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22 de marzo de 2008

Y llegó...

Inflexible como un mecanismo de reloj de precisión.
Como lo que es, Naturaleza perfecta y desolada. Y aunque soplen hoy los vientos que afilan la piel y me turben las miradas sobre las nubes vertiginosas, y aunque se atropellen bajo la retina las horas azules de un invierno que no existió, que jamás debió existir, -y sin embargo lo hizo- es imparable ya el descenso al verano, a las horas perdidas, a la voluptuosidad de la noche y de los deseos sonámbulos. El silencio queda atrás, la escarcha, las manos frías, la ausencia y las noches derritiendo la acera con los pasos secos de nuestros zapatos. Escucho ya el Mediterráneo y los grillos romper la noche. En el fondo lejano del viento ya te escucho... voy hacia ti.

Feliz Primavera.

21 de septiembre de 2007

Finales de Septiembre


21 de Septiembre, inicio oficial del Otoño. Este año ha querido la Naturaleza vestirlo oficialmente de lo que se supone, es decir, de lluvia.
Una lluvia que cae hoy torrencialmente sobre Madrid, con la fuerza de quien querría quizá lavar la memoria de un verano extraño y templado, lleno de silencios y vacíos, de pensamientos y reflexiones de esos que se quedan al margen. Un estío circundado de márgenes curvos y vertiginosos. De personajes nuevos y de cariños recién estrenados, que no se despegan de la terraza, porque se sienten muy a gusto allí. De otros renovados, los de siempre, a quienes el sol y el ritmo lento junto a las piedras o junto al mar, sientan tan bien.
El otoño llega siempre cargado de planes, de olor a nuevo, de hojas secas y colores que se apagan. Pero también de rutinas y pasillos, de lluvias y grises durante la semana, de rutas retomadas y sueños que vuelven a brillar sobre el ocre de los atardeceres. El primer paso está dado, no hay vuelta atrás, pero mi último pensamiento se queda mirando hacia el verano, hacia el Mediterráneo detenido en el pensamiento, hundido en un hedonismo que no entiende de estaciones, y que modela día a día una idea de belleza y tiempo que me transporta a todos esos lugares del Mare Nostrum donde he sido feliz, donde seré feliz.
Antes de pisar el Otoño, por favor, dejadme que me pierda en ella, dejadme que me pierda en Eleftheria, rodeado de ardor y silencio, de sol multiplicado y grillos que no duermen.

1 de febrero de 2007

Ejercicios anti-invernales

Disfrutar del poder benéfico del sol templadito en estas fechas en las que lo gris y el frío, la ausencia de luz y su apariencia estrecha dominan corazones y ánimos, no es siempre un ejercicio al alcance de cualquiera. Y para mí, gran afectado de estas cuestiones, debería ser un bien de primera necesidad. Esta mañana me entraba el frío por la abertura del abrigo y entre los dedos de mis manos sin guantes (por qué diablos pensaría yo que no hacía tanto frío??). Se me hielan las orejas y los labios, y el viento afilado me entorpece el caminar por la calle...
A falta de poder chasquear los dedos y trasladarme a otras latitudes donde, por mucho que mi razón tenga dificultades para asimilarlo, en este mismo instante el verano toma lugar en la más tórrida de sus expresiones, yo llevo a cabo un apaño más peregrino.
Es curioso cómo podemos perder la conciencia de la existencia del verano cuando pasamos por estas fechas de días cortos y fríos... pero así es. Sucede, en este mismo instante, al otro lado del globo. Pues, como les decía, a falta de apoyo financiero que me permita vivir (aparte de sin trabajar) viajando continuamente en búsqueda del tiempo veraniego, debo conformarme con el sucedáneo de mi propia y poderosa capacidad de sugestión, alimentada por mi menos poderosa, pero vehemente memoria de veranos mediterráneos... Lo malo es que también me sucede al contrario: en esos días de calor robados al hedonismo de, pongamos, una playa en el mar Egeo, o una colina sobre el Adriático, me suelen venir a la mente con la extrañeza (la misma) de la razón para asimilar la existencia contemporánea de una realidad así, esas imágenes del invierno y los abrigos, las bufandas sobre la cara, el frío en la piel... ¿por qué será? y es que confieso que me gusta pensar con frecuencia en situarme en ese otro momento futuro y diametralmente opuesto del año, en el que estaré pensando en éste mismo. ¿Simple mecanismo mental para inmortalizar la experiencia en el recuerdo o masoquismo conceptual?
A mí, ayer tarde, en la casualidad de toparme en mi terraza con el sol que se ponía, y dejaba una luz extraña y anaranjada, sin saber por qué, se me vino a la mente aquella pequeña bahía desierta en la que atracamos, hace ya tres veranos, en la costa de Turquía. Cómo estábamos casi solos en ella. Y cómo aquella puesta de sol, olímpicamente lenta y ambarina, nos dibujaba el placer en las miradas, y en las respiraciones. Y cómo lo prueban aquellas fotos llenas de felicidad y amplias sonrisas, viradas al naranja del sol eterno del mediterráneo oriental, que corrí a mirar justo después. Y cómo aquella noche, en el silencio de aquel vericueto de mar lleno de ecos de Grecia, la escuchamos, y bailamos sobre la cubierta del barco, frenéticamente, febrilmente, como con todo lo que ella canta: con pasión y elegancia, con ritmos de un oriente embriagador, inspirador... Les dejo con ella, con Eleftheria Arvanitaki, una de mis musas. Muévanse con su voz. De seguro hallarán la luz del sol y la sal del mare nostrum, como adheridos repentinamente a sus pieles.
(aquí tienen el enlace al texto que escribí el año pasado después de su concierto en Madrid en Mayo)

9 de mayo de 2006

Mare Nostrum

Priene, desembocadura del río Meandros, actual Turquía.


Una ola, dos, tres... Mil. Un millón. Mediterráneo. Esa agua que yo no me creo que entre, a través de Gibraltar, desde el Atlántico. No, tengo la sensación de que el agua en el Mediterráneo brota de un oscuro manantial submarino, y que quizá el espíritu de la Atlántida tenga que ver más con ello de lo que creemos. Desde mi sangre, siempre más sueva que bereber, siempre miré con escepticismo el Mediterráneo. Pero esa calma poética del Mare Nostrum conquista sin remedio, te atrapa, te envuelve en esas tardes naranjas de verano, en esos ocasos de pura belleza y éxtasis de los sentidos. La tierra que lo contiene, entre el parduzo de la piedra y el verde intenso de los pinos, me provoca esa ensoñación dulce de un art de vivre que me seduce, que me inspira esa intensa necesidad de volver, y volver. Tengo que confesar que cada año lucho por conquistar, casi con ahínco romano, por saborear, un palmo más de esta orilla que me subyuga, Y poco a poco he ido adentrándome en el oriente Mediterráneo, en un viaje personal hacia ese extraño Oriente que sin embargo es la cuna de Occidente. Y escenario de la génesis de nuestra cultura, de mitos eternos para la Literatura, de referente para la Filosofía, para la Política, para la Arquitectura...
Por eso, anoche, cuando escuchaba estremecido a la gran Eleftheria Arvanitaki, ganándose a conciencia el fervor de un teatro que pone en pie cada vez que viene a Madrid, venían a mi memoria sabores, imágenes, sensaciones, que formaban ese rompecabezas imposible de la fascinación Mediterránea. Y, como en aquella deliciosa película de Salvatore Gabriele, también la seducción del amor, el peso de la sensualidad sobre mí, rodeándome, estremeciéndome.
Eleftheria destila tradición y coquetea con el pop, atreviéndose incluso a hacer un versión del Universo sobre mí de nuestros Amaral que resulta creíble y casi suya. Con elegancia (la que le sobra) y una fuerza que emana de un magnetismo personal que he tenido ocasión de comprobar hablando personalmente con ella. Porque esos ojos, que desde la butaca sólo se adivinan, llevan dentro una fuerza que proyecta sobre todo lo que toca. Maravillosa, sin estridencias a pesar del frenetismo a veces, honda, como cuando cantó su maravilloso "Parapono" y siempre entregada. Nos hizo un recorrido inverso de búsquedas, partiendo de sus canciones más comerciales, hasta sus raíces casi tribales, marcadas por la percusión, el clarinete bajo y el Bouzouki. Un ritmo que va penetrando en las venas y que me transportó, como una droga dulce, a esos despertares silenciosos del mar Egeo en verano, con el olor del yogur en el aire y esa sensación de que tierra e historia se despiertan tangiblemente en tus dedos, en tu piel. Y después, esa melancolía que queda, que te arrastra, como Eleftheria, de algo que no se sabe qué es, pero que golpea el corazón con la fuerza de las olas saladas, como en esa breve cancioncilla que a ella le gusta tanto cantar, e incluso repetir, como siempre que la veo hace, con la que cerró el concierto anoche... Ti Leipei
¿qué falta,
qué tiene la culpa
de que mi corazón llore?