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21 de diciembre de 2008

Indiferencia.



A pesar de la expectación con la que siempre me enfrento a Shakespeare, y a las producciones del CDN, es indiferencia lo que me ha producido la actual versión que de su Hamlet representa en el María Guerrero.

Juan Diego Botto pretende hacer un Hamlet cercano y actual, un Hamlet que exige justicia ante lo que él denomina “equivalente a un golpe de estado en la actualidad” (y en eso él sabe bien de qué habla). En su intento de cercanía también ha eliminado muchas escenas de la obra con la intención de dinamizar la acción y no resultar aburrido.

Demasiados condicionantes quizá para una obra que no los necesita. Que necesita tan sólo rigor y sinceridad con las palabras. Así, la reducción de la obra a un espectáculo de poco menos de dos horas no sirve para condensar el drama, ni siquiera para acentuarlo o hacerlo más comprensible. Simplemente lo desdibuja y atropella la acción de tal modo que resulta poco creíble. Y menos aún cuando las escenas eliminadas rompen el esqueleto de esta inmensa obra de arte que, de este modo, queda reducida a un simple resumen (al estilo de “lo mejor de 2008”) que parece más interesado en contar qué pasa que en hacer que nos sumerjamos en el océano de perversiones y anhelos humanos que tiene el Hamlet. Y es que el tiempo en el teatro es como el silencio en la música, no debe desestimarse con tanta frivolidad.
A partir de ahí, de nada sirve una puesta en escena inteligente y convincente, ni los destellos de lucidez en la interpretación de algunas escenas o la corrección dramatúrgica de la acción... la obra queda exánime y el conflicto no nos llega. Porque el inmenso conflicto humano que supone Hamlet, el conflicto mismo de la existencia en un mundo imperfecto y donde el bien y del mal nos alcanzan sin piedad y se instalan sin remedio en nosotros... ese, no aparece.

El personaje le viene un poco grande a Botto, que exprime una vis adolescente y llena de rabia y venganza que puede llegar a conmover en algún momento, pero que deja aparte toda esa inmensa carga de conflicto, duda y desamparo, que también tiene (desde mi punto de vista) el príncipe de Dinamarca. José Coronado no pasa de la corrección, y es incapaz de transmitir la maldad cínica y llena de dobleces de Claudio. Marta Etura siempre me gusta, y supongo que también será por eso, pero me convenció más en su Ofelia llena de inocencia. La Gertrudis de Nieve de Medina, sin embargo, parecía una reina de función escolar, insípida y nada convincente en transmitir la evolución del personaje.
Para terminar, tras un final al que creo que le sobra la música (y eso que amo ese Mahler que han escogido para acompañarla) y la grandilocuencia cinematográfica, no sólo porque no es en absoluto necesaria sino porque resulta tremendamente impostada, aplausos sin mucho entusiasmo.
Yo no la recomendaría... pero para fans de los actores, supongo que compensa.

4 de septiembre de 2008

Las Troyanas


A pesar de no apasionarme, siempre he concedido a Mario Gas mi respeto porque creo que es un sabio traductor que suele estar a la altura con un razonable grado de dignidad. Tenía mucha curiosidad por conocer su montaje de las Troyanas de Eurípides que estrenada en el festival de Teatro Clásico de Mérida, se representa ahora y durante el resto del verano en el las naves del Español del Matadero de Madrid.

Este texto milenario de Eurípides contiene intacto después de todo el tiempo transcurrido por él la inmensa fuerza de la sinrazón de la guerra y sirve con plena vigencia aún hoy como reflexión sobre la crueldad humana, el dolor, la venganza y la piedad. Es un texto mayúsculo, elegíaco, desolador, que conmueve porque sus palabras nos muerden continuamente la conciencia.
Tengo que reconocer que la producción me pareció muy acertada, y que creo que resuelve con acierto el dilema que este tipo de textos supone para ofrecernos la obra de manera fiel y sin embargo actualizada. El secreto desde mi punto de vista está en la capacidad de no tocar el sentido del texto ni añadir elementos que nos alejen de él, pues es ahí donde reside la verdadera fuerza de un clásico de esta envergadura. La puesta en escena de Mario Gas es sobria, pero contiene los justos golpes de efecto para conmover sin distraer la atención de las palabras. Una escenografía entre moderna y atemporal que nos acerca palabras e imágenes a una identificación más directa por parte del espectador, pero que no sobresale ni enmascara nada. La sobriedad y elegancia de Mario Gas sólo es sutilmente transgredida para recrear los momentos de mayor tensión, como la entrada de Helena o la muerte de Astianacte. Pero aún así, me parece soberbio el manejo de la acción dramática que nos propone.

La versión del texto me pareció acertadísima, sobre todo porque el conjunto de actrices que lo soporta, especialmente las protagonistas Gloria Muñoz, Anna Ycobalzeta y Mía Esteve (Hécuba, Casandra y Andrómaca) realizan una gran interpretación que se mueve dentro del histrionismo necesario de una tragedia de estas características, pero sin forzar el tono más de lo necesario para no despegarse del texto. Un texto que pronuncian con una dicción extraordinaria que nos hace temblar ante el sonido y la contundencia de unas palabras que nos llegan llenas de infinita belleza y espanto.

El coro de secundarias es de mucha menor calidad, y a veces, cuando en algún momento salen de su silencio o de sus cantos, se nota mucho, bajando algo la tensión del texto, haciéndonos escapar un poco del sueño al que nos somete esta obra. Tampoco termino de entender la elección de Ángel Pavlovsky para el pequeño papel inicial de Atenea, que nos hace dudar por momentos de cuál va a ser el tono de la versión. Pero al final el trazo de Eurípides se impone, porque su fuerza solo necesita de un escenario justo y una correcta interpretación para poder desplegar ante todos el inmenso y hondo dolor de este fresco de la sinrazón humana.

17 de junio de 2008

¿Quién dirá lo que tiene el agua?


Nana, de "Bodas de Sangre", Federico García Lorca
(...)
Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua.
El agua era negra dentro de las ramas.
Cuando llega el Puente se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola por su verde sala?

(...)

Mujer

Duérmete clavel,
que el caballo no quiere beber,

Suegra

Duérmete rosal que el caballo se pone a llorar.

(...)



Música: Ennio Morricone
Voz: Dulce Pontes.

12 de mayo de 2008

Mozart y el Teatro.


Hace tiempo que quería trasladar aquí un párrafo de un libro que he leído últimamente. Ma vie avec Mozart. Se trata de un libro que el escritor y dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmidt escribió hace un par de años con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial músico. Apasionado del compositor salzburgués, el autor escribe esta obra en forma epistolar, dirigiéndose al mismo Wolfgang para confesarle cómo su música le ha acompañado a lo largo de su vida, al mismo tiempo de compartir con los lectores las razones de este amor con gran sinceridad y detalle, a pesar de estar escrito para un público no iniciado en música clásica.
Creo que su visión como dramaturgo, que por lo tanto tiene en cuenta no sólo la música, traduce muy bien las razones de la genialidad de la Ópera de Mozart y del porqué estas óperas (especialmente sus cuatro mayores obras, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La Flauta Mágica) después de más de doscientos años, continúan siendo una de las cimas del género y siguen conquistando audiencias cuando son representadas. El fragmento hace referencia a las reflexiones del autor cuando le fue pedido que hiciese una versión francesa de Las Bodas de Figaro que la hiciese accesible al público francófono no familiarizado con el argumento de esta genial pieza.

Como inicio y final he querido acompañar este texto con un par de fragmentos de las representaciones de esta obra que tuvieron lugar en el Festival de Salzburgo de 2006 a cargo del director aleman Nikolaus Harnoncourt y sque me parecen notables por su calidad musical y por lo acertado y contenido de su puesta en escena. La calidad de sonido no es muy buena, pero os animo a verlos porque de verdad merecen mucho la pena.



"(...) Digamos, por resumir, que se trata de practicar a la vez el teatro, la música, las matemáticas, la traducción y la poesía.
La paciencia que exige una prueba como ésta, me la das tú permitiéndome poder tratar con tu genio. Trabajar en las cocinas de una obra maestra desentumece al aprendiz. ¿Es que acaso necesitas halagos allá arriba en tu sillón de nubes? Entonces, siéntate recto y abre tus orejas.
Como si de un gran dramaturgo se tratase, tú le das oportunidades a todos los personajes. Cuando entras en cada uno de ellos, no los juzgas, sino que les concedes tu simpatía, les permites respirar. Tan justo en el lacayo Fígaro como en el Conde voraz, tan feliz en Susana como nostálgica en la Condesa. Descarado cuando toca Cherubino, afectado mientras Bartolo adivina, de repente infantil si Barbarina se pierde en medio de la noche, demuestras ser capaz de expresar la humanidad en todos sus aspectos, en todos sus sexos, en todas sus edades. Lo mismo Don Juan que Elvira, igual verdugo que víctima. Sin limitar en ningún momento al verdugo a su función de verdugo ni a la víctima a su estatus de víctima, tienes sentido del espesor, de la complejidad, permitiendo así al público codearse con personajes muy diferentes de sí mismo. Contigo, nuestro lejano se convierte en nuestro cercano. Sabes contarlo todo porque haces que todo se torne palpable.

Sostuviste que el teatro era el arte de la ruptura y de la discontinuidad. Sin cesar, cambias de ritmo, de tempo, acelerando aquí, conteniedo allá, sólo deteniéndote la pausa de un silencio para poder recomenzar mejor.

En Teatro se fracasa cuando se piensa en uno mismo. Los escritores ebrios de su lenguaje o los compositores encantados con su música fallan en la escena ya que en lugar de escuchar a los personajes y a las necesidades de la acción sólo se escuchan a ellos. Incluso aunque tengan talento, el oído que acercan con demasiada complacencia les impide escuchar lo esencial: el corazón de los personajes, el recorrido de los pasos, el reposo necesario, la vida que se organiza y se improvisa, autónoma. Tú, antes de tener oído de músico, has tenido ojo de escenógrafo, Tu música regla los movimientos, las entradas, las salidas, acentúa un detalle, destaca una emoción. Ella crea la acción en lugar de interrumpirla o acompañarla. Con frecuencia tus colegas se preguntaron, en diferentes momentos de la Historia, cómo debía funcionar la música, ¿primacía de las palabras? ¿primacía de la música? Falso dilema al que tú respondes: ¡Primero el teatro!

Preferir el teatro a la música, preferir el teatro a la literatura... son pocos los compositores y los escritores que han cortado de esta manera, De ahí la estrechez de nuestros repertorios."

13 de marzo de 2008

King Lear


Mi primera visita al flamante Teatro Valle Inclán, segunda sede del Centro Dramático Nacional. Compañía que casi siempre creo que está a buen nivel, pero esto en los tiempos que corremos de facilidad de ideas y falta de creatividad eso no es demasiado difícil.
En el escenario, una de las mayores tragedias de Shakespeare, "El Rey Lear". Una obra inmensa, que recorre con una pluma impecable y una vitalidad sobrecogedora ese puñado de pasiones y perversiones humanas que siguen definiendo en gran medida el género humano. Pasiones carnales y ansias de poder, miedos, envidias, vanidades, egoísmos, temores... de todo ello está sembrada la obra, que además lo desarrolla a lo largo de una historia llena de escenas de puro placer dramático, llena de posibilidades escénicas. En suma, puro teatro, del mejor.
La versión de Juan Mayorga me pareció noble y ajustada, y muy en consonancia con la dirección de Gerardo Vera, que ha hecho un verdadero ejercicio de economía de medios, para despojar la historia de ropajes y escenarios grandilocuentes (los que uno imaginaría para una corte como la que describe esta obra). La escena queda desnuda, y aparte de algunos pocos muebles esenciales (los mínimos) y esas espadas que se ensartan en la pared para ser empuñadas cuando es necesario, la escena eran sólo volúmenes y algunos efectos (brillantísimos) de luz y sonidos que no protagonizaron sino más bien apoyaron a la acción de manera rotunda. Igual que el vestuario, de época indeterminada aunque de evidencia contemporánea, pero que no consistía en un ejercicio de pretendida "modernidad" sino más bien en un apoyo más a la deslocalización histórica, geográfica y social de una historia que tiene en las palabras argumentos suficientes como para agarrar nuestras entrañas de manera suficiente. Y es que en el texto está todo lo necesario para convencer, para emocionar, para hasta reconocernos y avergonzarnos... Una correcta interpretación del texto de Shakespeare es suficiente para desplegar lo que el Rey Lear tiene en sus páginas. Las interpretaciones de la presente producción del CDN son más que correctas, si bien hay un desequilibrio evidente entre los papeles masculinos y los femeninos, ya que estos últimos quedan por debajo de aquellos en intensidad y calidad, lo cual desmerece un poco esta tan brillante producción. El Lear de Alfredo Alcón es intenso y lleno de fuerza, pero no brillante, y en mi opinión convierte la locura final en un acto demasiado tendente a la ñoñería y el amaneramiento, en un signo de arrepentimiento que yo no creo (o quiero) ver en Lear. Aún así, es una interpretación a la altura. Para terminar, me gustaría resaltar el montaje de las escenas, dinámico, quizá tendente e lo efectista, pero que encaja perfectamente en la acción dramática. Dos horas y media de función prácticamente sin posibilidad de respiro ni aburrimiento.
En fin, una noche de verdadero teatro, de ese que tanto cuesta ya encontrar hoy en día. Siempre he sido defensor de los clásicos, porque por algo lo son. Pero el actual panorama del teatro y su tendencia a deformar los textos y las intenciones no me convence casi nunca, por eso soy proclive a preferir producciones correctas como ésta, que tocan poco el original y más bien tienden a realzar las palabras y la interpretación que a ensombrecerlas. En definitiva, una obra verdaderamente recomendable para los amantes del teatro clásico.