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23 de noviembre de 2007

El dolor de la primavera.

Hace días que vengo escribiendo un microrelato en forma de pequeño cuento mitológico inventado, inspirándome en la contundente música (Le sacre du printemps) con la que Igor Stravinski escandalizó París en el año 1913.
La provocación de Igor enfrentaba una leyenda eslava anclada en lo primitivo con una música revolucionaria y desconcertante, estructurada en base al ritmo y la percusión, hostil en muchos momentos a los sentidos, alejada del lirismo tradicional y proponiendo una nueva estética grave, inquietante, telúrica y a la vez vanguardista.

Yo he transformado la leyenda en otra, pero con la intención de respetar la esencia de lo que Stravinski nos quiso transmitir.
Tenía la intención de ilustrarla con uno de los montajes que más honor le hace a la partitura. La del coreógrafo belga Maurice Béjart, uno de los padres de la danza contemporánea (de la que ha sido uno de los máximos difusores en el final del siglo pasado) y creador de algunos de los montajes más absolutamente redondos del género. Lo elegí a él porque me ha subyugado siempre, porque fue un rompedor y ha sido uno de los que ha sacado la danza clásica del estrecho corsé en el que la historia la había encajado. Por eso creo que su versión es la que más se adapta a la intención primaria del Ballet de Stravinski. Yo aún me maravillo cuando la veo.
Casualmente Maurice Béjart nos dejaba ayer un gran vacío al desaparecer. Me ha parecido una noticia triste para el arte en general, y me ha impulsado a terminar el relato que pensé que iba a quedar eternamente en borrador.
Os dejo con unas escenas de su coreografía absolutamente extraordinarias (no os perdáis el maravilloso final) y con mi pequeño relato.


En los últimos segundos antes de expirar, un tumulto de sensaciones y recuerdos cae como un aguacero sobre Selune. Las drogas que ha ingerido durante la tarde previa al ritual la mantienen en una semiinconsciencia de la que sólo cree despertar a medias cuando el reflejo del fuego sobre la gran daga de del hechicero Laur le quema los ojos con su resplandor. Sus ojos oscuros tras la máscara, a pesar de la euforia desatada por los cientos de golpes de tambor sobre sus oídos, la tranquilizan. El olor de la sangre de los animales recién descuartizados comienza a invadirlo todo, y la imagen de la suya que será vertida en breve sobre ellos, le llena de imágenes la retina. Pero al brillo intenso de la daga todo se desvanece. Ha llegado el final. El mundo entero parece detenerse de pronto y un extraño silenció la invade. Entonces llegan los recuerdos, como en tumulto, abrasándole la piel de las sienes. La mañana en que la nieve comenzó a deshacerse sobre la llanura, y la mirada oscura de su madre, que no decía nada, pero que tragaba estoica la amargura de ser madre de la virgen más joven del poblado. El viento que se iba haciendo menos frío, la aparición de las primeras brisas templadas, con la llegada de la cuarta luna desde el inicio de la crecida del día.
Selune conocía a Tremel desde niña, y habían compartido juegos y noches en torno a la hoguera del poblado. Pero no fue hasta el verano pasado cuando comenzó a sentir una poderosa atracción hacia él. Aquella imagen también le llega como una piedra afilada lanzada sobre su memoria. Tremel y ella nadaban en el río, jugando como siempre lo habían hecho, desnudos, salpicándose y riendo todo el tiempo. Y entonces Selune, sin saber muy bien por qué, se sintió profundamente turbada mientras contemplaba la espalda mojada de Tremel saliendo del agua, y los minúsculos ríos de agua descendiendo furiosos por su piel para caer salpicando la superficie, y el sol haciendo que brillase como una estrella. Selune sintió un escalofrío de placer, un estremecimiento desconocido, seguido de repente de una sensación de embarazo, de pudor y de soledad. Y recuerda cómo salió corriendo en otra dirección, a cubrirse veloz con la tela de su saya. Pero desde entonces no puede evitar mirar hacia Tremel donde quiera que esté. Se siente como poseída por un hechizo, atraída brutalmente por su cuerpo y por su mirada. Sin embago, desde aquel día, paradójicamente, se siente incapaz de ser la misma de antes con él, y no se ha atrevido a romper la distancia que guardan entre sí quienenes no se conocen mucho. Pero le dolía, le dolía ser incapaz de acercarse a él, y sentía como fuego en el pensamiento cuando estaba él delante.
Hasta que una noche sin luna, después de cantar junto a la hoguera, por fin se aproximó, y le dijo algo cariñoso, y caminaron juntos un rato en la oscuridad del bosque. El resplandor lejano de las hogueras era la única claridad que les llegaba. Aún en esa penumbra Selune sentía los ojos de Tremel clavársele como espadas en los suyos. Con todo el temblor que la recorría, Selune acercó poco a poco sus dedos a las mejillas de él. El gesto provocó que él se acercara más aún y le dejara un beso en la frente. Le sonrió y tomó el camino de vuelta a las cabañas. Selune se quedó detenida, y su cara se llenó enseguida de abundantes lágrimas. Desde entonces ha vivido como un espíritu, vagando siempre sola y sin emitir apenas sonidos. Su madre la mira con melancolía, pero no dice nada. Últimamente le toma la mano y la acaricia con frecuencia, como sabiendo que es algo que no podrá volver a hacer. Nadie dice nada, pero todos la miran en el poblado desde hace días. Todas esas miradas también llegan a su cabeza en el último momento. Miradas que se mezclan con la oscuridad que percibe detrás de los huecos profundos de la máscara de Laur y el intenso resplandor de la llama en la daga, que parece penetrar en ellos. Después siente el metal hirviendo sobre la piel, y se desvanece.
Lo último que siente recordar son las gotas de agua cayendo por la espalda de Tremel, iluminada por el sol.
Delante de la sangre aún tibia de Selune derramada sobre una copa de barro azul todo el poblado acaba de hacer silencio. Los primeros rayos de la mañana se vislumbran ya sobre las montañas. Con el sacrificio de la virgen más joven del poblado la primavera que ya despunta no morirá, y podrá haber frutos que comer, y caza abundante. Se van retirando todos, como cada año. Las más jóvenes sienten un extraño temblor en su piel, y los adultos comienzan a pensar en el día de trabajo. Se retiran a descansar a sus cabañas. Aún huele a sangre, y el único que permanece junto a las brasas, ya con el sol levantado, es Tremel. Mira fijamente el lugar del sacrificio, y es difícil saber qué siente o qué piensa, pero permanece de pie junto a los restos cuando han pasado horas ya del final, solo, y no aparta su mirada del último lugar en el que ha visto la mirada de Selune.