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27 de diciembre de 2008

Giovanni Bellini

Hablaba de él la guía de Venecia, pero no recuerdo haberle prestado mucha atención cuando la hojeé para preparar mi viaje de hace dos años. Y sin embargo había más de una recomendación para admirar mejor su trabajo. Cuando regresé, se había convertido sin duda en uno de mis descubrimientos de aquel viaje. Y eso hablando de una ciudad como la de los canales, supone mucho. Hablo de Giovanni Bellini, también conocido en Italia como "Il Giambellino".

Recuerdo que su retablo, en uno de los laterales de la iglesia de San Zaccaria, me retuvo más de media hora sentado en uno de los bancos cercanos. Éramos tres o cuatro turistas nada más, con esa sensación tan difícil de tener en Venecia de sentir que uno está descubriendo algo. Pero así sucedió. Aquellas americanas y nosotros nos alternábamos en depositar monedas que accionasen el foco que permitía una visión mucho más nítida de formas y colores de la tela. Al final, el propio sacristán se percató de que no éramos turistas al uso y nos habíamos literalmente enamorado del cuadro, así que tuvo la gentileza de encender la luz definitivamente con una sonrisa.


Fue un momento único de esos que a veces uno vive con extraños. Aquel pintor tenía algo magnético que no sabría explicar, pero que me atrapaba de una manera muy intensa. En aquellos días nos dedicamos a buscar cada una de sus pinturas por las iglesias y museos de la ciudad. A la vuelta me documenté y descubrí que se trataba de un pintor del Quattrocento italiano, mucho más importante de lo que había imaginado, si bien con menos reputación fuera de Italia que otros contemporáneos suyos. Una especie de pintor más de minorías pero que en Italia representó no sólo un modelo para muchos pintores de la época, sino que consiguió en un estilo absolutamente personal una reelaboración de varios lenguajes pictóricos de la época para crear el primer estilo auténticamente "italiano".


Coincidir en Roma con la gran retrospectiva de este pintor (la primera después de casi 50 años) en las Scuderie del Quirinale supuso toda una sorpresa para mí. La muestra es muy grande y recoge prácticamente tres cuartos de toda su producción. Recorrerla fue, no sólo un acto de afirmación de la Belleza con mayúsculas (que para mí es una de las características más determinantes de este artista), sino un interesantísimo y didáctico recorrido por la obra de este pintor del que tras salir de la exposición, descubrí que sabía en realidad bien poco.
Las retrospectivas no siempre consiguen ser capaces de ofrecer una visión de la evolución del trabajo de un autor. Sí lo es en el caso de ésta, en la que se ilustran impecablemente los cerca de sesenta años de vida productiva. Desde sus inicios, casi imbuidos en un estilo más parecido al Trecento de Giotto, hasta las obras finales, de un modernismo abrumador que apunta ya a Tiziano. Además, la colocación de obras, la ordenación de las mismas, la introducción de los diferentes temas que aborda, unida a la estupenda miniguía de mano que se entrega a todos los visitantes (y que va explicando de una manera concisa y didáctica cada una de las salas) permite un viaje apasionante por la obra de este personaje.


Nacido en el seno de una familia de artistas, Bellini tuvo la suerte de vivir en una Venecia por la que llegaron a circular en aquella época, pintores de la talla de Antonello da Messina, Giorgione o incluso Leonardo. Pintores que aportaron sus visiones maravillosas, pero que también le permitieron conocer los estilos de los lugares donde aquellos habían trabajado, lo cual supone hablar más o menos de todo lo que se hacía en Europa en aquel momento. En aquella época, sin embargo, él era considerado como el "maestro de todos"

La pintura de Bellini parte de una recreación poética de la belleza misma a través de las figuras y la forma en la que las rodea de contexto. Esta forma suya de pintar fue poco a poco evolucionando para producir una visión muy personal. Es muy interesante cómo en su pintura se observa un especial vínculo de la acción al lugar físico en el que se sitúa, prestando una atención muy precisa y delicada a la naturaleza y las arquitecturas de los fondos, un poco en la línea de la técnica de la pintura flamenca que debió conocer a través de Da Messina que había trabajado mucho en los países del norte. Sin embargo, Bellini siempre recreó estos elementos de una forma esencialmente veneciana a través de una luz extremadamente delicada y colores intensos que hacía destacar sobre el realismo sobrio de los personajes que representaba. Me gusta mucho en él esa minuciosidad en el detalle de todas las pequeñas cosas, especialmente aquellas relacionadas con la naturaleza.

Este estilo, sin embargo, va después transformándose y adaptándose su nuevas formas de pintar, con trazos más amplios y abstractos, con un uso directo del óleo sobre el lienzo para hacer las figuras. Al final de su carrera incluso dibujaba directamente con los dedos, creando inusitadas suavidades cromáticas que a veces incluso son capaces de transportarnos a la pintura de casi un siglo después. En definitiva, una de las carreras más interesantes y evolutivas de toda la historia de la pintura, a mi parecer.



El cierre de la muestra nos acerca a una de sus últimas y más intensas pinturas, l'Ebrezza di Noè, donde uno no sabe si sorprenderse más ante las formas suaves y difuminadas de las figuras, inmersas en una luz tenue que casi parece irreal, o con el sorprendente ejercicio simbólico que nos apunta la guía, como una mofa amarga que quiere representar la pérdida del papel y la dignidad del padre de familia como metáfora del fracaso de una sociedad debilitada por las crisis de estado y de la justicia y amenazada por la discordia familiar y civil. Una obra, en suma, maestra, que partiendo de un lenguaje simbólico tradicional y al uso en la época, es capaz de convertirlo en uno nuevo que nos habla de forma desvergonzadamente libre y sarcástica. Al terminar esta última sala sólo pudimos reconocer nuestras miradas, silenciosas y cómplices, y escuchar más de un suspiro con lectura privada, de esas que jamás podrían ser descritas con palabras.

25 de agosto de 2008

Verano 2008. Preludio desordenado.


Cada viaje tiene sus momentos, sus cumbres y sus valles, sus horas de tedio y de felicidad. Y en cada uno de ellos se alcanza un día, acaso por casualidad, por necesidad, porque el universo nos arropa de repente sin decirnos por qué, ese o esos momentos de perfección que hacen merecer cansancio, calor y lejanía. Incluso en un destino tan poco proclive a dejarme indiferente o aburrido en instante alguno, también llega ese día en el que me gustaría poder vivir para siempre.

Este año la idea era recorrer la región de Puglia, es decir toda la costa Sureste de la península italiana, desde el promontorio del Gargano hasta llegar a la península Salentina, el punto más oriental de Italia.

El Sur de Italia es siempre desconcertante y atractivo al mismo tiempo. El retraso económico, la aparente desidia generalizada, la suciedad a veces, la frágil presencia de los poderes públicos, el olvido y el descuido que parecen campar a sus anchas en medio del desarrollo, como si del polvo en una vieja casa se tratase, se unen al mismo tiempo a una notable calidad humana en el trato diario y a una cultura rica y compleja, no exenta de incoherencias, pero que descansa sobre un innegable hedonismo que la belleza de las ciudades, los paisajes y el mar, de unos colores rotundamente intensos, parecen provocar por sí solos.
A destacar, como siempre, la inimitable simpatía y emotividad de los italianos, la alegría y familiaridad que en verano desborda este país, su apabullante riqueza artística y su no menos intensa riqueza gastronómica (esta es la región de origen de la Burrata de Bufala, uno de mis iconos sobre la mesa, y de la que ya he hablado aquí).
Si a eso sumamos la posibilidad de poder hablar italiano (que para mí es siempre un verdadero placer) y esas costumbres que adopto nada más llegar y que reconozco que adoro (il caffé, il gelato, la granita, l'aperitivo...) es de suponer que es, por un lado, difícil que nada en Italia me decepcione y por otro también igualmente difícil poder destacar algo entre tal magnitud de sensaciones.

En Puglia he sentido con fuerza todos los tópicos de Italia. Quizá por eso sorprenda menos, porque todo es (más o menos) tal y como cabría esperar. Además, porque muchos de los paisajes de la naturaleza y de los pueblos de esta región italiana, aún profundamente auténticos y pintorescos, son mucho más reconocibles para quienes venimos de regiones también autenticamente mediterráneas.

Una de las características más interesantes de Italia (relacionada quizá con su pasado fragmentario) es la de la diversidad de sus perfiles y características regionales y hasta locales. Cada comarca, cada ciudad incluso, tiene una personalidad estética única y diferenciada, lo cual convierte viajar por Italia en un continuo y delicioso ejercicio de observación que nunca se agota. Esto se sigue cumpliendo en Puglia. A pesar de que en un primer momento nos pueda parecer más monótona que otras regiones o más parecida a otros lugares conocidos (por ejemplo, el sur de España), las particularidades van apareciendo y precipitando en la visión del viajero poco a poco. En mi caso, además, organicé inconscientemente el viaje de manera que terminó convirtiéndose en todo un ejercicio de introspección en las raíces y en la historia de esta región.

Comenzando por el centro de la región y viajando hacia el sur nos empapamos de toda la riqueza del esplendor barroco de ciudades como Lecce o Martina Franca, que es quizá más parangonable al barroco andaluz, aunque en el fondo sea muy diferente, para después descubrir las raíces medievales de esta región representadas en su personalísimo y único arte románico, de origen fundamentalmente normando, pero con influencias de los muchos pueblos que dominaron estas tierras (bizantinos, ostrogodos, carolingios, lombardos y hasta sarracenos).

La Edad Media fue sin duda una de las épocas de mayor esplendor de esta tierra, pues en ella estaban los puertos de los que partían los caballeros a las Cruzadas (Bari, Brindisi) y ello permitió un intenso intercambio económico y cultural con el resto de Europa y con el Oriente. Este momento histórico irrepetible dio lugar a una necesaria arquitectura religiosa de características muy especiales, a la que nos dedicamos en el último tramo de nuestro recorrido.

Uno de los últimos días del viaje, una vez pasada una temible ola de calor que nos impidió disfrutar de la costa adriática y de sus ciudades de una manera más agradable, pudimos disfrutar por fin en la costa del Gargano del mar, del viento y de las olas perfectas a la última hora de la tarde. Es de ese momento la foto del inicio.
Después de respirar tranquilamente desde las alturas la inmensidad de la arena de esta playa de Vieste que retaraté, nos dejamos caer en ella y probamos la espuma del borde del mar hasta que la tarde y el interminable vaivén de las olas nos dejaron como en una especie de silencio de los sentidos (sólo aire, olas rompiendo, sal en los labios, luz naranja) desde el que era difícil evitar que la felicidad nos atravesase.

Al día siguiente partimos desde la Foresta Umbra, uno de los bosques más antiguos de Europa, en el corazón de la península del Gargano, para emular la ruta que solían hacer los cruzados en su camino hacia los puertos de partida a los Lugares Santos, desde la capilla del Arcángel San Miguel, junto a la tumba del rey Rotary de los lombardos en Monte Sant'Angelo, descendiendo hasta el nivel del mar para pasar por las capillas románicas de la desaparecida Siponto.

Finalmente nos acercamos también ese día al promontorio de Troia, pequeña ciudad, bastión levantado sobre una colina desde la que se domina toda la llanura del norte de Puglia, la segunda en extensión de Italia.


Sin turistas, bañada en el silencio del mediodía pero sin mucho calor, pudimos disfrutar en completa soledad de una de las más fantásticas catedrales románicas italianas, no tanto por su perfección sino por su maravillosa armonía, su exuberante decoración de influencias orientales y el sorprendente bestiario que está representado en su portada.







No sé cuánto tiempo pasamos sentados observando estas piedras. Mucho, como si no consiguiéramos fijar en la retina toda su belleza, todo su exotismo. Aún me parece poder estar allí si cierro un poco los ojos y hago el esfuerzo. Quizá es que aún quiero estar allí escuchando el silencio y el tiempo pasar, degustando aquella maravilla de bruschette y laticini que nos sirvió aquel chico tan amable en una vinoteca cercana, al frescor de la sombra, con los ojos aún estremecidos.


Sí, definitivamente esos han sido los momentos más especiales del verano. Y los recordaré una y otra vez, y harán sin duda más dulce la llegada del frío, de los días cortos, de la luz más frágil que llegará cuando se acerque el otoño.


(continuará)

4 de julio de 2008

Proust doméstico.


Me he dado cuenta que Madrid está llena de ellos. No sé qué nombre tienen, pero estos árboles de hoja perenne, verde oscuro y rígido, de impecable sombra y brillo delicado, están plantados en muchas calles y plazas de la capital. En la mía también. Al llegar Julio, brotan sus flores, minúsculas y blancas agrupadas en generosos racimos blancos que al abrirse desprenden un aroma limpio, ligeramente floral, muy característico, que suele llegar al olfato con la brisa de las tardes al inicio de verano.
Son los mismos que estaban plantados allí, al final de la calle donde vivía mi abuelo, en la aldea, detrás de la estación del tren. Es el olor de los veranos de infancia, de la infancia misma que en la memoria sólo quiere quedarse con aquella felicidad estiva encerrada como en un tarro de mermelada. Es el olor de las tardes de paseo en el bosque, del tren pasando día y de noche, pitando a lo lejos, de las tardes de calor encerrados en casa o en el jardín de mi tía, de los atardeceres que se clavaban en la mirada, de mi abuelo dándonos cinco duros para un helado, de ir a por leche a la casa de arriba y después de hervirla tomar la nata con una cuchara y azúcar a escondidas, de sentarnos todos los primos en los puf a leer tebeos, de tantas y tantas imágenes.

Pero también, y de alguna forma, es el olor que me devuelve a mi madre, a mi familia gallega y lo que significan para mí. Al cariño inevitable de la sangre, a las conversaciones nocturnas delante de una copa de vino, y a todas las actitudes que de ellas he heredado: la belleza como bálsamo de la angustia vital, el arte como herramienta para educar el alma, el cine como veneno embriagador que recoge y provoca los sueños, la literatura como necesidad para crecer y para ser feliz y adquirir consciencia y responsabilidad, la música como compañera de la vida, como la única luz frente a tantas soledades, la tolerancia y la comprensión ante lo que no entendemos de los otros, la duda como parte de la existencia... En fin, tantas y tantas cosas que sin ser consciente me han construido y me han llevado a ser como soy, a querer ser como quiero ser. Es una familia a la que me siento profundamente vinculado, a la que necesito porque simplemente son parte de mí y me han transmitido unos valores sobre los que he caminado y con los que he decidido mi forma de estar en el mundo. Cada inicio de verano, con el olor de los árboles, esos miles de pequeños detalles, mi Guermantes particular, surgen de nuevo tal y como eran entonces. Bañados de años setenta, de años ochenta, de años noventa. Espléndidos en la memoria. Hondos, en lo más profundo de mi capacidad de sentir, en la raíz de mi vehemencia, en la razón de mi intensidad, caminando siempre conmigo, aunque a veces ni sea consciente.
Es otra de las razones para desear el verano, el regreso de la memoria como un tren veloz que pasa y me deja ver quién fui, quién nunca debo dejar de ser.

6 de mayo de 2008

Oriente-Occidente

Era un viaje esperado por mucho tiempo y no por ello me ha defraudado. No sabía lo que me iba a encontrar ni cómo lo iba a percibir, a pesar de estar todo bastante bien explicado en las guías y en los libros de historia que ya había hojeado. Pero nada más llegar sentí que la ciudad tenía algo que me llamaba, que me hacía vivirla como si fuera también mía, como si yo también hubiese estado allí en algún otro momento del pasado, en alguna otra vida. Son tantos los millones de vidas que han debido cruzar esas calles, ese mar, esas piedras, que bien podría haber sido yo mismo, en otra existencia anterior, una de ellas.
Uno va acumulando impresiones, pequeños detalles, imágenes y sensaciones de ciudades que inevitablemente están en la iconografía del cine, de los libros, de la historia, de la música o del arte. Sin querer uno se va haciendo una imagen artificial con todo eso, pero luego llega el encuentro con la realidad, que puede resolverse de maneras muy diversas. En el caso de Estambul, las referencias son demasiadas, sobre todo para quien -como yo- tiene especial interés por la historia antigua. Pero Estambul es mucho más que historia antigua. Es una ciudad continuamente reinventada, en continuo movimiento (pocas ciudades he visto tan vivas como ésta) llena de complejas contradicciones y desconciertos. Capital de dos Imperios sucesivos (Bizantino y Otomano), es una de las más grandes ciudades que han visto los ojos de la humanidad. Después ha perdido casi toda su importancia, ya que actualmente no es ni siquiera capital de su país, Turquía, que pasó a ser Ankara durante la primera guerra mundial debido a la ocupación de aquella por parte de los aliados, y siguió siéndolo después. Esa condición impregna a la ciudad de una cierta melancolía, de esa que se desprende de las piedras antiguas, de la decadencia de un lugar que fue el centro del mundo, o al menos de una parte importante del mundo y que ahora, en un mundo globalizado que no entiende de culturas milenarias ni de glorias del pasado, no quiere renunciar a estar ahí, reclamando una posición que su magnetismo humano e histórico le hacen merecer. Por eso no quiere perder el tren de Europa, del progreso y de un mejor escenario para los derechos humanos. Y eso se siente de manera patente en la ciudad a pesar de las evidentes restricciones a la libertad que de manera bien visible impone el fuertemente militarizado estado turco. Se siente en las ganas de los ciudadanos de que todo funcione, de que todo esté más limpio, de que todo sea agradable para el que viene de fuera... Uno entrevé que detrás del evidente esfuerzo gubernamental, de intenciones previsiblemente económicas y de relevancia, está el apoyo de los habitantes de una ciudad (que en el fondo sigue siendo la más importante de Turquía y su escaparate más evidente hacia el mundo) que quiere progresar y conquistar poco a poco más parcelas de libertad. Y ello pasa en este momento por la oportunidad de estar en el grupo de países del mundo que han alcanzado más derechos y más libertades de todo género.
Pero más allá de todo eso Estambul late con fuerza en su increíble mosaico de culturas, de etnias y dialectos, de creencias y maneras de entender la vida. Y todos tienen su espacio juntos y en verdadero respeto desde hace siglos. Por ello, los atentados de los últimos años contra intereses hebreos o lugares de interés turístico, de efectos eminentemente efectistas, no son representativos de lo que uno siente en la calle, donde los turistas siempre son agasajados, saludados, preguntados con interés, a veces por el mero hecho de hablar unos minutos, y donde personas de actitud claramente occidental y globalizada pasean sin ningún problema junto a otras que exhiben la más estricta forma de entender el Islam, o junto a ortodoxos griegos o judíos de origen sefardí (menos en proporción, claro). Lo mismo se observa si hablamos de lenguas, o diferentes tonos de piel o de facciones físicas. El inmenso legado histórico de la ciudad nos cuenta un poco de esta milenaria fusión de razas y culturas en esta ciudad cuya estratégica situación en el estrecho del Bósforo -entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, que lo comunica a su vez con el Egeo- la hace ser puente entre Europa y Asia, y donde la herencia helénica y romana, así como su estatus de capital de vastos imperios que llegaron a incluir grandes zonas de Europa Oriental, Oriente Medio y Asia, la convirtieron desde su origen en hogar de personas procedentes de muchos pueblos muy diversos que han hecho que su situación geográfica no sea sino una metáfora efectiva del verdadero punto de encuentro humano y cultural entre Oriente y Occidente que en realidad siempre ha sido. Por ello mis fotos, más que recoger la vida vibrante y desenfrenada de esta ciudad imposible de describir (puesto que es necesario vivirla para poderlo percibir, y sentirse así en la Europa más desarrollada y cosmopolita a la vez que en el más retirado y olvidado pueblo de un Islam que vemos demasiadas veces con reservas en la televisión) se han ocupado de captar las piedras pues ellas hablan en silencio de todo ese complejo mosaico de culturas y diferentes realidades que la ciudad ha ido viviendo y acumulando sin destruir del todo a lo largo de su historia. Con ellas y con la música de esta canción de la banda sonora de la imprescindible película del turco Fatih Akin (al otro lado) con el que de alguna manera comenzó la decisión final de este viaje, y que me ha acompañado estos días muchas veces en mi cabeza al caminar por las calles de Estambul.






De estos días, me quedo con tres fuertes impresiones. La primera, el indescriptible estupor al entrar en el gran templo de Santa Sofía, en muchos aspectos intacto desde su construcción en el siglo VI. Y sentir que pocos edificios en el devenir de la historia de la arquitectura han podido llegar a ser más bellos, más gigantescos y rotundos, más conmovedores. E imaginar (qué sería de los viajes sin la imaginación) lo que debió ser la grandiosidad de la capital del Imperio Bizantino. En esa impresión está toda la emoción que he sentido también al ver maravillosas iglesias bizantinas, como San Salvador in Chora o Pammakaristos.
La segunda, la inolvidable tarde a orillas del Bósforo, bajo la pintoresca Mezquita neobarroca de Ortaköy, porque en ella se resume esa sublime atmósfera de decadencia de las orillas del Bósforo, el yogurt exquisito de Kanica o la vitalidad de los turcos, que viven la calle de una manera intensísima.
Y por último, la belleza, la poesía de la música que en nuestra última noche nos asaltó en un restaurante lleno de turcos que cantaban canciones tradicionales y que, como metáfora de la realidad múltiple de esta ciudad, mezclaba la tradición otomana con la griega e incluso con alguna canción sefardita (como los judíos del Barrio de Balat, que aún lo hablan). Poesía que impregna la ciudad, una vez nos desprendemos de la grandiosidad de muchos de sus monumentos, para asaltarnos en una pequeña lápida, en el frescor de un jardín, o en el silencio de una calle con casas otomanas de madera oscura.

21 de noviembre de 2007

Besos imposibles.


Siempre quise besarles, aunque ellos no lo supieran. Desde que los conocí. Suelen tener el color de sus labios ligeramente acentuado en un tono más claro de lo normal. Es mi pequeña obsesión, acercarme a ellos y posar los míos lentamente, casi morderlos y deslizar mi lengua lenta, casi imperceptible, entre ellos. La mayoría se quedan ahí, en deseo que envuelve mi garganta. Algunos casi los he conseguido. Es una cuestión de arrojo, de ese que me abunda en el verbo pero que se repliega cuando la atracción me desgarra. He estado a milímetros de distancia, para retirarme después, como si se tratase de puertas de bronce oscuro que no he osado abrir. Están todos a buen recaudo, encerrados en el palacio que mi deseo ha construido mirada tras mirada, estupor tras estupor. Secretos, ocultos en la más remota sala, disfrazados de color y memoria.


Esos que miro ahora no son los mismos. Pero han invadido la ciudad, y nos observan a todos desde lo alto y desde lo bajo, a ras del suelo o desde las esquinas del subterráneo. Labios puros, imaginados castos, impolutos, apenas rozados por otros. No tengo la menor idea de dónde los sacó Alberto, ni de si los imagino o los tomó del natural, de alguien que pasó a su lado atrapando su aliento, o de alguna dama que a él los expuso alguna noche de invierno frío. Y sin embargo no puedo evitar pensar que aunque sean reales, sólo existieron en su deseo, y jamás cruzaron el umbral de la realidad. Me lo delata esa mirada fija y esquiva que los protege, que levanta ese muro invisible envolviendo el beso imposible. Esos ojos desafiantes guardan con celo la cuerda que ciñe el impulso, que lo paraliza. Lo sé porque lo he vivido, porque lo vivo en los que a mí me persiguen, en los que arden en mi estómago silbando entre los cabellos que me rozan, sobre la piel que me precipita al olor, sobre el vértigo sutil que me borra el olvido.
Esos labios... tan cerca y a veces tan lejos. Esos labios (estos días reproducidos en avenidas, multiplicados sobre nuestras cabezas) los conozco. Los conozco porque los deseo. Los deseo tanto, que sigo sin poder besarlos.

8 de noviembre de 2007

La abstracción del paisaje.


DEL ROMANTICISMO NÓRDICO AL EXPRESIONISMO ABSTRACTO


Inmersos en el stress cultural de un Madrid al que en este otoño parece que le faltan espacios en los que inaugurar exposiciones más que celebradas y anunciadas, he vuelto esta semana a uno de mis particulares e indiscutibles referentes culturales de esta ciudad. La Fundación Juan March.
No os encontraréis la ciudad empapelada de los carteles de su actual exposición, y sin embargo se erige como una de las más seductoras, interesantes y coherentes exposiciones que he visto últimamente.
Esta Fundación siempre convence con sus propuestas. A pesar de que el espacio físico del que disponen para ellas es bastante limitado, sus exposiciones nacen del rigor y la profundidad conceptual, y tienen siempre un eminente sentido didáctico, no tanto como difusores del arte, sino como motivadores de la reflexión en torno al arte. Además, siempre acompañan sus muestras de un profesional y completo servicio gratuito de visitas guiadas que constituyen un verdadero placer para los que asistimos a ellas (miércoles por la mañana y viernes mañana y tarde).

En esta ocasión, el argumento de la exposición que nos traen hasta inicios de Enero, es LA ABSTRACCION DEL PAISAJE. En ella, partiendo de una interesante teoría del historiador americano Robert Rosenblum, nos seducen con otra posible interpretación de la evolución de la pintura moderna (alejada de la tradicional y oficial, aquella que pasa necesariamente por Picasso y Matisse). En ésta, y partiendo de la ruptura de la escuela francesa y la alemana (y por ende nórdica) en cuanto a interpretación de la naturaleza (la francesa, naturalista, centrada en la impresión real y espontánea de la naturaleza, y la alemana, que introduce el elemento romántico -espiritual- que la transforma en algo misterioso, sobrenatural e inquietante) asistimos a toda la evolución que esta segunda interpretación va ejerciendo en pintores posteriores hasta llegar, por otra vía, hasta la abstracción.
Así, partiendo de una serie de paisajes a la sepia (representando tres de las cuatro estaciones del año) de Caspar David Friederich (perdidas desde 1935 y recientemente recuperadas y restauradas, de hecho esta es la primera vez que se exhiben tras su "presentación" en Berlín) la exposición se articula en torno a una serie de trabajos sobre papel que van recorriendo grandes nombres (y algunos menos conocidos) de la historia de la pintura occidental (Turner, Van Gogh, Munch, Kandinsky, Mondrian, Klee, Rothko...) y que nos van ilustrando a través de diferentes representaciones del paisaje cómo la conceptualización del la mirada espiritual romántica sobre el paisaje va evolucionando en una transformación de las formas que desemboca en la abstracción. Rosemblum, en el fondo, tiende un hilo que pretende unir lo sublime romántico que representa el romanticismo nórdico (Friederich) con lo sublime abstracto que representa el expresionismo abstracto americano (Rothko):

"La línea que va de lo sublime romántico a lo sublime abstracto es una línea quebrada y tortuosa, puesto que su tradición es más la del sentimiento singular y errático que la del sometimiento a disciplinas objetivas"

Más allá de la distorsiones de esta teoría y de las polémicas que ha suscitado en el mundo del arte, no cabe duda que como propuesta de reflexión es tremendamente atractiva. Y sobre todo, supone una ocasión para asistir a un ejercicio de comprensión de muchas de las claves de la evolución del arte hasta nuestros días (muy recomendable por lo tanto para los que no terminan de entender la abstracción en la pintura).
Como siempre, la web nos obsequia con un abundante material documental para prepararnos bien la visita y gozarla. También (como casi siempre) en torno a la muestra se ha organizado un ciclo de conferencias y otro de música, inspirados en temas y argumentos relativos a la exposición. Yo con seguridad iré alguna vez más a verla. Reconozco que salí sin aliento de mi primera visita, pero con la sensación de no haberla aprovechado pues es bastante lo que es necesario asimilar.

Hasta el día 13 de Enero.

24 de septiembre de 2007

La vida es puro teatro


Viajar con todo programado es perfecto cuando no te quieres perder nada... Sin embargo, nada puede igualar al placer del viaje impulsivo, inesperado y visceral... En principio nada hacía suponer que en nuestro recorrido Siciliano hubiese imprevistos ni lugares fuera de la ruta que ya habíamos trazado, recorriendo fundamentalmente el oeste de la isla. Quedaba para otra ocasión el oriente y sus ciudades monumentales, el impecable paisajismo de Taormina o la decadencia del mosaico arquitectónico de Siracusa.

Sin embargo, uno de mis sueños fue siempre viajar hasta la ciudad de Noto. No sabría decir muy bien por qué. Algunas de las cosas que había leído sobre Sicilia tuvieron (curiosamente) que ver con esta ciudad. Y siempre he querido imaginarme en el escenario de esa Noto (de la que por otra parte tampoco tenía muchos referentes visuales) el lugar perfecto donde desarrollar esa especial capacidad siciliana para el drama.

Así, en una mañana calurosísima de Julio, rozando los cuarenta grados junto al mar y comprobando que la visita del Valle de los Templos de Agrigento había terminado relativamente pronto (pues debido al calor la habíamos comenzado tempranísimo), nos vimos en la tesitura de elegir entre una sobremesa de playa y chiringuito, o una idea que de repente se nos cruzó por la cabeza: Hacer un esfuerzo kilométrico e ir hasta Noto, una de las ciudades que más pena me daba no visitar en nuestro viaje. No lo pensamos mucho, la verdad. Y ni las dificultades de la carretera, ni los imprevistos (un incendio del que salimos "pitando" y a la siciliana, un rebaño de cabras cortando el camino, una autovía inexistente pero diseñada sobre nuestro plano, etc) ni la previsión de calor asfixiante, ni el denso tráfico nos hicieron retroceder. A cada kilómetro, a cada dificultad, nuestras ansias de llegar a la ciudad aumentaban como una espuma imparable.
Al fin, a media tarde, llegábamos a una de las más bellas ciudades del Barroco Siciliano.

Como muchas de las ciudades del oriente de la isla, gran parte de la arquitectura de Noto también nace de la destrucción del gran terremoto de 1693. Pero si bien en lugares como Catania o Ragusa, la reconstrucción dio lugar a hermosísimos y notables ejemplos de un excelente barroco, en Noto, el terremoto dio lugar a una ciudad completamente nueva.
Esto es importante a la hora de enfrentarse a esta ciudad. Saber que existe una Noto Antica, que quedó arrasada por el seísmo, y que fue abandonada poco a poco, a pesar de la resistencia de sus habitantes para trasladarse a una nueva y moderna ciudad del siglo XVIII, creada de la nada en la terraza de una colina, pero a nada menos que 12 kilómetros del emplazamiento original, y diseñada bajo las pretensiones oníricas de los gobernadores borbónicos que pretendieron crear algo quizá grande, excelso, exuberante... Me temo que lo consiguieron.

Los arquitectos Rosario Gagliardi y Vincenzo Sinatra construyeron una ciudad al gusto de la época y del carácter de sus habitantes, a lo largo de un eje principal y tres plazas que alternan conventos, palacios, iglesias y monasterios. La ciudad finalmente es como un gran escenario teatral donde desarrollar el drama de la vida.
El equilibrio del conjunto es asombroso, no sólo porque está diseñado como un todo donde la calle y su desarrollo son los elementos arquitectónicos principales y no los límites del mismo, sino porque estos artistas siguieron en sus diseños un arcaísmo que ligaba sus edificios más con el siglo XVII que con el rococó XVIII, lo cual los dotó de una contención expresiva que consigue transformar el con frecuencia recargado barroco en un más allá del renacimiento en el que cada pequeño rincón, cada espacio, alcanza cotas de clasicismo de una belleza y una armonía impecables.


Llegamos a la ciudad con más de cuarenta grados a la sombra, pero eso no importaba. Su belleza limpia y serena brillaba aún más con el sol de la tarde, ya que los edificios están construidos de una piedra naranja que se deja mimar por esa luz tan especial. Por contraste, el exceso corresponde a los palacios en los bajos de sus balcones, donde los artistas recrearon de manera incisiva y exuberante, todo un universo de submundos fantásticos que nos observan desde las alturas.



Noto es la horma del "zapato" siciliano, el escenario perfecto en el que uno imagina dramas humanos, exageradas pasiones, dramáticos avatares. Un escenario que va un paso más allá de aquella representación de ciudad ideal que Scamozzi ideó para el maravilloso Teatro Olímpico de Vicenza. Un paso más allá que convierte en real y tangible lo ideal. Cuando uno llega al Teatro Olimpico desearía penetrar por el escenario y sentirse dentro de esa ciudad de perspectiva ideal, pero lamentablemente aquello no es más que una ilusión, un escenario, un trompe d'oeil, un reflejo de teatro dentro del teatro.
Pero cuando estamos en Noto es como si uno atravesase un espejo y nos encontrásemos que al otro lado de repente estuviese la ciudad ideal, y la perspectiva se transformase en algo tangible, un lugar donde pasamos a ser protagonistas de la escena.
La magia del teatro quizá esté en ser representación, símbolo, non-dit. Y Noto es, sin embargo, no un sustituto del teatro, sino la misma teatralización de la vida dentro de un escenario envolvente y teatral como pocos en el mundo. Una Atlántida creada en vez de destruida: al contrario, surgida de la tierra y de la destrucción misma de la Naturaleza para servir de molde a una forma de vida marcada por la intensidad de la emoción, el gesto exagerado y una existencia grandilocuente incluso en este minúsculo rincón de una isla dentro de un mar lleno de voces e historias milenarias.



La emoción me latía en cara mirada, en cada calle que subí, en cada plaza en la que me sentí en un escenario, casi vomitando las historias que me recorren, dejando que adoptasen el fondo perfecto de los espacios barrocos de Noto... Allí se quedaron, de alguna forma, bañadas en una luz que me tranquiliza recordar. Sí, tranquilo me quedé, sosegado, con ese efecto como de droga del final de las tardes de calor, sobre las aceras hirvientes de Noto, anonadado ante la elegancia incomprensible de una forma de vida con la que no me identifico (¿o sí?), pero que supongo que tiene mucho más de lo atávico que hay en mí de lo que puedo entender.
Sí, me quedé confuso y embriagado. De belleza y palabras, de luz y de espacio, de drama y recuerdos... Y es que la vida, me temo, es puro teatro.

22 de agosto de 2007

Pasados Olvidados.


Rastrear en el túnel del tiempo me ha traído este fin de semana pasado a recorrer tierras del sur de Soria. Campos rojos, paisajes de ambigua melancolía, castillos y fortalezas maravillosas, ruinas misteriosas de antiguos pobladores íberos que pueden resultarnos hoy en día incluso exóticos, pero que están en la raíz de nuestra identidad y de nuestra cultura... Y finalmente, llegar a uno de los lugares más mágicos de este país nuestro. La Ermita Mozárabe de San Baudelio de Berlanga, a la que uno llega extrañado de lo desértico y olvidado de su enclave, de lo anodino de su exterior...

Pero nada más cruzar el umbral de su sencillo arco de inspiración visigoda, entramos en una especie de sueño paradisíaco, como en un oasis, en una ilusión, en un sueño...


No sólo por la singularidad del espacio, difícil de describir, pero que te atrapa inmediatamente. (planta cuadrada, con una tribuna sostenida sobre una galería de tres filas de arcos de herradura, como simulando un pequeña mezquita, y en medio una gran columna central del que salen ocho nervios, en forma claramente representativa de una palmera, (árbol de la vida en la simbología del Islam). También hay una pequeña capilla adyacente, y el acceso a una gruta que era el lugar de reposo de los ermitas que en ella habitaron durante la edad media.

La ermita cuenta también con el interés de albergar uno de los conjuntos pictóricos de frescos románicos más impresionantes y espectaculares de todo el medievo español. La ignorancia hizo que durante siglos la ermita fuese usada como establo de animales y que en los años veinte un marchante de arte italiano las descubriera e intentara comprarlas. Lamentablemente y a pesar de las protestas, el Tribunal Supremo de este país (en aquella época) le dio la razón, y muchos de los frescos (vendidos por la ridícula cantidad de 75.000 pesetas) fueron arrancados y terminaron en manos de coleccionistas americanos. Actualmente se exhiben en diferentes Museos de aquel país. A finales de los 50, el gobierno español recuperó algunos (conservados hoy en el Museo del Prado) pero fue a cambio nada menos que del ábside de la iglesia de Fuentidueña (en Segovia) por muy difícil que sea de creer. Pero la historia del mundo del arte es así de mercantilista, y la visión de los estados frente a este tema no ha sido siempre la que es hoy, desafortunadamente.
A pesar de todo, lo poco que queda sobrecoge... Porque aparecen al menos dos maestros. Uno, creador del ciclo de pinturas inferior, de simbología sorprendentemente orientalizante (islámica) y pagana, aunque reinterpretada para la cristiandad. Otro, del más puro estilo románico, quizá de menor calidad.

La Teoría de que la Ermita fuese concebida inicialmente como mezquita y posteriormente fuese "reciclada" para convertirse en lugar de culto cristiano parece descartarse con las evidencias de que ambos ciclos pictóricos son contemporáneos...

¿¿Cabe pensar que un lugar como ese pudiese servir a ambos cultos contemporáneamente??? ¿¿Resultará que la integración cultural de la España medieval era mucho más global y cohesionada de lo que los libros de Historia tradicionalmente nos han querido contar?? ¿¿Qué fue la Reconquista realmente??¿¿Cómo vivían realmente los hombres de aquella época?? ¿¿ Qué pensaban??

Son preguntas que vienen a la cabeza inevitablemente al entrar en un lugar como este. Una Palmera Gigantesca y paradisíaca en un lugar donde jamás crecería sobre la tierra. Sobre ella, un espacio casi inaccesible, en forma de almendra o de huevo. Se trata de un espacio irreal, iniciático, cuya existencia nos extraña porque su explicación se hunde en la oscuridad de quién sabe qué razón filosófica o cabalística (incluso caprichosa). Unos frescos subyugantes. Los más cercanos (los de la parte inferior) con extraños temas para un lugar como ese (un guerrero, un halconero, un elefante portando un castillo con tres torres, un dromedario, un oso, perros rampantes, bóvidos afrontados...).

Todo nos envuelve como en un sueño. La necesidad de explicaciones se va disipando y poco a poco se despierta el placer de la meditación, del bienestar que se desprende del misticismo y del silencio del lugar... Y podría uno estar allí durante horas interminables, escuchando las voces de lo inexplicable, dejándose sumergir en este sueño extraño de colores y formas... Al salir, la rudeza seca del paisaje castellano nos devuelve a la realidad de nuevo. A la realidad de la vida a veces estéril que se extiende hasta el infinito... sólo si no sabemos entrar en lugares mágicos como éstos... Pero ya sabéis, sólo con ojos inquietos encontramos las puertas a estos mundos reales paralelos. El que no se convierta, sólo verá un montón de piedras antiguas, y dibujos toscos que las recubren en parte... ¿Tú qué ves?

10 de enero de 2007

El recuerdo de la perfección.

Teatro Olimpico,
Vicenza. (Véneto, Italia)


Nada consiguió emocionarme más. Ni la exactitud para la belleza y el aparente descuido de Venecia. Ni sus canales oblicuos hechos para sospechar del infinito. Ni siquiera sus tesoros escondidos ni sus esquinas de olvido donde sentirse eterno. Ni los frescos revolucionarios de Giotto, Menabuoi, o de del Cosso. Ni la elegancia del renacimiento de barro en Ferrara, ni las cumbres prealpinas del Garda o las calles serenas de Verona. Siendo todas ellas razones para el éxtasis y frutos de la esmerada búsqueda de la belleza, ninguno se escondía tanto entre mis deseos como ese pequeño teatro de Palladio. Última obra del genial arquitecto renacentista, tesoro más oculto de su villa, reinventada por él: Vicenza. Una pequeña ciudad de provincias del Véneto italiano que no se concibe ya sin él, sin la armonía perfecta de las formas clásicas, que él recupero a través de un minucioso estudio del arte clásico para darles una dimensión y unas formas adaptadas al tiempo que vivió, llevando a la perfección el resurgir de placer en torno a los sentidos, alrededor de un hombre que él lleva al infinito desde su centro. La demanda de sus diseños por parte de las ricas familias vececianas para construir sus villas de reposo en la rivera del río Brenta o en los alrededores de Vicenza produjo algunas de las más hermosas y espectaculares villas de toda Italia. En ellas, el uso de la columna y el frontón fue reinventado como elemento arquitectónico de una forma que ha sido después copiada hasta nuestros días. Sus iglesias también fueron fruto de un intenso estudio de adaptación de los elementos y formas clásicas a las necesidades de diseño de estos edificios.
Durante mi viaje este verano tuve ocasión de visitar algunas de las muestras de su trabajo que salpican la geografía véneta. Pero mi deseo mayor, aún sin ser yo consciente, era poder visitar el Teatro Olímpico de Vicenza.


Este edificio absolutamente singular, tiene un interesante origen como encargo de la Academia Olímpica de Vicenza, una sociedad nacida para el cultivo de las artes que reunía a ciudadanos de diversas condiciones en un organismo originalísimo, que en su concepción se enfrentaba al tradicional y exclusivo mecenazgo de las artes por parte de la aristocracia.
Palladio creo un edificio magistral. Partiendo del concepto griego y romano del teatro, intento depurarlo hasta conseguir un espacio de proporciones exquisitas, sincero homenaje a la indispensable tradición de las artes clásicas. La obra fue terminada por Scamozzi, con un conjunto escénico representando una perspectiva de ciudad ideal, que es ciertamente único, ideado para la primera representación del teatro (Edipo Rey) y que jamás ha sido desmontado.


Para hacerse una idea, pueden mirar en esta página y buscar unas fotografías en tres dimensiones que dan buena cuenta de la sensación intensa que produce una visita a ese escenario.

Entré por la pequeña puerta de uno de los laterales sin respirar, como sumido en una casi religiosa reflexión estética, preparándome para el impacto con un lugar tan sumamente bello. Así fue, dentro de aquellos muros siguió sin existir respiración, sólo hubo aliento. Y no sé si sería aquel vídeo de la mezzo-soprano italiana Cecilia Bartoli grabado allí, que hace años que conozco y he visto en varias ocasiones conmovido por su voz y por el espacio. O si quizá la recreación del Don Giovanni de Mozart de Joseph Loosey, algunas de cuyas escenas también fueron grabadas allí (y habían llegado alguna vez a mi retina en un ejercicio de azarosa curiosidad). Lo cierto es que aquel espacio ejercía un poderoso magnetismo sobre mí. Sentarme desde cualquiera de sus perspectivas era un acto de puro hedonismo, de perfección susurrada a la pupila, de insistente y turbadora belleza. Quizá el espacio más digno, en más bello que pueda existir para el ejercicio del drama, de la comedia, de la música. Porque resume gran parte de la historia del arte, de la mitología, de la filosofía de Europa Occidental y es además todo un símbolo del espíritu del Renacimiento, del hombre y el conocimiento como centros del Universo. El renacimiento de la concepción crítica del mundo, de la ilustración, y la primera piedra hacia una visión del mundo dominada por la libertad, la igualdad, la fraternidad...
Les dejo con unas escenas del maravilloso recital que dio la Bartoli allí mismo en el año 98.