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19 de septiembre de 2009

Creta, Grecia, Mediterráneo


No sé de dónde partió la idea de un viaje así. Una inexplicable conjunción de razones que por separado no deberían tener fuerza para mover a una elección así (Mediterráneo, gastronomía, memorias de viajes de amigos, ruinas, historia...) y que tampoco sé cómo fueron sumándose para convertirse en razón poderosa para elegir Creta como destino vacacional.
Reconozco que, a priori, poco más que las ruinas minoicas de Knossos tenía yo en mente con respecto a ella. Eso, y varios testimonios de amigos que siempre han hablado con entusiasmo de aquel lugar. Supongo que este último dato, cuando se trata de personas que comparten con uno criterios de viaje y placeres de la vida, es un potente aliciente.

Hacía años que quería ir a Grecia, era uno de esos países europeos turísticos que había ido posponiendo conocer. Las masas de turistas en verano, el calor, los precios, etc., siempre me habían hecho desecharlo. Pero Creta parecía ser un destino menos frecuente, más tranquilo y con un turismo más sostenible y racional. Eso me terminó de convencer. En cuanto empezamos a vislumbrarlo se me ocurrió que en una de las escalas de avión en Atenas, podíamos permanecer por un par de días para tener una primera impresión de una ciudad. Y así lo hicimos, a la vuelta.

Reconozco que es de los destinos vacacionales que menos me he preparado previamente. Lo cual, teniendo en cuenta que la fórmula que elegimos para recorrerla, como en otros años, era el coche alquilado con un par de bases en la isla para hacer excursiones de un día, nos hacía correr el riesgo de dejar cosas potencialmente importantes sin visitar. Pero en esta ocasión, me apetecía ir un poco a ciegas y que todo resultase nuevo. Un par de tardes leyendo la Rough Guide por encima y marcando puntos sobre un mapa con lugares que me atrajeron por alguna razón. Con esos puntos ya elaboraría las rutas una vez allí. A priori hay que ver cómo son las carreteras, lo que cuesta desplazarse, etc, para que hacer una ruta tenga algo de sentido.

En fin, que me vi montado en el avión, rumbo a Atenas, sabiendo poco más de la Isla. A Saber, que fue cuna de una de las evolucionadas civilizaciones mediterráneas, que se transformó posteriormente en una de las herederas de la cultura helénica... Vamos, la cuna misma de la cultura clásica, de la que somos deudores todo el mundo occidental. En el vuelo y la espera en Atenas, continué leyendo un poco más. Romana, Bizantina después, con un periodo de ocupación Musulmana de más de un siglo, y en posterior decadencia tomada por los Cruzados que terminaron vendiéndola a los Venecianos, los cuales la mantuvieron hasta mediados del sXVII en que fue conquistada por el Imperio Otomano. La ocupación turca no consiguió una transformación cultural completa, y a lo largo de su duración estuvo repleta de revueltas e intentos de desbancarlos del poder (en muchas ocasiones apoyados desde Grecia, por su evidente cercanía religiosa y cultural). Tras muchos intentos y avatares, la isla terminó uniéndose a Grecia al final de las guerras balcánicas de 1913. Pero tras esta larga y abultada historia de guerras y conquistas que produjo un continuado y triste ejercicio de destrucción del patrimonio, nada parecía prever que lo peor estaba aún por llegar. Y es que en la segunda guerra mundial, la isla se vio envuelta en uno de los episodios más duros de la contienda mundial. En resumen, podíamos prever que no nos íbamos a encontrar con ciudades monumentales ni con cascos antiguos conservados, como así fue.

No, lo que queda de patrimonio está bastante aislado. Alguna iglesia pequeña perdida en el campo, mezquitas reconstruidas, monasterios venecianos, palacios o logias aislados, casas otomanas o de principios del siglo XX, alguna pequeña zona de alguna ciudad que se conserva como antes de la guerra. Pero en general nos íbamos a enfrentar a ciudades feas y destartaladas, construidas después de la guerra y en muchos casos sin planificación, armonía ni encanto alguno. A pesar de saberlo, o de imaginarlo, el efecto inicial es fuerte. Pero la isla no tarda mucho en conquistarte, por su geografía recortada, por ese perfil costero retorcido que crea bahías, cabos, entrantes, perspectivas nuevas a cada kilómetro, mar y tierra en sus más variadas y complejas combinaciones. Y luego la rica orografía del terreno de esta isla profundamente montañosa, que crea valles, mesetas, llanuras y campos fértiles entre sus elevadas montañas. La isla, estrecha y larga, tiene una altitud media elevada y en cualquier lugar de su perímetro tan sólo hay que internarse un poco para subir a una altitud considerable, cuando no a una verdadera cima. Pero son sobre todo tres los grandes macizos montañosos que se agrupan a lo largo de la Isla, con montañas que superan los 2000m de altitud, haciendo que a veces la ruta escasa en kilómetros entre muchos puntos del norte y del sur se convierta en un camino difícil y tortuoso de recorrer, pero siempre satisfactorio gracias a las vistas siempre cambiantes y a la belleza de la abundante vegetación de las montañas cretenses o al sereno cultivo mediterráneo de olivos y vides de sus campos. Por otro lado, una geografía así podría dar a pensar que ésta es una isla con pocas playas y, en general, de roca, y lo cierto es que no es así. Las hay y muchas: grandes, pequeñas, de arena fina inmaculada o de piedras, llanas o recortadas por escarpados acantilados, y siempre bañadas por esa transparencia sin igual del Mediterráneo oriental.

Mientras en el norte existe una carretera que va más o menos paralela a la línea de costa, en el Sur de la Isla las montañas llegan hasta el mar de una manera mucho más dramática. Las carreteras llegan tan sólo a puntos concretos, pero sin estar conectados entre ellos, quedando los mismos bastante aislados y desconectados entre sí. En el suroeste insular, además, estas montañas forman cañones espectaculares que llegan hasta el mar de Libia (de entre ellos, el de Samaria es el más conocido, parque nacional protegido, que no vimos por el tiempo y la logística que hay que emplear en hacerlo, no sólo por lo que se tarda en recorrerlo sino por la necesidad de pernoctar en el pueblo que hay a su salida, una aldea en la que no hay apenas nada, o tomar un barco a otro lugar). Pero hay otros muchos, sobre todo en esta zona de la isla, aunque también en otras.

Supongo que en pocos días, entre el interés que nos iba creando las ruinas minoicas y las bondades del paisaje y del mar, fuimos cayendo poco a poco en el influjo de esta isla que nos ha quedado en el recuerdo como un viaje de los más especiales que hemos hecho. Sí, poco a poco, entre la música que nos acompañó en el minúsculo vehículo con el que hicimos las excursiones, la deliciosa gastronomía de la isla, los paisajes, el peso de la historia de cada lugar que veíamos... Y así Creta nos conquistó.

(El resto de la crónica la seguiré contando en la otra casa del volcán)



1 de agosto de 2009

Curiosidad que salva...

Me veo en las fotos recientes en Grecia y me doy cuenta de la energía que me ha dado este viaje, de cómo el ansia de descubrir, la necesidad de saber, de ver, de percibir, de experimentar, me han renovado por completo. Consciente de que esta necesidad es una clave de mi forma de estar en el mundo y de mi búsqueda de la felicidad. Un impulso por saber, por imaginar, por entender cada lugar del mundo, para verlo en perspectiva, para imaginar y considerar su pasado.

En Creta la destrucción de patrimonio artístico e histórico, fruto de sus continuos cambios de dominación y de los intensos bombardeos de la segunda guerra mundial dejan poco que imaginar más allá de las ruinas de la antigüedad, pequeñas iglesias, monasterios o mezquitas aisladas. Pero también así queda más espacio para la imaginación que en otros lugares. Uno tiene menos ocasiones para deslumbrarse de belleza artística, en una isla llena de ciudades feas y destartaladas. Sin embargo, en este viaje he visto nacer un increíble asombro por la naturaleza y la intensa belleza paisajística de Creta. Montañas inmensas, mesetas fértiles, valles frondosos, olivos infinitos y milenarios sobre colinas que se pliegan dramáticamente hasta donde alcanza la vista, gargantas pronunciadas, rincones casi imposibles, golfos de azul perfecto, costas imposibles de caprichosas formas, montañas que se precipitan en mares inimaginables, visiones sin límites… Como si de un inmenso continente se tratara, Creta se alza estrecha y alargada, pero llena de infinitos lugares esparcidos por los increíbles rincones de su orografía excesiva. Uno se imagina que esa abundancia provocase la imaginación telúrica que dio lugar a la mitología clásica, que en muchos de sus rincones ubicó pasajes de sus historias imposibles de dioses y semidioses. Y en eso andaba pensando mientras la atravesaba, mientras la observaba, mientras, de alguna forma, la poseía.

Y es que la curiosidad me salva. Me salva de la oscuridad, de la limitación, de la tristeza, de la mediocridad… Me alegro de verme aún así, siempre atento al mundo, siempre ansioso por más. Espero poder seguir haciéndolo con la misma pasión que hasta ahora.







En breve, comenzaré a escribir la crónica en mi otro blog.