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19 de septiembre de 2009

Creta, Grecia, Mediterráneo


No sé de dónde partió la idea de un viaje así. Una inexplicable conjunción de razones que por separado no deberían tener fuerza para mover a una elección así (Mediterráneo, gastronomía, memorias de viajes de amigos, ruinas, historia...) y que tampoco sé cómo fueron sumándose para convertirse en razón poderosa para elegir Creta como destino vacacional.
Reconozco que, a priori, poco más que las ruinas minoicas de Knossos tenía yo en mente con respecto a ella. Eso, y varios testimonios de amigos que siempre han hablado con entusiasmo de aquel lugar. Supongo que este último dato, cuando se trata de personas que comparten con uno criterios de viaje y placeres de la vida, es un potente aliciente.

Hacía años que quería ir a Grecia, era uno de esos países europeos turísticos que había ido posponiendo conocer. Las masas de turistas en verano, el calor, los precios, etc., siempre me habían hecho desecharlo. Pero Creta parecía ser un destino menos frecuente, más tranquilo y con un turismo más sostenible y racional. Eso me terminó de convencer. En cuanto empezamos a vislumbrarlo se me ocurrió que en una de las escalas de avión en Atenas, podíamos permanecer por un par de días para tener una primera impresión de una ciudad. Y así lo hicimos, a la vuelta.

Reconozco que es de los destinos vacacionales que menos me he preparado previamente. Lo cual, teniendo en cuenta que la fórmula que elegimos para recorrerla, como en otros años, era el coche alquilado con un par de bases en la isla para hacer excursiones de un día, nos hacía correr el riesgo de dejar cosas potencialmente importantes sin visitar. Pero en esta ocasión, me apetecía ir un poco a ciegas y que todo resultase nuevo. Un par de tardes leyendo la Rough Guide por encima y marcando puntos sobre un mapa con lugares que me atrajeron por alguna razón. Con esos puntos ya elaboraría las rutas una vez allí. A priori hay que ver cómo son las carreteras, lo que cuesta desplazarse, etc, para que hacer una ruta tenga algo de sentido.

En fin, que me vi montado en el avión, rumbo a Atenas, sabiendo poco más de la Isla. A Saber, que fue cuna de una de las evolucionadas civilizaciones mediterráneas, que se transformó posteriormente en una de las herederas de la cultura helénica... Vamos, la cuna misma de la cultura clásica, de la que somos deudores todo el mundo occidental. En el vuelo y la espera en Atenas, continué leyendo un poco más. Romana, Bizantina después, con un periodo de ocupación Musulmana de más de un siglo, y en posterior decadencia tomada por los Cruzados que terminaron vendiéndola a los Venecianos, los cuales la mantuvieron hasta mediados del sXVII en que fue conquistada por el Imperio Otomano. La ocupación turca no consiguió una transformación cultural completa, y a lo largo de su duración estuvo repleta de revueltas e intentos de desbancarlos del poder (en muchas ocasiones apoyados desde Grecia, por su evidente cercanía religiosa y cultural). Tras muchos intentos y avatares, la isla terminó uniéndose a Grecia al final de las guerras balcánicas de 1913. Pero tras esta larga y abultada historia de guerras y conquistas que produjo un continuado y triste ejercicio de destrucción del patrimonio, nada parecía prever que lo peor estaba aún por llegar. Y es que en la segunda guerra mundial, la isla se vio envuelta en uno de los episodios más duros de la contienda mundial. En resumen, podíamos prever que no nos íbamos a encontrar con ciudades monumentales ni con cascos antiguos conservados, como así fue.

No, lo que queda de patrimonio está bastante aislado. Alguna iglesia pequeña perdida en el campo, mezquitas reconstruidas, monasterios venecianos, palacios o logias aislados, casas otomanas o de principios del siglo XX, alguna pequeña zona de alguna ciudad que se conserva como antes de la guerra. Pero en general nos íbamos a enfrentar a ciudades feas y destartaladas, construidas después de la guerra y en muchos casos sin planificación, armonía ni encanto alguno. A pesar de saberlo, o de imaginarlo, el efecto inicial es fuerte. Pero la isla no tarda mucho en conquistarte, por su geografía recortada, por ese perfil costero retorcido que crea bahías, cabos, entrantes, perspectivas nuevas a cada kilómetro, mar y tierra en sus más variadas y complejas combinaciones. Y luego la rica orografía del terreno de esta isla profundamente montañosa, que crea valles, mesetas, llanuras y campos fértiles entre sus elevadas montañas. La isla, estrecha y larga, tiene una altitud media elevada y en cualquier lugar de su perímetro tan sólo hay que internarse un poco para subir a una altitud considerable, cuando no a una verdadera cima. Pero son sobre todo tres los grandes macizos montañosos que se agrupan a lo largo de la Isla, con montañas que superan los 2000m de altitud, haciendo que a veces la ruta escasa en kilómetros entre muchos puntos del norte y del sur se convierta en un camino difícil y tortuoso de recorrer, pero siempre satisfactorio gracias a las vistas siempre cambiantes y a la belleza de la abundante vegetación de las montañas cretenses o al sereno cultivo mediterráneo de olivos y vides de sus campos. Por otro lado, una geografía así podría dar a pensar que ésta es una isla con pocas playas y, en general, de roca, y lo cierto es que no es así. Las hay y muchas: grandes, pequeñas, de arena fina inmaculada o de piedras, llanas o recortadas por escarpados acantilados, y siempre bañadas por esa transparencia sin igual del Mediterráneo oriental.

Mientras en el norte existe una carretera que va más o menos paralela a la línea de costa, en el Sur de la Isla las montañas llegan hasta el mar de una manera mucho más dramática. Las carreteras llegan tan sólo a puntos concretos, pero sin estar conectados entre ellos, quedando los mismos bastante aislados y desconectados entre sí. En el suroeste insular, además, estas montañas forman cañones espectaculares que llegan hasta el mar de Libia (de entre ellos, el de Samaria es el más conocido, parque nacional protegido, que no vimos por el tiempo y la logística que hay que emplear en hacerlo, no sólo por lo que se tarda en recorrerlo sino por la necesidad de pernoctar en el pueblo que hay a su salida, una aldea en la que no hay apenas nada, o tomar un barco a otro lugar). Pero hay otros muchos, sobre todo en esta zona de la isla, aunque también en otras.

Supongo que en pocos días, entre el interés que nos iba creando las ruinas minoicas y las bondades del paisaje y del mar, fuimos cayendo poco a poco en el influjo de esta isla que nos ha quedado en el recuerdo como un viaje de los más especiales que hemos hecho. Sí, poco a poco, entre la música que nos acompañó en el minúsculo vehículo con el que hicimos las excursiones, la deliciosa gastronomía de la isla, los paisajes, el peso de la historia de cada lugar que veíamos... Y así Creta nos conquistó.

(El resto de la crónica la seguiré contando en la otra casa del volcán)



1 de agosto de 2009

Curiosidad que salva...

Me veo en las fotos recientes en Grecia y me doy cuenta de la energía que me ha dado este viaje, de cómo el ansia de descubrir, la necesidad de saber, de ver, de percibir, de experimentar, me han renovado por completo. Consciente de que esta necesidad es una clave de mi forma de estar en el mundo y de mi búsqueda de la felicidad. Un impulso por saber, por imaginar, por entender cada lugar del mundo, para verlo en perspectiva, para imaginar y considerar su pasado.

En Creta la destrucción de patrimonio artístico e histórico, fruto de sus continuos cambios de dominación y de los intensos bombardeos de la segunda guerra mundial dejan poco que imaginar más allá de las ruinas de la antigüedad, pequeñas iglesias, monasterios o mezquitas aisladas. Pero también así queda más espacio para la imaginación que en otros lugares. Uno tiene menos ocasiones para deslumbrarse de belleza artística, en una isla llena de ciudades feas y destartaladas. Sin embargo, en este viaje he visto nacer un increíble asombro por la naturaleza y la intensa belleza paisajística de Creta. Montañas inmensas, mesetas fértiles, valles frondosos, olivos infinitos y milenarios sobre colinas que se pliegan dramáticamente hasta donde alcanza la vista, gargantas pronunciadas, rincones casi imposibles, golfos de azul perfecto, costas imposibles de caprichosas formas, montañas que se precipitan en mares inimaginables, visiones sin límites… Como si de un inmenso continente se tratara, Creta se alza estrecha y alargada, pero llena de infinitos lugares esparcidos por los increíbles rincones de su orografía excesiva. Uno se imagina que esa abundancia provocase la imaginación telúrica que dio lugar a la mitología clásica, que en muchos de sus rincones ubicó pasajes de sus historias imposibles de dioses y semidioses. Y en eso andaba pensando mientras la atravesaba, mientras la observaba, mientras, de alguna forma, la poseía.

Y es que la curiosidad me salva. Me salva de la oscuridad, de la limitación, de la tristeza, de la mediocridad… Me alegro de verme aún así, siempre atento al mundo, siempre ansioso por más. Espero poder seguir haciéndolo con la misma pasión que hasta ahora.







En breve, comenzaré a escribir la crónica en mi otro blog.

28 de julio de 2009

Mapas y volcanes.

Desde niño he sentido un extraño magnetismo por los mapas. Me pasaba horas mirando fijamente los que encontraba en las páginas de la enciclopedia que teníamos en casa. Me encantaban a partes iguales los físicos y los políticos. Estimulaban mucho mi imaginación, pues adoraba recrear en mi mente cómo serían aquellas costas, qué ciudades se asentarían sobre ellas, cómo se verían las montañas que sobre el papel sólo se adivinaban, por dónde estarían los puertos que las salvaban, qué capítulo histórico habría determinado el capricho o la necesidad de esta o aquella frontera... Los miraba durante horas, soñaba viajar a todos esos países, llenarme de sus imágenes, descubrirlo todo, en fin.

Hoy en día sigo perdiendo muchas horas viajando virtualmente con el Google Maps o mejor aún, con el Earth. Sobre todo, a esos sitios que no forman parte del imaginario viajero colectivo (al menos de este mundo occidental nuestro) como a ciudades (inmensas) perdidas de China, al corazón de África, a la selva amazónica o al desierto de Australia.

Claro, cuando uno llega a los sitios, la comparación con los mapas es a veces una cuestión harto difícil. Nos falta esa visión de pájaro que, sin embargo, sí tenemos en los aviones. Cuando voy en ellos, siempre intento descifrar los mapas que se extienden sin identificar allá abajo. ¿Qué ciudad será aquella, qué bahía, qué cadena montañosa? Escucho con atención las rutas, cuando el comandante del vuelo las explica al pasaje, e intento imaginar el vuelo sobre un mapa imaginario con una (también imaginaria) línea de puntos discontinuos.

El otro día, a la vuelta de Atenas, se nos dijo que la ruta cruzaría la bahía de Nápoles y giraría rumbo a Cerdeña, Baleares y la costa de Valencia. Creo que me quedé dormido un rato, y cuando desperté, sobre las nubes se elevaba inmensa aquella montaña que inicialmente confundí con el Vesubio. Pero no, la línea de la costa no me encajaba con mi memoria cartográfica de Nápoles. Además, tampoco veía la gran urbe del sur de Italia... El Vesubio tampoco es tan elevado como para imponerse sobre unas nubes tan altas como las de aquel día... Hasta que de repente se aclaró la costa y apareció el estrecho de Messina, dejándome claro que estábamos un poco más al sur, y que era el Etna lo que precisamente se levantaba poderoso sobre buena parte del Mediterráneo. Recordé el año de Sicilia y todo el impacto de su belleza. Después, en seguida traté de componer el perfil de la isla, pero es demasiado grande para hacerlo de un vistazo. Así que traté de centrarme en Messina y contemplar toda Calabria, la provincia de Catania, el mar separandolas. Fue entonces cuando las descubrí de golpe. Las Eolias, desplegándose entre isla y continente con su dedos volcánicos alzándose sobre el agua. La grandes, perfectamente reconocibles, Lipari y Vulcano casi inseparables desde la altura. Salina junto a ellas. Panarea, casi minúscula. Y la más cercana, Stromboli, redonda, con su imponente volcán que lo ocupa todo desafiándonos, levemente coronado por una fumarola. Fue emocionante verlo, sentirlo abajo, como si fuera él quien me observara, impotente, pero igualmente magnético a mis ojos. Recordé las imborrables imágenes de Stromboli, o aquellas otras de la Meglio Gioventù en las que aparece... y sentí una secreta inquietud por dentro, una llamada salvaje que sigue hablándome desde entonces. La imagen quedó fijada en mi mente y no se borra... ¿La distinguen?

28 de marzo de 2009

Lisboa, en el fin del invierno.

Lisboa se volvió a abrir para nosotros. Esta vez, con mucha más intensidad y fuerza si cabe. Tanta, como la violenta primavera que estrenaba la ciudad del Tejo, derramándose sobre sus fachadas blancas, templando las orillas del río y provocando un hedonismo generalizado de sonrisas y siestas sobre las infinitas terrazas, de nocturnidad desenfrenada bajo la luna que descendía reflejada en las aceras del Chiado navegando también hacia el río, hacia el mar...

Y las horas se han pasado entre el sol y la blancura de los edificios. Entre el azul del agua recorriendo las orillas y las miradas entre tímidas y provocadoras de las tardes alargadas o aquellas de las noches breves de sueños interminables.
Y más allá del fado descubrimos los latidos secretos del bairro alto, los secretos olvidados de las calles de atrás o la deslumbrante lentitud de la belleza de marzo cabalgando sobre la conciencia. La ciudad de la melancolía nos ha acariciado con calma, con anestesia de belleza y con ansia de eternidad.
Lanzada sobre el horizonte, tan atlántica ella, descansan sus pies en una insospechada mediterraneidad, aún sin conocerla...
Lisboa, siempre Lisboa. Já com saudades de ti.

27 de diciembre de 2008

Giovanni Bellini

Hablaba de él la guía de Venecia, pero no recuerdo haberle prestado mucha atención cuando la hojeé para preparar mi viaje de hace dos años. Y sin embargo había más de una recomendación para admirar mejor su trabajo. Cuando regresé, se había convertido sin duda en uno de mis descubrimientos de aquel viaje. Y eso hablando de una ciudad como la de los canales, supone mucho. Hablo de Giovanni Bellini, también conocido en Italia como "Il Giambellino".

Recuerdo que su retablo, en uno de los laterales de la iglesia de San Zaccaria, me retuvo más de media hora sentado en uno de los bancos cercanos. Éramos tres o cuatro turistas nada más, con esa sensación tan difícil de tener en Venecia de sentir que uno está descubriendo algo. Pero así sucedió. Aquellas americanas y nosotros nos alternábamos en depositar monedas que accionasen el foco que permitía una visión mucho más nítida de formas y colores de la tela. Al final, el propio sacristán se percató de que no éramos turistas al uso y nos habíamos literalmente enamorado del cuadro, así que tuvo la gentileza de encender la luz definitivamente con una sonrisa.


Fue un momento único de esos que a veces uno vive con extraños. Aquel pintor tenía algo magnético que no sabría explicar, pero que me atrapaba de una manera muy intensa. En aquellos días nos dedicamos a buscar cada una de sus pinturas por las iglesias y museos de la ciudad. A la vuelta me documenté y descubrí que se trataba de un pintor del Quattrocento italiano, mucho más importante de lo que había imaginado, si bien con menos reputación fuera de Italia que otros contemporáneos suyos. Una especie de pintor más de minorías pero que en Italia representó no sólo un modelo para muchos pintores de la época, sino que consiguió en un estilo absolutamente personal una reelaboración de varios lenguajes pictóricos de la época para crear el primer estilo auténticamente "italiano".


Coincidir en Roma con la gran retrospectiva de este pintor (la primera después de casi 50 años) en las Scuderie del Quirinale supuso toda una sorpresa para mí. La muestra es muy grande y recoge prácticamente tres cuartos de toda su producción. Recorrerla fue, no sólo un acto de afirmación de la Belleza con mayúsculas (que para mí es una de las características más determinantes de este artista), sino un interesantísimo y didáctico recorrido por la obra de este pintor del que tras salir de la exposición, descubrí que sabía en realidad bien poco.
Las retrospectivas no siempre consiguen ser capaces de ofrecer una visión de la evolución del trabajo de un autor. Sí lo es en el caso de ésta, en la que se ilustran impecablemente los cerca de sesenta años de vida productiva. Desde sus inicios, casi imbuidos en un estilo más parecido al Trecento de Giotto, hasta las obras finales, de un modernismo abrumador que apunta ya a Tiziano. Además, la colocación de obras, la ordenación de las mismas, la introducción de los diferentes temas que aborda, unida a la estupenda miniguía de mano que se entrega a todos los visitantes (y que va explicando de una manera concisa y didáctica cada una de las salas) permite un viaje apasionante por la obra de este personaje.


Nacido en el seno de una familia de artistas, Bellini tuvo la suerte de vivir en una Venecia por la que llegaron a circular en aquella época, pintores de la talla de Antonello da Messina, Giorgione o incluso Leonardo. Pintores que aportaron sus visiones maravillosas, pero que también le permitieron conocer los estilos de los lugares donde aquellos habían trabajado, lo cual supone hablar más o menos de todo lo que se hacía en Europa en aquel momento. En aquella época, sin embargo, él era considerado como el "maestro de todos"

La pintura de Bellini parte de una recreación poética de la belleza misma a través de las figuras y la forma en la que las rodea de contexto. Esta forma suya de pintar fue poco a poco evolucionando para producir una visión muy personal. Es muy interesante cómo en su pintura se observa un especial vínculo de la acción al lugar físico en el que se sitúa, prestando una atención muy precisa y delicada a la naturaleza y las arquitecturas de los fondos, un poco en la línea de la técnica de la pintura flamenca que debió conocer a través de Da Messina que había trabajado mucho en los países del norte. Sin embargo, Bellini siempre recreó estos elementos de una forma esencialmente veneciana a través de una luz extremadamente delicada y colores intensos que hacía destacar sobre el realismo sobrio de los personajes que representaba. Me gusta mucho en él esa minuciosidad en el detalle de todas las pequeñas cosas, especialmente aquellas relacionadas con la naturaleza.

Este estilo, sin embargo, va después transformándose y adaptándose su nuevas formas de pintar, con trazos más amplios y abstractos, con un uso directo del óleo sobre el lienzo para hacer las figuras. Al final de su carrera incluso dibujaba directamente con los dedos, creando inusitadas suavidades cromáticas que a veces incluso son capaces de transportarnos a la pintura de casi un siglo después. En definitiva, una de las carreras más interesantes y evolutivas de toda la historia de la pintura, a mi parecer.



El cierre de la muestra nos acerca a una de sus últimas y más intensas pinturas, l'Ebrezza di Noè, donde uno no sabe si sorprenderse más ante las formas suaves y difuminadas de las figuras, inmersas en una luz tenue que casi parece irreal, o con el sorprendente ejercicio simbólico que nos apunta la guía, como una mofa amarga que quiere representar la pérdida del papel y la dignidad del padre de familia como metáfora del fracaso de una sociedad debilitada por las crisis de estado y de la justicia y amenazada por la discordia familiar y civil. Una obra, en suma, maestra, que partiendo de un lenguaje simbólico tradicional y al uso en la época, es capaz de convertirlo en uno nuevo que nos habla de forma desvergonzadamente libre y sarcástica. Al terminar esta última sala sólo pudimos reconocer nuestras miradas, silenciosas y cómplices, y escuchar más de un suspiro con lectura privada, de esas que jamás podrían ser descritas con palabras.

12 de noviembre de 2008

El amante viajero

Estas semanas me he dedicado a viajar en el tiempo y en el espacio. He retornado a Italia y al verano, y he hecho memoria de las rutas, de los sabores y de los colores que mi memoria acumuló y que ha estado atesorando estos meses para desplegarse ahora en un cuaderno de viajes que inicia mi otro blog, con el que no sé muy bien dónde viajaré, pero que se ha convertido de momento en un querido compañero de miradas y reflexiones. Creo que merece la pena al menos acercarse a las fotografías en uno de estos días en que el frío barra con furia la tibieza de nuestras cabezas.



27 de octubre de 2008

ROMA


Desconcertante Roma.
Por el desafío que supone para los sentidos. Por su aguda belleza que se te clava en la retina a presión, inyectada por el sol infinito de un octubre casi estival. Y los pinos siempre en el horizonte, de larguísimos troncos y esféricas copas que con su verde oscuro refrescan la fantasía de la mirada. De todas las miradas que sobre ella se han posado a lo largo de su milenaria historia. Millones de miradas de todo el planeta, de todas y cada una de las épocas. Desde la Antigüedad al Futuro. Todas se han quedado allí, quizá sobrecogidas por el descaro de esa íntima grandeza que inspira este centro de gravedad del mediterráneo, alma profunda de lo latino, de la romanización, de toda esa forma de existencia que expandieron sus habitantes a través de las orillas antiguas del mare nostrum.

Continuamente reinventada desde su origen. Superpuesta como un rompecabezas tridimensional, donde las diferentes capas de la historia no se superponen sólo en vertical sino que se entremezclan y se fusionan como en un mosaico de teselas ínfimas y sin embargo indispensables. Roma que ha sido la capital de uno de los imperios políticos y humanos más grandes de la humanidad aún nos despierta seduciéndonos con la imaginación de su esplendor descomunal entre las piedras caídas, las estatuas desmembradas o las solitarias columnas que apoyan el sueño de los arquitrabes como una memoria que se recorta siempre en el naranja de esta ciudad que se llama eterna porque así lo es. Eterna en no rendirse al olvido ni al capricho de ser reino de Papas guerreros y déspotas, desmesurados e ingratos o ciudad provinciana y decadente a pesar de su refinada aristocracia .

Ciudad casi de mentira a veces en su personalidad ecléctica y teatral, sacra e infinitamente pagana a la vez. Cuidad que no se deja comprender, que se retuerce en el cliché y que esconde otras subterráneas realidades, como las del subsuelo hueco que sella su pasado. Roma invadida de ideas y de piedras que ocupan el espacio de los sueños de todos los que la aman y de todos los que la han vivido. Grandeza que no epata por el tamaño ni la simetría ni la perfección, sino por el caos espontáneo de su belleza desmedida y caprichosa, desparramada sin límite, pero siempre encerrada en el equilibrio de su milenario clasicismo. Copiada a sí misma en la arquitectura que se encaja en plazas y esquinas, en explanadas y avenidas, en lo grande y en lo pequeño, fundido con esa milagrosa inspiración que no existe más allá de sus siete colinas.

Roma llena de vida y de sonrisas, y de gestos al aire y olor intenso de queso pecorino sobre pasta con tomate y albahaca. Helados y miradas al fondo de los ojos, galantería en las aceras, elegancia y desmedida manera de significarse en ese sentido de la responsabilidad de tener que representar la originalidad del made in italy. La sonrisa de quien lo ve desde fuera, entre condescendiente y con sentido del ridículo, pero con secreta e inexplicable envidia.

Roma inexplicable e infinita, inigualable y desconcertante de nuevo, única entre las ciudades únicas, secreta y universal, pequeña y gigante, inagotable y rotunda. Antigua, siempre antigua. Milenaria y sabia, y por ello también futurista, trampolín de la cultura occidental, reflexión de lo que somos y de lo que seremos.

Humana y viva...
Eterna, siempre eterna.

25 de agosto de 2008

Verano 2008. Preludio desordenado.


Cada viaje tiene sus momentos, sus cumbres y sus valles, sus horas de tedio y de felicidad. Y en cada uno de ellos se alcanza un día, acaso por casualidad, por necesidad, porque el universo nos arropa de repente sin decirnos por qué, ese o esos momentos de perfección que hacen merecer cansancio, calor y lejanía. Incluso en un destino tan poco proclive a dejarme indiferente o aburrido en instante alguno, también llega ese día en el que me gustaría poder vivir para siempre.

Este año la idea era recorrer la región de Puglia, es decir toda la costa Sureste de la península italiana, desde el promontorio del Gargano hasta llegar a la península Salentina, el punto más oriental de Italia.

El Sur de Italia es siempre desconcertante y atractivo al mismo tiempo. El retraso económico, la aparente desidia generalizada, la suciedad a veces, la frágil presencia de los poderes públicos, el olvido y el descuido que parecen campar a sus anchas en medio del desarrollo, como si del polvo en una vieja casa se tratase, se unen al mismo tiempo a una notable calidad humana en el trato diario y a una cultura rica y compleja, no exenta de incoherencias, pero que descansa sobre un innegable hedonismo que la belleza de las ciudades, los paisajes y el mar, de unos colores rotundamente intensos, parecen provocar por sí solos.
A destacar, como siempre, la inimitable simpatía y emotividad de los italianos, la alegría y familiaridad que en verano desborda este país, su apabullante riqueza artística y su no menos intensa riqueza gastronómica (esta es la región de origen de la Burrata de Bufala, uno de mis iconos sobre la mesa, y de la que ya he hablado aquí).
Si a eso sumamos la posibilidad de poder hablar italiano (que para mí es siempre un verdadero placer) y esas costumbres que adopto nada más llegar y que reconozco que adoro (il caffé, il gelato, la granita, l'aperitivo...) es de suponer que es, por un lado, difícil que nada en Italia me decepcione y por otro también igualmente difícil poder destacar algo entre tal magnitud de sensaciones.

En Puglia he sentido con fuerza todos los tópicos de Italia. Quizá por eso sorprenda menos, porque todo es (más o menos) tal y como cabría esperar. Además, porque muchos de los paisajes de la naturaleza y de los pueblos de esta región italiana, aún profundamente auténticos y pintorescos, son mucho más reconocibles para quienes venimos de regiones también autenticamente mediterráneas.

Una de las características más interesantes de Italia (relacionada quizá con su pasado fragmentario) es la de la diversidad de sus perfiles y características regionales y hasta locales. Cada comarca, cada ciudad incluso, tiene una personalidad estética única y diferenciada, lo cual convierte viajar por Italia en un continuo y delicioso ejercicio de observación que nunca se agota. Esto se sigue cumpliendo en Puglia. A pesar de que en un primer momento nos pueda parecer más monótona que otras regiones o más parecida a otros lugares conocidos (por ejemplo, el sur de España), las particularidades van apareciendo y precipitando en la visión del viajero poco a poco. En mi caso, además, organicé inconscientemente el viaje de manera que terminó convirtiéndose en todo un ejercicio de introspección en las raíces y en la historia de esta región.

Comenzando por el centro de la región y viajando hacia el sur nos empapamos de toda la riqueza del esplendor barroco de ciudades como Lecce o Martina Franca, que es quizá más parangonable al barroco andaluz, aunque en el fondo sea muy diferente, para después descubrir las raíces medievales de esta región representadas en su personalísimo y único arte románico, de origen fundamentalmente normando, pero con influencias de los muchos pueblos que dominaron estas tierras (bizantinos, ostrogodos, carolingios, lombardos y hasta sarracenos).

La Edad Media fue sin duda una de las épocas de mayor esplendor de esta tierra, pues en ella estaban los puertos de los que partían los caballeros a las Cruzadas (Bari, Brindisi) y ello permitió un intenso intercambio económico y cultural con el resto de Europa y con el Oriente. Este momento histórico irrepetible dio lugar a una necesaria arquitectura religiosa de características muy especiales, a la que nos dedicamos en el último tramo de nuestro recorrido.

Uno de los últimos días del viaje, una vez pasada una temible ola de calor que nos impidió disfrutar de la costa adriática y de sus ciudades de una manera más agradable, pudimos disfrutar por fin en la costa del Gargano del mar, del viento y de las olas perfectas a la última hora de la tarde. Es de ese momento la foto del inicio.
Después de respirar tranquilamente desde las alturas la inmensidad de la arena de esta playa de Vieste que retaraté, nos dejamos caer en ella y probamos la espuma del borde del mar hasta que la tarde y el interminable vaivén de las olas nos dejaron como en una especie de silencio de los sentidos (sólo aire, olas rompiendo, sal en los labios, luz naranja) desde el que era difícil evitar que la felicidad nos atravesase.

Al día siguiente partimos desde la Foresta Umbra, uno de los bosques más antiguos de Europa, en el corazón de la península del Gargano, para emular la ruta que solían hacer los cruzados en su camino hacia los puertos de partida a los Lugares Santos, desde la capilla del Arcángel San Miguel, junto a la tumba del rey Rotary de los lombardos en Monte Sant'Angelo, descendiendo hasta el nivel del mar para pasar por las capillas románicas de la desaparecida Siponto.

Finalmente nos acercamos también ese día al promontorio de Troia, pequeña ciudad, bastión levantado sobre una colina desde la que se domina toda la llanura del norte de Puglia, la segunda en extensión de Italia.


Sin turistas, bañada en el silencio del mediodía pero sin mucho calor, pudimos disfrutar en completa soledad de una de las más fantásticas catedrales románicas italianas, no tanto por su perfección sino por su maravillosa armonía, su exuberante decoración de influencias orientales y el sorprendente bestiario que está representado en su portada.







No sé cuánto tiempo pasamos sentados observando estas piedras. Mucho, como si no consiguiéramos fijar en la retina toda su belleza, todo su exotismo. Aún me parece poder estar allí si cierro un poco los ojos y hago el esfuerzo. Quizá es que aún quiero estar allí escuchando el silencio y el tiempo pasar, degustando aquella maravilla de bruschette y laticini que nos sirvió aquel chico tan amable en una vinoteca cercana, al frescor de la sombra, con los ojos aún estremecidos.


Sí, definitivamente esos han sido los momentos más especiales del verano. Y los recordaré una y otra vez, y harán sin duda más dulce la llegada del frío, de los días cortos, de la luz más frágil que llegará cuando se acerque el otoño.


(continuará)

6 de mayo de 2008

Oriente-Occidente

Era un viaje esperado por mucho tiempo y no por ello me ha defraudado. No sabía lo que me iba a encontrar ni cómo lo iba a percibir, a pesar de estar todo bastante bien explicado en las guías y en los libros de historia que ya había hojeado. Pero nada más llegar sentí que la ciudad tenía algo que me llamaba, que me hacía vivirla como si fuera también mía, como si yo también hubiese estado allí en algún otro momento del pasado, en alguna otra vida. Son tantos los millones de vidas que han debido cruzar esas calles, ese mar, esas piedras, que bien podría haber sido yo mismo, en otra existencia anterior, una de ellas.
Uno va acumulando impresiones, pequeños detalles, imágenes y sensaciones de ciudades que inevitablemente están en la iconografía del cine, de los libros, de la historia, de la música o del arte. Sin querer uno se va haciendo una imagen artificial con todo eso, pero luego llega el encuentro con la realidad, que puede resolverse de maneras muy diversas. En el caso de Estambul, las referencias son demasiadas, sobre todo para quien -como yo- tiene especial interés por la historia antigua. Pero Estambul es mucho más que historia antigua. Es una ciudad continuamente reinventada, en continuo movimiento (pocas ciudades he visto tan vivas como ésta) llena de complejas contradicciones y desconciertos. Capital de dos Imperios sucesivos (Bizantino y Otomano), es una de las más grandes ciudades que han visto los ojos de la humanidad. Después ha perdido casi toda su importancia, ya que actualmente no es ni siquiera capital de su país, Turquía, que pasó a ser Ankara durante la primera guerra mundial debido a la ocupación de aquella por parte de los aliados, y siguió siéndolo después. Esa condición impregna a la ciudad de una cierta melancolía, de esa que se desprende de las piedras antiguas, de la decadencia de un lugar que fue el centro del mundo, o al menos de una parte importante del mundo y que ahora, en un mundo globalizado que no entiende de culturas milenarias ni de glorias del pasado, no quiere renunciar a estar ahí, reclamando una posición que su magnetismo humano e histórico le hacen merecer. Por eso no quiere perder el tren de Europa, del progreso y de un mejor escenario para los derechos humanos. Y eso se siente de manera patente en la ciudad a pesar de las evidentes restricciones a la libertad que de manera bien visible impone el fuertemente militarizado estado turco. Se siente en las ganas de los ciudadanos de que todo funcione, de que todo esté más limpio, de que todo sea agradable para el que viene de fuera... Uno entrevé que detrás del evidente esfuerzo gubernamental, de intenciones previsiblemente económicas y de relevancia, está el apoyo de los habitantes de una ciudad (que en el fondo sigue siendo la más importante de Turquía y su escaparate más evidente hacia el mundo) que quiere progresar y conquistar poco a poco más parcelas de libertad. Y ello pasa en este momento por la oportunidad de estar en el grupo de países del mundo que han alcanzado más derechos y más libertades de todo género.
Pero más allá de todo eso Estambul late con fuerza en su increíble mosaico de culturas, de etnias y dialectos, de creencias y maneras de entender la vida. Y todos tienen su espacio juntos y en verdadero respeto desde hace siglos. Por ello, los atentados de los últimos años contra intereses hebreos o lugares de interés turístico, de efectos eminentemente efectistas, no son representativos de lo que uno siente en la calle, donde los turistas siempre son agasajados, saludados, preguntados con interés, a veces por el mero hecho de hablar unos minutos, y donde personas de actitud claramente occidental y globalizada pasean sin ningún problema junto a otras que exhiben la más estricta forma de entender el Islam, o junto a ortodoxos griegos o judíos de origen sefardí (menos en proporción, claro). Lo mismo se observa si hablamos de lenguas, o diferentes tonos de piel o de facciones físicas. El inmenso legado histórico de la ciudad nos cuenta un poco de esta milenaria fusión de razas y culturas en esta ciudad cuya estratégica situación en el estrecho del Bósforo -entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, que lo comunica a su vez con el Egeo- la hace ser puente entre Europa y Asia, y donde la herencia helénica y romana, así como su estatus de capital de vastos imperios que llegaron a incluir grandes zonas de Europa Oriental, Oriente Medio y Asia, la convirtieron desde su origen en hogar de personas procedentes de muchos pueblos muy diversos que han hecho que su situación geográfica no sea sino una metáfora efectiva del verdadero punto de encuentro humano y cultural entre Oriente y Occidente que en realidad siempre ha sido. Por ello mis fotos, más que recoger la vida vibrante y desenfrenada de esta ciudad imposible de describir (puesto que es necesario vivirla para poderlo percibir, y sentirse así en la Europa más desarrollada y cosmopolita a la vez que en el más retirado y olvidado pueblo de un Islam que vemos demasiadas veces con reservas en la televisión) se han ocupado de captar las piedras pues ellas hablan en silencio de todo ese complejo mosaico de culturas y diferentes realidades que la ciudad ha ido viviendo y acumulando sin destruir del todo a lo largo de su historia. Con ellas y con la música de esta canción de la banda sonora de la imprescindible película del turco Fatih Akin (al otro lado) con el que de alguna manera comenzó la decisión final de este viaje, y que me ha acompañado estos días muchas veces en mi cabeza al caminar por las calles de Estambul.






De estos días, me quedo con tres fuertes impresiones. La primera, el indescriptible estupor al entrar en el gran templo de Santa Sofía, en muchos aspectos intacto desde su construcción en el siglo VI. Y sentir que pocos edificios en el devenir de la historia de la arquitectura han podido llegar a ser más bellos, más gigantescos y rotundos, más conmovedores. E imaginar (qué sería de los viajes sin la imaginación) lo que debió ser la grandiosidad de la capital del Imperio Bizantino. En esa impresión está toda la emoción que he sentido también al ver maravillosas iglesias bizantinas, como San Salvador in Chora o Pammakaristos.
La segunda, la inolvidable tarde a orillas del Bósforo, bajo la pintoresca Mezquita neobarroca de Ortaköy, porque en ella se resume esa sublime atmósfera de decadencia de las orillas del Bósforo, el yogurt exquisito de Kanica o la vitalidad de los turcos, que viven la calle de una manera intensísima.
Y por último, la belleza, la poesía de la música que en nuestra última noche nos asaltó en un restaurante lleno de turcos que cantaban canciones tradicionales y que, como metáfora de la realidad múltiple de esta ciudad, mezclaba la tradición otomana con la griega e incluso con alguna canción sefardita (como los judíos del Barrio de Balat, que aún lo hablan). Poesía que impregna la ciudad, una vez nos desprendemos de la grandiosidad de muchos de sus monumentos, para asaltarnos en una pequeña lápida, en el frescor de un jardín, o en el silencio de una calle con casas otomanas de madera oscura.

8 de febrero de 2008

Schubert, Cádiz, y la Felicidad






La música nos ha acompañado desde el principio, aunque a veces haya sido mi pequeña invasión en tu vida. Un mundo que hasta entonces era sólo mi mundo, pero que entraste a compartir desde el principio. Sólo desde la voluntad de querer y comprender a alguien se puede llegar a sus mundos personales, para compartirlos, para mirarlos y mimarlos, para transformarlos.
Siempre nos quedamos con las músicas más sencillas, que suelen ser las más auténticas, como esta pieza de Schubert que escuchábamos con las ventanillas del coche abiertas mientras los pinares de Roche nos escondían del mundo camino a aquellas playas blancas de Conil, en un Sur de pascua temprana como lo fue también la de aquel año que nos conocimos. Acabábamos de empezar, y ya sentíamos que para nosotros la felicidad había cambiado de espejo para siempre. Las noches frías en aquella camita estrecha, y la luz blanca y cegadora de las playas de Bolonia o Zahara que nos vieron sonreír con envidia aquellas mañanas inolvidables.
Esta de Schubert es para nosotros (siempre lo fue) una música de fondo con la que seguir abarcando instantes inolvidables, en el infinito o en el borde del colchón. Y Schubert, que es ya demasiado nuestro, demasiado difícil de compartir con nadie, y que en su honda humanidad, en su belleza pura y rotunda, nos regala el camino, la melodía, y la banda sonora de este viaje que comienza cada mañana, y que cada noche se detiene en el sueño, con ese beso infinitamente pequeño e inimitable que me das dormido cuando llego a la cama. Se detiene y sigue, sorteando tantas y tantas cosas, pero sumando y sumando también. Sumando mundos, miradas, intimidades, futuros, palabras y vida, toda la vida que reinventamos para nosotros y con la que me siento cada día más en el mundo, más consciente de mí, de nosotros, de nuestro pequeño gran universo. Ese en el que después de estos 6 años, seguimos sintiendo que abrir las ventanillas del coche y escuchar a Schubert juntos es lo que más se parece a la felicidad absoluta.

7 de enero de 2008

Invierno en Barcelona.


Siempre he medido las ciudades a través de sus habitantes. La belleza de la arquitectura y del urbanismo nunca es completa si no la rodeamos de quienes la aprecian a diario, de quienes la conforman con su imaginario, y con sus deseos caminando entre las piedras. Estas vacaciones de navidad en Barcelona me lo han vuelto a demostrar. La ciudad es ahora una de las “vedettes” más solicitadas del turismo europeo. Impecable en la conservación de su patrimonio, ejemplar en la recuperación de zonas degradadas, vanguardista en la creación de tejidos urbanos que regeneren la ciudad, creativa y única en su forma de concebir la cultura... A pesar de todo eso, uno no puede dejar de tener la impresión de que camina por una ciudad en cierta medida, plastificada. Los ríos de turistas lo invaden todo y una inevitable impresión de torre de babel europea nos acerca más a la sensación de una visita a un parque temático que a una de las ciudades con más sabor y personalidad del mediterráneo. La ciudad es bella, sin duda. De una belleza, además, evidente y provocadora... pero sin sus habitantes, diluidos entre la avalancha, la belleza se queda como huérfana.

Afortunadamente creo que cuento con amigos en esta ciudad y en las que la alimentan, que me ayudan a dibujarla en su entramado más humano. En su pasado más vibrante, en su incomparable sociedad llena de contradicciones y de maravillosa herencia. O en quienes nos regalan sus sueños, que vagan en hilos invisibles por las calles rectas de la ciudad, o su fuerza y su entusiasmo con casi todo. Son pequeñas muestras de lo que vibra detrás del aire de esta ciudad, de lo que viaja en sus vagones sin que seamos conscientes de ello. Son auténticos testimonios, no sólo de la vida que sigue palpitando en la ciudad, sino de amistades antiguas y nuevas. Son las que verdaderamente me hacen considerar a esta ciudad como una de mis ciudades, una de esas ciudades a las que uno siempre desea volver. Así lo haré. Por ellos. Porque son ellos lo más importante que encuentro en la ciudad condal. Y es que más allá de los paseos por las ramblas, de los instantes de silencio en el barrio gótico, de los atardeceres en el ensanche o junto al mar, de las exposiciones o de los restaurantes (tristes si uno no puede compartir sus mesas con un autóctono), están las miradas y las palabras, los gestos de amistad. Por ellos, Barcelona me conquista. Muchas gracias a todos. Ya sabéis quiénes sois.

24 de septiembre de 2007

La vida es puro teatro


Viajar con todo programado es perfecto cuando no te quieres perder nada... Sin embargo, nada puede igualar al placer del viaje impulsivo, inesperado y visceral... En principio nada hacía suponer que en nuestro recorrido Siciliano hubiese imprevistos ni lugares fuera de la ruta que ya habíamos trazado, recorriendo fundamentalmente el oeste de la isla. Quedaba para otra ocasión el oriente y sus ciudades monumentales, el impecable paisajismo de Taormina o la decadencia del mosaico arquitectónico de Siracusa.

Sin embargo, uno de mis sueños fue siempre viajar hasta la ciudad de Noto. No sabría decir muy bien por qué. Algunas de las cosas que había leído sobre Sicilia tuvieron (curiosamente) que ver con esta ciudad. Y siempre he querido imaginarme en el escenario de esa Noto (de la que por otra parte tampoco tenía muchos referentes visuales) el lugar perfecto donde desarrollar esa especial capacidad siciliana para el drama.

Así, en una mañana calurosísima de Julio, rozando los cuarenta grados junto al mar y comprobando que la visita del Valle de los Templos de Agrigento había terminado relativamente pronto (pues debido al calor la habíamos comenzado tempranísimo), nos vimos en la tesitura de elegir entre una sobremesa de playa y chiringuito, o una idea que de repente se nos cruzó por la cabeza: Hacer un esfuerzo kilométrico e ir hasta Noto, una de las ciudades que más pena me daba no visitar en nuestro viaje. No lo pensamos mucho, la verdad. Y ni las dificultades de la carretera, ni los imprevistos (un incendio del que salimos "pitando" y a la siciliana, un rebaño de cabras cortando el camino, una autovía inexistente pero diseñada sobre nuestro plano, etc) ni la previsión de calor asfixiante, ni el denso tráfico nos hicieron retroceder. A cada kilómetro, a cada dificultad, nuestras ansias de llegar a la ciudad aumentaban como una espuma imparable.
Al fin, a media tarde, llegábamos a una de las más bellas ciudades del Barroco Siciliano.

Como muchas de las ciudades del oriente de la isla, gran parte de la arquitectura de Noto también nace de la destrucción del gran terremoto de 1693. Pero si bien en lugares como Catania o Ragusa, la reconstrucción dio lugar a hermosísimos y notables ejemplos de un excelente barroco, en Noto, el terremoto dio lugar a una ciudad completamente nueva.
Esto es importante a la hora de enfrentarse a esta ciudad. Saber que existe una Noto Antica, que quedó arrasada por el seísmo, y que fue abandonada poco a poco, a pesar de la resistencia de sus habitantes para trasladarse a una nueva y moderna ciudad del siglo XVIII, creada de la nada en la terraza de una colina, pero a nada menos que 12 kilómetros del emplazamiento original, y diseñada bajo las pretensiones oníricas de los gobernadores borbónicos que pretendieron crear algo quizá grande, excelso, exuberante... Me temo que lo consiguieron.

Los arquitectos Rosario Gagliardi y Vincenzo Sinatra construyeron una ciudad al gusto de la época y del carácter de sus habitantes, a lo largo de un eje principal y tres plazas que alternan conventos, palacios, iglesias y monasterios. La ciudad finalmente es como un gran escenario teatral donde desarrollar el drama de la vida.
El equilibrio del conjunto es asombroso, no sólo porque está diseñado como un todo donde la calle y su desarrollo son los elementos arquitectónicos principales y no los límites del mismo, sino porque estos artistas siguieron en sus diseños un arcaísmo que ligaba sus edificios más con el siglo XVII que con el rococó XVIII, lo cual los dotó de una contención expresiva que consigue transformar el con frecuencia recargado barroco en un más allá del renacimiento en el que cada pequeño rincón, cada espacio, alcanza cotas de clasicismo de una belleza y una armonía impecables.


Llegamos a la ciudad con más de cuarenta grados a la sombra, pero eso no importaba. Su belleza limpia y serena brillaba aún más con el sol de la tarde, ya que los edificios están construidos de una piedra naranja que se deja mimar por esa luz tan especial. Por contraste, el exceso corresponde a los palacios en los bajos de sus balcones, donde los artistas recrearon de manera incisiva y exuberante, todo un universo de submundos fantásticos que nos observan desde las alturas.



Noto es la horma del "zapato" siciliano, el escenario perfecto en el que uno imagina dramas humanos, exageradas pasiones, dramáticos avatares. Un escenario que va un paso más allá de aquella representación de ciudad ideal que Scamozzi ideó para el maravilloso Teatro Olímpico de Vicenza. Un paso más allá que convierte en real y tangible lo ideal. Cuando uno llega al Teatro Olimpico desearía penetrar por el escenario y sentirse dentro de esa ciudad de perspectiva ideal, pero lamentablemente aquello no es más que una ilusión, un escenario, un trompe d'oeil, un reflejo de teatro dentro del teatro.
Pero cuando estamos en Noto es como si uno atravesase un espejo y nos encontrásemos que al otro lado de repente estuviese la ciudad ideal, y la perspectiva se transformase en algo tangible, un lugar donde pasamos a ser protagonistas de la escena.
La magia del teatro quizá esté en ser representación, símbolo, non-dit. Y Noto es, sin embargo, no un sustituto del teatro, sino la misma teatralización de la vida dentro de un escenario envolvente y teatral como pocos en el mundo. Una Atlántida creada en vez de destruida: al contrario, surgida de la tierra y de la destrucción misma de la Naturaleza para servir de molde a una forma de vida marcada por la intensidad de la emoción, el gesto exagerado y una existencia grandilocuente incluso en este minúsculo rincón de una isla dentro de un mar lleno de voces e historias milenarias.



La emoción me latía en cara mirada, en cada calle que subí, en cada plaza en la que me sentí en un escenario, casi vomitando las historias que me recorren, dejando que adoptasen el fondo perfecto de los espacios barrocos de Noto... Allí se quedaron, de alguna forma, bañadas en una luz que me tranquiliza recordar. Sí, tranquilo me quedé, sosegado, con ese efecto como de droga del final de las tardes de calor, sobre las aceras hirvientes de Noto, anonadado ante la elegancia incomprensible de una forma de vida con la que no me identifico (¿o sí?), pero que supongo que tiene mucho más de lo atávico que hay en mí de lo que puedo entender.
Sí, me quedé confuso y embriagado. De belleza y palabras, de luz y de espacio, de drama y recuerdos... Y es que la vida, me temo, es puro teatro.

12 de septiembre de 2007

Arte de viajar.


Cuando era pequeño, íbamos mucho a visitar a mi abuelo, en una pequeñísima aldea de Coruña. Más allá de la fuerte impresión estética que una naturaleza verde, húmeda, frondosa de bosques y agua podía ejercer sobre un niño sensible e imaginativo criado en un Sur mucho más seco (en el fondo, Galicia siempre fue como mi segunda casa y nunca tuve que encontrarme con ella por primera vez, porque ya la comencé a respirar cuando contaba con sólo unos días de vida) siempre he sentido que todo lo que rodeaba aquel lugar estaba impregnado de esa luz brillante y ambarina que sólo existe en la memoria de la infancia, y que nunca más regresa.

La casa de mi abuelo está junto a la estación de tren, y se conserva exactamente igual que siempre, igual a como todos en la familia podemos recordarla. Tanto, que entrar ahora en ella se convierte en un obligado ejercicio de recuerdo a través de iconos y olores que siguen estando allí, como si el tiempo tuviese una extraña insistencia en detenerse en aquel rincón . Por ello, como si de un modesto Stendhal se tratase, el olor fresco de aquellos árboles, el sabor de la leche, el traqueteo del pasar del tren o los suelos antiguos de aquellas habitaciones, me traen desde siempre a la memoria todo un universo creado sin duda por la fantasía de un niño (las comidas en la cocina, peleándonos por usar la puerta abatible del aparador como mesa, el póster de Beethoven en la habitación rosa, o las camas pequeñas en las que a veces teníamos que dormir dos o tres juntos), pero sobre el que se han ido construyendo partes muy importantes de mí. Cientos de pequeños detalles que modelan una familia y unos recuerdos inolvidables.

Pero para mí uno de los mayores tesoros de aquella casa estaba guardado en uno de los grandes cajones de la cómoda del dormitorio. Allí, amontonadas en bloques sin orden ni criterio alguno, descansaban cientos y cientos de postales. Postales antiguas, en blanco y negro la mayoría. Las fechas en las que habían sido enviadas se remontaban hasta los años cuarenta. Las más antiguas, casi siempre ciudades españolas o portuguesas. De mi propio abuelo, o de familiares o amigos. También alguna ciudad de América. Nombres casi siempre desconocidos.
Me gustaba sentarme a mirarlas una a una. Observarlas detenidamente, con atención, rastrear la fecha, descubrir al autor, recomponer historias, trasladarme a un pasado donde todo parecía hermoso e interesante, donde nada podía aburrirte. Era un poco la fascinación por la novedad y la asimilación de lo desconocido que me embriagaba ya entonces, y que poco a poco estaba creando en mí esa necesidad continua de beberme el mundo y sus historias, esa sed insaciable de conocimiento y experiencias nuevas que aún hoy en día me sigue determinando como ser humano. Podía ser mi abuelo, escribiendo con una ternura inusitada, o las amigas de mis tías, siempre divertidas, escribiendo casi con la precisión y agudeza de una novela española de los cincuenta. La imaginación se me derramaba a través de los dedos al leer aquellas caligrafías antiguas y llenas de polvo. Me quedaba mirando las estampas y fijaba mi vista en los edificios, en los espacios urbanos, extasiado y casi conmovido al sentirme atravesar el color desvaído de aquellas fotografías (mi fijación con la arquitectura y los escenarios de las ciudades era ya muy grande) y situarme virtualmente al lado de aquellas personas, pequeñitas sobre las aceras, inmortalizadas sin ser conscientes. Mi insistencia en imaginarme dentro de esos pequeños decorados rectangulares era muy grande.
No sé muy bien por qué, pero desde la primera vez que descubrí aquel tesoro, recorrerlo se convirtió en uno de los más grandes placeres que yo podía experimentar en aquella casa. También estaban aquellas otras postales más actuales, de finales de los sesenta o de los setenta. Mis tías comenzaron a viajar por Europa, y las ciudades aquí ya se mostraban de un color poderoso e irreal, pero los escenarios eran igualmente magnéticos para mí. Imaginarlos, imaginarme a mí en ellos seguía siendo absolutamente fascinante. Aquí, además, podía leer historias de mi familia más cercana en el tiempo, y eso me ayudaba a componer las escenas con mayor claridad... Mi propia madre contando sus primeras impresiones de esa Andalucía a la que ha terminado por entregar la mayoría de los años de su vida, o mis tías relatando sus impresiones de París o de Venecia.
Podía quedarme allí durante horas, viendo pasar ciudades, montañas, plazas, catedrales... Turbado ante la representación de las imágenes, absolutamente fascinado por ellas... Son horas que fueron (sin yo saberlo) construyendo en mí esa inquietud -casi necesidad- por viajar y conocer el mundo, Una inquietud que se sigue moviendo con insistencia dentro de mí y que me hace experimentar un extraño placer cada vez que llego a un lugar nuevo. Esa sensación sutil de entrar de repente como en una postal antigua, con el sabor amarillo del pasado y de las historias que lo recorren y que lo han recorrido, de todas las voces que se han cruzado en él y por él, elaborando poco a poco una extraña forma de percepción: mi propio arte de viajar.

12 de agosto de 2007

Piedras Naranjas


Habla la Consoli en esta canción compuesta por Goran Bregovic de lo difícil de la inclinada cuesta del abandono. De cómo la vida nos entrega riquezas y miserias y ambas son indisolubles, del olvido como remedio a la impotencia... Palabras en las que no termino de creer. Porque en el fondo nunca se olvida lo que te construye, lo que te cambió o quien te hizo tocar la eternidad.
Y aunque ella diga que un viento cálido anuncia siempre el despertar de tiempos mejores, a mí el viento cálido me devuelve también siempre a un recuerdo cada vez más sano y del que soy consciente de que no deseo borrar porque, a su manera, también me hace bien.

El Mediterráneo, de alguna forma, es un poco el abandono. El abandono del vestigio que nos une a lo que somos. Porque en el Mediterráneo están gran parte de nuestras raíces culturales e intelectuales. Por eso me gusta acercarme en verano a esos sitios en los que lo que queda de ese pasado parece querernos hablar. Para imaginar entre piedras caídas una existencia que quizá olvidé, pero que siento que me habla cuando en silencio las toco y las escucho. Ahí está Ovidio en cada esquina, imaginando lo que sigue repitiéndose una y otra vez transformado y metamorfoseado desde entonces: personajes, dramas, dilemas, tentaciones, traiciones... Y sólo tocando las piedras, mirándolas, en ese inevitable y aristotélico acto, consigo alcanzar ese íntimo placer de entender la intensidad de la vida.
Por eso, este verano, más allá de visitar de nuevo mi adorada Italia, de hablar su lengua y mezclarme con sus gentes, más allá de contemplar la maravilla del Barroco Siciliano o de su abrupta costa noroccidental o de subir a sus escarpadas y pintorescas villas, necesitaba llegar a sus piedras. A todas esas piedras de los pueblos antiguos del mediterráneo que la poseyeron, que hicieron de ella su hogar y el reino de sus deseos, y que también a muerte la defendieron, entre tierras de profundo amarillo y verdes desiguales, intensos de las viñas y pálidos de los sabios olivos ancianos. Entre ellos, sin duda, destacan los griegos, que desde que en el año 734 antes de cristo establecieran allí su primera colonia en lo que hoy es Giardino Naxos, convirtieron esta isla paradisíaca del Mediterráneo en su sueño dorado. La Magna Grecia llegaron a nombrarla.
Y la isla, que ha visto pasar pueblos e identidades durante siglos y siglos como en pocos lugares del mundo, no ha dejado de olvidar aquellos bellos helenos que levantaron templos y palabras, sueños y belleza. Aquellos que sin embargo debieron olvidar allí la blancura impoluta de la piedra del Egeo, y entregarse a ese naranja, bellísimo también, de la tierra siciliana. Un naranja que sobrecoge al atardecer, que te llena de su esencia y te acompaña para siempre. Sicilia ha cuidado tanto estas piedras que quizá sea aquí donde podemos encontrar los más completos y cuidados restos arqueológicos del mundo griego... qué curioso.

He recorrido la mayoría de ellas este verano. Casi todas me han gustado, por su poder de evocación, por su belleza, afilada y abundante a pesar del calor que siempre cayó a plomo sobre nosotros. Sin embargo, sólo las ruinas de Segesta consiguieron conmoverme.

Quizá por esa sensación aguda de abandono que que se transforma en eco. Porque está ubicada lejos de la civilización e incluso ni en verano está abarrotada de turistas. Porque en ella hay silencio. Porque su templo está inacabado y nunca se llegó a terminar, como asumiendo la belleza de la imperfección, como susurrando que la belleza absoluta duele bajo la piel. Porque su teatro tiene una de las ubicaciones más melancólicas que jamás he visto, mirando hacia colinas de verde y amarillo, como sobrevolando el mundo.


Me senté a admirar el templo desde su parte trasera, la que da sobre un elevado precipicio desde el que Agathocles, una vez los Cartagineses hubieron conquistado la ciudad tras casi cien años de intentarlo, arrojó a unos 8.000 habitantes de la misma en el curso de tres días. Una colonia de grajos parece querer, aún hoy en día, recordar aquella tragedia. La destrucción y la crueldad, como siempre, han sido indisolubles a la civilización y a la belleza en la antigüedad. Ahora, desde que en el siglo XIII los árabes decidieran abandonar la ciudad, sólo queda eso, abandono.



A pesar de todo, una extraña paz se respiraba allí. No sé... me quedé muchos minutos. Las voces de aquellos ya no se escuchaban. De repente, comencé a escuchar aquella otra, que me hablaba de distancia y deseo, de isla y de intensidad. Y aquel sol de la tarde que descendía, y me llenaba de luz anaranjada, y de palabras que siguen flotando siempre en el aire del atardecer. Y recordé el invierno y el olvido, y el silencio que guarda palabras secretas. Y entonces todo comenzó a precipitar sobre el Mediterráneo.
Desde Madrid, miro cada tarde a la ventana, esperando que lleguen las piedras. Deben haber equivocado ruta. Sin duda vuelan hacia su casa en el oriente.

"Ma un vento caldo annuncerà il risveglio di tempi migliori
Ma un vento caldo plasmerà il rigori di spietati inverni..."

3 de mayo de 2007

Mini diario de una moderna

Frenética mirada de noche recién estrenada. Nombres y más noche. Oscura, como me gusta a mí la noche, para que brillen las estrellas. Y días claros, de manos y palabras.

Días de palabras, y juegos de palabras. Y nombres nuevos que añadir a la lista personal, a la de recuerdos de miradas y momentos. Añadir de nuevo caricias a Sevilla. De nuevo primaveras de fuego y vértigo. De nuevo. Después de tantas otras lejos.

Y es que, rompiendo mi costumbre, he dejado que mi blog, sea, sólo por hoy, un pequeño diario de mis recuerdos en Sevilla estos días, que son, invitablemente, recuerdos de personas que me han dado momentos tan especiales y divertidos.


El anfitrión, a pesar de su cansancio crónico, paseó de maravilla a todos arriba y abajo (especialmente de un lado a otro de la alameda), pero es que como él hay pocos. Y da igual que le guste organizarlo todo, para eso estamos nosotros, para romper los planes y salir por la tangente (especialmente yo).

Los niños del norte estuvieron tan cercanos y cariñosos!!!... En Madrid, el año pasado, nos conocimos sólo un poco. Ahora seguiré pendiente de ellos, pero mi sonrisa será más grande aún cuando los lea.

Los de siempre, siguen conquistando mi corazón...

Luigi, siempre especial y dispuesto a cruzar la ciudad para abrazarme... y si hay una cerveza de por medio, vendrá aún más rápido. Es el más especial de los especiales. Tengo predilección por él, porque es el que sabe poner la sonrisa más bonita a la vida, aunque ésta nos pisotee a veces.

Mi paquito, metiéndose en cada visita más y más en el espíritu de nuestra indescriptible ciudad, y de unos insospechados habitantes que la hacen inolvidable. Me gusta mucho verle feliz cuando estamos con vosotros.

La Antonia siempre me sorprende, nunca me hago a la idea de lo que me quiere... Es que ella es más fría... Pero esta vez me dio sus manos, y me gustó mucho cogérselas así fuerte.

Ver a Mikgel siempre es algo especial. Aunque sea la segunda vez. Como si hiciera muchos años que lo conozco. Siempre me entran esas ganas inmensas de abrazarlo y estrujarlo, de achucharlo como una abuelita con los nietos. Un día de estos también te besuquearé, que ganas tampoco me faltan.

Pedro... ¿por qué siempre me parece poco el tiempo que pasamos juntos? La noche tiene eso, que siempre nos parece escasa y siempre nos llega el agotamiento en un momento dado. Mejor que te vengas tú, que te quedes en casa, y que nos dediques el tiempo con más exclusividad... ¿Vale? A veces qué poco hay que decir para saber que uno quiere... que a uno le quieren...

Shiquillo and company... Qué lindo es veros siempre juntitos. Más os conozco y más voy viendo lo rotunda y auto-explicable que es esa imagen tuya de tu blog con los Epi y Blas en actitud de abrazables...

Y los niños nuevos...

Luis y Fran, qué parejita. Amigos y residentes en Madrid. Y tan diferentes!!! Si no hubiera sido por Fran, creo que no me habría animado a serviros todas esas anécdotas que ahora ya quedan en nuestra memoria del privado de nuestra amistad, y del blog. Aún estoy expectante de encontrármelo en algún sitio indebido, jejejeje... creo que quedó algo pendiente, pero no consigo recordar qué.

Víctor, al que acribillé a comentarios llenos de ironía, pero también de cariño, Porque, como muchos (en realidad no soy nada original) yo también te veo algo...

Dieguito, que desde tu “seriedad” de profesional, a veces dices más con la mirada que con la palabra... pero lo dices. Deberías animarte a hablar más, porque ciertamente tienes una voz preciosa.

Pedro (el pediatra), que me pareció encantador y especial... Y me apenó no hablar más con él. No hubo más tiempo, espero que en otras ocasiones podamos hablar más. Una sonrisa así le quita a uno de cualquier cosa fea.

Alberto... qué puedo decir de él. Creo que a pesar de haber hablado poco funcionó la buena onda, y el reconocimiento mutuo en muchas cosas. Espero que haya otras ocasiones, guapo.

Y ya por último, mis nuevos adorables... Carlitos y Chema. No por ir al final son los últimos, aunque sí que fueron los últimos en dejarse conocer. Mira que tenía yo curiosidad... Gracias por dejaros ser como sois, y no abrumaros con la circunstancia. Carlitos, me ha encantado verte como lo que no pensé que eras: Un niño pequeñín en la piel de un niño grande... Solo hay que verte la mirada para comprenderlo. Y cómo pronuncias las palabras cuando estás de broma o quieres decirle a alguien indirectamente que le quieres un poquito. De Chema me quedo con su ironía y su carácter iconoclasta, así, arrasándolo todo... es que me estaría toda la tarde hablando con él y poniendo a ya sabe él quienes a pan pedir...

Al final, ya lo sabéis todos... acabaremos siempre hablando de lo mismo... Del maravilloso chocolate de OCUMARE (qué os creíais??)

Muchos besos a todos (qué modenna soy, dios mío, que ni me aguanto)