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19 de marzo de 2011

El universo y la nada.


"Una vez, en quinto o sexto de primaria, fui con mis amigos a acampar a la montaña y vi por la noche un cielo cubierto de incontables estrellas. Tantas, que parecía que el cielo no iba a poder soportar su peso, que se partiría y caería en pedazos. Nunca antes había visto un cielo estrellado tan prodigioso, ni volvería a verlo jamás. Después de que todos se durmieran, como yo no podía conciliar el sueño, me deslicé fuera de la tienda, me tendí boca arriba y permanecí inmóvil contemplando aquel precioso cielo estrellado. De vez en cuando, la línea brillante de una estrella fugaz cruzaba el cielo. Pero me fue entrando miedo. Había demasiadas estrellas, el cielo de la noche era demasiado vasto y profundo. Aquel abrumador y extraño ente me rodeaba, me envolvía, provocándome inseguridad. Hasta entonces había creído que la tierra que pisaba seguiría siendo eternamente sólida. No, ni siquiera me había parado a pensar en ello. Lo había dado por supuesto. Pero la tierra no era, en realidad, más que un pedrusco que flotaba en algún rincón del universo. Visto desde la inmensidad, no pasaba de ser un andamio efímero. Sólo con un pequeño cambio de fuerza, o con un destello momentáneo de luz, la Tierra, con todos nosotros, podría ser barrida mañana mismo. Bajo un cielo tan magnífico que cortaba el aliento, pensé que iba a desmayarme en cualquier momento pensando en la pequeñez e incertidumbre de mi propia existencia."

Hakuri Murakami (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1994)


Si, realmente sí. El mundo es un pequeño andamio, una cáscara de nuez en medio del océano más grande que podamos imaginar. Un frágil recipiente en el que es asombroso contemplar cómo un inmenso infinito estrellado no se desploma ante nosotros en esas noches en que somos capaces de observarlo. El equilibrio y la relativa estabilidad del suelo que pisamos no deja de ser algo milagroso, cabria decir que hasta excepcional.

De pequeño también miraba las estrellas de esa manera, allá donde no había luz, especialmente en el pequeño pueblo donde solía pasar los veranos. Supongo que hoy en día cada vez existen menos lugares así.
Recuerdo nítidamente sentir como si la vía láctea entera, de tan densa e infinita, fuese a desplomarse con todos aquellos puntos blancos que parecían una red sin fin, sobre la tierra. A veces, sin embargo, me gustaba imaginar la sensación de aquellos muchos miles de kilómetros por hora a los que se desplazaba nuestro planeta, según había leído en alguna parte. En realidad, todas aquellas millones de partículas blancas se movían a tal velocidad que era imposible descubrir cómo hacían para no chocar entre ellas. Incluyendo, por supuesto, planetas miles de veces mayores que la tierra. De hecho, aquellos puntitos eran probablemente soles cientos de veces más voluminosos que el nuestro.

Fue entonces cuando aquel pensamiento recurrente empezó a vagar por mí, como un virus de los que se quedan en el cuerpo de por vida. La pequeñez de nuestro tamaño, y más allá de ello, lo minúsculo de nuestra existencia y de nuestra importancia. Fue trágico descubrir que podía empezar a pensar en la vida desde fuera y sentirla como algo pequeño y con final. A mí también me asustaba mirar a los cielos estrellados, pero ya no tanto porque pensara que el universo podía ser incapaz de sostener aquello. No, lo que me asustaba a mí era la capacidad que me daba aquella visión para poder imaginar una escala con la que comparar la vida, y sentir la terrible angustia de lo extremadamente pequeño. Aquel pensamiento redundante era como un bucle: como un bucle en el que el infinito iba pasando por el ojo de una aguja, llenando la consciencia al otro lado, hasta casi estallar.
Aquel infinito apenas sospechado se parecía en realidad, de manera irremediable, a la nada: en el fondo siempre he pensado que son parecidos, al menos parecidos en la forma en la que uno puede imaginarlos.
Así, llegué a pensar en la nada siendo casi un niño. No sé por qué me daba por pensar aquellas cosas, cuando en lo demás no dejaba de tener la inocencia (acentuada incluso) de un crío de mi edad. Jugar con aquel concepto de la nada, era un desafío que me asustaba, pero al que no podía evitar lanzarme.
La nada debía ser lo que uno sentía una vez muerto, imaginaba yo. No, una vez acabada la vida uno no siente nada. Sentir es estar vivo. Yo imaginaba la nada, sintiéndola, desde la vida, y ya me parecía terrible, así que imaginar no existir, pasar a ser la nada, me resultaba desconcertante. No había sufrido aún la muerte de ninguna persona cercana, así que mi primer pensamiento de la muerte vino así, imaginando el universo infinito y de ahí la nada. Es curioso.
Sentí miedo, evidentemente. Un miedo al que quise hacer frente pensando que en los millones de años que tenía el mundo hasta que yo había nacido tampoco había sido yo nada. Esa misma nada de la que pasaría a formar parte cuando se acabara mi vida. Nada antes, nada después. Y esta vida, en medio de la nada del tiempo, pero rodeada del infinito físico del universo (aunque ahora digan los físicos que sí que tiene límites).

Llevo casi toda la vida perseguido por ese sentimiento al que con el tiempo he puesto yo también (como los físicos) límite. Límite a mi propia angustia, y límite al desconcierto de algo que no parece tener vía de escape ni de salvación. Un límite sobre el que me apoyo a diario, para mantenerme a salvo, para intentar ejercer mi credo de disfrute de placeres, de belleza y de humanidad.
Somos demasiado pequeños, y demasiado frágiles. Aunque nos creamos superhombres la nada está ahí rodeándonos siempre. A nosotros, al planeta entero. No, no somos superhombres aunque hayamos descubierto cómo llegar a Marte, o cómo fundir el núcleo del uranio para generar energía. Somos especiales y albergamos dentro de cada uno de nosotros, la posibilidad de un universo. Pero la piel de ese universo es tan fina y quebradiza que puede borrar en un instante fuerza e inteligencia, universo y existencia. A pesar de que nos resulte imposible concebir que todo eso pueda desaparecer de esa manera tan inexplicable.

Será que la muerte me ha tocado de cerca hace poco, será que no entiendo por qué vivimos, ni por qué me sigue persiguiendo, como un huracán, esa imagen nítida de la nada, desde mi infancia, que ahora se hace más sólida, casi soberbia, usando el nombre de alguien de mi propia vida. Será todo ello lo que me trae por el camino del silencio, de la observación, de la trascendencia. Querría arrojarme a la vida con soberbia, con vehemencia. Sin embargo permanezco quieto, apocado, como con miedo, con incomprensión. Un miedo y una incomprensión que en el fondo me han rondado toda la vida, pero que ahora me desafían más, recordándome que siempre han estado ahí, pero que la madurez que tengo ya me sugiere que he de decidir qué hacer, si vencerlos o hacerme amigo de éllos.

23 de abril de 2007

La fiesta de los lectores.

Hoy, día 23 de abril, se celebra el día del libro. Y aunque normalmente solemos dedicarlo a homenajear a autores y promocionar la lectura, yo querría este año poner el acento de manera especial en hablar del lector.
Porque nosotros, como lectores, hacemos que el mundo de la lectura, los infinitos universos que nos descubre, se hagan realidad en algún lugar. Porque cada vez que abrimos un libro y comenzamos a leerlo, estamos abriendo una puerta a un universo nuevo, que es nuestra particular mirada sobre las palabras del autor. Un universo que existe desde que comenzamos a leer, y que sólo existe a partir de ese momento, pero que nunca se abriría si no llegamos a leerlo. Porque es única e irrepetible la forma en que cada uno interpreta cada libro. Es única, y crea una visión sobre las palabras que es a su vez un nuevo acto de creación y de sugestión. Por eso, he querido yo hoy trasladar aquí un párrafo del libro que ando leyendo estos días. Para dároslo a conocer, si es que no sabíais de él, y para compartir con vosotros algunas de las reflexiones que propone, que creo que quedan más o menos dibujadas en estas palabras. Que cada uno construya su particular mundo con ellas.

SÁNDOR MÁRAI. La Mujer Justa (narrativa Salamandra), 2005.

Sándor Márai es un escritor Húngaro que tuvo gran éxito en el periodo entre guerras, y que más tarde, con la llegada del comunismo a su país, cayó en el olvido. Hace unos diez años comenzó a recuperarse su obra en gran parte de Europa, a partir de la vuelta a la edición de una de sus novelas más interesantes “El último encuentro”. Su narrativa incisiva y llena de reflexión sobre las relaciones personales, su particular bisturí a la hora de diseccionar la naturaleza humana, la cultura europea, el papel de la burguesía, la oscuridad del hombre, son casi perfectamente vigentes hoy en día. Navegar por sus libros nos lleva a una continua y profunda reflexión sobre la vida y el mundo en el que vivimos. Es un escritor adictivo, y muchos de los que terminamos seducidos por aquella primera novela suya reeditada nos convertimos en seguidores incondicionales. Y hemos esperado con verdadera ilusión que poco a poco se hayan ido recuperando las novelas que escribió. Hace pocas semanas lo hacía otra de ellas (“la hermana”) que yo ya albergaba en mi biblioteca en su traducción italiana, puesto que este verano cuando estuve allí ya estaba traducida y no pude resistirme a comprarla...
La mujer justa fue la última novela que escribió en vida, y en ella el nivel de reflexión alcanza una altura conmovedora... Quiero compartir con vosotros uno de sus pasajes...
Feliz día del libro.



"(...) Todos ignoraban quién era el amor secreto del criado y de la cocinera salvo mi madre, que con toda seguridad no era muy experta en cuestiones amorosas y probablemente nunca había leído nada sobre deseos tan ambiguos como la pasión sin esperanza de la cocinera por Judit... Pero sabía la verdad. Era ya mayor y no se asustaba de nada. Sabía que la presencia de Judit en la casa era peligrosa y no sólo para el criado o la cocinera... era peligrosa para todos sus habitantes. Por mi padre ya no se preocupaba porque para entonces era un anciano y estaba enfermo, y además mis padres no se amaban. Pero a mí sí me quería mi madre; más tarde me pregunté por qué no había alejado a tiempo aquel peligro de la casa si lo sabía todo... He tenido que llegar a estas alturas de mi vida para comprenderlo finalmente.
Acércate un poco. Mi madre deseaba aquel peligro para mí
Quizá porque temía que yo fuese víctima de un peligro mayor... ¿Sabes cuál? ¿No lo adivinas?
La soledad, esa terrible soledad en la que se habían consumido sus vidas, las vidas típicas de una clase social triunfante, acomodada y ceremoniosa. En la existencia de las personas puede verificarse un proceso que es alarmante, angustioso, peor que cualquier otra cosa... El progresivo aislamiento del mundo. El proceso de convertirse en máquinas. En casa reina un orden severo, en el trabajo reina un orden aún más rígido, y en torno a ellos, un orden social absolutamente estricto; incluso su diversión, sus inclinaciones y sus vidas amorosas se desarrollan según un orden. Saben por adelantado a qué hora deben vestirse, desayunar, trabajar, amar, divertirse y dedicarse a la cultura. Están rodeados de un orden maníaco. Y en ese orden descomunal, poco a poco se va congelando la vida a su alrededor, como si, durante una expedición que se dirigiera a lugares lejanos y frondosos, de pronto el océano y la tierra se cubrieran de hielo y todos sus planes y objetivos cayeran miserablemente en el frío y la quietud. ¿Y que es la muerte sino frío y quietud? Es un proceso lento e inexorable. Un día, la vida familiar se coagula. Todo se vuelve importante, se concentran en cada detalle, pero pierden de vista el conjunto, la vida misma... Se visten con tanto esmero por la mañana y por la noche como si al ponerse la bata tuvieran la intención de celebrar algún rito solemne y sagrado, un entierro o una boda, o de asistir al pronunciamiento del fallo de un juez. Van a fiestas, reciben invitados, pero detrás de todo se esconde la soledad. Y mientras la esperanza se mantenga viva en sus corazones y en sus almas, detrás de tanta soledad, la vida será soportable. Seguirán viviendo... como buenamente puedan, sin la dignidad del ser humano, pero vivirán. Por la mañana tendrá sentido darle cuerda al mecanismo para que funcione hasta la noche."

29 de noviembre de 2006

Bálsamos en forma de ocaso.


OCASO EN HOLLYWOOD


Extracto del libro: IL VIZIO DEL CINEMA, de Gianni Amelio, director de cine italiano.
A propósito de la película: El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard), de Billy Wilder, 1950.

Me he permitido traducir del italiano este pequeño artículo que forma parte del delicioso ensayo de Gianni Amelio, porque a la hora de hablar de esta grandísima película sobre el mito, el arte y la decadencia humanas se me iban las palabras al infinito. Y realmente poco hace falta para destacar su grandeza.
Así, como en la película, a través de una anécdota, el autor viene a dar una pincelada certera sobre esta inmensa película de Wilder.
Dedicado a todos los que amamos esta película imprescindible de la historia del cine.


"No soy yo quien vuelve al cine, es el cine quien vuelve a mí". Parece que fue ésta la respuesta de Eric von Stroheim durante una rueda de prensa en la Paramount, antes del rodaje de "Cinco tumbas al cairo" de Billy Wilder. Corría el año 1943 y su última película como director, "La reina Kelly", se la habían quitado de las manos en el año 29 al tiempo que nacía el cine sonoro. Con el paso de los años, sobre todo en Europa, se ganaría el pan actuando, pero su estela de gran creador se había acabado para siempre.
"Fugitivo de Hollywood" era el nombre de un libro sobre su vida que leí cuando era niño. Sin embargo, el título original, tenía otro significado: Hollywood Scapegoat , es decir, el chivo expiatorio de Hollywood. Y es que de Stroheim (en palabras del autor del libro, Peter Noble) "se quiso hacer artificialmente un símbolo negativo, siendo escogido para espiar las locuras y las extravagancias de la ciudad del cine en los así llamados clamorosos años veinte (the roaring twenties) ".

Wilder lo veneraba, y con razón. Estaba aún en sus inicios como director cuando se conocieron, y le pareció un milagro poderle confiar el papel de Rommel en su película ambientada en el Sahara y rodado en Arizona (la citada "cinco tumbas al Cairo"). Se hablaban, imagino, en su lengua materna -procedían ambos de Viena- y Wilder desveló más tarde que el "von" que exhibía el maestro era una inocua coquetería: se hacía pasar por noble, pero había nacido -como Wilder- en un barrio popular, y su acento lo traicionaba... No sin embargo su porte, que le permitió exhibir dentro y fuera de la pantalla una autoridad al límite de la arrogancia. Despiadado consigo mismo y con su mundo en sus mutiladas obras maestras (Greed, The Merry Widow), intransigente hasta la autodestrucción, dilapidó el éxito como si fuese un arma corruptora y dejó a las generaciones futuras la obligación de hacer las cuentas con su genio.
El crepúsculo de los dioses no podía evitarle. La fuerza intacta de esta obra maestra está más allá de las vicisitudes que cuenta. Está en el retorno a las vidas de sus intérpretes. No sólo porque la Swanson y Stroheim se habían literalmente dejado vente años atrás sobre las cenizas de una película inacabada, sino también porque su moraleja humana, aún en lo degradante, tenía aún un aura de grandeza. En ello consistía la nobleza de Stroheim, director y actor. Y él mismo, más allá del "von", era consiente de ello. Wilder recuerda que durante su primer encuentro con él, buscando decirle algo que pudiera agradarle, hizo la siguiente observación " ¿sabe por qué, señor Stroheim, ya no le hacen dirigir películas? Porque usted se ha anticipado siempre diez años a su tiempo..." A lo cual Stroheim, glacial, contestó: " Veinte, querido, veinte..."

Gianni Amelio

La escena final, imborrable de la memoria de quien la haya visto, es una auténtica obra de arte...


Colaboración de Pe-jota.

Nos traes a tu blog no sólo una película emblemática si no a unos genios del cine, personas que no solamente brillaron en la pantalla si no que brillaron por su intelecto t buen hacer, cine en estado puro, capaz de asimilar la realidad y transformarla creando parábolas que no sólo reflejaron los tiempos en los que les tocó vivir si no que hoy en día podemos aplicarnos muchas de las reflexiones que nos propusieron, adelantados en su época, adelantados que los conviente en contemporaneos, reyes del celuloide, Billy Wyler nos hizo reir con su fina ironía en con Faldas y a lo loco, nos conmovió en Irma la Dulce, nos fascinó en Testigo de cargo, reflejó la otra cara del periodismo en Primera Plana, esto sólo por nombrar alguanas películas. Erich von Stroheim, leyenda del cine, director sobretodo recordado por esa magnífica Viuda alegre, que puede ser considerada como su única obra integra, Ya que los estudios no meterieron la tijera, pero el personaje en este caso supéró con creces a su obra y por último Gloria, Gloria Swanson, leyenda del cine, del mudo pasó al sonoro, desde 1915 en que debuta en la pantalla y su conversión en icono y mito de la mano de Cecil B. DeMille, hasta esa magistral Norma Desmond, en su último papel, en el papel de su vida, esa princesa Salomé, esa estrella retirada que pasará a simbolizar todo lo que de bueno y malo posee esta industria del cine, parábola del olvido, parábola sobre injusticias y deseperaciones, y el veneno de las cámaras, Y amigo mio esa bajada de la escalera del final de la película, esa escena que te deja petrificado, absolútamente magistral y grandiosa.Ahora mismo cierro los ojos y puedo rememorar con facilidad el rostro de Gloria avanzando hacia la cámara.....

22 de noviembre de 2006

Sevilla, mi Sevilla.

"Ir al atardecer junto al río de agua luminosa y tranquila, cuando el sol se iba poniendo entre leves cirros morados que orlaban la línea pura del horizonte. Siguiendo con rumbo contrario al agua, pasada ya la blanca fachada hermosamente clásica de la Caridad, unos murallones ocultaban la estación, el humo, el ruido, la fiebre de los hombres. Luego, en soledad de nuevo, el río era tan verde y misterioso como un espejo, copiando el cielo vasto, las acacias en flor, el declive arcilloso de las márgenes."

Luis Cernuda


Y volveré a ti esta tarde. Volveré a tus esquinas de silencio, a ceñirme con tu azul y a perseguir tu blanco... Y retornaré al mareo sobre tus aguas, al reflejo de la melancolía que se despierta sobre el verde. Y me dejarás sentir la sordina de la alegría y la sombra del recuerdo azul. Como siempre, me asaltarás con tu belleza, me amarás y te amaré. Y detrás de mis pasos guardarás, vestida de piedra, las voces de un pasado que decidí no continuar entre ellas. Te echo de menos muchas veces. En secreto te disfrazas de Madrid antiguo y me arañas con tu memoria... tantas veces. Pero no, ese asombro del alma, ese estupor, tan sólo vuelve al retornar a tu laberinto. Sólo cuando, de repente, al volver una esquina, al atravesar una plaza que tenía olvidada, me acuchillas la retina con tu torre infinita...

Te tengo tan descuidada, Sevilla mía... Y he decidido que estos días recuperaré mi imaginario íntimo contigo. Cuatro días para mí y mi familia. Dejarme cuidar y cuidar. Y también dejarme vivir a través de los hilos esa ciudad mágica. Y me dejaré caer en los abrazos de siempre, y en mis rutas fetiche, jugando a encontrar y a esquivar mis recuerdos. Pero sobre todo, y después de tantos años, me vas a dar nuevos abrazos, nuevas miradas, nuevos besos en la noche. Entre todos, en especial, uno... Él bien sabe... Hasta luego.