Mostrando las entradas con la etiqueta relato corregido. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relato corregido. Mostrar todas las entradas

14 de noviembre de 2012

Recuperando.

Recupero hoy aquí el único relato mío que ha visto la luz en una revista literaria, de la mano de mi amigo Un Extraño en MD.
Aunque el texto está en alguna entrada anterior de este blog, hace años ya, publico de nuevo la versión corregida que apareció en la revista literaria alex_lootz, hoy lamentablemente desaparecida.

Gracias, Iñaki, como siempre, por tus ánimos con mis escarceos literarios.



DULCE ANESTESIA



Carmen saca un poco la mano fuera de la ventanilla del coche para dejar correr la brisa entre sus dedos. Necesita aire. También su vida necesita aire nuevo, fresco, que renueve muchas cosas. Mientras Pedro conduce hacia la sierra, ambos son conscientes de que planificar un viaje para crear un punto de inflexión en la monotonía de su relación les impone también una exigencia que ninguno de los dos sabe si estará dispuesto a asumir. Por eso ambos callan. Callan y dejan pasar el paisaje casi sin mirar, ensimismados en sus pensamientos, como hacen a diario, pasando de largo por los paisajes de su día a día. Carmen, cansada de esperar que Pedro se implique mas en la relación, cada día se centra mas en su clase de Pilates, en su grupo de amigas cinéfilas y en Mario, con el que ha vuelto a tener hace poco un par de escarceos. Pedro, aburrido de la vida domestica, hace cada vez más horas extras para poder evadirse de casa, porque le asfixia estar toda la tarde con Carmen, planificando la compra o haciendo planes para esa interminable obra de reforma en la cocina. Así, cuando están juntos y no hay mas actividades a las que enfrentarse, terminan cada uno en un sillón, con un libro en la mano, o viendo la televisión, mirando a veces de soslayo al otro, pero incapaces de dirigirse ya una palabra que implique comunicación. Tal y como ahora se miran, de manera esquiva, evitándose en el fondo. Evitando palabras, evitando preguntas difíciles.

Carmen pone música, y Pedro se alegra, porque justo tenía ganas de escuchar esas canciones en ese momento. Y Carmen sonríe. Los arboles parecen dibujar la música a ambos lados de la autopista, y ambos piensan, con sinceridad, que su relación siempre tuvo algo de especial, de esa magia del azar que desde que se conocieron les persigue y les hace pasar buenos momentos, de esos que no comparten con nadie mas. Momentos que lamentablemente olvidan en su día a día, pero que en el fondo les cuesta poco recuperar.

Cuando llegan al hotel, uno de esos nuevos hoteles de diseño construidos en ciudades de provincia, ambos salen eufóricos del coche, animados por el impulso de la música. Y se dirigen a la recepción, con el pensamiento de que ese inicio sin dudas les va a deparar resultados muy especiales. Cuando el recepcionista les entrega la llave, Carmen repara en que Pedro lleva varios segundos con su mirada detenida en el botones. Ella también se fija, con cierta curiosidad. El chico no esta nada mal, y el uniforme atrevido y vanguardista que lleva, seguramente diseñado por algún modista conocido, le sienta a la perfección. Suben a su habitación en el cuarto piso. El ascensor es lo suficientemente grande para que nadie dude de que caben los tres, pero adecuadamente pequeño para que la estrechez de las distancias cree cierta sensación de ruptura de la intimidad.  En el, la sonrisa del chico se ha clavado incisivamente en retinas y espejos. Carmen se siente a gusto. Pedro también.

La habitación es preciosa, y Carmen siente nada mas entrar unas ganas enormes de usar el baño, cosa que hace con la rapidez y la curiosidad de una niña traviesa. Si, realmente el baño es el mejor rincón de la habitación. De curvas provocadoras y colores tenues, esta equipada con sales y velas, y resulta ideal para tomar un baño caliente. Así que antes de volver al dormitorio para buscar su bolsa de aseo, Carmen se preocupa de dejar abierto el grifo a una temperatura tibia, casi caliente.

Pedro ha desaparecido, y cuando se acerca a la puerta a mirar en el pasillo, casi se tropieza con el, que entra de nuevo en la habitación.

- La propina, nos habíamos olvidado de la propina-

Pero Carmen solo piensa en el baño caliente de sales que les espera. Sin dudarlo, se desnuda en un instante, y corre a la bañera sinuosa, en la que ya se levanta con abundancia la perfumada espuma. Dentro de esa bañera todo parece diferente. La luz, las miradas, incluso las palabras de uno y otro tienen un eco distinto. Ambos creen que el viaje si comienza a producir un cierto efecto de cambio en los dos. Y así, su particular teoría del azar comienza a desplegarse. Saben que cuando están de buen humor, la suerte siempre les favorece, y todo les sale bien. Y el fin de semana, con cierta complicidad, empieza a sonreírles...  Llegan a los monumentos en las horas de menor afluencia, escogen restaurantes especiales, encuentran a gente interesante en los bares, se sienten ocurrentes y predispuestos a sentir lo desconocido sin barreras, se llenan poco a poco de una sensación creciente de que la vida puede ser algo nuevo a cada instante, sintiéndose unidos por vivirlo juntos.

La noche del sábado deciden salir de copas y a bailar un poco. Hace tiempo que pasan los sábados en casa viendo cine o cenando con amigos, pero volviendo a casa siempre antes de las dos. Planear algo en el fondo tan banal les llena de ilusión, como si con ello rompieran esas reglas invisibles que sin querer se han impuesto. Mientras Carmen se arregla con esmero, Pedro rompe la etiqueta de su nueva camiseta de diseño, con la que esta francamente muy atractivo. Ambos vuelven a sentir de repente esas ganas de noche que no tenían desde la adolescencia.

La vida nocturna parece animada y los locales cuidados y con música bastante interesante... Con cierta sensación de novedad que la situación les provoca, entran en un local que Pedro comenta que le han recomendado en el hotel. Es ciertamente agradable. Pedro se dirige a la barra a pedir un par de gin-tonics mientras Carmen acude al baño, al tiempo que suena el último éxito de su grupo favorito. Al regreso, encuentra a Pedro hablando con alguien en la barra. No puede ser, piensa, ¡si es el botones de ayer! Supone que ha reconocido a Pedro y han comenzado a hablar.

-Mira Carmen, me he encontrado aquí a... ¿cómo te llamas?, disculpa, no nos hemos presentado-
-Jaime, me llamo Jaime-

Y Jaime resulta ser esa compañía perfecta que la noche requería. Estudiante de Filología en último año de carrera, se gana un sueldo extra haciendo horas en el hotel. Su conversación es agradable, casi tanto como su físico generoso y perfilado, de músculos curvos y geometría más que deseable. A lo que añadir un rostro mediterráneo muy atractivo, con una de esas sonrisas que provocan sin querer. Pero de el emana una fuerza especial, una capacidad de empatizar que en seguida les hace sentir cómplices. En un par de horas, tras varios gin-tonics más, ya se han hecho inseparables. Se dejan llevar de un bar a otro, parándose en las plazas de piedra de la ciudad vieja, y han hecho planes de viajes, de proyectos comunes y de escapadas de Jaime a las noches de Madrid con ellos. Carmen se siente libre, desprendida de todas sus obligaciones desagradables. Como si su viaje hubiera sido al otro lado del planeta, como si llevaran ya semanas y semanas de ruta, Pedro también se siente lejos de Madrid. Y se siente extraño, comprobando con sorpresa que por primera vez su atracción por un hombre no encuentra barreras ni busca esquinas en las que esconderse. Ha dudado mucho antes de dirigirle la palabra en el local, pero desde que lo vio en el hotel lo lleva incrustado en el pensamiento. Con aquella propina en el pasillo, sus miradas se habían cruzado con cierto deseo, y el, con un arrojo poco común en su comportamiento, le había pedido recomendación de algún sitio agradable donde tomar una copa. Y allí estaba. Le ha rozado ya un par de veces en la mejilla, y otra le ha tomado por la cintura, una cintura que ha comprobado tibia y acogedora. No le importa que Carmen le observe. Siente también en sus ojos cierta excitación. Indudablemente, Carmen debe sentirse atraída por Jaime. De hecho, le ha pasado ya la mano por la cadera y se ha detenido, sintiendo la blandura de su carne bajo la palma, mirando fijamente a Pedro, como buscando su aprobación. Carmen siempre ha sabido que a Pedro también le gustaban los chicos. No esta segura de que tenga relaciones con otros hombre, y tampoco ha osado sacar el tema. ¡Las tardes se pasan tantas veces sin hablar de nada realmente importante! Ella siempre evita hacerse a la idea. Siempre destierra de la cabeza imaginar una escena en la que Pedro tenga sexo con otro chico. Pero ahora que ve su atracción por Jaime, ahora que siente como coquetea con el, descubre que no le importa, que no le hace daño. Es mas, se siente cómplice en su competición por atraer su atención.

Los gin-tonics siguen su curso, continuos en su destello azulado sobre las barras por las que van pasando, bajando por las gargantas al ritmo de las músicas que les van habitando la noche. Mientras, las miradas se cruzan y se enredan entre los tres, como también sus manos han empezado a cruzarse y, poco a poco, detienen mas los segundos que mantienen el contacto, ese roce divino de la piel que comienza a despertar un deseo creciente. La ginebra sigue durmiendo sus prejuicios, al tiempo que sutilmente despierta esas libidos oscuras que descansan en rincones insospechados.

Al cierre del ultimo local, ninguno de los tres sabría decir como, pero sus pasos se dirigen hacia el hotel, llevados por una inconsciencia que parece no tener voluntad, pero que el agudo deseo mueve certeramente. Ninguno habla, todos se miran intensamente. Como si todo hubiera sido premeditado, entran los tres en el Hotel y suben a la habitación. La voluntad parece no tener dudas, y ninguno se atreve a decir nada, como con miedo de romper el camino tórrido de sus pasos. Silencio a pesar de lo inusual de la situación. Y entonces, como si hubiese mediado un escrupuloso guion en el desarrollo de sus actos, los tres se dejan caer en la cama abrasados de deseo, y se arrancan la ropa con avidez. Los besos derraman la amargura del alcohol en las bocas de todos, y las lenguas, al cruzarse, al enredarse, saborean el mismo zumo, la misma necesidad de sexo. Pedro abraza a Jaime y lo acaricia con una pasión que Carmen desconoce. Pero lejos de asustarla, le excita mucho. Les observa durante largos minutos en los que se masturba lentamente, desbordando de imágenes su fantasía, respirando profundamente mientras se acerca con una mano y toma ambos sexos con ella. Jaime la abraza y la posee, y Pedro les mira, excitado también, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo desnudo de verdad, y libre, inmensamente libre. Y se acerca a ellos enredándose entre sus sexos. Y se quedan así durante muchos minutos, convertidos en piel y deseo, sintiendo la excitación crecer, manteniendo el clímax durante un larguísimo éxtasis que colman tres orgasmos incontenibles, abundantes, ruidosos, como un océano de agua azul oscura... Y así quedan, enmarañados sobre la cama, con las manos aun pendientes de caricias lentas que se desplazan por muslos y caderas. Cayendo con lentitud en un sueno espeso y dulce, arropados por el calor de las pieles ajenas.

Al despertar, sienten el fresco de la mañana sobre sus espaldas. Jaime ya se ha vestido, y esta peinándose en el lavabo. Debe hacer turno de mañana y ya es la hora. Les sonríe por ultima vez y les deja su numero de móvil escrito en un papel. Se despide con un beso en el aire y sale con sigilo. Pedro y Carmen se miran. Sienten algo roto entre sus miradas. Pedro vuelve a sentirse desnudo, pero ahora ya no le gusta. Carmen desvía la mirada y se apresura a ir al baño. Durante la mañana, ninguno de los dos dice nada. Carmen es la primera en hablar.

-Si nos volvemos ya, no pillaremos atasco-
-

Y vuelven ambos al silencio. Entran despacio en el coche y se hunden en una sordina de la que no querrían despertar jamás. Ninguno quiere pensar en lo que ha pasado. Ambos saben que nunca mas lo van a hablar. Pedro, embriagado aun por el olor de Jaime, decide enterrarlo lentamente en su intimidad mas secreta mientras observa la carretera que se extiende delante de él. Áspera, descendiendo por la montana, como descienden poco a poco sus deseos, sus sensaciones de la noche. Piensa en la semana, en lo cómodo de la jornada laboral, en las agendas que esperan en la oficina, programadas de antemano, sin posibilidad de cambios, sin opción a la duda, al que hacer. Saborea ya el despertar del lunes, y su planificación semanal, fácil, sin complicaciones. Carmen mira los arboles del camino. Pasan rápidos y en seguida quedan atrás. En cada uno imagina una de las caricias de la noche anterior, una de las imágenes que aun conserva su retina, que también van quedando atrás poco a poco. El ronroneo del coche le trae sueno, y unas ganas enormes de volver a la monotonía, a las clases de Pilates, a quedar con Mario el martes a la salida de su oficina, o a volver a mirar aquellos muebles color beige que tanto le gustaron para la cocina. Piensa en el lunes, sana y salva mientras toma la ducha antes de partir para la oficina, y se deja invadir por esa dulce anestesia de la disciplina... Si, es eso lo que necesitan, piensa. Y cierra los ojos.

Sobre la mesilla del hotel, ninguno se ha atrevido a coger la nota con el teléfono de Jaime.

10 de marzo de 2008

Primera Piedra

En medio de este pequeño oasis de descanso de la blogosfera que me he estoy tomando, he decidido subir un texto que he estado corrigiendo estos días. Se trata del primer relato que subí a este blog, por lo que es posible que alguno ya lo haya leído, en su primera versión.
Sí, he decidido escoger algunos de los textos que he ido escribiendo aquí que puedan tener algún tipo de nexo y revisarlos para hacer con ellos algo. No sé aún qué saldrá, pero esta tenía que ser sin duda la primera piedra.

A quienes deseamos
.

Hace muchos años vi tu foto colocada en el corcho de la habitación de un amigo. Estabas con tu pareja, sonrientes los dos, y tu mano rodeaba firmemente el hombro de él. Tu mirada fija y sostenida al objetivo de la cámara captó mi atención. Su efecto se deslizó desde el papel fotográfico para hacerse densidad en mi recuerdo. Entonces, aún nadie se atrevía a colocar fotos de parejas de chicos, ni siquiera en corchos de dormitorios de estudiante. Pero éramos adolescentes viviendo en el extranjero, sentíamos cierta facilidad para infringir ese tipo de cosas. Supongo que aquello contribuyó a hechizarme aún más. Desde aquella ventana amplia de la residencia de estudiantes en la colina donde vivía mi amigo, se veía la afilada aguja del crucero de la catedral alzarse gigantesca sobre los tejados e, iluminada, recortar la noche cuando bajábamos al centro por aquel minúsculo camino en pendiente, tropezando con raíces y arbustos. Él me enseñaba la ciudad casi siempre por la noche, silenciosa e hirientemente bella en sus rincones medievales. Y sin embargo yo sólo deseaba regresar a la habitación para volver a mirar tu foto. Aprovechaba sus ausencias al baño para acercarme más, para recorrerte despacio, para guardar tus rasgos en la memoria. El día que pregunté quién eras lo hice con disimulo, como de pasada, escondiendo la necesidad imperativa que tenía de saber de ti.
- Es Luis, ese chico de Ciudad Real del que te hablé, que nos conocimos en un curso de verano, en Lovaina... Y ese es su novio, GertJan. Lo conoció precisamente allí –
Cierto que me había hablado de él. ¡Cómo deseé ser ese Gertjan, y sentir el brazo de Luis sobre el mío, y escuchar su respiración en mi oído mientras nos deteníamos a hacer esa foto! Pero no, en realidad lo odiaba, ¡menudo nombrecito!, y con esa cara pálida de flamenco y esos pelos tan rubios y tan lisos. Mi amigo cambió de tema en seguida, y distraídamente comenzó a hablar de algo interesante, impidiendo cualquier intento mío de poder hacer más preguntas sobre ti.
Mi amigo no vivió mucho más en aquella habitación, pero cada vez que regresé allí a visitarle, lo cual hice con relativa frecuencia en aquellos meses, volví a recrearme en secreto con tu mirada. Aprendí de memoria la curva de tu cuerpo, la elegancia de tu mano al tocar a tu chico, la sonrisa de felicidad que parcialmente iluminaba un sol que se adivinaba español. Mi necesidad de saber de ti siempre era frenada por el impulso de ocultar el evidente deseo que el tono de mis palabras podía descubrir. Así, me esforzaba en complicados desarrollos en la conversación para poder hacer alguna pregunta relativa a ti. Tras meses de visitas sólo supe que vivías en Bruselas con él. Juntos, quiero decir. Y que tú te abrías paso en el mundo de los "stagières" con deseos de ingresar en la Comisión Europea. No sentías muchas ganas de volver a España, porque con tu familia no guardabas una buena relación.
Yo seguí amándote y deseándote en secreto, en mis visitas a Rouen, en aquel invierno de 1993. Llegó el verano, y en mi última visita también te vi por última vez, en aquel corcho iluminado por un intenso sol, el mismo que me acompañó por el sena mientras ondeaban los centenares de banderas tricolores del 14 de Julio junto al lugar donde ajusticiaron a Juana de Arco. Aquel día yo también ardí, en mi interior, porque sabía que era el final de lo nuestro.
Después de muchos años, Bruselas se convirtió en una de mis ciudades. David, mi amigo, se había establecido allí, y yo seguía visitándolo de vez en cuando. Conocía bien la ciudad, y poco a poco también su red de amigos. Supongo que en aquel momento ya me había olvidado conscientemente de ti. Era curioso, pero David nunca te volvió a mencionar. Yo tampoco osé preguntar.
Hasta que un día, de repente, fuimos a cenar y me presentaron a GertJan. Lo recordaba perfectamente de la foto. Mi amigo me lo presentó como un amigo más, pero yo sabía que era él. Mi odio intenso, acrecentado después de tantos años, se volvió deseo en un instante. Deseo de tocar a Gertjan, de oler su piel, de hacerle el amor a quien tú amabas.
La inusitada situación y la incapacidad de saber en ese instante nada de ti me turbaba profundamente. Conseguí sentarme junto a Gertjan esa noche.
Gertjan es realmente encantador, apasionado, inteligente, profundo en su gesto y morboso en su mirada. Mi ansiedad por tocarle me paralizaba los brazos, y también la capacidad de reaccionar. No sabía cómo preguntarle por ti, pero la necesidad me consumía. De repente, dijo algo en español perfecto, así que yo aproveché para preguntarle dónde había aprendido aquella más que correcta pronunciación. Con gesto neutro, contestó de manera seca
- ah, es que tuve un novio español, pero de eso hace muchos años, mi español ya no es lo que era-
La afirmación no me dejaba muchas posibilidades de preguntar sobre ti. De todas formas, y tras un par de miradas entre ambos, aquella noche conseguí su correo electrónico, y en un par de mensajes llegamos a conectar bastante. Descubrimos una complicidad que nos unió y que creó la suficiente curiosidad en ambos como para tirar del hilo de lo que sentíamos.
Mi siguiente viaje a Bruselas fue para estar en su casa, invitado por él. Recuerdo aquel viaje de avión con la respiración agitada, con el corazón que se me aceleraba por momentos. La llegada al aeropuerto y el encontrar su mirada me arrebataron de tal forma, que supe que aquel fin de semana lo único que quería era hacer el amor con él. Fue una aventura perfecta, llena de pasión, ternura y una sensación de que todo era como tenía que ser, como yo habría soñado que fuera -si yo soñara con esas cosas, claro-. Una aventura, además, que duró mucho tiempo. Mientras tanto, tú habías desaparecido por completo. Te diluiste en cuanto sentí que era a Gertjan a quien yo siempre había amado, quien en realidad ocupaba mi deseo más oscuro. Llegué a saber más cosas de ti, claro, formabas parte de la vida de Gertjan. Vuestra relación en realidad duró muy poco. A los pocos meses de llegar a Bruselas y fracasar en tu primer intento de oposición, regresaste a España, harto del gris y de la tristeza de Bruselas, algo que yo, en la cima de mi amor por Gertjan, no entendía, ya que sólo veía en la ciudad belga la belleza especial de una ciudad ecléctica y cargada de sorpresas estéticas a las que Gertjan me enseñaba a ser receptivo. Siempre habías sido un chico con poca capacidad para crear vínulos estables, ni en el amor ni en la amistad, así que con tu partida cortaste con casi todos tus conocidos de Bruselas y ni siquiera Gertjan pudo continuar en contacto más de un par de llamadas y algunos pocos más mensajes. Después de eso, te esfumaste... Te diluiste de nuevo en un océano de olvido y desinterés.

Después de tantos años, hoy te he visto mientras compraba unos discos en la Fnac. Al levantar la cabeza de una referencia, te he visto frente a mí, imponente y guapo, como en realidad has debido ser siempre. Con lo (en realidad) poco que llegué a saber de ti imaginé que terminarías tu juventud descuidando tu aspecto, quizá por buscar algún argumento racional que te hiciese salir de mi mente. Pero me equivocaba. Ahí estás, manteniéndome la mirada y sonriéndome. Una sonrisa que, de repente, ha levantado todo el pasado de un soplo. No puedo evitar sentir que todo mi deseo de años recordando aquel sol de verano llenar tu mirada indescriptible, ha llegado intacto, recuperado en una pulsión que en el fondo siempre ha seguido existiendo debajo de mi piel. Te has dado la vuelta y has comenzado a caminar, girando tu cabeza para mirarme un instante antes de abandonar la planta, sonriéndome de nuevo y confirmándome con certeza mi deseo de seguirte. Te he seguido, después de tantos años, por las calles de Madrid, por una Gran Vía atestada de gente que parecía caminar toda en sentido contrario. Hemos subido unas escaleras, yo con el deseo contenido de un encuentro anónimo (¿no lo es acaso?). Y tras la puerta abierta de tu apartamento me esperan ahora tus labios impetuosos, tus manos infinitas, y tu corazón en la boca, dispuesto a dejar que tu cuerpo se entregue, se deshaga dentro del mío, tus ojos en los míos, mi boca y mi sexo en el tuyo. Tras la lucha, felina, caemos en sueño, uno junto al otro, en una paz que siento como el momento más placentero de mi vida, una paz que he soñado durante años, una paz que siempre he vislumbrado desde el precipicio de mis abismos amorosos, pero a la que siempre una fuerza desconocida me ha impedido lanzarme. Ahora ha llegado, y me invade. Y, por primera vez, escucho tu voz. Me dices:
- ¿sabes? En realidad yo te conozco...
Sé que Gertjan, con quien sigo en cercano y amistoso contacto, perdió el hilo de tu existencia antes de aparecer yo en su vida.
- Me has visto a lo mejor en la Fnac alguna otra vez...
- No - dices, sonriendo.
- Te conozco de hace muchos, muchos años- añades.
Me quedo en silencio. Me acerco y escucho atentamente.
- Sí, hace muchos años, en Francia, tenía un amigo, bueno, en realidad era un amante que tenía una foto tuya en su corcho, en su habitación de la universidad. Supongo que te suena extraño (su voz es la que siempre había imaginado), pero aquella foto siempre me llamó la atención. Llevabas un abrigo verde oscuro, con capucha, y tenías a tu espalda el BigBen. ¿Me equivoco?
- No, (acierto a indicar con la cabeza, mientras un pánico terrible se apodera de mí).
- Estuve en la habitación de aquel chico, David se llamaba, dos o tres veces y siempre quise saber quién eras. En aquel momento no me atreví a preguntar. Además, tampoco consideré que fuera importante saberlo. Eras un amigo español, o al menos eso había dicho él el primer día, mientras me enseñaba las fotos... Después perdí el contacto con David y la posibilidad de preguntar, de indagar sobre ti. Pero para entonces, ya había comenzado a obsesionarme con aquella foto... Viví algunos años en Bruselas, pero terminé hartándome de aquello y volví a España. ¡Uf!, ¡cuántas cosas han pasado! Sé que esto te resultará extraño, pero he soñado con este instante muchas veces en todos estos años. Y creo que en el fondo sabía que algún día, me encontraría contigo.

Y me miras, inclinando el labio, como casi queriendo que yo lo tome por una broma.
Pero no es una broma. El viento que ha comenzado a soplar empuja lacónicamente una rama contra el cristal de la ventana, justo como en aquella película de David Lean, y repentinamente siento que acabo de perder la capacidad para el deseo, en un instante, para siempre.