23 de octubre de 2006

Un siglo con la palabra como arma.

Francisco Ayala.

Él es uno más de los grandes personajes olvidados de este país durante muchos años. Quizá no el más brillante, ni el mejor, ni el más lúcido ni el de la prosa más perfecta. Pero aún así importante. Testimonio de ello son los innumerables premios que le han sido concedidos, entre los cuales el Miguel de Cervantes. Miembro de la Real Academia de la Lengua, es un personaje de importancia indiscutible en nuestro país. Su formación política, social y literaria tuvo una importante fuente en la cultura germánica, donde realizó parte de sus estudios y donde ya fue consciente de la consolidación del nazismo y así lo plasmó en algunos de sus artículos a finales de los años 20. Destacado fue su compromiso político con la República y su implicación con las libertades y la igualdad social. Como otros muchos, vivió un largo exilio en América, y aunque desde 1960 viajó con regularidad a España sólo desde los años 70 vive permanentemente en nuestro país.
Acaba de cumplir 100 años y es, por lo tanto, un testigo de excepción de la evolución de todo un siglo de abatares y momentos muy difíciles para la realidad de este país y del mundo en general. Forma parte de toda una intelectualidad comprometida con la República que no sólo tuvo que pagar con el exilio su compromiso político, sino que sufrió el castigo de una invisibilidad prácticamente absoluta en su país. Representa a tantas y tantas personas igualmente implicadas políticamente con una realidad de igualdades sociales y el sueño de un mundo más justo y más lleno de oportunidades para todos. Tuvieron que pagar con su vida o con la lejanía y el silencio. Porque sólo a partir de la muerte de Franco se pudieron publicar algunas de sus obras, y así lo muestran informes reprobatorios para la edición de alguna de sus novelas en el año 1972. Poco a poco, se les va haciendo homenajes, descubriendo a un público mayoritario que seguramente poco sabe de ellos. La Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales ha organizado en este año del 100 aniversario de su nacimiento, una exposición en la Biblioteca Nacional que recorre su vida y su obra. La exposición es discreta, pero enormemente interesante y me produce gran pena que se esté realizando una casi nula publicidad de ella, pues se ha hecho un intenso y minucioso trabajo para documentarla con obras de arte, ediciones de libros, ensayos, periódicos de todo un siglo, obras traducidas por él, ejemplares dedicados de su biblioteca, fotografías, y demás documentos gráficos además de un interesante y extenso documental que nos ilustran con gran acierto la figura de este gran literato y pensador. Considero un ejercicio de deuda cultural el ir a saber más de este gran personaje y de toda su época, que aún es la nuestra. Les recomiendo a todos hacer un hueco en sus agendas para visitarla. Merece la pena.

18 de octubre de 2006

¿Silbamos?

Hay días que uno necesita traspasar las nubes con la imaginación, para recordar el sol sigue estando ahí, aunque no lo veamos. Esos días... cuando los árboles se agitan oscurecidos, y aúllan devorando el gris, envolviendo mínimas esperanzas urbanas. Esos días... hoy.
Labios que aún están dormidos y que caminan por un túnel esquivo de musgo plateado. Necesidad excesiva de piel y de aire humanos en la boca. Tibias mis manos al reconocerte. Desvaríos ante el espejo, mientras el grifo deja correr el agua impune. Pensamientos en mi ducha azul, pensamientos lúcidos y pensamientos banales. Pensamientos de ti y pensamientos aún de él, pensamientos de otros. Miradas dormidas a través del café. Ternura demoledora y besos de chocolate al partir. Escucho el ruido del agua en mis zapatos como arrugando el oído, y siento que necesito aún más agua, más piel, y más calor. Añoro el sol y os añoro a todos, aunque no os conozca. Pienso en París y pienso en Suiza, y a veces, en el Círculo Polar. Reconozco vuestros despertares en el sonido de la lluvia. Vuestros bostezos sobre el colchón, y cien almas desprovistas de nocturnidad, aunque quizá alguna me sonría. Doscientos zapatos abrochándose al unísono en esta mañana de otoño, con un ruido sordo, como imperceptible. Y esos deseos que se nos escapan por las esquinas al salir. Cien anhelos repartidos entre la lluvia, indecisos e incomprendidos, esperando que llegue la razón para soplarles en las entrañas, y deshacerlos bajo las agendas, lejos de los latidos. Y antes de que eso suceda, me animo a cambiar Ariadna por Adriana y cantar como ella, así, con esa canción sencilla e inocente, que canta en su último trabajo, curiosamente, para niños. Porque todos somos niños por la mañana. Y silbo fuerte, por las calles de esta ciudad mojada que me escucha con asombro... No, no estoy loco, sólo quiero soñar un poquito más.

Así me quedo sin ti (Adriana Calcanhoto)

Avión sin ala, hoguera sin llama, así soy sin ti. Fútbol sin balón, Piolín sin Silvestre, así soy yo sin ti. ¿Por qué tiene que ser así? si mi deseo no tiene fin, te quiero en todo instante, y ni mil altavoces van a poder hablar por mí. Amor sin besitos, Buchecha sin Claudinho (dúo musical brasileiro), así soy sin ti. Circo sin payaso, enamoro sin roce, así soy sin ti. Loca estoy de verte llegar, loca para tenerte en mis manos, echarme en tu abrazo, retomar el pedazo que falta en mi corazón. No existo lejos de ti, la soledad es el peor castigo. Cuento las horas para poderte ver, pero el reloj está de malas conmigo, ¿por qué? ¿por qué? Bebé sin chupete, Romeo sin Julieta, así soy yo sin ti. Coche sin carretera, queso sin guayaba, así soy yo sin ti. ¿Por qué tiene que ser así? si mi deseo no tiene fin. Te quiero en todo instante, ni mil altavoces van a poder hablar por mí.No existo lejos de ti, y la soledad es el peor castigo. Cuento las horas para poderte ver, pero el reloj está de malas conmigo...

13 de octubre de 2006

Mi oscuro fetiche de invierno

En aquellas tardes de invierno, Guille no tuvo la horizontalidad que hubiese querido. De todas formas, a él, eso de no terminar de saciar su sed carnal, es algo que siempre le ha excitado profundamente. Manejar esa visceral frustración y transformarla en desafío intelectual se le da bastante bien. Y es que los vericuetos de su deseo son complejos y difíciles de escrutar. Incluso para él suponen una continua fuente de descubrimientos. Aquellas semanas se iniciaron con un sugestivo mensaje anónimo a su correo electrónico. Alguien, un chico, que parecía saber más de él que un simple desconocido. No era la primera vez que alguien le asaltaba a su correo de aquella manera. Es cierto que él buscaba inconscientemente que sucedieran ese tipo de cosas para luego no prestarles demasiada atención, pero la habilidad de aquellas palabras horadaron la barrera de su curiosidad. Su verbo afilado buscó el mejor camino de contestar a un mensaje repleto de turbias propuestas que se sabían bien envueltas en referencias demasiado inteligentes como para no dejarse llevar. La conexión intelectual es, a veces, el más profundo de los pozos del deseo, y puede abrir de repente en nuestra vida ese brocal dulce donde asomarnos al magnetismo de una oscuridad difícil de tocar, pero que conduce segura al fondo mórbido del agua certera sobre la piel. Guillermo, evitando su habitual discurso contra el arrojo impulsivo, decidió lanzarse a esa oscuridad. Y una tarde de enero, mientras el último sol desaparecía, decidió salir en búsqueda de Dani, siguiendo las claves que con gran precisión éste le había dejado en su último mensaje. Trazando pistas sobre un laberinto urbano, Guillermo recorrió con tortuosidad dieciséis calles y trece esquinas. Para cada una de ellas existía una razón, y con cada una de ellas, fue brotando el estímulo para una mirada que se dilataba en su necesidad de encontrar el final del hilo. Cuando un corazón así late desatado por la ciudad, siempre hay una nube ligera que cruza el firmamento, para besar la luna. Los felinos se silencian, y los pasos huecos toman el ritmo de los latidos. Así sucedió. La multitud se fue adaptando al ritmo de su caminar, y hasta aquellos contrabajos de Jazz bajo el centro comercial, parecieron tornear un silencio de deseo que se colaba por la boca de Guille. La fuerza de sus piernas comenzó a flaquear cuando decidió por fin encaminarse a las escaleras mecánicas que conducían al primer piso. Un primer piso donde la sección de cine ocupaba casi todo el espacio. Era un lugar donde solía acudir a comprobar las novedades y a rastrear carátulas y títulos clásicos. Adoraba acariciar el plástico de las cajas sobre las que se dibujaban rostros inmortales, colores que desvelaban la intensidad, la oscuridad de las mejores escenas. En suma, una de las mejores tiendas de uno de sus preferidos placeres. Cuando llegó a la planta, aquella inconfundible música de Franz Waxman comenzó a envolverlo todo. En seguida recordó que acababan de editar una maravillosa versión del coleccionista de la irrepetible Rebecca del gran Hitchcock. De repente, en sigiloso mimetismo, sus pasos cobraron la elegancia del gran mago inglés, el que movía la cámara como nadie y desgranaba el drama con una fisicidad desconocida a través de esos planos que se acercan poco a poco a los actores. Ése que sabía imprimir la música en las imágenes como nadie lo había hecho hasta entonces.
Supuso que estarían exhibiéndola en algún monitor, así que echó un vistazo general a la sala... En seguida descubrió el secreto: Casi como por arte de magia, aquella inquietante escena aparecía en la más grande pantalla de la planta. La nueva señora de Winter, sigilosa, entraba en la habitación de Rebecca. Todos los objetos de la difunta parecían de repente tener ojos para observarla. Y en un instante, de entre los velos del dosel, intrigante, inquietante, circunspecta, la oscura señora Denvers se abre camino, y uno no sabe si la domina más el odio, la ira o el placer. A esa altura, Guillermo había olvidado ya dónde se encontraba, y asistía de nuevo extasiado a ese arte refinado de Hitchcock para deslizarse en el espacio, al tiempo que lo hace en la inquietud del espectador. Esa impúdica exhibición del deseo, desnuda y abrasadora desde las duras facciones de la señora Denvers, siempre arrebató el instinto de belleza de Guillermo, más bien dado a recrearse con los más bajos instintos. De repente, la señora Denvers, saca con decisión ese abrigo de marta cibelina del armario. Guillermo detuvo su respiración mientras la Denvers pronuncia esas palabras que se clavan en sus oídos, como siempre que las escucha. "Feel this", como una daga, mientras acaricia con su mejilla la manga de piel.
La "i" de "feel" se desliza igualmente por nuestra piel mientras ella se rompe discretamente al olor del perfume que sin duda desprende el abrigo. Su mirada, imperturbable, lanza dardos sobre una asustada y algo pacata Joan Fontaine, que mira con asombro cómo ahora, la oscura mujer acaricia las transparencias de la lujuria materializada en un finísimo camisón de seda. Es el choque brutal e incomprensible del mundo de la oscura represión y el de la curiosidad inocente. Esa "i" se seguía aún clavando con eco profundo en su garganta cuando, súbitamente, el aliento cálido de una respiración se deslizó por su cuello, y un éxtasis extraño se apoderó de él. Quería mirar, torcerse, escrutar. Y por otro lado no, resistir un minuto más así, con la invitación lujuriosa de unos labios hambrientos detrás de su cabeza. Dejó que la señora Denvers hablase de la presencia invisible de Rebecca en todos los lugares, observando inquisidora la felicidad ajena, en una imagen creada con afilada intención desde su frustración de mujer abyecta, y cuando ya la Fontaine huía despavorida de la habitación, se giró lentamente, descubriendo detrás de sí una mirada mucho más profunda y oscura de lo que nunca hubiera imaginado. Dani era perfecto para él. Alto, muy moreno, interesante, y con una sonrisa que se torcía, ejerciendo de interprete de sus miradas y de sus silencios. "¿Sorprendido?... Ven, anda". Esas tres palabras, como imanes, tiraron de su piel en finísimos hilos de ciega voluntad . La negrura del pozo alcanzaba su final en esa simbiosis de idea y carne aceleradas sobre las yemas de los dedos.
Guillermo sabía que entraba, a partir de aquel instante, en la blandura del agua, un agua que en su caso, bullía de vapor, disparando el choque de su carne con la de Dani, levantando interminables electricidades durante los minutos que se manosearon ferozmente en los baños de la última planta. Besos sedientos y manos bajo las ropas invernales, retorciéndose en un nudo intenso que dejó en el aire, como flashes de fotos, dedos, sutiles lenguas sobre la piel y aliento intenso en las mejillas. Un nudo de miembros tejido entre los neones intermitentes dio paso al reconocimiento más lento e infinito de la piel y de su aroma. Y aún estando servido el banquete del sexo más primitivo, sus manos se sirvieron sólo de la inteligencia, del silencio y de la evitación, para llegar al éxtasis. El recuerdo del semen abundante descendiendo por la pared, aún zigzaguea por su mente al recordar ese instante. Guillermo supo entonces que su Rebecca terminaba allí, que aquella lengua que salía de las pupilas de Dani no le pertenecía, que nunca le pertenecería. Se agacho a tomar su jersey y, pensándolo sólo un segundo, decidió en su lugar, tomar el de Dani. Lo cogió y corrió fuera, salió apresurado por la puerta y descendió las escaleras sin equivocar un paso. De Dani, nunca volvió a saber nada. Bueno, sí, a veces lo encuentra por el centro, en la primera planta, mirando distraído la sección de cine clásico. En alguna ocasión se han llegado a cruzar sus miradas un segundo, sólo uno, para volver después a la indiferencia habitual. Una vez, incluso se rozaron sus espaldas al pasar, en un gesto diminuto de invisible apariencia. Y es que su sed habita sólo en la sangre, sólo en el hueco de un instante marcado a fuego. Un fuego que secó el pozo en los pocos minutos que sus pieles se reconocieron.
Guillermo nunca entendió a la señora Denvers. Criticaba su impasible frustración, fermentando ese odio atroz contra los que no entendían su verdad, que eran, a la postre, todos. A pesar de ello, llevan meses compartiendo un secreto. En la oscuridad de algunas tardes, Guillermo, con silenciosa parsimonia, saca de un cajón el jersey sustraído de Dani, y, con un gesto aparentemente espontáneo, enciende la televisión y acciona la grabación de Rebecca, justo en la escena del abrigo. "Feel this", y Guillermo aspira el intenso aroma del deseo en la manga. De nuevo la sangre vuelve a correr con furia, y su piel, acariciada de lana y aliento conmovido, siente otra vez aquel amargo fenecer que la lanza al vacío de un pozo sin fondo.

9 de octubre de 2006

Pupilas en la ciudad

Cada día nos cruzamos con cientos de personas. Especialmente cuando vives en una gran ciudad. Personas que cruzas por la calle, personas que cruzas en las esquinas, al entrar al supermercado, al entrar y salir del trabajo, en todos esos puertos urbanos de la modernidad: andenes, vagones, colas de espera, ascensores... La mayoría pasan desapercibidas, ausentes de nuestra conciencia, como un obstáculo más del laberíntico viaje diario, como elementos móviles de un mobiliario urbano que se hunde automáticamente en el olvido. Hay otras que, sin saber muy bien por qué, llaman nuestra atención, provocan y a veces hasta inquietan nuestra curiosidad. Bien puede ser la atracción lo que nos llama a tejer un hilo ardiente e invisible entre las miradas. Otras es el deseo el que nos obliga, nos arrastra, a perseguir las pupilas, a marcar la curva de la piel y esa otra, imaginada, del aliento.
Las ciudades están llenas de esquinas que obligan al Ulises moderno a quebrarse una y otra vez, a desdoblarse y desmadejarse en paradas de metro, en amplios centros comerciales y desvencijados portales oscuros. Y sin embargo, no siempre desvía su curso nuestro héroe por causa del felino apetito. A veces, la curiosidad es una extraña llamada, un acto que no responde a causa determinable, y que puede terminar en discreta sonrisa, luz en los ojos, ingravidez pasajera... Se produce un reconocimiento mutuo, el hallazgo, secreto quizá, de un gen compartido o de una prehistórica unión. Ulises navega en la ignorancia de lo que las olas humanas le deparan, pero sabe que es a veces sólo en esas miradas donde encuentra la luz, la señal certera de que su caminar diario tiene un sentido más allá de los anhelos y frustraciones de un simple humano como él. Y es que tras esas miradas, vislumbra el eco del paraíso perdido, del pasado que pudo no existir nunca, del futuro que sin duda no existirá. Sentirlo le hace infinitamente pequeño, a la vez que inmenso, por ser capaz de descubrirlo... En el fondo, a pesar de navegar hacia la nada, tener un faro de vez en cuando en el camino, le hace feliz. Y eso, es suficiente.

6 de octubre de 2006

Ariadna en Naxos

Ariadna y Baco en Naxos, Tiziano. National Gallery, Londres.

Tengo que reconocer que Richard Strauss se encuentra entre mis preferidos autores operísticos. Ocupa un lugar especial en mi sensibilidad, y a pesar de mis limitaciones con el idioma alemán (más que limitaciones, absoluta nulidad) en un autor para el que el uso de la palabra y su fusión con la música es elemento esencial de su concepción creativa, siempre me he esforzado para comprenderle cada día mejor. Asistir a sus obras en directo, en las que siemrpe es más fácil una asimilación directa del mensaje, ayuda mucho a tomar conciencia de la obra.
Tras el impactante estreno de obras como Elektra o Salomé, que supusieron una completa renovación del género, por el uso innovador de ritmo, palabra y melodías (casi ausentes éstas, la verdad), Strauss se dedicó a un (podríamos llamar) neoclasicismo musical en sus siguientes óperas (Der Rosenkavalier y Ariadne auf Naxos), recuperando la melodía en una reformulación de los patrones clásicos que consigue equilibrar el (también intenso) lado austero y conceptual de sus profusos pasajes de recitativo, y fusionar todo ello con ese lado más de opereta que tienen algunas de sus Óperas de este periodo. En fin, me seduce mucho este autor que siempre nos plantea retos intelectuales en sus obras, plagadas de guiños, provocaciones, sugerencias a la reflexión...
El Real se ha decidido este año a comenzar su temporada con mejor pie que la anterior (qué decepcionante Don Giovanni) programando una obra (Ariadna en Naxos) que a día de hoy ya es un clásico, pero que sorprendentemente se estrena por primera vez en Real (cosas de este país). El año pasado nos vendieron un cartel que prometía ser la lanzadera de los nuevos estrellatos de la ópera de este país, y resultó que se estrellaron todos en el intento. La razón y la inteligencia se han impuesto este año y se ha optado por una producción ya consolidada del Covent Garden londinense que, la verdad, no defrauda. Y, por lo que he podido leer, nos ha brindado algunos de los solistas mejor posicionados en las preferencias de los mejores teatros de ópera del mundo, como son las sopranos Diana Damrau, Anne Schwanewilms y Joyce di Donato. Cuando se juega sobre seguro es más fácil ganar. Y así lo están haciendo, con una producción de primera, a la altura de lo que pretende ser el Teatro Real, aunque no siempre lo consiga.
La Ariadna de Strauss es una obra llena de pequeños homenajes. Pueden leer el argumento AQUÍ.
La fuerza del texto de Hugo von Hofmannsthal es inmensa y nos ataca desde el inicio del primer acto (prólogo), obligándonos a sugerentes reflexiones sobre el amor, la muerte, la interpretación, la frivolidad o la atracción. La música en este prólogo es un delicado a la vez que complejo apoyo a las palabras. Los instrumentos, casi desnudos, conducen la acción con sutil discreción. Los incipientes y tímidos arranques melódicos nos desvelan las claves de las arias de la ópera posterior, y las únicas melodías completas pertenecen al compositor, en el que una impulsiva y brillante Joyce di Donato deja el listón bastante elevado en las representaciones del Real. La dicotomía entre profundidad y superficialidad domina la acción conceptual, y la decisión final del mecenas de unir las dos visiones en una, revoluciona negativamente los participantes que, sin embargo, encuentran un delicioso punto de encuentro cuando la frivolidad (encarnada en zerbinetta) nos enseña que es sólo un disfraz, como lo es el de la seriedad, pero que debajo se esconden sentimientos tan humanos como iguales a los del serio compositor... Un atisbo de atracción, de amor quizá, los sitúa a ambos un instante en el mismo plano humano, en una escena que fue interpretada de manera soberbia en el Real, y que nos dejó a muchos sin aliento.

En la segunda parte, Strauss nos ofrece un hondo homenaje al hecho mismo de la interpretación (de la comedia en el drama y el drama en la comedia) y asistimos al juego del teatro dentro del teatro. Su recreación de la música de un siglo XVIII (en el que se debería desarrollar la acción) produce un giro hacia una sofisticación melódica casi al extremo de las posibilidades de este (ya de por sí envolvente) músico. Por ello, el traslado de la acción a la época actual queda un poco flojo como idea, ya que en mi opinión elimina de alguna forma la esencia de la música y de las razones de su concepción a través de un ejercicio de neoclasicismo. La escenografía es sencilla, pero muy cuidada, al igual que el movimiento de actores y la discreta y poco efectista iluminación, de un clasicismo evidente, y que demuestran de nuevo que es mejor hacer las cosas bien de manera discreta que arriesgar sin criterio. Jesús López Cobos es una gran baza como director. Casi nunca defrauda, porque es un grandísimo maestro, y tiene esa capacidad para la versatilidad de registros, que le hace dirigir con igual dignidad un Strauss, un Mozart o un Wagner. Consigue de la orquesta madrileña llegar a sus máximos, y en la actual producción de Strauss, su participación matiza y subraya con bastante precisión una partitura compleja y muy contrastada, que pasa del acompañamiento de uno o dos instrumentos, a la música de cámara y a los grandes y refinados tutti straussianos. La orquesta se mostró flexible en ello, y aunque a veces dejaba con la sensación de que podía dar más, contó con algunas participaciones solistas de verdadera antología. En cuanto a los solistas cantantes, estuvieron todos muy a la altura, y el contraste entre Zerbinetta y Ariadna resultó verdaderamente convincente. La Zerbinetta de Diana Damrau es absolutamente personal y quizá algunos la podrían tachar de poco académica, pero resulta vitalista y entregada, maravillosa en la coloratura (su aria pasa por ser una de las más difíciles del género) que refuerza con una puesta en escna arrolladora. Y bellísima en los pasajes más melodramáticos, derrochando esa seducción y femineidad que le sobra. Frente a ella, la Ariadna que construye Anne Schwanewilms es rotundamente elegante, sofisticada e ingrávida, rasgos que también posee su voz aterciopelada, de una belleza intrínseca que enamora a cualquiera, y que se funde muy bien con esas melodías tan refinadas que salpican la obra. Quizá le faltó un poco de potencia en algunos momentos en los que la orquesta se imponía sobre ella y su voz se perdía un poco. Pero su Ariadna es perfectamente consciente de ser un mito representado, y la rigidez de gestos y acciones es absolutamente asumido por esta soprano de elegancia indiscutible, como contraste a la vitalidad y tono más de opereta de los personajes cómicos. Strauss fusiona ambas concepciones con una maestría impecable, aunque al final nos vemos abocados a un irremediable final mitológico que, tras la aparición de Baco (interpretado magistralmente por un entregadísimo Richard Margison) nos funde en uno de esos interminables finales straussianos llenos de preciosismo melódico. Me gustó especialmente el planteamiento escénico del final de la obra, el encuentro de Ariadna y Baco en ese salón desnudo envuelto de azules, el juego de las vendas sobre los ojos, y la salida del palacio (isla de Naxos) de una Ariadna que mira con obsesiva melancolía el paisaje de su dolor superado, como si no quisiera partir, como si de alguna manera supiera que el espacio del sufrimiento jamás se desprende de nuestro interior... Broche de oro a una noche verdaderamente brillante, de esas que le hacen a uno recuperar la fe en la Ópera.

5 de octubre de 2006

La Isla de la Melancolía

Quizá porque la primera vez que escuché su música lo hice desde esas brumas donde fueron creadas y que parecen tan bien recrear el fondo de las almas atormentadas. Quizá porque en aquella adolescencia mía la melancolía me inundaba la razón o quizá porque me sentía abocado a la tristeza sin remedio. Quizá por todo ello, pero ahora que ya no me identifico tanto con la melancolía, sigo apasionándome por él, así que supongo que es también quizá porque él fue un genio irrepetible, sin cuyas obras la sensibilidad musical de muchas personas no sería la misma: el mejor de todos los músicos británicos, el más excelso, el irrepetible. Henry Purcell nacía en 1659, en el seno de una familia de músicos, desarrollando su obra bajo el influjo positivo del apoyo de Carlos II a las artes musicales, lo cual, tras las restricciones del anterior periodo bajo la dictadura de Cromwell, favoreció inmensamente la creación de obras musicales, tanto óperas, semi-óperas y música escénica. Tras el breve freno a la creación musical autóctona que supuso el reinado católico de Jacobo II, el gobierno de Guillermo III y de su esposa Maria II impulsaron de nuevo la obra del músico que realizó bajo su mecenazgo algunas de sus más bellas obras.
La primera vez que escuché algo suyo fue en uno de esos conciertos de la iglesia de Saint Martin-in-the-fields, en mi primera visita a Londres. Me pareció delicada y melancólica como pocas músicas había escuchado antes. Respiré despacio, como si todo aquel verde que me rodeaba desde mi llegada a la Isla me envolviera sin remedio. Desconocía al autor en aquel momento, pero rápidamente memoricé su nombre para buscar cosas suyas. Y aparecieron, claro que aparecieron. Aquel músico era toda una gloria, y su tumba, junto a la de Handel, estaba en el panteón de ilustres de la Abadía de Westminster, y debo reconocer que es uno de los sitios a los que siempre vuelvo cuando regreso a esa ciudad.
Henry Purcell escribió mucha música de cámara, siendo especialmente abultada su producción para clave: delicada y sutil, profundamente melancólica, con esa tristeza que es ya tan inequívocamente británica. También compuso inolvidables odas para orquesta con solistas y coro, dedicadas a temas tan diversos como Santa Cecilia, el cumpleaños de la reina Mary, o las fiestas del condado de Yorkshire. Música religiosa de tremenda espiritualidad, de la que destaca con fuerza su conmovedora composición para el funeral de la reina Mary. Una gran cantidad de música instrumental para acompañamiento de obras de teatro. Sus mayores éxitos, sin embargo, lo constituyeron sus semi-operas (obras en las que se musicalizaba parte del texto, pero parte se recitaba). En ellas la buena elección de los textos se unió a una impecable musicalización que siempre destaca magistralmente la acción al tiempo que construye melodías acertadísimas.
Fui descubriendo su música poco a poco, penetrando en ese mundo de humedades y delicadas danzas. Aquel año viví en Inglaterra, y la presencia de Purcell, en la inmensa riqueza y amplitud de su universo musical, desde la exaltación y la danza hasta el más delicado de los lamentos, dibujó sin duda los colores y la sensibilidad con los que aún recuerdo todo lo británico. Y a medida que iba descubriendo su obra, siempre aparecía aquel nombre, el nombre de aquella que parecía ser su ópera más famosa: Dido y Eneas. Tengo que reconocer que la historia de la Eneida de Virgilio en la que si inspira el texto no es de mis favoritas, ni de las que más me inspira, ni de las que me parece más constructiva, pero en fin.
Eneas huyendo de Troya desembarca en Cartago. Al verlo, Dido , la reina, se enamora de él. Por su parte, una hechicera intenta destruir a Dido, con lo que recurrirá, por una parte a perseguir a Eneas y por otra a recordar las órdenes de Zeus que ha de dirigirse a Italia y abandonar a Dido. Frente a sus muchas dudas Eneas decide quedarse al lado de Dido desafiando al supuesto Mercurio , decisión vana ya que la reina termina suicidándose.
Una historia de amor y destino. Y hace tiempo que dejé de creer en el destino como razón para el conformismo sentimental. Así que nunca encontré demasiado interesante esta historia de amor rotundo cruelmente interrumpido en la que nadie lucha por evitarlo, donde ambos protagonistas se dejan llevar por el engaño, por la supuesta aceptación del designio de los dioses. Pero es innegable que la musicalización del texto de Purcell es probablemente una de las obras de arte más perfectas que la historia de la Ópera haya producido. Se trata de la única ópera real del músico, la única en la que la totalidad del texto es cantado. Y su génesis es extraña. Lo que tenemos de ella es una trascripción más o menos discutida por los expertos, pero que no es original. De su estreno no habla ninguno de sus contemporáneos, y en realidad tampoco ninguno habla de la obra misma. Tan sólo hay referencias a reposiciones de la misma en algún teatro londinense. Y, sin embargo, la belleza y perfección de esta obra son absolutamente rotundas. Desde la magnífica obertura Purcell despliega una sorprendente variedad temática y rítmica, y un equilibrio cuasi-perfecto entre lo ligero y lo dramático, entre la técnica y la expresión, consiguiendo una adaptación ideal al ritmo del texto inglés, que casi se podría calificar de milagrosa y sorprendente, que atrae por la belleza con la que las palabras se van insertando en la melodía. Contiene dos importantes arias para la voz protagonista, más alguna otra intervención de peso, como el papel de Belinda, además de coros llamativos, danzas varias y escenas de gran fuerza dramática como la de la Hechicera y las brujas (de clara inspiración shakesperiana: When shall we three meet again??), o la sobrecogedora del rechazo de Dido a aceptar la renuncia de Eneas al designio de Mercurio(arrebatador ese "The injur'd Dido's slighted flame,for 'tis enough, what'er you now decree, that you had once a thought of leaving me"). Es inglesa hasta la médula en melodías como el Coro de Marineros, "Pursue thy conquest, Love" o "Thanks to these lonesome vales" en las que Purcell muestra su enorme talento para la canción y su inspirado genio para crear melodías. La obra termina con uno de los lamentos más famosos de la historia de la ópera, probablemente una de las arias más bellas e intensas que se hayan escrito jamás. Y todo ello en el transcurso de menos de una hora. Sorprendente, y aún más para una obra barroca, aunque en realidad no hace falta mucho más si se hace bien.
He buscado una versión interesante del lamento de Dido para ilustrar mis palabras. Desde la primera versión que compré, la mítica de Raymond Leppard del 85, no he sido capaz de situar a otra por encima. Creo que su equilibrio entre rigor histórico y expresividad dramática está muy conseguido. La orquesta suena apasionada aunque sin resultar desmedida, y los solistas están muy entregados. Jessye Norman interpreta a uno de los Didos más hondos y profundos de toda la historia de la discografía de esta obra (que no es para nada corta). Una Dido que se deja en manos de un destino que le ha arrebatado el amor, la posibilidad del placer y de la felicidad y que prefiere morir a luchar por evitar el destino, en un gesto de infinita y triste sumisión, que desde el recitativo inicial que ya nos deja sin aliento, va desplegando el llanto de frustración en una melodía que se escapa de las entrañas, pero que llega al infinito, al dolor sin sentido de la misma esencia de su vida... qué pena, qué pena... La grabación no es muy buena, pero corresponde a esa época y me parece que es muy similar a la del registro de la Phillips. Les dejo con ese lamento infinito de tristeza, sólo apto para sensibilidades que resistan la tentación de una melancolía volcánicamente desatada. Y el que avisa no es traidor.

Thy hand, Belinda,

darkness shades me.

On thy bosom let me rest,

more I would,

but Death invades me;

Death is now a welcome guest.

When I am laid in earth,

May my wrongs create

no trouble in thy breast;

remember me, but ah!

forget my fate.



3 de octubre de 2006

El Efecto de la Mariposa Blanca

El "efecto mariposa" proviene del antiguo proverbio chino: "el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". La idea es que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de un sistema dinámico pueden producir grandes variaciones en el comportamiento del sistema a largo plazo. La interpretación del principio es que la realidad no es mecánica y no es lineal, o dicho de otra forma: la incapacidad del hombre y la ciencia de predecir y controlar la realidad, y que existe un orden en los acontecimientos aparentemente aleatorios.

(Resumen tomado de Wikipedia)

En esos días que las nubes pasan rápido, antes pensaba que el tiempo atmosférico de algún sitio se debía haber alterado o apaciguado y que, por algún efecto físico de esos que tienen nombre de científico impronunciable, las nubes se ponían a correr y la lluvia descargaba con saña en el lugar en el que yo me encontraba. Más tarde encontré un principio científico que podía explicar algunas de estas cosas, pero que no tenía ningún nombre extraño, y sí uno bien bonito. Se llamaba mariposa, el efecto mariposa. Y tenía mucho que ver con la teoría del caos, y con la presunción de que un análisis detallado de un sistema inestable podría arrojar información suficiente para predecir su evolución en el tiempo... Leí mucho sobre el tema, y descubrí que el caos y el azar no son tan caprichosos como parece, y que los sistemas complejos en los que la multitud de variables podrían hacer pensar que el control sobre ellos es imposible, sí que tienen cierto margen de dependencia o de control.

La verdad, nunca pensé que la vida de uno pudiese constituir uno de esos sistemas. Y sin embargo, en estos últimos meses, es mi propia vida la que ha llegado al caos. Pensándolo bien, es cierto que son demasiadas las variables que la determinan y que me han empujado a esta tormenta existencial. Quizá el único signo externo sea el hecho de haber dejado de interesarme por muchas de las cosas que me han interesado siempre. Julia hace semanas que no habla mucho, y supongo que ni siquiera ha sido capaz de enfrentarse a mi cambio de actitud, pero estoy seguro que lo ha notado. Hace ya demasiado que no cojo el lienzo y el pincel. Sé que he tenido otras épocas de falta de inspiración, pero no me cabe duda que ya se ha dado cuenta de que esta vez es diferente. Jorge, mi galerista, no me ha dicho aún nada. Él nunca me dice nada, siempre parece mostrarse entusiasta con mi obra, incluso a pesar de las malas críticas de la última exposición. Y es que en realidad era bastante mediocre, soy consciente de ello. Pero Jorge no quiere verlo. Creo que incluso esconde una cierta y racional decepción personal con mi obra de últimamente. Él siempre se ha guiado por otros instintos conmigo...Desde aquella primera mirada suya lo supe. Pero es muy discreto, y supongo que siempre se ha contentado con eso... y con la imaginación, claro.

Julia sí que me ha hecho algún comentario, pero con sutil arrogancia, como siempre dice ella las cosas. Con esa misma petulancia con la que pretende esconder con excusas que cada vez pasa más días en casa de su madre. Mónica, su madre, desde que está divorciada no hace más que meter ideas extrañas sobre mí en la cabeza de su hija, y, la verdad, ya no sé si agradecérselo o no. Sé que ella nunca vio con buenos ojos nuestra relación. Lleva con demasiada poca discreción su papel de sesentona moderna que, sin embargo, no ha dejado de guiarse por las más provincianas convenciones. Estoy seguro que Julia terminará igual. Y es que creo que ya no miro con los mismos ojos a Julia, con aquella admiración con la que me contagiaba la rebeldía suya de adolescente, esa que empleaba contra la tiranía de su padre, contra los reglamentos de la universidad y en fin, contra toda aquella norma que respirase el mínimo tono reaccionario. Desde que aquel amigo de la facultad, que terminó convirtiéndose en Secretario General en el Ministerio de Cultura, le ofreció el cargo de Directora General de una de las Bibliotecas más importantes del país, fue perdiendo poco a poco aquel idealismo y sustituyéndolo, en un sutil mercantilismo de sus principios, por un estilo convencional y cada vez más conformista, a la vez que poco crítico. Su aspecto le preocupaba cada vez más, y sus conversaciones pasaron a ser poco a poco más superficiales. Es curioso, pero es a través de su cargo como conocí en un acto cultural a Luis Sanabria, el escritor, y así comencé a frecuentar su casa y sus tertulias. Fue él quien me animó a escribir, desde que casualmente leyó algo mío escrito en la contraportada de un libro. Poco a poco he ido dedicándole más tiempo, y tengo que reconocer que cada día me he centrado más en ello, que incluso con frecuencia abandono los pinceles para tomar el teclado y componer pequeños relatos. Pienso que cada día se me da mejor. Un día se lo comenté a Jorge, pero él trató de convencerme de que no debía descuidar mi labor de pintor, que la escritura podía ser un hobbie, pero no debía ser más que eso. Estoy seguro que le aterraba que perdiera la disciplina, que empeorara mi obra, que me alejara de esos círculos sociales de la pintura que él tan bien manejaba y que le mantenían unido a mí, que me hacían dependiente de él. No se lo he confesado aún, pero ingresé en un taller de escritura. Uno que organizaba el mismo Luis Sanabria. A él acude hasta su propio hijo, Carlos.

Carlos tiene sólo 21 años, pero posee un grandísimo talento. Con frecuencia hablamos de muchas cosas a la salida del taller, y hemos descubierto muchas afinidades y aún más complicidades de las que podía haberme imaginado. Al principio me engañó su juventud, pero después de varios meses compartiendo cuatro horas semanales de taller, y alguna más fuera de clase, he llegado a la conclusión de que a veces la madurez es más una visión del mundo que un proceso. El hecho de tener exactamente el doble de su edad no es más que otra coincidencia de la que nos reímos con frecuencia. Fue él quien me convenció para que me conectara a Internet y así poder tener acceso on-line a bases de datos y diccionarios, concursos literarios, blogs de escritores, y un sinfín de servicios. Al principio le costó convencerme, pero ahora reconozco que ha sido un gran acierto. El día que compré el equipo necesario, él mismo me acompañó para asesorarme. Recuerdo con precisión cómo me miraba aquella tarde, con qué curiosidad, con qué admiración. Me sentía contento y a gusto en su compañía. A la entrada de aquella tienda, una mariposa blanca batió sus alas cuando Carlos la apartó con cuidado de la puerta. Recuerdo que pensé en aquel famoso principio científico, e imaginé qué poderoso ciclón estaría a punto de barrer quien sabe si las costas de América Central o la selva de Vietnam... Miré al cielo y todo parecía encajar: las nubes, el viento, la luz del sol cayendo sobre el horizonte, yo mismo caminando hacia el oeste... y Carlos, que no dejaba de mirarme. No sé si fue en aquel momento cuando sentí por primera vez que el deseo me mordía las pestañas. Porque en aquella altura ya no sólo era la forma en que me miraba. Era también su piel rosada, su brazo redondeado bajo la camiseta, sus manos grandes y perfectas, su aliento cuando se acercaba a contarme alguna confidencia de adolescente. Al llegar a casa me instaló un pequeño programa de mensajería, con el cual me explicó que podríamos charlar cada vez que estuviéramos conectados. Él tenía incluso una cámara con la que lo podría ver mientras escribía. Me pareció ridículo, pero la curiosidad pudo conmigo y comencé a charlar con él cada noche. Eran largas conversaciones en las que fui conociéndole poco a poco. En las que fui dependiendo de él, de sus frases, de sus miradas, de sus brillantes guiños, de su inteligencia seductora... El primer día que me masturbé a escondidas mientras lo miraba a través de la pantalla, una gran tormenta se instalaba sobre la ciudad. La recuerdo ruidosa e incómoda. Y durante un instante pensé que quizá el efecto de aquella mariposa blanca iba a darme más de lleno de lo que yo pensaba. Pero mi impulso había desbocado ya mi mirada, y necesitaba ejercerse desde la piel. Al cabo de unos días comenzó a notar lo que yo hacía. Primero fueron provocaciones en forma de broma. Luego vinieron sus gestos felinos. Y, de repente, una noche, comenzó a quitarse la ropa delante de mí, mientras yo callaba. Después, con gran parsimonia, comenzó a tocarse mientras asaltó el objetivo con una mirada turbia que no había viso antes en él, pero que me excitó profundamente... Me preguntó si quería que siguiese. Dudé un instante, pero la decisión ya estaba tomada, quizá por el agitar de alas de aquella mariposa. Le dije que sí.

De eso han pasado exactamente tres meses y dieciséis días. Hago la cuenta mientras tengo a la vista el calendario electrónico del salpicadero del coche. Le espero bajo su casa con el coche en marcha. Otra tormenta se cierne sobre mí esta mañana, pero he decidido que me voy a escapar al sol. Bueno, lo hemos decidido entre los dos. No tendremos que ir tan lejos como Tailandia o Costa Rica para ejercer los efectos de unas alas tan frágiles. Carlos ha sido becado por la Sorbona y queremos marchamos los dos. Aunque tenga que retomar mi oficio para ganar algo más de dinero. De momento, también me ofrecen publicar en un periódico.

A Julia le he dejado una nota, quizá algo escueta... Espero que la encuentre cuando regrese el lunes de casa de su madre. A Jorge no le he dicho nada. He cambiado de teléfono, para que no puedan localizarme. Para que nadie vuelva a localizarme. Y es que necesito comenzar una agenda desde cero. Sí, es lo que realmente deseo. De momento sólo tengo ocupado un número...en la C.

28 de septiembre de 2006

Sobre las ventajas de soñar...

Soñar no cuesta nada.
Contrario a cuanto ejercicio hoy se nos recomienda,
no requiere de zapatos, ni ropa adecuada.
No nos pide sudar o quemar calorías.
Ni calcular el posible daño o provecho
para nuestra salud.
No es tampoco un hábito
cuya repetición pueda conducirnos a cáncer del pulmón
o de cualquier otra parte del cuerpo.

Soñar no daña la ecología,
ni atenta contra la capa de ozono.
No aumenta el colesterol,
ni fomenta la crueldad contra los animales.
Soñar no afecta los reflejos,
ni causa daños congénitos.
No es dañino para las mujeres embarazadas,
ni inhibe la lactancia materna.
Soñar es un deporte barato.
No requiere de equipo sofisticado,
ni de constante y agotador entrenamiento.

No se puede decir, sin embargo,
que no cause riesgos al corazón.
Sin embargo, hasta el momento,
no se ha encontrado base científica para
contraindicar los sueños.
aunque los argumentos en favor de su extinción
se fabrican a diario.

Yo sostengo que soñar continúa siendo una práctica
subversiva,
con una deliciosa, pero lícita, peligrosidad;
un hábito difícil de erradicar,
cuya ternura y perseverancia
sigue teniendo la innata capacidad de conmover
y abrir ranuras, por pequeñas que sean,
en corazas bien armadas y aparentemente impenetrables.

Si quiere practicar una actividad de bajo costo,
bajo riesgo, y sin ninguna susceptibilidad a las altas y bajas
del mercado,
le aconsejo soñar,
y no permitir que nadie lo convenza
de que no sigue usted siendo dueño, al menos,
del inmenso poder de su imaginación.

Gioconda Belli.

Dedicado especialmente a Nat, por esas noches de risa y confidencia que me ha dado en estos últimos tiempos. El beso más grande para ti hoy, guapa.
Me voy tres días fuera. Os traeré regalitos a todos... A saber:
Por supuesto, a Nat le traeré un pedacito de muro de piedra, de esos tan bonitos que hay en Santiago.
A inquilino, le traeré algo de música, de la que seguro escucharé y se la cantaré cuando nos veamos.
A Mart-ini, le traeré la noche compostelana, y el baile inesperado bajo los soportales.
A Naxito, por supuesto, además de flores... algo de ropa muuuy trendy, que hay unas tiendas muy chulas en Coruña (aunque nunca tendrá bastante)
A Ariadna... a Ariadna la veré, y ya le llevo de aquí un regalo de complicidad en los labios. Veré su exposición en Ribeira. Ya os contaré.
A Javier JH intentaré traerle un poco de inspiración para su rodaje, de esa que sopla veloz por entre los árboles del noroeste.
Para mis ñiños sevillanos... A ver, a Ennis, que tanto le gusta el Otoño, le traeré algunas hojas secas de castaño, para que las pegue en su diario. A pedrito quiero traerle la mirada más seductora que me encuentre por allí, para que siga escribiendo esas reflexiones tan suyas. Para Luigi, después de estos días tan cerquita de él, y de escaparnos al destino de econtrarnos en la capital, un rayito de esperanza para sus sueños. Y el aire que aún separa el abrazo que nos debemos. Para mi querida AZUL, intentaré buscar un desactivador de muros... creo que mi primita debe tener uno entre sus cosas, porque de saltar muros, ella sabe también bastante. Seguro que me lo presta para ti... a ver si os presento algún día.
Para pe-jota buscaré la esquina más bella de la ciudad de piedra, y le traeré el espejo de mi piel al habitarla...si me deja, claro.
Para nevermore, que siempre me confunde positivamente entre su verbo poético y sus melancolías, la lluvia silenciosa bajo el Obradoiro, que sé por experiencia que es una de las lluvias más inspiradoras del mundo.
Para Anita, el rayito de sol que más me sorprenda, entre esas nubes que parece que me acompañarán, lo quiero para ella... en botecito de cristal lo traeré, cual Amélie del destino.
A mi indefinible Senses, por demostrarme ser tan alma gemela, sólo a él le diré qué le voy a traer. Pero de seguro que incluirá gatos y tejados, sombras y piel sobre piel...
Y para mi gaditano, el más lindo, el de la sonrisa más bonita del círculo polar, a él sólo le puedo traer el MAR, ése que compartimos, ése donde desemboca nuestro río común. Y en la playa, un vals. No te quepa duda que lo bailaré, guapo.

Besos, cuidadme esto el fin de semana, niños...

26 de septiembre de 2006

Visiones de la seducción.

LA CONTESSA:Canzonetta sull'aria...
SUSANNA:(scrivendo)sull'aria...
LA CONTESSA:(dettando)Che soave zeffiretto
SUSANNA:zeffiretto...
LA CONTESSA:Questa sera spirerà,
SUSANNA:Questa sera spirerà...
LA CONTESSA:Sotto i pini del boschetto,
SUSANNA:(domandando)Sotto i pini...
LA CONTESSA:Sotto i pini del boschetto,
SUSANNA:(scrivendo)Sotto i pini...del boschetto...
LA CONTESSA:Ei gi il resto capirà.
SUSANNA:Certo certo il capirà.


Cancioncilla en tonada: (en tonada)... [para escribirla sobre una nota] Qué suave brisa (brisa), que soplará esta tarde (que soplará esta tarde), bajo los pinos del bosquecillo (¿bajo los pinos?) bajo los pinos del bosquecillo... Y ya el resto, lo entenderá (seguro, lo entenderá)


Fragmento de "Las Bodas de Fígaro", de W.A. Mozart

Es una de las melodías más bellas de toda la historia de la ópera. De esas que nos hacen penetrar en las notas y vibrar con ellas. De esas que nos hacen despegar de la tierra y, por unos instantes, volar. De las que hacen que la Ópera sea algo emocionante, aunque difícil de explicar a la vez. El genio de Mozart nos brindó muchos de estos momentos, aunque sin duda éste es de los más conseguidos. La bodas de Fígaro no deja de ser una ópera buffa, es decir, cómica. Y el fragmento que transcribo es un nudo más de esta comedia de enredos. Tenemos un Conde que quiere ejercer el antiguo derecho de pernada sobre su criada, en un siglo de las luces donde el mundo ya debería haber superado algo así. Y tenemos a una Condesa desesperada porque su marido no le hace caso, porque no le dedica ya, después de años juntos, atención ni cuidados... Así que deciden darle un poco la vuelta a la situación para evitar el problema y para dar un escarmiento al Conde. Y pasan a escribirle una nota para citarlo en el jardín, supuestamente con la criada (Susana) pero en realidad será la Condesa disfrazada de criada la que acudirá, porque van a intercambiar sus vestidos. El texto que reproduzco describe el momento en el que escriben la nota, en un gesto de complicidad que las acerca a una relación que traspasa los límites de la convención entre amo y sirviente. En ese gesto revolucionario del texto original de Beaumarchais adaptado por Lorenzo Da Ponte, los sirvientes están situados en un destacado lugar del argumento y se les da vida, inteligencia, sentimientos y razones para brillar tanto como los personajes aristocráticos, en un sutil desafío al sistema establecido que comporta una inteligente crítica al sistema de clases. En resumen, toda una brillante provocación. Mozart envuelve ese texto de una música que contribuye a acentuar muchas de estas características, pero que puede ser interpretado de diferentes maneras.

Partiendo de que cualquier intento de hermenéutica en la música es vano, porque la esencia misma de las notas y las melodías no tiene en realidad ningún simbolismo común que vaya más allá del básico modo mayor: alegría/modo menor: tristeza, sí es verdad que el universo de cada compositor puede crear modos, acordes, tonalidades, leif-motifs que pueden, en ciertos contextos, conformar personalidades, caracteres y estados de ánimo.
Mozart, en su aparente sencillez, nos parece un músico directo y espontáneo, pero su música tiene una compleja estructura que responde a su capacidad absolutamente genial para transmitirnos las emociones básicas universales del ser humano. Sus obras, además, recogen tantos imperceptibles matices, que permiten interpretaciones muy diversas, dependiendo de dónde queramos poner el acento a la hora de traducir sus partituras.

Para ilustrarlo, les voy a dejar un par de ejemplos de este maravilloso dueto de sus Bodas de Fígaro. En el primero, la lectura fresca y tendente al rigor histórico del director británico John Elliot Gardiner, nos deja una versión espontánea, dinámica, centrada más en el tono cómico de la escena, en la deliciosa recreación de esa estrategia femenina para la seducción. La complicidad de la Condesa y Susana es destacada por la agilidad del tempo, y esas marcadas notas en los instrumentos de viento que dotan al fragmento de un ritmo y un brío que conecta eficazmente con el tono cómico que intenta transmitir. Así, las cantantes (Allison Hagley y Hillevi Martinpelto) que poseen ambas unas voces limpias y delicadas, se deleitan en las notas de la partitura, parece que jueguen con ellas, se sonríen, disfrutan, como en una metáfora de ese juego que están inventando, esa cita que les desata el placer de intercambiar sus personas, sus roles, sus hombres, por un instante.


La versión se Gardiner es ante todo musical, pero quizá se detiene en el lado más frívolo (bien entendido), más físico, de esta visión de la escena. Porque detrás de ese travestimiento de los personajes, de ese placer de cambiar y seducir al otro, no hay que olvidar que la Condesa, a quien va a seducir es a su propio marido, el mismo del que piensa que ha perdido su amor por ella y del que intuye que volverá a mirarla con deseo, precísamente porque la va a confundir con otra. Sus anhelos transmiten también en esta deliciosa música, ese temblar del alma que fantasea con esa posibilidad de que el Conde, quien parece haberse aburrido de ella, la seduzca de nuevo. Ese deseo humano, universal de la necesidad del amor y de la carne. Y las notas que Mozart escribió para estas palabras reflejan también ese sentimiento brutal de la necesidad del otro, de encontrar un reflejo de nuestra propia existencia en la carne de otra persona que nos ama, de buscar razones para existir y para definirnos a nosotros mismos.

El húngaro Georg Solti, nos plantea en esta épica versión de 1980 en París, una visión más grandiosa del mensaje de Mozart. A través de un tiempo más pausado y una orquesta más compacta, nos reproduce un sonido más fusionado y suave, y de alguna forma, más sofisticado. Elige unas solistas adecuadas para esa misión. Gundula Janowitz como una Condesa, heredera de la tradición de la (recientemente) desaparecida Elisabeth Schwarzkopf, que posee una voz inigualablemente pura, sin vibración alguna, casi diamantina en los agudos, y con una capacidad dramática que potencia por un lado el carácter aristocrático de su personaje, y que nos eleva literalmente cuando deja fluir la melodía por la garganta, casi como lanzandonos a un espacio cósmico, desterrándonos de los sentidos y transmitiéndonos una extraña belleza que se nos agarra a todos con su mensaje lleno de anhelo y necesidad. Susana es una impecable Lucia Popp que también posee una voz cristalina a la vez que contundente y profunda, capaz de llenarnos con esa sutil recreación del placer de una criada inteligente y felina, que parece ser la única que es capaz de ver la historia con perspectiva pero juega desplegando su deseo en este engranaje que ambas inventan. La fusión de estas dos sopranos tiene un timbre de los más hermosos que se pueden escuchar... Disfrutadla también.

Y elegid la que más os guste. Las dos versiones de la ópera están casi enteras en Youtube de manera fragmentada. Ninguna es mejor ni peor, cada una tiene sus hallazgos y sus debilidades, pero las dos tienen carácter suficiente y son una muestra de que la ópera puede vivir y revivir, al igual que el teatro, cada vez que la misma historia se representa en un escenario. Porque cada vez es un mundo diferente el que vemos, una mirada diferente la que nos lo muestra y la que lo percibe. Un nuevo matiz, un nuevo color... siendo sin embargo el mismo sutrato el que permanece... el del indescriptible secreto de la existencia.

24 de septiembre de 2006

En noches de luna nueva

No es extraño que aquella tarde yo sintiera un escozor especial en la piel de mi cuello. Llevaba días durmiendo poco y la alergia siempre se acuerda de mí en esos periodos de baja actividad de Morfeo. Ellos tienen su secreto pacto. La leve urticaria me avisa que debo retornar al dominio de los párpados plegados. El caso es que obedecer al cuerpo cuando el aullido de los lobos es tan estridente en mis oídos no es tarea fácil, pues en el fondo ambos son reclamos de mi parte física. Quizá ambos destinados a equilibrar la dualidad de una carne que se asombra cada noche, que cada atardecer ingresa en esa transfiguración química de lo felino. Pero está claro que sólo uno de ellos puede ganar.

Por un instante, mientras los dedos rozaban mi piel en forma de interrogación, miré despistado al cielo, buscando a esa luna culpable. Pero no, el firmamento era un todo oscuro, ni siquiera salpicado de estrellas tenues. Olvidé que la vorágine de la metrópoli se encarga de digerirlas y transportarlas a otro universo, camufladas en esos sueños robados de sus habitantes. Luna nueva que no me amansaba, y una inquietud que no sentía en meses. Así que la llamada de lo oscuro pudo sobre mi piel, y me dediqué con ahínco a descubrir qué pequeño recodo del laberinto de la ciudad me aguardaba para abrirme la sangre, ésa que comenzaba sin duda a coagularse. Mis piernas caminaron ágiles, y se detuvieron en esquinas y avenidas, en largas pendientes y relajadas plazas. Mi Ariadna no quiso tender el hilo esa noche, como presintiendo mi traición. Pero en noches de luna ausente, no consigo determinar enemigo ni deseo. Por ello, me dejé llevar por la compañía de marineros expertos en ese mediterráneo urbano que es el placer de la noche. Y así, arrastrado conscientemente a universos noctámbulos cada vez más pequeños y poblados, llegué al espacio estrecho de la risa inconsciente, de la palabra negada y de la mirada esquiva. En la noche, llega un momento en que ruido, palabra, deseo y ese mareo voraz de la existencia se funden en uno: un duende que se escapa por la boca en sutiles declaraciones, y que araña con el fuego de sus pupilas. Un ímpetu que no sabe esperar, y que en su vacío, regresa a casa derramando aliento en las aceras. Un alma que sólo al llegar a casa descubre en el espejo de su cuello, una casi imperceptible traza naranja, discontinua y discreta. Una curiosa mutación de la urticaria que le hace pensar que algo sí debió mover el cielo un instante, para descubrir con osadía esa torcida sonrisa de la luna.