Aquella mañana, en medio de la rutina y enredada entre papeles y programas informáticos, te llego esa palabra. Y se detuvo tu tiempo. Seca, sin preludio. Esa palabra que te arrojaba así (sí, así de fácil) a un vacío interior, a un enajenamiento de ti, de tu física realidad, de tus manos y tus párpados. Y en aquel vacío, aún, la noche aquella que no has olvidado. Aquella en que me crucé contigo. Ya entonces lo supe. Supe que tenías una puerta de atrás, un pasillo difícil por el que a veces caminabas, atravesando el nervio copioso de tus espinas. Imaginé cómo en tardes de viento amargo, en tardes malvas de bolero ahogado, arrastras tu equipaje de aceros blindados. Con él arrastras vidas que no has vivido. Y arrastras sueños que trepan por la memoria de tu mirada. Y arrastras la oscuridad, esa oscuridad que brota salvaje, envuelta de aguas frías. Y arrastras también secretos, realidades inútiles que empujan su peso sobre el latido del beso. El beso que se hunde en tu piel y te envenena de humanas perversiones. Y arrastras personajes que no son, que se reproducen en tu sueño y en tu garganta, que copulan infames sobre tu lengua, que sesgan la física blanca de tu respirar. Te lo dije una vez, soplando mi ardor en tu oído. Es la hora del murciélago afilado, del banquete de sangre negra, aciaga, sabrosa entre tus pupilas. Pero después te aseguré que el alba siempre llega. Y con ella, ese viento cálido, dulzón, que te anuncia que el equipaje, ése que arrastras desde que mi mirada te atravesó, será disuelto en polvo inútil, en luz inocua. Y así seguirás tu camino sobre el sol. Ligero, desnudo, lleno de olvido, sobre la playa amplia de un recuerdo que esquiva las olas, esas mismas que te bañan amables los pies... Así pues, no tengas miedo, acércate más, sólo un poco más.
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1 de diciembre de 2006
Arrastres
Aquella mañana, en medio de la rutina y enredada entre papeles y programas informáticos, te llego esa palabra. Y se detuvo tu tiempo. Seca, sin preludio. Esa palabra que te arrojaba así (sí, así de fácil) a un vacío interior, a un enajenamiento de ti, de tu física realidad, de tus manos y tus párpados. Y en aquel vacío, aún, la noche aquella que no has olvidado. Aquella en que me crucé contigo. Ya entonces lo supe. Supe que tenías una puerta de atrás, un pasillo difícil por el que a veces caminabas, atravesando el nervio copioso de tus espinas. Imaginé cómo en tardes de viento amargo, en tardes malvas de bolero ahogado, arrastras tu equipaje de aceros blindados. Con él arrastras vidas que no has vivido. Y arrastras sueños que trepan por la memoria de tu mirada. Y arrastras la oscuridad, esa oscuridad que brota salvaje, envuelta de aguas frías. Y arrastras también secretos, realidades inútiles que empujan su peso sobre el latido del beso. El beso que se hunde en tu piel y te envenena de humanas perversiones. Y arrastras personajes que no son, que se reproducen en tu sueño y en tu garganta, que copulan infames sobre tu lengua, que sesgan la física blanca de tu respirar. Te lo dije una vez, soplando mi ardor en tu oído. Es la hora del murciélago afilado, del banquete de sangre negra, aciaga, sabrosa entre tus pupilas. Pero después te aseguré que el alba siempre llega. Y con ella, ese viento cálido, dulzón, que te anuncia que el equipaje, ése que arrastras desde que mi mirada te atravesó, será disuelto en polvo inútil, en luz inocua. Y así seguirás tu camino sobre el sol. Ligero, desnudo, lleno de olvido, sobre la playa amplia de un recuerdo que esquiva las olas, esas mismas que te bañan amables los pies... Así pues, no tengas miedo, acércate más, sólo un poco más.
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