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28 de marzo de 2009

Lisboa, en el fin del invierno.

Lisboa se volvió a abrir para nosotros. Esta vez, con mucha más intensidad y fuerza si cabe. Tanta, como la violenta primavera que estrenaba la ciudad del Tejo, derramándose sobre sus fachadas blancas, templando las orillas del río y provocando un hedonismo generalizado de sonrisas y siestas sobre las infinitas terrazas, de nocturnidad desenfrenada bajo la luna que descendía reflejada en las aceras del Chiado navegando también hacia el río, hacia el mar...

Y las horas se han pasado entre el sol y la blancura de los edificios. Entre el azul del agua recorriendo las orillas y las miradas entre tímidas y provocadoras de las tardes alargadas o aquellas de las noches breves de sueños interminables.
Y más allá del fado descubrimos los latidos secretos del bairro alto, los secretos olvidados de las calles de atrás o la deslumbrante lentitud de la belleza de marzo cabalgando sobre la conciencia. La ciudad de la melancolía nos ha acariciado con calma, con anestesia de belleza y con ansia de eternidad.
Lanzada sobre el horizonte, tan atlántica ella, descansan sus pies en una insospechada mediterraneidad, aún sin conocerla...
Lisboa, siempre Lisboa. Já com saudades de ti.

14 de junio de 2007

Ciudades del alma: LISBOA


“Vende sonhos e maresia,
Tempestades apregoa...
Seu nome próprio:Maria...
Seu apelido: Lisboa...”

David Mourão-Ferreira/Alain Oulman


Hoje acordei com tantas saudades de Lisboa, que até parecia que ia surgir assim, azul e branca, feiticeira tras os límites dos meus olhos.

Nació de un sueño, y ni recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché hablar de ella. Un puente inmenso que llegaba a ella, rojo de corazón deshecho, envuelta de océano y sal. Y es que así te llega Lisboa, despacio, antigua, mirándose a sí misma, surgiendo de las brumas atlánticas, suavemente ondulada de blanco. Oliendo a marea y café. Y acercándose poco a poco a ti, a medida que el sol la va dibujando de ocres y atardeceres imposibles, como en aquella escena bellísima de la película “Lisboa, faca no coraçao” en la que una misteriosa Misia tomaba el trasbordador con el sol del ocaso incendiando las aguas, y esa mirada de deseo y trsiteza que la observa sin ser visto, que la persigue, mientras suena un fado tristísimo.

Então que a sombra agite
E assim a imagem faça
Os rostos de nós dois
Tocados pela graça

Amor é muito cedo
E tarde uma palavra
A noite uma lembrança
Que não escurece nada

Amor, o que será
Se nele é para habitar
A escolha do mais puro.

Já fuma o nosso fumo
Já sobra a nossa manta
Já veio o nosso sono
Fechar-nos a garganta

Então que os cílios olhem
E assim a casa seja
A árvore de Outono
Coberta de cereja.

LIDIA JORGE.

Porque Lisboa es ciudad para huir, y para perseguir. Para perseguir la ciudad misma, y no prenderla jamás, porque nunca se llega al fin de Lisboa. Porque se nos muestra y se esconde. Porque oculta misterios que no deben ser revelados, porque su belleza es esquiva y difícil, porque sólo quien sabe pasear entre las sombras puede intuirla. Pero ella consigue traspasar la piel y quedarse ahí, entre la epidermis y la sangre, susurrándonos su nombre despacio, casi envuelto de silencio.


Una de las películas que mejor capta la esencia de la ciudad es la del alemán Wim Wenders, Lisbon Story, en el que un ingeniero de sonido (Rüdiger Vogler) a la acude a la ciudad a causa de la llamada de ayuda de un amigo que nunca aparece finalmente. y en la larga espera, termina indagando poco a poco la esencia de la bella Lisboa (¿acaso no la de él mismo?). En su particular recorrido, plagado de escenas simplemente maravillosas, conoce a la también enigmática y hermosa Teresa. Una Teresa Salgueiro (vocalista del grupo Madredeus) que nos canta y nos introduce en el delicado mundo de la saudade, de la mano de su exquisita voz.

Porque hablar de Lisboa es, inevitablemente, hablar de música. De la guitarra portuguesa en tono menor que nos arroja al profundo abismo de la belleza. Danzas atropelladas bajando por las calles de Alfama. Fado oscuro, que nos asoma al destino, a lo que no sucedió, al infinito precipicio del deseo que no alcanzamos.

Porque hay en Lisboa una continua sensación de melancolía, de suspiro que nos captura como en una falta de algo. Es algo que tiene que ver con la esencia del espíritu portugués, un pueblo en continua necesidad de buscar su identidad, una identidad marcada por su tierra y su lengua. Arraigada profundamente en la palabra, bajo el yugo de la pérdida, siempre buscando, siempre añorando, destilando una melancolía que nace de la propia melancolía, y que ellos llaman saudade. Saudade del amor, saudade de la belleza, saudade del placer... Saudade de Lisboa.
Y enfrentada a ella, la Lisboa moderna. y cosmopolita ruge y vibra como una criatura que siente la vida como una herida que quema, que se deshace de pasión desbocada, pero que siente cómo la atrapa la cuerda de la melancolía.. y es que quizá la melancolía más pura nazca del Tejo caprichoso, que se ensancha rebelde para morir desafiando al inmenso mar.

La brisa recorre Lisboa, y sueño paseando sus calles que parecen moverse como si de la cubierta de una fragata se tratase. Y la senda no se termina nunca, porque los secretos de esta ciudad nunca se agotan, ni se agota la belleza repartida en añicos por todos sus rincones. Desvencijada y olvidada, sucia a veces y desgastada. Pobre Lisboa, radiante y decadente, azul y melancólica, enredada en miradas y aún desconocida. Sueña, Lisboa sueña, y despierta por la noche para haber olvidado todo, y llorar por no saber qué has perdido... pero sueña. En tus sueños, como un secreto, descansan los sueños olvidados de todos los amantes de la belleza, de todos los corazones desbocados, de todos los amantes que nunca conocieron el amor...


Meu amor, meu amor,
Foste-me sonho e pão,
Foste febre e fervor,
Razão e sem razão,
E sede e sabor
Das manhãs de verão,
Mas minha prisão,
Ah não
E em tanto calor
Nada foi em vão,
Mas minha prisão,
Ah não
Meu amor, meu amor,
Não te peço perdão,
Não te peço favor,
Não te peço aversão,
Não te peço dor,
Nem a contrição,
Nem o coração,
Ah não
Agora ao sol-pôr
Meus olhos se vão
E não voltarão
Ah não

CARLOS PAREDES

La primera vez que dejé Lisboa, cruzando el puente del 25 de Abril, era una radiante mañana de verano, y las azoteas ondulaban enfrente, a lo lejos. Sentí la mano posarse sobre mi hombro, mientras miraba hacia atrás alejarse las suaves colinas. El amor actúa así, en momentos muy concretos, de manera certera. Me sentí lisboeta, me sentí ahogar, me sentí enamorado, con un arrebato incomprensible y casi adolescente. Desde entonces siempre vuelvo, como en ritual secreto, para que no me eche de menos tanto como la echo de menos yo a ella.

6 de marzo de 2007

Mariza...

Continuando mi post anterior en el que hablaba de ella, y siguiendo a Pe-Jota que también ha querido hablar de ella, he decidido dedicerle una entrada completa. Se lo merece, porque es la más intensa y personal cantante de fados de la actualidad.


Un voz, que cuando escuché por primera vez, hace como cinco años, la identifiqué e seguida con la de la incomparable Amália Rodrigues, y eso es ya mucho para empezar.
Y nada más recordar eso, me viene a la memoria aquella tarde de verano que dejábamos una Lisboa agostada de humedad y calor, de noches de ginginha y vinho verde en el Bairro Alto, y de guiños azules del Tejo infinito que se recoje a sus pies. La dejábamos con esa sutil melancolía con que se dejan las ciudades mágicas, las ciudades del corazón. Y de repente sonó ella mientras cruzábamos el puente del 25 de abril. No conducía yo, así que me volví a mirar la ciudad asomada al estuario, escalada la pendiente de casas blancas y miradores llenos de ojos limpios y miradas oscuras... Y suspiré, porque algo de sangre portuguesa llevo en la venas, porque mi tatarabuela lo era, y supongo que algo de ello llevo en la forma de acariciar el aire altántico y de tener saudades de esa tierra donde siempre me siento tan bien, y donde siempre soy tan bien recibido.

Cuando el domingo estuve revisando vídeos de Mariza para colgar, aún no estaba colgado el que quiero compartir hoy, que pertenece a su último trabajo en directo, cantando precísamente aquella canción que me hizo suspirar mientras volaba sobre el río aquel día de verano.
Y es que justo ese lugar eligió Mariza para su concierto, al borde del río, junto a la Torre de Belém.
Una canción que fue su primer éxito, y que habla de la gente de su tierra. Emocionada por el instante, deja de cantar unos momentos para liberar sus lágrimas. Un momento irrepetible y emocionante. Les dejo de nuevo con ella.

Dedicado especialmente a mis amigos Portugueses, a los reales y al virtual. Para Fernando, para Miguel, y para Luis. Muitos beijos e abraços para os tres.