
A pesar de la expectación con la que siempre me enfrento a Shakespeare, y a las producciones del CDN, es indiferencia lo que me ha producido la actual versión que de su Hamlet representa en el María Guerrero.
Juan Diego Botto pretende hacer un Hamlet cercano y actual, un Hamlet que exige justicia ante lo que él denomina “equivalente a un golpe de estado en la actualidad” (y en eso él sabe bien de qué habla). En su intento de cercanía también ha eliminado muchas escenas de la obra con la intención de dinamizar la acción y no resultar aburrido.
Demasiados condicionantes quizá para una obra que no los necesita. Que necesita tan sólo rigor y sinceridad con las palabras. Así, la reducción de la obra a un espectáculo de poco menos de dos horas no sirve para condensar el drama, ni siquiera para acentuarlo o hacerlo más comprensible. Simplemente lo desdibuja y atropella la acción de tal modo que resulta poco creíble. Y menos aún cuando las escenas eliminadas rompen el esqueleto de esta inmensa obra de arte que, de este modo, queda reducida a un simple resumen (al estilo de “lo mejor de 2008”) que parece más interesado en contar qué pasa que en hacer que nos sumerjamos en el océano de perversiones y anhelos humanos que tiene el Hamlet. Y es que el tiempo en el teatro es como el silencio en la música, no debe desestimarse con tanta frivolidad.
A partir de ahí, de nada sirve una puesta en escena inteligente y convincente, ni los destellos de lucidez en la interpretación de algunas escenas o la corrección dramatúrgica de la acción... la obra queda exánime y el conflicto no nos llega. Porque el inmenso conflicto humano que supone Hamlet, el conflicto mismo de la existencia en un mundo imperfecto y donde el bien y del mal nos alcanzan sin piedad y se instalan sin remedio en nosotros... ese, no aparece.
El personaje le viene un poco grande a Botto, que exprime una vis adolescente y llena de rabia y venganza que puede llegar a conmover en algún momento, pero que deja aparte toda esa inmensa carga de conflicto, duda y desamparo, que también tiene (desde mi punto de vista) el príncipe de Dinamarca. José Coronado no pasa de la corrección, y es incapaz de transmitir la maldad cínica y llena de dobleces de Claudio. Marta Etura siempre me gusta, y supongo que también será por eso, pero me convenció más en su Ofelia llena de inocencia. La Gertrudis de Nieve de Medina, sin embargo, parecía una reina de función escolar, insípida y nada convincente en transmitir la evolución del personaje.
Para terminar, tras un final al que creo que le sobra la música (y eso que amo ese Mahler que han escogido para acompañarla) y la grandilocuencia cinematográfica, no sólo porque no es en absoluto necesaria sino porque resulta tremendamente impostada, aplausos sin mucho entusiasmo.
Yo no la recomendaría... pero para fans de los actores, supongo que compensa.


