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20 de febrero de 2008

¿Febrero muerde?


Es como lo ilustra mi calendario de pared... Para el presente mes, unas fauces. ¿Alguien se deja que le muerda?

19 de septiembre de 2007

As fadas de estraño nome



"Hai nas ribeiras verdes, hai nas risoñas praias

e nos penedos ásperos do noso inmenso mar,

fadas de estraño nome, de encantos non sabidos,
que só con nós comparten seu prácido folgar."
Rosalía de Castro.

Estás aquí y allí, y en todas esas grietas del deseo donde se refugia el silencio. Te mueves despacio y escueto, liberado de temblores, abrigando el aliento invisible, enmascarándolo de lluvia y descuidos. Pero profundo en mi estómago me abrasas como lava naranja que no se escucha, aunque veloz resbala sobre el recuerdo del recuerdo.
Camino entre tus dedos como si no existieran y, sin embargo, se clavan en mi piel, allí donde nacieron, allí donde aún descansan cada madrugada que retorna ese aroma que no se despega.
Como si nada sucediera me despierto cada día, y habito mi felicidad con calma. Nada se quiebra entre mis rutinas, tampoco en mi caminar sin rumbo. Las hadas me acompañan con sus bocas invisibles. Ellas saben, pero no dicen. Tan sólo observan. Y acompañan. Entornan su mirada frente a los precipicios, e incluso algún suspiro se les escapa, pero sus dedos están cosidos.
Sin decir, ellas me dicen tanto...

1 de diciembre de 2006

Arrastres

Aquella mañana, en medio de la rutina y enredada entre papeles y programas informáticos, te llego esa palabra. Y se detuvo tu tiempo. Seca, sin preludio. Esa palabra que te arrojaba así (sí, así de fácil) a un vacío interior, a un enajenamiento de ti, de tu física realidad, de tus manos y tus párpados. Y en aquel vacío, aún, la noche aquella que no has olvidado. Aquella en que me crucé contigo. Ya entonces lo supe. Supe que tenías una puerta de atrás, un pasillo difícil por el que a veces caminabas, atravesando el nervio copioso de tus espinas. Imaginé cómo en tardes de viento amargo, en tardes malvas de bolero ahogado, arrastras tu equipaje de aceros blindados. Con él arrastras vidas que no has vivido. Y arrastras sueños que trepan por la memoria de tu mirada. Y arrastras la oscuridad, esa oscuridad que brota salvaje, envuelta de aguas frías. Y arrastras también secretos, realidades inútiles que empujan su peso sobre el latido del beso. El beso que se hunde en tu piel y te envenena de humanas perversiones. Y arrastras personajes que no son, que se reproducen en tu sueño y en tu garganta, que copulan infames sobre tu lengua, que sesgan la física blanca de tu respirar. Te lo dije una vez, soplando mi ardor en tu oído. Es la hora del murciélago afilado, del banquete de sangre negra, aciaga, sabrosa entre tus pupilas. Pero después te aseguré que el alba siempre llega. Y con ella, ese viento cálido, dulzón, que te anuncia que el equipaje, ése que arrastras desde que mi mirada te atravesó, será disuelto en polvo inútil, en luz inocua. Y así seguirás tu camino sobre el sol. Ligero, desnudo, lleno de olvido, sobre la playa amplia de un recuerdo que esquiva las olas, esas mismas que te bañan amables los pies... Así pues, no tengas miedo, acércate más, sólo un poco más.

21 de noviembre de 2006

Hostilidades

Hay días en los que, como hoy, me despierto desasosegado, apenas asimilando la señal que la mañana me envía. El café supo amargo, y las galletas no crujen como siempre. Y mis ojos se hacen pequeñitos, se quieren cerrar. Me vuelvo difícil. Nadie es amable, el mundo entero parece que quiere desmontar mi tranquilidad. Hostil. Así siento el mundo hoy. Y así también me siento a mí mismo. Hostilidad mutua. La barrera de mi piel es frontera peligrosa hoy. Agacho la mirada, porque podría escupir fuego por ella. Y, de verdad, no quiero. Las palabras, masticadas en la boca, se me llenan de espinas, y siento que nacen destructivas, destruidas, inútiles. Y quiero que me dejen de observar. Tampoco yo observo. Ya digo, bajo la mirada. Y me quiero ir, lejos de aquí, lejos de cualquier lugar. Donde no me encuentren. En la orilla de mi playa vacía. En mi verano perdido. Con mi sol amigo. Sol sobre la piel y piel sobre la arena que arde. Arden mis pies y mis manos sobre la arena. Sólo escucho el rumor de las olas. Y me pierdo en su humedad sensual. Me pierdo también en mi sueño, el elegido, el que se despliega sólo si estoy apartado de la vida. Me hago fantasía propia. Me alejo... Hoy, sólo quiero estar en mi playa y en mi verano. Mañana.... Mañana será otro día.