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8 de julio de 2009

Cerrado por vacaciones


De nuevo viajando al verano y el origen del Mediterráneo. Este año volando hasta los vestigios de una de las civilizaciones más antiguas que lo poblaron. Cuna también de tantos y tantos capítulos mitológicos. De entre ellos, el hilo de Ariadna tendiéndose para Teseo sobre el Laberinto del Minotauro, trampa audaz para escapar de su ferocidad. Laberinto como símbolo de lo indescriptible y oscuro del alma humana. Como viaje de vida, como exquisito capricho extravagante, como ciego futuro, como morada sin fin, hermética y cíclica. Huir de nuevo, como cada año, para encontrarse y renovarse, para olvidarse y olvidar. Para volver con la mirada transformada y con miles de historias vistas y acaso tocadas a través de los siglos. Las piedras de este mare nostrum hablan tanto y tan bien…

Espero encontraros a todos a la vuelta, disfrutad de verano y de su alegría desbordada…

Hasta prontito.


25 de agosto de 2008

Verano 2008. Preludio desordenado.


Cada viaje tiene sus momentos, sus cumbres y sus valles, sus horas de tedio y de felicidad. Y en cada uno de ellos se alcanza un día, acaso por casualidad, por necesidad, porque el universo nos arropa de repente sin decirnos por qué, ese o esos momentos de perfección que hacen merecer cansancio, calor y lejanía. Incluso en un destino tan poco proclive a dejarme indiferente o aburrido en instante alguno, también llega ese día en el que me gustaría poder vivir para siempre.

Este año la idea era recorrer la región de Puglia, es decir toda la costa Sureste de la península italiana, desde el promontorio del Gargano hasta llegar a la península Salentina, el punto más oriental de Italia.

El Sur de Italia es siempre desconcertante y atractivo al mismo tiempo. El retraso económico, la aparente desidia generalizada, la suciedad a veces, la frágil presencia de los poderes públicos, el olvido y el descuido que parecen campar a sus anchas en medio del desarrollo, como si del polvo en una vieja casa se tratase, se unen al mismo tiempo a una notable calidad humana en el trato diario y a una cultura rica y compleja, no exenta de incoherencias, pero que descansa sobre un innegable hedonismo que la belleza de las ciudades, los paisajes y el mar, de unos colores rotundamente intensos, parecen provocar por sí solos.
A destacar, como siempre, la inimitable simpatía y emotividad de los italianos, la alegría y familiaridad que en verano desborda este país, su apabullante riqueza artística y su no menos intensa riqueza gastronómica (esta es la región de origen de la Burrata de Bufala, uno de mis iconos sobre la mesa, y de la que ya he hablado aquí).
Si a eso sumamos la posibilidad de poder hablar italiano (que para mí es siempre un verdadero placer) y esas costumbres que adopto nada más llegar y que reconozco que adoro (il caffé, il gelato, la granita, l'aperitivo...) es de suponer que es, por un lado, difícil que nada en Italia me decepcione y por otro también igualmente difícil poder destacar algo entre tal magnitud de sensaciones.

En Puglia he sentido con fuerza todos los tópicos de Italia. Quizá por eso sorprenda menos, porque todo es (más o menos) tal y como cabría esperar. Además, porque muchos de los paisajes de la naturaleza y de los pueblos de esta región italiana, aún profundamente auténticos y pintorescos, son mucho más reconocibles para quienes venimos de regiones también autenticamente mediterráneas.

Una de las características más interesantes de Italia (relacionada quizá con su pasado fragmentario) es la de la diversidad de sus perfiles y características regionales y hasta locales. Cada comarca, cada ciudad incluso, tiene una personalidad estética única y diferenciada, lo cual convierte viajar por Italia en un continuo y delicioso ejercicio de observación que nunca se agota. Esto se sigue cumpliendo en Puglia. A pesar de que en un primer momento nos pueda parecer más monótona que otras regiones o más parecida a otros lugares conocidos (por ejemplo, el sur de España), las particularidades van apareciendo y precipitando en la visión del viajero poco a poco. En mi caso, además, organicé inconscientemente el viaje de manera que terminó convirtiéndose en todo un ejercicio de introspección en las raíces y en la historia de esta región.

Comenzando por el centro de la región y viajando hacia el sur nos empapamos de toda la riqueza del esplendor barroco de ciudades como Lecce o Martina Franca, que es quizá más parangonable al barroco andaluz, aunque en el fondo sea muy diferente, para después descubrir las raíces medievales de esta región representadas en su personalísimo y único arte románico, de origen fundamentalmente normando, pero con influencias de los muchos pueblos que dominaron estas tierras (bizantinos, ostrogodos, carolingios, lombardos y hasta sarracenos).

La Edad Media fue sin duda una de las épocas de mayor esplendor de esta tierra, pues en ella estaban los puertos de los que partían los caballeros a las Cruzadas (Bari, Brindisi) y ello permitió un intenso intercambio económico y cultural con el resto de Europa y con el Oriente. Este momento histórico irrepetible dio lugar a una necesaria arquitectura religiosa de características muy especiales, a la que nos dedicamos en el último tramo de nuestro recorrido.

Uno de los últimos días del viaje, una vez pasada una temible ola de calor que nos impidió disfrutar de la costa adriática y de sus ciudades de una manera más agradable, pudimos disfrutar por fin en la costa del Gargano del mar, del viento y de las olas perfectas a la última hora de la tarde. Es de ese momento la foto del inicio.
Después de respirar tranquilamente desde las alturas la inmensidad de la arena de esta playa de Vieste que retaraté, nos dejamos caer en ella y probamos la espuma del borde del mar hasta que la tarde y el interminable vaivén de las olas nos dejaron como en una especie de silencio de los sentidos (sólo aire, olas rompiendo, sal en los labios, luz naranja) desde el que era difícil evitar que la felicidad nos atravesase.

Al día siguiente partimos desde la Foresta Umbra, uno de los bosques más antiguos de Europa, en el corazón de la península del Gargano, para emular la ruta que solían hacer los cruzados en su camino hacia los puertos de partida a los Lugares Santos, desde la capilla del Arcángel San Miguel, junto a la tumba del rey Rotary de los lombardos en Monte Sant'Angelo, descendiendo hasta el nivel del mar para pasar por las capillas románicas de la desaparecida Siponto.

Finalmente nos acercamos también ese día al promontorio de Troia, pequeña ciudad, bastión levantado sobre una colina desde la que se domina toda la llanura del norte de Puglia, la segunda en extensión de Italia.


Sin turistas, bañada en el silencio del mediodía pero sin mucho calor, pudimos disfrutar en completa soledad de una de las más fantásticas catedrales románicas italianas, no tanto por su perfección sino por su maravillosa armonía, su exuberante decoración de influencias orientales y el sorprendente bestiario que está representado en su portada.







No sé cuánto tiempo pasamos sentados observando estas piedras. Mucho, como si no consiguiéramos fijar en la retina toda su belleza, todo su exotismo. Aún me parece poder estar allí si cierro un poco los ojos y hago el esfuerzo. Quizá es que aún quiero estar allí escuchando el silencio y el tiempo pasar, degustando aquella maravilla de bruschette y laticini que nos sirvió aquel chico tan amable en una vinoteca cercana, al frescor de la sombra, con los ojos aún estremecidos.


Sí, definitivamente esos han sido los momentos más especiales del verano. Y los recordaré una y otra vez, y harán sin duda más dulce la llegada del frío, de los días cortos, de la luz más frágil que llegará cuando se acerque el otoño.


(continuará)

8 de julio de 2008

Cerrado por vacaciones

Después de un fin de semana de reencuentros y despedidas, de palabras que reflexionan y me ayudan a saber mejor quién soy y quienes son los que quiero. Después de la noche canalla y la lengua desatada, después de los comentarios con gatchan, debajo del andamio, directo al corazón desde lo superficial (las mejores amistades son siempre las que no necesitan contexto, las que viven en todos los contextos) me marcho con una de esas prisas que cosquillean en la nariz y esa sensación de que se queda algo atrás (en Madrid siempre se me queda algo...). Da igual, lo recogeré a la vuelta, se habrá quedado enredado en alguna de mis camisetas de rayas, esperando mejor ocasión para la melancolía.
Viajar es un poco como fingir que se huye a donde todo lo que tenemos pasa al olvido y debemos aprender de nuevo dónde quedan las constelaciones, los planetas, el sol... Huir para volver, olvidar para recordar, hundirse en el mar para volver a la montaña, perderse para encontrarse, marcar el compás de un nuevo ciclo...


Yo, como siempre, al sur. A un sur muy especial, o al menos eso me han dicho. Llegaré con pricipio de frenesí en las venas. El mediterráneo me calmará. Y a la vuelta espero llegar con palabras e imágenes, pero sobre todo con sueños y suficiente intensidad en el soplo de mi memoria como para contaros aquí cómo han surcado el verano todos los hilos de mi camino. Ojalá os siga encontrando por aquí para compartirlo.

Portaros bien, y cuidadme este rincón, amici miei.

24 de septiembre de 2007

La vida es puro teatro


Viajar con todo programado es perfecto cuando no te quieres perder nada... Sin embargo, nada puede igualar al placer del viaje impulsivo, inesperado y visceral... En principio nada hacía suponer que en nuestro recorrido Siciliano hubiese imprevistos ni lugares fuera de la ruta que ya habíamos trazado, recorriendo fundamentalmente el oeste de la isla. Quedaba para otra ocasión el oriente y sus ciudades monumentales, el impecable paisajismo de Taormina o la decadencia del mosaico arquitectónico de Siracusa.

Sin embargo, uno de mis sueños fue siempre viajar hasta la ciudad de Noto. No sabría decir muy bien por qué. Algunas de las cosas que había leído sobre Sicilia tuvieron (curiosamente) que ver con esta ciudad. Y siempre he querido imaginarme en el escenario de esa Noto (de la que por otra parte tampoco tenía muchos referentes visuales) el lugar perfecto donde desarrollar esa especial capacidad siciliana para el drama.

Así, en una mañana calurosísima de Julio, rozando los cuarenta grados junto al mar y comprobando que la visita del Valle de los Templos de Agrigento había terminado relativamente pronto (pues debido al calor la habíamos comenzado tempranísimo), nos vimos en la tesitura de elegir entre una sobremesa de playa y chiringuito, o una idea que de repente se nos cruzó por la cabeza: Hacer un esfuerzo kilométrico e ir hasta Noto, una de las ciudades que más pena me daba no visitar en nuestro viaje. No lo pensamos mucho, la verdad. Y ni las dificultades de la carretera, ni los imprevistos (un incendio del que salimos "pitando" y a la siciliana, un rebaño de cabras cortando el camino, una autovía inexistente pero diseñada sobre nuestro plano, etc) ni la previsión de calor asfixiante, ni el denso tráfico nos hicieron retroceder. A cada kilómetro, a cada dificultad, nuestras ansias de llegar a la ciudad aumentaban como una espuma imparable.
Al fin, a media tarde, llegábamos a una de las más bellas ciudades del Barroco Siciliano.

Como muchas de las ciudades del oriente de la isla, gran parte de la arquitectura de Noto también nace de la destrucción del gran terremoto de 1693. Pero si bien en lugares como Catania o Ragusa, la reconstrucción dio lugar a hermosísimos y notables ejemplos de un excelente barroco, en Noto, el terremoto dio lugar a una ciudad completamente nueva.
Esto es importante a la hora de enfrentarse a esta ciudad. Saber que existe una Noto Antica, que quedó arrasada por el seísmo, y que fue abandonada poco a poco, a pesar de la resistencia de sus habitantes para trasladarse a una nueva y moderna ciudad del siglo XVIII, creada de la nada en la terraza de una colina, pero a nada menos que 12 kilómetros del emplazamiento original, y diseñada bajo las pretensiones oníricas de los gobernadores borbónicos que pretendieron crear algo quizá grande, excelso, exuberante... Me temo que lo consiguieron.

Los arquitectos Rosario Gagliardi y Vincenzo Sinatra construyeron una ciudad al gusto de la época y del carácter de sus habitantes, a lo largo de un eje principal y tres plazas que alternan conventos, palacios, iglesias y monasterios. La ciudad finalmente es como un gran escenario teatral donde desarrollar el drama de la vida.
El equilibrio del conjunto es asombroso, no sólo porque está diseñado como un todo donde la calle y su desarrollo son los elementos arquitectónicos principales y no los límites del mismo, sino porque estos artistas siguieron en sus diseños un arcaísmo que ligaba sus edificios más con el siglo XVII que con el rococó XVIII, lo cual los dotó de una contención expresiva que consigue transformar el con frecuencia recargado barroco en un más allá del renacimiento en el que cada pequeño rincón, cada espacio, alcanza cotas de clasicismo de una belleza y una armonía impecables.


Llegamos a la ciudad con más de cuarenta grados a la sombra, pero eso no importaba. Su belleza limpia y serena brillaba aún más con el sol de la tarde, ya que los edificios están construidos de una piedra naranja que se deja mimar por esa luz tan especial. Por contraste, el exceso corresponde a los palacios en los bajos de sus balcones, donde los artistas recrearon de manera incisiva y exuberante, todo un universo de submundos fantásticos que nos observan desde las alturas.



Noto es la horma del "zapato" siciliano, el escenario perfecto en el que uno imagina dramas humanos, exageradas pasiones, dramáticos avatares. Un escenario que va un paso más allá de aquella representación de ciudad ideal que Scamozzi ideó para el maravilloso Teatro Olímpico de Vicenza. Un paso más allá que convierte en real y tangible lo ideal. Cuando uno llega al Teatro Olimpico desearía penetrar por el escenario y sentirse dentro de esa ciudad de perspectiva ideal, pero lamentablemente aquello no es más que una ilusión, un escenario, un trompe d'oeil, un reflejo de teatro dentro del teatro.
Pero cuando estamos en Noto es como si uno atravesase un espejo y nos encontrásemos que al otro lado de repente estuviese la ciudad ideal, y la perspectiva se transformase en algo tangible, un lugar donde pasamos a ser protagonistas de la escena.
La magia del teatro quizá esté en ser representación, símbolo, non-dit. Y Noto es, sin embargo, no un sustituto del teatro, sino la misma teatralización de la vida dentro de un escenario envolvente y teatral como pocos en el mundo. Una Atlántida creada en vez de destruida: al contrario, surgida de la tierra y de la destrucción misma de la Naturaleza para servir de molde a una forma de vida marcada por la intensidad de la emoción, el gesto exagerado y una existencia grandilocuente incluso en este minúsculo rincón de una isla dentro de un mar lleno de voces e historias milenarias.



La emoción me latía en cara mirada, en cada calle que subí, en cada plaza en la que me sentí en un escenario, casi vomitando las historias que me recorren, dejando que adoptasen el fondo perfecto de los espacios barrocos de Noto... Allí se quedaron, de alguna forma, bañadas en una luz que me tranquiliza recordar. Sí, tranquilo me quedé, sosegado, con ese efecto como de droga del final de las tardes de calor, sobre las aceras hirvientes de Noto, anonadado ante la elegancia incomprensible de una forma de vida con la que no me identifico (¿o sí?), pero que supongo que tiene mucho más de lo atávico que hay en mí de lo que puedo entender.
Sí, me quedé confuso y embriagado. De belleza y palabras, de luz y de espacio, de drama y recuerdos... Y es que la vida, me temo, es puro teatro.

18 de julio de 2007

Cerrado (poco) por vacaciones.

E la bella Trinacria,
he caliga
tra Pachino e Peloro,
sopra 'l golfo
che riceve da Euro maggior briga,
non per Tifeo ma per nascente solfo,

attesi avrebbe li suoi regi ancora,
nati per me di Carlo e di Ridolfo,

se mala segnoria,
che sempre accora
li popoli suggetti,
non avesse
mosso Palermo a gridar: "Mora, mora!"

Dante

Paradiso: Canto VIII


Cuenta la Leyenda que tres ninfas que viajaban alrededor del mundo recogiendo lo mejor de éste, llegaron a un mar de extraordinaria belleza, y dejaron allí caer sus flores y sus frutos. De las aguas surgió la masa de tierra de una Isla con tres extremidades, y se convirtió en el cofre precioso de toda la belleza del mundo. Esa isla armoniosamente triangular no era otra que Sicilia, y esta leyenda explica su forma y da origen al símbolo de la isla, la Trinakria, una cabeza de medusa de la que salen tres piernas, las tres esquinas de esta tierra llena de Historia y de belleza.
La leyenda dio paso a la historia escrita de los abundantes moradores y conquistadores de la Isla, desde griegos y romanos, pasando por normandos y llegando a franceses y aragoneses. Miradas y miradas que han dejado sobre la isla una interminable herencia de patrimonio artístico y cultural. Un pueblo de infinita hospitalidad, pero con evidentes dobleces en su piel y en su memoria. Una tierra de contrastes y contradicciones.

El olvido del hedonismo mediterráneo, que lo envuelve y lo llena de su riqueza dramática y abrupta, la exuberancia de un paraíso de belleza que araña y abandona... Allí me voy, con mi verano de noches cálidas e inesperadas, con el sueño de las salamandras y las miradas intensas de julio, con la idea puesta en dejarme llevar por lo que salga en mi camino, sea mar, ruina griega, voluptuoso barroco, o una tarde infinita de farniente bajo la sombra que quiera cobijarme... Quiero abandonarme, como hago en cada viaje que emprendo. Abandonarme y ser yo también habitante de la isla de la trinakria...
Serán sólo unos días...
A la vuelta os contaré.

Hasta pronto, cuidadme el volcán, que yo andaré por otros. Os dejo, una vez más, con una de mis sicilianas favoritas, Carmen Consoli, cantando esta vez música de la tradición de su tierra de origen.