Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta. Al principio, pensaba que muchas de esas personas amables, empáticas, cariñosas –sí, esas que en una primera impresión parecen estar llenas de vida- podían ser especiales, diferentes… como si brillaran más que el resto. Después he ido sabiendo que no, que detrás de eso puede esconderse el hastío vital, el conformismo, la velada normalidad. Con los años, mi mirada se ha vuelto incisiva, absurdamente clarividente, jodidamente lúcida… Por una parte, he perdido parte de esa capacidad para la ilusión que a veces supone asomarse al universo de alguien. Por otra, mi sentido para ir más allá de la simple especialidad se ha vuelto certero. Tanto, que a veces resulta demoledor. Cuando descubres que sabes detectar lo extraordinario la vida se estrecha mucho, casi te asfixia. Pero aunque pequeña, y casi en extinción, existe una especie de personas entregadas a la existencia, empeñadas en luchar contra el sinsentido, dispuestas a buscar lo que se esconde detrás de nosotros, detrás del simple hecho de vivir. Personas inconformistas, intensas para la tristeza y para la alegría, vitales, oscuras, indefinibles… Antes pensaba que la inteligencia o la sensibilidad provocaban eso. Ahora sé que se trata de una voluntad. Una voluntad que nace, y que se elige como forma de vida. Una simple voluntad. Eso sí, que te condena a caminar en el filo de una continua frustración. Caminamos en nuestros laberintos, nos cruzamos a diario, pero nuestros disfraces nos ciegan. De repente un día, cansado de nadar contracorriente de la desidia, de la sensación de que el mundo se ha terminado hace tiempo ya… encontramos que detrás del hueco negro de la máscara, algo brilla. Y el mundo se nos hincha, se nos escapa de las manos, nos hace darnos cuenta de que, de nuevo, merecía la pena ese funambulismo suicida al que nos entregamos.
Es uno de los mejores intérpretes de piano del mundo en este momento. Eso ya lo sabíamos. Estuvo en Madrid hace menos de dos años y ya así lo demostró. Ayer regresó, para interpretar a su más internacional compatriota en una de las tardes más intensas que recuerdo en el ciclo de Grandes Intérpretes del Auditorio Nacional. Y es que cuando Krystian Zimerman interpreta Chopin se convierte en un gigantesco músico, en uno de los mejores traductores del polaco que ha dado la historia, seguramente.
La música de Chopin siempre ha encontrado vías muy divergentes de interpretación, y casi siempre bastante polarizadas entre el sentimentalismo que desdibuja la estructura musical y la desafectación al borde de la frialdad. Pero creo que Zimerman tiene una poderosa capacidad para tocar de un modo escrupulosamente cerebral sin perder musicalidad, ritmo ni capacidad de emocionar. Su equilibrio es casi milagroso, y lo hace desde su técnica perfecta y segura, de las más impecables que he visto nunca, sin una mínima nota en falso o en duda. Zimmerman tiene la esencia de Chopin en la cabeza con una nitidez que asombra, y es capaz de interpretar con el corazón, pero desde una contención y una inteligencia tan sutil que sólo deja lugar al asombro.
Empezó el concierto con el nocturno op15, nº2 , para entrar en calor, interpretado correctamente, pero sin ninguna concesión al romanticismo que para muchos parecen exigir estas piezas que, sin embargo, tienen mucho más que explorar bajo otras ópticas. Después, con la sonata nº2 comenzó el verdadero despliegue de talento. La mirada de Zimerman es exacta y limpia, y desgrana la partitura con minuciosidad, sin estridencias ni efectismos inútiles. Tan sólo rigor y convicción, exactitud y controlada pasión. La celebérrima marcha fúnebre quizá resultó algo lenta, pero sin perder ni ritmo ni musicalidad, con un sutilísimo refuerzo de lo marcial que la hizo inolvidable. El final, acelerado y rotundo, dejó boquiabierto a un auditorio que escuchaba, segundos después, una de las más originales versiones del segundo scherzo que he podido escuchar nunca. A pesar de su inusual elección de tiempos e intensidades, me resultó canónica, casi perfecta.
En la segunda parte, la (menos programada) sonata nº3 nos volvía a embriagar. Su lectura fue soberbia, iluminando con precisión y sensibilidad todo el edificio sonoro de esta partitura, llegando a todos sus rincones, explorando implacable cuantos pasajes cruzan esta catedral de sonido. Fue un momento grande para cualquier melómano que se tercie. El final, apasionado pero sin efectos, provocó una de las más grande ovaciones que recuerdo en este escenario. Para terminar, una hermosa traducción de la célebre Barcarola que nos dejaba una inmejorable sensación para terminar esta velada, que el pianista cerró regalándonos uno de los más conocidos valses del músico. De nuevo un Auditorio entregado que sabía que asistía a un concierto para recordar toda la vida, precisamente en el año Chopin, ¿qué mejor homenaje?
Sin duda uno de los mejores recitales del 2009. El nuevo trabajo del contratenor francés Philippe Jaroussky, acompañado del conjunto Le Cercle de l’Harmonie de Jérémie Rhorer, es un disco indispensable para todo aquel que guste de la ópera con mayúsculas, especialmente recomendado para los amantes del siglo XVIII musical.
Como siempre, Jaroussky es un cantante que levanta pasiones y rechazos con la misma vehemencia. En mi opinión, éstos últimos parten casi siempre de aquellos a los que no termina de convencer la voz de contratenor. En su registro, sin embargo, Jaroussky es un cantante de impecable técnica, y que nunca defrauda en su capacidad dramática y expresiva. Siente la música, y eso se ve cuando le escuchamos cantar en directo (por cierto, que tendremos ocasión de hacerlo próximamente en Madrid, pues participa en el reparto de la próxima producción de L’incoronazione di Poppea de Monteverdi que traerá al Teatro Real de MadridWilliam Christie y Les Arts Florissants, cerrando el ciclo de óperas del compositor italiano que vienen representando en estos años en el escenario madrileño).
Pero en el caso de esta última grabación, hay más razones de peso para hacerse con el CD, ya que el programa está dedicado a recuperar parte del impresionante legado operístico de uno de los músicos más brillantes del siglo XVIII, Johann Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian, aunque siempre eclipsado por él y por sus hermanos mayores. Sin embargo, estamos ante uno de los compositores más apasionantes de todo el siglo de las luces, a camino entre el barroco y el clasicismo, y con una inspiración musical extraordinaria. El recorrido que Jaroussky hace, casi cronológico, por algunas de las mejores arias de sus óperas, se convierte en un viaje apasionante en el que somos conscientes del rico universo musical de Johann Christian Bach, de su sensibilidad extrema para la orquestación, de su depuración, equilibrio y esmerada inspiración melódica. Bach siguió un poco de manera casual la misma historia que Handel, formándose en Alemania pero con un viaje y estancia en Italia que le marca para siempre y le introduce en el mundo de la “dramma per musica” del que ya no escaparía jamás. Como el músico de Halle, Bach también terminó emigrando a Londres y haciéndose célebre en sus teatros con sus óperas italianas. Las arias que encontramos en el compacto, expresivas y brillantes, escritas para castrato, nos sitúan en un mágico momento de transición entre la coloratura barroca y la elegancia y sofisticación del clasicismo. Son, en definitiva, como un caramelo en la boca que no se cansa uno de saborearlo una y otra vez. El pobre Bach terminó sus días en una oscura decadencia provocada por la pérdida de interés del público por el “dramma per musica” (que él no abandonó jamás). Desapareció por tanto antes de haberse podido adaptar a la nueva corriente clasicista que se imponía. Por eso cayó en un olvido desmerecido del que es necesario sacarle. En su día, no obstante, fue conocidísimo y admirado en toda Europa. El propio Mozart lo consideraba uno de los más grandes, y de alguna forma se vio influenciado por él, lo cual nos resulta evidente cuando escuchamos este compacto. En definitiva, un disco obligatorio y necesario, interpretado además con gran talento y entrega.
La Dolce Fiamma.
Cara, la dolce fiamma dell’alma mia tu sei; e negli affetti miei constante ognor sarò
Serena il tuo bel core; il lungo suo rigore il fato già cangiò.
Hay músicas para quedarse a vivir en ellas, para no querer salir nunca, como un refugio a salvo de todo lo que no queremos. En una de las sorpresas discográficas del año que acaba de terminar llega este nuevo refugio, que lo está siendo en las últimas semanas. Refugio y paraíso de lo que pasa sin que nadie lo perciba, sin que el resto del mundo entre a ver qué sucede, girando y girando como siempre, y yo también girando, y haciendo como si fuera yo en el mundo, como siempre, caminando, sonriendo, hablando como si detrás de los párpados todo fuese como desde fuera se percibe. Y yo, sin embargo, dentro, en el torrente de neuronas y de sangre que me conforma, no hago más que nadar en estas notas, para salvarme de la mediocridad, para salvarme del gris y de la inmundicia, sólo borradas brevemente cuando, de repente, detrás de tu retina, veo la luz.
Fui seguidor de sus películas desde la primera que vi. Siempre me fascinó su impecable manera de diseccionar la complejidad del comportamiento humano desde esa aparente ligereza que tienen sus películas, que a veces hasta parecen documentales sobre la vida de personas reales. Es un cine que odias o amas, no creo que tenga término medio. Éric Rohmer retrata la espesura de la condición humana desde un realismo casi indecente, desde un naturalismo en el que no hay ningún elemento extra, apenas música, ni efectos, ni planos innovadores. Su contundencia está en tirar del hilo de la historia y de sus personajes con una neutralidad que nos convierte en voyeurs llenos de perplejidad ante la extrañeza de sus soberbias elipsis, tan cautivadoras y obscenas como las de la vida real. Sus películas han llenado de curiosidad y análisis a toda una generación de cinéfilos que hoy nos lamentamos de esta pérdida que nos deja un vacío inmenso.
Hace 9 años, el Institut Français de Madrid programó un ciclo completo de sus largometrajes hasta aquella fecha. Fue mi ocasión para verlas todas y fascinarme con su visión sutil y compleja de las relaciones. Autor de las maravillosas “Ma nuit chez Maud”, “Pauline à la plage”, o “Les rendez-vous de Paris”, quizá sea su tetralogía de cuentos de las cuatro estaciones su obra más depurada y accesible. “Conte d’automne” está, desde mi punto de vista, entre las mejores películas de toda la historia del cine francés, y posiblemente sea mi favorita de él, aunque siempre le tendré un especial cariño a “Le rayon vert” (el rayo verde) pues la vi en un momento vital de búsqueda sin objetivo, un poco como la pacata y cursi protagonista del film, y me hizo reflexionar sobre muchísimas cosas. Milagrosamente, también fue a partir de ver un rayo verde cuando empecé a encontrarle sentido a todo, a (como dice la leyenda de la que se habla en la película) entender mis propios sentimientos y los de los demás. Algo de lo que Rohmer, efectivamente, siempre supo mucho.
Nos quedan sus películas, si no las conocéis, no os las perdáis. À bientôt, Éric!!!
La pasión no se explica ni se entiende. Se contagia al espiarla, cruda, en noches como ésta. Su fiebre perturba cuando la piel se queda a un centímetro, o se espera, tan sólo un segundo más, abrazando un dedo con la yema del tuyo; vaciando de paso mis pulmones a pesar de ser viejos amigos de noches interminables. La pasión se vive en la hoja que cae del aire, en la blancura de una mano sobre la página, en la incrédula fuerza que me desabrocha junto a la nuca, en el olor que llega a la puerta, que nos hace alienígenas recién nacidos a un planeta por estrenar, a una noche por evitar, a las fauces salvajes de la curiosidad, a un hilo que se teje sobre el estómago, que cose cicatrices extrañas en la memoria, que continúa aún dormido, entre un aliento y otro, esperando que alguno tire de una vez, para abrir el telón de los lejanos sueños.
No sé desde cuando deben estar batiendo sus alas esas mariposas. En Singapur, o sobre las montañas del Atlas, pero lo hacen con fuerza, con un sonido sordo que a veces siento en el estómago, espeso y pesado, haciendo nudos con las palabras que nacen del aire que respiro, del mismo que respiras tú, ahora, en este coche que rueda despacio en la noche, que alarga lo que puede su destino para que al salir tú no entre de pronto esa ausencia fría que viajará conmigo de camino a casa y me borrará las luces de las farolas que tan intensas se sienten ahora.
Mi propio relato me da vueltas y vueltas, me llega a la sangre que de repente circula mucho más veloz que las ruedas de este coche, con el agitar de las alas blancas de esas mariposas de Singapur. No, no me salen las palabras, se tropiezan en mi pecho, que se ha quedado estrecho, casi sin espacio, y no encuentran la sintáctica adecuada. Las tuyas salen también rebeldes, incontroladas. Y se hace un silencio de esos de coche en la noche, como si el resto del mundo no existiese ya. Pero sí que existe, y de repente te traga en esa calle que hoy me parece más oscura que nunca. Y me deja con un silencio que trato de romper buscando torpemente una emisora que me acompañe de vuelta. Pero no encuentro ninguna. No acelero, no tengo prisa en llegar, no tengo ya prisa en nada. Como temía, las luces de la ciudad casi no brillan ya. Nada es como hace unos minutos. Las palabras, ahora sí, martillean en mis sienes. De repente, casi como un milagro, encuentro en las ondas esa voz que tanto nos hemos cruzado, rotunda, ordenando de nuevo la ciudad, las palabras, las mariposas que observan allá en la distancia, el año que comienza, y la evidencia de algo que me empuja y me llena cada vez más, a ritmo de bolero, y con la respuesta que me llega casi a los labios.
Se trata de una variante que da curso musical a una de las ideas musicales haydnianas más recurrentes: el ascenso hacia la luz, o la recuperación de ésta en la victoria sobre las fuerzas de las tinieblas. Casi todo Haydn gravita en torno a la expectativa de un ascenso hacia la luz.Charles Rosen señala que uno de los grandes gestos musicales de Haydn consiste en una ascensión de notas muy breves escalonadas que llegan a alcanzar una atalaya tonal, expresión simbólica de ese impulso ascensional hacia la luz.Los introitos lentos de las grandes sinfonías últimas también presagian y presienten la oscuridad y tiniebla que se logrará esquivar y vencer.(…)En la sinfonía el reloj, el preludio es pura indeterminación tonal y temática; apenas se puede reconocer la melodía; no hay tema. Parece una página postwagneriana.
Eugenio Trías, El canto de las sirenas, ed. Galaxia Gutemberg.
En este año en el que se conmemoran los 200 años de la muerte del compositor austríaco, no quería dejar pasar la ocasión de usarlo para terminar el año. Un año que, entre otras muchas cosas, me ha servido para conocer a este grandísimo compositor mucho más. Nadie niega que sea uno de los grandes, pero también es cierto que casi nadie lo cita entre sus favoritos, ahogado por el efecto mucho más intenso y sentimental de su gran amigo Mozart o de los primeros románticos, como Beethoven o Schubert. Y sin embargo, todo el universo musical que usó el salzburgués, y la posterior ruptura que se produjo con el romanticismo musical, no tendrían sentido sin el orden y la forma que impuso Haydn. No sólo hablamos de que inventara la sinfonía o las sonatas, como formas de expresión musical que siguieron estando en el centro de la creación musical, sino que inventó una forma de escribir, una forma de hacer dialogar los instrumentos, tanto en la música de cámara como en las sinfonías, que a pesar de todo lo que se ha transformado la composición musical, sigue existiendo como un abecedario imprescindible en el mundo de la música.
Pero en el terreno de la intensidad, Haydn también ha sido objeto de una grandísima desconsideración, pues su inspiración afinada, su humor, y su vivacidad han de ser revisadas detenidamente para descubrir que su música es capaz de provocar una gran cantidad de emoción. Quizá siempre dentro de una fórmula, pero su inspiración es inagotable en su capacidad expresiva y en su fuerza. Así lo creo yo, y pienso que, este leif motiv del ascenso a la luz, si bien de raíz religiosa, es un grandísimo antídoto contra la frustración y el lado más oscuro de la vida. Su humor y su luminosidad pueden casi con todo. Por eso, he querido usarlo para despedir este año, como símbolo del viaje hacia la luz que debe ser, periódicamente, nuestra vida.
Ha sido un año extraño y de cambios para mí, el 2009. De personas nuevas, de emociones nuevas, de universos enteros que ahora también están dentro de mí. De frustraciones y de malos recuerdos, de olvidos y de celebraciones. Pero si algo siento con fuerza es que ha sido enormemente compartido, que he sentido una inmensa cercanía de quienes siempre han estado cerca y de aquellos a los que me he acercado.
En mi viaje anual, ha sido especialmente emotivo rescatar a alguien de un pasado en el que no pudimos encontrarnos para, más sabios, más comprensivos, más capaces de todo, emprender el duro camino de la catarsis y de la creación de una amistad nueva y llena de sinceridad como nunca, que ha sido quizá lo más importante que me ha ocurrido y que me ha enseñado muchísimo a saber, un poquito más, quién soy.
Quizá que con un año nuevo (qué más da la fecha) nos veamos sumidos de nuevo en una tiniebla de tiempo y de personas y situaciones que nos obligarán a vivir de nuevo en el día a día espeso y a veces gris que forma el tejido de la vida. Pero lo importante es que uno tenga la sensación de que se van cumpliendo los ciclos, que va pasando el tiempo y que uno va creciendo y transformándose. De momento, este año que acaba tiene un ascenso importante hacia una luz que es lo que hay que celebrar ahora. Con la del finale lleno de fuerza y luminosidad de esa misma sinfonía 101, llamada del reloj, lejos ya de ese titubeante inicio que he puesto antes, os dejo y os deseo un año de nuevos ascensos hacia la luz para todos.
Hace unos días, atravesando las montañas de Córdoba en el tren, camino de casa, quedé sobrecogido por el agua que bajaba torrencialmente por todas las laderas. La cantidad excesiva de lluvia caída en los últimos días no había dejado que la tierra la pudiese asimilar, y torrentes tumultuosos bajaban amenazadores por cualquier pliegue del terreno. Era como si el agua brotase de la misma montaña y, enfurecido, iniciase una carrera en la que la velocidad y la potencia no hiciesen más que aumentar, sin saber hasta dónde. Se me quedó grabada la imagen, algo inquietante, en la retina. Como tantas otras cosas que se quedan prendidas, quién sabe por qué, en la memoria sensorial. Al igual que aquella música que surgió una noche de invierno, fulminante, hace demasiados años ya. Fue una mirada en aquella ocasión, ya no es importante por qué fue ni a causa de quién. Lo importante era la música. Aquellas notas hipnóticas que aún no he sabido descifrar, pero que sé que llegan al final de mí mismo, al centro de mí, a todo lo que soy aún sin saber, a todo lo que temo, a todo lo que deseo y, sin embargo, escondo. Aquella música vuelve de vez en cuando, acompañada de alguien o, simplemente, en un momento de soledad. Sigo sin entenderla, a pesar de sentirla casi mía, a pesar de no poder evitar escucharla una y otra vez, como un mantra, cada vez que cae sobre mí. Como lo harán los torrentes embarrados y salvajes, como lo hará aquel olor o aquella mañana de luz. Sólo que, con estas notas, sólo con ellas, sé que llego al inicio de todo, al núcleo, al nudo mismo del enigma que soy yo, y que temo atravesar, de una vez por todas.
Enfrentarse como melómano a hablar de Georg F. Handel no es fácil, sobre todo porque es un músico extraordinariamente popular, y por ello casi todo el mundo que conoce algo de música clásica tiene una idea preconcebida de quién es y qué tipo de música componía.
En mi caso, sin embargo, después de muchos años dedicado a escuchar música clásica, no ha sido hasta recientemente que el efecto mágico de sus composiciones ha llegado hasta mí de una manera intensa, y casi adictiva.
Desde hace un par de décadas vivimos un proceso de recuperación de todo su legado operístico y de oratorios escenificados, beneficiado por el creciente interés en el rescate y reinterpretación de de la música barroca que vivimos y al que han contribuido nombres tan destacados como René Jacobs, William Christie, Alan Curtis, o Mark Minkowski entre otros. Y es que, a pesar de que Handel ha seguido siendo bien conocido como músico desde su muerte, sólo algunas de sus obras se habían seguido interpretando ininterrumpidamente hasta el siglo XX. En este año 2009 en el que conmemoramos el 250 aniversario de su muerte este proceso de se ha intensificado con multitud de nuevas grabaciones y conciertos.
Me pregunto a veces, ¿qué he descubierto ahora en Handel que no había descubierto antes, para haberme lanzado como un poseso a comprar todas las obras de él que he podido y no perderme un solo concierto de los que se programan? No sabría explicarlo bien, pero creo que la palabra (aunque ambigua) que mejor lo define, es: un rotundo flechazo. Diría que tiene que ver con su capacidad dramática, con la humana espiritualidad de su música o con la belleza de sus melodías, que tienen un sello inconfundible que se te mete en el cuerpo y ya no te abandona.
Handel es, ante todo, uno de los músicos más grandes de le historia de la música. Su grandeza abarca varios géneros, para los que escribió innumerables obras maestras. Sus obras para clave o sus conciertos así lo prueban. Pero hay que reconocer que Handel es, sobre todo, uno de los más grandes compositores de ópera del periodo barroco. Dedicó su vida a ello, y de manera profesional. Tras su formación en Alemania y sus estancias en Italia, Handel se estableció definitivamente en Londres en 1712, llevando consigo las dos tradiciones musicales más importantes de Europa. A inicios del siglo XVIII Londres era ya la metrópoli más importante y activa de Europa, y su avidez de vida lírica la convertía en el destino ideal para alguien ambicioso como Handel. Allí retomó la tradición del teatro musical inglés, que tenía su máximo exponente en Henry Purcell (del que de alguna manera es continuador) para darle un estilo que conjugaba las tendencias musicales europeas del momento con su inconfundible talento personal y una de las inspiraciones más asombrosas de toda la historia de la música. Su primera obra londinense, Rinaldo, recogía material de sus obras anteriores, predominantemente italianas, y en ella, además, Handel quiso epatar al público de Londres con una puesta en escena espectacular y llena de efectos que incluían batallas, tormentas, pájaros cantando en el escenario y un sinfín de sorpresas que hicieron que esta obra lo catapultara a la fama. De esa obra quizá hoy en día sólo se recuerda el famoso “lascia ch’io pianga” (en realidad tomado de su oratorio anterior, “il triunfo del tempo e del disinganno”) pero la obra, a pesar de su flojo libretto (algo, por otro lado, habitual en Handel y que de hecho es uno de sus puntos flacos) tiene muchos otros hallazgos de espectacularidad.
No debemos olvidar que Handel era una persona muy ambiciosa y que al mismo tiempo que compositor, fue también empresario de teatro de sus propias producciones. A él le interesaba sobre todo la fama y la rentabilidad económica de las obras que estrenaba. No olvidó, no obstante, su necesidad compositiva, pues a lo largo de su vida siguió escribiendo muchísimas obras para otro tipo de encargos, e incluso para su propio disfrute.
En el terreno de la lírica, fue en la Royal Academy of Music primero y después en el teatro del Covent Garden donde dio rienda suelta a una capacidad compositiva que se nutrió de la moda londinense de la época en el gusto por la ópera en italiano. De esa época (1720-1738) son algunas de sus obras maestras, como Giulio Cesare, Tamerlano, Alcina, Rodelinda o Ariodante, que reflejan un absoluto dominio del género y en el que los personajes llenos de sentimientos y pasiones despliegan en sus arias una fuerza expresiva y dramática incomparable. Es ahí donde mejor se puede comprobar ese inefable imán de su música.
Con el tiempo, el teatro italiano dejó de estar de moda (e incluso prohibido en algún periodo), algo a lo que también contribuyó la popularidad de los oratorios escenificados en las iglesias, con libretos en inglés, comprensibles sin necesidad de traducción, y argumentos muy dramáticos, al límite de lo religioso, que intentaban recrear las mismas pasiones que enfervorizaban a la gente en los teatros (amor, celos, pasión, ira, odio…). Además, las intrigas políticas, las disputas con los divos, la bancarrota de su compañía teatral y la aparición de otras compañías nuevas hicieron que parte del público que hasta entonces le había aplaudido le volviera la espalda. En esa época, Handel también comenzó a componer oratorios y con gran inspiración. Algunos de sus mejores son de este periodo, como Saul o Israel en Egipto, pero sobre todo, y de manera espectacular, su obra más grandiosa, el oratorio El Mesias (1741), cumbre absoluta del género y de todo su arte compositivo, plagado de algunas de las mejores arias y coros que escribió nunca. Un milagro de una inspiración como pocas en la historia de la música. El maravilloso relato incluido en el libro “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig novela ese proceso de gestación de una forma conmovedora.
A partir de él, Handel se dedicó únicamente al oratorio en inglés, y su música, aunque quizá no evolucionó formalmente, adquirió una pureza, una depuración de estilo, una profundidad y una espiritualidad que son evidentes cuando escuchamos algunas de estas últimas obras, como Semele, Theodora, Hercules o Susanna.
Con ellos Handel llega a su madurez habiendo sido casi el equivalente a una estrella del pop actual. Sus obras habían arrebatado a Londres, cuyos habitantes de seguro tararearon muchísimas de sus melodías por la calle, y su fama se había extendido, aunque de forma irregular, por todo el continente. El poder y la fascinación de su música, de su capacidad para transmitir toda la intensidad dramática de la vida y de sus pasiones, nos llega hasta hoy casi intacta, y toda una hermandad de seguidores de su música continuamos enganchados a él sin remedio.
Os invito a conocerlo para quién no lo conozca y a profundizar en él a quien no lo tenga demasiado explorado. El riesgo es, como ya he dicho, la adicción que crea su música.
Adrián tenía una forma propia de mirar la realidad y contártela después. Y cuando lo hacía, su pequeño universo, por increíble que pareciera, se convertía en el único en el que podías creer. Cuando intentabas recordar lo que te había contado, nada adquiría sentido, todo parecía absurdo y sin lógica. Los argumentos para desmontar todas aquellas ideas suyas venían a la cabeza como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, cuando hablabas con él era imposible que pudieran verse las cosas de otra manera.
Pero aquella mirada suya era, inevitablemente, despiadada y perversa. Adrián era desconfiado, inseguro e infinitamente posesivo con todo aquello que quería, hasta el punto de no distinguir la verdad de la mentira, lo honesto de lo infame. A pesar de ello, su magnetismo era innegable. Las personas que entrábamos en su juego nos veíamos envueltos en una espiral de dependencia que en absoluto era sana. Le ocurrió a Héctor. También a mí. Estar cerca de Adrián nos cegaba de una manera tan intensa que lo demás se desvanecía, por importante que fuese.
Me terminé enfrentando a Héctor por aquella época. De manera pueril acabamos luchando por ocupar la posición más cercana a Adrián. Y fui yo quien perdió. A Héctor, por supuesto, y también a Adrián. Ambos se fueron aislando de los demás, incrustándose lentamente en su mundo imposible. Héctor terminó también saliendo de su vida, alguien me lo dijo después. No quise saber nada más de ellos.
En las noches de insomnio, sin embargo, no podía evitar acordarme de él y de tardes como aquella en la que creí volverme loco cuando me miraba con sus grandes ojos azules. De su energía y su vehemencia, de sus manos haciendo aspavientos en el aire, o posándose de pronto sobre mi muslo. Un escalofrío me recorría el cuerpo al reconocer que nadie había vuelto a hacerme sentir así. Hoy en día Adrián no vive ya en mi recuerdo. He conseguido borrarlo por fin. Eso sí, a base de somníferos. Lo de hoy… Lo de hoy sólo ha sido que se me terminó la caja y me dio pereza bajar a la farmacia.