad.
Lo descubrí el otro día dando un paseo por El Prado con mi madre. La pureza de las líneas me recuerda al mejor Bellini, pero su expresividad me ha conquistado. Hay obras de arte que uno no sabe por qué, pero lo seducen fuertemente. Puede que sea esa carne y sus pliegues, tan delicadamente plasmados, la herida en contraste sobre ella. Quizá la naturaleza del fondo, cuidada en todos sus detalles, creando la impresión de un mundo, de una realidad completa y apacible más allá de la que vivimos. O la ciudad y su urbanismo atractivo, que casi nos invita a caminar hacia ella, a descubrir qué guarda en su interior. O la vivísima expresión de dolor de Jesús atravesado por la lanza, que sin embargo no deja de atraernos en su belleza, su enorme boca abierta, sus cabellos delicadamente dibujados de manera sensual sobre su hombro, la delicadeza infinita con la que el ángel lo recoge, lo sostiene, plegando la tela azul con diminutas arrugas, su expresión de abandono... No sé qué es, o si lo es todo, pero no puedo dejar de mirarlo...
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