A pesar de no gustarme la nieve mucho, hay una cosa que sí adoro de ella... Su sonido. Mejor dicho, sus sonidos. El de la nieve crujiendo bajo los pies de uno, como si se quebrara suavemente el mundo, como si se deshiciera el suelo pero sin sufrir desperfecto alguno... Y luego el que es mi favorito, ese silencio sobrecogedor que se hace al caer la nieve, y esos infinitamente imperceptibles sonidos, como en sordina, de los copos estrellándose en el suelo, fundiéndose entre sí, como un lejano e crepitar que en realidad nunca llegáramos a escuchar, como si sólo existiese en la imaginación. plop, plop, plop, plop, y así hasta el infinito, como en un mundo paralelo e inextinguible...
Nos hundimos en lo más crudo del invierno envueltos en el descenso térmico y en ese otro descenso, casi armónico, a una melancolía salvaje de hogar y manta, de cristales empañados y gris más allá del pretil.
Hasta que pase, me escapo al paraíso sumergido de Vivaldi. Quién se atreva a bucear en esta sublime versión del portentoso Fabio Biondi, encontrará los sonidos perdidos de esta partitura, de todas las partituras del frío...
