El tiempo se va, un día detrás de otro, una semana y después otra, un mes, el siguiente… A pesar de que pongamos contadores el tiempo es continuo, y cada milésima de segundo es seguida de otra sin posibilidad de que sea de otra manera. Nada permanece.
Los contadores, vaya usted a saber por qué, nos hacen balance de lo que hemos vivido con un peso, con una cantidad que no siempre nos resulta agradable porque no hay manera (como en lo infinitesimal) de que se detengan, siempre aumentan sin parar.
Así, yo sumo hoy 37 de esos años que acostumbramos a festejar. Y me digo que lo importante es ese 37, ese verano, ese mes de junio, ese mismo día 6 que estoy viviendo ahora. Eso es lo que tenemos. Y no es que no quiera ser consciente de la importancia de la experiencia, de la memoria, de lo aprendido, de lo que hemos construido en ese tiempo que queda detrás, simbolizado en ese (en mi caso) número 37... Por supuesto, sino no tendría sentido.
Pero cada día me siento más tentado a viajar con bisturí en mano, extirpando lo que no quiero que me determine, lo que no me gusta, lo que no quise... Siempre con precaución de no borrar en el gesto también lo que de enseñanza hubo y hay en el dolor, en la amargura, en la frustración...
Pero me niego cada día más a caminar con amarguras, frustraciones o dolores, a viajar con ellas presentes. Lo hablaba con alguien a quien quiero mucho últimamente. Uno debe vivir de nuevo cada día. No olvidar quien uno es, pero nacer de nuevo cada mañana... o al menos intentarlo.
Nacemos sin sueños, y a medida que la caja de años se va llenando, también lo hace la de los sueños, al tiempo que la de la memoria… De todas ellas, sólo la de los sueños podemos aligerar, modificar, retorcer o hasta vaciar. Lo mismo que hacer infinita. Y yo me veo con esta maleta de treinta y siete años, una caja de memoria de un peso sentimental quizá excesivo, pero sobre todo me veo con una ligera a la vez que infinita e intacta caja de sueños. Y es con esa con la que intento despertarme cada día, para agrandarla, y dejarla intacta cada noche al irme a dormir. Sé que la humanidad inevitable me hace errar y caminar por paisajes con equipajes queridos, hipócritas, deseados, aburridos, constantes… pero ese deseo de soltar lastre y continuar sólo con los sueños y lo aprendido es mi intención (al menos mi intención) cuando me levanto cada día. Y así quiero que siga siendo. 37, 38, 39...


