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4 de agosto de 2009

Charming Nights.

Secrecy:
One charming night
Gives more delight,
Than a hundred lucky days.
Night and I improve the taste,
Make the pleasure longer last,
A thousand, thousand several ways.

(extracto de "The Fairy Queen" de H. Purcell, basado en textos de "A Midsummer Night's Dream" de W. Shakespeare).


17 ACT 2 No.16 - Secrecy One charming night - Henry Purcell

Foto tomada de aquí

En verano las noches de placer surgen así, repentinamente, sin previo aviso.
Quemando la intuición y devorando la mirada.
Imprevistamente desabrochadas,
hundiéndose en el laberinto que se agota,
desordenando el alma a la vez que calmándola,
posando la mano suave sobre la balanza vencida.

Noches equívocas de permitida lucidez,
llamas bajo la lengua,
aliento que se guarda en la memoria
y pasos en silencio.

Silencio sobre los pasos,
silencio bajo el tambor del pecho.
Sábanas limpias y sueños imposibles.
Y de nuevo el amanecer, diáfano sobre la frente.
Una mañana más, con el acecho de la noche que nos persigue,
la pasada, enredada en el capricho
la futura, agazapada de nuevo en el calor del verano.

1 de julio de 2009

Memorias de Julio.



Todos los años la misma historia, mi padre se empeñaba en salir con las luces del alba para que no se nos hiciera noche en el viaje. Un viaje repetido una y otra vez, tal día como hoy, siempre tal día como hoy. Las maletas abiertas sobre el sofá durante días iban preparando el ambiente. Tener que sacar de nuevo las chaquetas, las sudaderas, hasta el paraguas, era como un rito extraño cuando en la calle se alcanzaban ya los 40 grados a la sombra sin problema. Y al final llegaba el día, con un aviso suave de mi madre nos poníamos en marcha en silencio, metíamos la infinidad de cosas en el coche, nunca sin alguna pequeña discusión acerca de nuestra capacidad para hacer equipajes, y finalmente subíamos al coche aún con el frescor de la madrugada.

Recuerdo con mucha intensidad aquellos viajes, los amaneceres lentamente recortando las montañas del norte de Sevilla, la primera parada, obligatoria, en la sierra para un café fuerte y un bollo o una tostada. Y el sol poco a poco definiéndose en aquellos cielos azules de verano. Recuerdo que salvo mi padre, que era el único que conducía (ni incluso cuando mi hermano y yo nos sacamos el carnet nos dejaba turnarnos mucho con él, pues con lo obsesivo que es tampoco le servía mucho de descanso estar pendiente de cómo conducíamos nosotros), todos los demás caían dormidos al poco de desayunar. Mi padre bajaba la música y se disponía con parsimonia a enfrentarse al tráfico lento de viajeros, camiones y vehículos agrícolas que plagaba la ruta de la Plata. Yo no, yo no podía dormir, quería verlo todo: los horizontes parduzcos, las encinas que pasaban veloces, los alcornoques trazados en los campos extremeños, la subida a Béjar, la entrada en Castilla, los campos amarillos de trigo seco, la inmensidad, las ciudades y sus murallas, los ciudadanos ordenados y elegantes que parecían llenar las ciudades castellanas a primera hora de la mañana. Yo deseaba parar en todos aquellos sitios, quedarme brevemente para siempre en ellos, saborearlos. Por supuesto no decía nada, estaba bien claro que para mis padres el viaje era una etapa, un medio para llegar a nuestro destino, nada más que eso, y que cualquier distracción no tenía ninguna posibilidad... No lo sabía aún, pero quizá era aquella sensación el primer germen de mi curiosidad viajera, de mi necesidad de ver otros mundos, otras personas, otras realidades, otros paisajes, de mi interés por la historia, por el legado cultural, por la naturaleza... Para mí aquellos viajes no eran un mero trámite, eran toda una emoción, incluso aunque tuviera que observar todo desde la ventanilla del coche. A pesar de que supiera de memoria ya (al cabo de los años) la ruta, las ciudades y hasta los paisajes... No, yo no me podía quedar nunca dormido, mi emoción me lo impedía... Tenía que verlo todo.

La tarde nos sorprendía en la inmensidad monótona y difusa de los campos de Salamanca o Zamora. El sol en su cenit estival lo llenaba todo. Aquello era antes del aire acondicionado, así que las ventanillas comenzaban a abrirse y el aire entraba como un huracán revolviéndonos el cabello y ensordeciendo la música de boleros que mis padres solían poner, reducida casi a los golpes de bajo borradas las melodías y las palabras ya, sin que a nadie le pareciera extraño seguir poniendo casettes y casettes que en realidad no se escuchaban. Llegábamos a León y ya el campo se tornaba verde, las montañas se comenzaban a adivinar boscosas y frondosas... Poco a poco olvidábamos el calor, los campos secos, la canícula... Y nos internábamos en el noroeste, como si de otro país se tratara. Llegaba ya el olor rotundo y fresco de Galicia, la hierba sobre los campos, los castaños carnosos, los ritmos pausados de los habitantes, la dulzura del acento escuchado por azar desde la ventanilla, la humedad y el vértigo como de entrar en otra realidad. Los robles y los eucaliptos infinitos, el bosque haciéndose más agreste conforme el océano se acercaba... y por fin el mar, azul, intensamente azul, recogido en la pequeña ría, tranquila y escondida de la inmensidad atlántica, pero reflejando sus secretos a la luz indescriptible de la tarde.
Se iniciaba con aquellas emociones de la llegada y los abrazos a la familia, el mes de Julio en el norte. Y vendrían como siempre las mañanas de playa, las tardes de asueto frente al sol, los paseos hasta el faro, los bocadillos de chorizo, las noches frías, las tertulias femeninas -la literatura , el cine y la música siempre presentes- los juegos, el bosque oscuro y el mar siempre rodeándonos, haciéndonos casi isla alejada del resto del mundo, del resto de las vidas de todos los que allí habitábamos por aquellos días. Todo un curioso y delicado art de vivre que nos hacía abandonarnos irremediablemente a las rutinas de aquellos estíos.
Soy consciente de que en aquella época aún no sabía yo lo que significaba vivir en mayúsculas. Sin embargo, los meses de Julio en la Costa da Morte quedaron fijados a fuego como paradigma de la felicidad, y de tantas y tantas cosas que después han marcado mi camino. Y comenzaba todos los años, sí, tal día como hoy...

17 de junio de 2009

Les nuits d'été.

Comienza la estación de la noche, la del deseo y la incógnita, la del olvido y la distancia. Se nos van despegando lentamente las vendas del hábito y el ancla que agarra los apetitos insospechados. Las lunas crecerán más blancas y lechosas, y su influjo lloverá sobre las aceras tibias, invisible a los sonidos de la noche. Y nos atravesará el silencio como una daga en mitad de la metamorfosis, para recordarnos esa piel que tan sólo rozamos una vez, pero que se quedó sumida en la amnesia de nuestros dedos, atada únicamente al perfume aquel que vendrá a despertar, como un milagro inesperado, en el inicio de cualquier noche de sábado, el único soplo que podremos recordar en las largas noches de invierno.

12 de noviembre de 2008

El amante viajero

Estas semanas me he dedicado a viajar en el tiempo y en el espacio. He retornado a Italia y al verano, y he hecho memoria de las rutas, de los sabores y de los colores que mi memoria acumuló y que ha estado atesorando estos meses para desplegarse ahora en un cuaderno de viajes que inicia mi otro blog, con el que no sé muy bien dónde viajaré, pero que se ha convertido de momento en un querido compañero de miradas y reflexiones. Creo que merece la pena al menos acercarse a las fotografías en uno de estos días en que el frío barra con furia la tibieza de nuestras cabezas.



2 de septiembre de 2008

Ricordi di Puglia.

Como antídoto postvacacional estoy recopilando mis memorias del viaje a Puglia, menos reflexivas que otras veces, más como un cuaderno de viaje. No sé si lo terminaré subiendo pues me está quedando demasiado largo y lleno de detalles y anécdotas que no sé si tienen en realidad cabida aquí.
Pero mientras lo pienso, he decidido traer el pase de fotos que había seleccionado para ilustrarlo, y así recrearme un rato la vista con las cosas que estuve viendo en Julio, y también compartirlas con vosotros.

Con un poco de música italiana, y el que pueda que le añada el sonido del mar...


27 de agosto de 2008

El fin de agosto y el límite de la belleza.

W. A. Mozart

Antes de que la mayoría volvamos a la rutina con ese empeño habitual del final de la época vacacional llegan estos últimos días de agosto. Intensos, porque en ellos el aroma del final del verano se respira con fuerza y eso hace que de alguna manera inconsciente (aún sabedores que la estación del estío todavía tiene casi un mes de vida por delante) sintamos que su esplendor ha terminado. Sabemos que enseguida llega Septiembre, mes del inicio, de la renovación, del continuar y del imaginar nuevas vidas, nuevos planes, en la mayoría de las veces casi con más fuerza que ese otro cambio que supone el pasar de un año al siguiente en el calendario. Aún así, abandonar agosto me deja siempre un poco triste.

Por eso los sentimientos suelen ser contradictorios estos días, que siempre se me presentan bañados en una melancolía que responde a no querer que la parálisis y el hedonismo del verano se terminen, a pesar de saber que continuar es necesario para la vida, y para que el verano y su esencia también tengan sentido. A mí me suele ocurrir que quiero aprovechar al máximo estos últimos días de tranquilidad, de dolce farniente, de no querer mirar lo que viene después, de vivir intensamente cada instante como si el tiempo se hubiese detenido ahí para siempre.
Lo pensaba ayer mientras escuchaba la Sinfonía Concertante K364 de Mozart, especialmente su andante central, que mientras sonaba en mi casa a última hora de la tarde me parecía que no podía reflejar mejor esa especie de distanciamiento de la vida que supone el verano. Esa comunión con el equilibrio cósmico, con la naturaleza, con el olvido de los caminos emprendidos, con el placer de las cosas más sencillas. Por eso la he traído aquí, para compartirla, porque me parece que es una excelente compañía para una de estas tardes de verano.

Mozart escribió para este concierto uno de los tiempos lentos más rotundos de toda su producción y en realidad de toda la historia de la música. Quizá mi favorito.


Este concierto, concebido como una sinfonía con acompañamiento solista de dos instrumentos -el violín y la viola- que Mozart procura situar en términos de igualdad a pesar de sus desigualdades tímbricas, es uno de los más populares entre los apasionados de Mozart, y ello es especialmente debido a este segundo movimiento.
Mozart consigue aquí no sólo una escritura en la que ambos instrumentos se fusionan con pasmoso equilibrio y armonía, sino que parece haber sido alcanzado por una inspiración melódica absolutamente increíble. El movimiento entero es un rotundo ejercicio de belleza y de lirismo que se va construyendo compás a compás, y que nos envuelve lentamente en una espiral de placer musical que Mozart lleva hasta el mismo límite.
Y hablo de límite porque siempre he pensado que la belleza tiene un límite, ya que nuestra capacidad para percibirla es limitada. Creo que más o menos se puede trazar una línea a partir de la cual sabemos que el exceso de belleza nos hace caer en la desmesura.
Mozart era un genio y además era totalmente consciente de ello. Así, en una sublime osadía, en este andante nos lleva hasta ese límite para rozarlo pero nunca traspasarlo. En un alarde de genialidad transforma toda esa belleza al límite de lo soportable en drama, en desolación, en abismo. En efecto, cuando llegamos a la cadencia del final y parece que ya no somos capaces de asimilar tanta belleza, cuando parece que continuar la línea melódica que nos propone Wolfgang nos llevará sin duda a un exceso que no podrá sostenerse, de repente Mozart como forma de terminar el movimiento, nos hunde en un abismo oscuro ante el que nos estremecemos del espanto de sentirnos en realidad frente a nosotros mismos.
Es ese grito de auxilio frente al tiempo el que nos devora sin piedad. Como este Septiembre que llega y que en el fondo nos devolverá al camino, a la vida, pero al cual todavía tememos en algún lugar de la mente, porque supondrá el fin de este reino del verano, del placer y del olvido. Un Septiembre que se intuye lleno de vida y de planes, de movimiento, de ese sentimiento certero de que el mundo sigue su curso. En unos días llegará, como un tercer movimiento, como el que le corresponde a la sinfonía concertante, como así lo escribió Mozart...

25 de agosto de 2008

Verano 2008. Preludio desordenado.


Cada viaje tiene sus momentos, sus cumbres y sus valles, sus horas de tedio y de felicidad. Y en cada uno de ellos se alcanza un día, acaso por casualidad, por necesidad, porque el universo nos arropa de repente sin decirnos por qué, ese o esos momentos de perfección que hacen merecer cansancio, calor y lejanía. Incluso en un destino tan poco proclive a dejarme indiferente o aburrido en instante alguno, también llega ese día en el que me gustaría poder vivir para siempre.

Este año la idea era recorrer la región de Puglia, es decir toda la costa Sureste de la península italiana, desde el promontorio del Gargano hasta llegar a la península Salentina, el punto más oriental de Italia.

El Sur de Italia es siempre desconcertante y atractivo al mismo tiempo. El retraso económico, la aparente desidia generalizada, la suciedad a veces, la frágil presencia de los poderes públicos, el olvido y el descuido que parecen campar a sus anchas en medio del desarrollo, como si del polvo en una vieja casa se tratase, se unen al mismo tiempo a una notable calidad humana en el trato diario y a una cultura rica y compleja, no exenta de incoherencias, pero que descansa sobre un innegable hedonismo que la belleza de las ciudades, los paisajes y el mar, de unos colores rotundamente intensos, parecen provocar por sí solos.
A destacar, como siempre, la inimitable simpatía y emotividad de los italianos, la alegría y familiaridad que en verano desborda este país, su apabullante riqueza artística y su no menos intensa riqueza gastronómica (esta es la región de origen de la Burrata de Bufala, uno de mis iconos sobre la mesa, y de la que ya he hablado aquí).
Si a eso sumamos la posibilidad de poder hablar italiano (que para mí es siempre un verdadero placer) y esas costumbres que adopto nada más llegar y que reconozco que adoro (il caffé, il gelato, la granita, l'aperitivo...) es de suponer que es, por un lado, difícil que nada en Italia me decepcione y por otro también igualmente difícil poder destacar algo entre tal magnitud de sensaciones.

En Puglia he sentido con fuerza todos los tópicos de Italia. Quizá por eso sorprenda menos, porque todo es (más o menos) tal y como cabría esperar. Además, porque muchos de los paisajes de la naturaleza y de los pueblos de esta región italiana, aún profundamente auténticos y pintorescos, son mucho más reconocibles para quienes venimos de regiones también autenticamente mediterráneas.

Una de las características más interesantes de Italia (relacionada quizá con su pasado fragmentario) es la de la diversidad de sus perfiles y características regionales y hasta locales. Cada comarca, cada ciudad incluso, tiene una personalidad estética única y diferenciada, lo cual convierte viajar por Italia en un continuo y delicioso ejercicio de observación que nunca se agota. Esto se sigue cumpliendo en Puglia. A pesar de que en un primer momento nos pueda parecer más monótona que otras regiones o más parecida a otros lugares conocidos (por ejemplo, el sur de España), las particularidades van apareciendo y precipitando en la visión del viajero poco a poco. En mi caso, además, organicé inconscientemente el viaje de manera que terminó convirtiéndose en todo un ejercicio de introspección en las raíces y en la historia de esta región.

Comenzando por el centro de la región y viajando hacia el sur nos empapamos de toda la riqueza del esplendor barroco de ciudades como Lecce o Martina Franca, que es quizá más parangonable al barroco andaluz, aunque en el fondo sea muy diferente, para después descubrir las raíces medievales de esta región representadas en su personalísimo y único arte románico, de origen fundamentalmente normando, pero con influencias de los muchos pueblos que dominaron estas tierras (bizantinos, ostrogodos, carolingios, lombardos y hasta sarracenos).

La Edad Media fue sin duda una de las épocas de mayor esplendor de esta tierra, pues en ella estaban los puertos de los que partían los caballeros a las Cruzadas (Bari, Brindisi) y ello permitió un intenso intercambio económico y cultural con el resto de Europa y con el Oriente. Este momento histórico irrepetible dio lugar a una necesaria arquitectura religiosa de características muy especiales, a la que nos dedicamos en el último tramo de nuestro recorrido.

Uno de los últimos días del viaje, una vez pasada una temible ola de calor que nos impidió disfrutar de la costa adriática y de sus ciudades de una manera más agradable, pudimos disfrutar por fin en la costa del Gargano del mar, del viento y de las olas perfectas a la última hora de la tarde. Es de ese momento la foto del inicio.
Después de respirar tranquilamente desde las alturas la inmensidad de la arena de esta playa de Vieste que retaraté, nos dejamos caer en ella y probamos la espuma del borde del mar hasta que la tarde y el interminable vaivén de las olas nos dejaron como en una especie de silencio de los sentidos (sólo aire, olas rompiendo, sal en los labios, luz naranja) desde el que era difícil evitar que la felicidad nos atravesase.

Al día siguiente partimos desde la Foresta Umbra, uno de los bosques más antiguos de Europa, en el corazón de la península del Gargano, para emular la ruta que solían hacer los cruzados en su camino hacia los puertos de partida a los Lugares Santos, desde la capilla del Arcángel San Miguel, junto a la tumba del rey Rotary de los lombardos en Monte Sant'Angelo, descendiendo hasta el nivel del mar para pasar por las capillas románicas de la desaparecida Siponto.

Finalmente nos acercamos también ese día al promontorio de Troia, pequeña ciudad, bastión levantado sobre una colina desde la que se domina toda la llanura del norte de Puglia, la segunda en extensión de Italia.


Sin turistas, bañada en el silencio del mediodía pero sin mucho calor, pudimos disfrutar en completa soledad de una de las más fantásticas catedrales románicas italianas, no tanto por su perfección sino por su maravillosa armonía, su exuberante decoración de influencias orientales y el sorprendente bestiario que está representado en su portada.







No sé cuánto tiempo pasamos sentados observando estas piedras. Mucho, como si no consiguiéramos fijar en la retina toda su belleza, todo su exotismo. Aún me parece poder estar allí si cierro un poco los ojos y hago el esfuerzo. Quizá es que aún quiero estar allí escuchando el silencio y el tiempo pasar, degustando aquella maravilla de bruschette y laticini que nos sirvió aquel chico tan amable en una vinoteca cercana, al frescor de la sombra, con los ojos aún estremecidos.


Sí, definitivamente esos han sido los momentos más especiales del verano. Y los recordaré una y otra vez, y harán sin duda más dulce la llegada del frío, de los días cortos, de la luz más frágil que llegará cuando se acerque el otoño.


(continuará)

24 de julio de 2008

De vuelta

Puerta lateral de la catedral de Troia, siglo XII (detalle).
Puglia, Italia.


De vuelta ya de vacaciones y con la cabeza aún demasiado llena de impresiones, me encuentro con el número de julio de la revista alexlootz, que publica en esta ocasión, entre otros como siempre interesantísimos textos y reseñas literarias, un cuento mío, Dulce anestesia, que ya subí al blog hace tiempo. Me hace ilusión, no sólo porque es la primera vez que algo mío sale de este espacio, sino porque lo hace en la revista que coordina Iñaki, que es alguien a quien aprecio mucho, una de las personas más interesantes y que más me ha aportado en el último año. Mi relato en el fondo ya lo conocéis, pero os animo a que entréis en su revista, porque siempre incluye cosas muy interesantes y todo en ella está sumamente cuidado.
De momento, eso es todo. Iré recomponiéndome para ir traduciendo aquí todo lo que los viajes que he hecho me han aportado, y poco a poco iré subiendo textos. De momento, un saludo a todos y buen verano a quien lo comience ahora.

21 de junio de 2008

21 de Junio


El sol comienza a hervir sobre la piedra del patio ya a primera hora de la mañana. Es el día más largo del año y Fran aún lleva el sueño sobre los pómulos. Se ha quedado solo y al regresar a casa, con la brisa de la noche, se ha entretenido y ha hecho perder sus pasos entre las calles del centro. Le cuesta trabajo encajar las decisiones, sobre todo se le hace difícil tener que marcharse y dejar la ciudad. Probablemente para siempre. Se querría quedar eternamente allí, detenido en la noche, habitando la espera. El amanecer, sin embargo, no tiene freno, y comenzará por clarear la oscuridad, pero trepará por las paredes sin remedio. Y Fran querría que la noche durase para siempre.
No le da tiempo de saborearlo, al llegar a casa ya la luz le ciega la retina. Los tres veranos anteriores se le derraman por las sienes y le aprietan fuertemente, como una prensa magnífica, en su cráneo: los bosques y el verde templado de las montañas, el aire entrando por la ventanilla del coche, su mano encima de su rodilla, la embriaguez de las rutas no previstas, las tardes de silencio y piel sobre la mejilla, las cenas eternas, inconscientes del mundo, todo ello corre veloz por la memoria. Y Fran querría que cabalgasen lejos, que no le visitaran más.

Un par de pájaros cantan insistentemente y la tierra, justo en ese instante, llega al extremo de su eje, y se desliza de nuevo hacia su nuevo rumbo. Sobre la tierra callada las piedras crujen en secreto. Se precipita el verano sin remedio.

Entonces, tras un ruidillo casi mudo, brota de repente el olvido, como un minúsculo germen que le crepita desde la garganta. Y Fran, por primera vez en semanas, siente un ligero alivio, como de un río que se aleja y que desliza en su superficie, en forma de infinitos barcos de papel, toda la tinta negra de la noche y de las preguntas inútiles. El sol empuja el calor sobre sus esquinas afiladas, y la flota de veleros se despide poco a poco. Comienza de nuevo la estación, y Fran empienza a respirar, y a limpiar hojas de memoria para el futuro. La vida sigue, piensa. Y sin saberlo si quiera, muda de piel en un instante.

24 de septiembre de 2007

La vida es puro teatro


Viajar con todo programado es perfecto cuando no te quieres perder nada... Sin embargo, nada puede igualar al placer del viaje impulsivo, inesperado y visceral... En principio nada hacía suponer que en nuestro recorrido Siciliano hubiese imprevistos ni lugares fuera de la ruta que ya habíamos trazado, recorriendo fundamentalmente el oeste de la isla. Quedaba para otra ocasión el oriente y sus ciudades monumentales, el impecable paisajismo de Taormina o la decadencia del mosaico arquitectónico de Siracusa.

Sin embargo, uno de mis sueños fue siempre viajar hasta la ciudad de Noto. No sabría decir muy bien por qué. Algunas de las cosas que había leído sobre Sicilia tuvieron (curiosamente) que ver con esta ciudad. Y siempre he querido imaginarme en el escenario de esa Noto (de la que por otra parte tampoco tenía muchos referentes visuales) el lugar perfecto donde desarrollar esa especial capacidad siciliana para el drama.

Así, en una mañana calurosísima de Julio, rozando los cuarenta grados junto al mar y comprobando que la visita del Valle de los Templos de Agrigento había terminado relativamente pronto (pues debido al calor la habíamos comenzado tempranísimo), nos vimos en la tesitura de elegir entre una sobremesa de playa y chiringuito, o una idea que de repente se nos cruzó por la cabeza: Hacer un esfuerzo kilométrico e ir hasta Noto, una de las ciudades que más pena me daba no visitar en nuestro viaje. No lo pensamos mucho, la verdad. Y ni las dificultades de la carretera, ni los imprevistos (un incendio del que salimos "pitando" y a la siciliana, un rebaño de cabras cortando el camino, una autovía inexistente pero diseñada sobre nuestro plano, etc) ni la previsión de calor asfixiante, ni el denso tráfico nos hicieron retroceder. A cada kilómetro, a cada dificultad, nuestras ansias de llegar a la ciudad aumentaban como una espuma imparable.
Al fin, a media tarde, llegábamos a una de las más bellas ciudades del Barroco Siciliano.

Como muchas de las ciudades del oriente de la isla, gran parte de la arquitectura de Noto también nace de la destrucción del gran terremoto de 1693. Pero si bien en lugares como Catania o Ragusa, la reconstrucción dio lugar a hermosísimos y notables ejemplos de un excelente barroco, en Noto, el terremoto dio lugar a una ciudad completamente nueva.
Esto es importante a la hora de enfrentarse a esta ciudad. Saber que existe una Noto Antica, que quedó arrasada por el seísmo, y que fue abandonada poco a poco, a pesar de la resistencia de sus habitantes para trasladarse a una nueva y moderna ciudad del siglo XVIII, creada de la nada en la terraza de una colina, pero a nada menos que 12 kilómetros del emplazamiento original, y diseñada bajo las pretensiones oníricas de los gobernadores borbónicos que pretendieron crear algo quizá grande, excelso, exuberante... Me temo que lo consiguieron.

Los arquitectos Rosario Gagliardi y Vincenzo Sinatra construyeron una ciudad al gusto de la época y del carácter de sus habitantes, a lo largo de un eje principal y tres plazas que alternan conventos, palacios, iglesias y monasterios. La ciudad finalmente es como un gran escenario teatral donde desarrollar el drama de la vida.
El equilibrio del conjunto es asombroso, no sólo porque está diseñado como un todo donde la calle y su desarrollo son los elementos arquitectónicos principales y no los límites del mismo, sino porque estos artistas siguieron en sus diseños un arcaísmo que ligaba sus edificios más con el siglo XVII que con el rococó XVIII, lo cual los dotó de una contención expresiva que consigue transformar el con frecuencia recargado barroco en un más allá del renacimiento en el que cada pequeño rincón, cada espacio, alcanza cotas de clasicismo de una belleza y una armonía impecables.


Llegamos a la ciudad con más de cuarenta grados a la sombra, pero eso no importaba. Su belleza limpia y serena brillaba aún más con el sol de la tarde, ya que los edificios están construidos de una piedra naranja que se deja mimar por esa luz tan especial. Por contraste, el exceso corresponde a los palacios en los bajos de sus balcones, donde los artistas recrearon de manera incisiva y exuberante, todo un universo de submundos fantásticos que nos observan desde las alturas.



Noto es la horma del "zapato" siciliano, el escenario perfecto en el que uno imagina dramas humanos, exageradas pasiones, dramáticos avatares. Un escenario que va un paso más allá de aquella representación de ciudad ideal que Scamozzi ideó para el maravilloso Teatro Olímpico de Vicenza. Un paso más allá que convierte en real y tangible lo ideal. Cuando uno llega al Teatro Olimpico desearía penetrar por el escenario y sentirse dentro de esa ciudad de perspectiva ideal, pero lamentablemente aquello no es más que una ilusión, un escenario, un trompe d'oeil, un reflejo de teatro dentro del teatro.
Pero cuando estamos en Noto es como si uno atravesase un espejo y nos encontrásemos que al otro lado de repente estuviese la ciudad ideal, y la perspectiva se transformase en algo tangible, un lugar donde pasamos a ser protagonistas de la escena.
La magia del teatro quizá esté en ser representación, símbolo, non-dit. Y Noto es, sin embargo, no un sustituto del teatro, sino la misma teatralización de la vida dentro de un escenario envolvente y teatral como pocos en el mundo. Una Atlántida creada en vez de destruida: al contrario, surgida de la tierra y de la destrucción misma de la Naturaleza para servir de molde a una forma de vida marcada por la intensidad de la emoción, el gesto exagerado y una existencia grandilocuente incluso en este minúsculo rincón de una isla dentro de un mar lleno de voces e historias milenarias.



La emoción me latía en cara mirada, en cada calle que subí, en cada plaza en la que me sentí en un escenario, casi vomitando las historias que me recorren, dejando que adoptasen el fondo perfecto de los espacios barrocos de Noto... Allí se quedaron, de alguna forma, bañadas en una luz que me tranquiliza recordar. Sí, tranquilo me quedé, sosegado, con ese efecto como de droga del final de las tardes de calor, sobre las aceras hirvientes de Noto, anonadado ante la elegancia incomprensible de una forma de vida con la que no me identifico (¿o sí?), pero que supongo que tiene mucho más de lo atávico que hay en mí de lo que puedo entender.
Sí, me quedé confuso y embriagado. De belleza y palabras, de luz y de espacio, de drama y recuerdos... Y es que la vida, me temo, es puro teatro.

21 de septiembre de 2007

Finales de Septiembre


21 de Septiembre, inicio oficial del Otoño. Este año ha querido la Naturaleza vestirlo oficialmente de lo que se supone, es decir, de lluvia.
Una lluvia que cae hoy torrencialmente sobre Madrid, con la fuerza de quien querría quizá lavar la memoria de un verano extraño y templado, lleno de silencios y vacíos, de pensamientos y reflexiones de esos que se quedan al margen. Un estío circundado de márgenes curvos y vertiginosos. De personajes nuevos y de cariños recién estrenados, que no se despegan de la terraza, porque se sienten muy a gusto allí. De otros renovados, los de siempre, a quienes el sol y el ritmo lento junto a las piedras o junto al mar, sientan tan bien.
El otoño llega siempre cargado de planes, de olor a nuevo, de hojas secas y colores que se apagan. Pero también de rutinas y pasillos, de lluvias y grises durante la semana, de rutas retomadas y sueños que vuelven a brillar sobre el ocre de los atardeceres. El primer paso está dado, no hay vuelta atrás, pero mi último pensamiento se queda mirando hacia el verano, hacia el Mediterráneo detenido en el pensamiento, hundido en un hedonismo que no entiende de estaciones, y que modela día a día una idea de belleza y tiempo que me transporta a todos esos lugares del Mare Nostrum donde he sido feliz, donde seré feliz.
Antes de pisar el Otoño, por favor, dejadme que me pierda en ella, dejadme que me pierda en Eleftheria, rodeado de ardor y silencio, de sol multiplicado y grillos que no duermen.

17 de septiembre de 2007

Mar desatado


Se va despidiendo el verano poco a poco. El termómetro va descendiendo muy despacio, casi sin que nos demos cuenta. Los días decrecen y la noche gana terreno. Despiertan las tardes frescas de Septiembre, y la luna gana cuartos al invierno, y me mira pálida, como si lo supiese todo. Y las mareas se desatan al galope. Sin saber por qué, todo el calor del estío me escuece dentro, y siento ganas de desbocar la marcha de mis dedos, y perder la mirada más allá del infinito. Un mar que me ha faltado este año para purificar el borde de mis aristas, que cortan más que nunca. Sal y magnetismo acuático sobre los pies. Y parece que voy a volar hacia ninguna parte, desatado en placer de orgasmos secretos, de pieles anónimas que me acechan tras cada minuto oscuro. Y el mar, desde su lejana cueva, tira de mí, me arrastra, me cubre de vacío y de vértigo. Más allá del mar no hay razones, más allá del mar no hay azul, ni estrellas, ni velas... más allá del mar sólo hay mar. Mar que viene y va, que se enfurece y se limita de espuma para no morir. Mis pies quieren morir en su orilla, pero tan sólo lo escucho, bajito, enmascarado de Mozart. ¿Lo escuchas?

5 de septiembre de 2007

Volcanes Subterráneos


Han pasado casi todos los días de verano. Aquellos primeros titubeantes, llenos de imágenes y sol por estrenar sobre la piel. La extrañeza de sentir lo inevitable de la ingravidez con la que dejamos la rutina despacio, casi como si nos costase despegarnos de ella. Y se va haciendo más leve, casi imperceptible. Hasta que caminar desnudo se convierte en algo que no se percibe apenas. Ir aligerando el peso de nuestra ropa, tomar conciencia de la voluptuosidad propia. Ir contando noches que son las más cortas del año, pero que se alargan hasta el alba, ebrios de vida y ebrios de olores y de cuerpos que se entregan... Miradas que se acumulan en una tarde que no se extingue jamás. Deseos que brotan y caen como en cascada, errando su camino o lamiendo con furia los dedos amados. Minutos que no existen, interminables silencios de sol y de grillos en la noche. Cielos que se desploman sobre el estómago, y nubes de distancia que no encuentran palabras para salir...
Y ahora, cuando ya casi comienza la inevitable cuenta atrás, la curva de los días dibuja poco a poco el tono casi otoñal de algunas tardes y la ceguera súbita del hedonismo se va durmiendo entre nuestros cabellos, como si en su reino de piedras agostadas ya lo hubiesen olvidado, sustituido por nuevos e impecables libros de texto que hay que escoger y forrar cuidadosamente, con ese olor penetrante del plástico que los envolverá.
Es un secreto que día a día el vientre se llenó de aire sin sonido, de árboles que crecieron sin control, arañándolo todo, de ríos de palabras que caían unas sobre otras, ensartadas en las ramas frescas del recuerdo, de noches erradas sin aquel aliento que no olvidan mis sentidos, de espinas que me cosquillean, pero que no existen. Todas han ido trayendo este silencio en mis manos, y en mi habitual exceso... Falta virtual de inspiración, lo he llamado.
Fin de agosto, principio de septiembre. Nuevas hojas y sueños que sumar, aunque dentro todo sea confusión de lava que permanece callada, pero que va a terminar huyendo como el viento, abrasando todo aquello que alcance, quebrándose el metal candente en los oídos, crepitando el fuego infinito sobre los párpados, con la única mirada cómplice de las salamandras, que siempre lo supieron todo. Antes de que te traiga el viento, el volcán ha comenzado a hablar...

27 de agosto de 2007

Mi manchi.


Surgiste de las palabras y de una forma especial de ver el mundo. Y a golpe de canciones de Mina y recuerdos italianos te hiciste un hueco grande en mi corazón, aunque no quisieras contestarme. Después vinieron las conversaciones interminables interrumpidas por la ducha, las frases secretas, las horas de noche compartida, y finalmente, tu sonrisa que me llegó como un torrente en puro invierno, cuando tiritaba aquel coche sobre el asfalto frío. Y así hemos seguido tiritando con nuestra amistad quizá arrebatada, pero inequívoca, de esas que uno sabe que van a durar y a seguir creciendo.
Las palabras nunca han faltado, ni las noches de confidencias y abrazos. La sonrisa tampoco, siempre has sido un mago para eso. Cercano como nadie sabe serlo, impulsivo y auténtico, un sabio de amistades y de cercanía. Porque sabes ser tan cercano sin necesidad de demostrarlo, que es siempre especial estar contigo. Por eso estos días han sido como un sueño, como un bálsamo en este verano extraño...
Mi manchi, caro... e come!
Un bacio grosso, amore... Per il tuo sguardo, per il tuo sorriso, per la tua presenza... Per tutti i tuoi baci e i tuoi abbracci.

Cantiamo insieme?? Dai, dai...

21 de agosto de 2007

Propuestas de verano.

Después de la poesía y las palabras, un paréntesis para respirar entre noches de insomnio y tardes de sonrisas con h. Y la necesidad de que también el verano responda a sus tópicos y me empuje a querer perderme en la noche y el desenfreno... ¿Quién se apunta?? Hagamos semana loca.
Me encanta este vídeo, tiene mucho más de mí de lo que muchos podrían creer...

14 de agosto de 2007

La belleza de la brevedad


Son las flores de los cactus de mi casa. Nacen como un tallo terminado en un pequeño bulbo que se eleva por encima del cuerpo. Durante muchos días va creciendo y engrosando, irguiéndose hacia el sol poco a poco. De repente un día se abren. Tan súbitamente que si uno es cuidadoso y acontece que esté cerca, casi puede escuchar su corto crujido al hacerlo. Se abren, y son así de bonitas. Pero (alegorías de la naturaleza) tienen una breve existencia... Tan sólo unas horas. Menos de un día y ya se mustian, se doblan y caen, ya cerradas, sobre las espinas de su madre.
Ayer noche, se abrieron cinco a la vez. Ya estaba oscuro y ni la lluvia de las Perseidas ni la tenue luz de mi terraza fueron suficientes para poder contemplarlas bien... Es duro que su belleza sea tan breve. Quizá por ello su esplendor es tan radiante, tan blanco, tan tentador.
Es un blanco que me ha acompañado toda la mañana, aunque no haya sido hasta esta tarde en la piscina cuando me he dado cuenta que no les he prestado atención a la hora de la comida. Ha sido al ver el horizonte de nubes espesas que se cernían sobre la sierra, como presagiando algo. Eran tan blancas que me han hecho recordar la belleza de las flores de mis cactus. Eran también extrañas y voluptuosas, como las horas de este verano que nos visita: ardiente sin ser tórrido, procaz, pero de manera velada. Un verano que ha entrado sigilosamente, fragmentando rutas y deseos, barajándolos a su antojo para trazar un mapa de sigilo y estupor, de confusiones frente a las señales, de pérdidas impalpables y encrucijadas que pasan desapercibidas. Mientras, las salamandras, las únicas que lo saben todo, observan desde el borde. Me observaban a mí también, antes de zambullirme, como sonriendo, como susurrándome mientras trepan por los muros acariciando sus pieles opacas.
Splash...
La masa de agua siempre me protege y me acaricia, como dedos de sirena dispuestas a besar la extrañeza que se disuelve lentamente bajo mi piel.
Entonces ha surgido de la superficie, rasgando la onda que su brazo levantaba al nadar. Lo hacía rápido, maquinalmente, como sin respirar. Al detenerse a dar la vuelta me ha mirado un segundo, con fijación, como intentando llegar al fondo de mi pensamiento. Y entonces ha ido hasta el final, nadando sin tregua, y ha vuelto. Y al girar de nuevo, me ha vuelto a clavar el fondo de esos ojos oscuros. Y yo he comenzado a nadar también, desorientado, atolondrado entre la espuma de los bañistas, y él que surcaba el perímetro como una flecha, que dejaba exponer su piel sólo un instante a mi mirada, que me perseguía una y otra vez, que me devoraba con sus dedos breves mientras abrían el agua. Y yo que me dejaba perseguir, aún en la extenuación.

Cuando he salido todo me daba vueltas. Al caer sobre la toalla, el cielo parecía acercarse peligrosamente. He sentido todo moverse, como si la tierra girase más veloz que nunca. Me he agarrado con fuerza al césped, como para no caer de este verano que me sacude cuando menos lo espero. Entonces lo he visto, saliendo del borde sobre sus brazos, despacio, tan despacio que detenía el aire a su paso. Y se ha dirigido a la ducha, abriendo con un impulso rápido el grifo, hasta el final. Y la lluvia de finísimos y potentes hilos ha caído sobre su piel, y al estrellase en ella ha levantado una gran nube de agua ingrávida que le ha borrado un instante. Entonces, el mismo viento caprichoso que sigue reteniendo las nubes (observo que comienzan a ser negruzcas) la desplaza suavemente hacia mí, rozándome apenas. Y yo la veo pasar. Y es todo como en un sueño, como en una película. Y al pasar él junto a mí, el frescor de su cuerpo perfecto me invade, pero su mirada me abrasa, y yo siento que me mareo. Una vez más. Y debo agarrarme al césped de nuevo, porque todo se inclina. Porque su mirada no es sólo su mirada, son todas las miradas. Son todas esas palabras forradas de silencio de estas semanas, y es tu mirada esquiva y tu mano sobre los labios, como distraída, y es tu miedo y el mío, y ese tren que partió sin mí, y es tu abrazo fuerte y todas esas caricias que no he llegado a darte, porque mi mano se paraliza.
Y entonces todo da más y más vueltas. Y ya ni el césped evita mi vértigo... De repente, me acuerdo de mis flores, a punto de marchitarse. Y algo me dice que necesito huir rápido, que debo cruzar la ciudad salpicada de sombras y correr hasta ellas. Correr como si huyese. Igual que si huyese de este verano raro del que en realidad estoy prendado. Llego aún con la prisa sobre los dedos, con el temblor en la mirada y en las sienes. Y ahí están, breves y perfectas, blancas, bellísimas justo antes de morir, reservando su última perfección para mí. Y así, sin saber entender porqué tiene que ser así, me quedo frente a ellas, pensando que me gustaría poder detener el tiempo para que no se acabasen, para que no se acabase nunca este verano, para que nunca dejasen las rutas de esconderse, y nosotros de perder la consciencia de ellas y entregarnos a lo efímero desde la eternidad.

12 de agosto de 2007

Piedras Naranjas


Habla la Consoli en esta canción compuesta por Goran Bregovic de lo difícil de la inclinada cuesta del abandono. De cómo la vida nos entrega riquezas y miserias y ambas son indisolubles, del olvido como remedio a la impotencia... Palabras en las que no termino de creer. Porque en el fondo nunca se olvida lo que te construye, lo que te cambió o quien te hizo tocar la eternidad.
Y aunque ella diga que un viento cálido anuncia siempre el despertar de tiempos mejores, a mí el viento cálido me devuelve también siempre a un recuerdo cada vez más sano y del que soy consciente de que no deseo borrar porque, a su manera, también me hace bien.

El Mediterráneo, de alguna forma, es un poco el abandono. El abandono del vestigio que nos une a lo que somos. Porque en el Mediterráneo están gran parte de nuestras raíces culturales e intelectuales. Por eso me gusta acercarme en verano a esos sitios en los que lo que queda de ese pasado parece querernos hablar. Para imaginar entre piedras caídas una existencia que quizá olvidé, pero que siento que me habla cuando en silencio las toco y las escucho. Ahí está Ovidio en cada esquina, imaginando lo que sigue repitiéndose una y otra vez transformado y metamorfoseado desde entonces: personajes, dramas, dilemas, tentaciones, traiciones... Y sólo tocando las piedras, mirándolas, en ese inevitable y aristotélico acto, consigo alcanzar ese íntimo placer de entender la intensidad de la vida.
Por eso, este verano, más allá de visitar de nuevo mi adorada Italia, de hablar su lengua y mezclarme con sus gentes, más allá de contemplar la maravilla del Barroco Siciliano o de su abrupta costa noroccidental o de subir a sus escarpadas y pintorescas villas, necesitaba llegar a sus piedras. A todas esas piedras de los pueblos antiguos del mediterráneo que la poseyeron, que hicieron de ella su hogar y el reino de sus deseos, y que también a muerte la defendieron, entre tierras de profundo amarillo y verdes desiguales, intensos de las viñas y pálidos de los sabios olivos ancianos. Entre ellos, sin duda, destacan los griegos, que desde que en el año 734 antes de cristo establecieran allí su primera colonia en lo que hoy es Giardino Naxos, convirtieron esta isla paradisíaca del Mediterráneo en su sueño dorado. La Magna Grecia llegaron a nombrarla.
Y la isla, que ha visto pasar pueblos e identidades durante siglos y siglos como en pocos lugares del mundo, no ha dejado de olvidar aquellos bellos helenos que levantaron templos y palabras, sueños y belleza. Aquellos que sin embargo debieron olvidar allí la blancura impoluta de la piedra del Egeo, y entregarse a ese naranja, bellísimo también, de la tierra siciliana. Un naranja que sobrecoge al atardecer, que te llena de su esencia y te acompaña para siempre. Sicilia ha cuidado tanto estas piedras que quizá sea aquí donde podemos encontrar los más completos y cuidados restos arqueológicos del mundo griego... qué curioso.

He recorrido la mayoría de ellas este verano. Casi todas me han gustado, por su poder de evocación, por su belleza, afilada y abundante a pesar del calor que siempre cayó a plomo sobre nosotros. Sin embargo, sólo las ruinas de Segesta consiguieron conmoverme.

Quizá por esa sensación aguda de abandono que que se transforma en eco. Porque está ubicada lejos de la civilización e incluso ni en verano está abarrotada de turistas. Porque en ella hay silencio. Porque su templo está inacabado y nunca se llegó a terminar, como asumiendo la belleza de la imperfección, como susurrando que la belleza absoluta duele bajo la piel. Porque su teatro tiene una de las ubicaciones más melancólicas que jamás he visto, mirando hacia colinas de verde y amarillo, como sobrevolando el mundo.


Me senté a admirar el templo desde su parte trasera, la que da sobre un elevado precipicio desde el que Agathocles, una vez los Cartagineses hubieron conquistado la ciudad tras casi cien años de intentarlo, arrojó a unos 8.000 habitantes de la misma en el curso de tres días. Una colonia de grajos parece querer, aún hoy en día, recordar aquella tragedia. La destrucción y la crueldad, como siempre, han sido indisolubles a la civilización y a la belleza en la antigüedad. Ahora, desde que en el siglo XIII los árabes decidieran abandonar la ciudad, sólo queda eso, abandono.



A pesar de todo, una extraña paz se respiraba allí. No sé... me quedé muchos minutos. Las voces de aquellos ya no se escuchaban. De repente, comencé a escuchar aquella otra, que me hablaba de distancia y deseo, de isla y de intensidad. Y aquel sol de la tarde que descendía, y me llenaba de luz anaranjada, y de palabras que siguen flotando siempre en el aire del atardecer. Y recordé el invierno y el olvido, y el silencio que guarda palabras secretas. Y entonces todo comenzó a precipitar sobre el Mediterráneo.
Desde Madrid, miro cada tarde a la ventana, esperando que lleguen las piedras. Deben haber equivocado ruta. Sin duda vuelan hacia su casa en el oriente.

"Ma un vento caldo annuncerà il risveglio di tempi migliori
Ma un vento caldo plasmerà il rigori di spietati inverni..."

30 de julio de 2007

Distancia y recuerdo

A veces, uno siente que debe perderse para poder olvidarse de algunas cosas. Abandonar el lugar donde vive habitualmente y buscar otro escenario que lo llene todo, que no deje espacio, por pequeño que sea, para el recuerdo. El sur, el norte, el mar, la montaña... han sido desde siempre lugares a los que escapar, en los que refugiarse, en los que aislarse...

Sólo que, inevitablemente, el recuerdo camina siempre con nosotros. Porque forma parte de nuestro ser. Y camina de puntillas, detrás de la mirada, agazapado. Hasta que un sonido, un color, un rumor de árboles, el sabor de una cereza madura o de un vaso de agua de manantial, de repente, sin saber por qué, lo despierta...Y luego vuelve a amansarse, quizá no. Pero camina con nosotros. Y no hay desierto que lo borre, huracán que lo aleje, o tormenta que lo deshaga. Ni el sur más tórrido, ni el silencio de las columnas antiguas. Ni el mar, insultantemente azul, ni las montañas mordiendo el mismo cielo.
Nada. Del mismísimo vacío surgirá y conquistará su terreno en la blandura de nuestros labios.
Así, en aquella tarde apagada, en el destierro de un mapa roto, sin margen ni escala, cuando te vi mirar a ninguna parte, cuando te llevaste los dedos hacia la boca para sellar tu latido, cuando finalmente se humedecieron tus ojos... recordé aquellos otros, salvajemente hundidos en el recuerdo de aquel, aquel primero, del que jamás volvió a saber. Aquel cuyo nombre la cantante, descalza, cantaba en el escenario con una voz que entristecía hasta a los pájaros.

17 de julio de 2007

El sueño de una noche de verano.



See, even the Night herself is here
To favour your design,
And all her paceful train is near
That men to sleep incline.

Y se hizo la primera noche tibia del verano. Y el viento, imperceptible, pasó a levantar el recuerdo sobre nuestras pieles. Mas, qué extraño, era un recuerdo de algo que no había sucedido, que tal vez no llegase a suceder... Y sin embargo comenzaba a latir debajo de la piel como si quemase las venas, como si quisiese salir del cuerpo y gritar y evaporarse y soplar hasta las montañas frías y hasta el mar. Y un ejército de salamandras ha partido en busca de los sueños que se nos escapan por los dedos. Y serpentean en la noche, con su lengua ávida de ingrávidos secretos, de luz que no ciega, de vino que deshoja la muralla. Y detrás de cada cola que susurra en la pared, olvidada en su caza, van los animalitos perdiendo trozos de sombra, de sombra oscura que se nos clava en las manos, y en las esquinas de los ojos.
Y cada noche que se detiene el viento del norte, cada noche que el viento tibio de las salamandras invade la calle, despiertan todas esas sombras, y dejan de serlo un instante, para tener nombre -un nombre pequeño-, para tener mirada y para ser sólidas sobre las pestañas, bajo las sábanas, enredadas en las almohadas.
Y entonces, de repente, caminamos por la calle silenciosa, juntos. De repente, rozándonos un instante el sortilegio, sabemos que cualquier cosa, cualquiera, puede suceder esa noche. Olvido, encuentro, palabras a quemarropa, silencio, desenfreno...
Pero las sombras retornan, y desaparecen si no las tomamos. Hay que estar atentos, antes de que la noche de agosto deshaga los hilos a fuerza de estrellas que precipiten, antes de que los instantes para decidir se acaben, antes de que el frío viento del norte se sitúe ya detrás de la puerta y nos susurre por las noches, para espantar el hechizo de la reina de la noche.


OBERÓN
Muy bien, vete. De este bosque no saldrás
hasta que te haya atormentado por tu afrenta. –
Mi buen Robín, acércate. ¿Recuerdas
que una vez, sentado en un promontorio,
oí a una sirena montada en un delfín
entonar tan dulces y armoniosas melodías
que el rudo mar se volvió amable con su canto
y algunas estrellas saltaron locas de su esfera
oyendo a la ninfa de los mares?
ROBÍN
Lo recuerdo.
OBERÓN
Aquella vez yo vi (tú no podías),
volando entre la fría luna y la tierra,
a Cupido todo armado. Apuntó bien
a una hermosa virgen que reinaba en Occidente
y disparó con energía su amoroso dardo
cual si fuera a atravesar cien mil corazones.
Mas yo vi que los castos rayos de la luna
detenían la fogosa flecha de Cupido
y que la regia vestal seguía caminando
con sus puros pensamientos, libre de amores.
Observé en dónde caía el dardo:
cayó sobre una florecilla de Occidente,
antes blanca, ahora púrpura por la herida
del amor. Las muchachas la llaman «suspiro».
Tráeme esa flor: una vez te la enseñé.
Si se aplica su jugo sobre párpados dormidos,
el hombre o la mujer se enamoran locamente
del primer ser vivo al que se encuentran.
Tráeme la flor y vuelve aquí
antes que el leviatán nade una legua.
ROBÍN
Pondré un cinto a la tierra en cuarenta minutos.
[Sale.]
OBERÓN
En cuanto tenga el jugo
esperaré a que Titania esté dormida
para verter el líquido en sus ojos.
Al primer ser vivo que vea cuando despierte,
sea un león, un oso, un lobo, un toro,
el travieso mono, el incansable simio,
lo seguirá con las ansias del amor.
Y antes que yo quite de sus ojos el hechizo
(y puedo quitárselo con otra planta),
haré que me entregue su paje.

William Shakespeare.

1 de febrero de 2007

Ejercicios anti-invernales

Disfrutar del poder benéfico del sol templadito en estas fechas en las que lo gris y el frío, la ausencia de luz y su apariencia estrecha dominan corazones y ánimos, no es siempre un ejercicio al alcance de cualquiera. Y para mí, gran afectado de estas cuestiones, debería ser un bien de primera necesidad. Esta mañana me entraba el frío por la abertura del abrigo y entre los dedos de mis manos sin guantes (por qué diablos pensaría yo que no hacía tanto frío??). Se me hielan las orejas y los labios, y el viento afilado me entorpece el caminar por la calle...
A falta de poder chasquear los dedos y trasladarme a otras latitudes donde, por mucho que mi razón tenga dificultades para asimilarlo, en este mismo instante el verano toma lugar en la más tórrida de sus expresiones, yo llevo a cabo un apaño más peregrino.
Es curioso cómo podemos perder la conciencia de la existencia del verano cuando pasamos por estas fechas de días cortos y fríos... pero así es. Sucede, en este mismo instante, al otro lado del globo. Pues, como les decía, a falta de apoyo financiero que me permita vivir (aparte de sin trabajar) viajando continuamente en búsqueda del tiempo veraniego, debo conformarme con el sucedáneo de mi propia y poderosa capacidad de sugestión, alimentada por mi menos poderosa, pero vehemente memoria de veranos mediterráneos... Lo malo es que también me sucede al contrario: en esos días de calor robados al hedonismo de, pongamos, una playa en el mar Egeo, o una colina sobre el Adriático, me suelen venir a la mente con la extrañeza (la misma) de la razón para asimilar la existencia contemporánea de una realidad así, esas imágenes del invierno y los abrigos, las bufandas sobre la cara, el frío en la piel... ¿por qué será? y es que confieso que me gusta pensar con frecuencia en situarme en ese otro momento futuro y diametralmente opuesto del año, en el que estaré pensando en éste mismo. ¿Simple mecanismo mental para inmortalizar la experiencia en el recuerdo o masoquismo conceptual?
A mí, ayer tarde, en la casualidad de toparme en mi terraza con el sol que se ponía, y dejaba una luz extraña y anaranjada, sin saber por qué, se me vino a la mente aquella pequeña bahía desierta en la que atracamos, hace ya tres veranos, en la costa de Turquía. Cómo estábamos casi solos en ella. Y cómo aquella puesta de sol, olímpicamente lenta y ambarina, nos dibujaba el placer en las miradas, y en las respiraciones. Y cómo lo prueban aquellas fotos llenas de felicidad y amplias sonrisas, viradas al naranja del sol eterno del mediterráneo oriental, que corrí a mirar justo después. Y cómo aquella noche, en el silencio de aquel vericueto de mar lleno de ecos de Grecia, la escuchamos, y bailamos sobre la cubierta del barco, frenéticamente, febrilmente, como con todo lo que ella canta: con pasión y elegancia, con ritmos de un oriente embriagador, inspirador... Les dejo con ella, con Eleftheria Arvanitaki, una de mis musas. Muévanse con su voz. De seguro hallarán la luz del sol y la sal del mare nostrum, como adheridos repentinamente a sus pieles.
(aquí tienen el enlace al texto que escribí el año pasado después de su concierto en Madrid en Mayo)