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4 de abril de 2011

Madrid y yo, doce años después.


Intento imaginar lo que tenía yo en la cabeza cuando hice el viaje que me trajo a vivir a Madrid, hace hoy doce años. Recuerdo la primavera que ya en el sur era abrasadora, y la operación retorno de Semana Santa por los llanos de Ciudad Real, con los atascos habituales de esa fecha. El descenso de temperatura que se iba notando kilómetro a kilómetro, a medida que avanzábamos hacia el norte.

Quizá el sentimiento más intenso que tenía yo en aquel momento era el de liberación. Liberación de una ciudad que me asfixiaba, de una historia que me torturaba, de mí mismo tal y como era allí. Con 26 años ya había probado varias veces lo que era vivir fuera de casa, ser independiente, pero era la primera vez que emprendía un proyecto personal de duración desconocida. Me iba a vivir a la gran ciudad, que a priori me atraía, aunque me daba algo de miedo también. Sin embargo la atracción superaba con creces todos los demás sentimientos.
Por un lado, sabía que la oportunidad laboral que se me ofrecía era inmejorable, y eso me daba energía y cierta seguridad. Pero mi ansiedad se alimentaba sobre todo de la incógnita que suponía construir una vida más o menos desde cero, y la oportunidad para poderlo hacer como yo quería. Y sí, me zambullí en Madrid con ansiedad y con la necesidad de romper con multitud de cosas: mis prejuicios, mis dudas acerca de mi orientación sexual, mis inseguridades en cuanto a mis relaciones sociales, etc. Necesitaba vivir y exprimir al máximo todo, necesitaba encontrarme con gente diferente de la que había estado rodeado durante tantos años, necesitaba alejarme de mi entorno familiar. Era tal la cantidad de cosas que necesitaba que supongo que a pesar de la intensidad con la que me lancé a ellas, anduve también un poco perdido aquellos primeros meses.

Ahora, doce años después, me cuesta un poco imaginar cómo era yo antes de llegar a Madrid. Miro atrás y veo un adolescente acomplejado, inseguro, temeroso, intenso, algo altivo, incomprendido y con poca capacidad para estar en el lugar y en el camino que quería.
Mirando con perspectiva, creo que lo más importante de este camino ha sido que me he ido conociendo poco a poco. Es curioso pensar en cómo nos reafirmamos con vehemencia cuando somos adolescentes, siento en el fondo tan poco conscientes de quiénes somos, y viviendo internamente la incoherencia vital con tanta fragilidad.
Yo, en estos años, siento sobre todo que me he ido recorriendo. Recorriendo y entendiendo: en mi lado irracional, en mis abundantes obsesiones, en lo que de mí me gustaría desechar, en lo que me apasiona... He intentado hacerlo a través de mí, pero también a través de las personas que han pasado por mi vida, y en cómo me han visto.
Siento que poco a poco he conseguido limar mis aristas, y he aprendido a usar la perspectiva para intentar entender las cosas, y la relatividad para vivirlas. He sufrido pasiones y abandonos, de esos que se quedan ahí para siempre. Y creo que, en fin, camino hacia entenderme cada vez más de una manera sincera, y darme al mundo desde esa sinceridad.

Y todo ello, casi siempre con el escenario de fondo de esta ciudad a la que ahora me siento tan intensamente unido. Porque sigo pensando que aunque haya muchas ciudades que tienen muchas cosas que no tiene Madrid, lo que tiene Madrid aún no lo he encontrado en ningún otro lugar. Quizá también porque Madrid forma parte ya de mí, y muchos rincones de ella se han enganchado a mi memoria con mucha fuerza. Sigue siendo esa ciudad de la que siempre hay multitud de cosas de las que quejarse, pero a la que se desea igualmente a pesar de ellas. Incoherente y vulgar, pero que es capaz de apasionarte con mil pequeñas cosas, inesperadamente. Que nunca duerme, que no conoce la tristeza, aunque a veces los que vivamos en ella sí lo estemos, que puede ser sucia e inhóspita, pero que de repente
te abrasa con una puesta de sol en otoño, con una mañana de domingo desbordante de primavera, o con encuentros casuales a los que la verticalidad de esta ciudad encierra en cápsulas de cristal que después atesoramos con un deseo casi cinéfilo. En fin, doce años ya... y que no pare el cuento…

28 de junio de 2010

En el limbo de Scarlatti.

"No te esperes encontrar en estas composiciones, seas diletante o maestro, una intención profunda, sino más bien una forma ingeniosa para que te ejercites con osadía en el arte de tocar el clavecín" advierte en 1738 el propio Scarlatti al lector de sus sonatas.


Y sin embargo ahí están, después de casi 300 años, como una isla de libertad de forma y contenido, el corpus de sonatas a las que se dedicó el compositor Napolitano desde su llegada a la península Ibérica, para convertirse en el profesor de música de Doña Bárbara de Braganza, primero en Lisboa y más tarde en la corte de Madrid.

Sonatas sencillas, en estilo binario, que evidentemente, como él mismo reza, fueron escritas para ejercitar al intérprete del instrumento (la propia Doña Bárbara) en diferentes problemas técnicos.

Y sin embargo, uno no puede dejar de asombrarse ante la enorme riqueza no sólo de efectos, sino de melodías, acentuadas por la influencia de las músicas folclóricas que conoció en España, así como por ese especial gusto de Scarlatti por las repeticiones obsesivas de grupos de notas.

Estas sonatas son toda una aventura experimental, casi imposible de pensar en el imaginable mundo cerrado de la corte española en la que vivió a lo largo de los treinta años en los que compuso estas obras con dedicación absoluta.

¿Mero ejercicio sin intención? La fascinación que ejercen estas sonatas sigue contagiando hoy a muchos, porque detrás de ellas parece que siempre hay un secreto, un mensaje oculto, una intencionada intensidad, una muy concreta emoción. De su vida poco sabemos, por lo cual el secreto está sellado.

Así, sólo queda escucharlas, una y otra vez, y seguir sedientos de continuar dando vueltas a sus espirales como locos, pensando que tal vez sí exista un limbo extraño que se sitúe entre la realidad y el deseo. Igual que el de esta misma noche, entre la certeza de un cielo que aparentemente alberga pocas nubes y los truenos que no dejan de caer, cada vez más cerca.


24 de febrero de 2010

El vacío en la piscina.


Hoy te he recordado bajo el agua, mientras nadaba. Me gusta pensar mientras los músculos hacen fuerza, como si de alguna manera también exprimiesen la reflexión, como si todo el cuerpo y la mente trabajasen en una máquina capaz de moverse, de disfrutar del azul subacuático y pensar todo al mismo tiempo. La potencia que obliga a pensar. Pensar que obliga a moverse. En un continuo.
No sé por qué me ha parecido reconocerte en la calle vecina. Quizá porque aún recuerdo bien cómo es tu cuerpo. Tus caderas ligeramente anchas, la piel extremadamente blanquecina. El vello, cuidadosamente localizado, pero denso y oscuro. La barba ocasional y estrecha. Y las ondas de tu cabello, escapándose casi como en un descuido bajo tu gorro de baño, como entonces.
Esta piscina me la descubriste tú. Veníamos juntos todos los miércoles y los viernes a las siete. Es la piscina de tu barrio de niñez, donde aún vive tu familia, donde te traía tu padre hace muchos años para después comprar el pan en aquella panadería que me enseñaste más de una vez. Tu barrio se convirtió también en el mío, porque yo te seguí. Secretamente. En uno de esos secretos a voces que pueden enternecer y sonrojar al mismo tiempo.
Nos hicimos un hueco en nuestras vidas. Más tú en la mía que al contrario, siempre lo he pensado. Me enseñaste a enamorarme de Madrid mientras lo estaba de ti. También fuiste mi primer amor de noche madrileña, de huida en taxi de madrugada o en aquel coche tuyo desvencijado y frío, mi primer desayuno en la cama, entre besos, mi primer despertar junto a la piel de alguien que me hacía vibrar. Nada de eso fui yo para ti, y me produce curiosidad saber cómo me recordarás. Porque aunque tardamos muchos años en desaparecer, al final desapareciste del todo. Y a mí no me dio tiempo nunca de deshacer el hueco que dejaste, la ilusión que tuve que tragarme intacta, el deseo que debí enterrar y que siguió visitándome durante muchas noches, sin avisar. La última vez me hice el despistado en el pasillo del metro, para no saludarte. De eso hace ya años. Pero hoy… Hoy estaba dispuesto a saludarte, a hablar contigo apoyado en el borde de la piscina en la que tantas tardes hablamos. Estaba hasta dispuesto a decirte si querías subir a casa a tomar un café, y hablar de tantas cosas como hablábamos entonces. Te habría dicho por fin que en el fondo tampoco era aquello lo que yo quería, como siempre me dijiste tú. Pero que necesitaba probarlo. Y que, a pesar de aquella forma ambigua e imperfecta de hacerlo, aquel aprendizaje sentimental lo guardo como uno de los más especiales que me han ocurrido. Hasta te habría perdonado por todo lo que pasó después… Me habría gustado contarte lo lejos que estoy de allí, lo mucho que me he acordado de ti, y las veces que he pensado que me gustaría saber qué es de ti, dónde estás, hacia dónde caminas… Pero no, no eras tú el de la piscina. El arca que encierra ese vacío que dejaste ha vuelto a sepultarse ahí, donde lleva años y años. Podría desaparecer, ya no la necesito. Sin embargo, hoy, mientras daba con todas mis fuerzas las últimas brazadas de mi hora de nado, he pensado que me gusta saber que sigue ahí, aunque no me haga falta ya para nada.

15 de septiembre de 2009

Tarde de Prado.



Madrid te sorprende así, en medio de una tarde de calor y bullicio, por entre los despistados y los foráneos. Uno parece quererse confundir con ellos, y sentir que está en un lugar lejano, lleno de personas ansiosas también por ver qué ocurre en la noche, qué lunas nos mirarán, qué interiores nos acogerán, como si nada pudiera preverse, como si todo fuese nuevo y apetitoso. Me gusta Madrid porque a veces me hace sentir extraño, porque me acoge con complicidad pero al mismo tiempo me hace sentir extraño, lejano, inconsciente…
Tras la tarde el guiño de sol en la ventana, y eso que quizás, entre tanto turista a la puerta del Prado, tan sólo yo sé que en unas semanas sobre la fachada de la Academia de la Lengua el sol pintará las tardes más bonitas que conozco justo allí, junto a los árboles del retiro, en el Otoño que quiere anunciarse ya, una vez más.

27 de mayo de 2009

Buscando


Buscando en la primavera perfecta.
Buscando entre sus nubes abultadas.
Buscando en el instante de la brisa fresca, aún sin agostar.
Buscando a través del tráfico, surcando el anhelo entre los humos y los cuerpos llenos de deseo y de olvido.
Buscando entre las pieles que se saludan y se saben recién estrenadas.
Buscando en las ramas del sol cegador.
Buscando, alcanzado de sonrisas anónimas.

Buscando entre las palabras,
sobre las aceras,
sobre las esquinas,
sobre los iconos,
en la tarde diminuta y sola.

Buscando en la memoria que me asalta,
en el aliento que me atrapa,
en el latido que me alcanza.
Buscando,
sobre las llamas buscando.

Buscando,
siempre buscando.

5 de mayo de 2009

Esta ciudad...



Esta ciudad es un pozo continuo de secretos que día a día se precipitan en sus noches con el ansia voraz de algunos de sus habitantes. Su capacidad transformadora me sigue sorprendiendo después de todos estos años. Y no me refiero a su rostro físico, continuamente desfigurado por la mano de un gobernante sin criterio estético ni humano, sino a la capacidad de sus habitantes para reinventar el espacio que ocupan sus múltiples realidades y sus insospechados anhelos, siempre atravesados por ese margen del sueño suyo, tan especial.

En su velocidad, en su aparente frivolidad, nada parece evidenciarlo, pero sólo es preciso retirar esa primera corteza para que su humanidad, múltiple y compleja, se derrame por barras de bar trasnochadoras, esquinas de calles olvidadas o incluso silenciosos andenes. Cualquier lugar es idóneo para enterrar palabras en el aire espeso de sus madrugadas. Y con el inicio de las noches tibias, algo parece desnudar aún más su limpia oscuridad, algo así como el agudo presentimiento de sus iconos privados, a la vez dulces e intransferibles.

Ayer, mientras volvía a casa en taxi, a toda velocidad, sentía el escalofrío de todos esos innumerables viajes insospechados con los que he ido trazado poco a poco mis secretas redes sobre su asfalto. Son trayectos, cada uno desde su minúscula historia de una noche, que han ido tejiendo lentamente el lazo intenso que me une esta ciudad increíble. También están los otros, cosidos a base de pequeños pasos sobre sus aceras llenas de sorpresas y ocultas inmensidades. O incluso aquellos otros subterráneos, como el que trazabas tú al mismo tiempo que yo, como si se tratara de un túnel invisible en este nuevo sueño que se mueve en secreto por las últimas madrugadas de nuestra inevitable amada: Madrid. De nuevo, esta ciudad, que no cesa de tejer sus propios e inconfundibles mapas.


Sonate K.27 Domenico Scarlatti - Pierre Hantaï

11 de abril de 2009

Diez





We shall not cease from exploration
And the end of all our exploring
Will be to arrive where we started
And know the place for the very first time.

T.S. Eliot.





(...)

Un día como uno de los de esta semana pero de hace ya diez años, llegué a esta ciudad en la que ahora vivo. Traía conmigo una maleta grande, el sol de la primavera titánica de Andalucía, y muchas sombras sobre mi espalda.

A pesar de no creer demasiado en los ciclos, sobre todo porque suelo evitar los condicionamientos en general, supongo que a veces se hacen inevitables, porque la vida para algunos, como descubre Elliot más arriba, supone una exploración en la que volvemos a llegar una y otra vez al punto de partida, que no dejamos de ser nosotros mismos, pero habiendo comprendido cada vez un poco más.

De aquel veinteañero que llegaba a la capital en el año 99 queda lo fundamental, la búsqueda de mi propia búsqueda. Madrid me acogió con generosidad de manera veloz, tanto como el inimitable tránsito humano de su Gran Vía. Me dio noches inolvidables, y olvidos necesarios .También me regaló encuentros que cambiaron mi vida, o que la torcieron lo suficiente. Inevitablemente ahondó en mi desarraigo y en mi dolorosa aceptación del desapego necesario para ejercer la libertad que es mi único pasaporte para poder acercarme a mí mismo, pero que secretamente también me hace asumir un oscuro dolor del que casi nadie sabe.
Madrid también, como no, me ha regalado monumentales equivocaciones vitales, tropiezos varios, y amargos momentos de desesperanza. Aún de esta forma, siempre me ofreció la contagiosa alegría de sus calles y la imparable fuerza de su vitalidad para perderme en ella cuando más espesa fue la oscuridad.

Con todas esas piezas me he ido construyendo y he ido sumando poco a poco personas. Las que siempre estuvieron, y algunas más, que ejercen de familia madrileña y sustituyen esa red de apoyo vital que me da por imaginar que sustituyen a la verdadera. También amigos, amantes, indefinibles relaciones que fueron son y vendrán a ser. Todas ellas también me hicieron caminar en esa ruta de exploración. Así como los viajes cercanos o lejanos, y todos sus retornos a Madrid para ver de nuevo sus avenidas elegantes mirarme desde sus piedras, cada vez haciéndose más mías, más necesarias, adaptando cada vez más un hueco para ser ese mi lugar en el mundo que creo que han llegado a ser. También el amor compartido en noches de música, de terraza, de desayunos de naranja y aliento, de sexo desenfrenado o experimental, de inefable complicidad que se va definiendo con el perfil de esta ciudad que ha crecido también en estos diez años en los que ha erigido rascacielos, ciudades empresariales, vanguardistas centros culturales, y uno de los aeropuertos más grandes del mundo. Se diría que cada vez puede ser más incómoda, pero ese es el secreto de esta ciudad, que lo suma todo, que lo integra todo, que lo engulle todo. Y aquí todo es posible, todas las creencias y todas las mentalidades, todos los defectos y todas las virtudes. Desconcertante, pero adictiva. Terrible, pero con un enorme hueco para la felicidad de los que se dejen llevar por ella. Así es Madrid, diez años después. Y así me veo yo, los mismos años después, de nuevo en el punto de salida, más consciente de mí mismo. Consciente y orgulloso de una ciudad que me acogió, se construyó conmigo en su particular siglo XXI, pero que sobre todo, me ha hecho feliz. Mucho. Que así continúe haciéndolo.

Para terminar, la música de otro foráneo adoptado por esta ciudad, esta vez en el siglo XVIII. Su música lo dice todo de su loca fascinación.

28 de noviembre de 2008

Ópera y Futuro.


Los melómanos de la capital nos hemos topado esta semana con una noticia que ya se venía adelantando en algunos medios de comunicación después de saberse que la actual dirección musical y artística del Teatro Real dejarían sus funciones el año 2010.
Gerard Mortier, uno de los "gurús" de la ópera de las últimas décadas ha aceptado la invitación para dirigir el coso madrileño a partir de 2010 y, en principio, por 5 años. Jesús Ruiz Mantilla dice en el diario El País:

"Con Mortier en el teatro se abre una etapa apasionante. Su trabajo en el Festival de Salzburgo en la década de los noventa le reveló como un auténtico intelectual, agitador de conciencias y creador ambicioso. Él ha colocado la música y el arte escénico en el siglo XXI como algo vivo y vigente. Su trayectoria posterior en la Ópera de París también ha estado labrada de éxitos. Y de polémica. Nunca rehuye la agitación y el debate. No deja a nadie indiferente. Con su llegada se abren unas expectativas y unos interrogantes apasionantes: ¿cómo encajará el público conservador de Madrid los golpes de Gerard Mortier?
Todas las miradas internacionales quedan puestas en el Real de Mortier. Haga lo que haga, de eso no hay duda. "Será este teatro quien marque la pauta con los montajes, no otros", comenta Marañón. La temporada 2010 se abrirá con una propuesta suya. Comienza el espectáculo."


La ópera es una institución que más allá de su necesidad lleva siendo un espectáculo elitista prácticamente desde que nació y más de uno (con razón) se preguntará si no sería más útil para todos invertir el dinero en crear (por ejemplo) una segunda casa de ópera (en una ciudad que tiene tamaño e interés de sobra para poderlo absorber) centrada en un público quizá más joven y que se dedique a producciones de calidad y bajo presupuesto (hay muchos teatros hoy en día que demuestran año a año que esto es posible) más centrada en consolidar una afición estable y servir de instrumento para la educación musical de una ciudad que necesita poder ver la ópera de otra forma para entenderla. Es cierto que el Real ha hecho un esfuerzo grande en ampliar representaciones y en abrir el Teatro a otros públicos con multitud de posibilidades y precios más populares. Aún así, siento que a largo plazo, otra temporada (aunque fuera más modesta) paralela a la del Real es necesaria en una ciudad como la nuestra.

En fin, desde mi punto de vista, y dejando a parte polémicas sobre la idoneidad de apostar por uno de lo más grandes y el presupuesto que esto va a suponer para las Administraciones que sostienen el Teatro sobre todo en una época de crisis económica, se abren una serie de caminos interesantes.

La llegada de Mortier a un lugar como Madrid sorprende, la verdad. En primer lugar, porque él es un director muy exigente y que no creo que haya firmado con un Teatro sin un proyecto innovador. Exigente en lo musical, uno de los puntos débiles de la casa de opera de Madrid (la orquesta del teatro, la Sinfónica de Madrid, es probablemente una de las mejores de España y sin duda en los últimos años ha experimentado una evolución importante en calidad, pero no nos engañemos, está en un segundo nivel y tiene importantes deficiencias). Y exigente también en el diseño de las producciones. No veo a Mortier sin una carta blanca para hacer lo que quiera en este sentido. Y es una persona que he generado fuertes polémicas allá donde ha ido debido a su carácter transgresor.
En fin, que estos dos aspectos (fundamentales en la ópera) del belga hacen vislumbrar un cambio radical en la trayectoria que hasta ahora ha tenido la historia del Teatro madrileño.

Así que ya que no hemos optado por "democratizar" este espectáculo y hacerlo accesible a la mayoría y más bien nos hemos apuntado al carro de comenzar a destacar como uno de los Teatros de Ópera más importantes y que más tienen que decir en el mundo (en la línea del empeño del presidente por estar en el G20), me alegra que lo hagamos con Mortier, director que sin duda hará remover muchas conciencias, demostrando que frente a la ópera no sólo cabe el disfrute estético o la ostentación de un status, sino la creación de un espectáculo vivo y que nos exige interactuar intelectualmente con él, ser críticos y aportarnos reflexiones que nos ayuden a crecer como seres humanos. Con él imagino un camino futuro que al menos, espero, contribuirá a renovar esa visión conservadora y plana que se tiene aquí de la ópera. Ya me veo las críticas incendiarias que desde los melómanos más retrógrados y reaccionarios del Real va a tener... Eso sí, el día de su estreno seguro que el teatro se viene abajo de aplausos, que para eso es una estrella mundial del mundo de la Ópera. El público de Madrid es así, desgraciadamente.

23 de noviembre de 2008

El cielo de Madrid



El de Madrid es uno de los cielos más intensos que existen. De un azul profundo y oscuro, casi insultante. Y las mañanas de otoño lo recortan con una fuerza tan inusitada que sorprende hasta para el que, como yo, lleva muchos años viviendo aquí. Tímidamente voluptuoso aunque con firmeza se asoma entre los tejados y terrazas para quien quiera darse cuenta de que más allá del cemento y de asfalto, más allá aún de los arboles que amarillean en el Retiro, existe una Naturaleza infinita que nos envuelve, que nos posee y que nos dibuja a su antojo con el color que define cada día. Así debió sentirlo la pequeña Sara ayer, mientras miraba con insistencia el abundante azul que se derramaba hasta el perfil de los edificios de la Gran Vía. En medio del gentío que avanzaba con lentitud en todas direcciones ella permanecía detenida, de la mano de su madre y en silencio, como queriendo escuchar el sonido de ese cielo por encima del rumor insistente de voces y automóviles. La madre comienza a tirar de ella hacia los grandes almacenes donde pretende hacer una compra. Y Sara nada, que no se mueve. La madre que se enfada, pero Sara no se inmuta.
Finalmente consigue levantar el dedo y señalar hacia arriba. La madre, sin embargo, le propina un ligero manotazo cariñoso en la mano y, sin ni siquiera mirar hacia donde señala la pequeña, tira de ella hacia delante. Sara mira hacia el suelo y sigue a su madre sin rechistar. Se vuelve una vez más para mirar, y es entonces cuando descubre mi mirada espía. Son sólo una par de segundos, pero en ellos ambos volcamos una infinita melancolía. La de los incomprendidos. La de los que tienen a su alrededor un mundo pero son capaces de ver otro. La de la tristeza de tener que vivirlo en secreto. Y es que ella, aunque no lo sabe aún, creo que lo presiente. Ese mundo tendrá que sellarlo para la mayoría. Al final le sonrío y ella también. Hasta me saca la lengua antes de ser tragada por la multitud, tras el brazo de su madre. Sara tampoco lo sabe, pues es probable que de momento sólo le digan que es una niña rara, pero yo sí lo sé, aunque no la conozca. Es y sin sin duda será un ser muy especial.

7 de noviembre de 2008

Noche de jueves.

Cada noche de jueves, al filtrarse la oscuridad por las calles de Madrid, se inicia el sortilegio que quiebra el hilo. La luz de neón parece espiarnos desde la altura en que se hace esquina para dejar hueco a la noche que comienza. Y los edificios parecen infinitas pupilas que pasan de largo, extrañas amigas que nos cobijan como en un escenario, antes de que se alce el telón. Las historias descansan entre sus piedras frías, bajo los andamios, detrás de los portales. A veces pueden permanecer así años y años, bostezando cada semana al olor de la lejana mañana de viernes, al acecho de la afilada concupiscencia que sesga la semana y con ella el aliento.
El hilo se ha hecho cuerda, se ha casi transformado en roca suave, ligera, volcánica. De nuevo columna inmensa. En secreto aún conserva su espeso magnetismo. Pero la cuchilla inevitable del jueves la ha vuelto a quebrar con un ruido breve y seco que ha estremecido las aceras. Y los dedos, desnudos y huérfanos, te han recorrido en otra piel, en otra noche sin amanecer, en otra vuelta a casa pisando la frontera de la realidad casi vomitando otra vida hasta su límite, en el vértigo de la primera luz del alba iluminando incisivamente la fractura. Fue entonces cuando reparé en que las estrellas, de nuevo, habían vuelto a precipitarse sobre los charcos del suelo.

29 de noviembre de 2007

Perfecciones.



Madrid, 20:25 horas. Parada de metro de Nuevos Ministerios (para los que no conozcan Madrid, una de las paradas de metro del distrito financiero de la capital).
Yo, bajando las escaleras del metro para volver a casa. Por la mañana he salido impecable, arregladito, perfumado y perfecto. A lo largo del día, sin embargo, las horas de trabajo, de correr de aquí para allá, la piscina, las clases, el café con un amigo, las compras, las carreras por la calle, me han ido transformando... me siento un poco maltrecho. Ya sólo en la última media hora el calor excesivo de los interiores de las tiendas, los paseos en el super porque no encuentro la mozarella, las ganas por vivir cada minuto de lo que queda de día, me han ido dejando la cara con signos de cansancio, y mi cabeza ya algo despeinada. Además siento que me muero de calor bajo la cazadora acolchada y con las bolsas de plástico en las manos mientras deseo llegar a casa cuanto antes. La escalera de descenso es larguísima, interminable. De repente, aparece él subiendo. Inmóvil –la máquinaria de la escalera lo hace todo- y con cada prenda en su sitio, al igual que sus cabellos, como si hubieran sido colocados uno por uno. Siento que no se han debido mover un milímetro en todo el día. Es rubio, y muy atractivo. Viste de negro. El olor de su perfume aún se siente intensamente al pasar junto a mí, y observo con sorpresa que su rostro permanece como recién afeitado, absolutamente hidratado. Lo imagino en su oficina, imperturbable sobre las teclas, midiendo cada uno de sus movimientos de manera meticulosa: los dedos, los brazos, la cabeza, incluso la mirada. Todo con un criterio de máxima eficiencia con el menor gasto energético posible. Lo imagino hablando lentamente, usando sólo las palabras justas. Casi puedo verlo mientras come una ensalada baja en calorías en un recipiente de plástico y bebe agua mineral. Su ropa no se arruga y llegará a casa casi exactamente igual que como salió. No ha sudado una gota, ni ha hecho mella en él la polución. Tampoco se ha sobresaltado ni ha hecho nada que no estuviera en sus planes. Pasa de largo junto a mí, ni se inmuta detrás de sus auriculares. Me miro a mí, acalorado, con el cierre de la chaqueta un poco torcido, sofocado y atravesado por mil reflexiones, al borde de más de una pasión, con las plantas de los pies ardiéndome dentro de las deportivas. Me gustaría poder contagiarme de un poquito de su perfección a estas horas del día, de su inmaculada pose, que todos observamos en silencio desde la escalera que baja... Sin embargo, no puedo evitar sentir un escalofrío cuando termina de pasar, como si algo en él no fuera humano, como si toda esa legión de seres perfectos que puebla los laberintos de la gran ciudad entre semana fueran de aire, producto de una oscura fuerza que pretende crear en nosotros envidia, ganas de no ser imperfectos y parecernos a ellos, algo que alguien acaba de estrenar y que no necesita cambio alguno porque ya es pefecto mientras nada cambie, como si pudiesemos no cambiar nada y cruzarnos todos inmóviles y exactos en los pasillos del metro... No, en el fondo he sentido pena por él y me he alegrado de sentir calor, y sudar, y estar despeinado. Es también por ello que mi corazón late fuerte.

5 de noviembre de 2007

En la médula del otoño


Sentir los últimos rayos de sol de la tarde de noviembre y verlos deslizarse por las torres convertidos en fuego suave, en tenues láminas de colores versátiles, cada vez más frágiles, hasta desaparecer. Todo un espectáculo de belleza que cada otoño se repite en esta ciudad donde durante unas semanas busco cada tarde ese instante, que dura tan solo unos minutos, justo antes del ocaso. Cada año siento una necesidad imperiosa de salir a encontrarlo cada tarde, como con el aire ausentándose de mi garganta. Recorro las avenidas con el ansia como un látigo sobre mi pecho, mirando con insistencia el borde del cielo sobre los edificios. Busco mi secreto milagro de naranjas que me poseen y lo llenan todo para volatilizarse en espuma que sobrevuela los tejados y deshacerse finalmente en el limbo de la noche. Es imposible fotografiarlo, sería una traición a este misterio de la ciudad donde vivo, entendible sólo cuando, caminando por la Gran Vía en una tarde de noviembre, de repente, te atrapa la daga sin aliento de un horizonte que detiene el tiempo y acelera el espacio. Y te quedas adherido a él, sin sonido de automóviles ni sirenas... hasta que súbitamente termina, como si de un suspiro se tratase. Brutal como el pasar de la página más lírica, de golpe, casi arrancándola, dejándote hueco y sin palabras, arrojado sin remedio de nuevo al silencio rasgado del murmullo incisivo de la gran ciudad. En esos casos se necesita una mano cerca, para no caer por causa del mareo intenso... ¿ alguien me la tiende esta tarde?

4 de marzo de 2007

Madrid, encuentros, inicios... y música.


Chico de negro, chico Mart-ini, que se esconde tras una mirada que se pierde en el primer abrazo, que se torna torpe porque sabe que se emociona y no quiere que se note tanto. Yo también me emociono, por dentro, aunque lo disimule. Porque de tu voz no se deduce tu espontaneidad sincera, ni tus ganas de compartir y de dar, que sí imaginaba, pero que no podía "ver" de esa forma sincera y casi infantil que te recorre cuando dices algo, cuando dices casi todo. O esa otra, que desarma, de tu sonrisa. Por estar lleno de sinceridad y de humanidad... Por eso, te has quedado ya con un trocito del corazón mío, de éste que a veces es esquivo, pero que no quiere ni se deja querer por cualquiera. Pena que se cruzaron tantas historias y tantos recorridos por esas calles de Madrid, ese Madrid que tanto quiero y que espero que veas desde ahora, si cabe, con una mirada más familiar, más cercana, como la ciudad donde vivimos, entre otros, nosotros. La agenda fue imposible de estirar, y este Madrid me llevó de aquí para allá en una tarde de luz inimitable que se desplomó despacio sobre la acera mientras caminaba con el ingenio de unos ojos imposibles de esquivar, y que acompañaron con deseo tangente la tarde retorcida de argumento y placer, de naranja y negro. Palabras tangentes y palabras secantes, palabras cortadas y susurros que perseguir. Noche inyectada bajo la piel de la luna velada, y vida, como siempre recorriendo caudalosa las horas.
Gracias por el fin de semana a todos los que de una forma u otra, os habéis cruzado conmigo dejando huella en este primer aliento del futuro equinoccio.

El fin de semana, además, comenzaba con la sorpresa de encontrar entradas a última hora para ver el concierto de Mariza, que, como siempre que viene a Madrid, conquista a todos los que acudimos a verla. En el marco del interesante festival Ellas Crean que el gobierno de este país organiza coincidiendo con la celebración del día de la mujer trabajadora, esta portuguesa nacida en Mozambique, nos acompañó en un recorrido por los 4 discos que lleva ya editados.
En una ciudad, como ella llamó, amiga, donde acaba de colaborar con el director español Carlos Saura en su último proyecto (Fado) y donde confesó que se siente como en casa. No en vano, el público atento y sensible al especial universo musical de nuestro querido país vecino -que siempre he observado en sus conciertos-, la acoge siempre con evidente calidez. Es lo mínimo que podemos hacer para agradecer dos horas de emoción y belleza.
Mariza es la gran renovadora del fado en la actualidad, y en los pocos años que lleva desarrollando su carrera ha demostrado su grandísima inteligencia y personalidad, herramientas con las que ha sabido transformar el fado en algo absolutamente propio sin desvirtuar el género ni un ápice. Dotada de una voz sobrenatural y una elegancia que raramente se puede ya ver en un escenario, sigue apoderándose del auditorio a través de una puesta en escena impecable y contenida, pero llena de pasión y sinceridad, que sin embargo sabe salpicar de una espontaneidad enternecedora. Es una dignísima embajadora del alma portuguesa, que no pierde esa esencia de búsqueda de identidad, destino y melancolía que es inseparable del carácter lusitano, pero que sabe conectar con cualquier audiencia, porque su música y sus palabras parten de las emociones más sencillas, más universales. Música y poesía, saudade, a través de una de las voces con más capacidad para emocionar en directo que yo haya escuchado.

Les dejo con dos muestras de su arte. En la primera, un vídeo de su último trabajo de creación, el imprescindible

La otra, una toma de su último trabajo, un concierto en directo muy cercano a lo que disfrutamos el viernes, interpretando Primavera, uno de los fados más conocidos del repertorio clásico, que como ella dice es su verdadera pasión. Su forma de interpretarlo, absolutamente personal, así lo evidencia.