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20 de noviembre de 2006

Críptica dominical.

Ya no soy yo quien habla por mi. Es la palabra quien habla por mí. La palabra, que me persigue y me toma, que me usurpa y me avasalla. La palabra que se descompone en mi deseo, en mi oscuro deseo. Deseo atravesado de palabra que en noches de luna sabrosa e inalcanzable huye conmigo entre las sábanas. Y me ciega, blandiendo su ardor incandescente sobre mi piel. El latido sordo de su herida hace brotar fuentes de sed inútil sobre la sangre, pero en esas tardes de olvido regresa heroico, para rasgarme el aliento sin remedio en una parada de autobús. En la última parada de autobús. Regresa desnudo, anudado a esa esquina que la reflexión de los domingos tristes esconde bajo la sombra de las ramas levemente agitadas. Regresa en fin para descargar su física asfixiante sobre mis dedos ateridos. Y se desliza sigilosa sobre la voluntad esquiva, para conquistar el espacio de mis vísceras plegadas. La palabra, esa palabra, roza mis actos con violento coqueteo y respira por mis poros diminutas burbujas de aliento sin regreso enamorado. Y así, se abre la fuente. Sobre piel y sangre. Sobre sexo y boca. Y se desploman en el aire las palabras que escriben nombres y colores, lugares y estaciones, párpados sobre la noche y veladas caricias inconfesas. Sólo permanece UNA, sobre la noche y sobre el recuerdo, Teñida de necesidad y latidos. Imborrable en tu mirada. Inconfesable en la mía. Tú.