Siempre he medido las ciudades a través de sus habitantes. La belleza de la arquitectura y del urbanismo nunca es completa si no la rodeamos de quienes la aprecian a diario, de quienes la conforman con su imaginario, y con sus deseos caminando entre las piedras. Estas vacaciones de navidad en Barcelona me lo han vuelto a demostrar. La ciudad es ahora una de las “vedettes” más solicitadas del turismo europeo. Impecable en la conservación de su patrimonio, ejemplar en la recuperación de zonas degradadas, vanguardista en la creación de tejidos urbanos que regeneren la ciudad, creativa y única en su forma de concebir la cultura... A pesar de todo eso, uno no puede dejar de tener la impresión de que camina por una ciudad en cierta medida, plastificada. Los ríos de turistas lo invaden todo y una inevitable impresión de torre de babel europea nos acerca más a la sensación de una visita a un parque temático que a una de las ciudades con más sabor y personalidad del mediterráneo. La ciudad es bella, sin duda. De una belleza, además, evidente y provocadora... pero sin sus habitantes, diluidos entre la avalancha, la belleza se queda como huérfana.
Afortunadamente creo que cuento con amigos en esta ciudad y en las que la alimentan, que me ayudan a dibujarla en su entramado más humano. En su pasado más vibrante, en su incomparable sociedad llena de contradicciones y de maravillosa herencia. O en quienes nos regalan sus sueños, que vagan en hilos invisibles por las calles rectas de la ciudad, o su fuerza y su entusiasmo con casi todo. Son pequeñas muestras de lo que vibra detrás del aire de esta ciudad, de lo que viaja en sus vagones sin que seamos conscientes de ello. Son auténticos testimonios, no sólo de la vida que sigue palpitando en la ciudad, sino de amistades antiguas y nuevas. Son las que verdaderamente me hacen considerar a esta ciudad como una de mis ciudades, una de esas ciudades a las que uno siempre desea volver. Así lo haré. Por ellos. Porque son ellos lo más importante que encuentro en la ciudad condal. Y es que más allá de los paseos por las ramblas, de los instantes de silencio en el barrio gótico, de los atardeceres en el ensanche o junto al mar, de las exposiciones o de los restaurantes (tristes si uno no puede compartir sus mesas con un autóctono), están las miradas y las palabras, los gestos de amistad. Por ellos, Barcelona me conquista. Muchas gracias a todos. Ya sabéis quiénes sois.