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23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

19 de junio de 2010

Adeus, adeus, adeus...


Se fue Saramago, desde su autoexilio volcánico y marino. No se fue a ninguna parte. Desapareció. Desapareció su vida, su energía, sus ojos curiosos, su voz quebrada. La vida se detiene así, de repente, y desaparece.
Desaparecemos.
No desaparecen sus palabras, ni su lucidez, ni su humanismo, ni su espíritu crítico y solidario, ni su esfuerzo por hacerse escuchar, desde la sencillez, desde la modestia, con su palabra redonda y rotunda, con su pensamiento voraz y lleno de reflexión y duda.
Sus palabras, sus personajes, sus universos, forman una obra monumental que quedará para todos nosotros, para el futuro del mundo, iluminando conciencias, asombrando lectores.

Desde su pensamiento incisivo:

"Por que foi que cegámos, Não sei, talvez um dia se chegue a conhecer a razão, Queres que te diga o que penso, Diz, Penso que não cegámos, penso que estamos cegos, Cegos que veem, Cegos que, vendo, não veem"
(Ensaio Sobre a Cegueira)


Hasta la inmensa grandeza de su palabra.

Tu estavas, avó, sentada na soleira da tua porta, aberta para a noite estrelada e imensa, para o céu de que nada sabias e por onde nunca viajarias, para o silêncio dos campos e das árvores assombradas, e disseste, com a serenidade dos teus noventa anos e o fogo de uma adolescência nunca perdida:
- O mundo é tão bonito e eu tenho tanta pena de morrer.
Assim mesmo. Eu estava lá
(Pequenas memórias)


Adeus, José, Adeus :'(

11 de enero de 2010

Éric Rohmer (1920-2010)


Fui seguidor de sus películas desde la primera que vi. Siempre me fascinó su impecable manera de diseccionar la complejidad del comportamiento humano desde esa aparente ligereza que tienen sus películas, que a veces hasta parecen documentales sobre la vida de personas reales. Es un cine que odias o amas, no creo que tenga término medio. Éric Rohmer retrata la espesura de la condición humana desde un realismo casi indecente, desde un naturalismo en el que no hay ningún elemento extra, apenas música, ni efectos, ni planos innovadores. Su contundencia está en tirar del hilo de la historia y de sus personajes con una neutralidad que nos convierte en voyeurs llenos de perplejidad ante la extrañeza de sus soberbias elipsis, tan cautivadoras y obscenas como las de la vida real. Sus películas han llenado de curiosidad y análisis a toda una generación de cinéfilos que hoy nos lamentamos de esta pérdida que nos deja un vacío inmenso.

Hace 9 años, el Institut Français de Madrid programó un ciclo completo de sus largometrajes hasta aquella fecha. Fue mi ocasión para verlas todas y fascinarme con su visión sutil y compleja de las relaciones. Autor de las maravillosas “Ma nuit chez Maud”, “Pauline à la plage”, o “Les rendez-vous de Paris”, quizá sea su tetralogía de cuentos de las cuatro estaciones su obra más depurada y accesible. “Conte d’automne” está, desde mi punto de vista, entre las mejores películas de toda la historia del cine francés, y posiblemente sea mi favorita de él, aunque siempre le tendré un especial cariño a “Le rayon vert” (el rayo verde) pues la vi en un momento vital de búsqueda sin objetivo, un poco como la pacata y cursi protagonista del film, y me hizo reflexionar sobre muchísimas cosas. Milagrosamente, también fue a partir de ver un rayo verde cuando empecé a encontrarle sentido a todo, a (como dice la leyenda de la que se habla en la película) entender mis propios sentimientos y los de los demás. Algo de lo que Rohmer, efectivamente, siempre supo mucho.



Nos quedan sus películas, si no las conocéis, no os las perdáis.
À bientôt, Éric!!!

4 de octubre de 2009

Si se calla el cantor.

Pero el cantor se calló. Mercedes Sosa, la cantora, la gran cantora de América del Sur se apagó para siempre. No su voz, que seguirá con nosotros, así como su recuerdo y su compromiso con los desfavorecidos y en general con las injusticias de esa América Latina que seguro la llora hoy con fuerza.
La vi sólo una vez, hace algunos años. Su voz estaba ya algo cansada, pero su fuerza en el escenario y su voz rotunda seguían emocionando como siempre. A mi madre le gustaba mucho, la recuerdo con frecuencia sonando en casa, o en el coche cuando era pequeño, de camino a Galicia en los veranos, todos en silencio intentando percibirla tras el sonido del aire entrando por las ventanillas. Esperemos que sigan levantándose voces de cantores que continúen luchando contra la opresión, plantando semillas en la conciencia general. Hoy, se nos fue una de las más grandes.




Si se calla el cantor calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto
si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.

Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios,
los obreros del puerto se persignan
quién habrá de luchar por su salario.

HABLADO
'Que ha de ser de la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
por el que sufre,´por el que no hay
ninguna razón que lo condene a andar sin manta'

Si se calla el cantor muere la rosa
de que sirve la rosa sin el canto
debe el canto ser luz sobre los campos
iluminando siempre a los de abajo.

Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime,
no saben los cantores de agachadas
no callarán jamás de frente al crimén.

HABLADO
'Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito'.

Si se calla el cantor . . . calla la vida.

26 de septiembre de 2009

Se extinguió el prodigio.


Alicia de Larrocha. Barcelona, 1923-2009

Probablemente la mejor intérprete de piano que hemos tenido en España en todo el siglo se nos ha ido hoy. Prodigiosa en su técnica impecable y perfecta, en su estilo cálido, pero siempre contenido, en sus tempi, siempre correctísimos, en su fraseo espectacular, en sus matices sublimes. La escuché varias veces, sobre todo en su última etapa pública, y recuerdo sus salidas a escena, discretísimas (apenas gesticulaba, tan sólo una leve inclinación) con aquel andar desgarbado suyo, con aquella estética, como de ama de casa aburrida. Pero en cuanto sus dedos tocaban el teclado, uno no podía más que fascinarse ante su rigor al tocar, ante su respeto a las partituras y su pasmosa capacidad para transmitir la esencia de la obra con una musicalidad que en pocos pianistas (y he visto muchos y muy buenos en mi vida) he vuelto a encontrar. Y todo con una aparente facilidad que aún hoy me sigue pareciendo imposible. Es una pena que de su inmenso repertorio fonográfico, poco se haya reeditado en los catálogos hoy en día.

Alicia ha supuesto una contribución como ninguna otra a la difusión de la música clásica española, y sus interpretaciones, sobre todo de Granados, Albéniz o Falla, de altísima calidad, han sido cruciales para que estas músicas estén en los repertorios de los pianistas de todo el mundo. Pero ella era una artista versátil, y era excelente en todo lo que se proponía, desde el repertorio romántico alemán, a los franceses, e incluso algún que otro barroco tremendo le llegué a escuchar.

Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven, con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción, y cómo desde su inglés españolizado, con esa dulzura que tenía ella al hablar, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecuta a Beethoven.

Pero sin duda fue siempre su Mozart el que me apasionó. Cristalino como pocos, inimaginablemente lleno de musicalidad, fresco y profundo a la vez. Ella fue niña prodigio, al igual que el salzburgués, y siempre manifestó un apasionado amor por él. Es una pena, no he podido encontrar grabaciones de sus sonatas de piano (olvidadas casi hoy en día, pero una de las mejores versiones del ciclo que se han grabado nunca). Quizá sólo cuando tocaba a su (también) amado Granados, me llegó a emocionar tanto. Recuerdo una Danza de Granados en el Teatro de la Maestranza, que puso en pie a todo la audiencia sin la mínima duda. Y ella, tan tímida siempre, que casi sin más gesto que el de inclinar un poco la cabeza, era como si casi no se sintiera digna de tanto elogio.

Aquí os dejo con una admirable versión del final de esa obra maestra que es el último concierto de piano de Mozart, a quien en mi corazón de melómano empedernido, siempre la tendré asociada.

Gracias por ser música en estado puro, y haberlo compartido con nosotros
Enlazo también el emotivísimo artículo de despedida que escribe en El País hoy, la gran pianista Rosa Torres-Pardo.

18 de mayo de 2009

Sin palabras.

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y la definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica los paros cardíacos
y de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como un certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.


Mario Benedetti, 1920-2009.

14 de octubre de 2008

Au revoir, Guillaume.

Guillaume Depardieu (1971-2008)


Cuando en 1993, Alain Corneau estrenaba en los cines su versión cinematográfica de la novela de Pascal Quignard Tous les matins du monde, yo vivía en Inglaterra y tenía tan sólo 1 año menos que él. La película me embriagó por su belleza, por la extrema delicadeza de su música, que en aquel momento contribuyó a acrecentar el interés por el hasta entonces aparentemente anodino barroco francés.
Me fascinó cómo trataba la hondura que la música puede ejercer en la vida y en la búsqueda de uno mismo. Me impactó mucho, me influyó mucho, me magnetizó mucho. Escuché aquella música como un poseso durante meses. Sigue estando entre mis compactos favoritos.

Pero también recuerdo aquel jóven Guillaume. 20 años. 1 menos que yo. La viva imagen de su padre, el célebre Gérard. Qué juventud tenían aquellos ojos azules, tan sólo unos meses mayores que yo. Ese espacio de tiempo que hemos compartido muchos años, todos esos en los que alguna vez de pasada leí alguna vez de su vida al límite, de sus coqueteos con el alcohol y las drogas, de su accidente de automóvil... En fin, de su vida, de la que yo siempre he guardado aquel recuerdo del joven Depardieu interpretando a un adolescente Marin Marais. A partir de ahora esos meses que nos llevamos irán creciendo, agigantándose, porque para él su vida se ha detenido a causa de una neumonía fulminante (sic).

Su muerte, aunque no fuera un personaje cercano a mí, me ha causado especial estupor. Quizá por compartir generación. No sé. Me voy a dormir con cierta inquietud, con una extraña, aunque agridulce necesidad de seguir exprimiendo la vida con fuerza, hasta con ansia, mañana cuando me despierte. Mañana, antes de que la nada me trague, antes de que pueda tragarme fulminante como ella sería capaz de hacerlo. Ansia de vivir y de buscar la belleza cada vez que puedo, y de hacer todo aquello que a veces no consigo descifrar, pero que poco a poco voy sabiendo que me hace feliz: abrazar cada mañana a quien deseo, aprender cada día algo nuevo, besar todas las veces que puedo a quienes quiero, viajar hasta el fin del mundo, oler cuantas veces puedo a quien amo, emborracharme de todo aquello de me gusta, no menoscabar la intensidad, escucharme más a mí mismo, intentar cada día entender mejor a quien no soy capaz de entender... y por supuesto alargar siempre que pueda esta lista con paciencia.

23 de enero de 2008

de veranos en invierno, de pérdidas y de aniversarios.



Se ha abierto una brecha de primavera en este invierno que no había más que comenzado. Es posible caminar por el retiro sin abrigo, sentarse a leer en un banco como si fuera abril o comer en una terraza a mediodía. Como en aquella película del belga Stéphane Vuillet (si bien allí la cosa era aún más sorprendente porque se trataba de Bruselas en el mes de enero) en la que al personaje protagonista, de repente, parecía sucederle de todo en el mismo día en el que, para colmo -o afortunadamente- también se anunciaba una inusual ola de calor casi veraniego en pleno invierno.

Casi igual que a mí el sábado pasado en plena Gran Vía, rebosante de luz y actividad como si fuese abril, con el sol engañándonos a través de este anticiclón templado que parece haberse encariñado con nosotros. Y de repente estaba allí, igual que entonces: aquel banco en el que me senté dos veranos atrás, habitado ahora por unos adolescentes molestos y gritones a quienes ni por asomo se les ocurriría pensar que allí, en aquel preciso lugar, en otro momento, habitó el trozo de una caricia que no se terminó nunca. Allí, justo allí, casi con la misma luz y casi con el mismo calor.

La gente atraviesa y camina, se tropieza y mira, avanza y no para... Nuestra Gran Vía es así, no deja respiro a la intensidad, en seguida la borra con más y más vida que pasa y pasa sin fin. No sé si los bancos de madera tendrán memoria, ni si ésta será limitada, o incluso selectiva, pero lo cierto es que el atropello de la memoria, la densidad del recuerdo, la torre que me vigilaba, el calor inusual... todo ello a la vez hizo que me parara en seco. Nada más se detuvo, todos continuaban fluyendo. Pero aquel instante que me acababa de atravesar desde el pasado se había quedado allí, paralizado, como accionado por el “pause” inteligentemente usado de un reproductor de vídeo.

No sé por qué, pero precisamente en aquel momento, recordé mi blog. Un blog que cumple hoy justo dos años. Cómo y por qué nació, y quiénes han estado cerca de él todo este tiempo, o parte de él...
No sé cuántas palabras habré escrito desde entonces, esto parece que no tiene contador. Ahora que lo repaso, hago cuentas y me salen unas 280 entradas, de las cuales 61 relatos. Han sido palabras y palabras que no han dejado de salir de mi cabeza. Muchas veces he pensado que no tenía mucho sentido seguir, que la inspiración había desaparecido, que ya no tenía nada que contar, que se había convertido en algo aburrido y que ya no era capaz de volcar en él nada interesante. Pero seguí adelante, a veces no sé ni por qué.

Hago balance y observo que además de mis historias han ido apareciendo por aquí músicas, poesía, arte, viajes, reflexiones, cine... un conjunto de cosas importantes de mi vida que he intentado descifrar poco a poco, aunque me temo que en el fondo son ellas las que me han ido descifrando a mí, sin ni siquiera ser consciente de ello.
A pesar de que la intención inicial era más higiénica, y sólo pretendía ordenar mis escritos y disciplinar un ejercicio continuado de escritura, creo que al final, a través de estas líneas, se ha escapado más de mí de lo que nunca pensé. Mis elipsis, mis enigmas, mis guiños privados, mis entrelíneas... quizá no son fáciles, pero tienen sus razones y sé que llegan cuando deben llegar y a quién tienen que llegar. Forman parte de mi necesidad de tender relaciones únicas con las personas que quiero. Sin duda este espacio me ha permitido sumar y sumar en la cuenta de las personas que quiero y que aprecio. Y hablo sobre todo de las que me han acercado no sólo a sus palabras aquí, sino a sus vidas en el mundo de lo real, sea en la vertiente que sea. Son, con diferencia, lo más intenso e importante que me ha dado el blog. Sé que no hacen falta nombres, pero muchas gracias a todos.


El texto se está haciendo un poco largo, pero antes de terminar quería también aprovechar otra de esas incomprensibles coincidencias que tiene la vida. Y es que hoy, repasando textos, caí en la cuenta de que el primer texto que subí al amante del volcán, un 24 de enero de hace 2 años, fueron mis impresiones de la gran película de Ang Lee, Brokeback Mountain. Justo cuando esas palabras van a cumplir dos años, no quiero dejar de recordar que ayer desaparecía el actor Heath Ledger, co-protagonista de una cinta que a muchos nos ha proporcionado algunas de las escenas más emocionantes del cine de los últimos años.
Ennis abrazado a esa camisa, más allá de todo lo predecible que podría parecer, no deja de tener un significado especial y poderoso, ya que ahí, con esa brillante sencillez, está sutilmente representada toda una forma de sentir y de mirar la vida... la misma que respira bajo este volcán.


23 de noviembre de 2007

El dolor de la primavera.

Hace días que vengo escribiendo un microrelato en forma de pequeño cuento mitológico inventado, inspirándome en la contundente música (Le sacre du printemps) con la que Igor Stravinski escandalizó París en el año 1913.
La provocación de Igor enfrentaba una leyenda eslava anclada en lo primitivo con una música revolucionaria y desconcertante, estructurada en base al ritmo y la percusión, hostil en muchos momentos a los sentidos, alejada del lirismo tradicional y proponiendo una nueva estética grave, inquietante, telúrica y a la vez vanguardista.

Yo he transformado la leyenda en otra, pero con la intención de respetar la esencia de lo que Stravinski nos quiso transmitir.
Tenía la intención de ilustrarla con uno de los montajes que más honor le hace a la partitura. La del coreógrafo belga Maurice Béjart, uno de los padres de la danza contemporánea (de la que ha sido uno de los máximos difusores en el final del siglo pasado) y creador de algunos de los montajes más absolutamente redondos del género. Lo elegí a él porque me ha subyugado siempre, porque fue un rompedor y ha sido uno de los que ha sacado la danza clásica del estrecho corsé en el que la historia la había encajado. Por eso creo que su versión es la que más se adapta a la intención primaria del Ballet de Stravinski. Yo aún me maravillo cuando la veo.
Casualmente Maurice Béjart nos dejaba ayer un gran vacío al desaparecer. Me ha parecido una noticia triste para el arte en general, y me ha impulsado a terminar el relato que pensé que iba a quedar eternamente en borrador.
Os dejo con unas escenas de su coreografía absolutamente extraordinarias (no os perdáis el maravilloso final) y con mi pequeño relato.


En los últimos segundos antes de expirar, un tumulto de sensaciones y recuerdos cae como un aguacero sobre Selune. Las drogas que ha ingerido durante la tarde previa al ritual la mantienen en una semiinconsciencia de la que sólo cree despertar a medias cuando el reflejo del fuego sobre la gran daga de del hechicero Laur le quema los ojos con su resplandor. Sus ojos oscuros tras la máscara, a pesar de la euforia desatada por los cientos de golpes de tambor sobre sus oídos, la tranquilizan. El olor de la sangre de los animales recién descuartizados comienza a invadirlo todo, y la imagen de la suya que será vertida en breve sobre ellos, le llena de imágenes la retina. Pero al brillo intenso de la daga todo se desvanece. Ha llegado el final. El mundo entero parece detenerse de pronto y un extraño silenció la invade. Entonces llegan los recuerdos, como en tumulto, abrasándole la piel de las sienes. La mañana en que la nieve comenzó a deshacerse sobre la llanura, y la mirada oscura de su madre, que no decía nada, pero que tragaba estoica la amargura de ser madre de la virgen más joven del poblado. El viento que se iba haciendo menos frío, la aparición de las primeras brisas templadas, con la llegada de la cuarta luna desde el inicio de la crecida del día.
Selune conocía a Tremel desde niña, y habían compartido juegos y noches en torno a la hoguera del poblado. Pero no fue hasta el verano pasado cuando comenzó a sentir una poderosa atracción hacia él. Aquella imagen también le llega como una piedra afilada lanzada sobre su memoria. Tremel y ella nadaban en el río, jugando como siempre lo habían hecho, desnudos, salpicándose y riendo todo el tiempo. Y entonces Selune, sin saber muy bien por qué, se sintió profundamente turbada mientras contemplaba la espalda mojada de Tremel saliendo del agua, y los minúsculos ríos de agua descendiendo furiosos por su piel para caer salpicando la superficie, y el sol haciendo que brillase como una estrella. Selune sintió un escalofrío de placer, un estremecimiento desconocido, seguido de repente de una sensación de embarazo, de pudor y de soledad. Y recuerda cómo salió corriendo en otra dirección, a cubrirse veloz con la tela de su saya. Pero desde entonces no puede evitar mirar hacia Tremel donde quiera que esté. Se siente como poseída por un hechizo, atraída brutalmente por su cuerpo y por su mirada. Sin embago, desde aquel día, paradójicamente, se siente incapaz de ser la misma de antes con él, y no se ha atrevido a romper la distancia que guardan entre sí quienenes no se conocen mucho. Pero le dolía, le dolía ser incapaz de acercarse a él, y sentía como fuego en el pensamiento cuando estaba él delante.
Hasta que una noche sin luna, después de cantar junto a la hoguera, por fin se aproximó, y le dijo algo cariñoso, y caminaron juntos un rato en la oscuridad del bosque. El resplandor lejano de las hogueras era la única claridad que les llegaba. Aún en esa penumbra Selune sentía los ojos de Tremel clavársele como espadas en los suyos. Con todo el temblor que la recorría, Selune acercó poco a poco sus dedos a las mejillas de él. El gesto provocó que él se acercara más aún y le dejara un beso en la frente. Le sonrió y tomó el camino de vuelta a las cabañas. Selune se quedó detenida, y su cara se llenó enseguida de abundantes lágrimas. Desde entonces ha vivido como un espíritu, vagando siempre sola y sin emitir apenas sonidos. Su madre la mira con melancolía, pero no dice nada. Últimamente le toma la mano y la acaricia con frecuencia, como sabiendo que es algo que no podrá volver a hacer. Nadie dice nada, pero todos la miran en el poblado desde hace días. Todas esas miradas también llegan a su cabeza en el último momento. Miradas que se mezclan con la oscuridad que percibe detrás de los huecos profundos de la máscara de Laur y el intenso resplandor de la llama en la daga, que parece penetrar en ellos. Después siente el metal hirviendo sobre la piel, y se desvanece.
Lo último que siente recordar son las gotas de agua cayendo por la espalda de Tremel, iluminada por el sol.
Delante de la sangre aún tibia de Selune derramada sobre una copa de barro azul todo el poblado acaba de hacer silencio. Los primeros rayos de la mañana se vislumbran ya sobre las montañas. Con el sacrificio de la virgen más joven del poblado la primavera que ya despunta no morirá, y podrá haber frutos que comer, y caza abundante. Se van retirando todos, como cada año. Las más jóvenes sienten un extraño temblor en su piel, y los adultos comienzan a pensar en el día de trabajo. Se retiran a descansar a sus cabañas. Aún huele a sangre, y el único que permanece junto a las brasas, ya con el sol levantado, es Tremel. Mira fijamente el lugar del sacrificio, y es difícil saber qué siente o qué piensa, pero permanece de pie junto a los restos cuando han pasado horas ya del final, solo, y no aparta su mirada del último lugar en el que ha visto la mirada de Selune.

6 de septiembre de 2007

Nessum Dorma...

Nunca fue de mis tenores favoritos. Su precisión vocal y su potencia siempre destacaron sobre la delicadeza de su canto. Su torrente de voz era espectacular, y levantaba auditorios enfervorizados cuando cantaba algunas de "sus" arias.

Yo nunca le quise prestar mucha atención, ni a su carácter temperamental, ni a sus excentricidades, ni a sus devaneos con el pop... Quizá sea que su repertorio habitual no está entre mis favoritos, con la excepción de Puccini. Pero esta mañana, cuando he escuchado la noticia de su fallecimiento en la radio y ha sonado de fondo su maravillosa voz, no he podido remediar las lágrimas, que me han empañado la mañana de extrañeza y lírica. La de uno de los grandes sin duda. Grande porque su voz es de las poquísimas que podemos calificar de inigualables, de únicas. Por su potencia contundente y su fraseo elegante y perfecto. Porque aunque para mí gusto resulte un tanto frío, su pasión y entusiasmo nacían de su infinito placer por cantar. Un enamorado inevitable de la música que, hasta que la vida pudo con él, dejo nadar las notas de los grandes del belcanto por toda su sangre... Siempre le recordaré por su maravilloso Mario, de Tosca. Os dejo con él, y con el irremplazable hueco que deja en el mundo de la ópera.

27 de abril de 2007

Requiem In Pace

Hoy me he despertado con una de esas noticias especialmente tristes. Triste porque desaparece alguien que era excepcional, y que nos había hecho emocionar a muchos con su forma de interpretar.

Mstislav Rostropovich es uno de los grandes interpretes de violonchelo de toda la historia de la música. Personaje de sobra conocido, incluso para los no relacionados con el mundo de la música clásica. Se nos ha ido, a los 80 años, cuando la mayoría no lo esperábamos. Yo tampoco.

El violonchelista ruso era un personaje admirado por todos los melómanos, sin ningún tipo de concesión. Porque su forma de interpretar, rotunda y contundente, virtuosa, pero profundamente iluminada, no daba lugar a críticas. Su pasión y amor por el instrumento eran evidentes en cuanto se le escuchaba interpretar. Fue, en definitiva, un gran maestro.

Pero la pérdida de Mstislav es especialmente triste, porque su humanidad y compromiso con el mundo que le tocó vivir fueron inequívocos, y esto es especialmente relevante porque le tocó sufrir circunstancias donde uno puede elegir comprometerse simplemente de pensamiento, o actuar. Y él fue un hombre que actuó. Y fue siempre claro su alineamiento con la libertad, con la lucha contra la injusticia, en pro de los derechos humanos y de las causas sociales. Y porque siempre fue un convencido embajador de la cultura musical de Rusia, que siempre interpretó y difundió en su faceta de interprete de violonchelo y de director de orquesta.

Recuerdo la primera vez que le vi sobre un escenario, como director de una de las orquestas de Londres. Interpretaban a Shostakovich. Al final del concierto, tras señalar a los solistas y levantar a toda la orquesta para compartir el triunfo con ellos, se bajó del podio, tomó la genial partitura de la quinta sinfonía que acababan de interpretar, y la bajó hasta situarla sobre un gran ramo de flores que decoraban el inicio del escenario, para después extender sus brazos hacia ella y rendir homenaje al grandísimo compositor ruso. Es sólo un gesto, pero dice mucho de su carácter sencillo, humilde y comprometido.

Rostropovich interpretando a Bach frente al muro de Berlin, en 1989

Un gran ser humano.

Os dejo con una de sus interpretaciones más conmovedoras. La del más bello concierto para violonchelo que jamás se ha escrito, el del checo Antonin Dvorák. Es el fragmento final. Si os esperáis al final, oiréis el tristísimo y bellísimo canto de cisne con el que termina. Sin palabras. En la dirección, otro grandísimo, recientemente fallecido también, el italiano (y adorado) Carlo Maria Giulini.

Descanse en paz.