¿Qué ha sucedido? se preguntó. Y nada le parecía poder ser el origen de todo aquello. Tan extraño era, que no se atrevió a comentárselo a nadie. Ni siquiera a Fran, con el que hacía varios días que había comenzado una intensa relación vía chat en la que le contaba muchas de sus inquietudes.
A Diego le gustaba Fran, pero aún no sabía cómo decírselo porque tenía miedo de que no le creyera, o de que, al hacerlo, toda la magia se desvaneciera. A pesar de ser aún un desconocido para él, sentía algo muy especial cuando las palabras que le escribía aparecían en la pantalla. No sabía de qué se trataba pero, por una vez en la vida, empezó a dejarse llevar por la intuición.
Fran, a su vez, se mostraba incrédulo ante la mayoría de las cosas que le decía Diego. En el fondo le daba un poco de miedo creer en ellas...
Confesarle un sentimiento así de fuerte le aterraba, así que ante muchas de las preguntas de Fran, se tomaba largos ratos para contestar, para hacerlo de la manera más adecuada. Y nunca dejaba de hacerlo sin haber sopesado todas las posibles consecuencias que sus respuestas podrían tener. Fran no se desesperaba con los tiempos de espera a los que le condenaba Diego, como la mayoría. A pesar de lo que tardaba él en responder a sus preguntas, siempre estaba presto en su teclado, para responder alguna cosa... Mientras esperaba, Fran solía garabatear un folio en blanco con un lápiz de cera color azul cielo. Garabatos sin rumbo que, sin embargo, y a su manera, describían la impaciencia y la intensidad con la que, cada día más, esperaba cada palabra de su nuevo ciberamigo.
Pero aquella misma mañana, los folios aquellos que él había acumulado, uno a uno, cuidadosamente sobre la mesa, desaparecieron sin explicación. Y desapareció hasta la cera azul que descansaba visiblemente junto al ratón. Claro, tampoco le dijo nada a Diego. Pero empezó a estar triste, porque el color azul era su preferido y le daba mucha rabia haberlo perdido. Era un poco como perder el tiempo que había pasado mirando fijamente aquella pequeña (y única) foto que él le había enviado una vez, mientras esperaba sus respuestas con temblor.
Así, sin ninguna razón, sólo por la extrañeza que aquello le provocó, empezó a hablar cada vez menos, y a alejarse poco a poco.
Cada vez más inquieto con su "deficiencia" visual, Diego también comenzó a alejarse del teclado y a obsesionarse con el porqué de aquellas líneas azules que no dejaban de aparecer sobre su retina. Comenzó a alejarse de Fran y a perderse en su propio silencio.
Un día, mucho tiempo después, el lápiz azul se terminó de gastar... Y las líneas fueron poco a poco haciéndose tenues, hasta terminar por desaparecer. Tan lentamente, que el día que desaparecieron por completo Diego ni siquiera reparó en ello. Fran, también poco a poco, terminó olvidando la pérdida de sus hojas garabateadas. Y, en cierta forma, también fue olvidándole a él.
Y así, otro día, varios años después, en un viaje a la playa, en uno de esos días que el mar es tan azul que casi no se puede distinguir del cielo, volvieron a cruzarse, de nuevo por casualidad, pero esta vez de verdad, en persona. Se miraron y, aunque no se reconocieron, se sonrieron, como si intuyeran algo.
Y siguieron camino...
¿O quizá sí se llegaron a conocer?