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26 de marzo de 2010

Placebo primaveral



La primavera ha traído la calma,
las tardes ordenadas,
desbaratadas letras sobre el sofá.

Alejo de mí el recuerdo del torrente,
su fuerza transparente, helando mi piel,
alejo de mí el incendio de mis dedos
en las tardes de lluvia,
alejo de mí las esperas del aire
sobre la pantalla inclinada,
las migas que ya no quedan en el sofá.

De tanto alejar, sobre el borde del deseo
se aproxima la nada,
una nada que medra y se hincha,
que acaricia la mejilla,
que se contagia a mi estómago,
a mis tendones,
al aire entre mis dientes.

Me lanzo a un océano
de orden involuntario,
de placeres discretos,
de placebos secretos,
de engaños del antídoto
de lo trivial.

Trivial como el lodazal tras la tormenta,
como las tardes cada vez más largas,
como los paseos programados,
como las rutinas y las conversaciones.

Paso tras paso,
huella tras huella,
caminando de nuevo al lejano futuro,
a las improbables noches,
a la pasión deshecha
que sólo entonces recordará quién es,
para volver a precipitarse
sobre el torrente.

La nada,
amordazada,
continuará sonriendo en secreto.


* * *

Celle qui fait tout mon tourment,
Je l'aime à la folie;
depuis longtemps je suis amant
De l'aimable Sylvie,
la voir et l'aimer seulement,
C'est toute mon envie.
Je n'ai point passé de moment
Sans l'avoir bien servie.
Les maux que je souffre en l'aimant
Me coûteron la vie.
Dès que je la vois cependant,
Mon âme en est ravie.

Marc-Antoine Charpentier: Chanson à danser.
Anne Sophie Von Otter, mezzosoprano.
Les Arts Florissants, dirigidos por William Christie.

18 de junio de 2009

Este huir sin acertar...

Qué mal se me da huir cuando el deseo es cierto.
Y sin embargo ¡qué cierto el deseo de huir! Huir del deseo para desear más, huir de mí para encontrarme más, aún más. No acertar... no acertar y desear, y existir, y huir, siempre huir, huir para encontrar, huir...



Dúo de Clorilene y Celauro

(A dúo)
No sé qué blando temor
Me haze creer que es valor,
Este huir sin acertar

(Celauro)
Pues mis ojos
(Clorilene)
Mis enojos

(A dúo)
Se quisieran retraer,
Sin acertarse a apartar,

No sé qué blando temor, Etc.

De la Ópera "Las Amazonas de España"
Música: Giaccomo Facco
Libreto: José de Cañizares.
Estrenada en el Coliseo del Palacio del Buen Retiro de Madrid el 22 de Abril de 1720.

5 de mayo de 2009

Esta ciudad...



Esta ciudad es un pozo continuo de secretos que día a día se precipitan en sus noches con el ansia voraz de algunos de sus habitantes. Su capacidad transformadora me sigue sorprendiendo después de todos estos años. Y no me refiero a su rostro físico, continuamente desfigurado por la mano de un gobernante sin criterio estético ni humano, sino a la capacidad de sus habitantes para reinventar el espacio que ocupan sus múltiples realidades y sus insospechados anhelos, siempre atravesados por ese margen del sueño suyo, tan especial.

En su velocidad, en su aparente frivolidad, nada parece evidenciarlo, pero sólo es preciso retirar esa primera corteza para que su humanidad, múltiple y compleja, se derrame por barras de bar trasnochadoras, esquinas de calles olvidadas o incluso silenciosos andenes. Cualquier lugar es idóneo para enterrar palabras en el aire espeso de sus madrugadas. Y con el inicio de las noches tibias, algo parece desnudar aún más su limpia oscuridad, algo así como el agudo presentimiento de sus iconos privados, a la vez dulces e intransferibles.

Ayer, mientras volvía a casa en taxi, a toda velocidad, sentía el escalofrío de todos esos innumerables viajes insospechados con los que he ido trazado poco a poco mis secretas redes sobre su asfalto. Son trayectos, cada uno desde su minúscula historia de una noche, que han ido tejiendo lentamente el lazo intenso que me une esta ciudad increíble. También están los otros, cosidos a base de pequeños pasos sobre sus aceras llenas de sorpresas y ocultas inmensidades. O incluso aquellos otros subterráneos, como el que trazabas tú al mismo tiempo que yo, como si se tratara de un túnel invisible en este nuevo sueño que se mueve en secreto por las últimas madrugadas de nuestra inevitable amada: Madrid. De nuevo, esta ciudad, que no cesa de tejer sus propios e inconfundibles mapas.


Sonate K.27 Domenico Scarlatti - Pierre Hantaï

4 de abril de 2009

Lenta velocidad...

Los días pasan lentos, y las miradas lo hacen más aún. Sólo las historias cruzan vertiginosas, frías sobre la piel, aún quemándola. Espiando a alguien en el andén del metro, o sospechando que una mueca lanzada desde una ventana cruza la ciudad, cuando no el mismo océano. Desconcertado con mi silencio, que no es más que un muro indestructible, que no es más que el dique robusto contra un oleaje que ya no sé manejar, que olvidé quizá cómo hacer que llegue a esa playa que se llena de arena y de olvido frente a mi mirada inmóvil. Cien mil personajes arañan mi estómago con sus lanzas, pero mi piel es una dura corteza de involuntaria quietud, y se hunden inermes poco a poco en el pozo de esta primavera frente a la que siento un cristal espeso de indiferencia... de cruel indiferencia.

17 de marzo de 2009

La realidad.

Hay días en que nada es real, ni siquiera la tristeza. No es real el amanecer ni las frases torpes frente al café. Tampoco el esfuerzo, ni el anhelo, ni las conversaciones atrapadas acaso por error en la calle. No lo es su sonrisa al entrar en el metro, ni la brisa sobre la frente al salir a la superficie. No, no son reales ni los trinos ni la primavera incipiente que rasga los sentidos. No lo es el agua fresca, ni el atardecer suave, ni la oscuridad que se cierne. Es sólo cuando llegas tú y traspasas mi piel y el filo de mis dientes, sólo cuando siento la presión de tus dedos sobre mis caderas o ese olor intenso impregnar la camiseta aún a medias sobre tu pecho. Sólo después de probar tu saliva amarga es cuando nace la realidad, la única que sucede, la que hace verdad el trino, la sonrisa en el metro, la queja del café, el agua fresca, el sol naciendo o extinguiéndose, la primavera incipiente, el despertar, el anhelo, y de nuevo tu olor enhebrando la noche para que no pierda sentido el día que llega, y el olvido que ya te borra poco a poco el nombre, aún más rápido que las huellas de tus dedos

7 de noviembre de 2008

Noche de jueves.

Cada noche de jueves, al filtrarse la oscuridad por las calles de Madrid, se inicia el sortilegio que quiebra el hilo. La luz de neón parece espiarnos desde la altura en que se hace esquina para dejar hueco a la noche que comienza. Y los edificios parecen infinitas pupilas que pasan de largo, extrañas amigas que nos cobijan como en un escenario, antes de que se alce el telón. Las historias descansan entre sus piedras frías, bajo los andamios, detrás de los portales. A veces pueden permanecer así años y años, bostezando cada semana al olor de la lejana mañana de viernes, al acecho de la afilada concupiscencia que sesga la semana y con ella el aliento.
El hilo se ha hecho cuerda, se ha casi transformado en roca suave, ligera, volcánica. De nuevo columna inmensa. En secreto aún conserva su espeso magnetismo. Pero la cuchilla inevitable del jueves la ha vuelto a quebrar con un ruido breve y seco que ha estremecido las aceras. Y los dedos, desnudos y huérfanos, te han recorrido en otra piel, en otra noche sin amanecer, en otra vuelta a casa pisando la frontera de la realidad casi vomitando otra vida hasta su límite, en el vértigo de la primera luz del alba iluminando incisivamente la fractura. Fue entonces cuando reparé en que las estrellas, de nuevo, habían vuelto a precipitarse sobre los charcos del suelo.

2 de octubre de 2008

El otoño imaginario





Este inicio de otoño me trae atardeceres que no quieren ser noche.
Noches que quieren escapar del sueño
Y sueños de recuerdos y olores que de allá escaparon.

De allá donde no había mar,
De allá donde la isla vagaba rozada por el olvido
Y las estrellas invernales.

Se agotan en mi garganta.
Allí naufragan y se hunden en mi lengua,
Pero arrojan su daga en el pozo oscuro

La pared es alta y callada,
Sólo Mozart osa mirar a través de sus huecos
Para sonar también detrás de ella.

Y en el otro lado crece la hierba que no escucho,
Desde la playa la arena sigue un trazo frío de pasos
Hasta la sorda espuma.

Pero a mi espalda a veces llegan pequeños alientos
Suaves vacíos de humo ligero que en su curva
Sin tocarme... me atraviesan.

11 de junio de 2008

En la noche


Salí de ti en plena noche, el viento retorcía las hojas de la hilera de árboles, utopía del verano que a veces enfría para calmar los insectos.

El silencio se arrastraba por las aceras y vino a hacerme un hueco entre los huesos. Silencio que se comía mis pasos, que barría la consciencia, que seducía a la extrañeza y la hacía verdad y vértigo.

Volver empapado en gris y neón, y en las mil vidas que nacen cuando toco otras pieles, cuando me hundo en la cintura de la madrugada, cuando cruzo la línea exacta de la convención.

Sentir el miedo observarme desde las calles vacías mientras me tragan los túneles de cemento y el taxi no se detiene. Miedo de destripar la vida, miedo de encontrar el engranaje de la razón. Miedo de mirar sin ojos, de ver la sombra medrar. Miedo que muerde, que se hace trampolín de las horas que se esconden, de las que nunca nos dejaron imaginar. Miedo que destiñe el deseo, que lo traga sin remedio, que desvanece el día. Miedo de la noche en la que todo es posible.

Y regresar con el viento entre los dedos, y el silencio latiendo en los zapatos, aún recién calzados. Y respirar las sábanas y el dulzor de la cocina y de la madera al ceder. Ver nacer el sol y todas las cintas desceñidas regresar. Y sin remedio sentir que en la duermevela de la primera mañana, al sentir aún las dos caricias extenderse sobre el sueño y sobre los hombros, el aliento no hace sino estremecerse y sellar el arca.

19 de noviembre de 2007

Extrañeza y Mozart



Las tardes se cierran como oscuras y veloces grutas, y no tiene tiempo el aliento de encontrar el sol quebrándose sobre los límites. Mis sobremesas son mares de fuego que se arrastran para extinguirse. El sueño, noches frías en las que la médula tiembla. No sé quién me trae la extrañeza, ni los pasos rotundos sobre la razón, como asfixiándola. Y sin embargo ahí está, desafiándome en el tálamo de la duda. Intento verter el temor, y saciarme de presente, pero el hilo que me une al futuro se me enreda entre los dedos. Extrañeza que me separa de mí, que extravía mis latidos y los esconde bajo una almohada invisible, que me amarga el tacto del volante, que me arroja al vacío entre lámparas rojas que flotan en la oscuridad, como suspendidas. Es toda esa extrañeza de la reflexión y de la calma, que me devora, que me arrastra y me acuchilla, pero que va seguida de lo cotidiano, como un metrónomo humano, como un reloj de piel que dibuja de nuevo la mañana y la tierra oscura que se me clava en la retina. La mañana despliega el ancla y las ramas sobre la lengua, pronunciando las mismas palabras, reconociendo los túneles de mis venas, habitando en la estrecha espalda de la rutina. Y reconocida la felicidad de lo exiguo, siento algo parecido al respiro, inevitablemente falso, pero poderoso, como cuando tras un adagio que instala el silencio, Wolfgang nos arranca del limbo para devolvernos al trepidante humor, a la distancia de lo grave... y la vida sigue.

6 de julio de 2007

Amanece

Amanece.
Siempre amanece.
Amanece cuando más quería detener la luna en su redondez, cuando más quería retenerte a mi lado para que deshicieras el espacio. Y tan sólo consigo rozarte un instante, para después huir.
Pero mientas no se funde la noche, las yemas de mis dedos aún permanecen tibias, impregnadas de deseo, abrigadas de recuerdo.
Y la vida canalla que no nos acerca, y nos deja siempre en el abismo de contemplarnos desde el borde de la nada, desde la fractura de la realidad. Allí donde el tiempo de la noche se instala voraz, enemigo de la conquista de tu espalda, surcando lanzas sobre tu pecho, soplando mi viento blanco en los pliegues de tu piel, hilando una palabra que no se termina entre tus labios y los míos.
Sobre las sábanas me acerco un instante al teléfono, dejo que se ilumine, lo miro intensamente mientras mis dedos se cierran con fuerza. Ya casi clarea el cielo negro. Quedan un par de minutos, quizá tres. La duda se escapa a través de mis manos, como fuego violento, pero mi lágrima inevitable, de repente la apaga. Y de nuevo amanece. Siempre amanece. Me detiene la razón, y el sol dibuja una vez más mis sandalias vacías al pie de la cama, esperándome.
Esperándome...
Y mientras yo...
Yo...
¿A qué espero?

24 de junio de 2007

Sospechan de nosotros...

Sospechan de nosotros. Ha pasado
el primer autobús, y nos sorprende
en el lugar del crimen,
desatados los cuellos y las manos
a punto de morir, abandonándose.

Nos da el alto la luz,
sentimos su revólver por la espalda,
demasiado indeciso,
su temblor en nosotros, encubierto
bajo el pequeño bosque de las sábanas.

¡Corre!
¡Coge el amor y corre cuerpo adentro!
Hay un desfiladero sin leyes en los labios,
un laberinto ardiendo de salidas.
Mira tu corazón o tu cintura,
ese castillo en alto
que mis muslos coronan como un lago de niebla.

¡Corre!
Atiende sólo al viento de la piel
pasando y regresando.
y que suenen las ráfagas,
que suenen los disparos,
que las sirenas suenen a tu espalda.

LUIS GARCÍA MONTERO.



A veces sueño ser fugitivo y corro. Corro sin razón y sin esperanza. Corro por las calles atestadas, y por las desiertas avenidas. Y no sé si llegas detrás de mí o te alcanzaré en la próxima esquina. Pero te descubro prohibido y oscuro, surgiendo de las aceras, con una distancia que no atravieso nunca, doblado en el recóndito infinito de mi deseo. Y mi dedo que no te toca, se transforma en polvo fino que se dispersa mientras la lengua se desploma seca sobre tu ausencia.
Nada es más prohibido que lo que no osamos imaginar. Sólo a veces, en estas noches de salvaje calor, consigo traspasar el umbral que da paso a tocar tu piel y sentir la mirada atónita de las murallas de piedra que circundan nuestro secreto. En ese pequeño instante en el que bajo la máscara de lo que no sucede retiramos el plástico denso que nos hace olvidar, sólo en ese instante, sería posible tomar ciegos nuestro aliento y huir. Escapar del sueño, romper ese recuerdo que precipita afilado sobre las pestañas cuando se hunden en las aguas negras, y atravesar al otro lado, donde nace esa luz que no cesa nunca tras la realidad. Y atender sólo a nuestro viento sobre la piel.
A veces, mientras sueño, no me importaría que las sirenas sonasen a mi espalda.

11 de mayo de 2007

Ideal de perfección


La perfección es sólo un producto del azar, y su belleza está en lo efímero, como si tendiésemos una trampa al caos natural de la existencia.

¿Por qué la perfección dura sólo un instante? ¿Qué delgada frontera separa el control del caos? El estado ideal no existe. La perfección tampoco.
La perfección y el control obligan a la pérdida de la libertad. Porque libertad es caos e imperfección. Pero también vida, diferencia, y riqueza.



La perfección es el reino de los que tienen miedo. Miedo a la vida, y miedo a sí mismos. Miedo a dudar de lo que piensan y de lo que afirman ser. Miedo a afirmar que la seguridad no es de acero, que tiene los pies de barro y que sólo la voluntad la cristaliza. La voluntad de negar que la materia humana es mudable.

Cristalizar las ideas y los sueños a la larga duele. Porque el vacío, ese infinito vacío de pensar que la existencia es infinita, termina por entrar en nosotros y robarnos la capacidad de sentir, de vibrar, para dejarnos tan sólo ese absurdo apego a perpetuar lo más efímero e inútil de la vida.

Porque el caos, también él, tiene su lógica, y sus reglas. Así que dame la mano y ven, ven a volar conmigo, y a estrellarte también. Ven a ser caos de Galaxia y alas de espacio negro. Ven, ven conmigo, que cruzaremos el Universo.

26 de abril de 2007

La caja.

He abierto la caja
Meticulosamente, deshaciendo la cuerda que lo rodeaba con mucho cuidado, para evitar que una excesiva presión hiciese la más mínima marca sobre el papel del envoltorio. La cuerda es de color dorado, y aún brilla con fuerza. Tanta, que permite siempre identificar en el desván el lugar donde está guardada. Casi no he tenido que limpiar el polvo sobre ella. Se nota que ha sido ordenada y desordenada con esmero en los últimos meses, poniendo cuidado de dejarla bien limpita cada vez. La cuerda dorada ha caído silenciosamente sobre el suelo, sin hacer apenas ruido... Conozco bien el ruido de las cuerdas, soy un experto en hacerlas sonar mientras hago y deshago nudos de todo tipo. Debajo, el papel de regalo con el que está envuelta muestra unos colores intensos pero que (por primera vez) comienzan a parecerme un poco desvaídos, como si la huella del tiempo hubiese querido, de una vez por todas, escribir sobre ella la marca de una caducidad, la fecha que señala que algo forma parte de un pasado que ya ha comenzado a idealizarse, que ya no tiene aristas ni espinas, que se recuerda como en un technicolor antiguo, dulce, inocuo al dolor. A pesar de ello, desenvuelvo despacio el papel, intentando no arrugarlo nada, haciendo que conserve una novedad sólo interrumpida por los pliegues gemelos a los ángulos de la caja. Termina igualmente cayendo sobre el suelo, despacio y sin ruido. La caja está como nueva, su tacto me transporta al pasado. El envoltorio ciertamente lo protege de la acción ambiental, de la luz y el aire... De casi todo. La abro con muchísimo cuidado. En su interior nada ha cambiado. Las fotografías están en el mismo orden que las guardé la última vez. Tu mirada en ellas es ahora más triste. Más lejana. A pesar de que las palabras que se mezclan entre ellas siguen conservando esa caligrafía atractiva de siempre, su poder de evocación está intacto. Pero tu mirada ya no. Es sombría, ausente... se podría decir que casi es inquietante. Hay más objetos. Una brújula, una pequeña colección de cd's, dos lápices, guantes de colores, una libreta que no voy a abrir y una galleta con una esquina mordida. Dejo que mi nariz descienda hasta la caja y respiro profundamente. Por última vez... Siempre me digo eso, por última vez. Pero hoy va a ser diferente. Busco un papel oscuro, y envuelvo la caja sin prestar mucha atención al resultado. Y me decido finalmente a usar cinta adhesiva de embalaje. Es más práctica e higiénica. Una vez he terminado, deposito la caja al final del desván... del desván de mi memoria.
Al salir, ni siquiera me doy cuenta que he pisado sobre el papel de colores, sobre la cinta dorada. Es igual, he decidido que ya no los necesito más.

15 de abril de 2007

Llévame.

Llévame de aquí, aléjame de todas las cosas feas que me rodean. Sonríe cerca de mí, para que no se acerquen los hombres grises, y extiende tu mano, que siempre llega al final de mi cadera. Extiéndela y llévame contigo, allí donde ni yo mismo quería ir hace un instante. Ya sabes que a veces me despierto tras mis pupilas para trazarme con lo ajeno, para llevarme por la inevitable oscuridad de jugar a no ser yo, para arrastrarme a la frontera que me autodestruye. Pero tú, tú me procuras despacio, siempre con templanza, sabiendo que a cada instante me busco sin encontrarme, que a cada instante quiero dejar de buscar, y seguir buscando. Nunca has hallado reproche a mi incoherencia, ni a la irracionalidad que me corona, ni has impuesto condiciones a mi deseo intermitente y certero. Contigo me siento yo, sin saber quien soy. Y siento que no huyes del abismo de mi mirada, ni de los pozos que se hunden bajo mis manos. Sabes que a veces me sumerjo en la noche opaca, y afilo mis garras con la luna, pero siempre sabes estar al final, con tu infinita y discreta presencia.

Hoy no quiero que esperes al final. Quiero que entres y me tomes, para llevarme lejos de aquí, para llevarme al final de la sombra, dentro de tu mirada, allá lejos, al final del amor...