
Esta pequeña foto muestra el lugar donde nací. Diríase un lugar privilegiado, del "primer mundo". Y no sólo eso. Un lugar lleno de belleza, situado entre un río milenario en Historia e historias, y uno de los más bellos parques que tenemos en este país.
Es una suerte ésa. No sólo la de tener asegurado el sustento, educación en el seno familiar, formación académica y más o menos una perspectiva laboral (en su momento llegó a ser difícil, pero siempre a mucha distancia de la de la mayoría de la población del planeta). También la de contar con una familia que desea tu llegada, más siendo como era yo primogénito. Abundantes fotos e incluso películas del incipiente SUPER-8 (mi padre siempre ha sido un fanático de las últimas novedades de la tecnología de la imagen) dan fe de ello.
De todo eso hace hoy 35 años. Todos esos años desde que mi ojillos, que por aquel entonces no debían ser ni siquiera capaces de fijar las imágenes en la retina, observaron por primera vez esas Palmeras inmensas que jalonan la kilométrica avenida Sevillana. Los mismos años desde que esa primera calurosa primavera Sevillana me hacía sin duda sudar mis primeras gotas.
Pero en realidad nada nos prepara para la vida y su irracionalidad, nada nos ilumina en el laberinto de encontrarnos a nosotros mismos. Quizá la suerte de haber nacido en este rincón de la Tierra sea la de poder enfrentarnos a eso y no en su lugar a otras necesidades más primarias. Yo recuerdo haberme enfrentado ya desde muy pequeño. No sé la razón, pero sí que recuerdo haber visualizado ya con pavor (a la tierna edad de 4 añitos) lo que podía ser la no-existencia. Imaginaba el Universo, su medida infinita, e intentaba visualizar todo ese infinito en mi pensamiento. Y entonces llegaba al mareo, ese terrible mareo que muchas otras veces me debía acompañar en la vida. Después, imaginaba cómo la nada debía ser igual de aplastante que ese infinito recién intuido. Tan aplastante como aplastante era sentirme vivo e intentar comprender que era posible no estarlo...
Claro, un niño así, a priori, tenía muchas posibilidades de terminar siendo un niño "rarito" en todos los sentidos. No fue el único problema al que tuve que enfrentarme. La sombra del desarraigo siempre planeó sobre mí. En un lugar donde la familia y la identidad cultural parece que deben tener un papel capital en el desarrollo personal y emocional de las personas, este niño crecía en una cuidad donde no tenía más familia que padres y hermano. Con una madre del Norte y un padre de otro lugar del Sur. Entendiendo e integrando dos formas de estar en el mundo, sintiendo ambas como propias, pero siendo el extraño siempre en cada una de ellas. Para colmo, a este niño, del que ya decían que tenía mucho carácter, le comenzaban a gustar algunos de sus compañeros de clase y empezaba a aficcionarse ya a la música clásica.
No es fácil entregarse a la tarea de no renunciar a la búsqueda de uno mismo ante la multitud de facilidades para no hacerlo que nos ofrece el mundo. Sobre todo, cuando la búsqueda se plantea necesaria, porque uno nunca ha entendido la vida sin resolver los porqués. O al menos sin llegar lo más lejos posible con ellos. Las búsquedas no son fáciles, y con frecuencia se estrellan con lo que no nos gusta de nosotros mismos. Al final, todas las búsquedas llevan a uno mismo, y al autoconocimiento. La de la belleza, la del amor, la del sexo, la de los otros... Encontrar cosas nos lleva a plantearnos lo que pensamos que somos, y a plantearnos por qué es así y si no podría ser también de otra forma. Siempre he pensado que con ello, evolucionamos.
Para mi familia no he sido un elemento fácil: demasiado rebelde, demasiado independiente, demasiado desarraigado... Huyendo siempre, viajando lejos, yéndome a vivir solo, sin contar con nadie. Y sin embargo, siento que siempre me han imaginado frágil, es curioso. Frágil quizá porque siempre fui sensible a lo bello, receptivo para la música y las otras artes, detallista y medianamente inspirado para la creación. Y lo cierto es que creo que soy más fuerte de lo que siempre han imaginado. Pero ni tan sensible, ni tan inquieto, ni tan receptivo a la belleza como podría parecer. Me conformo con admitir que tan solo soy cada día un poco más lo que quiero ser, aunque también me sienta más lejos de lo que imagino ser. Y es que no es fácil, no.
Pero en un día como hoy, no me apetece aprovechar para hacer repasos ni balances. No. En el fondo lo que más me apetece hacer es sólo mirar para atrás y recuperar un poco más al niño que cada 6 de junio voy dejando un poquito más atrás. Porque en él, en la intensidad y la inquietud con la que lo reconozco en esas imágenes de vídeo caseras de mi infancia (esas que ahora observo con una sonrisa invisible) sigo viendo la esencia de lo que quiero ser, pero que este vampiro que es el paso del tiempo me roba sin remedio si no se lo impido. Yo, estoy dispuesto a hacerlo. En el fondo, cuando repaso muchas de las cosas que siento, sé perfectamente que desde entonces han cambiado muy muy poco.

