Madrid te sorprende así, en medio de una tarde de calor y bullicio, por entre los despistados y los foráneos. Uno parece quererse confundir con ellos, y sentir que está en un lugar lejano, lleno de personas ansiosas también por ver qué ocurre en la noche, qué lunas nos mirarán, qué interiores nos acogerán, como si nada pudiera preverse, como si todo fuese nuevo y apetitoso. Me gusta Madrid porque a veces me hace sentir extraño, porque me acoge con complicidad pero al mismo tiempo me hace sentir extraño, lejano, inconsciente… Tras la tarde el guiño de sol en la ventana, y eso que quizás, entre tanto turista a la puerta del Prado, tan sólo yo sé que en unas semanas sobre la fachada de la Academia de la Lengua el sol pintará las tardes más bonitas que conozco justo allí, junto a los árboles del retiro, en el Otoño que quiere anunciarse ya, una vez más.
Aquellas noches de agosto eran siempre iguales, tumbados entre la inmensidad oscura del cielo y la hierba fresca bajo el cuerpo. Los insectos parecían silenciarse en aquellas horas, pero nosotros por entonces todavía escondíamos las palabras detrás de los labios. A veces, después de algún fogonazo en el cielo, parecían deslizarse justo hasta la punta de la lengua, pero la magia de los astros pulverizándose suicidas las desviaba de nuevo a la garganta. Nos susurrábamos que habíamos pedido un secreto. No recuerdo ya qué podía yo desear entonces. Quizá una felicidad que no sentía, o una vida lejos de allí, a pesar de todo, o una imagen de mí mismo en libertad, que se me imponía tan lejana como poderosa. No lo sé. Pero sí sé que en aquellas horas era como si nadie más existiera, y que el Strauss que poníamos religiosamente de fondo sonaba alto, bien alto, dirigiendo la galaxia. La tierra parecía moverse tan deprisa que había que agarrarse con fuerza al césped. Luego, con los ojos cansados de buscar astros, caíamos rendidos por el sueño. Cada uno siguió su camino, tan diferente, tan lejos uno de otro. Y sin embargo, aquellas noches las recordamos nítidas y contundentes en la memoria, a pesar de que ya no exista aquel lugar, ni los agostos compartidos, ni la inocencia aquella. Sí, cada año siguen ahí aquellas horas, como si nunca se hubiesen acabado.
Hubo un tiempo en que habité el desencuentro. Me asaltó inesperado una noche de otoño en un café de Malasaña, y más tarde, con la fuerza terrible del deseo entre quebrado e indestructible, de nuevo en aquel coche que se helaba aparcado bajo mi casa mientras me acariciabas el hombro con aquella extraña ternura que se te escapaba con cuentagotas. Aquella misma noche comenzó el abismo a crecer día a día, despertar tras despertar, con nuestro secreto eclipse medrando y medrando, y arañándonos detrás de la taza del café de la mañana. Abismo entre mis ansias de amar y las tuyas de necesitar ser amado. Abismo entre la crueldad de mi despecho y tu tímido pero implacable egoísmo. Abismo entre nuestras torpezas. Un océano de olas como laberintos oscuros, seguramente errado, donde nos perdimos con la intención de no salir, pero de donde escapamos cada uno por su salida. Y aunque ahora reivindique el olvido, la memoria es implacable y me ataca en ciertas mañanas desde su hogar, tras esa puerta que a veces un correo nunca borrado abre y deja caer en mi curiosidad aún dormida y anestesiada de caricias. Ese hueco y ese silencio elegidos no se han desvanecido, porque sobre ellos me hice más sabio, más humano, más consciente del valor de la conquista de quien soy. Supongo que no los tendrás tú esos correos. Sé que para ti no valen mucho, ni ellos, ni el rastro de una historia como otras, hundida en un final intermitente primero, cordial después e inexistente al fin. Las últimas veces que nos hemos cruzado, nos hemos evitado discretamente, sin acritud. A pesar de todo, y aunque tú ni lo sospeches, aquella mañana valió toda una vida...
A veces los recuerdos nos ponen muchas cosas en orden. Siempre tiendo a pensar que la fuerza de los momentos que nos quedan grabados en la memoria de alguna manera tiene que ver con la intensidad con la que los vivimos, con las dosis de pasión que nuestra forma de sentir les dio entonces. Y en parte así es, puesto que esos días en los que amamos intensamente, o nos hirieron con crueldad, o sufrimos con toda nuestra alma, están siempre ahí, en algún rincón, cubiertos con el matiz que a lo largo del tiempo le hayamos querido dar (indiferencia, aprendizaje, plenitud...) pero siempre conscientes de que rascando un poco podemos llegar a aquella sensación casi como si nos acabara de suceder.
Otras veces, sin embargo, momentos mucho menos intensos, vividos desde la sencillez con la que tantas veces pasamos por los instantes de mayor felicidad -a pesar de su aparente levedad y su más discreta substancia- también quedan adheridos entre los más importantes recuerdos que conservamos. Uno podría pensar que tienen menos fuerza que aquellos otros para fijarse en la memoria, o que al recordarlos su intensidad es menor.
Pero conforme pasan los años mi recuerdo me va iluminando cada vez más y más momentos de aquellos que cuando sucedieron me dieron mucha paz y equilibrio, pero que nunca sospeché que en el futuro iban a quedar en mi memoria en la cima del ranking de recuerdos especiales, de esos que uno siente que son los que le dan sentido a la vida y sustancia al pasado. Me ocurrió ayer, mirando al cielo, escuchando los insectos de la noche de verano, y recordando aquella cocina donde mientras preparábamos la cena aún ebrios de sol y agua de la piscina donde tantas cosas importantes sucedieron me enseñaste a cantar a dos voces el Pie Jesu del réquiem de Lloyd Weber. Quizá porque es difícil que un momento así vuelva pues ya no existe aquel lugar ni la inocencia con la que vivíamos aquellas noches de verano mirando las estrellas con música de Strauss, ya amando la belleza por encima de todo y viviendo ese cariño que siempre hemos sentido espontáneo e independiente de tantas cosas que nos separan, pero inconscientes aún de la vida y de lo que nos tenía preparado a cada uno. Y sin embargo, sé que es uno de esos momentos que más feliz me han hecho en toda la vida, de los que sin duda caminan conmigo y con mi sonrisa para siempre. Me alegro tanto de que existas...