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23 de julio de 2010

El último gran Mozartiano.


Sir Charles Mackerras (1925 - 2010)


Hace unos días tuvimos que decirle adiós. Quizá el último de los grandes del siglo XX, y uno de los directores más completos y personales de la historia reciente de la música. Su nombre no brilló tanto como los de Karajan, Celibidache, Giulini o Bernstein, por poner algunos nombres a la altura de él.
Siempre fue más discreto, pero los que amamos la música clásica sí sabemos de él, de su impresionante currículum, y de sus inolvidables grabaciones. Creo que lo más destacable de él fue su inmensa curiosidad hacia la música, lo cual lo convirtió, sin pretensión alguna, en un increíble visionario. Apostó siempre por géneros, autores y formas de interpretación que muchos años después adquirieron una justa valoración e importancia. Tal es el caso de la opereta, de la música checa o de la interpretación con instrumentos originales, por destacar algunos de los géneros y aproximaciones a la interpretación que él indagó desde sus comienzos como director, cuando nadie apostaba por ellos.
Es el gran difusor de la música de Janáček, de cuyas óperas (hoy aclamadas mundialmente como un corpus de referencia en el género) realizó la primera (y hasta hoy aún no igualada) integral. A finales de los cincuenta ya se atrevió a realizar grabaciones de música barroca con instrumentos originales, versión que el mundo de la música no supo entender muy bien pero que terminó constituyendo una gran e impulsiva corriente de la interpretación de la música anterior al siglo XIX que hoy es la que probablemente más interés (y beneficio económico por lo tanto) reporta a las casas discográficas.
Sin embargo, algunos lo recordaremos siempre como uno de los más grandísimos intérpretes de la música de Mozart de todos los tiempos. Es un compositor que siempre ocupó un lugar primordial en su discografía. Un músico que le ha acompañado toda su vida, desde sus inicios hasta este triste final que a los 84 años le ha sobrevenido repleto aún de energía y proyectos. Sus grabaciones de las óperas mozartianas, si no de referencia, siempre han sido de las más equilibradas y completas. Su Idomeneo para el presente festival de Edimburgo quedará huérfano sin su dirección, lo cual no deja de ser un símbolo de la importancia de la música del salzburgués en la carrera de este director incomparable.
Su visión de Mozart fue haciéndose cada vez más rica y madura. Ya había grabado una de las integrales de referencia de sus sinfonías con la Orquesta de Cámara de Praga. Pero con su actual orquesta (la Orquesta de Cámara Escocesa) nos ha regalado probablemente dos de los mejores discos de la historia de la música de Mozart. Grabados en 2008 y 2010, recogen las últimas sinfonías de Mozart en unas versiones que resultan rotundas, inmejorables. Mackerras expresa en ellas toda una vida de amor por la música de Mozart, y su mirada, sabia y madura nos transporta a un Mozart en el que la luz y la sombra nos asaltan con contundencia, pero en el que la luz se impone claramente. Unas versiones expresivas y enérgicas, como salidas de la mano de un adolescente, atropelladas a veces, pero con un desconcertante análisis de detalles en el que Mackerras nos descubre los infinitos matices de la partitura, casi como si las escucháramos por primera vez. Tengo ambos compactos (4 cd’s en total) y confieso que no me aburro de escucharlos.



Tienen una libertad expresiva y una clarividencia que es difícil de expresar con palabras. Su luz, sus ritmos exactos, que pasan de lo sobrio a lo exultante, pero siempre con una indefinible majestuosidad que los hace siempre perfectos, hacen que estas grabaciones sean una referencia absoluta de aquí al futuro cuando se hable de esta música. La producción de estas grabaciones es simplemente exquisita, y saca a la luz del oyente la riqueza de matices expresivos de la composición, especialmente la de los instrumentos de viento, tan olvidada por los productores habituales. Qué pena que personas así tengan que dejarnos. Una pérdida insustituible para el mundo de la música. Curiosamente este año programó un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid, para el que yo tenía entrada, que guardaba con emoción, pues nunca había asistido a un concierto suyo, pero que por problemas que no termino de entender con la productora del concierto, se terminó cancelando. Una pena. Menos mal que nos quedan sus estupendos discos, que desde aquí recomiendo encarecidamente porque son de referencia casi todos. Pero, especialmente, los dos últimos, con sinfonías de Mozart y la Scottish Chamber Orchestra, esos son imprescindibles para cualquier mozartiano. Y como prueba, el glorioso final de la sinfonía Jupiter, imposible interpretarlo con más inteligencia… Le recordaremos así, para siempre.

26 de septiembre de 2009

Se extinguió el prodigio.


Alicia de Larrocha. Barcelona, 1923-2009

Probablemente la mejor intérprete de piano que hemos tenido en España en todo el siglo se nos ha ido hoy. Prodigiosa en su técnica impecable y perfecta, en su estilo cálido, pero siempre contenido, en sus tempi, siempre correctísimos, en su fraseo espectacular, en sus matices sublimes. La escuché varias veces, sobre todo en su última etapa pública, y recuerdo sus salidas a escena, discretísimas (apenas gesticulaba, tan sólo una leve inclinación) con aquel andar desgarbado suyo, con aquella estética, como de ama de casa aburrida. Pero en cuanto sus dedos tocaban el teclado, uno no podía más que fascinarse ante su rigor al tocar, ante su respeto a las partituras y su pasmosa capacidad para transmitir la esencia de la obra con una musicalidad que en pocos pianistas (y he visto muchos y muy buenos en mi vida) he vuelto a encontrar. Y todo con una aparente facilidad que aún hoy me sigue pareciendo imposible. Es una pena que de su inmenso repertorio fonográfico, poco se haya reeditado en los catálogos hoy en día.

Alicia ha supuesto una contribución como ninguna otra a la difusión de la música clásica española, y sus interpretaciones, sobre todo de Granados, Albéniz o Falla, de altísima calidad, han sido cruciales para que estas músicas estén en los repertorios de los pianistas de todo el mundo. Pero ella era una artista versátil, y era excelente en todo lo que se proponía, desde el repertorio romántico alemán, a los franceses, e incluso algún que otro barroco tremendo le llegué a escuchar.

Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven, con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción, y cómo desde su inglés españolizado, con esa dulzura que tenía ella al hablar, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecuta a Beethoven.

Pero sin duda fue siempre su Mozart el que me apasionó. Cristalino como pocos, inimaginablemente lleno de musicalidad, fresco y profundo a la vez. Ella fue niña prodigio, al igual que el salzburgués, y siempre manifestó un apasionado amor por él. Es una pena, no he podido encontrar grabaciones de sus sonatas de piano (olvidadas casi hoy en día, pero una de las mejores versiones del ciclo que se han grabado nunca). Quizá sólo cuando tocaba a su (también) amado Granados, me llegó a emocionar tanto. Recuerdo una Danza de Granados en el Teatro de la Maestranza, que puso en pie a todo la audiencia sin la mínima duda. Y ella, tan tímida siempre, que casi sin más gesto que el de inclinar un poco la cabeza, era como si casi no se sintiera digna de tanto elogio.

Aquí os dejo con una admirable versión del final de esa obra maestra que es el último concierto de piano de Mozart, a quien en mi corazón de melómano empedernido, siempre la tendré asociada.

Gracias por ser música en estado puro, y haberlo compartido con nosotros
Enlazo también el emotivísimo artículo de despedida que escribe en El País hoy, la gran pianista Rosa Torres-Pardo.

26 de julio de 2009

Un Figaro "de verano".


Vuelta a Madrid. Fin de las vacaciones y broche mozartiano para este intenso mes de Julio. Esperaba con muchas ganas la producción madrileña de las Bodas de Fígaro, una de las óperas más brillantes, perfectas e intensas de la historia de la música, acaso tal vez no superada en su capacidad de fusionar teatralidad, acción, caracterización musical e introspección de personajes y atmósferas.
Una pena que la propuesta del Real no esté a la altura de lo que pretende ser este teatro nuestro. Aún así, creo injusto usar el descrédito con ella, porque tiene muchos hallazgos. Lo que ocurre es que no comparto el enfoque de partida que subyace en la propuesta de Daniel Bianco y Emilio Sagi. A pesar de haber argumentado en varias entrevistas su elección “tradicional” para la puesta en escena porque el conflicto social subyacente tiene sentido sobre todo en ese momento histórico y en esa localización (la Sevilla del siglo XVIII), intuyo que se trata más bien de una apuesta personal, ya que en una ópera tan conocida como esta, donde muchos de los elementos contextualizadores son de sobra conocidos y asumidos por la inmensa mayoría de los espectadores, es donde precisamente más cabe una apuesta más arriesgada, una lectura más fina de una obra, que vaya más allá de la mera ópera buffa que nos han querido servir.

Comenzar un programa de mano subrayando el carácter revolucionario de una historia donde la clase oprimida de alguna forma triunfa (por inteligencia y humanidad) sobre la dominante, no es coherente con una propuesta que se recrea en el carácter cómico (a veces de una manera bastante simplona) de la acción y en un acentuado carácter folclórico que no añade realmente nada a la obra. Es por eso que considero que se trata de una apuesta muy personal. Pero tiene, no obstante, algunos aciertos. La idea inicial parte de una escenografía con cierta influencia de Strehler en la elegancia de algunos espacios y el uso (muy acertado, de lo mejor de la representación) de la luz, pero que termina desdibujada por un abuso excesivo de elementos muy barrocos (flores, blasones, personajes innecesarios en escena…) que desvirtúan el resultado.
Tras un primer acto muy confuso escénicamente, el acto segundo es el más conseguido, por su sencillez, desde la inicial y deslumbrante apertura de las ventanas de la habitación de la condesa, lo cual permite que podamos centrarnos en la acción de este acto sublime (quizá el momento cumbre de la ópera) y en la música en sí. Después, el tercero se les va de las manos (no termino de ver la danza goyesca “con castañuelas” en la boda ni a las dos pesadas que se dedican a fregar el suelo del patio durante medio acto, por poner un par de ejemplos. En el cuarto nos pretenden sorprender con alguna innovación, como el uso del telón transparente (el inicio del acto es complejo de situar físicamente, así que no está del todo equivocado, creo), el encendido de luces en el “aprite un po’ quegli occhi uomini incauti e sciocchi” o el jardín sevillano, con fuente (sonando demasiado alto en mi opinión) y perfume de azahar incluido (eso sí me sorprendió). De todas formas, creo que es un exceso de elementos que más bien estorban para una escena final en la que la música dibuja ya a la perfección las turbaciones que sufren los personajes.

El enfoque musical me convenció mucho más, a pesar de la mediocre calidad de orquesta y solistas. Pero creo que en la cabeza de López Cobos la idea era de darnos una versión muy equilibrada entre la teatralidad y la musicalidad, una elección que es fundamental a la hora de plantearse esta obra. Elección que en pocas ocasiones se decanta por un extremo u otro, pero que tampoco es abordada con visión unitaria. La mayoría de los directores toman elecciones diferentes para las diferentes escenas e incluso para arias o momentos específicos, lo cual desemboca en versiones muy irregulares donde la música termina pareciendo ser encajada como si de un collage se tratase. López Cobos adopta un tempo justo, que no apaga la teatralidad de la acción, y que nos permite asumir la inmensa belleza de la música al mismo tiempo. Además, mantiene su criterio a lo largo de toda la ópera, logrando una homogeneidad que en pocas versiones he visto. Desde mi punto de vista es todo un acierto, más allá de que las intervenciones de los solistas no estuvieran a la altura de un teatro de primera (asistí al segundo reparto, pero intuyo que el primero estaba en la misma línea), salvo quizás el Conde de Mariusz Kwiecien y por supuesto el Bartolo del gran Carlos Chausson. De todas formas, fallos de entonación tan graves como los de Ketevan Kemoklidze no deberían tolerarse en un teatro de primera (con precios, además, de teatro de primera, claro).

Afortunadamente Las Bodas de Figaro está llena de conjuntos vocales que constituyen el verdadero corazón de la trama y de la acción. Y éstos fluían con tal musicalidad y elegancia, con tal fusión, que verdaderamente era una delicia poderla escuchar sin sobresaltos, dejando que la lucidísima partitura de Mozart fuera instalando en el espectador todos esos matices de la inmensa humanidad de sus personajes. Es en la partitura donde se despliegan los celos, los temores, los deseos, las incertidumbres, la felicidad, las dudas… Poco a poco, a fuerza de melodías, de matices de los instrumentos de viento (que estuvieron en general quizá más a la altura que la cuerda), de ritmos y marchas. Y en eso, a pesar de la irregular ejecución, el planteamiento era inteligente y lleno de honestidad. López Cobos apuesta por un Mozart con cierta (hermosa) tendencia a la melancolía, pero que se nos instala dentro con fuerza, con esa intensidad que esta obra tiene para hacernos desear vivir en ella para siempre.
En definitiva, una versión que aporta poco (en una obra que debe contarse entre las más representadas del mundo de la ópera) pero que no deja de ser una absoluta obra de referencia, y que siempre gusta ver, aunque deba ser en una versión que no le termina de hacer justicia. Será cosa del verano y de no querer hacernos pensar demasiado…

22 de junio de 2009

Bálsamo de espinas.

Era una tranquila mañana de verano cuando el joven Wolfgang se asomó a la ventana de su casa paterna junto al río Salzach en Salzburgo. Sólo entonces se dio cuenta de que la voz de la joven cantora de la taberna de la Hannibalplatz había dejado de escucharse. Pensó que tal vez estuviese enferma, o de peor humor que de costumbre, aunque era difícil imaginar que una chica que tenía una de las sonrisas más bonitas de la ciudad pudiese estar enfadada por algo. Wolfgang llevaba varios días atascado con una nueva ópera seria, de nombre El Serrallo. El argumento le parecía tan simple y aburrido que no le inspiraba nada. A sus veinticuatro añitos el joven Mozart tenía muchas otras cosas en mente, quizá por eso se le estaba atravesando aquel libreto. Conocedor de su talento y posibilidades, aquel músico prometedor se ahogaba en la estrecha y oprimente Salzburgo. Quizá las preocupaciones de su reciente y tan largo como poco prometedor viaje a varias ciudades europeas en busca de un futuro mejor le rondaran aquellos días. La reciente muerte de su padre Leopold, las deudas crecientes o el rechazo de Aloysia Weber, en sus últimos días en Munich le acechaban sin duda. Resignado a aceptar el modesto y castrante puesto en el oscuro arzobispado de Salzburgo, aquellas mañanas grises de julio se vieron aliviadas tan solo por la voz de la joven Elise. No escucharla aquella mañana le produjo una insólita y aguda melancolía. Sobre la mesa, la escena de Zaide, que se enamora de uno de los esclavos del harém mientras éste duerme, y que le entrega su retrato. Él ya sabe que serán descubiertos, llevados en presencia del sultán, y que éste les negará el perdón. Después… después aún no está seguro de cómo continuar. Pero en ese momento, el joven Wolfgang toma la pluma y se deja llevar por el impulso de su extraña amargura, de su parálisis personal, de la falta de la voz de Elise cruzando la plaza, llegando hasta su ventana.
Y de ahí pudo haber salido esta pequeña aria, que en realidad es inmensa. Mozart aún no lo sabía, pero estaba a punto de dar el gran salto de su vida, viajar a Viena, componer para el emperador, tener éxito en la corte, ser admirado por todo el mundo… Un camino que, también, le llevaría a la libertad personal y profesional, y que le conduciría del mismo modo al amor de su vida… Pero no, eso aún no lo sabía. Aquel Serrallo, hoy en día recuperado con el nombre de Zaide (por evitar la confusión con su otra gran ópera de Serrallo, compuesta poco después, nada más desembarcar en Viena) quedó incompleta y olvidada. Y quedó en la sombra del misterio cuál sería el destino de Zaide y su enamorado Gomatz. Sólo nos queda su inicio, en la cual está incluida esta aria, con una de las más hermosas melodías que compuso el Salzburgués, elevándose sobre todo espacio y sobre todo tiempo, sobre toda realidad, imponiéndose por encima de todo bien y de todo mal, llegando al futuro con la misma honestidad con la que fue escrita una mañana de verano, para llegar hasta nosotros, hasta todos los que sinceramente le apreciamos.



Ruhe sanft, mein holdes Leben,
schlafe, bis dein Glück erwacht!
da, mein Bild will ich dir geben,
schau, wie freundlich es dir lacht:
Ihr süßen Träume, wiegt ihn ein,
und lasset seinem Wunsch am Ende
die wollustreichen Gegenstände
zu reifer Wirklichkeit gedeihn.

Descansa tranquilo, dulce amor de mi vida,
Duerme hasta que te vuelvas a despertar en la felicidad.
Aquí te entrego un retrato mío,
Mira qué amorosamente te sonríe.
Oh, deja que esos sueños dulces le acunen,
Y dejen que todas las cosas sensuales que desea
Se hagan finalmente realidad.

21 de abril de 2009

Personajes Secundarios

Me despierto estas mañanas con el sueño a punto de ser atrapado por sus extremos. Con la sensación en los labios pero sin argumento, con un sentimiento parecido más a la intuición que al recuerdo que se borra, como si los sueños se traspusieran transformándose en futuro posible que aún está por llegar, pero que deja un preludio en algún lugar de los innumerables pasillos que guardan dedos, memoria o anhelo... A veces sí, a veces consigo tirar del hilo, a la espera de ver desplomarse sobre mí, uno tras otro, los personajes secundarios, protagonistas de todas las historias menores, secuelas, anécdotas... Y es que ya me lo sé, lo principal siempre me queda en sombra. Un abrazo que no di y tampoco sé a quién, una palabra que olvidé, un rostro que no descifro, que puede no ser nadie, pero a quien no dejo de presentir clave para comprenderlo todo.

Recuerdo cuando, hace años ya, solía recordar casi todas las historias que pasaban por mi cabeza en las horas de la noche. Siempre ligados a las inquietudes del momento, casi siempre reconocibles, recomponibles como un puzzle que encajaba bien con la realidad. Ahora no, ahora los sueños son pistas secundarias, rostros de lo más cotidiano, y la sospecha de que entre las sombras, algo sucede durante el sueño que no soy capaz de trasladar al consciente. He dejado de angustiarme por ese olvido que me practica mi propia mente.

Llevar una vida ciertamente equilibrada, aunque no carente de emociones, ha ordenado quizá demasiado el descontrol incierto del pasado, y a veces no sé si me ha dormido a mí también en un orden que no estoy seguro si permite dudas, o tan sólo las tolera en los márgenes del cuaderno o a pie de página. Soy consciente que en ese pozo de oscuridad de la noche no sólo los protagonistas de mis sueños se pliegan hasta hacerse invisibles a la luz del despertar. Sé que también yo mismo me oculto entre ellos, con ellos, con los deseos que ya no sé leer, con los miedos que superé pero que jamás volví a observar de frente. ¿Será que cada vez me alejo más de quien soy? ¿Será que de hecho lo hago con cada despertar?

No lo sé, nada sé en esta confusa primavera que se empeña en revolverlo todo. Tan sólo el ancla del abrazo matutino, ese que me das al despertar y que se hace grande, inmenso, real, tan sólo él me devuelve al camino. Al igual que tu sonrisa amplia, espontánea y sincera, compartida entre torpes empujones en el cuarto de baño. Realidades que son las que me definen, las que me hacen encontrarme en un mapa de personajes secundarios y sombras desplegadas por el territorio. Se me olvidaba que estás tú, y que con eso es suficiente para aceptar la duda y la sombra, la inevitable fragilidad que también sin ti existiría, pero que contigo se hace razón sincera del camino que pisas, del que piso, del que pisamos sin cruzarnos, sin apenar ir de la mano, pero que sigue adelante sin inercia, pero con voluntad. Una voluntad que no se explica, que simplemente sucede.

So, show must go on...

9 de febrero de 2009

Del vacío a lo exultante en el camino de la libertad.

Semana llena de emociones, de propuestas y de miradas. Y de secretas formas de ser recompensado siempre por este Febrero que aunque me depare noches frías, alarga los días y parece que me quisiera hacer soñar con el fin de un invierno que, más que otros años, ha sido gris y frío.
Contento de seguir vivo para la intensidad, de atreverme aún a ser valiente y sincero más veces de las que habría imaginado, de admitir mi humana fragilidad, mis esquinas afiladas, o la amargura que aún se acumula en los silencios. Lleno aún del estupor de la mirada inteligente de Richard Yates en su Revolutionary Road, llevada recientemente al cine por Sam Mendes en un trabajo personal, como siempre en él, que no consigue la redondez de otras películas salidas de su mano, pero que encuentra en las asombrosas interpretaciones de unos DiCaprio y Winslet en estado de gracia la llave para no hacer de esta película un melodrama más, y hacer creíble todo el quid de la cuestión, el centro de gravedad de la punta de lanza de esta película, resumida en esta escena de apenas medio minuto.



Una frase que en realidad sobra, porque la película expresa muy bien de qué huyen o creen huir sus protagonistas. Pero que con esa contundencia y eficacia del inglés parece habersido escrita para no tener que ser ahorrada:

The hopeless emptiness of the whole life here (el irremediable vacío de la existencia aquí)

Hablamos de un matrimonio que cae en el vacío porque no sabe asumir el fracaso de su relación, y que se deja atrapar en las innumerables redes del sueño (de vida) americano para caer en un pozo sin fondo del que ser conscientes no les libra de, al intentar poner la solución, evidenciar su incompatibilidad de prioridades ante la vida, ante los sueños y ante la construcción de la propia identidad. No hay remedio. El pequeño y audaz prologo de la película ya presagia con fuerza la inutilidad de enfrentarse no sólo al fracaso, sino a la anestesia que la sociedad va a colocarles mientras se abandonan poco a poco a sí mismos.

El final, previsible y algo contaminado de moralina, me pareció que desmerecía el resto de la película, y su longitud, casi un fallo de principiante. Sin embargo, unos pequeños segundos sí que consiguen removernos del asiento. Los vecinos, personajes apenas dibujados pero maravillosamente sugeridos en su personalidad y en el papel que jugaban en la vida de los protagonistas, hablan de ellos con los nuevos vecinos. Aquellos ya no están allí. Se hace un silencio extraño y él sale de la casa al jardín porque se asfixia ante los sentimientos encontrados. Fuera, en el jardín, observa esa casa de Revolutionary Road que es el icono de esa vida maravillosa y especial que debían tener sus inquilinos, y hace prometer a su mujer, que ha salido en su búsqueda preocupada, que no volverán a hablar de los Wheeler.
En realidad la película se podía terminar ahí. Es escalofriante la evidencia de la propia necesidad de pasar de puntillas por lo que hasta ese momento era algo importante en sus vidas como ejercicio disciplinado de seguir adelante sin enfrentarse a ellos mismos y a sus problemas que en fondo son los mismos que los de los Wheeler. Es la vuelta de tuerca del engaño de la vida que los aprisiona y que además los educa contra la rebeldía. Un antídoto falso contra un vacío en el que, como en la escena se apunta, lo difícil es comprender que puede ser irremediable. Ellos se creyeron dioses por un instante, pero también sucumbieron, y el engranaje cuasiperfecto de la sociedad y de su propia fragilidad les hizo pagar por ello.


No hay que irse a Estados Unidos para constatar esta degradación que nos impone la necesidad de pareja, de familia, de estética social, como única vía para no ser considerado de alguna forma un fracasado y merecedor de consuelo. Y sin embargo lo que veo a diario es precisamente la constatación del fracaso de muchas parejas por el hecho de nacer como respuesta a la necesidad adquirida de no estar solos, y la posterior construcción de la familia en torno a esa huida que se va vistiendo de rutinas y deseos enterrados día a día. Me produce una tristeza enorme, porque sé además que en la raíz de todo está cómo la sociedad y sus patrones se perpetúan a través de la educación y la tiranía de la conciencia.

He sufrido desde que era adolescente por sentirme extraño y diferente al resto en prácticamente todos los aspectos de la vida. Un sufrimiento que, con la soledad que conlleva, y frente a otras cobardías que he practicado y practico, sí que encaré siempre con cierta dosis de valentía. Un sufrimiento y una soledad que, sin embargo, me han hecho tener un sistema de valores y creencias quizá marginal, pero que me ha acercado a mi visión del mundo y la construcción de mi verdad y de mi camino de felicidad, aunque para ello haya debido pisar (y pise) con frecuencia la difícil encrucijada del desconcierto y la responsabilidad, y no siempre el miedo me permita actuar como quiero o debería. Aún así, he eliminado conscientemente muchas de las redes de seguridad que la gente construye, y me he sumido en una libertad que a veces duele intensamente asumir y ejercer, pero de la que estoy orgulloso, porque creo que me permite, en cierta medida, escapar del vacío y la mediocridad que inundan injustamente el mundo. Y digo injustamente porque creo que no son naturales, y más bien impuestas como forma de otorgar el poder moral y económico a una minoría que siempre lo ha tenido. Sé que estaré equivocado en muchas de las cosas que digo y hago, pero creo hacerlas desde la sinceridad y en ellas intento dejar abierta la ventana a la duda y al cuestionamiento general aunque siga equivocándome bastante. Sí, al final uno vive siempre un poco con el vértigo rondando, pero creo que es honesto hacerlo así, no es cualquier cosa la vida. Por ello, desde la felicidad rotunda que significa construirse asumiendo la duda y la sinceridad, abro las puertas a un nuevo Febrero que, desde su tímido primer intento de crepúsculo del frío, me define y ha marcado para siempre la ruta de quien soy y de quien seré. Gracias también a mis habitantes de febrero favoritos.

Symphony No.41 in C major, K.551"Jupiter" IV Molto allegro. W.A. Mozart, Leonard Bernstein y la Orquesta Filarmónica de Viena.

2 de octubre de 2008

El otoño imaginario





Este inicio de otoño me trae atardeceres que no quieren ser noche.
Noches que quieren escapar del sueño
Y sueños de recuerdos y olores que de allá escaparon.

De allá donde no había mar,
De allá donde la isla vagaba rozada por el olvido
Y las estrellas invernales.

Se agotan en mi garganta.
Allí naufragan y se hunden en mi lengua,
Pero arrojan su daga en el pozo oscuro

La pared es alta y callada,
Sólo Mozart osa mirar a través de sus huecos
Para sonar también detrás de ella.

Y en el otro lado crece la hierba que no escucho,
Desde la playa la arena sigue un trazo frío de pasos
Hasta la sorda espuma.

Pero a mi espalda a veces llegan pequeños alientos
Suaves vacíos de humo ligero que en su curva
Sin tocarme... me atraviesan.

25 de septiembre de 2008

Mozart o el milagro de borrar la tristeza con tristeza.

Nunca dudé de su efecto apaciguador, evasivo, balsámico, reparador... Compañía sigilosa y sutil que nos lleva al sueño del que llegamos y al que alguna vez retornaremos. Tristeza de un adagio que sin embargo nos purifica, nos eleva y nos anestesia contra la aguja del dolor.


La versión de Daniel Barenboim es tan redonda que uno casi se atrevería a asegurar que jamás alguien podrá volver a grabarla con esa perfección de su primera integral para la EMI, de 1985.



Piano Sonata No. 12 in F major, K. 332 (K. 300k): Adagio - Wolfgang Amadeus Mozart

27 de agosto de 2008

El fin de agosto y el límite de la belleza.

W. A. Mozart

Antes de que la mayoría volvamos a la rutina con ese empeño habitual del final de la época vacacional llegan estos últimos días de agosto. Intensos, porque en ellos el aroma del final del verano se respira con fuerza y eso hace que de alguna manera inconsciente (aún sabedores que la estación del estío todavía tiene casi un mes de vida por delante) sintamos que su esplendor ha terminado. Sabemos que enseguida llega Septiembre, mes del inicio, de la renovación, del continuar y del imaginar nuevas vidas, nuevos planes, en la mayoría de las veces casi con más fuerza que ese otro cambio que supone el pasar de un año al siguiente en el calendario. Aún así, abandonar agosto me deja siempre un poco triste.

Por eso los sentimientos suelen ser contradictorios estos días, que siempre se me presentan bañados en una melancolía que responde a no querer que la parálisis y el hedonismo del verano se terminen, a pesar de saber que continuar es necesario para la vida, y para que el verano y su esencia también tengan sentido. A mí me suele ocurrir que quiero aprovechar al máximo estos últimos días de tranquilidad, de dolce farniente, de no querer mirar lo que viene después, de vivir intensamente cada instante como si el tiempo se hubiese detenido ahí para siempre.
Lo pensaba ayer mientras escuchaba la Sinfonía Concertante K364 de Mozart, especialmente su andante central, que mientras sonaba en mi casa a última hora de la tarde me parecía que no podía reflejar mejor esa especie de distanciamiento de la vida que supone el verano. Esa comunión con el equilibrio cósmico, con la naturaleza, con el olvido de los caminos emprendidos, con el placer de las cosas más sencillas. Por eso la he traído aquí, para compartirla, porque me parece que es una excelente compañía para una de estas tardes de verano.

Mozart escribió para este concierto uno de los tiempos lentos más rotundos de toda su producción y en realidad de toda la historia de la música. Quizá mi favorito.


Este concierto, concebido como una sinfonía con acompañamiento solista de dos instrumentos -el violín y la viola- que Mozart procura situar en términos de igualdad a pesar de sus desigualdades tímbricas, es uno de los más populares entre los apasionados de Mozart, y ello es especialmente debido a este segundo movimiento.
Mozart consigue aquí no sólo una escritura en la que ambos instrumentos se fusionan con pasmoso equilibrio y armonía, sino que parece haber sido alcanzado por una inspiración melódica absolutamente increíble. El movimiento entero es un rotundo ejercicio de belleza y de lirismo que se va construyendo compás a compás, y que nos envuelve lentamente en una espiral de placer musical que Mozart lleva hasta el mismo límite.
Y hablo de límite porque siempre he pensado que la belleza tiene un límite, ya que nuestra capacidad para percibirla es limitada. Creo que más o menos se puede trazar una línea a partir de la cual sabemos que el exceso de belleza nos hace caer en la desmesura.
Mozart era un genio y además era totalmente consciente de ello. Así, en una sublime osadía, en este andante nos lleva hasta ese límite para rozarlo pero nunca traspasarlo. En un alarde de genialidad transforma toda esa belleza al límite de lo soportable en drama, en desolación, en abismo. En efecto, cuando llegamos a la cadencia del final y parece que ya no somos capaces de asimilar tanta belleza, cuando parece que continuar la línea melódica que nos propone Wolfgang nos llevará sin duda a un exceso que no podrá sostenerse, de repente Mozart como forma de terminar el movimiento, nos hunde en un abismo oscuro ante el que nos estremecemos del espanto de sentirnos en realidad frente a nosotros mismos.
Es ese grito de auxilio frente al tiempo el que nos devora sin piedad. Como este Septiembre que llega y que en el fondo nos devolverá al camino, a la vida, pero al cual todavía tememos en algún lugar de la mente, porque supondrá el fin de este reino del verano, del placer y del olvido. Un Septiembre que se intuye lleno de vida y de planes, de movimiento, de ese sentimiento certero de que el mundo sigue su curso. En unos días llegará, como un tercer movimiento, como el que le corresponde a la sinfonía concertante, como así lo escribió Mozart...

12 de mayo de 2008

Mozart y el Teatro.


Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica.
Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.

Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.



"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía.
La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas.
Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartolo adivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.

Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.

En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro!

Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."

12 de febrero de 2008

Abrigos para la tristeza

Cuando te araña el día, y la semana, y hasta el sol y las aceras. Cuando no quieres responder ni callar. Cuando la tristeza no se deja esquivar y te abarca como el mar. Cuando incluso la carne se evade y hasta te hace olvidar que duelen sobre la piel las hojas secas de la navaja.
Es entonces cuando huyo en su lomo de belleza indestructible. Huyo y me olvido, y despego a ese otro mundo, y me dejo vivir en él, como si fuera posible permanecer para siempre en esa incansable anestesia de la perfección cuando es humana.

y es que en esas pocas notas está todo... sin una nota de más, sin que falte nada... ahí está él todo y todo él. Maravilla inexplicable... No sé cuándo volveré.

31 de enero de 2008

Meridiana Belleza.

Una tarde fría de invierno es suficiente excusa para dejarse caer en el sofá y hacer una de esas excursiones por la belleza sin salir de casa con las que me gusta agasajarme.
Mozart e Italia en el reproductor de dvd. El chocolate lo pongo yo, la mirada, el director estadounidense Joseph Losey. A pesar de que el salzburgués (o más bien su libretista, en este caso Lorenzo Da Ponte siguiendo los textos de Molière y Tirso) sitúa la acción en Sevilla, al americano debía apetecerle más en ese momento rodar en el norte de Italia. Para ello eligió la espectacular ciudad de Vicenza y, como escenarios, algunos de los edificios y espacios más significativos de uno los arquitectos más notables del renacimiento italiano: Andrea Palladio.

Si alguno ha visto película me dirá que, a pesar de ser mítica, tiene deficiencias en la puesta en escena, en el concepto dramático y de la acción, en la forma en la que retrata a los personajes (en una ópera que como ninguna otra lo hace a través de la música) o en la rigidez de los planos (que no se adaptan del todo a las constantes modulaciones y humores de la música de Mozart). Entramos aquí en la eterna discusión de la Ópera en el Cine. Matrimonio imposible a mi parecer, pero que aquí, sin embargo, alcanza un nivel aceptable. Y eso porque más allá de discusiones, sinceramente, darse un paseo por la Piazza dei Signoria de Vicenza, recrearse en la espectacular Villa Rotonda o entrar en el escenario renacentista del Teatro Olímpico es siempre un placer para los sentidos. Y más si se hace de la mano de una de las grandes versiones de esta ópera de Mozart: la que firma el también americano Lorin Maazel (uno de mis directores fetiche), con entre otros el rotundo Ruggiero Raimondi, el elegantísimo José Van Dam, la siempre correcta Kiri Te Kanawa o nuestra siempre exquisita Teresa Berganza.
Al final todo anda un poco desajustado en esta producción pero la belleza intrínseca de cada elemento es tan poderosa que su visionado es siempre reconfortante.
En fin, sólo hay que ver algunas de las imágenes, que os dejo aquí... La cita en casa, que se apunte el que le apetezca.

19 de noviembre de 2007

Extrañeza y Mozart



Las tardes se cierran como oscuras y veloces grutas, y no tiene tiempo el aliento de encontrar el sol quebrándose sobre los límites. Mis sobremesas son mares de fuego que se arrastran para extinguirse. El sueño, noches frías en las que la médula tiembla. No sé quién me trae la extrañeza, ni los pasos rotundos sobre la razón, como asfixiándola. Y sin embargo ahí está, desafiándome en el tálamo de la duda. Intento verter el temor, y saciarme de presente, pero el hilo que me une al futuro se me enreda entre los dedos. Extrañeza que me separa de mí, que extravía mis latidos y los esconde bajo una almohada invisible, que me amarga el tacto del volante, que me arroja al vacío entre lámparas rojas que flotan en la oscuridad, como suspendidas. Es toda esa extrañeza de la reflexión y de la calma, que me devora, que me arrastra y me acuchilla, pero que va seguida de lo cotidiano, como un metrónomo humano, como un reloj de piel que dibuja de nuevo la mañana y la tierra oscura que se me clava en la retina. La mañana despliega el ancla y las ramas sobre la lengua, pronunciando las mismas palabras, reconociendo los túneles de mis venas, habitando en la estrecha espalda de la rutina. Y reconocida la felicidad de lo exiguo, siento algo parecido al respiro, inevitablemente falso, pero poderoso, como cuando tras un adagio que instala el silencio, Wolfgang nos arranca del limbo para devolvernos al trepidante humor, a la distancia de lo grave... y la vida sigue.

28 de octubre de 2007

Amanecer en Madrid.

En los charcos de las calles de Madrid, los gatos han visto esta noche reflejadas las estrellas. ¡Qué raro!, habrá pensado algún lúcido, que siempre los hay, si en Madrid no se ven las estrellas nunca. Son aquellos dos locos, ¿no los ves? Se les caen de los bolsillos.
(de una noche de febrero de hace algún tiempo...)

Cuando la noche se precipita en un sinfin de palabras y desenfreno de piel sin medida, y llega inevitable el amanecer...
Cuando la mirada sólo puede contenerte porque te extinguirás sin remedio...
Cuando las manos pierden el rumbo, pero encuentran una órbita que les aplaca su sed oscura...

Entonces sucede.

Sucede que subes despacio la escalera del metro, de vuelta a casa, envuelto de silencio, y te sorprende el sol de la mañana abrasandote la espalda, aunque tiembles pensando que nada puede evitar que faltan sólo unos minutos para que esa brisa vuelva a helar tu corazón de nuevo a -176 grados centígrados.
Entonces, en un gesto absolutamente casual, accionas aleatoriamente tu reproductor.
Surge él, como siempre, tendiendote su otro amanecer, atravesandolo todo para susurrarte que camines sobre las espinas sin temor, que la vida debe continuar.



Y es que él, hace más de doscientos años, ya sabía que todo iba a ocurrir así. Si lo escuchas con un poco de atención, verás que en la partirura, en realidad, está todo escrito. Sin palabras.

17 de septiembre de 2007

Mar desatado


Se va despidiendo el verano poco a poco. El termómetro va descendiendo muy despacio, casi sin que nos demos cuenta. Los días decrecen y la noche gana terreno. Despiertan las tardes frescas de Septiembre, y la luna gana cuartos al invierno, y me mira pálida, como si lo supiese todo. Y las mareas se desatan al galope. Sin saber por qué, todo el calor del estío me escuece dentro, y siento ganas de desbocar la marcha de mis dedos, y perder la mirada más allá del infinito. Un mar que me ha faltado este año para purificar el borde de mis aristas, que cortan más que nunca. Sal y magnetismo acuático sobre los pies. Y parece que voy a volar hacia ninguna parte, desatado en placer de orgasmos secretos, de pieles anónimas que me acechan tras cada minuto oscuro. Y el mar, desde su lejana cueva, tira de mí, me arrastra, me cubre de vacío y de vértigo. Más allá del mar no hay razones, más allá del mar no hay azul, ni estrellas, ni velas... más allá del mar sólo hay mar. Mar que viene y va, que se enfurece y se limita de espuma para no morir. Mis pies quieren morir en su orilla, pero tan sólo lo escucho, bajito, enmascarado de Mozart. ¿Lo escuchas?

10 de septiembre de 2007

KV 622


De vez en cuando me gusta sacar por aquí a mi querido genio Wolfgang, que tanto y tanto me acompaña a diario. Siempre que vivo épocas de desconcierto y dudas, de vértigo o cambios, de decepciones o secretos, de inestabilidad o angustia acudo a él como una especie de ritual que me sitúa de nuevo en el mundo, que me libera y me calma, que me sosiega y me entrega a la sencillez de una felicidad que no renuncia a la trascendencia. Mucho de ello (pero no sólo) hay en su celebérrimo concierto para clarinete Kv622 en La Mayor, del que casi todos seguramente conocéis el adagio (usado en muchísimas películas y que está inspirado por una de las más bellas melodías de la historia de la música).

Este concierto forma parte de ese grupo de obras finales de la vida del compositor que, invadido por una fiebre descontrolada de creación, se entregó a un conjunto de composiciones (los últimos conciertos para piano, la Flauta Mágica, La Misa de Réquiem, etc.) que abrieron sin duda un nuevo camino para la música, y con las que Mozart se adentró en un territorio de intensa profundidad musical y conceptual.

Cuando apenas entendía yo de música clásica ya había leído del carácter de "Obra Maestra" de este concierto. Aparentemente y a oídos de un no iniciado en la música, la verdad es que este concierto suena como cualquier otro salido de la mano de Mozart.
Supongo que estamos acostumbrados (cada día más, lamentablemente, en esta sociedad actual en la que vivimos) a hacer análisis muy simples de la realidad. Con ello no contribuimos ni a nuestro desarrollo intelectual ni a una comprensión de todas las realidades que caben en este mundo.
¿Qué hay, pues, en este concierto, que lo hace ser una de las obras indispensables de la Historia de la Música Clásica?

Para dar respuesta a esta pregunta es necesario zambullirse en la obra con los oídos muy atentos y con ánimo de buscar ese "algo más" en las notas, en las cadencias, en la modulación del sonido, en los humores...

Un inicio sencillo, casi pastoral, nos transporta a través de una melodía alegre, casi facilona. Pero en seguida Mozart nos hace descender a la zona oscura del registro del instrumento, aunque nos deja que lo disfrutemos tan sólo un instante. A partir de aquí nos estamos ya convirtiendo en pasajeros de un alucinante viaje a través de las profundidades de lo humano, entregándonos con velocidad a experimentar el gozo desbocado de la vida y la extraña melancolía de su brevedad. El gran secreto de la dualidad en la vida: dos realidades que son una misma, porque siempre van unidas, y que en pocos músicos como en Mozart se han fusionado con tanto acierto. Conforme avanza la obra los giros en uno y otro sentido son más sentidos, ramificados en delicadas variaciones climáticas que van ganando profundidad, diversidad de temas. El lado de la tristeza se torna breve en duración, brevísimo, transmitiéndonos un vértigo que nos recorre como una descarga eléctrica. El dramatismo no nos atraviesa de lleno como en otras obras, pero la melancolía nos alcanza en el alma, y sólo estamos empezando a caer en los abismos cuando Mozart nos rescata sutil pero fulminantemente hacia la luz de la alegría con mayúsculas.
Es el primer atisbo de algo (la combinación de modos alegres y tristes sin ningún tipo de interrupción entre ellos) que los músicos del Romanticismo usaron y desarrollaron en aras de la libertad creativa en una clara ruptura con el formalismo musical clásico. Pero es que muchas de la rupturas y revoluciones musicales posteriores ya fueron apuntadas por el gran maestro salzburgués. El fresco musical con el que nos vamos impregnando destila una serena madurez y una visión del mundo infinitamente vital a la vez que no exenta de sombras. Y siempre todo ligado por el inevitable hilo de la ternura, que en Mozart adquiere siempre un carácter redentor que nos libera de toda sombra, de toda condena, de toda debilidad, de todo camino errático... El mundo es un lugar imperfecto y lleno de esquinas donde perderse en el lado oscuro y destructor. Y el hombre un ser débil y con muchos pliegues, que tuerce con frecuencia su camino atravesándolos. Pero aún así, e inevitablemente, el amor y la carne, la trascendencia de cada instante, la poderosa Naturaleza, nos llenan de una luz que se irradia en forma de ternura redentora, una ternura que se despliega poderosamente en el Adagio, y que desemboca en una torrencial cascada de gozo en el Rondó final, ya cada vez menos matizada de melancolía, contagiándonos literalmente esa “joie de vivre” fulminante, que lo llena todo.
Mozart es un compositor indudablemente humanista. Uno de los primeros en serlo, especialmente de una manera tan carnal y sentida. Su genialidad, más allá de su impecable maestría técnica como compositor, reside en gran parte en emplear su descomunal talento e inspiración en verter sobre las notas un inmenso caudal de humanidad, de trascendencia, de insospechada sabiduría que nos llena porque nos sustrae del mundo, precisamente a través de él.
Siempre he considerado que la visión de la existencia que desprenden sus obras es una visión necesaria, que me reconcilia con el mundo, con la injusticia y el dolor, que camina sobre la imperfección asumiéndola, para situarnos en la responsabilidad de aprovechar desde la luz este breve instante en que vivimos. ¿Quién mejor para hacerlo que uno de los que más se acercó a la perfección inspirándose en la imperfección de lo humano?

20 de abril de 2007

La belleza de comprender a Mozart.


Ópera y Cine siempre me han parecido dos mundos con pocas posibilidades de conciliación. El acercamiento del séptimo arte a la creación operística siempre ha ido por caminos errados, de resultados poco convincentes. La visión de la Flauta Mágica del sueco Ingmar Bergman quizá sea la única que hasta el momento conseguía haber superado la prueba de manera brillante.
Imagino que Kenneth Branagh tenía muy en mente estas dos consideraciones. Y sin embargo, puso toda la carne en el asador, para enfrentarse a semejante reto precisamente en el año del aniversario Mozartiano. El resultado es bastante aceptable, yo diría que brillante. Sobre todo porque Branagh se atreve a ir más allá y plantearnos algo diferente. Es posible que la película no guste ni a cinéfilos ni a puristas de la ópera, pero yo creo que el verdadero milagro de la obra se produce cuando la vemos sin ningún tipo de prejuicio.

Branagh traduce la obra al inglés y modifica sutilmente el libretto original de Schickaneder para redondear un alegato contra la guerra que a mí me parece más que convincente, además de profundamente apasionado. Las adaptaciones de obras se convierten en algo peligroso cuando el intérprete intenta forzar un sentido o una visión que realmente la obra no recoge (sea a nivel de intención o de escenario). Sólo desde un conocimiento profundo de los textos, desde su análisis detallado y minucioso, desde su verdadera asimilación, se puede partir para construir una visión propia. Y, para ser sinceros, siempre encuentro una inmensa superficialidad en los montajes teatrales y operísticos que veo últimamente, lo cual, debo confesar que me lleva a continuas desilusiones cuando acudo a los teatros. Sin duda la versión de Branagh es bastante libre, pero lo hace desde la base de haber llegado hasta el final de lo que la Flauta Mágica nos cuenta, manteniendo la estructura y la intención, en definitiva, el verdadero espíritu de la obra. Y dejando, eso sí, intactas las notas de Mozart.

Con la Flauta Mágica Mozart llegó a una cumbre de inspiración sin precedentes, creando una de las más grandes obras maestras del repertorio belcantístico y sin duda una obra única, que suponía un paso hacia otra forma de entender la ópera (tanto a nivel musical, como de estructura dramática) que lamentablemente se quebró con el final de su vida. La Flauta queda, pues, sola en un camino por el que nadie supo seguir, quizá sólo Beethoven se acercó un poco con su Fidelio.

La obra nace como una fábula, un cuento, pero el libretto está lleno de pasajes que se hunden en la oscuridad y en lo críptico. De hecho, en un primer acercamiento, hasta nos puede parecer que las escenas son inconexas o faltas de sentido. Stephen Fry (el guionista) se apoya en esta ambiguedad para modificar sutilmente el diálogo y cerrar una visión que potencia el sentido de confrontación de la obra. Y es que la Flauta Mágica, en el fondo, nos habla del conflicto, del choque entre la fuerza del bien y del mal, de la destrucción como resultado del mismo, de la oscuridad vital y de la oscuridad personal, de la luz, del camino del conocimiento como vía de liberación, del amor como único redentor del lado miserable de la existencia. Así, Branagh toma estas fuerzas que chocan a causa del odio y el rencor, y los convierte en ejércitos en lucha en plena Primera Guerra Mundial, en medio de un devastado campo de batalla surcado de infames trincheras. Pero sin dejar que, en el fondo la historia deje de ser lo que es: un cuento. Un cuento con señores, castillos, salvadores, héroes y villanos, con toda la imaginería que éstos conllevan, y que Brannagh despliega con abundante derroche de imaginación, efectos digitales y espectacularidad en el uso de perspectivas y planos. El lado "real" de su puesta en escena, es decir, el de la contienda, refuerza (paradójicamente) el lado más simbólico y mágico de la historia, con el que Branagh nos apunta convincentemente lo inevitable del mal, la guerra como ejercicio del conflicto personal. Y frente a ellas, con una emoción sincera y sabia, la música y el amor como salvación. No quiero destripar más la película, pero baste señalar que la maestría de Branagh y su gran sentido de la escena se dejan sentir en cada fotograma, junto con una fantasía absolutamente desbordada y llena de guiños de humor (no olvidemos que la Flauta tiene mucho de ópera cómica, en el fondo), pero perfectamente contenida en los momentos más dramáticos. Mozart nos queda a veces quizá (la única pega que le pongo) un poco de fondo, sobre todo para quien conoce bien la ópera, pues la cantidad de estímulos es tal, que podemos caer en dejar la música a un lado. Grave error, puesto que, en realidad, es la música la que da sentido a la historia, la que dibuja con un pincel certero a todos los personajes, y crea el alma de esta historia fantástica sobre lo más sencillo y a la vez complejo de la existencia: la vida, la muerte, el mal, el bien, el camino, la elección... Una música profundamente humana, en la que Mozart encontró cauce a algunas de sus mejores arias. La máscara de lo mágico le sirvió de pretexto para comunicar sin barrera alguna, y dejar que júbilo y tristeza se plasmasen sobre el pentagrama de una forma descarnada y directa. La versión musical, a cargo de James Conlon con la Orquesta de Cámara de Europa, y unos cantantes solistas de primera fila, tampoco defrauda, y nos brinda una visión vibrante y vitalista a la vez que delicada y llena de matices, que se traduce en una versión de muy elevado nivel. En definitiva, un resultado que divierte y emociona a partes iguales, pero quizá no apta para no iniciados en la ópera ni en Mozart. Si quieren ir a verla, les recomiendo que con antelación lean un poco de la historia y escuchen la ópera. Van a disfrutarla mucho más. Una vez delante de la pantalla, por favor, déjense llevar. Mozart les llevará sin duda al paraíso, eso sí, pasando por los infiernos.

21 de marzo de 2007

Y se hizo la luz...

Crack. Un ruido seco que sólo se escucha en el interior de las montañas. La balanza cambia de signo y en este hemisferio iniciamos el giro hacia la frontalidad del sol y las noches escuetas. Imperceptible sonido seco que libera las sombras. Espacio vacío que queda detrás, monotonía del gris en las aceras, y vértigo en el cuello de tu camisa al nacer de ella el aire encerrado de tu piel. Basculamos despacio, como un tobogán magnético, como una serpiente enamorada. Y la luz se hace, y nos invade, y ya no es necesario buscarla, porque se ha hecho entre todos, expandiéndose, interrumpiendo la ironía de la razón en su búsqueda inútil de la eternidad. El solsticio nos despierta al cambio, a la lúcida perspectiva, al desenfreno de la sed. Y la vida recobra su viejo sueño de olas y humedad. Y nace, renace, se reencarna sobre la carne misma, sobre la caricia del silencio, mientras la ruta del estío se desciñe, de pronto, sobre la cintura.

Como dice René Jacobs en el vídeo, "une fois qu'elle a chanté ça, on est dans la lumière". Porque nadie como Mozart para desceñir, para rasgar y hacer que entre le luz, de la manera más bella. Y es que esta música, a pesar de ser religiosa, habla de encarnación y vida, de milagros y eclosiones, de puntos de inflexión, de ecuadores... Es inmensa la delicadeza de Mozart a la hora de escribir esta parte del Credo en las misas que compuso, diferenciándola y haciendo de ellas verdaderos cantos a la vida. Éste, el de su gran Misa en do menor, es en realidad todo un (ingenioso) concierto en el que el instrumento concertante es la propia voz (audacias del Salzburgués), llevada a su máxima expresión de belleza, transformada en un instrumento de viento más, protagonista en este caso, que retorna a la naturaleza, al igual que a través de ella se materializa la carne que da soporte y sentido a la existencia.
La soprano francesa Natalie Dessay, con su habitual expresividad vocal y gestual, nos asombra con su naturalidad en este registro de coloratura que impone la luz de manera inequívoca y humana... FELIZ PRIMAVERA A TODOS.

6 de febrero de 2007

Les larmes de Cateherine


No sé si recuerdan esta película de André Téchiné ("los ladrones"), en la que una de las protagonistas, Catherine Deneuve, hacía de profesora Universitaria que tenía un affaire un tanto tórrido con una de sus alumnas. El hermano policía de ésta, Daniel Auteil, investigaba una serie de robos donde estaría implicada su hermana y entabla con la subyugante aunque distante profesora una extraña relación...
Con toda la sutilidad de que es capaz Téchiné, la rudeza y sordidez del mundo que se describía en la película resultaban en la pantalla intrigantes y conmovedoras, con un Lyon como escenario, que yo acababa de visitar poco antes de ver la película.

Curiosamente, lo que más me conmovió de aquella película fue cómo la frialdad de la Deneuve, sin embargo, se veía de golpe rota ante el espectador en la escena en la que ella lo invita a él a asistir a la ópera. Se trataba de la ópera de Lyon, ese maravilloso edificio remodelado por Jean Nouvel, que para mí fue uno de los descubrimientos más bellos de la ciudad del Ródano (Rhône) y del Saona (Saôn). La representación correspondía a La Flauta Mágica, en concreto a uno de sus fragmentos más crípticos y extraños, pero también de los más líricos y conmovedores de toda la ópera, situado en mitad de un recitativo: un instante en el que Mozart descubría repentinamente su más nítida faceta de creador de humanidad. En esa demoledora escena (recitativo como digo) en la que Tamino, habla con el orador

TAMINO
¿Cuándo, pues,
se disiparán estas tinieblas?


ORADOR

Cuando la mano de la amistad
te introduzca en este santuario,

para ligarte eternamente.


(sale)


y ya sólo en escena, le pregunta a la misma noche estrellada (en la peli de Téchiné, vuelto de espaldas al público) esa universal pregunta:



TAMINO
¡Oh, noche eterna!
¿Cuándo te disiparas?
¿
Cuándo encontrarán
mis ojos la luz?

Y ese coro misterioso y ausente, que le responde desde la nada:

CORO
(desde dentro)
¡Pronto, pronto,
joven, o nunca!


TAMINO

¿Pronto, decís,
o nunca?

Oh invisibles,
decidme,

¿vive Pamina aún?

CORO

Pamina vive aún.


Daniel Auteil, en aquel momento, giraba la cabeza en el asiento, incómodo y desconcertado de ver cómo de Catherine brotaban lágrimas qué él no llegaba a entender...


Yo, amante de Mozart y en especial de la Flauta, adolescente aún, me conmovía igualmente en el asiento del cine.
Mozart se parece algo a mí en una cierta mirada sobre la vida... Supongo que por eso me identifico tanto con su música. Siempre jugando, pero nunca olvidándose de sacar siempre, a veces con descarnada fuerza, ese magma de búsqueda y vacío que llevamos dentro, esa sensación de ahogo y de nada que nos asalta en inesperadas esquinas, como en las noches de verano delante del firmamento infinito. Su habilidad para ser profundo, incluso desde la frivolidad (como demostró en óperas cómicas del estilo de las noches de Fígaro o el Così fan tutte) me recuerda mucho a mis intenciones (malogradas la mayoría e las veces) a la hora de escribir.
Mozart, la noche lyonesa, el infinito entre la luz y los abismos, y esas lágrimas discretas de la Deneuve que en mi cabeza se multiplicaron en cascada. Tan consciente fui en aquel momento de lo absurdo de la existencia...

El diálogo que transcribo se desarrolla en el siguiente vídeo, a partir del minuto 4:55 -4:35 en cuenta atrás- (dejen que se descargue y vayan a esa altura, sino, al ser un recitativo se hace un poco pesado) y hasta el minuto 6:28-3:03 en cuenta atrás-. La continuación, es un arrebatado canto de esperanza tras la revelación secreta de la noche...


Y, para quien no la haya visto, les dejo también aquí el trailer de la película.